UNA NOCHE MÁS
Los Pérez son esas
parejas que podía decirse que forman parte del paisaje. Tanto María como José se
habían conocido en la misma calle, habían crecido en el mismo barrio y se
habían casado en la Iglesia de al lado. Se fueron a vivir juntos a la misma casa,
que aún conservan casi intacta, con las puertas originales y las antiguas
ventanas por las que se colaban tanto el viento del invierno como calor del
verano.
María tiene
puestos unos retazos de tela con flores en el sofá y en la butaca mecedora del
salón, que mantienen el tejido original casi como nuevo. Pasa las tardes
enteras enhebrando hilos de diferentes colores, mientras la televisión está encendida,
la mayoría de las veces sin volumen.
—Tienes buena
mano para el tejido. —Sonó reposada la voz de José.
—¿Ahora te das
cuenta? —Se levantó del sofá y se dirigió hacia la cocina.
—No, no me he
dado cuenta ahora. Ya lo sabía. —Esta vez su voz sonó un poco menos serena.
—Además, no es
tejido, es ganchillo. —Se escuchó desde la cocina
Croché
es como le dicen sus vecinas más jóvenes; sin embargo, para María sigue siendo
ganchillo. Tiene la casa llena de paños, hechos por ella. En la cocina se pueden
ver los posavasos y, en el balcón, los cubre macetas.
—Desde luego tengo
mejor mano para el ganchillo que tú para la carpintería. —Sonó la voz de María
alta y clara, desde la cocina.
—Ya estamos
con lo mismo de la noche anterior. —Le salió un hilo de voz a José, en el
salón.
—El mueble de
la entrada tiene tres cajones torcidos, dos puertas que no cierran bien y un
estante a punto de caerse. —Continuó María.
El aparador
que se alza en el recibidor de la casa lo había hecho él. Lo de ser carpintero fue
su entretenimiento durante bastantes años. Sin embargo, su profesión era la de
tornero-fresador. O, mejor dicho, lo había sido, porque ya llevaba más de quince
años jubilado. Y muchos más sin utilizar ni el lápiz, ni la escuadra, y mucho
menos el martillo.
María se
acerca, poco a poco, al borde de la cama. Mira de soslayo a José, y ve que su
cuerpo está en la misma posición que la noche anterior.
—¿No piensas
levantarte? Haz lo que quieras, voy a preparar el desayuno. —Retumbó la voz de
María
—Ahora bajo. —Continuaba
con ese hilo de voz.
—No tardes,
porque se enfría el café y la tostada se pone dura como una piedra. —Suena seria
la voz de María.
—Enseguida voy
y te ayudo. —El tono es relajado
—Yo no
necesito ayuda, puedo hacer el desayuno sola. Como todos los días.
—Bueno, pues
bajo y no te ayudo.
—Haz lo que
quieras.
María baja por
las escaleras de peldaños anchos con mucho cuidado, mira bien por dónde pisa.
Para ella no es una tarea difícil, pero sí complicada por el reuma que le deformó
las articulaciones.
Llega a la
cocina. Vierte el café en la cafetera
italiana que ya ennegrecida por debajo de tanto usarla. La cierra con
dificultad, pero lo consigue; enciende el fuego y la coloca con cuidado para
que no se derrame. Mete dos rebanadas de pan en la tostadora. En ese preciso
momento entra José.
—¿Lo ves?
Llegas cuando ya está todo hecho. Siempre igual. —Se da la vuelta y le da la
espalda.
—Creo que
estás llevando esto a un extremo absurdo. —Mira a María, que sigue de espaldas.
—Aquí el único
insensato eres tú. Y lo sabes. —Replicó María, sin darse la vuelta.
—No entiendo
por qué te pones así. Tampoco es para tanto.
—Claro que no…
cuando se trata de tu familia.
—Sabías
perfectamente que tenía que salir, todos los jueves por la tarde hago lo mismo.
La cafetera ya
está pitando, y las tostadas han saltado. José apaga el fuego. María se sirve
un café y unta mantequilla al pan. José le acerca un plato con una loncha de
jamón de york que María no acepta. Se sienta junto a la ventana y desayuna
mirando hacia la calle.
En el salón
los almohadones están dispuestos sobre el sofá como los había dejado la noche
anterior. Todos tienen una de las aristas hacia arriba y están combinados según
los diferentes colores: marrón, anaranjado y beige. Se suceden unos a otros
como las fichas de un colorido dominó. Es la tarde del jueves y José no está en
casa.
María está
sentada en la butaca mecedora, hace ganchillo. Mientras tanto, la televisión sigue
encendida, sin volumen. En la mesa pequeña que tiene a su lado está el cenicero
vacío. Hace mucho tiempo que nadie fuma en esa casa. Sin embargo, lo siguen conservando
como recuerdo de su visita a las Islas Canarias, cuando aún viajaban. En aquellas
vacaciones, concretamente, lo habían pasado muy bien los dos juntos.
Cuando María
escucha que José abre la puerta de entrada, deja el ganchillo en una cesta que
tiene en uno de los lados junto a la butaca mecedora y sube el volumen de la
televisión. José entra, cierra la puerta, se quita la cazadora y la cuelga en el
perchero que está en la pared, detrás de la puerta. Entra en el salón.
—¿Quieres
cenar algo?
—No tengo
hambre
—¿Ni un tentempié?
—Ya te he
dicho que no tengo hambre. No quiero comer nada.
—¿Te apetece
un vaso de agua? —Insiste José.
—Lo que quiero
es seguir viendo la televisión, nada más.
José va hacia
la cocina, saca un vaso de la alacena, se sirve una cerveza, corta unas rodajas
de salchichón y unas rebanadas de pan. Come y bebe de pie en la cocina. Luego entra
en el salón y se sienta en el sofá.
—¿Puedo saber
hasta cuándo vas a estar así de antipática conmigo?
—Hasta que me
dé la gana. O, mejor dicho, hasta que aceptes a mi familia como lo haces con la
tuya.
—Nadie de mi
familia viene a verme un jueves por la tarde. En todo caso, se acercarían a la
asociación porque saben que estoy allí. Todos los jueves, a la misma hora, es
el torneo y no puedo faltar. Dejaría sin jugar a un compañero.
—¡Vaya!
Entonces es por eso por lo que no te quedaste el jueves pasado cuando llegó mi
sobrina. Para no dejar sin jugar a un compañero… pero a mí me dejas sola con ella.
—Bueno… es que
es tu sobrina. —Se encogió de hombros.
—Y la tuya
también, ¿no? —Sonó a reproche. —Me voy a la cama.
—Si… también
es la mía. —Repitió, mirando hacia abajo.
María se
levanta de la butaca mecedora con dificultad. Se pone de pie y se dirige hacia la
escalera. Apoya el hombro izquierdo en la pared y el antebrazo en el pasamanos.
Con la mano derecha, apoyada en la pared contraria, se ayuda y levanta el pie
derecho para apoyarlo en el primer escalón. Una vez que lo consigue, va subiendo…
Poco a poco.
José se
despierta sentado en el sofá del salón. Se lleva las manos a la cara y se
refriega los ojos, se rasca la cabeza y se coloca en una posición más cómoda. Delante
de él, en la mesa pequeña, está la botella de cerveza vacía y el vaso, al que
le queda algo, muy poco. Se lo bebe de un trago. Se levanta y va a la cocina. Deja
la botella debajo de la ventana, enjuaga el vaso, lo seca y lo vuelve a poner
en la alacena.
Sube lentamente
las escaleras, pero al llegar a la mitad del trayecto se da cuenta de que ha
dejado la televisión encendida. Baja, la apaga y vuelve a subir. Va muy lento, igual
que la noche anterior.
Enciende la
luz del pasillo de arriba y abre un poco la puerta del cuarto. Entra despacio,
para no hacer ruido. Se sienta en la cama, se va quitando la ropa, la dobla y la
deja en la silla que tiene junto a la pared del lado derecho del cuarto. Se pone
el pijama. Todo lo hace con movimientos lentos pero precisos. Desde hace mucho
tiempo que todo está en el sitio correcto, nada fuera de su lugar.
Sale del
cuarto y apaga la luz del pasillo. Vuelve a entrar despacio a la habitación,
todo está a oscuras. Se sienta en su lado de la cama. Primero se echa hacia
atrás, se tumba y luego levanta las sábanas, junto con la colcha para meter las
piernas. Continúa haciendo todo con mucho sigilo.
Siente que María
cambia de posición y que le acerca un pie al suyo.
—Tienes los
pies congelados. —Sentencia ella con un hilo de voz, y sigue durmiendo.
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