martes, 28 de abril de 2026

-Relato 5 de Federico Aresté

 LA SANGRE DEL INDIO

Con Omar teníamos que censar los campos que nos marcó el intendente. En ese tiempo, los dos trabajábamos como empleados de hacienda. 

Recuerdo bien ese día. Eran las últimas horas de una tarde de verano y el cielo se cubría de a poco. Íbamos por un camino de tierra paralelo a las vías del ferrocarril Mitre. A un costado, unos patos chapuceaban en un arroyo reseco, a punto de desaparecer. Arriba y adelante, el sol se escondía entre algunas nubes sin forma, rodeado de todos los colores del atardecer, recortándose entre los sauces que aparecían y desaparecían a los costados del camino. 

Algunos dicen que todo el campo habla una misma lengua, y que esa lengua es el silencio. Con Omar viajábamos enredados en uno muy raro, distinto al que conocíamos desde que empezamos a trabajar juntos. Sólo se escuchaba entre nosotros el ruido de la radio. Una voz de hombre que pronosticaba tormenta con vientos fuertes y llenos de tierra.

El viaje siguió y el cielo se puso negro de golpe. Nos faltaban quince kilómetros para llegar a «La Margarita». Las historias sobre esa estancia eran tantas y tan variadas como los hombres que pasaron por ahí, y pudieron conocer a Don Ernesto Codeyro, su dueño. 

Al llegar a la tranquera, un hombre se acercó a caballo. Era Alberto, el capataz. Un tipo flaco y alto, de ojos marrones. Las orejas grandes y puntiagudas, de unos cuarenta y pico de años. Lo cruzábamos seguido en el pueblo haciendo las compras para su patrón que, desde la muerte de su mujer, hacía más de veinte años, nunca más había salido de la estancia. 

También se comentaba en el pueblo que Don Ernesto lo había adoptado a Alberto cuando era muy chico, después de quedar huérfano, y que por eso lo dejaba vivir en la casa principal con él. Se decía que toda la familia de Alberto había muerto en un enfrentamiento confuso. Todos menos su padre: el indio Casimiro. Él había podido escapar, y por algún motivo, nunca volvió a buscar a su hijo. Se decía en el pueblo que las tierras de la estancia de Don Ernesto habían sido antes de la familia del indio, y que por eso mismo los mandó a matar a todos. 

Llegamos al casco y bajamos de la camioneta. Don Ernesto se acercó a saludarnos. Dijo que nos había estado esperando toda la tarde. Hablamos de cómo venía el trabajo, de las demás estancias. El viejo tenía alrededor de ochenta años aunque parecía de menos. Un hombre con mucha vitalidad, de buen porte, elegante, de tez blanca y ojos saltones y celestes. Llevaba anillos y pulseras de oro. También tenía una medalla de plata con el número cuarenta y ocho grabado en las dos caras. Más tarde nos contó la historia. Era el año de cuando compraron la estancia con su mujer, la difunta Margarita.  

Algunos decían en el pueblo que Don Ernesto, en realidad, tenía más de ciento veinte años, y que seguía viviendo gracias a una promesa y a un sacrificio. La misma historia contaba que su muerte, de ocurrir, sería doble y monstruosa. Pero nadie hacía del todo caso a esas habladurías, una de tantas que se decían en el pueblo.

Entramos en la casa principal. Un chalet ubicado de norte a sur, con el techo a dos aguas. Una larga galería cruzaba de punta a punta todo el frente. En las esquinas de la azotea había cañones que apuntaban al cielo. Tiempo atrás los habían usado para avisar cuando las bandas de cuatreros llegaban al campo arrasando con todo, robando cuantos animales cruzaban en el camino. Entonces se hacían dos o tres disparos para alertar a los campos vecinos, y darles tiempo a preparar la defensa. 

En la sala principal estábamos los tres. Nos acomodamos alrededor de una mesa enorme para comer unos fiambres. Mientras Don Ernesto llenaba las copas de vino, miré por la ventana y vi como la noche se desparramaba por el campo. No se veía nada más allá de las luces que alumbraban el jardín. Cada tanto algunos truenos iluminaban el cielo y después se perdían a lo lejos. 

«Flor de tormenta se armó. Con lo bien que nos viene el agua», comentó Don Ernesto, acercándose a la ventana y lamentando que Alberto estaba en el campo vecino arreglando unos asuntos que, según aclaró, no podían esperar. «El pobre de Alberto va a tener que pasar la noche en lo de Gregorio. No va a poder volver con esta tormenta». 

Al rato los tres nos olvidamos de Alberto. Comimos hasta reventar y seguimos tomando vino. Don Ernesto nos invitó a pasar la noche en la estancia. Con Omar aceptamos sin pensarlo. No teníamos ningún apuro en volver. Y a decir verdad, nos convenía quedarnos en la zona para seguir censando al otro día los campos que nos faltaban. 

Después Don Ernesto recordó su casamiento con Margarita. Entre habanos y vinos nos contó toda su vida con ella. Nos habló de los árboles que habían plantado juntos en el jardín, de la importancia que tenían esas plantas para él. Y nos contó también de la promesa que le hizo a su esposa antes de morir. Debía cuidar el jardín todos los días y hacerlo crecer tanto como fuera posible. Un jardín de lo más exótico, lleno de plantas de todas partes del mundo.

Con Omar lo escuchábamos cansados. Hacía más de diecinueve horas que estábamos despiertos. Estuvimos un rato más en la charla hasta que Don Ernesto nos acompañó a la habitación. 

Adentro, una lámpara de pie iluminaba el escritorio. Me puse a terminar los informes mientras esperaba que Omar terminara de ducharse, y dejara libre el baño. Pero no podía dejar de pensar en la medalla de Don Ernesto. Trataba de no distraerme, quería no pensar en todas esas historias y concentrarme solo en el trabajo. Necesitaba terminar de una vez y tirarme a dormir. Había sido un día largo y nos esperaba otro igual, o peor. 

Cuando terminé de escribir, Omar todavía no había vuelto. Empecé a caminar por el pasillo en dirección al baño. La puerta estaba cerrada. Por abajo se notaba la luz prendida. El resto de la casa estaba en silencio y oscura. Volví al escritorio y me puse a revisar los informes por última vez. 

Unos minutos más tarde, Omar entró a la habitación con un farol en la mano: 

«¿Damos una vuelta? Acá encontré esto para alumbrarnos». 

Le dije que estaba loco, que al otro día teníamos que arrancar temprano, que no estábamos para tonterías. 

«¿Me vas a decir que no te intriga saber? Don Ernesto se fue a dormir, y Alberto no está. La ventana sale derecho al fondo del casco». 

Caminamos por atrás del jardín. No había señales de nada. Sólo las ramas que dejó la tormenta desparramadas por el piso. Y los charcos de agua que cada tanto nos obligaban a alejarnos del camino que llevaba hasta el fondo. 

«Al final son puras mentiras. Acá no hay nada», renegué.

«Vayamos para allá», dijo Omar, iluminando hacia el norte del jardín donde unos eucaliptos se movían con el viento.

Cuando llegamos a un alambrado, cerca de la manga de un corral, vimos el aljibe. Nos acercamos con cuidado y lo abrimos. Era la entrada al túnel. Adentro había una escalera. Primero bajó Omar. Yo lo seguí. Había un olor terrible a humedad. Las paredes eran de barro y parecía que podían venirse abajo en cualquier momento. Unas maderas podridas y destartaladas apuntalaban el techo. Empezamos a caminar. Omar iba adelante con el farol. El otro extremo del túnel parecía cerca y a medida que nos acercábamos se escuchaba un grito cada vez más fuerte. Hasta que nos topamos con un codo que mandaba el túnel en otra dirección y el grito se apagó de golpe. Nosotros seguimos caminando. Y el grito de nuevo muy cerca. Omar giró el farol hacia la izquierda y vimos un calabozo. Un hombre saltó desde la oscuridad y se prendió de las rejas. No paraba de gritar. Estaba vestido con un traje lleno de agujeros. La piel de la cara agrietada, llena de escamas. El hombre se echó para atrás y con Omar empezamos a forzar la reja. La puerta se abrió y pasó lo peor. El hombre cayó desmayado delante de nosotros. Se desplomó en el suelo y empezó a largar un olor asqueroso. Todo el cuerpo se volvió amarillo de golpe. Y de un momento a otro solo quedaron los huesos del esqueleto tirados en el piso, adentro del traje agujereado. 

Volvimos corriendo hasta la entrada del túnel. Subimos las escaleras y fuimos en dirección a la casa. Omar alumbró un bulto en el suelo. Era otro esqueleto. Los huesos de la mano estaban agarrados a una olla de comida caliente que todavía largaba vapor. Pasamos por afuera de la habitación de Don Ernesto y la luz estaba prendida. 

Subimos a la camioneta. Omar manejó por el camino de tierra que todavía estaba embarrado. Cuando llegamos a la tranquera un búho estaba parado en un palo del alambrado. Las luces de la camioneta lo encandilaron y salió volando. Yo abrí la tranquera y tomamos el camino en dirección al pueblo. En ese momento sentí que me faltaba el aire. Bajé un poco el vidrio para respirar y ahí fue cuando cruzamos a Alberto, que volvía galopando a la estancia a toda velocidad. 

Omar enseguida buscó algo en el bolsillo del pantalón. Era la medalla de oro de Don Ernesto. La agarré. Me quedé mirándola un rato y después la tiré por la ventana. Los ojos de Omar me cruzaron convencidos de algo. Arriba de nosotros estaba la noche abierta de la pampa, las estrellas por todas partes. La tormenta por fin ya se había ido del todo. 


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