Un día más
Salí del estudio con la bata doblada sobre el brazo. El fotógrafo dijo: «Perfecto, ha quedado realmente bien», mientras guardaba la cámara en su funda, y Roxanne soltó el aire despacio, como si acabara algo más largo de lo que había sido. En el pasillo habían pegado el cartel de la campaña: una mujer con bata blanca, un estetoscopio colgado y una sonrisa fija. Me detuve un momento.
—Eres tú. —Roxanne sonrió abiertamente.
—Es la bata, yo ya no tengo trabajo.
—Lo conseguiremos.
—¿No te cansas de este tonto círculo? Buscar para trabajar, trabajar para buscar.
—El truco es no pensar en ello.
Bajamos las escaleras y salimos a la calle. El ruido del tráfico estaba ahí desde antes de abrir la puerta. En la esquina, el kiosco tenía los periódicos colgados con pinzas y una radio pequeña apoyada en una caja. Sonaba la misma canción que dentro del estudio. El hombre del kiosco no levantó la vista.
—Podríamos mirar anuncios —dijo Roxanne.
—Luego.
Fuimos al bar de la esquina. La puerta hizo el mismo ruido seco de siempre. Dentro, la mujer del trapo azul limpiaba vasos detrás de la barra. Nos sentamos en los taburetes de siempre.
—Dos cafés.
La mujer dejó dos vasos de agua antes de servir el café.
Puse la bata sobre la barra, bien doblada. El trapo azul pasó cerca sin tocarla. En la televisión, un presentador movía los labios sin sonido. Miré el reloj del bar. Marcaba las doce y media.
—El del metro siempre va dos minutos tarde.
—Quizá lo hace porque disfruta mucho su trabajo, y así pasa más tiempo en él. —Roxanne tomó una taza de café.
Bebí la mitad del café y dejé la taza. Afuera, la canción volvió a empezar.
—Siempre la misma.
—El truco es no pensar en ello. —Bebí el resto del café.
—¿Tienes algo mañana?
—No.
—Yo tampoco.
Doblé mejor la bata y la metí en la bolsa.
—La devuelvo mañana.
—Podrías usarla.
—La devuelvo mañana.
Salimos. La puerta sonó igual. Caminamos hacia el metro. En la entrada, el reloj marcaba las doce y cuarenta.
—Dos minutos.
—Siempre dos tarde.
En el andén esperamos sin hablar. El tren llegó a las doce y cuarenta y dos y subimos. Me senté frente a ella con la bolsa en las rodillas, mientras ella comenzó a hablar.
—Hay una agencia nueva, en la calle larga.
—Vamos mañana.
En la siguiente estación subieron dos chicas con carpetas. Las miré un momento y luego miré la bolsa. Roxanne también las miró.
—Van a un casting.
—Puede ser, o quizá ellas tienen algo fijo.
Bajamos en nuestra parada. En la salida había otro kiosco. Compré un periódico y lo abrí allí mismo. Pasé las páginas de anuncios.
—Siempre lo mismo —dijo Roxanne.
—El truco es no pensar en ello —dije.
En la calle, un coche tenía la radio encendida. La misma canción. Roxanne comenzó a hablar.
—Está en todas partes.
—En todas, seguro que alguien compró los derechos muy baratos y ahora los está explotando.
Nos detuvimos en la esquina.
—Hasta mañana.
—Descansa.
Seguí caminando sola. Pasé frente a una tienda con maniquíes vestidos con batas blancas. Uno tenía un estetoscopio colgado. Me detuve un momento y luego seguí.
Llegué al edificio. El ascensor seguía averiado. En cada piso había una maceta seca junto a la puerta. Subí hasta el tercero. Abrí con la llave.
Dentro, dejé la bolsa sobre la mesa. Saqué la bata y la extendí en la silla. Encendí la luz. Abrí el periódico y me senté.
—Se busca modelo… disponibilidad inmediata. —Leí en voz alta.
Pasé la página.
Dejé el periódico y cogí la bata. Me la puse. Me miré en el espejo. Me coloqué el pelo detrás de las orejas.
—Buenas tardes —dije—. Pase, por favor, el doctor la está esperando.
Me quedé quieta un momento. Luego me quité la bata, la doblé y la dejé en la silla.
Sonó el teléfono.
—¿Sí?
—Soy yo. —La voz de Roxanne sonaba entrecortada.
Colgué.
Abrí la ventana. Desde la calle subía la radio del kiosco. La misma canción. Cerré la ventana.
Volví a la mesa. Marqué dos anuncios en el periódico. Doblé el papel dejando las marcas visibles. Coloqué la bata encima, alineando las mangas.
Apagué la luz y me acosté. La canción volvió a empezar.
A la mañana siguiente, me levanté, me vestí y guardé la bata en la bolsa. Cogí el periódico.
Bajé las escaleras. Las macetas seguían secas. Salí a la calle. El kiosco estaba abierto. La radio sonaba.
—Otro.
El hombre me dio un periódico.
Bajé al metro.
En el andén, Roxanne estaba apoyada en la columna.
—Llegas a tiempo.
Subimos al tren.
—Primero la agencia.
—Luego devuelvo la bata.
El tren avanzó. Alguien tarareaba la canción.
Bajamos. Subimos a la calle. Caminamos por la calle larga. En un escaparate había otra imagen de la campaña: una doctora con bata blanca. Roxanne se detuvo.
—Otra vez tú.
—Es la bata, yo sigo desempleada.
Seguimos hasta la agencia. Había gente esperando en la puerta. Una chica sostenía un periódico doblado como el mío. Otra llevaba una bolsa con ropa.
—Venimos por el anuncio. —Roxanne sonreía.
—Apunten sus nombres en la lista. —La mujer del mostrador no regresó la sonrisa.
Escribí el mío. Dejé la bolsa en el suelo, junto a otras.
—Esperad ahí.
Nos sentamos. Al fondo, una radio sonaba baja. La misma canción.
—Siempre la misma. —Roxanne tomo asiento.
No contesté nada.
Un hombre salió con una carpeta.
—Siguiente.
Una chica se levantó. Otra ocupó su sitio. La puerta se abrió otra vez.
—Donna Johns.
Me levanté. Cogí la bolsa. Entré. El hombre señaló una silla.
—Deja la bolsa ahí.
La dejé junto a la pared. Dentro estaba la bata doblada. El hombre abrió la carpeta.
—Vamos a empezar.
Me quedé de pie frente a él. Detrás, en otra habitación, alguien tarareaba la misma canción. Escuché la canción una y otra vez.
El hombre me miró y movió los labios, volvió a mover los labios.
—¿Quieres el trabajo o no? —gritó con fuerza.
—La verdad es que no.
Me miró por varios segundos antes de hablar.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—No lo sé.
—¿Qué no piensas? ¿Por qué vendrías a un lugar si no sabes ni qué haces ahí?
—A veces es mejor no pensar en ese tipo de cosas.
—¿Y en qué sí piensas?
—En la canción, esa canción que se repite.
—Yo no escucho nada.
—Claro que sí, la canción, la maldita canción.
El hombre sacó su celular y realizó una llamada. Yo me levanté de la silla y salí de la oficina. Roxanne estaba ahí, me miró y comenzó a mover los labios. Yo seguí adelante hasta la puerta sin contestar.
Esta vez, al fin, podía oír. Ya no había ninguna canción.
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