miércoles, 8 de abril de 2026

Relato 3 de Federico Aresté

ADENTRO TAMBIÉN LLUEVE


Después de discutirlo con Pablo, acordaron que pasarían unos días en Junín de los Andes. El padre de Silvia estaba solo y grande, y ella quería aprovechar todo el tiempo que fuera posible con él. Pablo puso excusas al principio hasta que finalmente terminó cediendo. Irían cuatro días, y a la vuelta, desviarían hacia Neuquén, para visitar a Diego, su hermano. El único familiar de Pablo que Silvia al menos conocía de nombre. 


El viaje empezó complicado. Primero rompieron una rueda a las dos horas de salir de la Capital. Después, cuando por fin llegaron a Junín, Silvia no recordaba el camino a casa de su padre. La misma casa a la que había vuelto tantas veces en los últimos treinta años. Aunque es verdad que la última vez ahí todavía no estaban esos complejos de pesca de truchas al costado del río que en el verano se llenan de turistas de todas partes del mundo. Pero no era verano. Era invierno y a un lado y al otro del camino solo estaban los galpones grandes y vacíos, tapados de nieve. 

Después de dar varias vueltas, Silvia se terminó de ubicar. Llegaron al Santuario de Namuncurá y le indicó a Pablo que doblara a la izquierda y le diera derecho hasta la avenida. 

Cinco minutos más tarde estaban bajando las valijas en la entrada de la casa.


Es el segundo día que pasan los tres juntos. 

Ahora están en el salón tomando vino y tratando de armar un rompecabezas. 

«Muy bien», dice el padre de Silvia. «Encontraste una esquina. Estás haciendo muy bien tu trabajo».  «No puedo decir lo mismo de él», agrega con un tono cortante.

«Pablo está ayudando, papá. No empieces otra vez».

«Nadie sabe bien lo que hace», responde el padre mientras coloca otra pieza y termina de armar la figura de un caballo. Un caballo blanco y melenudo que corre entre los pastizales en medio de las montañas. «Sé más sobre el verdulero de la esquina que sobre él. ¿Vos sabes de qué trabaja?».

«Basta, papá» dice Silvia con la voz un poco tomada por el vino, «¿No podemos estar un rato en paz? ¿Todo el tiempo tiene que ser así?».

La primera vez que viajaron con Pablo a Junín de los Andes fue para una Navidad. Además estaban los hermanos de Silvia con sus esposas y sus hijos. El padre de Silvia conversó toda la noche con Pablo. Tenían que conocerse. Y a las pocas semanas, cuando regresaron a Buenos Aires y Silvia lo llamó por telefóno para ver cómo estaba, él le dijo que había notado algo raro que no terminaba de cerrarle. Silvia le pidió que no sea tan desconfiado. «Siempre tenés algo para criticarme. No cambias más. Dejanos tranquilos». Y después no hablaron durante meses.

«Está bien, amor», dice Pablo con un tono que intenta ser conciliador, «No pasa nada». Y agarra la botella de vino que está sobre la mesa.

«Mi hija es única», responde el padre mirándolo fijo. Se para y camina hacia la estufa, busca unos troncos en el canasto de mimbre y los tira al fuego.  

En ese momento, la señora que lo ayuda con las tareas domésticas entra al salón para avisar que ya está lista la comida.

«Todos a cenar», dice el padre acomodando un pedazo de leña arriba de las brasas. El fuego se agranda rápidamente y una nube de humo sale de la estufa y crece sobre los sillones del salón. 

Silvia se sirve más vino. La copa se le resbala y en el intento de agarrarla se corta con un pedazo de vidrio. 

«¿Estás bien?», pregunta Pablo. «Voy hasta el baño a buscarte unas vendas».

Silvia no le responde. Termina de juntar todo el vidrio desparramado en el piso y se queda mirando las gotitas de sangre que caen de su dedo y se mezclan en el charquito de vino. El vino y la sangre, y afuera que ya no nieva más. Ahora llueve cada vez más fuerte. 

Silvia se para con la copa rota y los vidrios en la mano y se queda quieta en el medio del salón, mirando hacia la ventana como tratando de confirmar algo más allá de la oscuridad de la noche que apenas se deja ver entre las luces de la calle. Pero no. Afuera no hay nada más que la noche fría y oscura. ¿Y adentro? Adentro la nube de humo que antes estaba arriba de los sillones, se mueve sobre la cabeza de Silvia y la cubre poco a poco. Y de un momento para otro, adentro también empieza a llover.

 

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