ALGO NUEVO, LA HISTORIA DE MARTÍN G.
PASADO RECIENTE
Después de mucho tiempo Martín volvió al pueblo.
Estuvo años viviendo en Buenos Aires y nadie supo más de él hasta que volvió con su madre a la casona vieja de la calle principal.
Desde que llegó, se la pasó caminando todas las tardes alrededor de la plaza. Arrancaba en la esquina frente a la heladería y seguía en dirección a la estación de servicios. Si uno se sentaba a las siete de la tarde en el café de Juan, lo veía pasar sólo y cada vez más flaco, sin cruzar palabra con nadie.
PASADO PASADO
I
Cuando Martín terminó la secundaria se fue a estudiar a Buenos Aires.
A los pocos días de empezar la cursada de cine se armó de un grupo de compañeros. Eran cuatro. Dos chicos de Córdoba y una chica de Capital Federal. Todas las tardes se juntaban después de clases a tomar cerveza en el bar de la esquina. Un lugar que estaba lleno de viejos y de tacheros que se la pasaban jugando al truco. Uno de esos bares que tienen camisetas de equipos de fútbol (de Boca, de San Lorenzo, de River y de Atlanta), y afiches de boxeadores en las paredes (la primera pelea en el Luna Park de Ringo Bonavena en 1965; Nicolino Locche después de bailar en Tokio).
Los cuatro llegaban y se sentaban siempre en la misma mesa al lado de la ventana. Se quedaban hasta tarde hablando de películas y de libros.
Todos hablaban mucho y sin parar.
Martín sólo escuchaba y tomaba cerveza.
No sabía muy bien cómo entrar en esa conversaciones que después practicaba solo frente al espejo. Ensayando respuestas inteligentes y profundas. Gesticulando con las manos como sus amigos nuevos.
Una tarde Martín se emborrachó y terminó peleando a la salida del baño.
Los otros se sorprendieron cuando lo vieron así, amagando con partirle a un tipo una botella en la cabeza.
Pidieron disculpas y salieron a caminar.
Caminaron y caminaron por las calles de Buenos Aires.
Era marzo y todavía hacía mucho calor. Ese calor húmedo de las ciudades que se levantan a la orilla de los ríos y crecen dándole la espalda. Como si el río no estuviese ahí. Como si el río fuese una cosa mala y la humedad una forma de venganza.
Al otro día en la facultad hicieron bromas con el agua del pueblo donde había nacido. Le preguntaron si tenía algo el agua que tomaban ahí. Un líquido que llenaba de rabia a la gente que parecía tranquila como él. Buena gente de campo igual que él. Pero en realidad esa idea de que en los pueblos chicos vive gente tranquila y medio boluda es una historia que se inventan en las ciudades. En los pueblos la gente vive peleando por cualquier cosa. Discutiendo a los gritos porque un pariente devolvió rota la parrilla prestada. Amenazando con una escopeta al perro del vecino porque mató alguna gallina y todo tipo de cosas así.
II
Primero pasaron los días y los meses, después los años de facultad hasta que Martín se recibió, y con el grupo de amigos armaron una productora de contenidos. Hicieron publicidades. Filmaron cortos y películas más largas y participaron de festivales de cine independiente en Mar del Plata y Montevideo, también viajaron a un festival en Colombia.
Justo en esa misma época empezó a salir con Romina. Una piba que conoció en el último año de la facultad, en el taller de edición. Ella era porteña. Morocha, de piernas largas. La boca grande y roja. Por primera vez Martín sentía que era feliz. Se había mudado solo a un departamento en Parque Chacabuco y había comprado un Clio negro con unos ahorros y algo de plata prestada.
La primera vez que se fueron juntos fue después de una fiesta. Los dos estaban muy borrachos y terminaron en la casa de los padres de Romina que estaban de viaje.
A partir de ahí nunca más se separaron.
Hasta el día del accidente.
AHORA
Estamos en uno de esos bares de Buenos Aires que son todos iguales.
Después de dos años en el pueblo, Martín volvió a vivir a Capital.
Ahora está sentado con una chica que conoció en una exposición de arte. Los dos están tomando cerveza. Él lleva aros grandes, anillos y pulseras de cuero. Está más flaco que hace unos meses, cuando se la pasaba todos los días caminando por la plaza. Tiene el pelo largo que le llega hasta los hombros, lleno de rulos. También lleva lentes. Apenas se le ven los tatuajes nuevos que tiene en el brazo porque el bar donde están tomando cerveza está casi oscuro.
Martin no para de hablar.
La chica lo escucha.
Le cuenta sobre el accidente que tuvo hace unos años.
Le cuenta que volvía manejando después de una fiesta en un camping cerca de Bariloche, y que al lado de él iba Romina.
Cuenta que cuando llegaron a un semáforo, una camioneta cruzó en rojo y los chocó de costado.
El auto dió vueltas y vueltas y cayó a un arroyo.
La chica lo escucha. Él habla y toma cerveza. La chica le pregunta si cree que el accidente se habría evitado si él no hubiese manejado borracho.
Él responde tranquilo que no. La camioneta cruzó el semáforo en rojo. Nada hubiese podido evitar lo que pasó. No dependía de él.
En el bar ahora suena Prince.
El videoclip se proyecta en la pared que tienen enfrente. Purple Rain. I only wanted to see you bathing in the purple rain.
La música está fuerte y ellos apenas se escuchan.
La chica también conoce la canción y mira el video. La cámara enfoca a los personajes del público que cantan y gritan.
Martín le pregunta si le gustaría tomar otra cerveza en la barra.
Ella dice que sí.
Unos mozos se acercan, corren las mesas y las sillas vacías. Las juntan y las apilan a un costado. Las luces se apagan del todo.
Prince sigue tocando la guitarra en la pared, yendo y viniendo por el escenario. El pelo negro y largo. La camisa blanca.
Los tiempos están cambiando, dice Prince en inglés. Es hora de estirarse para alcanzar algo nuevo.
Martín escucha la frase y cae en la cuenta que ya se hizo tarde. Es miércoles y mañana trabaja temprano. Piensa en el mejor camino para volver esquivando los controles de alcoholemia. Y piensa también que debería ofrecerle a la chica llevarla hasta su casa. De ninguna manera puede dejarla volver sola a casa a estas horas de la noche.
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