CONVERSACIÓN DE CIGARRILLOS
Lo conocí por casualidad en un tren nocturno de nueve horas. Subió durante esas paradas eternas que suelen hacer los viajes baratos. Se sentó frente a mí: era un hombre en sus cincuentas, con una larga barba gris, una camisa blanca desfajada y un pantalón desgastado. El tren comenzó a andar y los negros prados italianos se iluminaron por la ventana, pero la niebla no dejaba ver el horizonte. Ambos nos echamos a dormir. De vez en cuando el tren paraba en medio de la nada y la luz se iba por un rato, dejando los vagones a oscuras por varios minutos. Ahí despertabámos y nos veíamos fijamente.
Yo saqué un cigarro y lo encendí. El hombre me vio y habló:
—¿Americano? —preguntó.
—¿Cómo lo sabe? —le pregunté.
—Tienes que ser americano o muy idiota para fumar en un vagón a estas horas... e idiota no te ves.
—Todos están dormidos, ¿qué más da?
—Parece que no conoces a la gente de este país.
—Tampoco me interesa conocerlos.
—¿Para dónde vas?
—Hasta donde llegue el tren… o donde me tiren.
—Ya veo. Yo viví así durante mucho tiempo. Ahora la vida no me da.
—A mí me va a dar.
—Seguro que sí. ¿Te gusta el whisky? —El hombre se levantó y tomó su maleta del portaequipajes, la colocó en el asiento de junto y sacó una botella —El que suba a este vagón tendrá que buscar otro lugar para sentarse.
—Sí, bastante.
—¿Y las cartas, hijo?
—También.
El hombre sacó dos vasos. Sirvió un poco de whisky en ambos y me lo entregó.
—Te tengo una propuesta. Juguemos a las cartas. Si tú ganas te quedas con el resto de la botella, pero si yo gano tú me das tus cigarros. Este primer trago te lo invito yo.
Eran mis últimos cigarrillos. Y ya no me quedaba dinero para ninguna otra cajetilla. Hacia tiempo que no tenía ni un centavo. Todavía me quedaba bastante tiempo de viaje, y al ritmo del tren tardaría horas en poder conseguir más. Lo miré a los ojos y le dije que no, que no me interesaba jugar con él. Que se consiguiera a otro niñato para verle la cara.
—No te quiero ver la cara, sólo que también llevo un viaje largo y quiero fumar.
—En la próxima parada se puede bajar y comprar unos en la máquina de tabacos.
—Ya, pero esa forma de vivir no me interesa, hijo.
—A usted lo que le gusta es joder, por lo que veo.
—La verdad sí. Me encanta joder y se ve que tú eres un hombre con suerte.
—Son mis últimos cigarrillos. No puedo perderlos.
—Te ves muy joven para estresarte por quedarte sin cigarrillos. Siempre hay momento de conseguir más en el camino. El tren hará muchas paradas y ya te digo yo que bajarás en muchas de ellas. Pero hijo, te pregunto: ¿Qué harás cuando te quedes sin dinero?
—Eso ya pasó. No me queda nada.
—Normal, y es lo mejor que te puede pasar.
—Ya. No se siente así.
—¿Sabes liar cigarrillos?
—No, eso no se hace en América.
—Yo te enseño —el hombre sacó de su bolsa un paquete de tabaco, filtros y papeles de liar. Se colocó un filtro en la boca, extendió el papel y con sus dedos cogió un poco de tabaco —procura no excederte en lo que agarras ni tampoco tomes poco, porque al final te jode todo —colocó el tabaco y lo extendió por todo el papel. Lo comenzó a enrolar lentamente.
»Hay momentos que lo construyes rápido y otros lento. Que a punto de acabar se te desarma, o que no lo cierras bien. Con el tiempo lo harás cada vez mejor, pero nunca perfecto. Al principio a nadie le sale bien. No te frustres.
El hombre terminó de armar el cigarrillo. Tan delgado y bien hecho. Le presté mi mechero. Lo encendió y le dio un pitillo.
—Y ya te digo yo que el mejor momento siempre es cuando lo terminas de armas…y te lo fumas tranquilo
»Ahora que ya sabes armarlos, ¿te animas a jugar a las cartas conmigo?
Acepté. Comenzamos a jugar. El hombre se lo tomaba con calma. De vez en cuando le tomaba a su whisky y yo hacía lo mismo. Los juegos que me tocaban eran malísimos.
Siguió la noche. La gente subía y bajaba del tren. Los dos estábamos borrachos de whisky y yo cada vez con menos cigarrillos.
—Sabes, hijo. Si has estado perdiendo es porque no arriesgas y no ves bien lo que ocurre. Debes estar atento para usar las cartas a tu favor.
—Ya, pero también con las cartas que me tocan estoy jodido desde el inicio.
—Todas las manos son ganadoras y perdedoras si las sabes usar bien.
—Ni un as me has dado.
—El as es cuestión de suerte. A algunos les toca a la primera, a otros a la mitad y a algunos jamás les llega. Pero no te lamentes por algo que no puedes manejar.
A punto de terminar el trayecto y con sólo un cigarrillo en la cajetilla el hombre me vio y dijo:
—Si ganas esta última partida te devuelvo todos los cigarrillos que te quité, si yo gano, tú me das ese último.
—Vale.
Vi mis cartas. Sin as, otra vez. El hombre bebió de su whisky y ahí lo noté. Cada vez que le tocaba un as él bebía. Jugué eso a mi favor y manejé el juego de un modo que me favoreciera.
Al revelar las cartas finales le gané. El hombre me dio la mano. Me entregó los cigarrillos. Dividió el último trago de whisky y me lo dio.
—Un trato es un trato —dijo.
Le sonreí por primera vez en toda la noche. Le di mi mitad de cigarrillos. El tren se detuvo. Ambos nos bajamos en esa parada. Afuera ya era de madrugada y el sol comenzaba a levantarse por el cielo. Los campos ya no existían. Todo era el inicio de una ciudad y el final de la noche. Nos despedimos y me entregó un as de su baraja.
—Un regalo, fue un placer viajar contigo.
Él se fue para la izquierda y yo para la derecha. Nunca nos volvimos a ver.
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