martes, 28 de abril de 2026

-Relato 5 de Alejandro Melguizo López

Sevilla, ciudad de valientes


El martes terminé de dar clase y descansé toda la tarde. Luego de cenar, Roberto, profesor, también de Educación Física, y también un novato de la bolsa de empleo, de veinticinco años, y yo, partiríamos hacia Sevilla. Mario nos esperaba en su casa (allí vivían los padres y sus dos hermanos), amigo de profesión y sevillano, que nos daría cobijo hasta el domingo, junto a otra chavala del pueblo, Pilar, también docente y joven, como Mario, y que llegó a Sevilla el día anterior. Por el grupo de amigos decían lo mucho que nos estábamos perdiendo. Enviaron vídeos y fotografías del martes de rebujitos que habían pasado. Me levanté de la siesta, vi la televisión, cené y fui a buscar a Roberto con el coche, a unos cinco minutos de casa.


Nos acomodamos en una habitación desalojada para la estancia durante la semana. Era temprano. Dejamos las maletas a un lado. Ya había saludado a Mario y a los padres de este. Los hermanos estaban dormidos y Pilar estaba en el cuarto de baño, nos hizo saber Mario. Roberto y yo fuimos a dormir. El viaje había sido largo. Me eché en el colchón del suelo más cercano a la puerta. Desde allí vi cómo Pilar salía del cuarto de baño. Se acercó y nos saludó a Roberto y a mí. 

Roberto estuvo hablando con ella un tiempo mientras yo tocaba el móvil para arriba y para abajo. Pilar se fue de la habitación. Me levanté. Fui al cuarto de baño a quitarme las lentillas, que me molestaron durante todo el trayecto. Me puse las gafas y me dirigí de nuevo hacia la habitación. Fui a quitarme las gafas, cuando vi a Roberto sonriente. Finalmente, dormí.


La madre de Mario nos había preparado una tortilla de patatas para el almuerzo. Comimos en la terraza Mario, Pilar, Roberto y yo. Mario nos comentó el plan que había pensado para pasar el miércoles en la Feria. Iríamos a la caseta del trabajo de su tío, y así podía darnos pases para entrar sin problemas, y a partir de ahí haríamos lo que la Feria nos deparase, incluida la noria y otras atracciones una vez bien entrada la madrugada.

Pilar estaba sentada en frente de mí, como en las típicas reuniones docentes cuando llegaba el momento de las pocas evaluaciones vividas («David, ¿me pasas la carpeta?»). Mi vaso de coca cola estaba lleno. Me lo bebí de un buche frente al sol, que entraba por mi izquierda. Dejé el vaso en la mesa y pedí a Pilar si por favor podía acercarme la botella. Me la acercó al momento. Le di las gracias y llené el vaso. Roberto en ese momento le tocó el pelo para acomodarle el flequillo.

Uno de los hermanos de Mario apareció por la puerta que conectaba al salón para saludarnos. Tenía los ojos hinchados y el pelo encrespado, pero acomodado con algo de agua. 


—Hola. —Se trataba de un rostro con mueca cóncava el suyo. Se dirigió a Roberto, que era el que quedaba más cerca. Roberto se levantó y le dio la mano—. Encantado, yo soy Luis.  —Se dirigió hacia la izquierda, donde estaba Pilar, y se inclinó a darle dos besos.

—La mano, mejor, que hace calor y nos vamos a pegar el sudor. —El índice de Pilar señaló el rostro mientras se reía—. Encantada.

—Es que ella es una flamenca muy presumida. —Roberto miró a Pilar, que vestía de flamenca, quien le devolvió la mirada—. Con esa flor que lleva puesta y todo la niña, que ya es una sevillana más. —Le echó la mano a la flor y se la ajustó, ante la mirada de David.


Las primeras horas de la tarde estuvimos en la caseta del tío de Mario. Un poco de albero se levantó al poco de establecernos y eché la mano al ojo. Lo mantuve presionado y fui de prisa al cuarto de baño. Había en la cola varias personas. Me colé hasta llegar a Pilar, que estaba a punto de entrar. Le pedí que me dejara pasar, que se me había movido la lentilla. Entré, pero en el cuarto de baño no había espejo. Salí inmediatamente. Pilar me dejó un espejo portátil que llevaba para el maquillaje, recubierto de piel sintética. Me salí de la caseta, que estaba llena de gente y en la cual sonaba música sin parar. Ya afuera, me apoyé en una farola y con ayuda del espejo me coloqué bien la lentilla. De vuelta, me percaté de que el espejo olía a Pilar: a su maquillaje y perfume.

Mario me preguntó que por qué me había ido. Le expliqué el percance y le pregunté dónde estaban los demás. Me señaló al frente. La gente bailaba y Roberto estaba en la barra pidiendo. Y Pilar seguía en el cuarto de baño. Me senté en la silla como cuando había que sustituir a un profesor y vigilar a los alumnos («Profe, ¿podemos irnos al patio a jugar al fútbol?»). Esperé a que Pilar saliese. Pilar salió y marchó a bailar. Me levanté con rapidez y me dirigí hacia la pista. Me vio. No me pidió el espejito. Le hice un gesto y nos pusimos a bailar. Cuando terminó la sevillana, de nuevo la lentilla se me movió y paré un momento para frotarme el párpado. Me froté con suavidad y, cuando terminé de hacerlo, Pilar lucía bailando con Roberto.

Mario llegó y me comentó si quería algo de beber o comer. Le dije que sí. Agua. Tenía calor. Se rio junto con una joven que justo pasó por donde nosotros. Fuimos a la barra. Él pidió una jarra de rebujito y una tapa de chicharrones y otra de tortilla y yo una botella de agua. 


—Toma, aquí tienes. —El camarero no me miró a la cara y se dirigió a un compañero suyo—. Mira este, una botella de agua me ha pedido. No es ni sevillano, tiene acento del norte.

—Tengo sed. —Me quedé mirándolo, pero él no me devolvió la mirada. Seguí—. Aquí hace mucho calor. —Se giró y me miró sin parpadear.

—Esto es Sevilla, ciudad de valientes. —Dio un golpe a la barra—. ¿Te enteras, chiquillo? Aquí se viene a triunfar o no se viene. Y menos a beber agüita.

—Es que es abstemio el niño, es un santo. Un santito —dijo Roberto.

 

Llegamos a la casa de Mario sobre las siete de la mañana. Todos nos desvestimos y nos pusimos el pijama para dormir. Roberto fue el único que se metió en la ducha. Pilar, como yo, llevaba puesta las lentillas. Yo me las quité en el baño, antes de que Roberto pasara a la ducha. Cuando este se duchaba, Pilar me pidió el espejo que me dejó en la feria. Le dije que lo había dejado en la mesa de la caseta y que pensaba que ella lo había cogido. Me reprendió mi irresponsabilidad y me hizo saber que ese espejo iba con ella a todos lados.

Mario llegó y le preguntó a Pilar qué le pasaba. Yo le dije que ya le había pedido perdón. Ella aceptó las disculpas. En ese momento, la ducha dejó de sonar. Roberto abrió la puerta con la toalla por la cintura y se llevó el dedo a la boca para que dejásemos de hablar tan alto. Mario, Pilar y yo le echamos cuenta, aunque seguimos hablando. 


—Anda que tú también… No puede uno fiarse de ti.  —Roberto se dirigió a mí y luego a Pilar—. Pasa al baño y te quitas las lentillas, que yo ya he terminado. 


Pilar pasó al baño y cerró la puerta. Yo me fui a la habitación a dormir. Dejé la puerta entornada. Roberto esperaba con la mano apoyada en el marco de la puerta a que Pilar saliera del cuarto de baño. Entonces salió.


—¿¡Uy, qué haces tú aquí!? —Pilar se sobresaltó y seguidamente le echó una mirada de arriba abajo ya con las gafas puestas—. Ah, que sigues en toalla. Perdón. Pensabas que habías terminado.

—No te preocupes. Te dije yo que pasaras. Buenas noches, flamenca.


Pilar anduvo por el pasillo hasta llegar a su habitación. Cuando se encontraba a la altura de la puerta de mi habitación, se giró y miró a Roberto, que seguía allí, mirándole el culo. Ahora fue Roberto el que le echó una mirada de arriba abajo. Pilar se llevó la mano a la cabeza y bajó la vista a un lado. Luego Roberto de nuevo le dijo que buenas noches y ella respondió lo mismo.

Yo me levanté sin hacer ruido y me dirigí hacia el pantalón del traje. Saqué el espejo de Pilar, me lo acerca a la nariz, aspiré con fuerza y luego me lo llevé abajo de la almohada. Roberto salió del cuarto de baño. Se echó sobre su colchón. Yo me hacía el dormido. Se puso de lado dándome la espalda. Al poco tiempo comenzó a roncar. Yo miraba al techo, oscuro, hasta que en un momento me rasqué la espalda. Entonces me erguí un poco. Me topé con una lucecita pequeña de color rojo del monitor, que estaba en el suelo, pues la mesa de escritorio se había quitado para que entrara el colchón. Noté como una punzada en el ojo. Lo cerré y me acaricié con suavidad el párpado. Quité el dedo y el ojo ya estaba bien. Cogí el espejo, me lo llevé a la nariz. Aspiré, lo escondí y dormí.


Dormí muy poco, menos de tres horas. A las diez ya estaba despierto. Fui a la habitación de Pilar. Estaba dormida, con las piernas cruzadas. Tenía el cabello suelto a lo largo de la almohada y estaba totalmente destapada, con la camiseta subida dejando al descubierto el ombligo. 

Fui al cuarto a echarme agua en la cara. De pronto olí a Pilar. Miré a un lado y a otro hasta que encontré el perfume detrás de mí, en una mesita. Lo cogí. Fui a la habitación. Lo esparcí por la piel sintética del espejito y por la almohada. Dejé el frasco en el cuarto de baño. Me eché bocabajo en el colchón y seguí durmiendo.


Sobre las seis de la tarde del miércoles fuimos a la feria. De nuevo a la caseta del tío de Mario. Me llevé el espejito en el bolsillo por si volvía a ocurrirme algo en el ojo con la lentilla. Roberto bebió demasiado rápido los rebujitos y se puso malo de la barriga. Iba y venía del baño cada poco tiempo. Pilar esta vez no iba vestida de flamenca, sino simplemente arreglada, como en la graduación del curso pasado («Mira a Cristian, hasta parece bueno con la orla»). 

Me levanté de la mesa y fui a donde la gente bailaba. El camarero del día anterior me miró y yo lo miré, y me hizo una mueca. Pilar estaba bailando con un amigo de Mario que había venido aquel día. Me acerqué y le dije a este que Mario lo estaba buscando porque tenía algo urgente que contarle. Salió corriendo haciéndose hueco como podía entre la gente. Me acerqué a Pilar. Pilar me preguntó por Roberto y le dije que estaba en la mesa y que se encontraba algo mejor. 

Bailamos un poco. Luego salimos afuera para que nos diera el aire. Ni Roberto ni Mario estaban en la mesa. Me dijo que tenía hambre, pero de una hamburguesa, que estaba harta de tortilla, de las bravas pasadas y de los filetes secos. 

Fuimos entonces a una hamburguesería situada donde las atracciones. Nos pedimos cada uno una hamburguesa. Cogí el móvil y me lo llevé al oído. Le dije que no contestaba nadie. Noté que los mocos se me bajaban. Eché mano a una servilleta de papel y me los soné. Instintivamente, cerré los ojos. Al abrirlos, la lentilla se movió de nuevo. Veía triple por ese ojo. Fui a coger el espejo del bolsillo, pero me detuve. Pilar me acercó el servilletero, plateado, que hacía la función de espejo. Pero apenas podía verme. Ella me sugirió que abriera el ojo y que con la yema de su dedo me podría intentar poner la lentilla en su sitio. Con una mano abajo y otra arriba del ojo, lo abrí levantando con fuerza las cejas, mientras clavaba la mirada en sus pestañas erguidas. Ella se acercó y poco a poco fue tocándome con suavidad. La vista se enfocó del todo demasiado rápido.

Comimos y Mario me llamó al móvil. Roberto no podía quedarse en pie y se iban a casa. Le dolía mucho la barriga. Pilar se quedó callada. Propuse que nos quedáramos los dos en la Feria algo más de tiempo, que Roberto ya estaba bajo control con Mario. Pilar siguió con el mutismo y con la mano en la barbilla y la mirada perdida en el puesto de los dardos de en frente. 


—¿Te atreves? —Corté sus pensamientos señalándole una atracción que era un palo enorme que daba vueltas a una gran velocidad.

—Está muy alto eso.

—Sevilla está hecha para los valientes. —Su rostro volvió a mirar a la atracción—. Desde allí se tiene que ver todo.


Bajamos de la atracción con el rostro feliz. Yo seguía con la mano puesta en el bolsillo. Los pelos de Pilar estaban sueltos como la noche anterior en la almohada. Me confesó que era la primera vez que se montaba en una atracción de ese estilo, y que me dijo que sí para no quedar mal, como una cobarde.

Me propuso volver a montarnos. Y lo hicimos. Y luego fuimos buscando atracciones de ese calibre, aunque ninguna superó al palo enorme. Pagamos unas cuantas más y fuimos a la caseta. Como no estaba Mario, el portero no nos dejaba pasar. Decidimos ir en busca de una pública. 

De pronto, dejé de ver por el ojo derecho, por el de la lentilla. Era todo borroso e incluso me tambaleaba. Me dijo que cómo no se nos había ocurrido antes lo del móvil en vez del servilletero. Entonces ella se fue a la cámara, puso el modo selfi y me sujetó el móvil cual espejo. Yo estaba tocando el ojo cuando de pronto comenzaron a llegarle varias notificaciones. Entonces me tapé el ojo malo y vi las notificaciones con el ojo izquierdo. Era Roberto diciéndole que cuánto le quedaba. Logré ajustarme la lentilla por enésima vez. Ella miró el móvil unos segundos, lo apagó y se lo metió en el bolsillo. Respiré profundo y seguimos caminando.


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