martes, 28 de abril de 2026

Relato 5 de Sergio Peral

EL REFLEJO DE UN HOMBRE 


Llego a la redacción por la mañana siempre puntual, bien vestido, recién duchado y siempre oliendo a colonia de marca, con ese olor que se queda en la ropa incluso cuando ya no debería. Voy bien vestido, recién duchado, la ropa limpia, la colonia se nota al pasar; aparento unos veintinueve años, pelo castaño oscuro, peinado hacia atrás, más cuidado de lo que parece: aunque nadie suele preguntar sobre esas cosas, hoy ha sido una excepción cuando me he cruzado con una antigua compañera del instituto, con la que no me llevaba precisamente bien, en un paso de cebra junto al piso donde vivo. Antes de entrar en la redacción de la revista cinematográfica en la que trabajo me veo reflejado en el cristal de la puerta de entrada del edificio, me quedo un segundo observándome y viendo cómo pasa la gente reflejada detrás de mí; todo el mundo cruza sin detenerse. Me miro un instante y veo que todo sigue en su sitio: la cara, la mandíbula, la forma de sostener la mirada mientras alguien cruza por detrás y no se detiene. Hay gente que entra a trabajar; yo entro y ocupo espacio.

Dentro hace calor, siempre hace calor en estos sitios donde todos hablan a la vez y nadie se calla, donde el aire no circula del todo y se queda atrapado entre conversaciones repetidas que se pisan unas a otras. Huele a café recalentado, a teclados viejos, a colonia barata. En una mesa, dos repiten nombres de directores mientras uno levanta el dedo y el otro asiente sin mirarle, moviendo la cabeza al mismo ritmo. Entro con Daniel, el de la universidad, el que hablaba tanto que acababas olvidando lo que decía mientras lo decía. Va medio paso por delante. Aquí todo el mundo camina rápido, las mochilas chocan con las sillas. Nos separamos; mejor así.

Me siento, no escribo, solo miro; siempre miro primero. Veo dos rubios; uno es mayor, Saúl, de gran sonrisa, de los que asienten justo antes de hablar y callan; me fijo en que aprieta los labios justo antes de hablar. El otro más joven, más rígido, todavía se le nota cuando se le tensan los hombros. También hay uno más joven todavía, de pelo castaño claro, Martín, ojos claros, aguanta la mirada mientras alguien pasa por detrás y tira una carpeta al suelo; la mayoría baja la cabeza. Cerca de él está Iván, moreno, ojos claros también pero secos, incluso cuando mira la pantalla del monitor encendido. Y luego, más alejado, está Álvaro que está sentado recto, manos juntas, mirando al frente.

Primera reunión en la sala de los jefes; hay una mesa larga con vasos de plástico y portátiles abiertos. Gente soltando nombres que caen y se quedan un momento antes de desaparecer mientras alguien carraspea. Daniel entra como siempre, suelta nombres franceses, americanos, lo mezcla todo, le da ritmo. Algunos asienten mientras él habla. Yo espero, siempre espero. Cuando me toca hablo bajo; no levanto la voz. Cojo una escena y la explico despacio, entonado, frase a frase; hablo con tal pose que nadie me interrumpe. A continuación, expongo que el cine como arte está más cerca de la música clásica que del teatro; uno al fondo levanta las cejas, otra asiente mientras escribe algo que no mira después. Silencio corto, Martín sigue mirándome sin escribir cuando se le escapa una exclamación:

—¡Interesante!

No sonríe ni aparta la mirada. Se queda ahí; yo también. Luego callo mientras en la mesa de al lado uno repite «claro, claro» con tono inseguro de no haber entendido y otro asiente mirando la pantalla apagada.

La fiesta llega pronto. Siempre hay una; el bar es pequeño, hace calor, hay alcohol barato y cuerpos demasiado cerca, el ruido subiendo poco a poco hasta que ya no se distingue una voz de otra. Daniel desaparece rápido, riendo alto, tocando hombros, levanta la copa y se gira para que lo vean. Yo me quedo en la barra y miro; siempre hay un momento antes, como en aquel mismo instante en el que aparecen los que ya no se sostienen rectos mientras los observo detenidamente: son los que aprietan el vaso, los que se acercan sin motivo, los que invaden el espacio y no miran el móvil cuando vibra; allí hay unos cuantos de esos. Entonces Álvaro se presenta y empezamos a hablar de cine. Lo de siempre: Ford, Hawks, la pureza del estilo; palabras que pasan de una boca a otra. Él bebe y acepta otra copa. Me acerco y pongo la mano en su brazo; no se aparta.

—Me gusta cuando alguien sabe.

Lo dice mirando el vaso, apretando y girándolo entre los dedos. Y cuando sonríe cerca y estamos un poco retirados del resto, lo beso; pero no lo pruebo, entro con lengua y presión desde la cercanía. Su boca no responde igual, se queda dura. Intenta girar la cara, lo sujeto. Sigo un segundo más.

—Para.

No paro al instante. Le meto la mano en los pantalones y lo aprieto contra mi miembro duro, erecto. Se suelta bruscamente.

—Te estás pasando —se limpia la boca con la mano, arrastrando saliva—. No te he dicho que sí.

—Pero estabas ahí.

—No.

Se queda mirándome serio un segundo. Luego se va, sin escándalo, sin gritar; me quedo quieto. Miro alrededor, nadie mira. Uno está riendo con la boca abierta, otro baila sin ritmo, dos se besan contra la pared. Me peino con la mano y vuelvo con Daniel.

—¿Qué tal?

—Bien —Daniel sonríe y asiente. 

Bebo un buen trago. Los días siguientes, en la redacción, Álvaro está ahí, pero aparece menos; habla poco y se encoge. Evita pasar cerca y cuando pasa, gira el cuerpo. Un día se cruza conmigo.

—No te acerques —sigue andando mientras le miro.

—No quiero problemas —respondo.

—No los hay.

—Veremos.

Se va mientras me siento. Abro un documento y escribo dos líneas; las borro. En la pantalla aparece mi cara; la miro durante unos segundos. Fuera, fumando con Daniel, el humo sube recto.

—Dice que puede denunciar —se ríe.

—¿Me tomas el pelo? ¿Por un puto beso?

—Eso dice.

—Joder, esto es de locos —silencio.

—Hay que mover esto —añade Daniel.

Empiezo a hablar dejando caer las cosas: «fue mutuo», «se apartó tarde», «un malentendido». En la mesa de al lado uno repite: «eso, eso», remueve el café sin beber, otro asiente sin mirar: «claro», «una tontería», «se ha pasado». Me muevo por la redacción, paro en las mesas, comento textos, doy consejos, sonrío, escucho. Martín se queda mirándome durante unos instantes; me siento con él.

—¿Tienes novio? —pregunto.

—Sí.

—¿Y?

—Está fuera —asiente.

—Yo podría dejar esto y adoptar un niño —afirmo; se queda mirándome.

—¿En serio? —sorprendido, sonríe.

—Sí.

No digo más. Media hora después me levanto y cambio de mesa; me voy con Iván.

—Escribes bien —se lo suelto con tono seguro.

—Gracias.

—Pero te falta algo —levanta la vista.

—¿El qué?

—Riesgo.

Se queda con la cabeza alzada; no digo más y vuelvo a mi sitio. Por la noche, en casa, cojo el móvil y repaso las conversaciones abiertas. En la pantalla aparecen mensajes antiguos mientras los deslizo: «no te acerques», «interesante», «podría dejarlo todo», «no te he dicho que sí». Las frases quedan unas debajo de otras mientras me corro mirando una foto de Martín en la pantalla del móvil; luego hago lo mismo con una de Iván y más tarde con otra de los dos juntos. Me limpio, me lavo las manos y me miro en el espejo. Llega una compañera nueva a la redacción, Marta. Treinta y tantos, pelo mal puesto, sonrisa rara. Corrige en reuniones sin pedir turno.

—Eso no es así —silencio.

—No tienes ni idea —Daniel salta. 

—Hay formas de decir —yo entro.

Marta sonríe. No se mueve mientras Daniel se queda con la boca medio abierta. Cuando vuelve a su sitio  hace un comentario.

—Es una friki.

La palabra corre; algunos la miran mientras Daniel deja de reír. Uno al fondo carraspea. Me acerco a Saúl, el rubio mayor; está sonriendo.

—Eres divertido —le comento en tono de halago.

—Lo intento —sonríe.

—No hace falta que lo intentes.

Se queda, yo no me aparto. En la redacción dejan de hablar cuando paso; Daniel sonríe.

—Tranquilo, está controlado —asiento.

En la pantalla del móvil aparece otra vez la frase: «no te he dicho que sí». Abro un documento en el escritorio del ordenador y escribo; borro y escribo otra vez. La pantalla muestra mi reflejo; me peino y me quedo mirándolo un poco más; luego sigo. En la redacción, las conversaciones se cortan medio segundo antes de tiempo, cuando paso por detrás. Uno levanta la vista y la baja rápido. Otro se queda mirando la pantalla sin escribir nada durante unos segundos. Las mesas siguen donde estaban, las pantallas encendidas, las voces igual de altas, pero hay una silla mal colocada al fondo que nadie recoloca y todos esquivan al pasar. Álvaro se sienta, escribe, se levanta; no mira a nadie. Cuando alguien pasa cerca, recoge los codos. Paso por las mesas, saludo, me paro donde conviene, sigo recto. En una pantalla abierta alguien ha dejado un vídeo sin cerrar: un tipo hablando a cámara; nadie lo cierra. Se queda sonando bajo mientras paso. Martín levanta la vista cuando me acerco; yo dejo la mirada alta durante un segundo. Me pregunta:

—¿Vienes luego?

—Puede.

—Siempre dices eso.

—Porque casi siempre funciona.

Se queda mirándome; sigo adelante pero Iván no levanta la vista mientras lo  observo detenidamente.

—Te estás quedando atrás —intento picarle.

—¿En qué?

—En todo.

Me voy sin decir nada más. Daniel está en su mesa, riendo, tocando el hombro de un compañero. Me acerco; se dirige a mí:

—Eso ya está muerto.

—¿El qué?

—El tema.

Yo asiento pero en la mesa de al lado dos charlan en voz baja y cuando paso dejan de hablar. Por su lado, Marta sigue igual, no baja la voz en las reuniones.

—Eso no tiene sentido —se produce un silencio incómodo.

—Cállate un poco anda —Daniel entra.

—Déjalo ya pesada —yo añado después.

Silencio largo, Marta me mira, no sonríe, no se mueve. Álvaro no está en la reunión, su silla está vacía. Me siento y abro un documento, escribo una frase. La borro, escribo otra; la borro, en la pantalla aparece mi reflejo. Paso el dedo por el labio inferior. Por la tarde, en la máquina de café, alguien baja la voz.

—Ha ido a hablar con recursos —Daniel se aproxima hablando en voz baja.

—¿Has oído algo? —me dirijo a él cuando llega.

—Sí.

—Bah —despectivo mientras observo un vaso de plástico con café caer al suelo.

—No va a hacer nada —afirma Daniel mientras yo asiento dándole la razón.

El vaso tiembla un poco cuando lo cojo. Me levanto y camino por la redacción. Paso por donde se sienta Martín. Me dirijo a él:

—Luego te llamo.

—Vale.

Luego paso caminando al lado de la posición de Iván.

—No te quedes mucho hoy.

—¿Por?

—No compensa.

Se queda mirándome mientras sigo andando. Álvaro vuelve, se sienta, escribe. La barra espaciadora suena irregular, me acerco.

—¿Todo bien? —no responde—. Fue una tontería —nada, no contesta—. Se nos fue de las manos —silencio incómodo.

Levanta la vista un segundo y luego vuelve a la pantalla del monitor; me voy. Al día siguiente no me miro en el cristal de la entrada de la redacción; entro directo. La sala está más callada de lo habitual. Marta está de pie, hablando con Álvaro. Hablan mientras mantengo cierta distancia; me acerco lo justo para escucharlos.

—No tienes que aguantar —la oigo bajo pero claro. 

Cuando me ven, callan; Marta me mira. Me acerco hasta su posición.

—¿Todo bien? —pregunto. 

—Sí —responde ella. 

Álvaro no dice nada. Yo asiento y me voy a mi puesto. Daniel se acerca más tarde hasta mi mesa; me levanto.

—Esto huele raro. 

—Siempre ha olido raro —respondo mientras sonríe por un segundo. 

Daniel vuelve a su posición mientras yo me siento. Abro un documento y consigo escribir una crítica completa. Se la envío a los jefes por correo electrónico y deciden publicarla. Más tarde, me piden que la lea en voz alta durante la reunión en su sala; lo hago con tono solemne. La mayoría aplauden al acabar pero algunos lo hacen tarde. Una hora después, Álvaro se levanta de su sitio antes de terminar la jornada y camina hacia la salida; pasa cerca y entonces se dirige a mí:

—No te acerques otra vez —con tono serio.

Sale de la redacción cerrando la puerta. El sonido queda en el pasillo por un segundo debido al eco. Daniel se vuelve a acercar mirando el móvil.

—Ya está.

—¿El qué? —pregunto.

—Creo que lo van a echar —silencio. 

No pregunto a quién; me quedo quieto. La pantalla justo delante mía está en negro reflejando mi rostro. Paso la lengua por los dientes mientras alguien tose y otro escribe. Los teclados suenan igual que habitualmente y aun así nadie levanta la vista ni habla cuando paso caminado por el pasillo. A Marta la hacen fija. Llega siempre puntual, la gente gira la cabeza medio segundo cuando habla, no por lo que dice sino por cómo lo dice, sin subir la voz. A veces sonríe solo mirando a la pantalla, otras levanta la vista y señala algo con el dedo, sin tocar a nadie. Saúl gira la silla hacia ella, se inclina, intercambian opiniones. Yo paso andando por detrás de ellos pero no me paro; los miro de reojo. En la máquina de café Daniel me habla mirándola:

—Esa tía va de lista.

—Pero sabe lo que dice —contesto serio.

—Eso da igual.

El viernes quedamos a cenar varios compañeros de redacción en casa de Daniel y su novio. Hay copas de vino sobre la mesa, vasos mojados, restos de comida pegados a los platos. Alguien menciona lo de Álvaro, no mira a nadie en concreto mientras lo suelta en medio de la estancia; comienza un debate que va en una misma dirección: «aquello fue un malentendido», «claro», «un beso, sin más». Me miran, yo repito lo mismo. Las manos apoyadas en la mesa: «fue mutuo», «se apartó tarde», «no hubo problema hasta después». El novio de Daniel escucha. Tiene el dedo girando alrededor del vaso; interviene:

—Meterte en un lío por eso…

—Una locura —Daniel apuntala.

Las frases se quedan en la mesa. Al día siguiente, en la redacción, Álvaro se sienta más atrás. Baja la cabeza cuando alguien dice su nombre. Un día después no viene y al siguiente tampoco; su silla queda vacía. Empiezo a saludar a Martín cotidianamente:

—¿Qué tal?

—Bien.

—Buen texto el otro día.

—Gracias.

Se queda mirando la pantalla. Daniel me felicita después.

—Así mejor, menos enemigos —asiento. 

Saúl vuelve a sentarse solo. La silla gira cuando se levanta mientras me acerco. Hablamos de una película, luego de otra. Se ríe y aguanta la mirada; me elogia:

—Pareces diferente.

—Depende de con quién esté.

Nos quedamos un rato hablando. Luego salimos de la redacción y caminamos por las calles. Más tarde llegamos a su casa. Él baja las luces mientras la ropa acaba sobre la silla y el suelo. Nos movemos juntos sin hablar mucho. Luego, me lo follo.

—Lo necesitaba.

—Sí —le doy la razón.

Se queda mirando el techo. La lámpara dibuja una extraña mancha en la pared; me levanto y abro el agua del grifo. Bebo mientras él se limpia mi semen de su boca. Me habla en tono bajo, tranquilo:

—Marta estaba colada por mí.

—¿En serio?

—Sí, a la rarita le gustaba —asiento.

—Le dije que no.

—Claro.

—Se creía otra cosa; que yo estaba celoso porque a ella le gustaba otro —se ríe un poco y corta—. Le dejé claro que no.

El agua corre en el baño mientras Saúl acaba de limpiarse. Me quedo mirando una foto en la mesilla pero no la cojo. Vuelve y se mete en la cama conmigo; apaga la luz. A la semana siguiente me siento con él pero solo a veces; cada vez menos. Empiezo con Martín; le enseño algo en el móvil. Se inclina, su pelo me roza la mano.

—No paras.

—Tú tampoco —respondo.

Saúl nos mira desde lejos. Más tarde en la máquina de café me habla con autoridad mientras yo asiento:

—Busco otra cosa.

—Claro.

—Eres más joven.

—Eso dicen.

Se va, deja el vaso de café completamente vacío. Cuando vuelvo a mi puesto paso por donde está Iván; esta vez le elogio.

—Lo haces bien.

—Gracias.

—¿Tienes pareja?

—No. ¿Por?

—¿Has tenido?

—Claro.

Vuelve a la pantalla sonriendo mientras yo voy al baño, cierro la puerta y me la machaco rápido apoyado en el lavabo. El espejo acaba empañado, la cara partida por el vaho. Martín empieza a acercarse más. Se queda después de las reuniones y caminamos juntos. El móvil suena; es su pareja pero pregunto:

—¿Era él?

—Sí.

Seguimos andando. En la redacción Marta ya no habla con casi nadie, solo escribe. A veces sonríe mirando la pantalla. Daniel llega con su novio y se sientan juntos. Se tocan la mano debajo de la mesa. Yo paso cerca, y sonrío mientras él me reta.

—Te has quedado atrás —intenta picarme.

—No te creas —sonrío mientras él se ríe irónicamente.

—A ver cuándo te toca.

Álvaro ha dejado la revista finalmente. Su mesa queda completamente limpia; sin nada. Le pregunto a Daniel:

—¿Se ha ido al fin?

—Sí.

Martín se sienta cerca de mí. Me escribe mensajes por móvil estando a dos mesas de mí. Luego viene, se inclina más y me toca el brazo; sonrío.

—Quieto.

Le aparto la mano y se queda paralizado. Se ríe; yo también mientras añado:

—Todo a su tiempo.

Mientras, Marta levanta la vista y nos mira un segundo; vuelve a la pantalla. Días después, Martín la saluda desde la distancia al salir de la redacción; yo me despido también.

—¡Eh, Marta, nos vemos! —exclama Martín.

—Hasta mañana —ella levanta la vista.

—Adiós —añado sonriendo con la boca torcida.

Se queda ahí, no dice más; ni mueve la cabeza para mirarme. Luego, Daniel alaba mi saludo.

—Hay que saber estar; así se hace tío.

—Claro —asiento irónico. 

Sin embargo, al día siguiente ni siquiera la miro cuando me cruzo con ella. Días después vamos a un evento pequeño, menos ruidoso. Martín y yo nos apartamos y le empiezo a tocar la espalda. Se queda mientras lo acerco hasta mí y le beso; esta vez no se aparta.

—Despacio —susurra Martín.

—Claro —asiento. 

Luego volvemos con los demás. Unos días después acabamos en su casa.

—No hagas ruido.

—Vale —respondo mientras la cama cruje; entonces me lo suelta.

—Fóllame.

Se la meto por detrás completamente dura mientras se agarra a las sábanas como puede. Me corro rápido mientras la tela acaba mojada. En el ventanal veo mi cuerpo reflejado. Me quedo dentro de él por un tiempo; apenas me muevo. Al día siguiente, la redacción sigue igual. Nos sentamos separados pero a veces intercambiamos sonrisas. Daniel ve como nos miramos y sonreímos; se ríe.

—Ya estás con él.

—Sí.

—Pero no es mejor que el mío.

—Depende —suelta una carcajada. 

Seguimos igual hasta que semanas después llega la carta. La abro en casa: palabras negras sobre fondo blanco; leo las subrayadas: «denuncia», «sin consentimiento», «declaración». La doblo y la vuelvo a abrir. Después cojo el móvil y empiezo a hacer llamadas; de nuevo repito una vez más: «fue mutuo», «se apartó tarde», «no hubo problema hasta después». 

—Tranquilo, estamos contigo.

Daniel se mueve. Llama; más tarde me contesta.

—Estamos cerrando filas.

En la redacción también se repiten las palabras: «un beso», «fue un simple beso, nada más», «se ha pasado». El abogado viene a casa. Se sienta, lleva un traje que parece caro, saca un cuaderno. Toma notas sentado junto a Daniel y Martín que me acompañan también. El abogado es claro:

—Mantén la versión.

—Es la que hay —Daniel ratifica y asiente.

La sala del juicio es pequeña; la gente espera sentada y atenta. Mi abogado y yo nos sentamos ante una mesa larga; sobre la nuestra los documentos se acumulan. Las voces de los presentes no se escuchan muy bien. El abogado levanta la mano un par de veces indicando cuando tengo que parar. Más tarde salimos; Daniel viene directo hacia mí.

—Ha ido bien —Daniel me da una palmada mientras su pareja sonríe.

—Ya está —apunta mi abogado mientras asiento.

Llego a casa pero no me quito la chaqueta. Lo primero que hago es llamar a Martín que tiene revisión médica esa misma mañana. Cuando le llamo responde:

—Estoy en el médico.

—Ganamos.

—Genial.

—¿Todo bien?

—Sí —silencio largo; se hace incómodo.

—David, creo que es mejor dejarlo —Martín lo suelta así, de repente.

Me quedo con el teléfono en la mano sin decir nada; instantes después hablo:

—¿Por?

—No lo veo.

—Podemos arreglarlo.

—No —pausa—. Podemos seguir siendo amigos —silencio.

La señal se corta; el teléfono sigue en mi mano, lo dejo en la mesa. Miro por la ventana, dos personas pasan sin mirarse mientras un coche frena cuando el semáforo se pone en rojo. La lámpara encendida a mi lado crea una sombra extraña sobre la pared. Entonces, rápido, cojo el móvil. Llamo a Iván.

—¿Te pillo mal? —pregunto con tono ansioso.

—No.

—¿Estás saliendo con alguien ahora?

—No, ¿por qué? —me siento con los codos sobre la mesa.

—¿Quedamos un día? —otro silencio incómodo mientras un coche se oye pasar por la calle.

—Ya veremos.

Corto y dejo el teléfono con cara seria; voy a la cocina. El agua cae del grifo mientras me refresco; la carta queda doblada, a un lado, apartada. Al día siguiente vuelvo a la redacción. Entro y paso caminando entre las mesas de los compañeros saludando como todos los días.

—¿Qué tal? ¿Bien?

Me siento y enciendo el ordenador. Escribo una línea y la dejo. Luego escribo otra pero la borro. Miro alrededor; Marta está en su sitio escribiendo pero no levanta la cabeza. Martín no está y Saúl tampoco; Iván sí ha venido. Daniel llega con prisas y se sienta a mi lado.

—¿Qué tal? ¿Fue bien la noche?

—Sí —respondo austero.

—Entonces seguimos —Daniel sonríe mientras asiento serio.

En la pantalla aparece mi reflejo. Me quedo un segundo mirando mi boca, los ojos, la cara completamente quieta; detrás de mí se refleja la luz produciendo extrañas sombras. Entonces, solo por un instante, me fijo detenidamente en mi reflejo. Mi rostro me sonríe. Tras unos segundos con la mirada fijada en aquella, mi propia figura, empiezo a escribir de nuevo, pero esta vez, sin detenerme ni distraerme de ninguna manera.



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