martes, 14 de abril de 2026

-Relato 4 de Francisco Castro Legaspi

 

VIAJES

                El vestíbulo del hotel huele a madera recién barnizada y a promesas que nadie ha firmado. Esa es la única clase de compromiso que puede permanecer intacto. Entran y salen innumerables personas vestidas para la ocasión. ¿Cuál es la ocasión? Ese es el enigma de los viajes, cada cual se prepara para su momento; sin embargo, nadie tiene la certeza de saber muy bien para qué ha llegado hasta aquí.

De pie, detrás del mostrador de la entrada, tres recepcionistas se levantan como tres torres vigías que esperan la llegada a puerto de los barcos que se van aproximando.  Daniel es el primero de ellos. Lleva una camisa de lino arrugada, pantalones cortos, chanclas y una mochila que le curva la espalda. (“Solo serán unos días, desconecta”)

La luz dorada que se cuela por los ventanales le resalta los reflejos a la gigantesca alfombra que amortigua los pasos y filtra el mundo de las culpas leves. Solo se oyen las voces y los sonidos que no provengan desde el suelo. Es la sordina perfecta para las ruedas de las maletas que pululan y se desplazan como las hormigas frente al hormiguero. Entran y salen. Salen y vuelven a entrar. Van y vienen. Vienen y luego van.

—Buenos días, soy Daniel Martínez y tengo una reserva.

—Buenos días, señor Martínez. Bienvenido al Hotel Carambola. —dijo la recepcionista. Su voz debía reflejar ese tono ameno, esa especie de sonrisa telefónica que debía contagiar al cliente de una actitud positiva, eso le habían remarcado en el curso de formación—.

—Voy a estar cinco días, quiero una habitación que sea silenciosa. —Resonó su voz sin ningún entusiasmo. «No debería haber venido», pensó mientras recibía de la recepcionista la tarjeta y el número de su habitación.

—Esta es la más silenciosa que tenemos. Podrá descansar a gusto.

El tiempo y el espacio, esas son las variables. ¿Cuáles? Pues esas mismas, las de siempre. El saber en el sitio en el que estás y disfrutar del momento oportuno, nada más. Y nada menos. El reloj de pared marca una hora que parece no pertenecer a ningún huso horario conocido, como si el tiempo aquí fuese un huésped más: llega, se queda lo necesario y pasa desapercibido.

                Mientras Daniel continúa de pie frente al mostrador, se acerca otra persona para hablar con el recepcionista que está en su lado izquierdo. Ella se llama Laura y lleva puesto un vestido azul de organdí, con unas sandalias bajas de color celeste.

                —Buenos días, mi nombre es Laura Mendizábal y tengo una reserva. —dice como si estuviera confesando un delito menor. Daniel voltea la cabeza, ella siente que la mira. «No sé por qué me mira, tan raro es tener una reserva en un hotel. A lo mejor se cree que vengo a comprar el pan… En fin».  Se pone las gafas para ver lo que le da el recepcionista—.

Daniel recoge su tarjeta y saluda a todos y a nadie con un: «Hasta luego». Sigue hacia el ascensor, «¿Será que todas las personas que nos acercamos al mostrador decimos siempre lo mismo? El trabajo del recepcionista es muy monótono», piensa mientras toca el botón y resalta un color rojo brillante y una flecha indicando hacia abajo, cuando él lo que desea es subir. (“Relájate y disfruta, te sentará bien desconectar unos días cerca del mar”).

Laura llegó en el momento exacto en el que se abrían las puertas del ascensor. Esperó a que Daniel entrase y se dispuso a hacerlo detrás de él. El mundo a su alrededor estaba distorsionado, borroso, no conseguía ver bien los números, se mareaba… todavía llevaba las gafas puestas. (“Algún día de estos dejarás la cabeza en la almohada y saldrás sin ella”).

En la sala de yoga hay cinco esterillas dispuestas en círculo, como si fueran las de una secta satánica preparada para el ritual del sacrificio. Los cuerpos se acomodan con la torpeza que delata una vida sedentaria, las personas se reparten como hace un crupier con las cartas.

—Inhalen… —Suena la voz de la instructora, una mujer con un susurrante soniquete y la paciencia de una piedra.

                Daniel está dos esterillas más a la izquierda de Laura. No la mira, pero es consciente de su presencia, del mar que no ve ni escucha y de la conversación que no tuvo en el ascensor. «Respira, solo respira». Como si eso fuera fácil. Valdría con escribirlo, pero no es lo mismo llevarlo a cabo en una esterilla rodeado de personas desconocidas haciendo la lombriz, la nave, el caracol o el niño.

—Exhalen…

                Lucía cierra los ojos y va desplegando sus habilidades. «No pensar en él, no pensar en nadie», que en realidad es pensar en todos haciendo la pinza, la abeja, el gato y la cobra.

                Daniel abre los ojos y murmura sin dirigirse a nadie.

—No soy bueno en esto. —Lo que significa que va dirigido a alguien.

—No hace falta serlo. —responde Lucía, sin abrir los ojos, como si la respuesta viniera de otra versión suya. Se hace el silencio, pero ya no es el mismo silencio. Ahora tiene intenciones—.

Se acerca el final de la clase y el comienzo del encuentro. La voz de la instructora sigue sonando de fondo, relajada, pausada, sin estridencias…

—Ahora la postura del cadáver, el savasana. Nos relajamos. En silencio absoluto oímos nuestro cuerpo —Tumbados boca arriba, con las palmas también apuntando hacia el techo absorben los beneficios de la práctica. «Ya hemos roto el hielo», «He disfrutado la experiencia», «Podemos seguir en el desayuno», «Me parece una excelente idea»—.

—Nos incorporamos muy lentamente. Nos sentamos. Inhalamos, exhalamos.

Namasté.

Namasté. —Suena el coro de las cinco personas, casi al unísono.

 

El desayuno se sirve en la terraza, abierta hacia la arena caliente y el gélido mar. El café humea los secretos de los que no se conocen. Untan las tostadas y dan a entender algo de sus pretensiones. Mantequilla o paté, mermelada o aceite, dulce o salado… La escenografía se completa con las mesas blancas y las sillas negras que le dan un aire de torneo ajedrecístico. Están sentados frente a frente y las cucharillas golpean el interior de las tazas como si fueran pequeños reproches. «Debería decir algo», retumba en la cabeza de Daniel. (“Siempre llegas tarde a todo”).

—Ayer te escuché —dice Daniel rompiendo la cuarta pared y el escenario empieza a parecer un lugar habitable—. En la clase de yoga.

—Es algo que me sale muy bien, hablar sin abrir los ojos.

—Pues yo ni eso, además de las posturas que me hacen sentir partes de mi cuerpo que no sabía que estaban allí, tengo que fijar mi discurso, dirigirlo. Si no lo hago siento que le hablo a una pared y que choca contra la nada, que se parte y se hace añicos.

Laura levanta la cabeza del café y de la tostada, está deseando hincarle el diente. «Tienes algo roto, como todos. No sé si estoy dispuesta a servir de pegamento. Será mejor que practiques tu propio kintsugi». (“No puedes arreglar a nadie”)

—Laura —dice ella extendiendo la mano, como quien ofrece una versión resumida de sí misma.

—Daniel —se estrechan las manos como si sellaran un pacto que ninguno entiende del todo. Eso define la mayoría de los pactos, sientan las bases para romperlos—.

A dos mesas de distancia, Marta observa con la atención de alguien que cree en las narrativas. Aunque la mayoría de las veces finja lo contrario. Lleva puesto una camiseta de color gris y unos pantalones blancos cortos, los pies descalzos y unas enormes gafas de sol como si fuesen una armadura irónica o un visillo del cual puede ver sin ser descubierta. (“Siempre encuentras historias donde no las hay”).

—Van a hablar —Suena la voz de Marta.

—Ya están hablando —Responde Pedro, que intentaba leer. Marca la página, porque para él la historia está en otro sitio. Bebe un sorbo del té con leche y se dispone a comer el pastel de nata. Apoya el libro en la mesa. RAYMOND CARVER. De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Pedro y Marta son como dos notas en una melodía que no siempre encaja bien, normalmente distorsiona o rompe el ritmo. Tal vez sea una forma de amor, de terquedad, de monotonía, de paciencia infinita o, simplemente, de resignación.

 

El mar se extiende como una sábana, no hay casi movimiento. Solo el de las olas, minúsculos pliegues que rompen en la costa sobre los pies de quienes se acercan a experimentar una sensación diferente. La arena está caliente a esa hora y las sombrillas se extienden por la playa como las piedras al atravesar un río.

—¿Te gusta el mar? —Daniel elige una pregunta que parece inocente. Laura se ríe.  Vestida con su biquini azul parece coherente «Es como preguntar si me gusta respirar». Iba a preguntarte lo mismo, pero me pareció algo sin sentido. —Se agacha y recoge un puñado de arena, vuelve a soltarlo. Los granos caen rectos sobre su pie izquierdo y siente cómo recorren su anatomía—

—Si, claro que me gusta. Me encanta. Y mucho más cuando está tan calmo como ahora.

—A mí me da miedo —Suena el hilo de voz de Daniel

—¿El mar?

—Que sea tan grande, tan extenso, no se le ve el final.

—No es el tamaño —dice Laura—. Es lo que te devuelve.

Daniel mira el horizonte y espera una señal, algo. No sabe exactamente a lo que se refiere Laura.

—¿Y a ti que es lo que te devuelve? —A lo mejor su respuesta le puede aclarar las ideas y consigue ver en el horizonte, en los pliegues de las olas, en la espuma o en el reflejo del agua algo más de lo que está viendo.

—Depende del día —«No digas la verdad, normalmente suele ser poco elegante» (“Siempre hablas demasiado”)

A unos metros, a la izquierda de ellos, Marta se entierra los pies en la arena caliente. Una terapia accesible y muy estimulante.

—Míralos —dice—Ya están en esa fase.

—¿Qué fase? —pregunta Pedro, aunque sabe perfectamente la respuesta.

—La de las preguntas que no quieren respuestas. —Pedro cierra el libro—

—Esa es la fase que realmente interesa, el resto es tiempo perdido.

 

En la sala de yoga el cuerpo empieza a recordar lo que la mente olvida, lo cual sería útil si el cuerpo pudiera tomar decisiones. Ahora las posturas son más complicadas y fluidas, parece que los cuerpos se han desentumecido.

—Estás mejorando —Dice Laura, sin mirarlo, lo cual le permite decir la verdad sin arrepentimiento.

—Te estoy copiando —Apunta Daniel.

—No soy un buen ejemplo

—A mí me vale.

—No sabes nada de mí

—Sé que respiras cuando te lo dicen

Laura abre los ojos «no te acerques», piensa no muy convencida.

—Eso no es saber.

—Es un comienzo. ¿No te parece?

El silencio ahora es casi una conversación. Y así continúan, porque las historias no avanzan tanto como se suceden con ligeras variaciones. La cena, las risas, las preguntas que se afilan como cuchillos sin intención de herir, pero con resultados previsibles. Marta observa todo como si fuera un experimento emocional. Pedro interviene lo justo para que no se note que también está implicado.

El Hotel Carambola respira y es testigo de demasiadas historias que se repiten con mínimas variaciones y pequeñas innovaciones en el color de las ropas, el calzado, los nombres, las maletas o las mochilas. La sala de yoga queda vacía, pero conserva la forma de los cuerpos. Como una memoria fragmentaria que se repite cada verano. En la playa, las huellas desaparecen con la burocrática eficiencia de la naturaleza. En la terraza una vela se apaga y otra ocupa su lugar, porque siempre hay alguien que vuelve o que llega. Y en algún lugar —no exactamente aquí, no exactamente antes, ni después—cuatro nombres flotan como boyas en un mar que no devuelve lo mismo, pero insiste en devolver algo.

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