Predestinado
Cada noche, Noid revisaba tres veces el pestillo, dos la fecha de caducidad de los alimentos de la nevera y una la frecuencia de su pulso. Tenía listas de síntomas pegadas en la cabecera, alarmas para beber agua y recordatorios para respirar hondo, todos contenidos en pequeños trozos de papel, escritos con la precisión de letras perfectamente redondas.
—¿Otra vez? —dijo Alm desde la sala.
Noid empujó el pestillo.
—Eso parece —dijo él.
—Está cerrado —dijo ella.
—Lo parece —dijo él.
—Para ti siempre «parece». La única vez que te vi seguro de algo fue en nuestra boda.
Alm se marchó al cuarto. Noid se quedó unos segundos más frente a la puerta antes de ir al salón.
Observó la lámpara de mesa. Se detuvo y volvió al cuarto.
—La has movido.
—No, mi amor, yo no muevo ni toco nada, ya te lo he dicho muchas veces.
Noid regresó a la sala, desconectó la lámpara de mesa, la llevó al cuarto y la colocó frente a ella.
—Mira. Está inclinada.
—Yo la veo igual —dijo Alm sin girar la cabeza.
—La punta derecha —insistió él.
Alm miraba la ventana.
—Sí, Noid, es muy linda, ya la vi.
Noid ajustó la lámpara apenas unos milímetros.
—Ahora está bien —dijo él.
—¿Está bien o «parece»? —inquirió ella.
Noid no respondió.
A la mañana siguiente, Noid encontró una hoja doblada sobre la mesita de noche, la abrió con cuidado:
«Pase lo que pase, no tomes el ascensor».
Noid la sostuvo unos segundos y observó las perfectamente redondas letras que componían el mensaje. Caminó hacia la puerta, regresó a la mesa de noche, caminó de nuevo a la puerta, fue al baño, tomó agua y se frotó los ojos, regresó a la cama, releyó la carta y entonces caminó hacia Alm, que estaba en la cocina.
—La carta de la mesita, ¿qué hiciste?
Alm estaba parada completamente recta mientras tomaba un par de huevos, los quebraba perfectamente, los batía y los vertía en la sartén.
—No, mi amor, yo no muevo ni toco nada: las notas, la carta, la mesa, la lámpara, las sábanas, nada; yo no hago nada.
Noid arrugó la hoja y la lanzó al bote de basura sin dejar de mirar a Alm. Al salir del departamento, Noid bajó por las escaleras. Cuando regresó por la tarde, observó que el ascensor se encontraba acordonado con un letrero señalando «Descompuesto».
A la mañana siguiente, en la mesita de noche de Noid, había otra carta escrita con letras perfectamente redondas. Noid la tomó y la leyó:
«No comas la comida de la cafetería».
Noid se levantó, fue al baño, se observó en el espejo, se lavó el rostro con agua, regresó a la cama y caminó hacia la cocina. Parada completamente recta, sosteniendo la sartén con un par de huevos a medio cocinar, estaba Alm.
—Esta vez estoy seguro. Fuiste tú.
Alm movió los huevos con la sartén.
—Todos los días te lo explico: no, yo no muevo nada.
—Copiaste mi letra, todo con tal de enloquecerme.
—Yo no he hecho nada, nunca lo hago.
—¿Y cómo explicas el ascensor?
—¿El del edificio?
—Claro que el del edificio, ni modo que el del centro comercial.
—Se descompuso, el vecino iba dentro cuando cayó. Lo sacaron. Hubo ambulancia.
—¿Ves?
—¿Qué veo?
—Lo hiciste tú.
—Noid, yo no puedo hacer eso.
—¡No el accidente!, ¡la carta!
—Que no muevo tus malditas cosas, Noid, ¿qué no entiendes?
Noid se acercó al basurero, comenzó a hurgar. Su mano se manchó con aceite; sacó la mano, la lavó, volvió al basurero, siguió hurgando, sacó la mano y fue con Alm.
—Te llevaste la hoja.
Alm volteó hacia su esposo.
—Amor, esto está llegando demasiado lejos, ¿qué pasa?
Noid corrió al cuarto, tomó la nueva carta y se la entregó.
—«No comas fuera» —leyó ella—. ¿Todo este alboroto porque quieres que te prepare comida para el trabajo? ¿Sabes que podías pedírmelo y ya?
—No es eso —dijo él—, es que tú has escrito esa carta.
—Tiene tu letra.
Noid se detuvo.
Noid tomó la carta, regresó a la habitación, la colocó a contraluz, la miró, la volvió a mirar y finalmente la dejó sobre su mesita de noche.
Antes de salir del departamento, Alm detuvo a Noid.
—Amor, ya no quiero pelear. Te cociné un guisado, es improvisado, pero es que me avisaste con poco tiempo y no pu…
—De verdad, perdón. Todo ha estado raro.
—Podemos ir al doctor.
—¡Que no!, deja de insistir con ir al doctor, deja de insistir con el maldito doctor.
—Tranquilízate, Noid, solo me preocupo por ti, por tu enfermedad.
—¡El TOC no es una enfermedad de ese tipo!
Noid volteó rápidamente y regresó al cuarto, revisó cada una de sus notas, tomó la más reciente y la llevó a la mesa de noche, la puso junto a la carta. Después de diez minutos, dejó ambas en la mesa de noche y salió. Cuando llegó a la puerta, Alm ya había entrado a la cocina y estaba cantando. Noid siguió su camino, pero antes de salir tropezó con un pequeño recipiente de plástico; encima tenía una nota escrita de manera burda:
«Disfruta la comida, te quiero, Alm».
Noid salió del departamento y fue a trabajar.
A la mañana siguiente, en la mesa de noche había una carta. Noid la miró, pero volteó la vista hacia el baño. Se levantó, entró, se limpió la cara y restregó sus ojos por un par de segundos; después regresó a la mesita de noche y leyó la carta de perfectamente redondas letras:
«Hoy descansa, acepta el día libre y no salgas».
Noid la leyó de pie, se sentó y el teléfono sonó.
—Bueno.
—Señor Noid, ¿comió ayer el menú de la cafetería?
—¿Quién habla?
—Soy Elena Carpenter, de Recursos Humanos. Hablo porque ayer hubo un problema con la carne de la cafetería; la empresa se quiere disculpar con cada empleado y…
—Me encuentro fatal, su comida me dio una diarrea horrible.
—Lo siento de verdad, señor. Si quiere ir al doctor, la empresa le reembolsará todo; además, puede quedarse a descansar en su casa.
—No esperaba menos, muchas gracias, señorita Carpenter.
—Lumir le ofrece una disculpa, y sepa usted que no volverá a suceder.
—Como debe ser, una empresa honesta con sus empleados.
—Claro que sí.
—Tenga buen día.
—Muy buen día a usted también.
Las cartas siguieron apareciendo por la mañana, siempre en la mesita, advirtiendo o dando instrucciones. Las semanas pasaron y los días volaron.
Hasta que un día, Alm se acercó a Noid, lo miró, dio vuelta, regresó y finalmente le habló.
—Estoy muy orgullosa.
—¿De qué hablas, amor?
—Has dejado tus hábitos horribles.
—¿Qué?
—Ya solo cierras una vez el pestillo, no te monitoreas el pulso todo el día ni gritas que la lámpara está mal…
—Lo sé, es que todo funciona a la perfección.
—Sabía que todo estaba bien, sabía que mi hermana se equivocaba.
—Ella siempre se equivoca.
Noid rió fuertemente, Alm sonrió y se abrazaron. Cuando se soltaron, Alm estaba llorando.
—¿Te puedo contar un secreto?
—Claro, amor, lo que sea.
—Pero, ¿no me llamarás loco?
—No, amor, nunca lo pensé y nunca lo diría.
—Lo que pasa es que por fin estoy seguro de que no moriré, todo va a estar bien.
—¿De qué hablas, Noid?
—Las cartas, Alm, las escribe mi yo del futuro y me las envía para advertirme.
—Noid…
—Mientras reciba las cartas, estoy seguro de que viviré, de que todo estará bien. Solo debo obedecerlas y todo sale a la perfección. Ya no necesito ser precavido, ya no necesito temerle a nada, por fin puedo vivir.
—Noid, ¿hablas de las cartas que tú dejas cada noche en la mesita?
—No.
—Yo te he visto dejarlas, Noid.
—Sí, pero esa es la que dejo para mi yo del pasado; cada noche es cambiada. La que dejé es enviada al pasado de alguna manera para advertirle, y la del futuro llega. En realidad es sencillo, solo copio la que me llega.
—Noid, tenemos que ir al doctor.
Noid se levantó del sillón, observó a Alm y presionó los dientes.
—Estoy bien.
—Eso no es verdad, amor.
—Estoy mejor que nunca.
—Es por tu bien.
—Espera, amor, confía en mí. Mañana te enseñaré la nota y entenderás todo.
Alm se fue de la habitación, usó el teléfono y regresó sonriente. Noid y Alm se abrazaron y miraron la televisión.
A la mañana siguiente, había una carta en la mesita. Estaba arrugada y Noid la abrió:
«No recibí ninguna carta hoy. Es inevitable. Lo siento».
La cama estaba vacía y la casa estaba en silencio. Noid salió a la sala, observó la lámpara y gritó:
—¡Alm! —gritó—. ¡La moviste! ¡La moviste, maldita sea!
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