Es la mañana más calurosa del verano del 2010. Matilda García llega temprano a la playa de la Caleta. Coloca su toalla en el suelo, se saca su polera para quedarse en un bikini de hilo rojo. Se desabrocha el brassier. deja sus pechos al aire y se pone bronceador. El de la tienda le ha dicho que es el más fuerte del mercado. “Quedarás como latina” le dijo. A Matilda no le gustó, para ella la gente morena era de clase obrera y sin educación. Y Latinoamérica era un continente atrasado y lleno de criminales. Lugar donde se asesina con facilidad.
Pero ella no se consideraba así. Se creía letrada, adelantada a su época: revolucionaria. Tanto que sentía que tampoco ningún español la merecía, a pesar de ser española. Hablaba con desprecio de los hombres de su propio país y ponía en un pedestal a los italianos. Para ella los hombres italianos lo tenían todo, e incluso un bronceado perfecto, ese era el color que Matilda quería.
Matilda ve el mar dos segundos. De su bolsa toma un libro, lo abre a la mitad, se recuesta boca arriba, se lo pone en la cara para taparse del sol y se duerme un rato. No hay nadie más.
Después de un rato Matilda despierta y escucha a una pareja acercarse. Se sienta y los ve. Un hombre y una mujer que ella identifica como italianos. La mujer es delgada pero de senos y nalgas voluptuosas. El hombre está en buena forma, de color trigueño, barba y rostro varonil. Matilda quiere conocerlo.
—¡Ciao! —les grita.
La pareja la saluda y se acercan a ella. Matilda no los conoce, pero le causa intriga.
—La playa está muy sola, sienténse aquí —dice.
La mujer le sonríe, tiene los dientes más blancos que Matilda ha visto. El hombre coloca la toalla en la arena. La acomoda. Abre la bolsa de su mujer y saca bloqueador solar.
—¿Te desabrocho el sujetador, cariño? —le dice el hombre a su mujer.
—Sí, mi amor.
Matilda no puede creer que ellos hablen español. Aunque piensa que era bastante obvio, porque en Italia todos son perfectos.
El hombre le quita el brassier y comienza a untarle bloqueador por todo el cuerpo. Empieza por la espalda, baja hasta las nalgas y termina en los tobillos. Matilda observa todo. Se imagina bronceándose con el aceite en las manos de ese hombre italiano y letrado.
—¿Cómo se llaman? —les pregunta Matilda.
—Yo soy Verónica y él es mi esposo Arturo.
—Matilda, mucho gusto.
Verónica le pone bloqueador a su esposo, le acaricia la barba y le deja más blanca la nariz.
—Así pareces David Hasselhoff en Guardianes de la Bahía. —le bromea. —¿No lo crees Matilda?
—Sí, eres igual —Matilda no sabe quién es David Hasselhoff o los Guardianes de la Bahía. Piensa que debe ser alguna serie italiana que todavía no ha visto.
Verónica saca un libro de ensayos de Octavio Paz y el hombre un libro en inglés de Scott Fitzgerald. Matilda no reconoce a los autores, ni tampoco los títulos. Se sorprende por sus lecturas. Sabe que de ellos aprenderá muchísimo, y quiere seguir platicando con ellos y ser su amiga.
—¿A poco leen en inglés? —pregunta Matilda.
—Algunos libros, sobre todo autores gringos. Se disfrutan más en su idioma original.
—Siempre lo he pensado.
—¿Tú lees libros en inglés?
—Sí, también depende la lectura —responde Matilda. Ella no habla inglés, ni un poco.
Verónica ve el libro que tiene Matilda y se alegra.
—Me encanta Pizarnik. Preciosa poeta argentina, sus poemas tienen tanto dolor dentro de ella. Qué buen libro.
Hasta ese momento Matilda desconocía quién o de dónde era la autora de su libro. De hecho, no había leído ni una sola página de este. Sólo lo tenía para taparse del sol.
—¿Cuál es tu poema favorito? —le pregunta Verónica.
Matilda, apurada, abre el libro y lee el título del primer poema que le sale: “La última inocencia” y se lo pasa a Verónica.
—Es este. La última inocencia. Me fascina. Antes de que llegaran lo estaba releyendo.
—Ese es precioso. Tienes muy buenos gustos.
—Lo sé. Es que siento taaaanto.
Verónica suelta una pequeña risa. Matilda se sorprende por la elegancia con la que se ríe. Se le hace una mujer tan imponente y elegante. Imagina lo que ella haría con ese cuerpo, ese color de piel y esa cultura que posee.
Verónica le muestra su libro de Octavio Paz y Matilda lo empieza a ver.
—Se ve bueno —dice.
—Lo es. Tiene mucha identidad, pero no me encanta tanto Octavio Paz.
—Te entiendo, yo tampoco leo a hombres.
Verónica se vuelve a reír. Agarra su libro y sigue:
—No me refiero a eso, me da lo mismo el género de un autor, es sólo que no me gustan los escritores que sienten que son más inteligentes que el resto de la gente, Paz era así.
Matilda no sabía qué decir. Para ella los hombres no eran buenos en nada que no fuera pagar la cuenta de la cena.
—Justo pienso como tú. Te estaba probando.
Matilda no deja de ver a Arturo, quien está dormido. Le parece hermoso. Siente que en ese momento puede entregarse a él y dormir en sus brazos.
–¿De qué parte de Italia son? —pregunta Matilda.
—¿Italia? ¿Cómo? —responde Verónica.
—Sí, Roma, Napolés, Milán. ¿De qué región son?
—No somos de Italia, somos de México.
Matilda no lo podía creer. Esas personas a las que tanto había idealizado y tenía como gente culta y bella pertenecían a un continente como Latinoamérica. Algo debía estar mal.
—¿Pero siempre han vivido aquí en Europa? —les pregunta.
—No, vinimos de turistas —responde Verónica.
Matilda intenta hilar las cosas, pero no puede. Para ella era imposible que la gente de por allá tuviera el dinero suficiente para vacacionar en otro continente. Ella nunca había salido de Europa porque no le alcanzaba. ¿Cómo podían tener tiempo libre? ¿Existían vuelos que salieran desde México a España? Además, era imposible que supieran leer y más en inglés.
—¿De verdad? Creí que dirían que sólo habían nacido allá, pero se habían educado aquí. —dice Matilda sorprendida.
—No, nos educamos y vivimos en México, es precioso, deberías ir.
Pero Matilda no quiere ir. Se le hace un sitio peligroso, de robos y asesinatos.
—¿Y cómo consiguieron ese tono de piel? Yo me traje mi bronceador y quiero justo el color que ustedes tienen.
Verónica suelta una carcajada. La observa con coqueteo y le dice:
—Es nuestro tono natural, así nacimos. Por eso traemos el bloqueador, para protegernos del sol. Nos ponemos debajo de él una hora y ya nos bronceamos.
Matilda se enfurece. Su comprensión no entiende por qué ellos, al ser de un lugar como México, tienen todo lo que quiere.
A lo lejos ve a dos hombres que identifica como alemanes caminando hacia ellos.
—Será mejor que nos vayamos, no pintan bien esos hombres —dice Verónica mientras despierta a Arturo.
Los dos alemanes se les quedan viendo. No apartan la mirada.
Matilda niega con la cabeza. Está enojada con ellos y no piensa irse.
—No pasará nada, son europeos y aquí no pasa nada. Si quieren ustedes váyanse, yo me meteré al mar.
Verónica y Arturo se despiden. Le indican su hotel y su habitación, por si más tarde quiere encontrarlos ahí. Pero Matilda no lo hará. No le interesa tener más contacto con ellos.
Se van y la dejan sola. Verónica deja sus cosas tiradas en la arena y se va a nadar al mar. Nada hasta que sus pies ya no tocan el suelo. Los dos alemanes se acercan a sus cosas y se les quedan viendo. Ella con las manos les indica que son suyas. Los alemanes las recogen y se marchan corriendo. Matilda comienza a salir del mar, pero al llegar ya es muy tarde. Le han robado todo y la habitación de los mexicanos ya no la recuerda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.