Hoy descanso
Germán y Regina vinieron de la iglesia. Germán solía alzar las manos al cielo cuando apagaba el taxi.
Abrió la puerta. Les gritó a José y a Pablo.
—Aprovechen a ver la televisión ahora que pueden.
Los niños corrieron directo a encenderla. Estaban con los ojos abiertos y sin parpadear.
Por su parte Germán entró al cuarto con una Regina arreglada, olorosa a perfume y joyas sobre su cuello.
Ya colorado y con el cuello sudado volvió a la sala y apagó la tele.
—Váyanse a hacer la tarea.
Se sentó en su sillón y comenzó a ver el fútbol
Regina salió en pijama y con el cuello desnudo. Comenzó a cocinar algo que hacía burbujear la cacerola que impregnó la casa con un olor a azafrán y romero.
—¿Ya terminaste de arreglar la puerta del patio?
—No molestes, hoy descanso. —Apoyó la cabeza contra sus manos alzadas, se movía en cada jugada y gritaba cuando su equipo perdía el balón.
—¡Nada! ¡Se cae de hambre y encima protesta!
Regina empezó a servir los platos con la mirada puesta en la pantalla.
—¿Cómo van?
—Ya sabes que van perdiendo. No preguntes.
—Ya ven que se enfría, diles a los niños que se sienten en la mesa. —Germán sin apartar la mirada se levantó y se asomó a la puerta para llamarlos con un grito.
Se puso la chaqueta. —Voy a salir.
Regina solo lo miró sin decirle nada, estaba lavando la ropa.
—Hoy es domingo.
—El domingo es para descansar. El fin no me da.
Conduciendo encendió el aire acondicionado—. Está de la fregada el calor.
Entró a la cantina y se pidió lo de siempre: “dos muertas para la calor”.
— ¿Qué haces aquí gero? —Eduardo limpiaba los vasos.
—Hoy es domingo.
—¿Y que, ya el cuerpo no descansa o que?
—Cállate y tomate una conmigo.
—Oye tu vecino es don Armando ¿verdad?
—Sí. ¿Qué tiene o qué?
—¿Te cae bien?
—Pues medio lambiscón. Ya dime.
—El otro día… pero no te vayas a enojar.
—No, tú sabes que yo no me enojo.
—Te sale espuma por la boca nada más. —Hizo una pausa —. Va a ver a tu señora cuando vas a la chamba.
Germán se quedó serio. —Ese infeliz. Caras vemos…
—Si ves que vuelve a ir a tu casa, fíjate en cómo se le queda viendo a Regina y vas a ver.
Germán tomó varias veces «una más», hasta que le dieron casi las diez de la noche.
En su taxi que zigzagueaba llegó a casa. Las luces estaban apagadas. El alzó la voz.
—¿Dónde están todos? ¡No me van a dejar hablando solo!
Regina salió corriendo en pijama y comenzó a prepararle unos panes secos con mantequilla.
—Tú sabes que la mantequilla en la noche me hace mal. —Empujó el plato.
—¿Te preparo huevos?
—Mejor.
—¿Quieres que te los prepare o los preparas?
Germán la volteó a ver abriendo los ojos con fuerza. —¿Tú qué crees? —Soltó una risa seca.
—¡Huevón!
—Germán se alzó de cuerpo entero—. ¿Cómo me dijiste?
— ¡No dije nada! ¡Ya siéntate!
—Mira Regina, no te andes con cosas. Dime la verdad. ¿Todo bien?
—Sí. Tú te ves más enojado y borracho y no te digo nada.
—Hoy descanso y ando de buen humor, déjame cenar a gusto. También te veo más alegre.
—Le dije a don Armando para ver si puede arreglar el portón. —Sonaba el chillido de los huevos en el aceite.
Germán miró por la ventana. —A ese hombre no lo quiero aquí.
Regina solo lo volteó a ver de reojo. —Pues yo ya le dije.
—Solo te aviso: tengo ojos en todos lados y me entero de todo. —Regina guardó silencio y emplató los huevos. —Ahí están y ya no jodas.
Alguien tocó la puerta. Germán fue a abrirla. Era don Armando.
—¡Vecino! ¿Está doña Regina? Me comentó lo del portón. Ahorita ya es tarde, pero vengo a medir.
—Pásele.
Don Armando miró hacia abajo al cruzar la entrada. —Permiso.
Germán la miraba gesticulando insultos.
—Hola don Armando. Ahorita Germán está cenando. Mire esta es la parte del portón para que vaya viendo. Para que nos diga que va a necesitar para arreglarlo. —Ambos se quedaron en el patio y Germán solo masticaba. Los escuchó hablar hasta que hubo un silencio.
Hizo una pausa en su masticar para oír mejor. Se levantó y se asomó al patio. Vio a su esposa y a don Armando reír juntos. Hizo una mueca con los labios y se le puso la cara roja. Miraba a don Armando.
Regina entró manteniendo una sonrisa a servir un vaso con agua. Germán azotó la mesa.
—Ya me jodieron pues.
—Germán no vayas a hacer una tontería.
—No si yo no hago tonterías, no tengo problema.
—Mire ya me voy. —don Armando se despidió con la voz temblorosa. Germán tenía un machete en su mano. Raspando el suelo.
—¡A dónde vas! —Germán empezó a seguirlo en la calle.
—Esta gente es salvaje, solo así entiende. —Corría y Regina gritaba desde la entrada de su casa pidiéndole a Germán que se detuviera.
Germán regresó con algunos raspones—. Ese no regresa.
—¿Lo mataste?
—¿Tú me crees capaz de matar? Mejor déjame dormir que mañana trabajo.
—Casi llamo a la policía por tu culpa. Eres un salvaje
—¿Ya vas a empezar? No tienen nada que estar hablando él y tú. Seré muchas cosas Regina, pero tonto no soy. ¿Con que descaro me hacen eso? Encima que hoy descanso.
—Estás clínico, y trastornado que es otra cosa…
Esa noche no durmieron en la misma cama. Durmió en la sala.
Subió a su taxi y comenzó a ruletear.
Una mujer mayor y un joven le hicieron la parada y empezó a conversar.
—¿Sí vio lo que pasó ayer?
—Ayer descansé, ¿qué pasó?
—Agarraron a planazos a mi cuñado en esta colonia.
—¿En esta donde vamos pasando?
Sí justo en esta.
—¿Cómo está su cuñado?
—¡Lleno de moretones! -El joven lo miraba sin cesar—. No nos quiso decir cómo ni quien fue. Además, ya era tarde. Pero eso le pasa por andarse desapareciendo quien sabe dónde, a veces de día y otras de noche. ahí nos tiene preocupados, encima que ruletea una combi.
Mientras manejaba lo vio de copiloto en una combi y le pitó.
—¡Ya te vi cabrón!
Don Armando le lanzó el café que estaba tomando por la ventana y le dijo cientos de maldiciones antes de arrancar con el semáforo en verde.
Ese día había calor, pero Germán pasó de largo la cantina, fue directo a su casa. Al bajarse entró gritando el nombre de Regina. La casa estaba vacía, ni ella o los niños. Le marcó por teléfono y no entraba la llamada.
—Ya se le pasará, siempre vuelve.
Germán dobleteó. Al día siguiente se vio con Eduardo quien no creía todo lo que le decía que había hecho—. ¿En dónde están?
—Se habrán ido con su suegra a Tierra Colorada. Estoy ganando dinero como para llevarlos a la plaza y luego al cine el fin de semana que yo creo que regresan. Siempre regresa los fines de semana.
El sábado, no era ni medio día y ya había hecho lo de un día entero.
Con el semáforo en rojo, estaba a su lado una combi. La manejaba don Armando.
Se bajó en medio del embotellamiento y le empezó a patear la puerta.
—A ver si ahora te haces valiente. ¡Cobarde!
Germán tenía un bate escondido para emergencias. Le temblaban las manos, lo miraba sin parpadear.
Le rompió el espejo. Germán salió con el bate y don Armando se calmó cuando amagó con golpearlo.
—Allá en el hospital deberías de andar.
—Deja ese bat y vamos a darnos bien. —Germán le jaló la playera y don Armando le dio golpes en las costillas. Al principio eran rápidos, pero con el calor se fueron llenando se sudor y de fatiga.
Los demás autos pitaban. Estaban deteniendo el tráfico en avenida universidad en hora pico.
—Por eso tu esposa te dejó. —Germán lo empujó contra la puerta de su taxi.
La vida de don Armando fue salvada por el sonido de una patrulla. Los humos de ambos se bajaron.
Llegó el oficial de tránsito. La gente chiflaba. Entre los dos le dieron más de la mitad de lo que habían ganado ese día.
Germán lleno de moretones llegó a su casa sin hacer ruido a pesar del dolor y de estar solo. Se acostó en el sillón y encendió la tele.
Se compró varias latas de cerveza y una botella de whisky. Se bebió todo hasta quedarse dormido en el sillón.
Escuchó ruidos que venían del portón que no servía. Se veía la silueta de una mujer. Germán intentó incorporarse, pero volvió a caer sobre el sillón. Tenía la lengua pesada y solo balbuceó algunas palabras.
Detrás de ella estaba la silueta de un hombre. Vio que agarró el machete con el que había golpeado a don Armando. Ambos lo miraban y se decían cosas al oído.
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