El avión en la mesa
Cuando mira la foto vuelve a escribir aunque se detiene antes de la segunda palabra. La fotografía está apoyada contra el vaso de plástico que han dejado sobre la mesilla del hospital. Aparecen dos chavales parecidos y delgados delante de un muro lleno de grafitis; desde lejos pueden ser confundidos entre ellos. Uno tiene la cara demasiado seria para la edad que aparenta; lleva el pelo largo hacia adelante al estilo mod. El otro mira a cámara con una sonrisa cansada. Él observa al del peinado mod que no sonríe, pensando que ese es el instante justo en que todo se va a la mierda. Parece que ese chico es él, así lo refleja la seriedad de su rostro. Hoy le dan el alta; está sentado en la cama con el cuaderno abierto sobre las rodillas. El avión de juguete, regalo de su compañero de habitación drogadicto, sigue en la esquina de la mesilla. Allí es donde al tipo le gusta, y allí continúa sin moverse, como antes de salir del área de psiquiatría; el yonqui ya no está en el centro desde hace un par de semanas. El avión parece un objeto ridículo, pero de alguna forma ese trozo de metal y plástico se ha convertido en la única cosa del cuarto que no pertenece al hospital.
Empieza a escribir otra vez. No sabe muy bien si está escribiendo o recordando. Posiblemente el gran número de pastillas que le hacen tomar los médicos, mañana, tarde y noche tenga que ver con ello. Cada frase abre una puerta y detrás aparece otra vez el mismo pasillo blanco, el mismo olor a desinfectante, las mismas voces de médicos hablando de kilos como si hablaran de una pieza de ganado. Todo empieza con dos cifras hace mes y medio: cuarenta y seis kilos, y uno setenta y seis de altura. Las cifras se dicen delante de su madre, en voz alta. Ella baja la cabeza, como si los números fueran una acusación; él se queda quieto escuchando, como si ese número perteneciera a otra persona. Dentro no parece sentir gran cosa, solo un vacío raro, solo hueco. Como la habitación de su piso; allí la comida es una guerra constante y absurda mucho antes de que nadie le empiece a medir los huesos. Comer a escondidas, vomitar, prometer que sería la última vez. Luego volver a estar de rodillas frente al váter con la garganta ardiendo y un sabor jodidamente asqueroso pegado al paladar. Después vienen las flexiones hasta que los brazos tiemblan. Mover el cuerpo para que la cabeza se calle un rato. Porque cuando el cuerpo se queda quieto el corazón parece ir demasiado despacio, como pensando si merece la pena seguir funcionando.
Levanta la vista del cuaderno. El avión de juguete sigue ahí. Cierra los ojos y la imagen cambia. Suena el timbre de la puerta de su casa. Es un médico vestido de calle quien le habla.
—O vienes por las buenas o llamo a la policía.
El padre mirando al suelo, la madre con los ojos rojos. La escena se vuelve tan nítida que por un momento no sabe si está escribiendo o si acaba de volver a ese instante exacto. Se ve poniéndose el abrigo, bajando las escaleras, pensando que entre el hospital y una comisaría no hay tanta diferencia. En el coche mira por la ventana y recuerda la película Alguien voló sobre el nido del cuco mientras su rostro se refleja en el cristal; retira la mirada. En aquella película el personaje de Jack Nicholson tiene energía para reírse de todo aquello, pero él no. Está cansado; demasiado cansado.
Abre los ojos y vuelve al cuaderno. De nuevo se centra en escribir porque si no lo hace se hunde en la miseria. El hospital huele a limpieza y a algo más; amargura. Ya no está en el coche; ahora entra en la habitación del hospital mientras una enfermera habla con su madre delante de él.
—Bastante tiene que aguantar usted.
Él se traga el comentario; como siempre. Comparte cuarto con un viejo que grita nombres mientras duerme y con un drogadicto de treinta y pico años que asegura que dentro del hospital todos están medio muertos. El tipo lo dice riéndose pero nadie se ríe con él. Los primeros días pasan muy despacio mientras lo vigilan cuando come. La enfermera de turno apunta los kilos, gramos, porcentajes, calorías. Hablan del cuerpo como si fuera una máquina averiada mientras él mastica y escucha, como Álex al final de La naranja mecánica; aunque está muy lejos de la vitalidad que desprende ese personaje. Cada mañana entra un médico con un pequeño ejército de becarios detrás; un día se queda mirando su pelo largo.
—¿Por qué te peinas hacia adelante?
Los becarios esperan la respuesta como si fuera importante. El chico niega, como diciendo que si el problema es su peinado mod, entonces sí que está bien jodido y todo aquello debe ser una puta broma pesada; no dice nada. Los becarios se miran entre ellos, incómodos. Por su parte, el psiquiatra que lo lleva es un tipo bastante pedante; parece que le gusta escuchar su propia voz.
—¿Crees en Dios? ¿Qué libros lees?
Cuando el chico le menciona a Shakespeare y a Orwell el médico frunce el ceño como si acabara de confesar un delito. Más tarde habla con la madre en el pasillo y le comenta que lee cosas complejas, extrañas, perjudiciales para su estado; ella se siente culpable y le dice que su hijo no es raro. A partir de entonces, el chaval parece empezar a asumir que el problema debe ser él; así de simple. Al día siguiente su madre se acerca al psiquiatra en la puerta del hospital para hacerle una consulta y este le contesta fríamente.
—Fuera de la consulta, usted no me conoce de nada.
Ella queda completamente sorprendida por tan inesperada respuesta, en silencio. «Terapia de choque», ironiza él cuando su madre le cuenta el suceso más tarde.
El viejo con el que comparte cuarto recibe la visita de su hijo y de la pareja de este; son anarquistas. Hablan de política, de libros, de la actualidad, de cualquier cosa; con ellos puede hablar normal, sin sentirse un experimento. Prefiere quedarse en la habitación con esa gente, antes que pasear por los pasillos que están llenos de personas que hablan solas o miran el suelo durante horas. Pasa mucho tiempo escribiendo en el cuaderno y escuchando música a pesar de que le cuesta concentrarse con tantas pastillas en el cuerpo; incluso la realidad parece alterarse en algunos momentos. Al menos, escribir baja un poco el ruido de la cabeza aunque no lo elimina del todo; lo hace soportable. Por el pasillo también pasa una chica ingresada por anorexia que le parece guapa. La ve cuando se pone en la cola para tomarse los medicamentos tres veces al día; al final de cada toma tiene que levantar la lengua para demostrar que se lo ha tragado todo. Nunca habla con ella, se limita a mirarla cuando pasa cerca de la puerta; algunas cosas es mejor no decirlas, se repite a sí mismo. Unos días después, el drogadicto recibe el alta. Antes de irse deja un objeto en la mesilla, un avión de juguete. Después se despide señalando al avión.
—Para que no te quedes atrapado aquí.
El avión sigue ahí; en la mesilla, sin moverse. Unos días después le hacen el test de Rorschach. En las manchas aparecen demasiadas cosas; aunque algunas prefiere no decirlas. Por la tarde se sienta junto a la ventana del pasillo mientras el sol le da en la cara después de días de luz artificial. Por un momento, le da la impresión de que quizá todo aquello no tiene que ver con el cuerpo; quizá el problema es el ruido que lleva dentro. A partir de ese instante empieza a comer sin calcular, ni pensar en el después. Sube un kilo, luego otro; no es valentía, es cansancio. Levanta la vista del cuaderno; hoy le dan el alta al fin. El psiquiatra lo mira antes de salir.
—Tienes una mente peligrosa.
Él no responde, no tiene ganas. Vuelve a escribir cuando el médico abandona la habitación. Unas horas después sale por la puerta del hospital comprobando que el mundo continúa hecho una mierda; sigue tan ruidoso como siempre. Al día siguiente está otra vez por allí como visitante para ver al viejo que grita nombres por la noche, a la chica del pasillo y a la gente que se queda dentro mientras otros salen. El avión sigue en la mesilla; lo coge y se lo lleva a su casa con él. Allí vuelve a encerrarse en su habitación llena de pósteres, que continúa igual que antes de ingresar en el hospital. Se acuesta mirando las grietas del techo de su habitación por enésima vez. Sobre el techo blanco ve proyectada su imagen en el hospital en el momento de doblar la carta tras acabar de escribirla; es una tarde antes de salir. Guarda la carta y mira otra vez la fotografía. Vuelve a mirarla y recuerda aquel instante, un tiempo más fácil justo antes de la caída; entonces recuerda, ahora sí, con claridad, que aquel día hacía un sol imponente y estaban cerca de la playa. El chico de la foto que sonríe es definitivamente él, mientras el serio de su lado es su antiguo mejor amigo; este termina la universidad en pocos meses. Por desgracia, tiene una novia a la que él ama desde el colegio. Lo envidia hasta el punto de fantasear con intercambiar sus roles, ya que es muy difícil notar la diferencia entre ambos debido al gran parecido que tienen. Además de peinarse de la misma forma, a veces sueña con arrebatarle su vida perfecta haciendo lo mismo que Vincent Freeman con Eugen Morrow en la película Gattaca; pero eso es utópico a pesar de que todo lo que le pasa le parece igual de irreal, una auténtica pesadilla de cine. No lo ve desde aquel momento, desde que se hicieron aquella foto hace años; cuando enfermó se encerró en su habitación, en su casa, durante más de un lustro. De cualquier manera, muchas veces se disocia y se convence de que es él, el que está en la universidad con la chica que quiere, mientras el amigo es el enfermo que está encerrado en el hospital. Hasta cuando se mira en el espejo ve a su antiguo compañero gracias al efecto de las pastillas que debe consumir diariamente; esa fantasía parece tranquilizarlo.
Tras salir de su letanía, nota que toda la estancia está en completo silencio, el hospital está muy tranquilo; el avión sigue en la mesa. Da la impresión de que cuando salga por la puerta el mundo seguirá exactamente igual; sin embargo, es justo entonces cuando entiende algo simple y muy jodido: nadie viene a salvarte. Si no aprendes a soportar tu propio monstruo, este te termina devorando en el más completo silencio. Un instante después, levanta la mirada y ve que el avión sigue allí, completamente quieto, como esperando que al fin, suceda aquello extraordinario que nunca pasa.
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