David no era el más favorecido de la Facultad de Comunicación, ni siquiera de la clase. No llegaba al metro setenta y su nariz, larga, desproporcionaba el rostro, de ojos pequeños. Sin embargo, su nombre circulaba de una a otra boca de las muchachas. La razón: su intelecto. Una listeza altanera era la suya, que le permitía sumar en actitud. Daniel lo tenía fichado desde el primer día. En la clase introductoria de Derecho de la Información, el profesor preguntó a los alumnos, periodistas en ciernes, acerca de sus conocimientos sobre el mundo jurídico, y David levantó la mano, con el codo izquierdo apoyado en la mesa y la mano sujetándose las gafas haciendo pinza el pulgar y el índice, y expuso que lo fundamental se hallaba en deslindar el carácter público de la información. Daniel miró al profesor, a quien el rostro se le volvió feliz, como el de un niño que abandona la puerta del colegio el último viernes del curso. El profesor era un reconocido catedrático de Derecho Constitucional, el más aclamado, sí, el más aclamado en Sevilla, conocido también internacionalmente. Alumnos de cursos anteriores habían prevenido a los venideros de la condición estricta del docente («Siempre está serio»), de manera que la sonrisa devuelta a David hizo a este, de aquel día en adelante, alguien interesante, alguien con el aura de quien vence en toda guerra.
El redactor jefe llegó a la redacción y se dirigió a David y Daniel, que compartían mesa.
—¿Me permitís un momento? —expresó el superior. Desde aquel primer día habían pasado seis años: el tiempo de acabar la carrera, seguido de un distanciamiento por elección de caminos diferentes, que culminó con el encuentro de ambos, para sorpresa de ellos, en el mismo periódico local. Durante la carrera, Daniel había reprimido su opinión sobre David, de quien sentía que robaba todo protagonismo, de manera que graduarse fue una liberación. Cuando coincidieron, el rostro se le volvió blanco de tan solo recordar los tiempos de la carrera («¡Tía, hoy David me ha hablado!») a la vez que el pecho de David se hinchaba. En el tiempo que llevaban trabajando en el periódico, la relación era cordial, olvidadiza de cuando los estudios—. Hemos de hacer una crónica sobre la Feria, en concreto sobre el paso de la juventud por ella, y he pensado en vosotros, que sois los más jóvenes de la redacción.
—De acuerdo —dijo David sin pensárselo dos veces. Miró a Daniel y luego al redactor jefe, colocándose las gafas con sutileza—. ¿De qué se trataría exactamente? ¿Tenemos libertad en cuanto a los contenidos?
—Eso. —Daniel habló para integrarse en la conversación y así ocultar su primera sensación, que había sido la del disgusto. No le gustaban los borrachos («Un rebujito, rubia») y tampoco se veía preparado para trabajar en una misma pieza junto con David. En la carrera hicieron un trabajo de investigación periodística sobre el arbolado urbano de la ciudad. Un proyecto en grupo, el cual formó el profesor en cuestión. Daniel hubo de ceder en casi toda decisión periodística y formal en cuanto a la redacción del reportaje, y el resto de miembros eran dos franceses erasmus, que entendían poco, de manera que David tenía vía libre.
—Lo tendréis muy fácil. —La voz del redactor jefe sonó mientras algunos de los redactores tecleaban en la redacción y otros intentaban sonsacar información por teléfono a alguna fuente. El olor a café aromatizaba la escena—. Bueno, o no tan fácil. Eso no importa. Seguro que os sale genial. La idea es hacer un retrato de la semana más grande de Sevilla, de cada uno de los días. Vuestra misión será reflejar la vida joven en todos sus matices. Se publicará en digital. No tendréis que escribir nada más que eso. Y sí, tenéis libertad.
Cuando Daniel escuchó que «la idea» era «hacer un retrato», «reflejar» la vida, inmediatamente, como si la memoria se hubiera revuelto de un aldabonazo bien propinado, recordó una clase de segundo de carrera. Se trataba de Teoría del Periodismo, asignatura impartida por una profesora que, lejos de filtrar el contenido, era una mera vocera de los libros que leía. Así, un día, la docente afirmó con seguridad, como quien deletrea su nombre, que los periodistas deben ser objetivos, pues así lo leyó en los pocos autores a los que consultó al respecto. En la clase ya se sabía que toda mano levantada por David iba seguida de un ingenio que, o bien completaba lo dicho, o, por el contrario, lo censuraba. Así, Daniel, semana tras semana, fue curtiéndose y atendía con un foco exclusivo, total, a los profesores, con ánimo de adelantarse a David, aunque la mayoría de las veces levantar la mano quedaba en un ademán, en un conato protagonizado por la timidez. Pero aquella vez Daniel no sospechó oportunidad: lo que había dicho la profesora, pensaba equivocado, no era ni erróneo ni faltaba ser matizado: «Los periodistas deben ser objetivos». David levantó la mano y la profesora, como quien atisba una colleja, cedió la palabra:
—No estoy de acuerdo. —El tono convincente hizo que las muchachas que no estaban prestando atención en clase («Shh, que nos va a escuchar la profesora») comenzaran a hacerlo. David se sentaba siempre en última fila, pues no se sentía cómodo dando la espalda a nadie y quería distanciarse de los docentes, pero la voz siempre llegaba limpia a la tarima gracias a su técnica del habla, sustentada en el buen manejo del diafragma.
—Explíquese. —La profesora ya sabía que había perdido la batalla. No le quedaba otra que intentar mitigar su error—. ¿En qué exactamente no está usted de acuerdo? —La voz era de retintín—. ¿Acaso no debe contar un periodista la verdad?
—Los periodistas no deben ser objetivos. —Daniel se comenzó a morder las uñas, porque intuía que se avecinaba un nuevo remate victorioso. David resopló y se enderezó, como si el aire expulsado fuera proporcionalmente directo a los grados de inclinación perdidos—. Eso es un disparate. —El tono categórico con el que frecuentemente se dirigía a los profesores, barnizado de socarronería, incidía en su decisión, que parecía hecha a prueba de muerte.
—Justifique su respuesta. —La profesora, instintivamente miró el reloj. Viendo que quedaba bastante clase y que cortar a David la dejaría en mal lugar, pensó en idear una corrección de sus palabras que sonara coherente y la sacara del embrollo en que se encontraba—. Justifíquese, por favor.
—Decir que alguien debe ser algo… —El rictus mudó a la seriedad, a una seriedad todavía mayor, cuya puesta en escena David disfrutaba. Se sacó ligeramente las gafas y se las volvió a colocar, como quien encaja la bala en el revólver para posteriormente empuñarlo y, finalmente, soplar la polvora con aires victoriosos—. Que una persona deba ser de uno u otro modo quiere decir que, en rigor, dicha persona tiene asociada una función concreta.
—Así es. —La profesora intentaba ganarse su complicidad, y tenía aún la esperanza de que David la hubiese entendido mal y que, en el fondo, estuvieran de acuerdo.
—Dicho lo cual, cabe preguntarse si la objetividad es asociable a una persona. —Negó con la cabeza tres veces, despacio—. Cosa que no es así, con total claridad.
—¡Así se habla! —Una voz femenina brotó entre las cabezas flotantes del ala derecha del aula. Los alumnos habían dejado de mirar a David para ver la reacción de la profesora, a excepción de Daniel, que seguía con la mirada clavada en su compañero, anhelando algún ápice que permitiera tachar de sofisma su razonamiento, y así ganarse a las masas.
—Un periodista es una persona, es decir, un sujeto y, por tanto, valga la redundancia, se halla sujeto a sus circunstancias, que está claro que lo condicionan, de manera que un periodista, como tampoco un abogado, un profesor o un jardinero, puede ser objetivo. Luego, no queda otra que exigir a los periodistas la honestidad, la majestuosa y humana honestidad.
La Feria terminó. La crónica resultó ser de éxito gracias a los textos de David y las fotografías de Daniel, que así se repartieron el trabajo. La relación durante la semana fue buena, cordial. No afloró en ellos conversación alguna sobre su pasado universitario, a excepción de lo que aconteció la noche del miércoles, cuando comían luego de haber entrevistado a un cantaor flamenco, que, además de darle al cante, era activista. Estaban en la barra de la caseta en que había tenido lugar la entrevista cuando Daniel preguntó a David si creía que debían hacer trascender la crítica del cantaor al Ayuntamiento en cuanto a la gestión de la Feria en materia de condiciones laborales. David dejó a medio camino el trozo de tortilla. Se ajustó las gafas con ayuda de las yemas, que hacían presión hacia el entrecejo.
—Claro que no.
—Pues… —Con la sequedad de quien está seguro de lo que dice—. Pues deberíamos.
—Sí, claro. —La cara hizo una mueca de asco—. ¿Eres idiota?
—Nos dieron libertad.
—Eres un ingenuo. —Con el paso de los años, alejándose de la etapa universitaria («¿Alguien me deja fuego?»), David fue convirtiendo su inteligencia en cinismo, un cinismo meditado, meditado como un cirujano aplica el bisturí. El mundo mercantil era todo una selva, más aún en el periodismo: los intereses comerciales y los políticos impedían cualquier intento de puesta en práctica del derecho a la libertad de información. Oponerse al sistema suponía, en la mayoría de los casos, perder el puesto de trabajo y, cuanto mayor fuera el acoplamiento en el mismo, tanto más eran las oportunidades de éxito—. ¿Quieres que nos vayamos para casita la semana que viene?
—Desde luego que es mejor que ser un mercenario de la información.
—Este es el mundo real, Daniel, no la universidad.
—Exactamente. —Daniel cogió aire cerrando los ojos, que los abrió al ritmo de la espiración, con lentitud, sufriendo la vista de pronto los pocos segundos de oscuridad—. Y en el mundo real ya no eres el jefazo de todo.
La cena de Navidad tuvo lugar una noche fría, en un restaurante italiano en el centro de la ciudad. Todos los trabajadores, desde los redactores hasta el personal de limpieza pasando por el de seguridad, habían sugerido lugares para someterlos a votación, y el italiano fue idea de Daniel, quien había acudido en más de una ocasión («Un risotto, por favor»). Daniel era vegetariano, de manera que se trataba de un buen sitio para no quedarse con hambre. En la encuesta que se hizo por WhatsApp, añadió una breve nota indicando que agradecería un lugar donde él pudiera estar cómodo. Así, todos acordaron, haciendo un esfuerzo de empatía y porque la petición había sido respetuosa, elegir su propuesta, todos menos David, que silenció su disconformidad para no echarse encima al resto de la empresa.
En el periódico se había quedado vacante el puesto de redactor jefe de Nacional, sección que abarcaba, sobre todo, la política. Quien ocupaba el puesto, un periodista curtido, fue enviado como corresponsal a Asia. El director del periódico, condicionado por el grupo editorial, concluyó que la estrategia más viable y económica era contratar a un estudiante en prácticas como redactor, y que un redactor de los que ya estaban ascendiera de puesto. David y Daniel, y todos, sabían que la cena era poco menos que una conjura tácita, donde todos al mismo tiempo eran potenciales víctimas y triunfadores. Daniel, sin embargo, no pretendía obtener dicho puesto, que era un arma de doble filo, pues suponía un mejor contrato, pero también implicaba un mayor estrangulamiento de los tentáculos del poder. Su motivación, pues, residía en frustrar la ambición de David («Profesor, ¿qué me ha faltado para el diez?»), que, encima, se hallaba muy bien posicionado para hacerse con el despacho, pues operaba bajo la fórmula perfecta: ser duro con sus iguales y sumiso ante los superiores.
—Una pinsa del número tres —dijo el director.
—Otra igual para mí —prosiguió David, que presidía la mesa, rectangular. Al otro lado, frente a él, se encontraba Daniel, de manera que la mirada natural hacia el frente los hacía encontrarse una y otra vez. David, no obstante, cuando se cruzaban en la distancia hacía como que se ajustaba las gafas, y se perdía el intercambio de miradas.
—Yo voy a querer una pinsa tricolor —expuso Daniel tras barajar varias opciones. Tras él fueron pidiendo los demás trabajadores, que lucían nerviosos
Durante la cena, Daniel estuvo observando que las compañeras prestaban atención a David, a sus comentarios diversos. Eso fastidiaba a Daniel, más aún cuando le recordaba a su juventud universitaria. A David lo miraban en la comida, y también en la rutina laboral. Daniel poseía un gesto atractivo: los ojos verdes y el pelo negro macizo ofrecían un contraste puro. Poseía un gesto atractivo, pero una personalidad compleja en su dimensión social: una persona indecisa («A mí no me preguntes, Daniel, tú sabrás qué carrera estudiar»), que sufría el síndrome del impostor. El interior opacaba su belleza, un interior que, casi siempre ausente de viveza, cubría de una pátina confusa su corporalidad. Pocas mujeres se atrevían a darle la oportunidad, y las que se la dieron encontraron a una persona correcta, pero insuficiente, insuficiente en la actitud que se le presupone a alguien sentimentalmente implicado.
Cuando alguien hablaba del periódico entre bocado y bocado, a ese alguien se le tachaba de impertinente, aunque en el fondo todos deseaban hablar de la vacante y otros asuntos relativos al trabajo. Al lado de David estaba el director, que veía en él a un buen redactor jefe, pero con demasiada actitud, con demasiada actitud como para no desear seguir escalando peldaños. De pronto, algunos comenzaron a contar chistes, y poco a poco el centro de atención fue dirigiéndose hacia la persona que llevaba la voz cantante. Daniel pensó en la crónica de la Feria de hacía unos meses. Decidió que la contaría en el momento en que David atraía a todos los presentes con la historia chistosa de dos catetos viajando por el mundo.
Entonces llegó el turno de Daniel. El protagonista del chiste improvisado se llamaba Damián, y la acción se ubicaba no en Sevilla, sino en Madrid, donde se había llevado a cabo una feria artificial inspirada en la local. La historia era ficticia, pero logró que David se pusiera rojo como un semáforo, aunque, al estar en el otro extremo de la mesa, pasó desapercibido para el resto. Damián era un personaje de sombras y luces, y para las primeras Daniel se había inspirado en su antiguo compañero de la universidad. La gente estaba expectante, pues la historia tenía verdadera intriga, hasta que el camarero apareció («¿Quieren algo de postre?») y dinamitó la experiencia. El camarero anotó un trozo de tarta de chocolate, otro de queso y una última especialidad de la casa, y Daniel prosiguió y, tras un par de minutos, terminó la historia. Se rieron todos, todos, menos David, y las muchachas que antes miraban a este dijeron que menudo idiota el tal Damián. David miró con fijeza a Daniel y, cuando Daniel lo encontró en la mirada, se reajustó con delicadeza las gafas, y sus ojos de pronto se ensancharon. El camarero llegó con los postres. Daniel se hizo con su tarta de queso, que le supo como cuando el viento airea el cabello con tanto refinamiento que acaba por aliviar, casi definitivamente, las tormentas de la cabeza.
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