La grieta en el vaso
La habitación no cambia, o cambia lo justo para que parezca que sí, como esas mentiras pequeñas que uno se cuenta para no aceptar que sigue metido en el mismo sitio; en la periferia, en ese piso donde el pasillo huele a lejía y comida, él —treinta y dos como mucho, esa edad en la que ya no puedes culpar de todo al instituto pero tampoco sabes a quién coño culpar— se sienta en la cama que cruje igual que entonces, con el mando en la mano, sin encender nada, mirando la pantalla apagada, esperando que ahí salga algo distinto, algo que no fuera él otra vez.
En la mesilla sigue el vaso de agua a medias, siempre a medias, como si terminarlo fuera comprometerse con algo mínimo y ni eso; «acaba lo que empiezas», le soltó el padre una noche, con la televisión de fondo y el telediario hablando de muertos que no importaban, y ahora esa frase vuelve sin pedir permiso mientras él se rasca el brazo, se levanta, se sienta otra vez, deja el mando, lo coge, lo deja, ese tipo de coreografía cutre que nadie ve pero que se repite todos los días, dando la sensación de que alguien le está grabando para un documental que nadie quiere ver: como si tuviera que justificar en algún maldito informe que esto también es vivir, aunque no sirva para nada, mientras alguien decide si pasa o no al siguiente trámite.
Se acerca al espejo del armario, el espejo que nunca devuelve del todo bien la cara, siempre reflejándola un poco torcida, dudando de él. Durante un segundo ve al chaval de quince, el del pupitre, el del bigote incipiente, el de las risas de detrás y de las del mismísimo profesor de cincuenta y muchos que tonteaba con mirada cómplice con la chica con la que fantaseaba él, mientras ella se sumaba a las risas de toda la clase al mismo tiempo que alguien escupía resguardado en los pupitres más retrasados, con desprecio irónico, un «aféitate amargado»; y no hace falta recordar más porque el cuerpo ya se encarga de apretar solo, los hombros suben, la mandíbula se tensa, y entonces se ríe de sí mismo con una risa seca, de mierda, porque ya ni siquiera intenta consolarse, ha aprendido algo peor: acostumbrarse, que es lo mismo que vivir dentro de la herida sin tocarla demasiado.
Casi una hora después, la ventana está medio bajada, igual que antes, porque subirla del todo sigue dando esa sensación de que alguien mira desde enfrente, aunque no haya nadie, aunque eso ya debería haber pasado; pero no pasa, se queda, es ese ruido que no se va del todo, igual que cuando alguien te dice «no es para tanto» y te dan ganas de partirle la cara solo para comprobar si entonces sí es para tanto, pero no lo haces, claro, nunca lo haces, y por eso todo sigue igual de limpio por fuera.
—¿Vas a salir hoy por fin o qué?
La voz llega desde el pasillo, la madre, o el padre, da igual porque suenan igual cuando preguntan eso, como si salir fuera una solución y no otra forma de esconderse; él no responde, ni siquiera mira la puerta, se queda quieto, con esa inmovilidad que parece calma pero es otra cosa, y recuerda sin querer «abre la puerta cuando te hablo», otra vez el padre, otra vez el tono, y entonces se levanta despacio pero no para abrir, sino para ir a la mesa de la pequeña televisión, tocar el mando, moverlo un centímetro, como si eso fuera hacer algo.
El deseo no es grande ni bonito, no es cambiar de vida ni hostias así, es algo más pequeño y más jodido: que esto se apague un rato, que la cabeza deje de repetir escenas, que el cuerpo no reaccione solo a cosas que ya pasaron; salir, sí, pero salir de verdad, no bajar a la calle y volver igual, sino salir de ese sitio que no es la habitación pero está en la habitación, ese sitio que no se ve pero manda, como un puto jefe invisible.
La pared está cubierta hasta el techo de carteles de grupos de música rock y folk, de pensadores y cineastas; allí sigue el póster de Nirvana, torcido, nunca lo arregla; el «hello, hello, hello, how low?…» de la canción Smells Like Teen Spirit de la banda de Kurt Cobain, himno de una generación perdida y vacía, sonaba cada tarde en esa habitación hace mucho tiempo ya, allí mismo, con la persiana bajada y el mando en la mano, quería creer que el siguiente nivel del último videojuego de moda recién comprado iba a arreglar algo, y lo peor no es que no lo arreglara, lo peor es que durante un rato parecía que sí, y ese rato es el que te jode para siempre porque te enseña que puedes engañarte; ahora ni siquiera enciende la consola y apenas el ordenador, ya no hay ni ese consuelo barato, ya no merece la pena ni masturbarse.
Se sienta otra vez en la cama y el colchón hace el mismo ruido, ese ruido que debería ser neutro pero no lo es, porque arrastra años, arrastra tardes, arrastra esa sensación de estar perdiendo algo sin saber exactamente qué, y entonces mira el vaso otra vez, tiene una grieta que cada día va a más, lo coge, lo levanta un poco, lo deja sin beber, como siempre, y eso ya es casi un gesto importante dentro de su nada, casi una decisión. La puerta se abre sin llamar esta vez, el padre asoma medio cuerpo, no entra del todo, nunca entra del todo, parece que quisiera salir allí huyendo.
—Luego no digas que no lo intento, ¿vienes?
Se queda un segundo más, esperando algo que no llega; no responde, y se va. El pasillo vuelve a quedarse en silencio, ese silencio que no es tranquilo sino tedioso de cojones, lo mismo que si alguien hubiera dejado algo sin decir, y se quedara flotando incómodo en el ambiente; él no se mueve, mira la puerta cerrada, luego el espejo, luego el mando, y durante un instante muy corto, casi invisible, parece que va a hacer algo distinto, cualquier cosa, pero no, no hace nada, se queda ahí, con la sensación de que todo está a punto de empezar y de que ya empezó hace mucho. Y el vaso sigue a medias, a medio camino de algo que no termina nunca, y él lo mira desde la cama como si en ese nivel de agua hubiera una medida exacta de su vida. Ni vacío ni lleno, siempre en ese punto intermedio que no obliga a decidir nada o deja en la indecisión más absoluta; el vaso no lo usa ni para tomarse las pastillas. Se tumba otra vez sin quitarse la ropa, zapatillas puestas, una postura de alguien que no acaba de llegar ni de irse, y durante unos segundos parece dormido, pero no, los ojos están abiertos, clavados en la grieta del techo que ahora parece más larga, o quizá siempre estuvo así y él no la veía, «no mires tanto», le soltó alguien una vez, una chica, o una enfermera, o una mezcla de ambas, y desde entonces mirar se le quedó como una manía rara, una forma de quedarse fuera.
Han pasado horas, es por la noche y el pasillo vuelve a sonar, no fuerte, pero lo suficiente para que él no pueda fingir que no hay nadie fuera; pasos que se detienen justo antes de la puerta, ese quedarse ahí que es peor que entrar, porque deja todo en suspensión, como si alguien esperara que él hiciera algo por su cuenta, y eso ya es mucho pedir. No se mueve. Sigue mirando la grieta, midiendo sin querer cuánto ha crecido desde la última vez, da la sensación de que las cosas que no se arreglan se van estirando solas lentamente ocupando más sitio. «Levántate ya», otra frase vieja, no sabe si del padre o de un profesor, pero su escuálido cuerpo reacciona igual, con una tensión breve ante una orden que no llega a cumplirse.
La puerta se abre al final, sin llamar esta vez, del todo, y el padre entra un poco más que antes, no mucho, lo justo para que se note que hoy tiene menos paciencia o más ganas de joder, que a veces es lo mismo. Lleva la camiseta de casa, esa que no debería salir del salón, y un olor mezclado de colonia barata y café que se cuela en la habitación, pareciendo que también quiere opinar.
—Te estás quedando tonto aquí dentro.
La frase cae sin adornos, limpia, como si fuera un dato y no una provocación. Él no responde, ni gira la cabeza, pero el brazo se le mueve solo, un gesto mínimo, la mano que busca el mando aunque ya lo tiene cerca, como si necesitara agarrarse a algo que no contesta.
—Te lo digo en serio.
El largo silencio genera tensión. El padre da un paso más, mira la habitación como si la viera por primera vez, el póster torcido, la persiana a medias, el vaso, siempre el puto vaso ahí.
—Ni bebes eso.
No es una crítica grande, es peor, es de esas pequeñas que se meten debajo de la piel porque son verdad y porque no importan nada. «Acaba lo que empiezas»; otra vez, la frase vuelve sola, se coloca encima de la escena como una jodida capa de polvo que no se quita nunca. Él se incorpora un poco en la cama, lo justo para no parecer tumbado del todo, pero sin llegar a sentarse, una postura intermedia, como todo lo demás.
—Déjame, me duele la cabeza.
La voz le sale más baja de lo que quería. No suena a orden, suena a cansancio. El padre resopla, se rasca la barba, mira hacia la puerta, parece querer irse pero al final no se va todavía, se queda ese segundo de más que convierte todo en algo incómodo, lo mismo que cuando alguien alarga una despedida sin motivo.
—Tu madre dice que salgas luego.
No dice para qué, tampoco hace falta. Comer, sentarse, ver una peli, fingir conversación, ese teatro mínimo que no arregla nada pero mantiene las cosas en pie.
—Luego.
El padre asiente, pero no parece convencido. Se da la vuelta y sale. Esta vez cierra la puerta, no del todo fuerte, pero sí más de lo normal, lo suficiente para que el golpe quede un segundo vibrando en la pared. Él se queda solo otra vez. No hay alivio; nunca lo hay del todo. Se incorpora ahora sí, se sienta en el borde de la cama, los pies en el suelo, las zapatillas mal puestas, una más floja que la otra. Mira el vaso, lo coge, lo levanta. El agua se mueve un poco, ese temblor mínimo que parece más importante de lo que es. «¿Qué miras?»; la frase aparece sin aviso, clara, una chica rubia en la clínica, los ojos clavados en él como si lo hubiera pillado haciendo algo sucio cuando solo estaba mirando, y él pidiendo perdón sin saber muy bien por qué, bajando la vista como un reflejo automático. Se le queda pegada la sensación en el pecho, esa mezcla de vergüenza y rabia que no llega a salir nunca del todo.
Da un trago, poco, apenas moja la boca y lo deja otra vez. Se levanta y va hacia la ventana, la sube un poco más de lo habitual, no del todo, nunca del todo, pero lo suficiente para que entre más aire, aunque el aire tampoco arregle nada. Mira hacia la calle. Gente pasando, normal, cada uno con lo suyo, nadie mirando hacia arriba, nadie pensando en él, y eso debería tranquilizar, pero no lo hace, porque entonces la pregunta cambia: si a nadie le importa, ¿para qué coño moverse?, ¿para qué hostias sobrevivir? Se apoya en el marco, el hombro contra la pared, y nota el cuerpo raro, no dolor, no exactamente, pero algo incómodo, como si llevara demasiado tiempo dentro de sí mismo. Se rasca la cicatriz del antebrazo otra vez, aquella herida de la que hace tiempo brotaba sangre a borbotones tras golpear desesperado e impotente el cristal de la ventana que estalló en mil pedazos mientras se cubría prácticamente todo el suelo de la habitación, de un color rojo intenso, oscuro, brillante; de nuevo hace ese gesto repetido que ya ni registra, es una forma de tocar algo para no tocar lo demás.
—Sal a cenar.
La voz de la madre ahora, desde más lejos, más apagada, parece advertir de antemano que sus palabras no van a servir de mucho pero las pronuncia igual, quizá por costumbre, por no dejar de intentarlo del todo. Él no contesta. «Luego no digas que no lo intento», «egoísta», «mira cómo tienes a tu madre»; el padre otra vez, mezclado con el presente, las voces superpuestas, como si no hubiera diferencia entre ahora y antes, como si todo fuera la misma escena repitiéndose en bucle con ligeras variaciones. Se separa de la ventana y vuelve a la cama, se sienta. Mira el mando, lo coge. Lo deja, lo vuelve a coger. Pulsa un botón sin mirar siquiera a la tele; la pantalla sigue negra. Durante un segundo parece que va a encenderla pero no lo hace porque ya ni funciona. Se queda ahí, con el mando en la mano, el vaso quebrado a medias en la mesa, la grieta arriba, el pasillo detrás de la puerta, la casa funcionando sin él y con él dentro, la ciudad funcionando sin él y con él dentro, el mundo funcionando sin él y con él dentro, como si fuera una pieza que no encaja pero que tampoco se pudiera quitar.
Y en ese punto, justo ahí, algo se mueve, muy poco, casi nada, una idea o un impulso o simplemente cansancio acumulado que cambia de sitio, y no es que vaya a levantarse ni a salir ni a arreglar nada; no hay heroica, no hay decisión limpia, pero sí una incomodidad nueva, distinta, más difícil de ignorar que las otras. Mientras traga otra pastilla, aprieta el mando; no pasa nada, lo deja. Mira el vaso otra vez, esta vez no lo toca. Levanta la mirada hacia la grieta del techo y se queda ahí, completamente quieto, con la sensación de que si se mueve será por algo peor que antes o por nada en absoluto, un absurdo que a estas alturas ya es prácticamente lo mismo que dejarse reducir a la nada más absoluta, a ser invisible, a no ser nadie, a no vivir, a no existir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.