AI NO CORRIDA
El olor dulce a libros antiguos inundaba la habitación. Victoria, con su bata blanca desgastada, inspeccionaba documentos entre 1936 y 1939. «Fallecidos extranjeros en el bando republicano…». Se mordió el labio y miró al joven de rasgos asiáticos y frente tensa a su lado, que observaba con atención cada uno de sus movimientos. Era difícil encontrar lo que buscaba y los papeles se apilaban cada vez más. Un estornudo, provocado por los nuevos aires primaverales, les sacó del silencio.
—Perdón.
—Nada, nada, Tatsu.
—¿Ves algo? —Tomó aire.
—Es muy difícil encontrar nombres extranjeros de voluntarios, más aún si murieron pronto. Puede que en algún archivo de Brasil tengan algo… si se apuntó desde allí. Sólo se conoce a Jack Shirai en el bando republicano.
—Algo tiene que haber. ¿No?
Victoria se encogió de hombros y dejó algunos papeles en la mesa. Se secó el sudor con un pañuelo y se recogió el pelo corto detrás de las orejas. «Pareces una marimacho». Hacía poco que se lo había cortado. Miró su reflejo en un cristal polvoriento y se vio pálida, casi como si llevara días sin salir de allí.
Tatsuya dejó escapar un soplido, pero su temple no mostró ninguna irritación juvenil con la actitud de ella, sólo frustración. Sacó una foto de su cartera y la dejó sobre la mesa. En ella dos hombres jóvenes, asiáticos, aparecían vestidos de forma tradicional con un yukata.
—Mi bisabuelo es el de la izquierda —señaló con su dedo encima de la foto—. El de la derecha es Hiro, su hermano pequeño.
Victoria tomó la foto entre sus manos y sonrió. El papel estaba gastado ligeramente en sus bordes. «México era un pequeño paraíso». Pensó en su abuelo, que también había emigrado a América cuando era apenas un niño. Volvió con su familia a España años después, cuando no debería haber vuelto nunca.
Los días de búsqueda pasaban rápido. En la radio sonaba Ai No Corrida, baja, vibrando en la mesilla de noche. La cama estaba deshecha y Victoria permanecía tumbada en ella, con la sábana enredada en las piernas, sin cubrir su cuerpo. Tiró del brazo del joven, que fumaba sentado en el borde de la cama, para atraerlo hacia ella.
—¿La entiendes? —preguntó Tatsu.
—¿La canción?
Él asintió con la cabeza.
—Algo así. Es el título de una peli japonesa también, ¿no?
Tatsuya sonrió mientras acariciaba su brazo. Le ofreció el cigarro. Victoria lo tomó sin pensar, a pesar de haberse prometido dejarlo de una vez.
—Vicki… —empezó, pero le costaba encontrar las palabras—. ¿Te gusta trabajar ahí?
—¿En el archivo? Sí. Creo. —Dio una pequeña calada y le devolvió el cigarrillo—. Pero la gente no suele encontrar lo que busca. Es muy frustrante.
—Seguro que es mejor que una oficina en Japón —dijo—. Mi jefe es un cabrón.
Victoria sonrió. La de veces que había tenido que ver caras decepcionadas de las personas que pedían su ayuda. «Es como si no hubieran existido». Su móvil estaba apagado. Su vestido, su ropa interior y sus tacones estaban en el suelo. Mientras Tatsuya se relajaba a su lado, vio de nuevo la fotografía sobre la mesilla. La tomó entre sus manos cuidadosamente y la miró a contraluz.
—Muy guapo, tu bisabuelo.
—Como yo.
Tatsuya se rió y ella también. No se parecían en nada. Los dos jóvenes de la foto tenían un semblante tímido y caballeresco, cierta rigidez, como si la foto se hubiera hecho en un cuartel de militares en vez de un antiguo local de fotografías. El japonés que se reía a su lado tenía el pelo muy corto, casi rapado, y una expresión brusca en su cara. No tenía nada de caballeresco y era poco cuidadoso con su barba.
La barba de Tatsu había crecido en las últimas semanas, Victoria la rozó con sus dedos y era suave. Aparcaron junto al cementerio en el que había un archivista con información de antiguos combatientes que llegaron desde Brasil. Muchos murieron allí. Victoria le puso la mano en el hombro a Tatsuya y notó la tensión en su piel. Daba igual lo que le dijese, el tema le transformaba en un hombre totalmente diferente, decidido y serio. Rebuscó en el bolso y tomó el teléfono. Había varias llamadas perdidas, pero las ignoró. Tragó saliva y salió del coche.
El cementerio no tenía nada especial. Nichos blancos, flores cuidadas, todo demasiado limpio, como si alguien hubiera pasado una goma de borrar por encima. Unos gatos callejeros se escondían al verlos. Un señor mayor, con andares quejumbrosos, se acercó a ambos y los saludó.
—No había muchos japoneses, dos o tres. Es probable que estén en una fosa común, que es el problema. Y nadie mayor recuerda bien nombres extranjeros.
Tatsuya sacudió la cabeza y miró a Victoria, que se lo intentó explicar con el traductor de Google. Es difícil de explicarlo incluso a personas que son españolas.
—Vicki. ¿Y si está aquí? ¿Y si…? —Victoria sacudió la cabeza y lo agarró del brazo para volver al coche.
Llovía tanto que parecía que el pueblo iba a desbordarse. Victoria recibió otra llamada de su marido por teléfono, pero se cortaba todo el tiempo. Era imposible comunicarse así. «No tengo ganas de escuchar esas tonterías. Vives en otro planeta». Sacudió su cabello mojado con una toalla. La voz de Tatsuya le llegó de golpe y apagó el teléfono. Le miró con una ceja levantada y reprimió una risa. Parecía darle igual. Traía comida del hotel y trataba de distraerse con la televisión, pero ella no podía.
—Tatsu. Es muy posible que no encuentres nada sobre el hermano de tu bisabuelo. Menos aún dónde están sus restos.
—¿Por qué dices eso ahora?
—Escúchame bien. Ni los españoles podemos—. Sacudió su cabello hacia atrás, mojando la cama. «Nadie abre las puñeteras fosas”. Risas en el programa de la televisión.— Yo no sé dónde están mis bisabuelos.
—Pues yo voy a seguir intentándolo. ¡Joder! Parece que no tienes ganas de seguir.
—Sólo soy realista. Ya he visto miles de historias así. Son para nada, Tatsu.
—¡Es importante para mí! No voy a dejarlo, joder. Es lo único que tengo.
Victoria suspiró y llevó sus manos a la parte tensa del cuello. Asintió con la cabeza y observó que Tatsuya miraba de nuevo la fotografía. Le imaginaba tras un escritorio, con su corbata, callado y educado y no parecía él. Era como si hablar español y soltar palabrotas de vez en cuando fuese su forma natural. Se rió de repente. Él la miró.
—¿Qué te pasa? Tonta—. Él también sonrió, pero su mirada y su sonrisa se perdieron por completo en la fotografía.
Al salir de la ciudad, el cementerio quedaba cada vez más atrás, entre muros bajos y tierra removida. En el retrovisor sólo aparecían imágenes agitadas por el tiempo: nichos, tierra, señalización, árboles, gente curiosa, ojos ajenos, jolgorio, fiestas del pueblo, madres, padres, niños, ancianos que sabían mucho, otros que olvidaron todo y carretera. Tatsuya rompió el silencio al encender la radio. Esa canción volvió a sonar.
I'm drowning, don't save me…
Pararon en un pequeño hostal. Él sacó la fotografía y la dejó en su mano.
—Para que me la guardes —dijo.
Victoria dejó la foto en la mesa y agarró su mano en silencio.
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