martes, 28 de abril de 2026

-Relato 5 de Isabel García

 

Te estoy hablando


—¿Es que no oyes el despertador? —Entré en la habitación de mi hija. Todas las mañanas antes de ir al instituto ocurría lo mismo.

—Solo cinco minutos más. —Paula se encogió, se cubrió la cabeza con la colcha y gritó cuando abrí la persiana de un tirón—. ¡Mamá!

—Ni mamá, ni momó, ¡arriba! —La luz reveló los vaqueros y la camiseta del día anterior en el suelo. Las zapatillas de deporte, cada una en una punta de la habitación, tenían en su interior calcetines arrugados. Recogí las prendas. Unas bragas sucias se escondían detrás de la puerta—. ¡Son las ocho menos cinco!

Paula se levantó de un salto y se dirigió a su armario. Revolvió en los cajones hasta sacar una camiseta rosa palo, unas mallas negras y unas bragas de corazoncitos que le había comprado hace poco en las rebajas. Doblé los vaqueros y tiré hacia el pasillo la camiseta, los calcetines y las bragas. Paula dio la vuelta y se abalanzó sobre la mesita de noche. Desenchufó el cargador y miró la pantalla de su móvil.

—¡Eres una mentirosa! —Paula se tiró al suelo, metió el brazo debajo de la cama y sacó un sujetador—. Faltan todavía veinte minutos.

—Es que si no no te levantas. —Me incliné, agarré las sábanas y las sacudí.

Paula se levantó, me agarró por los hombros y me empujó hacia el pasillo.

—¡Intimidad! —La puerta se cerró de golpe a mi espalda.

Suspiré mientras recogía la ropa sucia. Recorrí el piso superior, acumulé toda la colada del día en un cesto y bajé las escaleras despacio con una mano en la barandilla. En la cocina, la cafetera había comenzado a rebozar y el líquido se derramaba por la vitrocerámica. 

—Mierda. —Solté el cesto, la aparté del fuego deprisa y coloqué una bayeta para que empapase. Me giré hacia la puerta—. ¡Ahora sí son menos cinco!

Paula bajó corriendo por las escaleras y entró en la cocina peinándose con los dedos. Antes llevaba una media melena para poder recogérsela sin problema en sus entrenamientos de baloncesto, pero hace dos semanas apareció con un corte bob. «Tuve un mental breakdown, mamá». No dio más explicaciones.

—¿Puedes dejar de mentirme? —Paula se desplomó en la silla, tomó la tostada que le había preparado sobre la mesa y le pegó un bocado—. Me tienes estresada.

—Si no estuvieras un martes hasta las tantas con el móvil, no te costaría tanto levantarte. —Tomé el café que quedaba en la cafetera y me lo serví—. ¿Se puede saber qué haces hasta tan tarde?

No obtuve respuesta. Paula miraba su móvil y deslizaba el dedo sobre la pantalla. Cada cierto tiempo paraba, sujetaba la tostada con los dientes, y escribía algo rápidamente. Le di un sorbo al café. Solté la taza de golpe, saqué la lengua y me abaniqué. Paula se sobresaltó.

—Por eso no hay que ir con prisas —señaló mientras yo abría el frigorífico y sacaba una botella de agua.

—¡Dientes! Que ya es la hora.

Paula suspiró, arrastró la silla al levantarse y, sin despegar los ojos del móvil, se dirigió lentamente hacia el cuarto de baño.



—Deja la mochila en su sitio. —Ese lunes había pasado la mañana doblando camisetas en la trastienda, subiendo y bajando escaleras con cajas de la nueva colección y atendiendo a clientes que entraban sin dejar de mirar el móvil—. Y lávate las manos.

Paula dejó caer la mochila al suelo y pasó de largo. Las llaves quedaron sobre el mueble del recibidor.

—Paula.

No se detuvo. Cruzó el pasillo, empujó la puerta del baño con el hombro y la dejó abierta. El grifo empezó a correr. Me incliné, levanté la mochila y la colgué. Un sobre asomaba por la cremallera delantera. Tiré de él.

Volví a la cocina con el sobre en la mano. Lo dejé sobre la mesa. Saqué dos platos, los coloqué, abrí la nevera y cogí el táper de lentejas. Lo vacié en el cazo y encendí el fuego. El grifo del baño seguía abierto.

—¡Paula!

La puerta del baño golpeó la pared. Paula entró en la cocina secándose las manos en la camiseta.

—¿Qué es esto? —Deslicé el sobre por la mesa.

Paula miró el sobre, se acercó, lo cogió y lo dejó donde estaba.

—Nada.

Apagué el fuego, acerqué el cazo al fregadero y volví a la mesa. El sobre no estaba sellado, lo abrí y desplegué el papel de su interior.

—Uso del móvil en clase. —Apoyé el dedo sobre la hoja—. Parte disciplinario leve.

—No es nada. —Paula sirvió la comida en dos platos y los colocó sobre la mesa.

—¿Que no es nada? Paula, ¿desde cuando te echan partes? ¿Esto es nuevo ahora? —Giré el papel—. ¿Dónde está?

Paula se metió la mano en el bolsillo. Sacó el móvil. La pantalla se encendió.  La bloqueó. Lo dejó boca abajo.

—Solo me lo han quitado un rato. —Paula encogió los hombros, tiró de una silla, la arrastró y se sentó. Luego cogió la cuchara, pero no llegó al plato. Se detuvo antes de coger el móvil y desbloquearlo.

—Paula, deja el móvil. —No me hizo caso. Deslizó el dedo por la pantalla, se detuvo, escribió, borró y escribió otra vez—. Dame el móvil. —Paula no levantó la vista, pulsó la pantalla con el pulgar y se lo acercó más a la cara—. Paula. —Alargué la mano, pero ella lo apartó y se lo pegó al pecho. 

Se levantó. La silla rozó el suelo.

—Dámelo.

Negó con la cabeza y pasó a mi lado.

—Paula.

Caminó hacia el pasillo con el móvil en una mano. Subió el primer escalón y se detuvo. Miró la pantalla apartándose un mechón y escribió algo.

—Esto no se queda así.

No respondió. La seguí pero subió corriendo. Al final del pasillo, la puerta de su cuarto estaba entornada cuando llegué arriba, la empujó y entró. Antes de que pudiera alcanzarla la puerta se cerró de golpe contra mi mano. 

—¡Paula! —Solté el pomo y me quedé frente a la puerta. Al otro lado, pasos. El clic del pestillo.

Apoyé la palma sobre la madera. Unos segundos más tarde la retiré y bajé las escaleras. En la cocina, la cuchara seguía a un lado del plato y el parte en el centro de la mesa. 



El aceite empezó a chisporrotear en la sartén cuando eché las patatas. Dejé la espumadera sobre la encimera, abrí el cajón de los cubiertos y saqué dos tenedores. Afuera, la llave giró en la cerradura. La puerta se abrió. Una mochila golpeó la pared y unas zapatillas cayeron junto al mueble de la entrada.

—A la ducha —dije sin girarme.

Paula no respondió. Cruzó el pasillo y la puerta del baño se cerró. El agua empezó a correr. Dejé los tenedores sobre la mesa, bajé el fuego y apagué la campana extractora. Abrí el cesto de la ropa limpia que había dejado junto a la mesa esa mañana y lo cargué entre los brazos.

Subí las escaleras despacio. Empujé la puerta del cuarto de Paula con el codo. Estaba abierta. Entré y dejé el cesto sobre la cama. Saqué unas camisetas y un pantalón doblados y los coloqué sobre la silla del escritorio. Un par de calcetines salieron rodando. Me agaché y el zumbido del móvil vibró sobre la mesilla.

Me giré y me quedé quieta, estando aún inclinada. La pantalla se encendió. Otro zumbido. Otro. Me acerqué, apoyé la mano en la mesilla y miré la pantalla. Me quedé un momento con la mano apoyada en la madera hasta que tomé el móvil entre mis manos. El agua dejó de correr. Dejé el móvil rápidamente en su lugar. Saqué una sudadera del cesto, la doblé y la dejé sobre la silla.

Recogí el cesto, salí al pasillo y me dirigí a mi habitación. La puerta del baño se abrió. Paula salió con una toalla en la cabeza y otra alrededor del cuerpo.

—La cena está en diez minutos. —Dejé otro montón de ropa limpia y doblada sobre mi cama—. ¿Hoy has llegado más tarde que otros día, no?

Ella pasó de largo hacia su habitación mientras yo volvía al pasillo. Cuando entró el móvil volvió a vibrar. Se acercó a la mesilla, lo cogió y la pantalla le iluminó la cara. El dedo se movió rápido, realizando una breve pausa antes de volver a escribir.

—¿Quién es? —Apoyé el cesto vacío en el suelo.

—El grupo —dijo sin levantar la vista. Se quitó la toalla de la cabeza y la dejó caer sobre la silla.

—¿El del equipo?

—Sí, cotilla. —Se sentó en la cama, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas mientras escribía en la pantalla.

—¿Y el entrenador? —Me crucé de brazos.

Alzó la vista un segundo, pero la bajó otra vez.

—¿Qué pasa con el entrenador?. —Dejó el móvil sobre la cama, se levantó, abrió el armario y sacó una camiseta. 

—¿También está en el grupo? —Paula me ignoró mientras sostenía en alto la camiseta. Luego la dejó a un lado y sacó otra—. ¿Qué habéis hecho para terminar tan tarde el entrenamiento hoy?

—Este finde hay partido.

El móvil vibró. Paula se giró y lo cogió. Sonrió apenas. Yo suspiré.

—Voy abajo. —No recibí respuesta—. Date prisa que se enfría.

Bajé las escaleras. En la cocina, apagué el fuego y el aceite dejó de chisporrotear. Aparté las patatas e incorporé unos huevos que había batido antes. Vertí la mezcla en otra sartén y esperé a que cuajara. Serví la tortilla en un plato y miré hacia la puerta. 

—¡A comer!



El silbato sonó cuando entré en el pabellón. Me abaniqué con las manos y bajé las gradas. Varias madres se levantaron para dejarme pasar. Me senté en la segunda fila y apoyé el bolso en el suelo.

En la pista, Paula corría de un lado a otro. Botó el balón, le hizo un pase a Ángela, la número diez, pero lo volvió a recibir. Se detuvo un segundo junto a la banda, miró hacia fuera y levantó la mano. Desde el banquillo, el entrenador le devolvió el gesto, señalando algo con dos dedos. Paula asintió y volvió a correr.

—Hoy la ha puesto de base. —La madre de Julia estaba sentada a mi derecha con la mirada fija en la pista—. Lleva toda la semana con ella.

Asentí, me incliné hacia adelante y me sujeté fuerte las rodillas.

Una jugadora del equipo contrario tiró a canasta, pero el balón golpeó el aro. Paula recogió el rebote y corrió hacia el otro lado, pero el silbato volvió a sonar. Se detuvo, miró al banquillo y el entrenador salió un paso a la pista. Le dijo algo haciendo aspavientos con las manos y Paula se acercó. Él apoyó la mano en su hombro y señaló la zona. Paula giró la cabeza hacia la misma dirección, asintió y volvió a su posición.

—Desde que se cortó el pelo ya no es la misma. —Otra mujer, esta vez desconocida, habló—. Ahora juega más segura. Es la favorita del entrenador.

Me recosté en el asiento, crucé los brazos y miré el marcador mientras respiraba profundamente. Cuando el partido terminó, las chicas se acercaron al banquillo. Habían ganado de doce. Paula se quitó la goma del pelo, se lo sacudió con las manos y se inclinó para coger la botella. El entrenador se acercó por detrás y le dijo algo. Paula giró la cabeza y le sonrió. Él le quitó la botella de la mano y la dejó sobre el banco. Paula se secó la cara con la camiseta. Él señaló la puerta lateral. Paula asintió.

Las demás chicas se fueron hacia el vestuario. Paula se quedó un momento más. Recogió el cubre, se lo colgó del brazo y escribió algo en el móvil antes de guardarlo.

—¿Vas a esperar? —La madre de Julia se había levantado y me miraba.

Negué con la cabeza. Me levanté y subí los escalones de la grada despacio. Luego bajé hasta la entrada del pabellón, crucé el pasillo hasta los vestuarios, pero la puerta estaba cerrada.

Seguí hasta la salida lateral, donde la puerta estaba entreabierta. Empujé.

Afuera, Paula estaba junto a la pared con el cubre sobre los hombros y el móvil en la mano. Él estaba frente a ella, más cerca que en la pista. Avancé.

—Paula.

Los dos giraron la cabeza. Él dio un paso atrás y Paula abrió muchos los ojos. Me detuve a un par de metros. Lo miré a él y miré a mi hija.

—Vamos. —Señalé con la barbilla hacia la puerta. Paula no se movió. Apretó el cubre contra el pecho—. Ahora. —Abrí más la puerta y la sujeté. 

Paula caminó hacia mí sin levantar la vista. Atravesó la puerta, la seguí y dejé que se cerrara de un portazo detrás de nosotras. Eché a andar por el pasillo, adelantando a Paula, quien me siguió con pasos desacompasados. No miré atrás. Crucé el pasillo, empujé la puerta principal y salimos al aparcamiento.

—Al coche. —Saqué las llaves y abrí el coche, pero Paula se quedó de pie junto a la puerta—. Dentro. Ahora.

Paula se sentó. Cerré de un golpe, rodeé el coche y me senté al volante. Las llaves encajaron en el contacto y las giré. El motor arrancó.

Paula miró por la ventana. Yo miré al frente.

—Se acabó el móvil y los entrenamientos.

Ninguna de las dos dijo nada más. Puse la marcha atrás.

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