"Ar"
Arthur se pierde. Camina entre los árboles como tantas otras veces, pero ahora no reconoce el camino. El bosque se cierra a su alrededor, la noche cae y el aire se enfría hasta clavarse en su pecho. Siente que algo en su interior se apaga lentamente, como una llama que no logra sostenerse.
Entonces cree ver una luz. Una llama que insiste en no extinguirse. Arthur la sigue sin pensarlo.
La taberna le parece un refugio improvisado. Desde fuera parece descuidada, casi abandonada, pero la llama sigue viva. Eso le basta. Entra. Dentro ve pocas mesas y solo una está ocupada por dos hombres que beben en silencio. Arthur apenas los observa; algo en ellos le incomoda, pero no quiere pensar en eso. Solo necesita algo que lo distraiga. Cree que el alcohol puede ayudarlo.
—¿Tienes cerveza?
El cantinero asiente. Arthur toma el tarro y un calor le recorre las manos; lo acerca al pecho y respira mejor. Bebe. Un trago sigue a otro, pero el extraño calor siempre se va demasiado rápido.
Cuando levanta la vista para pedir otro, la puerta se abre. Siente el frío antes de ver quién entra. Ve una figura demasiado alta para ser real. Arthur intenta comprender lo que observa, pero no puede: le parece que donde debería haber piel, solo hay hueso. Arthur cae al suelo sin poder apartar la mirada y descubre que en el centro de la forma imposible de la calavera hay una llama blanca, contenida, perfecta.
—No grites. He venido por ti. —Su voz suena firme.
Arthur intenta incorporarse, pero le cuesta respirar.
—Espera… ¿quién eres?
—No tengo identidad, pero puedes llamarme M.
Arthur mira alrededor. Nadie parece moverse. Nadie parece reaccionar a la extraña presencia. Piensa que el tiempo se ha detenido.
—No es personal.
El calor en su pecho ha desaparecido por completo.
—Lo sé… todos morimos. —Su voz suena resignada.
M inclina la cabeza. Arthur siente que la llama en su interior lo observa, busca algo con desesperación, encuentra un tarro a medio tomar y lo lanza; impacta directamente, destrozándose en la hermosa llama blanca, pero la figura sigue moviéndose inmutable.
—¡Eres un necio!
Arthur tiembla. Saca del bolsillo un pequeño rey de madera que su abuelo le había regalado y lo aprieta con fuerza.
—No me lleves. Mi hija acaba de nacer. Mi esposa…
—Yo no decido nada. —Su voz regresa a la calma.
El frío regresa con más fuerza y Arthur siente que va a desmayarse.
—Por favor, déjame vivir. —Junta las manos mientras mira a M.
—No llevarte no te salvará.
Arthur no entiende del todo, pero siente que es verdad. M lo observa en silencio.
—Ven. Te enseñaré algo.
Un chasquido lo envuelve todo en oscuridad y la conciencia de Arthur viaja junto a su cuerpo. Arthur abre los ojos y ya no hay suelo ni techo, solo un vacío lleno de velas. Arthur cree ver miles, quizá millones, cada una con su llama. Le parece que algunas arden firmes; otras tiemblan a punto de extinguirse. El calor lo rodea, pesado, constante.
—Son almas. Mientras la vela existe, la llama vive.
Arthur observa y algo le incomoda.
—Entonces todo está decidido.
—Desde el inicio.
Arthur aprieta los dientes.
—Eso no tiene sentido.
—Mira la tuya.
De pronto ve tres velas frente a él. Una grande, una mediana y una pequeña. La pequeña tiembla. Arthur entiende de inmediato.
—Ese soy yo.
La llama apenas resiste.
—Ayúdame.
—No puedo.
Arthur siente rabia. Mira su vela, luego las otras. Algo cambia dentro de él. Da un paso, toma la vela mediana y sopla con fuerza. La llama se apaga. El humo asciende. Sin dudar, acerca su propia llama y la alimenta con la vela. Crece y siente en su interior una vez más el calor.
M guarda silencio y de pronto ríe.
—Nadie lo había hecho.
Arthur no responde. Sopla otra llama, luego otra y añade la cera a su delgada vela. Su llama crece más.
—¿Qué pasará ahora?
—No lo sé.
Arthur ríe levemente.
—Entonces no está todo decidido.
El silencio se apodera de todo el lugar.
—Gracias, amiga.
—¿Amiga? Siempre quise sentir la calidez de un amigo.
Arthur duda apenas.
—Sí, ¿qué más podríamos ser? Me has permitido salvarme, eso es lo que hace una amiga.
Un chasquido lo devuelve a su casa. Corre hasta la habitación y encuentra a su esposa e hija inmóviles y frías. Se derrumba y llora, pero algo en su interior no se rompe del todo: su llama sigue ardiendo. Recuerda las velas que robó. Arthur no siente remordimiento, solo mira los cadáveres y exhala mientras piensa: «No he sido yo».
Con el paso de los días, el calor se transforma en exceso. El placer lo consume todo. Nada parece suficiente. Vive sin medida, como si cada instante debiera arder más que el anterior.
Hasta que ella vuelve.
—No deberías estar aquí, mi vela era suficiente.
—No es la vela —responde M—, es tu llama.
Arthur no entiende al principio, pero siente el cambio. Algo se ha desbordado.
De pronto, Arthur siente que vuelve a la eternidad en un solo instante. Su llama ahora es negra. Arde con violencia, consume con una velocidad impresionante toda la cera que toca.
—Porque tú cambiaste.
Arthur guarda silencio. Comienza a caminar entre las velas, sopla una tras otra, las reúne, las deforma, construye una nueva, enorme.
—Ayúdame.
M asiente.
Arthur acerca su llama. El calor es insoportable, pero no se detiene y crea un monumento capaz de soportar su llama.
—¿Vendrás conmigo?
—No —grita Arthur.
Arthur regresa. El mundo sigue igual, pero él no. Nada lo detiene. Nada importa. De repente, la vida no le parece tan compleja ni tan importante; todo es una farsa y un juego, una excusa para justificar lo que pasa en el otro mundo.
La vida es un desenfreno. Arthur la usa como quiere y cuando quiere. Su última conquista es una hermosa pelirroja, que ahora observa y lee en el braille más sofisticado, hasta que, con el movimiento, el pequeño rey de madera cae al suelo. La mujer se detiene, entretenida por el pequeño objeto, y pregunta qué es. Arthur lo mira sin emoción.
—Nada.
Lo levanta con cuidado, solo para arrojarlo con odio al fuego. La llama lo consume lentamente. Cuando levanta la vista, la mujer ya no se mueve. M está detrás, moviéndose de lado a lado.
—Te queda poco.
Arthur sonríe.
—Lo sé.
Un chasquido.
Arthur vuelve a la eternidad. Su vela casi ha desaparecido por completo. Arthur corre y comienza su conocida rutina: sopla, consume, añade, pero no es suficiente. Su llama crece descontrolada, lo quema, lo atraviesa.
Arthur cae. La llama eterna lo consume en un segundo. Solo queda el humo exhalado de las cenizas y una leve flama aún latente.
M se acerca, extiende la mano y la pequeña llama negra se posa en ella. Tiembla un instante antes de apagarse. Un hilo de humo asciende lentamente.
M cierra el puño.
El calor desaparece.
—No pude sentir el calor de tu alma, amigo mío.
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