Una buena madre
En los pasillos del hipermercado, las estanterías se extendían bajo una luz blanca y constante. Había cajas de fruta con etiquetas de países lejanos; piezas idénticas, brillantes y alineadas. Más adelante, una fila de televisores encendidos repetía la misma imagen; debajo, precios sorprendentemente bajos impresos en carteles rojos.
Aquel día, Nuria recorría los pasillos mientras empujaba con una mano el carrito de la compra y con la otra sostenía una factura de la luz que estaba llena de una larga lista de artículos. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo, algo deshecho. Tenía las manos secas, con pequeñas grietas en los nudillos, y las uñas cortas, sin esmalte. Su postura era recta, eficiente, y sus movimientos precisos.
Pedro, su marido, le seguía como un perrito faldero alcanzado todo lo que su mujer le ordenaba en voz alta. Observaba los estantes con rapidez, localizaba los productos y los tomaba sin dudar, comprobando brevemente etiquetas y precios antes de dejarlos en el carrito. Sus movimientos eran contenidos mientras estaba concentrado en la tarea, pero de vez en cuando se ajustaba la montura de sus gafas o se remetía la camisa por dentro del pantalón.
—Lentejas, salmón y espinacas —leyó Nuria—. Por aquí.
Cuando llegaron al pasillo correspondiente, Pedro se fue enseguida en busca de las legumbres, pero Nuria se detuvo frente a las latas de conserva. Recorrió el estante con la mirada. Alargó la mano hacia un hueco irregular entre los botes de melocotones en almíbar alineados y sacó un objeto que no encajaba. Se trataba de un peluche con forma de conejo, peludo y de color canela. Nuria lo contempló fijamente durante unos segundos y lo acarició con cuidado. Sin hablar, lo colocó en el carrito.
Al levantar la vista, encontró los ojos de su marido, quien la observaba desde el otro extremo del pasillo con un paquete de lentejas en la mano. Nuria mantuvo la mirada un instante más, luego giró el carrito y continuó su camino hacia la sección de pescado, y Pedro la siguió.
Nuria se cepillaba los dientes antes de irse a la cama. A su lado, Pedro terminaba de orinar. Sus codos se rozaban. El piso en el que vivían era pequeño y su baño no tenía más de tres metros cuadrados. Las baldosas, de un blanco neutro, reflejaban la luz amarillenta de una bombilla desnuda. Sobre el lavabo, bien ordenados, descansaban una taza con cepillos, un dispensador de jabón y un frasco de crema. El espejo, grande pero ligeramente salpicado, devolvía la imagen de dos figuras que parecían encajar justo en el espacio disponible.
—Recuerda que mañana tienes que recoger a Lucas del colegio. —Pedro miró a su mujer a través del espejo.
Nuria asintió y escupió en el lavabo.
—Lo sé, no hace falta que me lo recuerdes. —Abrió el grifo y enjuagó el cepillo de dientes.
—Qué buena mami eres. —Pedro abrazó a su mujer por la espalda.
Nuria se volvió entre sus brazos, tomó su rostro y lo besó con fuerza. Las manos de Pedro bajaron a sus muslos, la alzó y la sentó sobre el lavabo. El brusco movimiento hizo que tiraran el jabón de manos. La taza que les había regalado Mónica, la hermana de Nuria, en su último viaje a Marruecos, no sobrevivió a su caída.
—Espera, aquí no. —Nuria se bajó del lavabo frotándose la espalda baja, donde se había clavado el grifo.
Evitando pisar los trozos de cerámica, corrieron a la cama. El dormitorio estaba apenas separado del resto del piso por un pasillo corto. La cama ocupaba casi todo el espacio, encajada entre una pared y un armario de puertas correderas que no cerraban del todo. Sobre una silla se apilaba ropa doblada a medias. En la mesilla, una lámpara pequeña, un despertador digital y un libro abierto boca abajo.
Pedro llegó primero, apartó la colcha, los cojines y se tumbó. Nuria se subió encima de él, pero Pedro se revolvió. Nuria introdujo un brazo bajo su espalda y tiró con fuerza, trayendo consigo un conejo de peluche.
—Ahora sí. —La mujer besó de nuevo a su marido.
Nuria esperaba junto al resto de madres a la salida del colegio. El aire frío le rozaba la cara y hacía que su pelo, recogido en un moño, se moviera con algunos mechones sueltos sobre la frente. Aún llevaba su uniforme de enfermera y el resto de madres la miraban con amables sonrisas, aunque ninguna se acercaba a saludarla. Ella se mantenía de pie, intercambiando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra cada pocos segundos.
El sonido de la sirena rompió el silencio y los niños comenzaron a salir del edificio en manada. Unos caminaban lentamente, como si llevaran piedras en la mochila, y otros corrían con energía desbordante. Nuria apretó la mandíbula y se cruzó de brazos.
De repente, unos pequeños brazos le rodearon las piernas. Ella miró hacia abajo y abrazó al niño que apenas le llegaba a la cadera.
—¡Hola, cariño! ¿Qué tal el cole? —Nuria lo levantó y lo estrechó entre sus brazos.
—¡Bien! ¿Qué hay de comer? —El niño se metió el dedo en la nariz.
—No seas cochino, Lucas. —Nuria lo dejó en el suelo y le limpió los mocos con un pañolito—. Macarrones con tomate.
—¡Mi comida favorita!
—¡Pues claro! Venga, vamos, que se enfrían.
Nuria tomó al niño de la mano y se dirigieron hacia el coche, un SEAT Ibiza negro de 2016. La brisa movía las hojas caídas sobre la acera y el crujido de los pasos se mezclaba con el murmullo de los coches que pasaban por la calle. De camino a casa, el niño le contó una pequeña pelea que había tenido con una amiga en el recreo.
—Y me dijo que era imposible que tuviera dos hermanas, que ella solo tenía una, y que sus papás le habían dicho que todos los niños solo podían tener una hermana.
—¿Y tú qué le dijiste? —Nuria le echó un vistazo a través del espejo retrovisor.
—¡Que era una mentirosa! —Lucas hizo aspavientos con las manos—. Todo el mundo sabe que los papás pueden tener muchos hijos, como los conejos.
—Eso es verdad. —Nuria se rió con su respuesta y sujetó el volante con fuerza.
Cuando llegaron al piso, Pedro les esperaba con una olla a rebosar de macarrones con tomate y, como cada día que los preparaba, hizo de más. Nuria preparó la mesa y Lucas le ayudó. Cuando terminaron, el niño se sentó en la silla más alta, y Nuria se inclinó hacia él, sacando de su espalda el conejo de peluche que había comprado días antes.
—Toma, un regalo, por ayudarme. —Le entregó el peluche con una sonrisa.
Los ojos del niño se iluminaron. Tomó al conejo entre sus brazos y lo abrazó con fuerza. Pedro sonrió desde la encimera, mientras servía la comida.
Nuria estaba en la cocina, preparando café mientras Pedro revisaba unos planos sobre la mesa del comedor. La luz de la mañana entraba por la ventana y pintaba líneas rectas sobre las baldosas.
—Hoy no has hecho los deberes, sabes que me molesta, ¿no? —La sonrisa de Nuria no le llegaba del todo a sus ojos.
Pedro levantó la mirada, distraído entre los papeles, y la encontró observándolo. Nuria dejó la cuchara y cruzó la cocina a pasos decididos, acercándose a él.
—¿Ah sí? —Pedro se enfocó de nuevo en los planos—. Creía que estarías cansada de la guardia de ayer.
Sin decir nada, Nuria se apoyó en la mesa frente a él, inclinándose apenas.
—¿Tiene que ser ahora? ¿Enserio? —Pedro soltó un suspiro, pero se inclinó hacia atrás.
—Vamos, Pedro —murmuró Nuria—, deja el trabajo un momento.
El salón del piso estaba completamente recogido por la tarde. Nuria seguía con el pijama y descansaba en el salón de su casa. Sentada en el sofá, veía la tele con un bebé acurrucado entre sus brazos. De repente, la bebé empezó a llorar y ella la acunó con cuidado para calmarla.
La bebé no paraba de llorar. Nuria mantuvo su mirada en la puerta de la entrada unos segundos. La bebé lloraba más fuerte. Ella se levantó, recorrió todo el piso y cuando llegó de nuevo al salón, echó las cortinas. El salón quedó en penumbra, apenas iluminado por los rayos del atardecer que lograban colarse.
La bebé se agitaba con inquietud entre sus brazos. Nuria respiró hondo y se sentó de nuevo en el sofá. Con cuidado, se alzó la camiseta y se desabrochó el sujetador, liberando uno de sus pechos. Se inclinó hacia delante, se apartó un mechón de pelo de la frente, y trató de alimentarla.
La pequeña abrió la boca y tomó enseguida el pezón de la mujer. Nuria cerró los ojos con fuerza. La bebé succionó. Ella apretó los dientes. Pasaron unos segundos en silencio, pero la bebé se soltó del pecho y rompió en llanto de nuevo.
La puerta de la entrada se abrió. Nuria se recolocó rápidamente la ropa.
—Ya estoy en casa, cariño. —Pedro entró en el salón, con la mochila del trabajo en un hombro—. Hombre, pero si tenemos aquí a una artista. Vaya torrente de voz.
La pequeña lloró más fuerte.
—¿Podrías prepararle un biberón? —Nuria le lanzó una mirada desesperada.
Su marido asintió, dejó caer su abrigo y su mochila sobre la mesa del comedor, y se dirigió a la cocina.
La puerta automática se abrió y Nuria entró. Llevaba el uniforme de enfermera y un bolso cruzado sobre el pecho. Se escuchó el timbre de la puerta. La farmacia tenía estanterías altas llenas de medicamentos, productos de higiene y cajas de pañales. Nuria se dirigió hacia el mostrador y se colocó en la fila detrás de una pareja de ancianos. El farmacéutico salió del almacén con una pila de medicamentos que colocó frente a ellos: omeprazol, paracetamol, diazepam, enalapril y metformina.
Una mujer de mediana edad entró en la farmacia con un carrito de bebé. Se acercó a Nuria por la espalda y le dio un pellizco en la cadera. Nuria se sobresaltó y se giró.
—¡Mónica! ¿Qué tal? ¿Qué haces aquí? —Nuria sonrió.
—Nada, aquí, comprando pañales para la peque. —Mónica señaló al carrito sobre el que descansaba su bebé—. Esta cosa de aquí es una máquina de hacer caca.
Nuria se rió y miró hacia su sobrina. A sus pies, descansaba un conejo de peluche.
—Lucas me dijo que se lo regalaste —aclaró Mónica—, y él se lo regaló a su hermana.
—No pasa nada. —Nuria sonrió y se echó a un lado para dejar pasar a la pareja de ancianos.
—Tu turno, corre. —Mónica señaló hacia el mostrador.
—Pasa tú primero, no me importa. —Nuria sonrió.
—No, si no tengo prisa, tranquila.Voy a echarle un ojo a esto. —Mónica le sonrió de vuelta y se giró hacia la estantería de biberones, chupetes y botes de leche de fórmula.
Nuria se quedó quieta en el sitio.
—Su turno, señora. —El farmacéutico la llamó.
Nuria se giró y caminó hacia el mostrador. Sus pasos eran lentos, medidos. Colocó un pie delante del otro, deteniéndose entre cada movimiento. Su mano apretó la correa del bolso cruzado sobre su pecho.
—Dígame. —El farmacéutico sonrió.
Nuria respiró hondo.
—Un test de embarazo, por favor —dijo Nuria.
Mónica, detrás de ella, inclinó la cabeza hacia un lado. El farmacéutico tomó el producto del estante, escaneó el código de barras y le cobró. Nuria guardó el test rápidamente en su bolso, manteniendo la vista baja y los hombros encogidos.
Se giró y comienzó a andar con rapidez, lanzando un rápido «Tengo prisa, nos vemos, Moni» y sonriendo a su hermana, pero Mónica le bloqueó el paso. Nuria centró la mirada en el carrito donde descansaba el conejito de peluche.
—¿Todavía lo estás intentando? —susurró Mónica.
Nuria la miró y asintió.
—Nuri, no hace falta, ¿no te gusta cuidar de los míos?
Nuria apretó el bolso, sin responder. Mónica suspiró y se inclinó sobre el carrito, tocando suavemente a la niña.
—Los niños son una bendición, pero tienes cuarenta y ocho años, asúmelo.
Nuria observó a su sobrina y al peluche. Se acercó al carrito, e inclinándose un poco, tomó el conejo de peluche y se apartó. Sus pasos se aceleraron, atravesó la farmacia, y salió al exterior con el peluche entre sus manos y los ojos inundados de lágrimas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.