VIAJES
El
vestíbulo del hotel huele a madera recién barnizada y a promesas que nadie ha
firmado. Esa es la única clase de compromiso que puede permanecer intacto. Entran
y salen innumerables personas vestidas para la ocasión. ¿Cuál es la ocasión? Ese
es el enigma de los viajes, cada cual se prepara para su momento; sin embargo,
nadie tiene la certeza de saber muy bien para qué ha llegado hasta aquí.
De pie, detrás
del mostrador de la entrada, tres recepcionistas se levantan como tres torres
vigías que esperan la llegada a puerto de los barcos que se van aproximando. Daniel es el primero de ellos. Lleva una
camisa de lino arrugada, pantalones cortos, chanclas y una mochila que le curva
la espalda. (“Solo serán unos días, desconecta”)
La luz dorada
que se cuela por los ventanales le resalta los reflejos a la gigantesca
alfombra que amortigua los pasos y filtra el mundo de las culpas leves. Solo se
oyen las voces y los sonidos que no provengan desde el suelo. Es la sordina
perfecta para las ruedas de las maletas que pululan y se desplazan como las
hormigas frente al hormiguero. Entran y salen. Salen y vuelven a entrar. Van y
vienen. Vienen y luego van.
—Buenos días,
soy Daniel Martínez y tengo una reserva.
—Buenos días,
señor Martínez. Bienvenido al Hotel Carambola. —dijo la recepcionista. Su voz
debía reflejar ese tono ameno, esa especie de sonrisa telefónica que debía
contagiar al cliente de una actitud positiva, eso le habían remarcado en el
curso de formación—.
—Voy a estar
cinco días, quiero una habitación que sea silenciosa. —Resonó su voz sin ningún
entusiasmo. «No debería haber venido», pensó mientras recibía de la
recepcionista la tarjeta y el número de su habitación.
—Esta es la
más silenciosa que tenemos. Podrá descansar a gusto.
El tiempo y el
espacio, esas son las variables. ¿Cuáles? Pues esas mismas, las de siempre. El
saber en el sitio en el que estás y disfrutar del momento oportuno, nada más. Y
nada menos. El reloj de pared marca una hora que parece no pertenecer a ningún
huso horario conocido, como si el tiempo aquí fuese un huésped más: llega, se
queda lo necesario y pasa desapercibido.
Mientras
Daniel continúa de pie frente al mostrador, se acerca otra persona para hablar
con el recepcionista que está en su lado izquierdo. Ella se llama Laura y lleva
puesto un vestido azul de organdí, con unas sandalias bajas de color celeste.
—Buenos
días, mi nombre es Laura Mendizábal y tengo una reserva. —dice como si estuviera
confesando un delito menor. Daniel voltea la cabeza, ella siente que la mira. «No
sé por qué me mira, tan raro es tener una reserva en un hotel. A lo mejor se
cree que vengo a comprar el pan… En fin».
Se pone las gafas para ver lo que le da el recepcionista—.
Daniel recoge
su tarjeta y saluda a todos y a nadie con un: «Hasta luego». Sigue hacia el
ascensor, «¿Será que todas las personas que nos acercamos al mostrador decimos
siempre lo mismo? El trabajo del recepcionista es muy monótono», piensa
mientras toca el botón y resalta un color rojo brillante y una flecha indicando
hacia abajo, cuando él lo que desea es subir. (“Relájate y disfruta, te sentará
bien desconectar unos días cerca del mar”).
Laura llegó en
el momento exacto en el que se abrían las puertas del ascensor. Esperó a que
Daniel entrase y se dispuso a hacerlo detrás de él. El mundo a su alrededor
estaba distorsionado, borroso, no conseguía ver bien los números, se mareaba… todavía
llevaba las gafas puestas. (“Algún día de estos dejarás la cabeza en la
almohada y saldrás sin ella”).
En la sala de
yoga hay cinco esterillas dispuestas en círculo, como si fueran las de una
secta satánica preparada para el ritual del sacrificio. Los cuerpos se acomodan
con la torpeza que delata una vida sedentaria, las personas se reparten como hace
un crupier con las cartas.
—Inhalen… —Suena la voz de la
instructora, una mujer con un susurrante soniquete y la paciencia de una
piedra.
Daniel
está dos esterillas más a la izquierda de Laura. No la mira, pero es consciente
de su presencia, del mar que no ve ni escucha y de la conversación que no tuvo
en el ascensor. «Respira, solo respira». Como si eso fuera fácil. Valdría con
escribirlo, pero no es lo mismo llevarlo a cabo en una esterilla rodeado de
personas desconocidas haciendo la lombriz, la nave, el caracol o el niño.
—Exhalen…
Lucía
cierra los ojos y va desplegando sus habilidades. «No pensar en él, no pensar
en nadie», que en realidad es pensar en todos haciendo la pinza, la abeja, el
gato y la cobra.
Daniel
abre los ojos y murmura sin dirigirse a nadie.
—No soy bueno en esto. —Lo que
significa que va dirigido a alguien.
—No hace falta serlo. —responde
Lucía, sin abrir los ojos, como si la respuesta viniera de otra versión suya.
Se hace el silencio, pero ya no es el mismo silencio. Ahora tiene intenciones—.
Se acerca el
final de la clase y el comienzo del encuentro. La voz de la instructora sigue
sonando de fondo, relajada, pausada, sin estridencias…
—Ahora la postura del cadáver, el
savasana. Nos relajamos. En silencio absoluto oímos nuestro cuerpo
—Tumbados boca arriba, con las palmas también apuntando hacia el techo absorben
los beneficios de la práctica. «Ya hemos roto el hielo», «He disfrutado la
experiencia», «Podemos seguir en el desayuno», «Me parece una excelente idea»—.
—Nos incorporamos muy lentamente.
Nos sentamos. Inhalamos, exhalamos.
—Namasté.
—Namasté. —Suena el coro
de las cinco personas, casi al unísono.
El desayuno se
sirve en la terraza, abierta hacia la arena caliente y el gélido mar. El café
humea los secretos de los que no se conocen. Untan las tostadas y dan a
entender algo de sus pretensiones. Mantequilla o paté, mermelada o aceite, dulce
o salado… La escenografía se completa con las mesas blancas y las sillas negras
que le dan un aire de torneo ajedrecístico. Están sentados frente a frente y
las cucharillas golpean el interior de las tazas como si fueran pequeños
reproches. «Debería decir algo», retumba en la cabeza de Daniel. (“Siempre
llegas tarde a todo”).
—Ayer te
escuché —dice Daniel rompiendo la cuarta pared y el escenario empieza a parecer
un lugar habitable—. En la clase de yoga.
—Es algo que
me sale muy bien, hablar sin abrir los ojos.
—Pues yo ni
eso, además de las posturas que me hacen sentir partes de mi cuerpo que no
sabía que estaban allí, tengo que fijar mi discurso, dirigirlo. Si no lo hago
siento que le hablo a una pared y que choca contra la nada, que se parte y se
hace añicos.
Laura levanta
la cabeza del café y de la tostada, está deseando hincarle el diente. «Tienes
algo roto, como todos. No sé si estoy dispuesta a servir de pegamento. Será
mejor que practiques tu propio kintsugi». (“No puedes arreglar a nadie”)
—Laura —dice
ella extendiendo la mano, como quien ofrece una versión resumida de sí misma.
—Daniel —se
estrechan las manos como si sellaran un pacto que ninguno entiende del todo.
Eso define la mayoría de los pactos, sientan las bases para romperlos—.
A dos mesas de
distancia, Marta observa con la atención de alguien que cree en las narrativas.
Aunque la mayoría de las veces finja lo contrario. Lleva puesto una camiseta de
color gris y unos pantalones blancos cortos, los pies descalzos y unas enormes
gafas de sol como si fuesen una armadura irónica o un visillo del cual puede
ver sin ser descubierta. (“Siempre encuentras historias donde no las hay”).
—Van a hablar
—Suena la voz de Marta.
—Ya están
hablando —Responde Pedro, que intentaba leer. Marca la página, porque para él
la historia está en otro sitio. Bebe un sorbo del té con leche y se dispone a
comer el pastel de nata. Apoya el libro en la mesa. RAYMOND CARVER. De qué
hablamos cuando hablamos de amor.
Pedro y Marta
son como dos notas en una melodía que no siempre encaja bien, normalmente
distorsiona o rompe el ritmo. Tal vez sea una forma de amor, de terquedad, de monotonía,
de paciencia infinita o, simplemente, de resignación.
El mar se
extiende como una sábana, no hay casi movimiento. Solo el de las olas, minúsculos
pliegues que rompen en la costa sobre los pies de quienes se acercan a
experimentar una sensación diferente. La arena está caliente a esa hora y las
sombrillas se extienden por la playa como las piedras al atravesar un río.
—¿Te gusta el
mar? —Daniel elige una pregunta que parece inocente. Laura se ríe. Vestida con su biquini azul parece coherente
«Es como preguntar si me gusta respirar». Iba a preguntarte lo mismo, pero me
pareció algo sin sentido. —Se agacha y recoge un puñado de arena, vuelve a
soltarlo. Los granos caen rectos sobre su pie izquierdo y siente cómo recorren
su anatomía—
—Si, claro que
me gusta. Me encanta. Y mucho más cuando está tan calmo como ahora.
—A mí me da
miedo —Suena el hilo de voz de Daniel
—¿El mar?
—Que sea tan
grande, tan extenso, no se le ve el final.
—No es el
tamaño —dice Laura—. Es lo que te devuelve.
Daniel mira el
horizonte y espera una señal, algo. No sabe exactamente a lo que se refiere
Laura.
—¿Y a ti que
es lo que te devuelve? —A lo mejor su respuesta le puede aclarar las ideas y
consigue ver en el horizonte, en los pliegues de las olas, en la espuma o en el
reflejo del agua algo más de lo que está viendo.
—Depende del
día —«No digas la verdad, normalmente suele ser poco elegante» (“Siempre hablas
demasiado”)
A unos metros,
a la izquierda de ellos, Marta se entierra los pies en la arena caliente. Una
terapia accesible y muy estimulante.
—Míralos
—dice—Ya están en esa fase.
—¿Qué fase?
—pregunta Pedro, aunque sabe perfectamente la respuesta.
—La de las
preguntas que no quieren respuestas. —Pedro cierra el libro—
—Esa es la
fase que realmente interesa, el resto es tiempo perdido.
En la sala de
yoga el cuerpo empieza a recordar lo que la mente olvida, lo cual sería útil si
el cuerpo pudiera tomar decisiones. Ahora las posturas son más complicadas y
fluidas, parece que los cuerpos se han desentumecido.
—Estás
mejorando —Dice Laura, sin mirarlo, lo cual le permite decir la verdad sin
arrepentimiento.
—Te estoy copiando
—Apunta Daniel.
—No soy un
buen ejemplo
—A mí me vale.
—No sabes nada
de mí
—Sé que
respiras cuando te lo dicen
Laura abre los
ojos «no te acerques», piensa no muy convencida.
—Eso no es
saber.
—Es un
comienzo. ¿No te parece?
El silencio
ahora es casi una conversación. Y así continúan, porque las historias no
avanzan tanto como se suceden con ligeras variaciones. La cena, las risas, las
preguntas que se afilan como cuchillos sin intención de herir, pero con
resultados previsibles. Marta observa todo como si fuera un experimento
emocional. Pedro interviene lo justo para que no se note que también está
implicado.
El Hotel
Carambola respira y es testigo de demasiadas historias que se repiten con
mínimas variaciones y pequeñas innovaciones en el color de las ropas, el
calzado, los nombres, las maletas o las mochilas. La sala de yoga queda vacía,
pero conserva la forma de los cuerpos. Como una memoria fragmentaria que se repite
cada verano. En la playa, las huellas desaparecen con la burocrática eficiencia
de la naturaleza. En la terraza una vela se apaga y otra ocupa su lugar, porque
siempre hay alguien que vuelve o que llega. Y en algún lugar —no exactamente
aquí, no exactamente antes, ni después—cuatro nombres flotan como boyas en un
mar que no devuelve lo mismo, pero insiste en devolver algo.
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