Brahmán
Desde el día de la exposición ganadera, cuando Román lavaba la mierda de brahmán y vio a Laura acercarse acompañada de su familia, deseó casarse con la menor de los Mendoza.
Ese destino lo cambió Alfonso chico, al volver de Estados Unidos graduado en derecho.
Pasó en una fiesta, que Don Alfonso organizó en el rancho. Había contratado marimba, flauta y cantantes para toda la noche. Dentro de los invitados, estaba la familia de Laura.
Ahí los presentaron. Alfonso adoptó como de su propiedad los ojos felinos de Laura y ella su carácter recio.
Los trabajadores del rancho no estaban invitados, pero Román que limpiaba el establo, aprovechó para escabullirse «¿Está don Alfonso?» y ver una vez más a Laura.
—Hola. No sabía si ibas a venir.
—Yo menos.
Había algo en Román que le atraía a Laura, la única explicación era su sangre joven.
En los encuentros que tenían, Román sostenía los planes a futuro. Le ocultaba la certeza de que solo él sabía cómo administrar el dinero de los Mendoza y gestionar los miles de hectáreas llenas de cabezas de ganado.
Sin embargo, un: «Me casaré con Alfonso». Bastó para acabar con la planeación.
Desde antes que los presentaran a fuego lento se había estado cocinado la aprobación de las familias. Laura nunca se lo dijo a Román, ni eso, ni que su amor solo era efervescencia pasajera o que la boda con Alfonso llevaba tiempo planeándose.
A Román no le quedó más remedio que casarse con la prima de Alfonso, Rita, una versión menos rica y menos del gusto de Román, pero con casi la misma cantidad de dinero que la familia Mendoza. «Te viene bien». Ella rozaba los cuarenta. Para alguien que perseguía la fortuna como los insectos a la luz, fue su gran oportunidad para ser parte de la familia.
Terminó como un terrateniente más.
Los encuentros casuales se prolongaron con los años. Ya no era más efervescencia, se convirtió en un hábito que le nutría. A diferencia de Alfonso, Román solo le decía lo que quería escuchar.
Alfonso se fue a vivir a Ciudad de México, por un puesto en el Congreso. Se llevó consigo a Laura.
Román castigó a su corazón con alcohol de burdeles y noches de cantina. Pernoctaba hasta el amanecer, en parte por el supuesto amor por Laura y en otra parte, por costumbre.
Se decía hombre de una sola: de Laura. Con el alcohol encima hacía el amor, esculpiendo en la oscuridad a Laura y solo así entregaba todo. Reviviéndola a como la recordaba, con el vestido de flores y olanes del verano.
Al despertar; el olor, las sábanas y el calor de sus cuerpos, lo regresaban a la realidad, a Rita.
Solo el recuerdo de limpiar la mierda de brahmán lo hacía no arrepentirse de lo que había hecho.
Desde esa misma Ciudad de México que se había llevado a Laura, llegó la noticia que había muerto. Cayó mal en todos, se escuchaba silencio en las reuniones, los propios y extraños compartían el dolor. Román solo sabía lidiar con ello llenando los espacios de alcohol. Se perdía y volvía a aparecer cada cuánto. Lo único que lo hizo no desaparecer por siempre fue que una carta que Rita recibió. Era de Alfonso desde Ciudad de México. Ahí entre tantos detalles, le pedía a aquel infeliz matrimonio su presencia en un rezo que iba a ofrecer.
—¿Por qué hasta allá?
—Ha de seguir dolido.
Para mí que él tuvo algo que ver.
—No seas desgraciado Román, ¿Cómo vas a decir eso? Falleció en un accidente de coches.
A mí me huele mal.
—No te oigan mis tíos.
Tomaron los trenes hasta llegar aliviados por el ajetreo. Los recibió una de tantas tardes de julio. «¿Cómo te fue? ¿bien?» Al bajarse en el patio, una casa inmensa en el Pedregal los recibía imponente.
—Así que cuéntenme, ¿Cómo ha estado todo por allá?
—Pues todo bien… —Rita quiso responder, pero Román la interrumpió.
—Uno ya no sabe nada de allá, éste como ya no limpia la porquería del ganado se olvida de la familia. —Román fingió reír—. Desde que Laura se fue ya no cuento los días igual. Pero siéntense, llegaron justo a tiempo para comer. ¿Qué se les antoja? A mí una buena milanesa. ¡magda!... —De la cocina salió una joven, que escuchó con atención lo que Alfonso le decía al oído. La joven se fue a la cocina, hasta que regresó con tres platos.
A él y a Rita le habían servido milanesas, a Román un caldo de frijoles.
—Más tarde viene doña Esperanza.
—¿Y doña esa quién es?
—La rezadora.
—Tengo la duda de que si nada más vamos a ser nosotros
—Lamentablemente sí, nadie más.
—Es una pena Alfonso, pero no pasa nada, con la familia basta y sobra.
—Sí Rita, te agradezco. Igual, aprovechando que estamos en confianza, hay muchas cosas que uno no conoce, que he podido descubrir estos días que he estado de luto. Cosas que uno no se explica.
—¿A qué te refieres?
—Una de tantas ha sido ver que ahorita ya se puede hasta hablar con los muertos.
—¿Qué clase de muertos? —Rita le dio un codazo a Román para callarlo. Alfonso sonrió y se mordió el labio mirándolo fijamente.
—Me vas a decir que te da miedo.
—Le tengo más miedo a los vivos.
—Yo más a los muertos… pero de hambre. Es broma. —Ahora Román fue quien se mordió el labio.
Después de cenar, ambos se fueron a dormir. Román se despertó sudado con la marca del colchón en el rostro. Al mirar al frente vio a una señora en el marco de la puerta.
—Tienes ojos de hambre.
—Oye Alfonso… mira lo que me está diciendo tu muchacha. —A Román no le gustaba entablar conversación con las sirvientas, a pesar de que su madre había sido muchos años una. «Hijo ayúdame a cargar las bolsas».
—Ella es doña Esperanza, la médium. —Desde la sala.
—¿La qué?
—No te preocupes hijo, las ofensas no existen. No hay problema. Vine a llamarlos para que bajen a sentarse en la mesa. —Al bajar todos se acomodaron en una mesa circular.
—Oye Alfonso, ¿y ahora que se traen?
—¿No te dije? Vamos a hablar con Laura.
—¿Es en serio?
—Sí y mucho. Hace unos días pude hablar con el abuelo. Y queda pendiente hablar con Laura.
Rita solo miraba a Román esperando su reacción, para seguirle la corriente.
La sesión comenzó tomándose de las manos y cerrando los ojos.
Las manos de todos se agitaban sin parar. Román sentía como el corazón le azotaba el pecho.
—Alfonso, amor, ¿eres tú de quien veo la luz? —Doña Esperanza comenzó a hablar con los ojos cerrados.
—Sí Laurita, aquí estoy, háblame.
—Aquí donde estoy yo… Es momento…
—Dinos cómo moriste. —Interrumpió Román
—Me quitaron la vida.
—¿Quién te mató? —Solo se quedó en silencio—. ¿Alguien de aquí te mató?
—Sí.
—¿Puedes señalarlo? —Román solo volteó a ver con los dientes apretados a Alfonso. —Doña Esperanza comenzó a convulsionar y Alfonso tomó sus hombros hasta que se detuvo.
—¡Nadie la toque! ¡Román! ¡trae agua, rápido!
Rita rezaba todas las oraciones que sabia.
—Cállate Rita, has de ser tú la que cebó la sesión.
—¿Sabes por qué lo hice con ustedes aquí?
Porque yo sé que ustedes eran, no sé… cercanos. ¿sabes?
—Bueno, creo que Rita y yo éramos cercanos a ella.
—De hecho, me refiero a ti.
—Ay Alfonso no andarás pensando mal de tu difunta esposa…
—No estoy hablando contigo. A ver, contesta. ¿Qué se traían?
—Mira Alfonso, entiendo que estés triste, todos lo estamos…
—No cambies el tema. Se hombre.
Román alzó la mirada al candelabro—. No, no sé de qué hablas. —Regresó a mirar el candelabro en el techo, como brillaba a pesar del tamaño del lugar.
—¿Y si te muestro esto? —Alfonso sacó un paquete de cartas, que se las lanzó una a una en la cara.
—¿Ya te acuerdas? —Le dio una bofetada seca que hizo eco.
—¿Cómo está doña Esperanza? ¿Ya podemos retomar?
—Ya. —Se levantó a la cocina.
—Excelente.
—Alfonso, creo que debes calmarte…
—¿Tú te calmarías si tu esposa te quisiera matar? ¿Encima para huir con un pobre diablo? Perdón, deja se lo pregunto a ella. —Alfonso giró. —¿Qué dirías Rita?
—Alfonso... ¿Cómo murió Laura? —Román se comenzaba a hacer para atrás.
—Pues hay que preguntarle. —Alfonso fue a la cocina a llamar a Doña Esperanza.
—Yo no voy a seguir con esto, vámonos. —Tomó la mano de Rita.
Doña esperanza se sentó a su lado.
—Alfonso, ¿cómo murió Laura?
—Por culpa de un pobre diablo como tú, por eso.
Doña Esperanza cerró los ojos, al decir que sintió la presencia de algo.
Rita se levantó a recoger las cartas y las comenzó a ojear.
—Algo está aquí, es una presencia femenina.
Rita leía las cartas. Lágrimas brotaban de sus ojos.
—¿Usaba un vestido blanco de flores?
—¡Sí es ella! —Al mismo tiempo.
—¿Cómo murió? —A Román se le rompía la voz.
—Caída, gritos, pelea…
—Doña Esperanza… —Alfonso se apretó la cabeza.
—Garganta, dos manos.
—Doña Esperanza, por favor…
—¡Auxilio!
—¡Cállese!, ¡cállese ya! —Román se interpuso entre él y la señora.
—Eso es lo que queda de Alfonso. —Doña Esperanza señalaba a un hombre sulfuroso, que renegaba y maldecía en el suelo.
Rita se puso de pie sin dejar que nadie la detuviese, salió por la puerta y no volvió hasta que tomó un taxi.
Desde la exposición ganadera en la feria, Rita Mendoza, tuvo a su disposición tantas cabezas de res para toda una vida. Ahora cuando los peones limpian la mierda de los brahmanes. «Limpien bien y no se van hasta que acaben». Recuerda un desagradable pasado.
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