lunes, 6 de abril de 2026

-Relato 2 de Carmen Reinoso Calzado



Funeral

    La radio del coche sólo pone últimamente música inglesa, el hip hop está de moda entre la gente joven. No es que Marco sea muy fan de ese tipo de música, la que siempre ve entre los chavales negros del barrio, pero es incapaz de prestarle atención en ese momento. Golpea el volante con su dedo índice, de forma excesiva, mientras aparca al lado de la pequeña e insulsa iglesia.
    Las calles están como siempre, sucias, sin tanta gentuza por las esquinas. Apenas hay tráfico por la zona, los únicos coches que se ven son de la gente que ha ido a la iglesia para algún funeral, bautizo o a saber qué. Marco suspira y le sudan las manos. Tiene que esperar. El arma, en el bolsillo interior de su chaqueta, pesa más de lo que imaginaba. A pesar de que está acostumbrado a llevar una encima en sus robos y otros pequeños chanchullos, donde le va bastante bien, es la primera vez que su jefe le da ese encargo y lleva una nueva arma, a la que no está acostumbrado aún.
    Se quita el sudor de la frente, aunque hace mucho frío fuera. La iglesia está llena de gente, aún no se vacía. No hay cámaras alrededor, aunque el barrio está mal y a nadie parece importarle. Mientras espera, ve que una mujer joven, con ropas negras, sale de la iglesia a fumar un cigarro en el aparcamiento. No presta atención a Marco, pero él sí a ella. No parece ropa de funeral, es sólo un vestido negro y ajustado bastante sexy, ni ella parece triste. Sí algo nerviosa: el mechero no enciende. No debe acercarse, pero Marco es incapaz de contenerse. Es un hombre, antes que nada. 
    —Toma, guapa. —Le acerca su mechero encendido y ella levanta la mirada hacia él. Se parece a Sandra Bullock.
    —Gracias.
    Sonríe levemente. Marco decide tomarse un descanso, quedarse a su lado y fumar también. No puede evitar echarle miradas, parece una estrella de cine. Nunca ha visto a una mujer así antes. Ella está distraída, fuma y mira al suelo, mientras pisa papelillos con sus tacones.
    —¿Hay una boda o algo? ¿Un funeral? —pregunta, mientras levanta una ceja.
    —Funeral. 
    —Espero que no sea tu marido. O bueno, depende.
    La mujer no le mira, pero se ríe un poco. Dios, es guapísima. Y él ha hecho que se ría. Ya no nota tanto el sudor en su frente ni en sus manos, pero la chaqueta le pesa aún. Joder, ¿por qué le han tenido que dar un arma nueva? Tira el cigarrillo al suelo y lo pisotea, se arregla el pelo hacia atrás, que siempre le aporta confianza, y mira de nuevo a la mujer, que le mira de vuelta.
    —Este barrio está hecho mierda —comenta Marco.
    —Es por la gente. Hay cada uno…
    —Es una forma de decirlo.
    —Bueno, ¿y tú? ¿No creo que vengas al funeral, no? —La chica muestra interés por él, así que le sonríe. Siempre le han dicho que tiene buena sonrisa.
    —Podría ser. Pero no me gustan las iglesias, me agobian. Y menos los funerales.
    —A mí tampoco me gustan. Y tú no vas vestido precisamente de funeral, ¿no?
    Marco se ríe, luego mira al suelo y se queda callado. Vuelve el sudor a su frente pero asiente con la cabeza varias veces. El funeral tarda demasiado en terminar. Hay luces que parpadean cerca del lugar, provienen de un viejo cartel de un club de carretera. Es gracioso ver un club a dos pasos de una iglesia, pero así es el barrio. Se ríe para sí mismo y coge otro cigarrillo. Ella le mira, levantando las cejas, pero vuelve la mirada rápidamente.
    —Sólo pensaba… En ese club de carretera. Al lado de la iglesia. 
    —¿Eso es un club?
    —De stripers. No de putas. No es que yo vaya por allí, vale.
    —No te he cuestionado nada.
    Levanta las manos y asiente, bromista. Le gusta cómo contesta y cómo él va por su segundo cigarrillo y ella por el primero todavía. La mujer no tiene nada que ver con las chicas que él conoce, ni con las del club ni con las del barrio, pero tampoco parece una ricachona frígida y desagradable. Se la imagina a su lado, cogiéndole del brazo y yendo por ahí, a cualquier sitio.
    —¿Esperas a alguien? —La mujer tira el cigarro al suelo y lo aplasta con el tacón. Marco no puede evitar seguir sus piernas con la mirada. Asiente—. Pues sí que tarda, quien sea. Yo estaría nerviosa perdida.
    —Yo no soy así.
    Marco sonríe y sigue fumando, sus manos tienen un ligero temblor. No, todo está bien. El peso en su chaqueta le recuerda que todo está bajo control. Mira a su alrededor y nota que la iglesia se está despejando. Varias personas salen llorando del edificio, como una bandada de pájaros negros. Toma aire y tira el cigarro, con expresión de molestia.
    La mujer, que bebe agua, le mira otra vez. Parece analizar su expresión, pero no le pregunta. Marco adora que las mujeres no le pregunten, son muy molestas con el tema de los sentimientos. Él está muy bien sin tener que entender todo lo que pasa en su interior o en el mundo, no todo necesita una explicación. Se siente tranquilo junto a esta mujer desconocida.
    —Me voy. Gracias por la compañía. 
    —Espera. —La toma por la muñeca, sin meditar dos segundos. De pronto, no sabe qué decir, y ella tiene una expresión contrariada. No le gusta nada, pero sabe que está actuando como un extraño asqueroso. —Es sólo que… ¿Te gustaría ir al cine alguna vez? O a cualquier sitio.
    —Si nos vemos otra vez, quizás.
    La mujer sonríe y se da la vuelta, entonces vuelve a la entrada de la iglesia. Ni siquiera le ha preguntado el nombre, pero su rostro se queda fijado en su mente. Espera que ella sí olvide su cara por un tiempo, algo que es seguro, porque no parece el tipo de mujer que va normalmente por esos barrios. Otra vez siente el calor en su frente y en las manos, se limpia el sudor y bebe agua. Todo está bajo control, todo está bajo control.
    La gente se marcha de la iglesia y queda sólo una persona, un hombre, que habla con el sacerdote mientras se prepara para marcharse. Marco se queda fuera, cerca de la entrada, y espera. Sacará el arma de su chaqueta, con control, y justo cuando salga el tipo, disparará. Sus manos no temblarán. Será rápido, certero, limpio. Lo tendrá todo bajo control. Se irá sin ser visto y nadie podrá darse cuenta hasta que pasen por la calle. Guardará el arma y cogerá su coche. Se irá rápidamente del lugar, sin problemas. Llegará a su casa y esconderá el arma debajo del colchón. Se quitará la chaqueta y se echará una siesta.
 Estarán orgullosos de él. Tendrá alguna promoción.
     El ruido de la televisión le despierta. Gruñe y se levanta para ir al salón y bajar el volumen. Rosita está allí, con su moño mal hecho y su cara de preocupación, de pie mientras mira las noticias. Le mira y pega un manotazo en su rostro sin afeitar. Marco le coge con fuerza de la muñeca, aún somnoliento.
    —¿Pero a ti qué cojones te pasa ahora?
    —Dime que tú no has tenido nada que ver, júralo.
    A Rosita le tiemblan los labios y las manos. La televisión explica que ha sucedido un asesinato a las puertas de la iglesia, la víctima es un hombre conocido en el barrio. Intentó huir de varios disparos torpes que llamaron la atención de toda la calle y dejó un reguero de sangre en las escaleras. Nadie decía haber visto al atacante, pero sí su coche, que casi había llegado a chocar en la huida. Se habla de un posible testigo, una mujer que comenta algo sobre «un hombre extraño en el aparcamiento, que intentó ligar conmigo». Marco se lleva las manos a la cara, temblorosas, y le da una patada al sofá.
    —Será hija de puta…
    —¡Hijo de puta, tú! ¿Qué haces encima ligando con esa pija?
    Las manos de Marco ya no consiguen estarse quietas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.