miércoles, 8 de abril de 2026

Relato 3 - Gustavo Conde

  

“El cuarto hijo de Pedro Páramo”

Los hijos de Pedro Páramo se reunen todos los martes en el bar de La Ópera en la Ciudad de México. Siempre reservan la mesa debajo del balazo de Pancho Villa. Dicen que la literatura se siente mejor desde el ojo de una bala. El bautizo de su movimiento literario mexicano había ocurrido hace más de un año en el cumpleaños de Joaquín. Fue Silvia la que, con una cuba en mano, y con los mariachis cantando “El reloj” les había llamado así “Los hijos de Pedro Páramo”, todo con la premisa de que ningún hombre con buen padre escribe bien. Además de que todos ellos buscaban algo y habitaban en una ciudad eternalista cobijada por un verde sehsucht bañado en afrenta. Joaquín y Antonio no pusieron ninguna queja y desde ese día se referían a ellos mismos con ese nombre. 

Este martes era diferente, ya que Silvia les había comentado que llevaría a un nuevo escritor originario de Hidalgo quien, según les dijo, escribía de forma rústica pero precisa. 

Dieron las seis de la tarde y los primeros en llegar fueron Antonio y Joaquín. Se pidieron unas cubas y esperaron. Afuera llovía y la ciudad era gris y fría. En las mesas de enfrente unos gringos hablaban en inglés sobre lo bonito que era México. 

—Odio tanto a los gringos —dijo Joaquín. 

—¿Quién no? —respondió Antonio. 

—No hay mente más corta y egoísta que la de ellos. 

—Empezando porque creen que América sólo son ellos. 

—Exacto. 

El mesero trajo las bebidas junto con un pequeño plato de cacahuates y aceitunas. Ambos hicieron un brindis y comenzaron a beber. 

—¿Te entusiasma conocer al amigo de Silvia? —preguntó Joaquín. 

—Me da un poco lo mismo. 

—¿Crees que escriba bien?

—Puede ser, aunque rural.

—No conozco ningún escritor destacado de Hidalgo. 

—Yo tampoco. 

Al poco rato llegó Silvia junto con su amigo. Era un hombre de apariencia joven, muy moreno y chaparro. Joaquín lo barrió con la mirada. 

—¡Cómo están mis queridos! —dijo Silvia emocionada. 

—¡Hola hermosa, te ves preciosa, como siempre! —respondió Joaquín. 

—Miren, él es el amigo que les comenté. Se llama Francisco. Francisco, ellos son Joaquín y Antonio. 

Francisco les dio la mano y se sentó en la mesa junto a Silvia y Joaquín, quien se apartó un poco. El ojo de bala ahora veía a Joaquín y Francisco a la vez. 

Francisco comenzó a hablar. Había nacido en Hidalgo, en un pequeño pueblo a dos horas de Pachuca, donde había estudiado Letras. De ahí se había movido a Guadalajara un tiempo y de ahí a la Ciudad de México, donde tenía viviendo cuatro meses. Mientras hablaba agarraba aceitunas. El mesero se acercó a la mesa a preguntar por las bebidas. 

—Cuatro cubas más, por favor —dijo Joaquín. 

—Yo no quiero una cuba, yo prefiero mezcal —interrumpió Francisco.

—Yo también —siguió Silvia. 

—¿Cómo así? —le preguntó Joaquín a Silvia. 

—Qué te digo. Francisco ha hecho que me enamoré del mezcal, hay que ir cambiando. 

—Jamás habías pedido mezcal. 

El mesero asintió y fue a por las bebidas. 

Durante un buen rato los cuatro se pusieron a discutir de política. Francisco era devoto al populismo, mientras que el resto eran de izquierda. Cada que Joaquín hablaba, Francisco lo interrumpía y le daba su opinión sobre lo que decía. Joaquín le respondía cada vez más enojado y Francisco replicaba con argumentos. La mesa se había transformado en una mesa de ping pong. 

—Mejor hablemos de literatura, que por eso venimos aquí —interrumpió Antonio.

—Cuéntanos de qué escribes Francisco —dijo Joaquín. 

—Bueno, comencé escribiendo literatura con tintes rurales, pero algo me fui más a la aventura urbana. La Ciudad de México me ha cambiado. 

—Normal —interrumpió Joaquín. 

Silvia bebía y no apartaba la vista de Francisco. 

—Joaquín trabaja en su primera novela, también va en esa dirección. 

—Yo también trabajo en mi primera novela, algo surrealista y eternalista —siguió Francisco mientras bebía mezcal. —Creo que los aztecas están reclamando su ciudad y está dando a luz a Tenochtitlán. 

Antonio soltó una carcajada. 

—No lo puedo creer, es lo mismo que dice Joaquín. 

Joaquín no dejaba de ver a Francisco. Cómo comía de sus aceituntas. Cómo bebía su mezcal con estoicismo.

Joaquín le pidió a Francisco que mostrara un poco de sus escritos, a lo que él aceptó. Tomó su teléfono y abrió el texto. Y leyó: 

 Bienvenido seas viajero al antiguo Distrito Federal. Capital del México eternalista. Eternalista, los espíritus deambulan por aquí a medianoche. Eternalista,  las voces de los aztecas escapan como libélulas blancas por debajo del Zócalo. Rodean los volcanes abrazados en neblina y se materializan dentro de la gran matrioshka mexicana: Ciudad arriba de ciudad arriba de ciudad. Sus figuras fantasmagóricas caminan por la barranca del muerto. Sus voces hechizan a los transeúntes. La realidad explota. La ciudad comienza a dar a luz a la antigua Tenochtitlán. La tierra se parte. Asoma la cabeza y yo me baño en la afrenta verde. Verde, bochos sin taxímetro. Verde, piel de serpiente emplumada. Verde, alameda en óleo transformada en sueño de tarde dominical. Aquí nada está resuelto hasta que el parto termine. Aquí todos somos hambreados de identidad y pasado. Respiramos ceniza. Cenamos en la calle al ponerse el sol. La gula es nuestra pluma. Gula: textos inacabados. Gula: bocas cerradas y puños abiertos.

Antonio y Silvia le aplaudieron y Francisco dijo que sólo era el inicio de sus escritos. Le pidieron a Joaquín que leyerá el suyo a lo que él se negó. 

—Saldré a fumar. Ahora vuelvo. 

—Pero está lloviendo —Dijo Silvia. 

—Lo sé —Joaquín apartó a Francisco y salió del bar. Se fumó un cigarrillo. Caminó hacia la Torre Latinoaméricana y desde ahí pidió un taxi con dirección a su casa. Al llegar agarró el inicio de su novela y la tiró a la basura y se puso a reescribir. 

El resto de la noche Francisco siguió hablando de literatura y política con Antonio y Silvia. Quienes lo invitaron a formar parte de su grupo literario “los hijos de Pedro Páramo”. Ahora el ojo de bala sólo lo veía a él. 

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