lunes, 6 de abril de 2026

Relato 2 de Miguel Quezadas Barahona

 No como la flor 

 

Adela abre la puerta del auto sin decir nada. Ha esperado a su padre bajo el sol de abril. 

—¿Ya hablaste con Costa? —Acomoda la ventila de aire acondicionado para que le dé en el rostro.

—Ya, me dijo que hoy puede, ¿tú puedes? 

—Sí, ya le mando mensaje entonces.

Adela desde niña ha visto por televisión la elección de la flor. Fantasea con estar ahí y verse en un vestido de lentejuelas plateado iluminando todo.

—Es una pena que haya fallecido Don Jaime, que bonito discurso te había escrito. —No deja de mirar al frente.

—Tú sabes que nada más lo hacía porque era tu compadre. —Saca su celular y comienza a ver sus redes sociales.

—El siempre escribió buenos discursos.  —Lo escucha sacudirse la voz.

—No para quien quiera ganar de verdad. —Apaga el celular y ve a los ojos a su padre quien no la sigue con la mirada.

—Hija, tú sabes que la ganadora depende de muchas cosas más, no solo del discurso.

—Pero ya lo has visto. La euforia de ese momento, todos mirándote, siguiendo tu voz, lo que dices y lo que representas. ¿Te imaginas que se me olvide? Me arranco un dedo.

—Eso no va a pasar. Costa es bueno.

Ve en los postes y paredes de terrenos baldíos fotos de embajadoras de todos los diecisiete municipios, pero entre todas, resalta el suyo. Adela María Montero Paz, embajadora. Se ve a sí misma con el framboyán en la oreja, la mirada segura de una joven de ojos almendrados, ganando la flor de oro.

Se baja del auto y se dirige a su salón. Toma algunas fotos y las sube a sus redes. Ahora tiene miles de seguidores, antes nadie en el estado sabía quién era. Entre clase y clase, le piden fotos, se despiden de ella diciéndole que va a ganar. No reparan en elogios.

Sale de clases y toma un Uber a donde vive Antony Costa. Él es quien a último momento han llamado para ayudarla con el discurso. Espera en la puerta. Mientras se quita la cutícula de las uñas, lo hace en momentos así desde que tuvo su primer concurso a los ocho años. Abre la puerta. Costa y ella se saludan. Ve su mirada inquieta. Sus ojos se mueven de un lado a otro cuando escucha. Adela se obliga a confiar; después de todo, su familia no habría pagado a un extraño si no fuera por una buena razón. Solo así se convence para no dudar.

Se colocan en su despacho. Una pequeña oficina donde dirige entre otras cosas a su escuela de actuación. Encima de su cabeza ve retratos al óleo de las embajadoras que él ha preparado.

—Tu padre me dijo que tenías algo que decirme, te escucho ¿Cómo sientes el discurso? —Antes que Adela conteste la interrumpe—. Ya lo leí y está muy bonito. Perdón continúa…. Ese don Jaime sabía cómo escribir. Que Dios me perdone, pero se quedó chapado a la antigua. Igual ya las fuerzas no le daban. En fin, acompáñame que vamos a practicar.

Costa y Adela entran a un cuarto lleno de espejos que podría ser un salón de ballet.  Saca la hoja donde está plasmado el discurso.

—Vamos a comenzar entonces, quiero ver como andamos y ya después sobre eso ir puliendo—. Adela lo lee como se leería un memorándum mientras se quita la cutícula de las uñas. Costa toma el papel y comienza a darle instrucciones.

—Vamos a darle más fuerza aquí y aquí. También aquí. En el cierre es donde debes explotar. Es cuando debes dejarlos con ganas de más. 

Adela raspa la cutícula de su uña. Repite el discurso y le da más fuerza «ahí y también allá». Explota en el cierre, sabe que puede hacerlo mejor.

Costa le pide que ahora intente decirlo sin leerlo, a pura memoria.

Le da unos minutos para repasar mientras sale a fumar. Ella intenta memorizarlo, pero las palabras se le van volando. Prefiere asomarse por la ventana y llamarlo desde ahí, diciéndole que está lista. Ignora por completo verlo hablar solo.

Vuelven a practicar, pero termina diciendo lo mismo que la vez anterior, se queda en silencio intentando recordar algunas oraciones. Costa la toma de los hombros y la encara. 

—Adela, tienes que aprenderte el discurso, es de las partes más importantes. No quiero meterte presión, pero no lo tienes bien dominado. 

—Don Jaime me tenía más calma que usted. 

—Adela, yo te puedo tener toda la calma del mundo, pero no se te puede olvidar y toco madera para que eso no pase. Ya sabes cómo es la gente de cruel. Quiero que cuando llegues a casa te relajes, cierres tus ojos y visualízate…

—Si lo haré.  —Le llega la imagen de las anteriores embajadoras que se han equivocado en el discurso, que han añadido incoherencias o que se quedan en blanco frente a todo el estado.

Adela sale a beber agua. Su cuello está tenso y se truena todas las cutículas. Piensa en sus años de escuela donde se aprendía poemas para recitar en el homenaje, esa memoria no está.

Regresa a intentar decirlo una vez más. El sonido de una camioneta que se estaciona llega a interrumpir. Se baja Adalberto Gamboa, hijo del gobernador.

Como siempre su forma golpeada de hablar y de dirigirse a ella la incomodan. Al acercarse le invade el olor a perfume.

—Adelita ¿Cómo estás?  —Le sonríe sin quitarse los lentes de sol. Ella detesta que la llamen así. A como puede finge la sonrisa que desde hace años ha practicado, para gente como él. 

—¿Está Costa? ¿Estás ensayando? —Se quita los lentes y saca su teléfono.

—Sí, ya casi acabamos. —Se raspa la cutícula una vez más antes de querer entrar a seguir ensayando.

Costa sale antes. —¿Cómo andamos Betito? —Se abrazan con fuertes palmadas en la espalda. 

—Oye Costa yo quiero saber como va Adelita. ¿Ya está lista para ganar?

—Ya, hay que decirles que le den la flor de una vez.

—Es que con todo el respeto que se merecen las demás, pero yo creo que Adelita es la más guapa. Adelita la bonita hay que decirle.  ¿Verdad Adelita? —Ella solo asiente con la cabeza y con su sonrisa de porcelana le agradece.

—Pero para eso hay que practicar bien el discurso, ¿verdad?  —Costa la mira con seriedad.

—¡Cuál practicar!, tú nada más ponte el vestido más caro que encuentres, camina derechito y pelas esos ojazos que tienes. Tu puro reírte y mandar beso. Cualquier cosa te paso mi número. Por si ocupas un favor o algo, con confianza me dices.

Adela se despide con el intestino a punto de inflamarse por el estrés.  Toma un Uber y se mira los dedos que están rojos por haberse raspado la cutícula. Sabe que tiene que aprenderse el discurso, con todas las inflexiones, pero lo sigue olvidando. En casa se encierra en su cuarto sin poder pasar de la mitad. Le parece que es una manera cruel del destino de autosabotaje. Todo eso gira en su cabeza hasta que el sueño se presenta, solo le queda cerrar sus ojos y con meticulosidad quirúrgica obedece la consigna de Costa: Se aprenderá el discurso, con todas las pausas dramáticas e impostaciones.  La siguiente semana se probará el vestido que iluminará a todo el público el día del evento. Se preparará en todo lo posible. En un mes, cuando sea la concentración del hotel con las otras de los dieciséis municipios, se hará amiga de Cárdenas y Villahermosa. No se llevará bien con la de Macuspana por tronarle los dedos a los meseros y por mentir sobre vivir en Tabasco. Irá a todos los eventos programados, visitará a las casas y albergues en la medida de lo posible.  No olvidará tampoco el día de los carros alegóricos con las canciones que sonarán estando ella encima de un enorme armadillo, hecho de hojas de coco y guano. 

Saludará a todos y lanzará playeras, dulces y termos. Bailará todo ese día al ritmo de la marimba y la flauta dulce hasta ver al sol ocultarse, desde su salida en el malecón hasta llegar a la ciudad deportiva, hasta ver sus pies hinchados y sus tobillos fatigados de calor y esfuerzo. El día de la elección de la flor estará entre las finalistas. En el discurso habrá de entrar triunfal con las primeras líneas y en el punto de mayor éxtasis, con las luces de las cámaras, con ajetreo y euforia, el sonido de los tambores cesa, pero ella está en blanco. Contempla el momento, pero de su boca no sale nada. Sonríe y alza la mirada. Al bajarla entre las mesas de invitados de honor nota a su padre mirándola directamente, entrecerrando los ojos. Le ha fallado. Algunos silban y otros aplauden para darle ánimos, pero a ella solo le queda disculparse ante la gente y retirarse a camerinos. Nombran a las finalistas y no escucha su nombre, sabe que perdió y se despide del escenario, ve la mirada de Costa de reojo, pero no se la sostiene. 

Anuncian a la ganadora, suena la marimba y cae confeti del cielo. Todas se felicitan sin importar si fueron eliminadas. Adela se aparta. Se ve a sí misma, radiante, brillando con su vestido de lentejuelas. Comienza a quitarse lo poco de cutícula que le queda. Alza la mirada y ve a Macuspana festejar ser la ganadora. Se sigue quitando tanto que comienza a ver sangre en su dedo. Las demás concursantes la abrazan. Adela rompe en llanto, y como pueden le dan vendas para su dedo, para consolarla por el dolor.

 

 

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