La entrevista en la productora es a las nueve.
Pablo despierta temprano. Se da una ducha y mientras disfruta del agua caliente, las cosas no dejan de resultarle fáciles. Horrorosamente fáciles. Cómo si cada uno de sus movimientos y los demás movimientos del mundo estuvieran guiados de antemano. Apreta un botón y se prende la luz. El agua de la ducha sale caliente y con presión. La toalla limpia y perfumada arriba de la cama. Todas las cosas parecen tener sentido de golpe. Todo le parece tan fácil.
«Tan fácil», se repite una y otra vez debajo del agua con un tono extraño y triste. Muchas veces le pasa eso con las voces. Recuerda el tono de una voz y lo repite hasta que se le aparece una cara. Ahora es la de un hombre de traje, bien peinado a la gomina, con zapatos marrones y brillosos. El vendedor de ataúdes hablándole de «lo fácil» que es pagar el cajón en dieciocho cuotas, sin interés: «No se preocupen por el pago. Eso es fácil ahora. Lo pueden hacer hasta en dieciocho cuotas».
El tipo repitió esa frase más de cinco veces en dos minutos mientras paseaba a Pablo y a su madre por un salón lleno de cajones de muertos. La madre agarrada fuerte de su brazo. «Este es el modelo Imperial. Observen la terminación de la madera, la delicadeza del interior. Se los recomiendo si se trata de una persona que fue muy especial para ustedes. Acá va a poder descansar en paz».
Los modelos clavados en la pared. Paris, 3 paneles. Paris Americano Álamo. Keneddy. Como en una concesionaria de autos los cajones se exhibían unos al lado del otro. Blancos, marrones, negros. Distintas terminaciones con adornos raros, todo tipo de cruces y ángeles, palomas, estrellas.
Después de la ducha Pablo camina hasta el bar que está frente al museo Nacional. Tiene tiempo para desayunar antes de la entrevista.
Arriba, el sol no para de calentar y las calles abajo tienen un olor asqueroso.
«Pasa siempre cuando sube el río», le comenta la moza a un tipo de lentes que está leyendo el diario en la barra.
Busca una mesa cerca de la ventana y pide un café. Del otro lado del vidrio, unos chicos cortan el tránsito con pancartas en defensa de la educación pública. Cada vez se suman más y más. Los autos pasan y tocan bocinas.
En el bar hay poca gente. Además del hombre que está leyendo el diario, en un rincón, dos señoras conversan a los gritos. Hablan de la venta de una casa o algo así. Más a la izquierda hay otro hombre tomando whisky. Tiene los codos sobre la mesa y con las manos forma una pelota donde apoya la cara. Nunca saca la vista de la puerta que da a la calle.
Arriba del hombre, hay un televisor sin volumen. En la pantalla un documental muestra el desierto espeso, rodeado de unas nubes que parecen pintadas. La cámara se mueve rápidamente buscando algo entre las piedras. Primer plano y aparece una araña muy grande. La cámara se detiene en sus pelos finos y largos, hace zoom. Y de golpe vuelve a tomar distancia. La toma se abre. Ahora también hay un saltamontes, parado arriba de una piedra, a poca distancia de la araña.
Cuando el padre enfermó, Pablo volvió a vivir con él y su madre para estar con ellos y acompañarlos. Trabaja de noche en un bar y de día dormía hasta tarde. Vivía con los horarios cambiados. Pensó que hacer el esfuerzo de levantarse a desayunar podía cambiar algo las cosas, mejorar la convivencia. Su padre no paraba de decirle que ya no podía vivir así y que tenía que conseguir un trabajo de verdad. «Un trabajo de verdad», repetía nervioso cada vez que discutían. Él era carpintero. Se estaba por jubilar y quería que Pablo se hiciera cargo del taller. Podían estar hablando de fútbol, de política o de lo que sea. Tarde o temprano el tema aparecía. «Es fácil conseguir un trabajo de verdad. Hay que tener ganas de trabajar nomás».
Eso de levantarse a desayunar se lo propuso con determinación. Duró unos días y todo volvió a ser igual o peor que antes, hasta que finalmente se tuvo que mudar a la casa de un amigo.
La moza se acerca con el café y dos medialunas en un plato.
Por la puerta principal entra una señora con ropa elegante, bien maquillada, como vestida para una fiesta. El pelo blanco y prolijo, los labios pintados de rojo. Camina hasta la mesa donde está el hombre que ya no tiene las manos con forma de pelota. Ahora está jugando con un sobrecito de azúcar.
«¿Cómo te fue?», pregunta mientras deja el sobrecito blanco arriba de la mesa.
Ella lo agarra de las manos, lo mira a los ojos y le dice algo que Pablo no puede escuchar. Al rato el hombre se levanta, empuja la silla hacia atrás con cuidado, deja unos billetes debajo de la copa, y salen del bar. Caminan unos metros hasta que Pablo deja de verlos. El viento con olor a podrido entra de nuevo con más fuerza. Hace remolinear unos globos de cumpleaños que cuelgan del televisor. La araña ahora está agazapada arriba de una piedra, esperando el momento justo para atacar al saltamonte. Un movimiento ligero con sus pinzas y falla. El saltamonte se mueve más rápido y se pierde entre las piedras.
En el rincón, las dos señoras siguen discutiendo, gritan cada vez más fuerte. Hacen morisquetas en el aire con las manos como sí de esa forma le subieran el volumen a lo que dicen.
Pablo aprovecha que la moza anda cerca y pide la cuenta.
Paga y sale apurado.
Tiene la primera entrevista de un trabajo verdad. Uno bien fácil.
Y como siempre, está llegando tarde.
lunes, 6 de abril de 2026
Relato 2 de Federico Aresté
UN TRABAJO DE VERDAD
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