martes, 14 de abril de 2026

-Relato 4 de Isabel García Fuentes

 La obsesión de doña Carmen


Doña Carmen cruzó su pueblo como si aún tuviera prisa por vivir, aunque ya solo le quedara esperar. 

—Hoy va a salir. —Encogida por el reuma y despeinada por el viento, avanzó como cada día hasta la calle principal, donde alzó la vista hacia un balcón con una fe que rozaba lo absurdo. Arriba, tras los cristales, esperaba una señal. La señal era una mano, una mano masculina, discreta, que aparecía tras el vidrio y hacía un gesto breve. A veces saludaba; otras solo indicaba que todo estaba bien.

—Siéntese, mujer. —Los vecinos del pueblo le aconsejaban, pero ni el invierno feroz del puerto lograba apartarla. 

—No puedo. —Mientras los temporales azotaban la bahía, ella se refugiaba bajo portales, siempre con los ojos clavados en ese balcón. No fuera a ser que Don Juan apareciera y ella, por un descuido imperdonable, no lo viera—. Puede salir en cualquier momento.

Sin embargo, hacía ya unos meses que la mano no aparecía. Y aunque en los pueblos pequeños las ausencias se notaban, doña Carmen seguía mirando igual. Aún así, si la observabas con detalle, su postura había cambiado ligeramente, como si el cuerpo hubiera decidido no informar al cerebro de las novedades.

Un día, en lugar de la mano, bajó una joven. 

—Ya puede irse, doña Carmen. —Vestía de oscuro y no parecía nerviosa, aunque tampoco especialmente amable. Le transmitió el mensaje con la misma eficacia de quien anuncia el cierre de una oficina—. Don Juan está enterado.

—¿Enterado de que? —Doña Carmen no bajó la vista del balcón.

—De que usted ha venido.

Doña Carmen asintió y volvió entonces a su casa. Algunos vecinos decían que aquello era humillante. Otros, que era absurdo. 


—Estoy casado. —Mucho años antes, cuando Carmen aún no era doña, había sido una muchacha hermosa que conoció a don Juan, cuando todavía no era don, sino un hombre apuesto y nuevo en el pueblo. Él pronunció las palabras sin elevar la voz, a pesar de la música.

—¿Y qué? —Ella se rió y siguió bailando. Tenía dieciséis o diecisiete años y creía firmemente en el destino y el amor. No sabía aún que esa respuesta sería una condena. Aquella noche, llevaba un vestido claro que su tía había ajustado con alfileres. «Cuidado que se te puede abrir». Pero Carmen no dejó de bailar en toda la noche. 

—Nada. —Juan tenía veinticinco años, acento de fuera, y una forma de mirar que parecía detenerse más de la cuenta—. Que mi mujer está en Cádiz. Y que… no cambia lo que siento ahora mismo.

—Pues entonces no lo digas como si fuera importante.


Durante un tiempo —y el tiempo, en esos casos, siempre es engañoso— todo fue fácil. 

Juan la llevaba al cine, le compraba vestidos, le hablaba de negocios, de planes, de una vida que parecía abrirse ante ella como una promesa. 

—Un día esto va a ser distinto. —Juan repetía esas palabras constantemente.

—Ya es distinto. —Carmen lo decía con seguridad. Pero todo cambió un día. Caminaban por la calle principal del pueblo mientras Juan empezaba frases y las dejaba caer en algún lugar entre su boca y el aire. 

—¿Qué pasa? —Carmen se retiró un mechón de pelo de la cara. 

—Nada. —Su respuesta fue rápida. Demasiado, según Carmen. Pero siguieron caminando hasta que el silencio fue demasiado pesado—. Mi mujer va a venir al pueblo.

Carmen se quedó quieta un segundo, solo un segundo, luego asintió. Recordó esa conversación con su tía justo después de conocer a Juan. «Niña, no quieres ser la otra». Carmen se rió.

—No es lo que piensas. —Siguieron caminando, pero algo se había quedado atrás, como una bolsa olvidada en mitad de la conversación—. Yo no quiero hacerte daño.

—Eso es muy fácil de decir. —Carmen respiró hondo. Miró al final de la calle, unos vecinos los estaban mirando. Y entonces, como si estuviera vomitando una frase que llevaba demasiado tiempo dentro, dijo—: Estoy embarazada.

Juan se detuvo. 

—¿Qué?


—Es ella —La esposa apareció una mañana soleada. Nadie supo exactamente a qué hora llegó, simplemente estaba ahí, como si hubiera sido añadida a la escena mientras todos miraban hacia otro lado. Llevaba una maleta grande con todas sus pertenencias dentro.

—¿Quién? —Un vecino preguntó en la panadería.

—La esposa. —El panadero, quien la había visto llegar bien temprano, le aclaraba a todo el mundo.

—Ah. —Ese «ah» circuló por el pueblo, sonando como cuando uno se entera de algo que preferiría no haber sabido nunca.

Mientras tanto, Carmen no desapareció, al contrario, se volvió más visible. La veían en la calle principal, en la plaza o cerca del puerto. Habían empezado a dejar de llamarla por su nombre o «muchacha» para referirse a ella como «esa». «Esa, la que va siempre detrás de él». Y es que Carmen, por mucho que Juan trataba de evitarla, no podía dejar de seguir sus pasos. Lo observaba desde la distancia, siguiendo sus movimientos, y esperando, con una mezcla de consuelo e ilusión, el nacimiento del hijo que llevaba en su vientre. Sin embargo, al igual que su relación, su cuerpo dejó de sostener lo que había empezado a prometer un día.

—Lo ha perdido. —Los vecinos se reunieron esa vez en la carnicería.

—¿Quién? —Siempre había alguien despistado.

—Esa. —El carnicero inclinó la cabeza hacia la entrada mientras despedazaba un pollo. 

—Ah circuló de nuevo por el pueblo.



La esposa de Juan murió treinta y dos años más tarde, durante una mañana soleada. No podía decirse que aquello fuera una sorpresa o un acontecimiento, en el pueblo lo comentaron como se comentan las cosas inevitables. «Se ha muerto la mujer de Juan». Y el día continuó con normalidad. 

Carmen no se atrevió a visitar a Juan, ni siquiera a darle el pésame, pero no porque no quisiera. De hecho, estuvo a punto de hacerlo varias veces, se detuvo incluso frente a la calle donde sabía que él vivía, pero siempre daba media vuelta antes de llegar. «No es el momento», se decía, aunque nunca quedaba claro qué momento sería el adecuado para algo que no sabía muy bien cómo proceder.

—¿Vas a verlo? —Una vecina la vio una tarde en la puerta de su casa.

—No. Ya no sale. —Carmen no la miró, y la vecina simplemente se marchó.

Juan dejó de salir del todo poco después. Se recluyó entre sus cuatro paredes y Carmen supo que, poco después, enfermó. A veces alguien comentaba: «¿Está peor?», y la respuesta era siempre la misma: «Está como está».

Sus días quedaron reducidos a una habitación, una ventana y una rutina de silencios que el pueblo aprendió a respetar sin entenderla del todo: Cada día, doña Carmen cruzaba el pueblo sin prisa, como si su cuerpo hubiera asumido una tarea que ya no necesitaba explicación, y se detenía en el mismo punto desde el que la ventana de don Juan quedaba perfectamente alineada con su mirada. Al principio él aparecía con cierta regularidad, sentado o de pie, a veces levantando apenas la mano como había hecho durante años antes de su vida, y Carmen respondía con ese mismo gesto breve, como si ambos estuvieran manteniendo una antigua conversación que ya no requería palabras.

—Hoy va a salir. —Carmen alzaba su vista hacia el balcón. El pueblo llevaba tiempo entendiendo que no había nada más que esperar, pero nadie se atrevió a decirle que dejara de hacerlo.


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