Ignacio permanece semitumbado en la tumbona con la mirada perdida en los niños que juegan en la piscina. Uno, de pronto, salta gritando «¡bomba!», y el impacto hace que las gotas vayan a parar a su cuerpo, que recién acaba de secarse. Entonces deja de tener la mirada perdida y, luego de ser refrescado en un septiembre sevillano tan caluroso, se percata de que sigue con el oído izquierdo taponado. El niño del salto es Enrique, sobrino por parte de su única hermana, Andrea. Al verle asomar la cabeza, hace ademán de darle un escarmiento. Pero el chico no tiene la culpa de que su madre sea como es. Con ella, Ignacio irá mañana a firmar los últimos papeles de la herencia del padre, aunque no quiere hacerlo porque solo él la merece, porque solo él, y no la egoísta de ella, ha cuidado de su padre hasta la última hora en los achaques del alzhéimer.
Los niños siguen jugando, algunos a ver quién aguanta más sumergido en el agua, otros con una pelota de voleibol al uno, equis, dos, juego consistente en que alguien lanza el esférico al unísono grito de «uno», otro lo devuelve con un «equis» coral de fondo y un tercero, al abrigo del «dos», remata contra la posible víctima, de manera que, si hay diana, la víctima deja de ser posible para ser real, y pierde una vida de las tres totales. Ignacio contempla que, fruto del acierto del cumpleañero, Marcos, amigo que comparten su pequeño y el hijo de su hermana, todos del mismo instituto, la pelota aterriza en la cara de este último, quien primero se enfada y luego, como consecuencia de la frustración ocasionada por las risas ajenas, se echa a llorar. Está Ignacio a punto de esbozar una sonrisa pícara, cuando su mujer, Águeda, tras bajar la pequeña escalera que conduce del porche a la zona ajardinada de la piscina, irrumpe en la escena.
—¿Qué haces? —La voz ocasiona un salto en Ignacio—. ¡Vaya!
—Nada. —Respira hondo—. He salido hace un rato del agua y ahora estoy descansando.
—¿Qué le ha pasado? —El índice señala a Enrique.
—Nada. Ha sido jugando.
—El almuerzo lleva un rato. —El rostro se frunce un poco—. La tortilla está buenísima. Y ve diciéndole a tu hijo que tiene que comer, que luego sigue jugando.
—Ahora se lo digo. Yo no tengo hambre.
—¿Y eso? No has desayunado. Deja de pensar en mañana.
—No estoy pensando en mañana. —El tono es tímido.
—Sí. Piensas en mañana. Ya sabes. —Lo besa—. Deja de preocuparte.
Ignacio se levanta, sube la escalera. Su mujer lo acompaña. Al final del porche hay una puerta tras la cual se encuentra el salón. El ambiente allí es festivo: lo sabe porque, al tiempo que se acerca escucha ir voces de una a otra dirección, alboroto que le llega a tientas, y hace recordarle el tapón del oído. Se para en el porche, a unos tres metros de la puerta, bajo un techito blanco. Curva el cuello de tal manera que el oído perjudicado queda apuntando al suelo y, con la palma de la mano bien dura, se golpea al otro lado a ver si, con suerte, cae el agua. A la mujer le sale una sonrisa genuina y le dice que parece un niño. No logra deshacerse del maldito tapón.
Entran en el salón. Águeda se separa de él. La hermana de Ignacio comienza a dirigirse hacia este con paso decidido. Él lleva desde que ha comenzado el cumpleaños (con exactitud: desde que murió el padre) intentando evitarla porque solo al verla recuerda que mañana tienen cita en el notario, y la herencia lleva dándole quebraderos de cabeza sin nombre largos meses. Pero esta vez no puede sortearla, como tampoco la cita de mañana. Andrea, que tiene una actitud amigable, reconciliadora, le pregunta si puede acercarla un momento a su casa, que se le ha olvidado el regalo para Marcos, y ella no tiene ni carné ni coche («me trajo mi marido, que se tuvo que ir a trabajar»). Ignacio baraja qué decir, aunque sabe muy bien lo que dirá: no. Que no le importa acercarla a casa; bueno, importarle sí le importa porque lo incomoda, pero le dirá que sí porque no quiere formar un lío y ser el aguafiestas del evento. Pronuncia «sí» y, como una losa, le cae este recuerdo: para acudir al cumpleaños, su mujer, Águeda, taxativa, había establecido como condición que el contacto con Andrea fuese el mínimo, el necesario, el cordial. Pero serán solo unos quince minutos. En coche, la casa no está lejos.
Abandonan los hermanos, sigilosos, la casa. El coche se halla aparcado en la calzada de la urbanización. Inclinan el cuerpo para entrar en él, pero abandonan la empresa rápidamente: el cuero quema tanto que es inhabitable. Ignacio abre todas las puertas y enciende el aire acondicionado mientras se rasca la coronilla, que le pica del calor. Finalmente, acceden al vehículo, ya algo aireado, e Ignacio mete la llave y, cuando está a punto de torcerla para prender el motor, advierte en el parasol, que está caído, engastadas al lado del espejo, las fotografías que lo adornan: una del padre y una estampita de Jesús de la Sentencia. Hace como que lo intenta varias veces y habla en alto: «Lleva dando problemas esta semana. Ya está viejo. No arranca».
—¿Y cómo iremos mañana al notario? —Andrea luce nerviosa.
—Para mañana estará bien lo más seguro. Suele arrancar luego de unas horas.
—Ignacio, ¿cómo que «lo más seguro»? —Se acerca y, con la cabeza girada, mira a unos ojos que están perdidos en la palomina que mancha el cristal delantero, como adivinando algo. La cara de ella no es amenazante, sino preocupada, como la de quien busca ayuda desesperada porque se le tuerce el itinerario que requiere el plan—. Mañana tenemos la última cita en el notario, la definitiva. —Conduce la mano a su hombro—. Ya te quedarás tranquilo de tu hermanita. Se acabará todo, porque parece que es lo que quieres.
—El coche estará listo. —Con tono seco—. Si no, iremos en taxi.
Se dirigen de nuevo a la casa. La puerta está entornada, de manera que entran como salieron, sigilosos, sin necesidad del timbre. Acceden al salón y se dispersan, inadvertidos, pues el ruido y el desconcierto es tal que juegan a su favor: niños corriendo, padres obligando a niños a estarse quietos, abuelos hablando, el televisor emitiendo un programa del corazón. Pero entonces llega Águeda y, seria, se planta frente a Ignacio. La esposa está enfadada («os he visto»). Se le nota en el rostro, enjuto. El marido le expone como argucia improvisada que habían ido al coche a buscar un papel que se quedó en él la última vez que acudieron al notario, y que la hermana se lo había pedido para asegurarse de un dato, y que, en efecto, allí estaba, y todo solucionado. No hay más. Águeda lo coge del brazo y lo lleva a una salita en la que no hay nadie.
—¿No estabas pensando en mañana, eh? —Se pone seria—. Tu hermana va a acabar con nosotros.
—Entiéndeme. —La voz adquiere un tono apagado—. Es difícil manejar esta situación.
—Y más aún si no le pones coraje. —Cierra la puerta con cuidado. Se le acerca a la cara con tono de reprimenda—. A ver si te enteras: tu hermana lleva años desaparecida, muere tu padre y ahora aparece sin que nadie la llame. Y vas y te la llevas de excursión a por un papelito. Si quiere ayuda, que se las arregle solas. Te dije que nada de tratar con ella. Nos lo dijimos.
—Mañana se habrá acabado todo. Firmaremos, y todo volverá a la situación de antes.
—Tibio. —Con el índice alzado—. Eres un tibio. No es justo que trinque lo mismo que tú.
—¿Y yo qué le hago? La ley es la ley. Ya lo sabes. —Arquea las cejas—. Mi padre no dejó testamento, no hay nada que podamos usar a nuestro favor.
Águeda se marcha de la habitación y, tras ella, camina Ignacio, no persiguiéndola, sino a tomarse lo que encuentre, que ahora sí que le apetece llevarse algo a la boca. La mesa está casi huérfana de comida, como el salón de gente. El plato de los filetes empanados se halla vacío, aunque el olor persiste en el aire. Queda un trozo de tortilla, solo uno. Como un perro de presa, no le quita el ojo y logra hacerse con él. La tortilla está fría, pero no importa. Se la come de bocado y medio. Tose al engullir, y lo que está siendo un instante de gozo lo estropea el agua del oído, que, con la tos, retumba en el tejido interno auricular, y vuelve a su conciencia. Esta vez no se golpea por vergüenza a ser visto por los demás, y se limita a beber algo de coca cola, del poquito que queda en el culo de la botella. Está caliente, demasiado caliente, pero le sirve para que la tortilla baje, la cual siente como una bola de golf que, plomiza, cae.
Los niños juegan en la piscina desde hace un rato. Algunos padres también se bañan, otros, los menos, se quedan en el sofá viendo el documental de animales que está siendo retransmitido, y que trata sobre las especies con mayor empatía. Su hijo, Esteban, se le acerca y le pide que le eche crema, que mamá se lo ha mandado. Lo hace y ambos marchan hacia la piscina, que es de sal, y eso le gusta a Ignacio, porque no se le queda pegado el cloro, que tanto coraje le da, y porque, según le decía su abuela, es buena para las verrugas, que le salpican parte del cuello. Entonces Águeda le pide que le eche crema a ella ofreciéndosela, sin que medie fonema alguno. Se la extiende por la espalda, luego por los brazos, estos seguidos del abdomen y, por último, en la frente y los mofletes. La esposa se coloca las gafas de sol, se gira y se sienta en el bordillo de la piscina. Al otro lado se halla Andrea, también con gafas de sol, de manera que Ignacio piensa que la situación está a salvo, pues, aunque se estén mirando, no se están viendo, y ello mitiga la posibilidad de arrebato que en su esposa pueda levantarse en contra de su hermana.
Si Ignacio no se mete en la piscina es porque no quiere exhibir su neotenia, porque le sería imposible quedarse a un lado y no jugar con los niños, como si fuera uno más. Tienen el agua bajo sus dominios estos últimos, que, relegando a los padres a una esquinita, juegan, de nuevo, al uno, equis, dos formando un círculo temible, del que sale la pelota como una flecha. El balón, que ahora es uno de fútbol, duro, y no el de voleibol (que lo había pinchado el pastor alemán de los caseros luego de que quedara fuera de la piscina) da en el hocico de Águeda, que estaba distraída. Se ríen todos, los niños los que más, los adultos también, todos, a excepción de Ignacio, que se agacha a recoger las gafas de sol. Tampoco Andrea se ríe; al contrario: al levantarse Ignacio, este observa cómo su hermana reprende a su hijo, Enrique, el responsable de lo ocurrido. Las risas duran poco. Los niños vuelven a jugar. Esteban se acerca a Águeda, preocupado, pero Ignacio le dice que su madre está bien, que siga jugando, pero con cuidado con los otros niños, petardos de mucho cuidado. Ignacio marcha con su esposa al interior de la casa, para ver en la sombra, con tranquilidad, hasta qué punto se han fastidiado las gafas. Se le han salido las dos patillas, y no solo son de sol, sino que, además, gradúan la vista, de modo que sin ellas la miopía complica, incómoda, la vida funcional de Águeda.
Con algo de celo y maña logran apañarlas. Ignacio y Águeda se extienden en el sofá, como si fuera el de su casa. El documental sobre los animales que tienen capacidad de empatizar sigue emitiéndose. La voz en off habla sobre los elefantes mientras algunos de ellos andan plácidamente por una sabana dorada, que imprime más calor aún a la escena. La imagen y el timbre del locutor, grave, pero dulce, hacen que la cabeza de Ignacio se desplome poco a poco.
—¿Lo has visto? —Águeda le hace abrir los ojos.
—¿El qué? Me estaba quedando dormido, así que le he perdido el hilo. —Señalando al televisor—. Pero son muy bonitos los elefantes.
—No, idiota. —Una pequeña mueca le brota, que revela cierta complicidad—. Me refiero a tu hermana. Cuando el pelotazo, me parece haberla visto riñendo a Enrique.
—Ah, sí. —El tono se vuelve algo más vivo—. Yo también.
—Ja. —Asintiendo, con ironía, repetidamente con la cabeza—. Se creerá que vas a perdonarla. Que vamos a perdonarla. Mañana dejamos de verle el pelo.
—Verás… —La mirada se clava en la barbilla de Águeda—.
—¿Qué? —Se incorpora, recta, de un solo impulso—. ¿Qué tengo que ver?
—Que… —Coge aire—. Que para mi hermana tampoco está siendo esto fácil.
—¿Y? —Con las manos abiertas y los hombros encogidos.
—Nada. No sé qué digo. —Pero miente. Sabe que lo dice porque en el fondo quiere contarle a Águeda algo que siempre ha tenido oculto sobre Andrea—. El calor, que me confunde.
—Anda, vamos a meternos un poco en la piscina, que no hemos venido al cumpleaños para estar aquí viendo elefantes. —El tono es socarrón—. Demasiado bonitos.
Se levantan y hacen ademán de abandonar el salón, pero, al abrir la puerta, Ignacio contempla que varias personas se dirigen a su posición. Mira el reloj y se da cuenta de que es más tarde de lo que creía: las dieciocho horas. Había perdido la noción del tiempo. Deduce que es el momento de la tarta y los regalos, y así es. Poco a poco llegan los invitados. El cumpleañero, Marcos, que es un chico extrovertido y afable en su gesto, y con mucho sentido del humor, preside la mesa y comienza a decir quién va a ser el primero en darle su regalo. Ignacio lo mira y al mismo tiempo observa a su hijo, Esteban, un chico reservado, y se dice que si se parece poco a él físicamente y mucho a la madre es porque interiormente acontece todo lo contrario, porque podrían asestarle un «dos» catastrófico y hacerle sangrar por la nariz, y, no obstante, reprimiría el dolor.
La madre de Marcos corta la tarta, que es de chocolate, mientras el padre, un aficionado de corte retro a la fotografía, inmortaliza el momento en el carrete. Los invitados comienzan a comerse las porciones mientras el protagonista de la fiesta rompe los papeles. Ignacio está sentado en la esquina de la mesa disfrutando de la felicidad de Marcos, que le recuerda a su infancia, porque el sentimiento es el mismo, aunque ahora los regalos distan mucho de los de antaño: ¿dónde quedaron las peonzas de madera? Una camiseta del Real Betis Balompié, un balón de fútbol del Mundial que finalizó en julio, unas botas con tacos para el césped, otras lisas para el fútbol sala… A partir de ahí, el resto de regalos no le interesan: una camisa de vestir de cuadritos, una camiseta blanca, un perfume, un pantalón. Estos obsequios no le gustan, y no solo su gesto lo evidencia, sino que, además, se queja, como exigiendo la factura para su devolución: «Yo esto no lo había pedido». La rabieta es digna de un adolescente sin experiencia en la vida, que aún no ha aprendido del todo a ser agradecido. Pero, al mismo tiempo, Ignacio envidia ese carácter rebelde de los niños, que él ha ido reservándose con el paso del tiempo, esa ausencia de empatía elefantina, que quizá a veces sea necesaria.
Esteban aparece a su lado, y le saca de la nebulosa, del embobamiento, y el ruido le provoca una punzada en el oído, que sigue cercenado en el tapón. El hijo le dice que le han encantado las botas de fútbol que le han regalado a Marcos, que presentan, a la altura del tobillo, el número siete y su apellido, y que él quiere unas iguales, con el número ocho, de Iniesta, y «Valiente», que es el sobrenombre familiar. Valiente es hacer lo que se quiere a sabiendas de que no gustará al resto o que al resto le provocará risa. Ignacio se sacude la cabeza de un lado a otro, con movimientos cortos, secos, frenéticos. En las sienes se le produce un dolor fuerte, como si unas avispas estuvieran por dentro picoteándole la carne y el hueso. Le duele, pero sigue porque siente que está a punto de que, por fin, el agua se desvanezca, y se diluya por donde quiera. Águeda lo sostiene de los brazos y concluye el que está siendo el conato de un ridículo mayor aún.
Ignacio se tranquiliza. Nota cómo la gente lo está mirando, pero poco a poco deja de ser el centro. Siente, de pronto, vergüenza, pero le dura poco la angustia. Recobra el ánimo y contempla que Andrea lo está mirando, como entristecida. Es una mirada parecida a la que puso el día en que hizo saber a sus padres y a su hermano sus deseos de estudiar Bellas Artes: obtuvo como respuesta de sus mayores el rechazo absoluto. Ignacio la contempla, y se avergüenza de su apellido, o mejor dicho, de lo mal que lo lleva por la vida. Valiente es ella: apostar por un camino en el que no te imaginan tus padres, y no estudiar Derecho porque es la tradición en casa. Andrea abandona la posición, pero Ignacio hace nada la estaba mirando con tanto esfuerzo que sigue viéndola, como una silueta fantasmagórica, pero real, una estatua. Ignacio es un abogado que apenas gana juicios, y la voz corre por el barrio y cada vez tiene menos clientes. Porque sin una motivación, sin algo por lo que luchar, como en la guerra (es el símil que se plantea con frecuencia), cuesta derrotar al enemigo. Valiente es él por haberse hecho cargo de su padre, porque, aunque lo haya condicionado en vida, no deja de ser su padre. Cómo debe ser un corazón para abandonar a quien lo trae al mundo. Ignacio reconoce sus carencias en el valor de Andrea, pero ella tiene el defecto peor de todos, que él no: no hacer bandera del sacrificio, porque uno no puede querer siempre ser feliz sin pensar en los demás, o quizá sí, pero ello tiene sus consecuencias, más aún cuando llega la consecuencia última, que no es otra que la muerte.
—Toma. —Águeda lo saca del embeleso en que se le ha esbozado la figura de su hermana, en una reflexión cuasifilosófica, lo cual ha ocurrido en un instante. —Le ofrece un vaso de agua.
—Gracias. —Coge el vaso, que comienza a temblar al modo en que se proyecta la luz de una vela. Se lo bebe de un buche, con la sed propia de un naúfrago del desierto. Las imágenes que acaba de pensar le han producido un cansancio exagerado. El rostro va retomando el color.
—¿Estás ya mejor? —Acerca su cara a la de Ignacio y con el brazo le envuelve el cuello, como si fuera a darle un beso romántico, pero sin ninguna pretensión de ello.
—Sí. Lo siento por el momento. —Se echa para adelante, y ambos dibujan un abrazo, que dura poco tiempo, hasta que Águeda vuelve a hablar.
—Les has dado miedo. —El orgullo se apodera del timbre de la voz—. El rey de la selva. Y tu hermana en primera fila. La tendrías que haber visto. ¡Ja, era un poema!
Los niños juegan en la piscina y los padres también se refrescan, esta vez sin ninguna víctima. Así hasta que el cumpleaños termina. La invitación no cubre la cena. Las familias empiezan a recoger sus cosas: las toallas, los bañadores, las chanclas, los botines… Águeda entra en el baño («en cuanto salga nos vamos. Avisa a Esteban»). Al cerrarse la puerta, Ignacio va en busca del hijo, y entonces Andrea lo acomete en medio del salón, frente al televisor. Lo agarra del brazo con suavidad, como cuidando un jarrón delicado. Ignacio siente el contacto, y ya sabe que es su hermana, por contraste con su mujer e hijo: la primera lo hubiera ejecutado de una forma más familiar, que no tiene miedo a interrumpir en la piel; el segundo posee unas manos más pequeñas. La hermana le dice que mañana estará lista para que la recoja a las nueve de la mañana y que, si el coche diese problemas, que la avise para el taxi. «Vale». Tras contestar, Ignacio mira a su alrededor, instintivamente, por si hubiera sido cazado por Águeda. «Ah, y toma esto. Prueba suerte». Le da un bastoncillo de la oreja, que agradece por dentro, aunque no cree que sirva, pues ya había probado con otro anteriormente, que solo le había irritado el oído. A Andrea le suena el móvil. Contesta. Es su marido. Está esperándola en la puerta. «Hasta mañana».
Ignacio mete el bastoncillo en la oreja, con sumo cuidado, y siente un gusto especial, como si estuviera a punto de explotar una pompa de jabón. Mientras el algodón parece estar derribando el tapón, los anuncios del televisor desaparecen, y comienza una película, que se inicia con un plano general de una playa paradisíaca. Cuando mañana se termine todo, le propondrá a Águeda hacer un viaje con Esteban a la costa en lo que queda de septiembre. El niño comienza el instituto en la última semana del mes, así que están a tiempo. El destino no será como el de la película; algo modesto es suficiente. Reservarán en un hotel tres estrellas en Almuñécar, Granada, no porque les hayan hablado bien de la zona, sino porque es la que más bonita les ha parecido a Esteban y a ellos, con esa agua cristalina y esas montañas a su alrededor. En el hotel habrá piscina, aunque mejorable, porque será de cloro, y mejor la sal para curar las verrugas. Dejarán las maletas en la habitación con ese nerviosismo que se instala en el cuerpo cuando se huele el hall de un hotel, ese olor a limpio bajo la pátina de lo desconocido, diferente, pero parecido, al de un coche que abandona el concesionario. Bajarán entonces de la habitación y lo primero que harán será salir del hotel, y luego untarse en crema y, finalmente, darse un chapuzón y más tarde padre e hijo jugarán a las palas en la orilla y al fútbol tenis, aunque haya cartelitos de que ese tipo de juegos está prohibido. Entre punto y punto, Ignacio observará cómo su mujer toma el sol, y la verá sosegada después de tanto. Le dirá a Esteban que él ya no tiene su edad, que necesita descansar, y se irá al lado de Águeda a tumbarse cerca, o mejor, en la misma toalla, y entonces volverán al hotel. Comerán algo. El hijo se irá a la piscina a tirarse por los toboganes, porque al niño el cloro no le importa; de hecho, le encanta, pues, como ha hecho saber al padre tantas veces, es lo que hace que la piscina huela a piscina, y no a playa. Ignacio y Águeda se quedarán en el chiringuito del que dispone el hotel, y se pedirán algún cóctel o alguna bebida especial. Él elegirá una caipiriña y ella optará, lo más seguro, por un batido de chocolate muy frío ataviado en la zona superior por una bola de nata de calidad, entre la cual penetra una pajita.
No hay necesidad. Sabe que es arriesgado lo que pretende. Lo que quiere decirle se lo puede decir mañana, la semana que viene cuando estén de vuelta en Sevilla o incluso jamás decírselo porque la cosa ya está bien. No hay necesidad, pero él sí que la siente. Ignacio deja la caipiriña sobre la mesa. Pronuncia el nombre de Andrea, y Águeda escupe el batido, mezclado con la nata, como si un fortachón le hubiera hundido sus brazos en el estómago. Ignacio le pide que por favor la escuche. Lo hace. Le cuenta por qué su hermana había abandonado al padre hacía tantos años, y sobre todo en los momentos del alzhéimer. Ha practicado tanto este momento que dibuja una sinopsis perfecta. ¿Razón suficiente o insuficiente? Los ojos de Águeda se petrifican en el movimiento, pero inquietan por su brillo.
—Pero no seas tibia —Le acaricia la cara, que figura algo turbada—. Nada justifica todo lo que nos ha hecho pasar. Y la muy cabrona se ha quedado con la mitad de la herencia.
Águeda suelta una carcajada. Lo abraza como a un bebé mientras Esteban acaba de salir disparado del tobogán contra otro adolescente, al que ha sorprendido por la espalda. Ignacio ve la escena. Contempla que los dos chicos están bien, que lucen hilarantes, y siente entonces que el pecho se le vuelve más libre, como si un nudo cosido poco a poco se desatara en un ritmo in crescendo, sensación tan placentera como cuando el agua enquistada en el oído se va fragmentando y, finalmente, se escurre, calentita, hacia el propio cuerpo, que la asume propia.
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