Rubén entra en casa. Adrián, su hermano, está terminando de almorzar en el salón. Rubén tiene veinticinco años y Adrián veinticuatro. Adrián es más alto y tiene más barba. Rubén saluda a Luna, aunque Luna pasa de él, y gira hacia la izquierda. Camina hacia su habitación. Adrián lo sigue con fijeza. Cuando llega a la habitación, vuelve la vista al plato de albóndigas. Mira el reloj. Va justo para el trabajo. Trabaja en una oficina. Termina con las albóndigas. Lleva el plato y el vaso al lavavajillas. Coge las llaves del coche, que Rubén las había soltado en la mesa. Se marcha. Baja en el ascensor. Se monta en el coche. Mete la llave. Mira el dibujito del depósito. Enciende el motor. El dibujito está rojo. Bufa. Golpea el volante con sequedad una vez. Sale del garaje con la vista clavada en el frente. Llega al trabajo. Habla con poca gente. Termina el trabajo. Llega a casa. Son las diez de la noche.
—¿Qué tal, hijo? —La madre lo espera tras la puerta. Ella es ama de casa.
—Bien. —Otea el salón—. Pero vengo con hambre. —Camina hacia la cocina. La madre lo persigue junto con Luna.
—Ahí tienes unos filetes. Se los ha preparado tu hermano. Han sobrado dos.
—No, mamá. —Abre el congelador—. Voy a calentarme un caldo, que lo tenía preparado.
—Hijo, se van a echar a perder. —Se pone en frente—. ¿De veras no los quieres?
—Mejor que los almuerce mañana Rubén. A él le gustan más que a mí.
—Él ya los ha probado.
—No, mamá. —Su voz es seca—. Para Rubén.
—Ay, hijo, cómo eres. —Le estampa un beso en la frente.
Rubén entra en la cocina. Adrián está comiendo. Se gira. Rubén se agacha y mima a Luna. Luna es como una mopa. Rubén se yergue y mira a Adrián, poco decidido.
—Dejé el coche a punto de la reserva. —En cuanto lo dice, se agacha y sigue con Luna.
—Ya le eché gasolina al salir este mediodía. —Sigue sorbiendo el caldo.
—Cuando pueda te la pago.
—No hace falta. —Sigue sorbiendo el caldo.
—Adrián, es que no encuentro trabajo.
—Bueno, pues cuando lo encuentres.
—¿Mañana te va a hacer falta? —Y pierde la mirada en el almanaque de la pared.
—Trabajo de lunes a viernes. —Con retintín—. Ya lo sabes.
—Vale, vale. —Lo mira a la cara, pero de nuevo se pierde la mirada en el almanaque—. Solo era por si descansabas por algún motivo.
—¿Alguna fecha que tengas planeada?
—¿Cómo? —Desconcertado.
—Que como miras tanto el almanaque…
—Ah. —Queda en pausa unos segundos—. No, solo estaba viendo cuánto queda para verano. —Clava la mirada, ahora sí, en Adrián—. ¿Trabajas en verano?
—Sí. ¿Por qué?
—Nada, por saberlo.
Rubén abre el frigorífico. Coge una copa de chocolate con nata. La abre en la encimera, que está en frente de Adrián. Rubén quita la tapa. Adrián interrumpe el viaje de la cuchara a la boca. Lo mira. Rubén tira la tapa a la basura, sin cuidado, la cual está bastante empapada de chocolate y nata. Luna arrima el hocico a la basura. Rubén resopla y el caldo se mueve de un lado a otro.
Adrián está terminando de almorzar. La madre abre la puerta. Llega cargada con cuatro bolsas, dos a cada mano. La comida del mes con la mensualidad de Adrián. Por la izquierda de Adrián aparece Rubén, con el pelo encrespado y los ojos hinchados. Son la una de la tarde. Bosteza y Luna lo ve, pero Luna decide seguir saludando a la madre. Rubén camina por delante de la madre. Adrián lo mira mientras deja de tragar guisantes. Rubén pasa de largo. Va a la cocina. Adrián se levanta y ayuda a la madre. Coge la bolsa que tiene alimentos fríos y la lleva a la cocina. La pone encima de la mesa. La vacía. Rubén está apartándose los filetes. Rubén se gira. Mira a Adrián, que lo ignora, como si no lo hubiera visto. Rubén le ayuda. Saca las natillas con lentitud del cartón una a una. Mientras tanto, Adrián conduce a buen puerto el resto de alimentos. Rubén explora la comida comprada. La madre aparece, con gesto cansado.
—¿Entras hoy a la misma hora?
—Sí, mamá.
—Bueno, hijo, hoy ya es viernes.
—Esta noche podemos ir a cenar a algún lado los tres. —El rostro es feliz.
—Adrián… me duelen mucho las rodillas. Ya lo sabes. —Entrecierra los ojos—. Yo no tengo ganas. Y justo hoy hemos gastado en la compra.
—Venga, mamá, y después nos comemos un helado, de esos que te gustan a ti. Nata con piñones. Olvida el dinero, que una vez cada dos meses no pasa nada.
—Ya, hijo… Pero, de verdad que no, cariño. —La voz gana vida—. Ve con tu hermano.
Adrián vuelve a la mesa. Termina de comer los guisantes. Se marcha al trabajo. Advierte que el nivel de la gasolina está por debajo del que él lo dejó ayer al llegar a casa. Se enciende en el coche una emisora religiosa que habla de los diez mandamientos. Cuando la voz femenina pronuncia el quinto, acelera. Llega al trabajo. Un compañero le ofrece un café antes de comenzar. Acepta.
—Por fin viernes. —Suspira.— Ya mismo estamos en la playa.
—Sí. Ya queda menos.
—Oye, ¿te has enterado de lo de Mario? —Mario es el conserje. Un hombre mayor, afectado de las piernas, operadas en tres ocasiones.
—No. —La incertidumbre aviva la voz de Adrián—. ¿Qué le ha pasado?
—Al parecer, se cayó ayer de camino al baño en su casa, y se ha roto la cadera.
—Vaya… ¿Y se sabe cuánto estará de baja?
—Joder, Adrián. —La voz le sale con la risa—. Deja al pobre hombre descansar.
—Lo pregunto porque es un hombre muy activo. —La tristeza se apodera de su gesto y voz—. Lo va a pasar mal el pobre en la cama.
El día en el trabajo es uno más: presionar el teclado y mirar el reloj. Algunos compañeros salen al bar de la calle a tomar la merienda. Él se queda en la silla, recostado, dando a las teclas a ratos y perdiendo la mirada cada otro tiempo en los gorriones y las nubes.
Adrián llega a casa. Va a la cocina. Allí está la madre. Niega con la cabeza el plan de los helados. Adrián regresa al salón, lo cruza y se dirige al cuarto de baño. Apunta a la porcelana mientras Luna serpentea entre sus piernas. Busca que la acaricie. Termina. Sale del cuarto de baño. Se paraliza frente a la bifurcación que edifican el salón y la habitación de Rubén. Se dirige a la habitación de Rubén. Abre la puerta. Rubén fuma en la cama. Luna se va al salón.
—Oye, ¿puedes hablar un momento? Tengo buenas noticias
—Dime. —El gesto es de desconfianza—. ¿Qué pasa?
—Se ha quedado una vacante en la oficina.
—¿Eres muy gracioso, no?
—No, joder, que te lo digo en serio. Se ha jodido el conserje. —Mira hacia abajo—. Cadera rota.
—Ah. —Asimila de nuevo la noticia.
—Ese puesto es tuyo. Ha sonado la campana.
—¿Seguro? Digo yo que habrá alguien pensado para cubrir la baja.
—No te preocupes. Conozco a quien manda. Ese puesto es tuyo. En un par de días te sabrás desenvolver. Ya podrás coger el coche sin hacerlo a escondidas.
—¿Cómo dices? —El rostro se vuelve rojo.
—Y hacer en verano el plan que estés pensando. ¿Madrid, Barcelona? Sitios muy bonitos. Te los recomiendo.
Lunes. Adrián llega al trabajo. Habla con el superior un rato. Trabaja como de costumbre, pero sus movimientos son más vivos. Hoy sí sale a tomar café. Llega a casa.
—Rubén, mañana mismo entras. —Le da un toquecito en el hombro—. En el mismo horario que yo, de tarde. Por la mañana no hace falta.
—Pero… ¿sin entrevista y sin nada?
—Eso es. Tu hermano es tu hermano, y te facilita las cosas.
—Joder, pues muchas gracias. —Se acerca, dubitativo, con intención de darle un abrazo. Adrián se da la vuelta. Rubén se queda con cara de tonto.
Al día siguiente, almuerzan juntos en el salón. Luna pide comida a Adrián y ladra a Rubén a intervalos. Comen lentejas. La cara de Adrián es sonriente. La de Rubén no se queda quieta. Hablan poco. Solo habla Adrián. Le comenta a Rubén que el trabajo es fácil: pulsar el botoncito cuando los empleados llamen al timbre, atender a quienes acudan a pedir algún tipo de información y descolgar el teléfono para llevar las copias impresas a los trabajadores.
—Algunos suelen tomar el café en el bar de la calle, pero yo prefiero el de la máquina de las oficinas. En tal caso, debes llevármelo cuando te pegue un telefonazo. El camino es corto.
—Vale. —Bebe agua.
—Y venga, que vamos a llegar tarde. —Adrián se levanta de la mesa. Acude al lugar donde suelen estar las llaves del coche. No están. Rubén observa la escena.
—Están en mi riñonera. Ayer salí por la noche con unos amigos a hablar una cosa.
—Pues tirando, que a partir de ahora conduces tú todos los días.
—Ay, hijo. —La madre se acerca a Rubén para darle un beso y despedirse de él. El rostro es genuino. Lo besa—. Qué bien que trabajéis juntos. —Bromea pasando la mirada de uno a otro—. Ahora me quedo solita.—Se dirige a Adrián. Lo besa también—. Y cuida de tu hermano. —Mirando con ternura a Rubén—. El pobre está nervioso.
—Sí, mamá. —Le quita el flequillo del pelo—. No te preocupes. Todo está controlado.
Aparcan. Se dirigen al trabajo. Rubén ve a una mujer con un perrito pequeño que se parece a Luna. Adrián camina por delante de Rubén, quien se esconde tras su cuerpo. Adrián acelera el paso. Se crea entre los dos un hueco mayor. Rubén deja de contemplar al yorkshire, y aumenta la zancada y se sigue acomodando tras la espalda de Adrián. Llegan a la puerta del edificio. Abre Adrián tres cerraduras tras equivocarse varias veces. Le dice que es una lata tener que hacer eso todos los días, que menos mal que ya tienen conserje. Rubén calla. Adrián esboza una sonrisa pícara. Entran en el edificio. Adrián le da en la espalda con la palma y, con una sonrisa, lo mira. Extiende la mano y le dice que pase.
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