martes, 28 de abril de 2026

-Relato 5 de Miguel Quezadas Barahona

 No me pasó nada

 

Todos bebimos tragos e hicimos muecas. Iván estaba tumbado en una silla, José cantaba con las canciones que yo ponía y otros me pedían que las cambiara. 

—¡Quítenle el celular a Javier! —gritaron.

Alondra me quitó el teléfono y cambió la canción. Comenzó a poner su propia lista.

—Mejor dénselo a Carlos, trae buenas rolas. 

Se lo dieron a Carlos y además de poner ritmos tropicales, se levantó y comenzó a bailar contoneando las caderas y sacudiendo los hombros.

 

Tiramos en una bolsa negra los platos con sobras. Con la mesa vacía Iván sugirió cantarle Las Mañanitas a Alondra, pero fue ella misma quien desistió pues aún no regresaba su novio. Algunos aprovecharon para bailar igual que Carlos. Yo veía todo sentado, moviendo mi dedo en señal de negativa ante cualquier invitación a unirme. 

Su novio Fernando regresó de comprar más cervezas, pero tenía las manos vacías.

—Mataron al Pelón. Hay un montón de motos y carros por todos lados —dijo.

—Hay que ver las noticias. —Alondra sacó su teléfono y comenzó a buscar.

Los demás también lo hicieron.

—Están quemando coches en las colonias.

—¿Cómo nos vamos a regresar? — Revisé la hora. Eran las diez.

—¿Tenías que llegar a hacer algo? —José se asomó a la calle y me había volteado a ver.

Yo le hice un ademán de que no importaba y le dije que, si bien me urgía, aún tenía tiempo—. Es personal.

Alondra nos ofreció su casa—. Hay sitio para todos. — Yo miré uno de los sillones, amagué con sentarme, pero después de palpar la textura, me senté en las sillas igual que todos. 

—Está peligroso. La idea es no llamar la atención. —Alguien sugirió apagar la música por completo. Hablaron de que, si veían movimiento en las casas, a punta de armas nos podrían hacer algo.

Alondra sacó un juego. Todos nos sentamos alrededor de la mesa donde ella comenzó a barajar. Repartía cartas de colores a las más de doce personas que había a su alrededor.

—Cerraron la entrada de la ciudad. Me dice un primo que le prendieron fuego a su coche. —Guardó su celular. 

Hubo un silencio—. ¡Ay, padre!  —dijeron algunos.

Revisé el reloj. Ahora eran las diez y media. —¿Será que mañana sí podremos pasar? —le pregunté a todos en la mesa.

—Esperemos, pero hoy va a estar así toda la noche. Solo que se vayan mañana temprano. —dijo Alondra.

Conforme pasaban las horas los bostezos empezaban a mostrarse. Bajamos el volumen de la música y nos refugiamos en el interior de la casa. 

—Oigan, hay que jugar a otra cosa. —Alondra se levantó y volvió con otro juego.

Era una lotería. Para marcar las casillas usaríamos pequeños vasos con tequila.

Ahí, en su comedor, estuvimos todos a escasos centímetros. Roger se sentó a mi lado.

—Oye, supe que se te metieron a robar ¿estás bien?

—Sí. Todo bien. Fue el susto más que nada.

—¿Pero lo reportaste o algo? ¿Te hicieron algo?

—No. Cuando me vieron se espantaron y salieron corriendo.

—¿Les enseñaste el machete?

—Sí.

—Menos mal. Con la delincuencia ahorita ya no se puede. Ve ahora lo que hicieron porque mataron al Pelón…

—¡Lotería! Todos toman.

 

Después de unas cuantas partidas, el alcohol se acabó.

—Oye, no invitaste a Kevin. —dijo una chica.

—Sí. Iba a venir más tarde, pero con esto obviamente ya no. —respondió Alondra.

Revisé la hora, que marcaba las dos de la mañana. Ya nadie hablaba y estábamos hacinados los unos con los otros. Esperábamos con los brazos cruzados, otros se recargaban a como podían del respaldo de la silla. 

Todos entrecerraban los ojos en medio de la poca luz del lugar y los colores del estéreo.

Ahí comenzaron las conversaciones sobre cómo nos conocimos, lo que planeábamos hacer en el futuro y las bromas internas.

—¿Y tú qué harás?

—Pienso entrar a trabajar con Cheveto. —respondí.

—Pero tú habías dicho que te interesaba la política. 

En un acto reflejo, volteé a ver a Iván, que sin esperarlo respondió esa pregunta.

—Sí. Es que lo que pasa es que don ese se va a lanzar de diputado, entonces queremos ese conecte. Pero eso no se sabe… es secreto. ¿Verdad Javier?

Alondra nos deseó suerte. Yo solo le dije que cuando eso pasara lo primero que haría sería pagarles la cuenta en el antro. 

—¿Qué te pasó en las manos? — dijo Alondra.

Roger respondió por mí. —Se metieron a robar a su casa.

—¡Madre santa! ¿Pero estás bien? —dijo alguien más.

Ahí les expliqué lo mismo que le dije a Roger y cuando terminé volví a ver la hora en el celular.

—¡Javier, llevas toda la noche revisando la bendita hora! Sea lo que tengas que hacer no te preocupes, ya no se va a meter nadie a robar. —Alondra me había visto.

—Eso dices tú, pero uno ya queda ciscado. —le dijo Fernando. 

—Pues sí. Pero mira, parece que ya está más despejado. Ya le llamé a Kevin para que venga a buscarlos. ¿Cuántos son?

—Cuatro —respondí.

—Entonces sí caben. Los demás los puede ir a dejar Fernando. 

 

Cuando el sol se estaba asomando y las gotas de rocío volaban en el ambiente llegó Kevin. Al verlo nos despedimos de Alondra.

En el trayecto nadie hablaba. Solo veíamos la carretera. Había pequeños restos de neumáticos. Vimos también a un auto compacto vacío a mitad del camino, con las cuatro puertas abiertas.

—¿Sabían que este coche fue reciclado?

—¿Cómo que reciclado?

—Era de un señor que conoce a mi mamá. Nos dijo que se le fue a un dren y quedó sumergido hasta que la grúa lo sacó. Al poco tiempo vio que no le convenía repararlo y nos lo vendió, pero tiene sus detalles. Miren. —Kevin soltó unos segundos el volante en una recta y vimos cómo se iba de lado, hasta que lo volvió a agarrar—. Se ve bien y costó barato, pero tiene sus detalles que solo los ves cuando lo manejas. Yo volteé a la ventana mientras el coche avanzaba.

 

Entramos a la ciudad que seguía vacía a pesar de ser casi las siete. Primero se bajó Iván, luego José. Cuando fue mi turno lo hice sin apenas despedirme y dándole a lo lejos las gracias a Kevin. 

Di media vuelta y en el techo había zopilotes. No entré a la casa hasta que se alejó Kevin. Subí al cuarto y fruncí la nariz cuando abrí la puerta. Tomé unas bolsas y metí los cuerpos. Con ayuda de un machete hice más pequeño todo. Metí los pedazos a la cajuela de mi Silverado noventera. Giré la llave y después de algunos intentos encendió. 

Bajé la velocidad y lancé el machete al monte. Cuando estuve cerca de la laguna me bajé y tiré las bolsas. Dejé que se deslizaran hasta caer al agua. Uno que otro cocodrilo se acercó a comer. Revisé la hora y eran las nueve de la mañana.

Emprendí la vuelta ya con un sol que hacía sudar. Ya había gente en las calles. Se formaron los primeros embotellamientos del día. En los semáforos me tapaba la nariz. Los olores se habían impregnado en los revestimientos de la camioneta. 

            Lo primero que hice al regresar a casa fue ducharme y lavar el piso hasta llegar a la entrada. Ahí mi vecino me vio y salió a saludar.

            —Vecino, espero que esté bien. Supe que se le quisieron meter a robar. 

—No se preocupe, vecino. Estoy bien. No me pasó nada. —Seguí barriendo con agua y jabón el piso de mi casa.

 

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