miércoles, 8 de abril de 2026

-Relato 3 de Francisco Castro Legaspi

 

UNA NOCHE MÁS

Los Pérez son esas parejas que podía decirse que forman parte del paisaje. Tanto María como José se habían conocido en la misma calle, habían crecido en el mismo barrio y se habían casado en la Iglesia de al lado. Se fueron a vivir juntos a la misma casa, que aún conservan casi intacta, con las puertas originales y las antiguas ventanas por las que se colaban tanto el viento del invierno como calor del verano.

María tiene puestos unos retazos de tela con flores en el sofá y en la butaca mecedora del salón, que mantienen el tejido original casi como nuevo. Pasa las tardes enteras enhebrando hilos de diferentes colores, mientras la televisión está encendida, la mayoría de las veces sin volumen.

—Tienes buena mano para el tejido. —Sonó reposada la voz de José.

—¿Ahora te das cuenta? —Se levantó del sofá y se dirigió hacia la cocina.

—No, no me he dado cuenta ahora. Ya lo sabía. —Esta vez su voz sonó un poco menos serena.

—Además, no es tejido, es ganchillo. —Se escuchó desde la cocina

Croché es como le dicen sus vecinas más jóvenes; sin embargo, para María sigue siendo ganchillo. Tiene la casa llena de paños, hechos por ella. En la cocina se pueden ver los posavasos y, en el balcón, los cubre macetas.

—Desde luego tengo mejor mano para el ganchillo que tú para la carpintería. —Sonó la voz de María alta y clara, desde la cocina.

—Ya estamos con lo mismo de la noche anterior. —Le salió un hilo de voz a José, en el salón.

—El mueble de la entrada tiene tres cajones torcidos, dos puertas que no cierran bien y un estante a punto de caerse. —Continuó María.

El aparador que se alza en el recibidor de la casa lo había hecho él. Lo de ser carpintero fue su entretenimiento durante bastantes años. Sin embargo, su profesión era la de tornero-fresador. O, mejor dicho, lo había sido, porque ya llevaba más de quince años jubilado. Y muchos más sin utilizar ni el lápiz, ni la escuadra, y mucho menos el martillo.

 

María se acerca, poco a poco, al borde de la cama. Mira de soslayo a José, y ve que su cuerpo está en la misma posición que la noche anterior.

—¿No piensas levantarte? Haz lo que quieras, voy a preparar el desayuno. —Retumbó la voz de María

—Ahora bajo. —Continuaba con ese hilo de voz.

—No tardes, porque se enfría el café y la tostada se pone dura como una piedra. —Suena seria la voz de María.

—Enseguida voy y te ayudo. —El tono es relajado

—Yo no necesito ayuda, puedo hacer el desayuno sola. Como todos los días.

—Bueno, pues bajo y no te ayudo.

—Haz lo que quieras.

María baja por las escaleras de peldaños anchos con mucho cuidado, mira bien por dónde pisa. Para ella no es una tarea difícil, pero sí complicada por el reuma que le deformó las articulaciones.

Llega a la cocina.  Vierte el café en la cafetera italiana que ya ennegrecida por debajo de tanto usarla. La cierra con dificultad, pero lo consigue; enciende el fuego y la coloca con cuidado para que no se derrame. Mete dos rebanadas de pan en la tostadora. En ese preciso momento entra José.

—¿Lo ves? Llegas cuando ya está todo hecho. Siempre igual. —Se da la vuelta y le da la espalda.

—Creo que estás llevando esto a un extremo absurdo. —Mira a María, que sigue de espaldas.

—Aquí el único insensato eres tú. Y lo sabes. —Replicó María, sin darse la vuelta.

—No entiendo por qué te pones así. Tampoco es para tanto.

—Claro que no… cuando se trata de tu familia.

—Sabías perfectamente que tenía que salir, todos los jueves por la tarde hago lo mismo.

La cafetera ya está pitando, y las tostadas han saltado. José apaga el fuego. María se sirve un café y unta mantequilla al pan. José le acerca un plato con una loncha de jamón de york que María no acepta. Se sienta junto a la ventana y desayuna mirando hacia la calle.

 

En el salón los almohadones están dispuestos sobre el sofá como los había dejado la noche anterior. Todos tienen una de las aristas hacia arriba y están combinados según los diferentes colores: marrón, anaranjado y beige. Se suceden unos a otros como las fichas de un colorido dominó. Es la tarde del jueves y José no está en casa.

María está sentada en la butaca mecedora, hace ganchillo. Mientras tanto, la televisión sigue encendida, sin volumen. En la mesa pequeña que tiene a su lado está el cenicero vacío. Hace mucho tiempo que nadie fuma en esa casa. Sin embargo, lo siguen conservando como recuerdo de su visita a las Islas Canarias, cuando aún viajaban. En aquellas vacaciones, concretamente, lo habían pasado muy bien los dos juntos.

Cuando María escucha que José abre la puerta de entrada, deja el ganchillo en una cesta que tiene en uno de los lados junto a la butaca mecedora y sube el volumen de la televisión. José entra, cierra la puerta, se quita la cazadora y la cuelga en el perchero que está en la pared, detrás de la puerta. Entra en el salón.

—¿Quieres cenar algo?

—No tengo hambre

—¿Ni un tentempié?

—Ya te he dicho que no tengo hambre. No quiero comer nada.

—¿Te apetece un vaso de agua? —Insiste José.

—Lo que quiero es seguir viendo la televisión, nada más.

José va hacia la cocina, saca un vaso de la alacena, se sirve una cerveza, corta unas rodajas de salchichón y unas rebanadas de pan. Come y bebe de pie en la cocina. Luego entra en el salón y se sienta en el sofá.

—¿Puedo saber hasta cuándo vas a estar así de antipática conmigo?

—Hasta que me dé la gana. O, mejor dicho, hasta que aceptes a mi familia como lo haces con la tuya.

—Nadie de mi familia viene a verme un jueves por la tarde. En todo caso, se acercarían a la asociación porque saben que estoy allí. Todos los jueves, a la misma hora, es el torneo y no puedo faltar. Dejaría sin jugar a un compañero.

—¡Vaya! Entonces es por eso por lo que no te quedaste el jueves pasado cuando llegó mi sobrina. Para no dejar sin jugar a un compañero… pero a mí me dejas sola con ella.

—Bueno… es que es tu sobrina. —Se encogió de hombros.

—Y la tuya también, ¿no? —Sonó a reproche. —Me voy a la cama.

—Si… también es la mía. —Repitió, mirando hacia abajo.

María se levanta de la butaca mecedora con dificultad. Se pone de pie y se dirige hacia la escalera. Apoya el hombro izquierdo en la pared y el antebrazo en el pasamanos. Con la mano derecha, apoyada en la pared contraria, se ayuda y levanta el pie derecho para apoyarlo en el primer escalón. Una vez que lo consigue, va subiendo… Poco a poco.

 

José se despierta sentado en el sofá del salón. Se lleva las manos a la cara y se refriega los ojos, se rasca la cabeza y se coloca en una posición más cómoda. Delante de él, en la mesa pequeña, está la botella de cerveza vacía y el vaso, al que le queda algo, muy poco. Se lo bebe de un trago. Se levanta y va a la cocina. Deja la botella debajo de la ventana, enjuaga el vaso, lo seca y lo vuelve a poner en la alacena.

Sube lentamente las escaleras, pero al llegar a la mitad del trayecto se da cuenta de que ha dejado la televisión encendida. Baja, la apaga y vuelve a subir. Va muy lento, igual que la noche anterior.

Enciende la luz del pasillo de arriba y abre un poco la puerta del cuarto. Entra despacio, para no hacer ruido. Se sienta en la cama, se va quitando la ropa, la dobla y la deja en la silla que tiene junto a la pared del lado derecho del cuarto. Se pone el pijama. Todo lo hace con movimientos lentos pero precisos. Desde hace mucho tiempo que todo está en el sitio correcto, nada fuera de su lugar.

Sale del cuarto y apaga la luz del pasillo. Vuelve a entrar despacio a la habitación, todo está a oscuras. Se sienta en su lado de la cama. Primero se echa hacia atrás, se tumba y luego levanta las sábanas, junto con la colcha para meter las piernas. Continúa haciendo todo con mucho sigilo.

Siente que María cambia de posición y que le acerca un pie al suyo.

—Tienes los pies congelados. —Sentencia ella con un hilo de voz, y sigue durmiendo.

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