domingo, 5 de abril de 2026

-Relato 2 de Isabel García Fuentes

Un instrumento de tortura


El ruido es ensordecedor. Las luces parpadean sin cesar y el aire está cargado de humo, sudor y una mezcla de perfumes. Clara siente los párpados pesados y decide concentrarse en la vibración de la membrana de los altavoces. Pum, pu-pum-pu, pum. El sonido retumba al mismo tiempo en su sien, así que mira a su alrededor olvidando su propósito. Sus amigas saltan y cantan al ritmo de la música. Todo el mundo parece estar pasándoselo en grande, menos ella.

El dolor en los pies es insoportable. Intenta aguantar mientras recuerda lo ingenua que fue al pensar que sería solo un pequeño sacrificio por la sensación de lucir altura, elegancia, como su hermana pequeña, pero la tensión en el talón aumenta con cada paso que da al bailar. Siente la parte frontal del pie apretada, cada uno de los dedos retorcidos y presionados contra el material sintético de los stiletto.

Se da cuenta de que ha sido víctima de una ridícula comparación. ¿Qué sentido tiene sentirse inferior a su propia hermana? Tenía que haber optado por la opción cómoda, unas sandalias de plataforma. De todas formas, no tenía que impresionar a nadie esa noche. Así ha sido desde que empezó a salir con Javi hace nueve años, sin embargo, esa noche quería verse distinta, destacar. «Desde luego, te estás luciendo», piensa Clara, sin creer que nadie en toda la sala tenga los talones igual de ensangrentados que ella.

Mira a sus amigas, que siguen bailando, y se siente culpable por siquiera pensarlo. No quiere arruinarles la noche. Sabe que ellas no suelen salir mucho, que habían planeado la salida desde hacía semanas, y se siente desagradecida solo por querer irse. Pero no puede soportarlo más. Necesita sentarse un poco o se desmayará, así que opta por lo primero.

—Chicas, me duelen mucho los pies. ¿Podemos descansar un rato? —El quejido de su voz se ve opacado por el ruido.

Marta y María la miran con el ceño fruncido y se acercan a ella. Laura repite sus palabras y señala a sus pies con expresión de dolor. 

—Claro, vamos a sentarnos un rato. —María, la más empática, se gira la primera para abrirse paso entre la multitud. 

Las tres se encaminan hacia la puerta de la discoteca, serpenteando en busca de un poco de aire. Fuera, el bullicio de la música se apaga y el mundo parece haber bajado el volumen. Clara suspira con alivio al sentarse en el escalón de la puerta de una casa cercana. Se quita los tacones, y mueve los pies y los dedos con cuidado. Los masajea con la intención de calmar la punzada, pero no puede evitar que se le salten las lágrimas.

—¿Te sientes mejor? —La voz de María le llega, de pronto, demasiado fuerte.

Clara asiente. Por el rabillo del ojo ve cómo sus amigas están apoyadas en el lateral de un coche con los brazos cruzados. Sabe que si las mira directamente se darán cuenta de que está mintiendo.

—¿Qué hora es? —pregunta Marta con un deje de impaciencia—. Aquí fuera hace frío.

Clara mira la hora en su teléfono. Son las tres de la madrugada, y está claro que la noche ya ha llegado a su fin para ella. Aun así, no quiere ser egoísta.

—Las tres. —Clara se echa un vistazo a los talones y confirma sus rozaduras—. Dadme cinco minutos. ¿Tenéis tiritas?

María y Marta rebuscan en sus bolsos pero no encuentran nada. Por lo general, ella suele llevar alguna perdida en su cartera, pero ese día no le cabía en el bolso y echó el dinero y las tarjetas sueltas. Clara murmulla un «qué suerte» mientras se coloca un trozo de pañuelo de papel entre la herida y el zapato. Con los tacones de nuevo en su sitio y rezando en silencio para que la noche termine pronto, extiende los brazos hacia sus amigas y espera a que le ayuden a levantarse. Las lágrimas vuelven a sus ojos cuando el dolor regresa multiplicado. Una vibración en su bolso la detiene en el sitio antes de dar su primer paso.

—Un momento. —Clara saca el móvil mientras Marta suspira con fastidio.

Lo desbloquea y un mensaje de un número desconocido aparece en la pantalla: «Tu novio está con otra ahora mismo». El corazón se le detiene un segundo, pero inmediatamente desecha el mensaje en su mente. Es imposible. Probablemente lo hayan confundido con su hermano, como suele pasar. Nacieron con menos de un año de diferencia y, además de tener un físico similar, heredaron la característica nariz griega de su abuelo. Alguna que otra vez le han llegado ese tipo de comentarios, que siempre ignora, pues sabe que se trata de su cuñado.

—¿Qué te han dicho? —María le llama la atención con la mano—. ¿Todo bien?

Clara se queda mirando el mensaje con una sensación extraña de incomodidad y rabia hacia sí misma por haber creído, por un segundo, que lo que decía esa persona anónima era verdad. Conoce a su novio y sabe que no es capaz de engañarla con otra. Pero también sabe que está cansada. Sabe que sus pies no pueden más. Y sabe que lo que más le conviene ahora es hacer que esta noche termine.

—Mirad. —Lo dice casi en voz baja, mostrándoles el teléfono sin dirigirles una mirada—. Me han mandado este mensaje.

—¿Qué? —María se acerca con sorpresa.

—No me lo puedo creer. —Marta se acerca más, frunciendo el ceño—. ¿De quién es?

Clara niega con la cabeza. El silencio se instala por un segundo y las amigas la miran, pero sin saber qué decir. Finalmente, María suspira y mira a Clara con compasión.

—No te preocupes, debe ser una broma de alguien. ¿Sabes qué? ¡Nos vamos! —decide María con determinación.

—¿Enserio ya nos vamos? —Marta se lamenta en voz alta.

—No quiero que te quedes preocupada por esto. —María ignora el comentario de Marta—. Te vas a tu casa y verás que Javi está allí como siempre. Y si no, le cantas las cuarenta.

Clara siente un alivio instantáneo, pero no sabe hasta cuándo podrá sostener la mentira. El camino hacia la parada de taxis se le hace interminable. Camina apoyada a sus amigas, pero tiene que pararse cada pocos pasos. Los pañuelos de papel que se colocó en los talones le están haciendo más daño que bien, y se los termina arrancando a mitad de trayecto dejándolos en carne viva.

—Clara… —María se agacha un poco para ponerse a su altura—. Oye, mírame.

 Clara levanta la mirada. Sus ojos están húmedos, pero no por la razón que ellas creen. Aprieta los labios.

—Estoy bien. —Su voz sale quebrada.

—No estás bien —responde María, suave—. Y no pasa nada. Es normal que te afecte. Es más, llora, desahógate con nosotras si hace falta.

Clara asiente. El ardor del talón se intensifica.

—Es que… —Clara hace una pausa porque al mover el pie derecho le sube una punzada hasta la pantorrilla—. No sé. Me ha pillado de golpe.

—A ver, yo lo que no entiendo es quién manda esas cosas así —interviene Marta con el ceño fruncido—. O sea, si es verdad, menuda mierda. Y si es mentira, peor todavía. Hay que ser gilipollas.

—Marta… —la corta María, en tono de aviso.

—¿Qué? Es que es así. —Se encoge de hombros y mira a Clara—. Pero vamos, que si tu novio te la está pegando, mejor enterarte ahora que dentro de diez años.

Clara apoya mal el pie izquierdo y siente cómo la piel se le abre un poco más. Cada paso que da es una pequeña tortura. No ve la hora de llegar a casa. María y Marta la observan con culpa y se quedan en silencio.

—Huele a churros —dice Marta de repente, girando la cabeza como si hubiera encontrado un oasis.

Clara levanta la vista y ve un puesto ambulante. El olor que le llega, grasiento y caliente, le revuelve un poco el estómago.

—Uf… —murmura Clara—. No sé si…

—No acepto un no por respuesta. —Marta la arrastra hacia el puesto donde un hombre con la frente sudorosa está friendo la masa—. Esto es terapia, vamos.

—Marta… —María la mira entre enfadada y agradecida—. Igual no le apetece.

—Que sí, mujer. —Marta se gira hacia Clara y rebusca en su bolso—. Si no comes, al menos te sientas un rato. 

Esas palabras bastan. Clara asiente y, con ayuda de María, se deja caer en un banco cercano mientras escucha de fondo a Marta convencer al vendedor de que le eche unos churros más, ya que la cantidad es ridícula para ser tres euros. El alivio no llega como Clara espera. Se quita un tacón con cuidado, como si desactivase una bomba. 

—Joder… —murmura, más para sí que para las demás.

—¿Qué pasa? —Marta llega con un cucurucho a rebosar de churros con azúcar—. ¿Te han escrito otra vez?

—No… —Clara niega rápido—. Son los pies.

—A ver. —María se sienta a su lado enseguida.

Clara suspira y levanta un poco el talón. La piel está en carne viva, brillante.

—María, que estoy comiendo. —Marta hace una mueca y luego mira con arrepentimiento a Clara—. Perdón.

—Te tiene que doler muchísimo —dice María, bajando la voz.

Clara afirma con la cabeza. Siente el pulso en la herida.

—Igual deberías ir al hospital —añade María—. Que te lo limpien bien, que te pongan algo…

—Sí —dice Marta mientras mastica—. Eso tiene pinta de infección.

—No está infectado. —Clara aprieta los labios. No quiere hospital, salas de espera, ni más tiempo de pie—. Prefiero irme a casa. Me lo limpio allí y ya está.

—Pero si no puedes ni caminar —insiste María.

—Puedo —responde, aunque sabe que es mentira—. Solo… despacio.

Marta le tiende un churro.

—Come. El azúcar arregla cosas.

Clara lo coge, pero apenas muerde.

—Vámonos ya —dice Marta, mirando la calle—. El taxi no va a venir hasta aquí.

—Sí —dice María, levantándose—. Vamos despacio.

Clara se incorpora con su ayuda, pero al apoyar, la punzada le sube hasta la rodilla.

—Hostia… —se le escapa.

—¿Ves? —dice Marta—. Hospital.

—Casa —corrige Clara, entre dientes.

—Casa —repite María, conciliadora—. Pero directa.

Empiezan a caminar. Clara se apoya en ellas, avanzando a pequeños pasos, como si el suelo estuviera lleno de cristales. Al llegar a la esquina, un taxi espera con la luz encendida. Marta abre la puerta de atrás de un tirón.

—Venga, entra tú primero.

Clara asiente, pero no se mueve enseguida. Calcula el ángulo exacto en el que levantar el pie sin que el zapato le arranque más piel. Apoya una mano en el marco de la puerta y, con ayuda de María, se deja caer dentro. Marta se acomoda delante y le da la dirección al conductor. El coche arranca con suavidad.

Clara apoya la espalda, ladea un poco las piernas y se quita un zapato con cuidado. Luego el otro. Los deja en el suelo del coche. El aire le roza la piel abierta y el relieve de la alfombrilla le hace cosquillas en las plantas.

Por primera vez en toda la noche, Clara siente que puede pensar. Y piensa en su casa, en que llegará descalza y tirará aquellos instrumentos de tortura en la entrada, sin cuidado. Se dirigirá a la cocina, cogerá una botella de agua helada y un bote de crema hidratante que suele dejar en el frigorífico en verano. Luego irá directa a su habitación, donde Javi estará esperándola para curarle las heridas y darle un masaje.

El sonido de gemidos amortiguados la detiene en la puerta. Dos rostros de sorpresa se giran hacia ella cuando la abre. ¿Qué está pasando aquí? Dos cuerpos desnudos, las sábanas revueltas. Una voz femenina tartamudea su nombre; le suena extraña, no como antes. Clara sigue inmóvil; la punción de sus pies no es comparable a la que siente en su corazón. Entonces la otra figura se incorpora. Es su novio acercándose a ella, como si se tratase de un animal asustado. 

—Clara —dice—. No es lo que parece.


 

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