miércoles, 8 de abril de 2026

Relato 3 de Sergio Peral

Los pinos en el camino


El coche entra en el camino de tierra levantando una nube fina de polvo que se queda suspendida unos segundos antes de caer. Los tres pinos aparecen al fondo, alineados como si alguien los hubiera colocado a mano. La madre no gira la cabeza, lleva el bolso apretado contra el pecho. El padre reduce la velocidad y aprieta el volante mientras en el asiento de atrás, el chico —veinte años, delgado— apoya la frente en el cristal. Afuera, el paisaje cambia; ya no es el sur, ni tampoco hay aquella luz clara y abierta.

La verja blanca chirría al abrirse; la pintura está saltada en las esquinas. Dentro, la grava cruje bajo las ruedas antes de aparcar. La casa parece una vivienda reformada más que una clínica; dos plantas, paredes claras, ventanas grandes con cortinas limpias, suficientes habitaciones como para albergar a diez pacientes. Todo muy ordenado y demasiado silencioso; una cámara pequeña de seguridad apunta a la entrada. Una mujer sale con una carpeta: pelo recogido, gafas finas, voz neutra. Saluda primero al padre, luego a la madre. Al chico lo mira un segundo más, baja la vista y anota algo. El pasillo de entrada es estrecho, huele a lejía y a comida recalentada; hay sillas pegadas a la pared. Una chica muy delgada de unos diecisiete años pasa despacio. Lleva una botella de agua medio vacía que no suelta, de la que bebe sin parar; no mira a nadie. Detrás, otra chica, unos veintiséis, pelo oscuro, ojos claros, se queda apoyada en la pared. Observa sin disimular al nuevo paciente; lleva las mangas remangadas, tiene brazos finos. Él la observa de reojo por un instante cuando pasa a su lado, luego baja la mirada.

—Hay ocho pacientes ahora mismo —avanza la mujer mientras caminan—. El máximo es diez.

Arriba se oye una puerta cerrarse y una voz, luego silencio. El padre asiente mientras la madre pregunta por las visitas. La mujer responde sin detenerse. El chico se queda un paso atrás y mira las esquinas, las puertas, los pasillos, la cámara del techo. Su habitación es pequeña; cama, mesa, silla, armario blanco. La ventana da a los tres pinos del jardín que vieron al llegar desde el coche, los mira detenidamente, están perfectamente alineados; seguidamente deja caer la mochila al suelo. La madre dobla una camiseta, no le gusta el resultado y la vuelve a doblar; al final la deja. Por su parte, el padre abre el armario y lo cierra tras echar un vistazo; nadie dice nada. La mujer de la carpeta espera en la puerta e informa al chico.

—Luego hay grupo.

El padre sale primero; la madre se acerca a su hijo, le roza el brazo como si fuera a sujetarlo, pero finalmente se detiene. Salen y cierran la puerta. En el comedor hay varias mesas redondas con platos ya puestos. Una enfermera de pelo corto y mandíbula tensa, escribe en una libreta sin levantar la cabeza; señala una silla con el bolígrafo. El chico se sienta; sus padres ya han regresado a casa. A su derecha, la chica de diecisiete sigue bebiendo agua mientras a su izquierda, la de ojos claros mira el plato.

—No se deja nada.

La enfermera deja el plato de comida delante de él, se queda de pie, mirando. El chico coge la cuchara y comienza a comer despacio, la enfermera no se mueve. Al otro lado, la mayor de las pacientes de unos veintiocho, se levanta antes de tiempo.

—Siéntate.

Se sienta. La chica deja la cuchara un segundo, la enfermera reacciona dando un paso de aproximación.

—Sigue.

Vuelve a comer. Días después, en el mismo lugar, vuelven a poner la misma comida. El plato queda intacto esta vez mientras la enfermera sigue a su lado.

—Todo —con gesto serio—.

—No —la chica niega con la cabeza—.

La enfermera no responde, mira la libreta, espera. La paciente coge el tenedor y mastica despacio. Tarda, la enfermera no se mueve; hace una marca cuando termina. Enfrente, el chico nuevo mira con atención toda la escena, baja la cabeza y sigue comiendo lentamente. En el grupo hay ocho sillas en círculo. Dos psicoterapeutas son las que llevan la sesión; una habla rápido, la mayor, la otra observa, la más joven. A veces, se miran entre ellas como si esperaran turno para hablar.

—Empieza —señala al chico la mayor de ellas—.

Este habla cuando le toca con frases cortas y mirando al suelo. La psiquiatra no escribe durante unos segundos. En el pasillo, la chica de ojos claros se detiene al lado del chico.

—¿Del sur?

—Sí.

Asiente y se va. Después, en el comedor, la chica de diecisiete se llena el vaso otra vez; bebe. Luego vuelve a beber un poco más mientras mira de reojo a la enfermera; el chico la observa sin que esta lo vea. La báscula está al fondo, apoyada contra la pared. Los viernes hay taller de dibujo en una habitación con una mesa larga y lápices gastados. El chico se sienta al final y dibuja sin levantar la cabeza. La chica de ojos claros se acerca y mira el papel; se queda un segundo más, no dice nada; cuando se va él levanta los ojos y la mira detenidamente. Días después llega otra interna; veintitantos, corpulenta, también del sur. Se sienta sin apenas saludar. En el comedor se coloca frente al chico. Mira a la chica de ojos claros, luego a la de diecisiete y finalmente a la de veintiocho; sonríe a esta última. Empiezan a sentarse juntas. Hablan en voz baja, se ríen, gesticulan, miran hacia él y, a veces, dicen su nombre sin mirarlo. En el grupo, una de las psiquiatras cierra la libreta.

—Aquí no estamos para eso.

La mujer se encoge de hombros. La chica nueva no habla, la de casi treinta mira al frente. Una semana después, en el grupo, la mayor toma la palabra.

—Si he molestado, lo siento.

No mira al chico; la psiquiatra asiente. Una vez a la semana salen y caminan hasta la estación. Ese día suben al tren que les lleva hasta el metro de la ciudad. Llegan a Plaça de Catalunya y caminan por Las Ramblas; hay ruido, gente, puestos, vida. El chico se detiene un segundo más que los demás y mira escaparates, caras, movimiento, espejos en los que se refleja; apenas ve su propia imagen, huye y vuelve con el grupo. Cuando está enfrente de los escaparates, aprovecha aquellos en los que se refleja la chica de ojos claros para observarla el máximo tiempo posible sin que se dé cuenta; sin embargo, la mayor de las pacientes ve lo que hace. Más tarde, cuando está en su habitación a solas, el chaval escribe sobre los ojos de la chica, sobre sus labios, su rostro, su cuerpo; todo lo anota en un folio. Después baja su mano derecha y la mete en los pantalones, no obstante, la retira velozmente. Por la noche, deja el cuaderno sobre la mesa, no logra escribir nada, se tumba vestido. Desde el pasillo se oyen pasos, una puerta y luego silencio. La luz entra por debajo de la puerta en línea recta. A la mañana siguiente, en el grupo, la psiquiatra lo mira.

—Empieza tú.

El chico levanta la cabeza, aunque tarda unos segundos. Luego habla; nadie lo interrumpe. Después de ese día, las dos mujeres empiezan a sentarse siempre juntas en la sala común, la madrileña —la mayor— y la nueva del sur. Van cambiando de sitio según dónde se siente él. Si él está en la esquina, ellas enfrente; si cambia, ellas cambian. Hablan en voz baja y vuelven a reír a menudo delante de él. En el comedor, la mayor deja el tenedor y lo mira directamente.

—Hoy has comido más.

Él se queda inmóvil cuando ella le dice eso en el comedor; la nueva sonríe. La chica de ojos claros no levanta la vista del plato mientras la de diecisiete sigue con la botella. Bebe, se levanta, vuelve a llenar. La báscula sigue al fondo, siempre en el mismo sitio, nadie la toca delante de los demás. En el grupo, la psiquiatra habla de dinámicas; señala sin señalar.

—Hay cosas que no ayudan.

La madrileña se cruza de brazos mientras la nueva mira a la libreta de la terapeuta. El chico tiene las manos sobre las rodillas, no se mueve. Días después, en el pasillo, él se detiene unos segundos justo delante de la chica que le gusta. Ella se apoya en la pared; él dice algo en voz baja. Ella lo escucha sin apartarse, luego niega con la cabeza, muy leve, y finalmente se va; no hay más. En el comedor, la mujer de la capital sonríe mientras corta la comida.

—Qué rápido mueves el cuchillo —la nueva se ríe mientras la enfermera levanta la vista—.

—Aquí se viene a comer.

Se hace el silencio tanto de cubiertos como de respiraciones. Esa tarde, en el grupo, la psiquiatra cierra la libreta con cara seria y advierte.

—Esto no es un instituto —mira a las dos amigas—. 

—Si he dicho algo inapropiado, disculpas —tras una pausa larga la mayor baja la mirada—.

La mujer vuelve a repetir la frase mirando al suelo; la nueva no habla mientras la chica de ojos claros mira al frente. Al día siguiente, en la sala común, otra de las ingresadas se sienta en el sofá. Tendrá poco más de veinte; pelo rubio, recogido. Está de lado, mirando la televisión sin sonido. El chico pasa por delante y se detiene un segundo a cierta distancia de ella; la observa.

—¿Qué miras? —levanta la voz ella—.

—Perdón.

Él sigue andando y no vuelve a mirar. Dos días después, la silla de la chica rubia está vacía. En el grupo, la nueva pregunta.

—¿Le han dado el alta?

—Está preparada —la psiquiatra asiente—.

Más tarde, en el pasillo, el chico se acerca a la terapeuta.

—Yo también quiero volver a casa.

La terapeuta lo mira un segundo más de lo normal.

—No es lo mismo.

—Pero ella se ha ido.

—No ha regresado a casa —hace una pausa—. Ha ingresado en el hospital.

El chico se queda quieto y asiente; no dice nada más. Esa noche, en la habitación, el cuaderno sigue cerrado sobre la mesa. Las zapatillas en el suelo, una caída sobre la otra. Desde el pasillo se oye la voz de la mujer de la capital. Ríe y luego la nueva con ella. Poco después se hace el silencio; a partir de las once de la noche se apagan todas las luces para que todo el mundo duerma. Los días siguen con una rutina similar: Grupo, comedor, pasillo, sala común. Los tres pinos iguales e inmóviles del jardín, siguen siendo lo mejor de la vista desde la habitación del chico. Las risas de las dos amigas tras la puerta antes de ir a dormir se repiten a diario. La libreta de la enfermera abriéndose y cerrándose en las terapias grupales e individuales, también. En el comedor vuelven a poner gambas; él retira el plato un poco mostrando que no son de su agrado. La enfermera se coloca detrás.

—Todo.

El chico coge el tenedor; mastica, lento pero traga. La enfermera no se mueve; hace una marca cuando termina. En el grupo, la otra psiquiatra —la que suele esperar más— lo mira.

—¿Sigues queriendo irte?

—Sí —el chico asiente—.

—¿Creéis que se ha curado en poco más de un mes? —la terapeuta principal mira al grupo—.

Nadie habla. La madrileña mira al frente mientras la nueva baja la cabeza. La chica de ojos claros no se mueve; tampoco la más jovencita que, no obstante, toma la palabra. 

—A mí me ha sorprendido un poco.

—¿Te ves con fuerzas suficientes? —la terapeuta veterana le mira con rostro muy serio—.

—Sí. Además, lo que pagan mis padres por mi estancia aquí nos podría hipotecar de por vida. 

La terapeuta sonríe levemente por un segundo y, a continuación, vuelve a una pose de máxima seriedad.

 —Manipulador.

Un silencio total se hace en la sala. Al chico se le tuerce la cara mientras el resto de pacientes miran al suelo; el instante se alarga. Respira hondo varias veces hasta hacerse audible mientras aguanta sentado en su silla inmóvil. A pesar de todo ello, consigue soportar la presión de grupo y el fin de semana siguiente sus padres aparecen en la puerta de la clínica; es sábado, como cuando llegó. Mismo coche, igual grava, similar frío, idéntico chirrido de la verja y diferente año; es inicio del mes de enero. En la habitación, la mochila vuelve a estar en el suelo; el chaval mete la ropa sin doblar. La madre está de pie, sin tocar nada esta vez, mientras, el padre mira por la ventana; los tres pinos siguen ahí, inmutables. En el pasillo, la mayor de las pacientes pasa sin mirarlo; la nueva va detrás. La chica de diecisiete está junto a la báscula con una botella en la mano de la que bebe agua sin que la vean, esconde la botella en una esquina del suelo rápidamente; instantes después, la pesan y se baja rápido. Por otro lado, la chica de ojos claros aparece al fondo del pasillo. Se detiene, le mira desde la distancia, no se acerca ni dice nada. El chico cierra la mochila y se toma las pastillas, como cotidianamente. Levanta la vista y ve a la chica al fondo del pasillo observándole; ambos se quedan mirando un largo instante hasta que la chica más joven le dice algo y se la lleva de allí. Ninguna de las terapeutas que lo han tratado se ha quedado a despedirle; tampoco ninguna de las pacientes se despide. En la puerta, una de las enfermeras está con una carpeta.

—Aún no está todo hecho —avisa mientras el padre asiente sin mirarla y la madre mira al suelo—.

—Nos hacemos cargo —con cara cansada el hombre sube la mochila del chico al coche—.

La enfermera no responde y hace una marca en un documento de la carpeta. Poco después el coche arranca, la grava cruje de nuevo cuando los neumáticos se ponen en marcha. La verja se abre, un instante más tarde se cierra cuando el vehículo sale del recinto. En el asiento de atrás, el chico se sienta igual que al llegar. Apoya la cabeza en el cristal; el paisaje se mueve lento, sucio. Nadie habla. Al pasar la primera curva, el chico saca el cuaderno de la mochila, lo abre pero se arrepiente y lo vuelve a cerrar. Lo deja sobre las piernas mientras sigue mirando por la ventana un camino que, custodiado a ambos flancos por una hilera de pinos como los del jardín de la clínica, va quedando atrás lentamente.


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