Sangre
Agarro la linterna con fuerza y le hago una señal con la cabeza a Tania. Ella asiente, se echa el cabello hacia atrás y se coloca delante con otra linterna. El aire huele a cerrado y humedad, el suelo se pega en mis botas, pero Tania, Cati y yo seguimos andando. Miro hacia atrás. Cati es una chica menuda y con el pelo corto, se muerde el labio hasta provocar una herida. Me llevo un dedo a la boca y ella mira hacia el suelo.
Es un lugar que está a punto de caerse por el propio peso del tiempo. Las ventanas están rotas, sus marcos ennegrecidos y los grafitis cubren las paredes como manchas. Tania sigue andando con más contundencia, sin parar, mientras Cati y yo nos quedamos un poco atrás. La antigua clase debe estar cerca. Los pasillos se alargan con las sombras y los cristales se pegan a nuestras suelas. Sólo Tania sigue adelante.
—Aquí está. La clase donde murió ese niño.
Leemos muchas revistas sobre casos así y a Tania le obsesiona ese caso en concreto. Todas decidimos conocer la vieja clase antes de que todo fuese demolido. Empujo la puerta y la madera roza el suelo. Los pelos de la nuca se me erizan con el sonido.
—Vamos a preparar todo —digo. « Joder, qué páginas más raras veis en Internet». Saco un papel con una ouija dibujada con boli bic.
Paso la mano por encima de una mesa aún en pie y levanto polvo, toso un poco. Dejo la ouija encima y la aliso con mi palma. Cati se muerde el labio otra vez. Yo saco el vaso que traigo en mi bolso y lo pongo en el centro de la ouija. Nos sentamos, tomamos aire y ponemos los dedos encima del vaso.
—¿Hay alguien con nosotras ahora mismo?
La voz de Tania rebota por las paredes de la clase. Un golpe seco. Un pájaro cercano ha levantado vuelo y los cristales que quedaban en los bordes de la ventana caen al suelo. Pegamos un respingo. Volvemos a colocar los dedos.
Repite la pregunta y no pasa nada. Miro a Cati, que se muerde las uñas de su mano libre.
—¿Hay algo con nosotras ahora mismo?
El vaso se desliza y se detiene en el «Sí». Tania traga saliva y yo sigo mirando a Cati, que abre los ojos como un búho.
—¿Quieres algo de nosotras? —Sonrío levemente. Intento no soltar una risita.
El vaso vuelve a moverse hacia el «Sí».
—¿Por qué has hecho esa pregunta, tía? —dice Tania, con la frente en tensión—. Joder.
—Es lo típico. ¿No?
—No. Ahora hay algo que quiere algo de nosotras.
Cati carraspea y Tania le mira. Es la única que no ha hablado aún. Tania le hace un gesto con la mano, ella me mira y yo asiento.
—¿Qué… Qué quieres?
El vaso no se mueve. Tomamos aire conjuntamente y Cati levanta la mano un momento. Yo la agarro de la mano con fuerza y la vuelvo a colocar sobre el vaso.
—Si te vas ahora es peligroso para ti.
Cati suelta un soplido y deja su mano ahí. Todo su cuerpo tiembla. Le tomo la mano libre y la agarro. «Si empezamos, lo terminamos». La linterna de Tania se mueve y la luz refleja sombras en las paredes. Siento la humedad en mi cabello, pegando el flequillo en mi frente.
—¿Y si cerramos? —propone Tania.
—¿Qué es lo que quieres de nosotras? —vuelvo a preguntar.
Tania frunce el ceño y no tiene tiempo de replicar. El vaso se mueve en dirección de diferentes letras.
S. A. N. G. R. E.
—Esto es coña, ¿no? ¡Qué cojones! —grita Tania, pero no levanta su dedo del vaso.
—Vamos a seguir.
—¡Tía! Cerramos y nos piramos.
—No podemos cerrar así. Lo sabes.
Tania coge aire y levanta las cejas. Sigue con su dedo apretado en el vasol a pesar de negar todo el tiempo con la cabeza. Cati agarra mi mano con demasiada fuerza y yo se la aparto.
—¿Sangre de qué? —pregunto.
El vaso se mueve al instante.
T. A. N. I. A.
Tania suelta un grito y se levanta de un salto. Niega con la cabeza mientras yo y Cati le agarramos de los brazos y tiramos hacia abajo para que vuelva a sentarse. El suelo está pegajoso y sus botas resbalan en el suelo.
—Vamos a cortar. Tías, esto me da muy mal rollo. ¿Por qué mi sangre?
—Te… Te podemos hacer un cortecito pequeño y ya —dice Cati.
—¡Hazte tú el puto corte!
Tania vuelve a intentar levantarse pero la sujetamos por los brazos. Miro a Cati y sonrío. Ella se muerde el labio de nuevo. Le hago una señal y sujeta a Tania por los brazos mientras yo me coloco encima de sus piernas. Ella no deja de gritar y moverse, pero yo coloco mis manos en su garganta con fuerza y aprieto hasta que se queda sin aire.
Se queda inmóvil en poco tiempo. Tomamos su brazo y le realizamos dos cortes profundos y limpios en sus venas, dejando la sangre sobre la ouija. Volvemos a poner las manos en el vaso y cerramos la sesión. Me guardo el vaso y el boli bic.
Al día siguiente, nadie encuentra a Tania. «A nosotras nos dijo que iba a ver a su novio» . Mi ropa, en el lavadero, aún huele a humedad, pero no está sucia. Cati y yo hacemos carteles de búsqueda, recortamos fotos de Tania y las pegamos con cinta en las esquinas. A veces, los reporteros de la televisión vienen a entrevistarnos. Siempre llevo un pintalabios rojo para ocasiones imprevistas como estas. En nuestras redes sociales también subimos carteles de búsqueda y pedimos difusión.
Cati no sale de casa últimamente. Hace unos días, han demolido el antiguo colegio del barrio. Paso muchos días alrededor de las ruinas y golpeando los restos con mis botas. El cartel que pusimos de Tania hace una semana tiene ya los bordes rasgados y la tinta está desgastada.
Es un lugar que está a punto de caerse por el propio peso del tiempo. Las ventanas están rotas, sus marcos ennegrecidos y los grafitis cubren las paredes como manchas. Tania sigue andando con más contundencia, sin parar, mientras Cati y yo nos quedamos un poco atrás. La antigua clase debe estar cerca. Los pasillos se alargan con las sombras y los cristales se pegan a nuestras suelas. Sólo Tania sigue adelante.
—Aquí está. La clase donde murió ese niño.
Leemos muchas revistas sobre casos así y a Tania le obsesiona ese caso en concreto. Todas decidimos conocer la vieja clase antes de que todo fuese demolido. Empujo la puerta y la madera roza el suelo. Los pelos de la nuca se me erizan con el sonido.
—Vamos a preparar todo —digo. « Joder, qué páginas más raras veis en Internet». Saco un papel con una ouija dibujada con boli bic.
Paso la mano por encima de una mesa aún en pie y levanto polvo, toso un poco. Dejo la ouija encima y la aliso con mi palma. Cati se muerde el labio otra vez. Yo saco el vaso que traigo en mi bolso y lo pongo en el centro de la ouija. Nos sentamos, tomamos aire y ponemos los dedos encima del vaso.
—¿Hay alguien con nosotras ahora mismo?
La voz de Tania rebota por las paredes de la clase. Un golpe seco. Un pájaro cercano ha levantado vuelo y los cristales que quedaban en los bordes de la ventana caen al suelo. Pegamos un respingo. Volvemos a colocar los dedos.
Repite la pregunta y no pasa nada. Miro a Cati, que se muerde las uñas de su mano libre.
—¿Hay algo con nosotras ahora mismo?
El vaso se desliza y se detiene en el «Sí». Tania traga saliva y yo sigo mirando a Cati, que abre los ojos como un búho.
—¿Quieres algo de nosotras? —Sonrío levemente. Intento no soltar una risita.
El vaso vuelve a moverse hacia el «Sí».
—¿Por qué has hecho esa pregunta, tía? —dice Tania, con la frente en tensión—. Joder.
—Es lo típico. ¿No?
—No. Ahora hay algo que quiere algo de nosotras.
Cati carraspea y Tania le mira. Es la única que no ha hablado aún. Tania le hace un gesto con la mano, ella me mira y yo asiento.
—¿Qué… Qué quieres?
El vaso no se mueve. Tomamos aire conjuntamente y Cati levanta la mano un momento. Yo la agarro de la mano con fuerza y la vuelvo a colocar sobre el vaso.
—Si te vas ahora es peligroso para ti.
Cati suelta un soplido y deja su mano ahí. Todo su cuerpo tiembla. Le tomo la mano libre y la agarro. «Si empezamos, lo terminamos». La linterna de Tania se mueve y la luz refleja sombras en las paredes. Siento la humedad en mi cabello, pegando el flequillo en mi frente.
—¿Y si cerramos? —propone Tania.
—¿Qué es lo que quieres de nosotras? —vuelvo a preguntar.
Tania frunce el ceño y no tiene tiempo de replicar. El vaso se mueve en dirección de diferentes letras.
S. A. N. G. R. E.
—Esto es coña, ¿no? ¡Qué cojones! —grita Tania, pero no levanta su dedo del vaso.
—Vamos a seguir.
—¡Tía! Cerramos y nos piramos.
—No podemos cerrar así. Lo sabes.
Tania coge aire y levanta las cejas. Sigue con su dedo apretado en el vasol a pesar de negar todo el tiempo con la cabeza. Cati agarra mi mano con demasiada fuerza y yo se la aparto.
—¿Sangre de qué? —pregunto.
El vaso se mueve al instante.
T. A. N. I. A.
Tania suelta un grito y se levanta de un salto. Niega con la cabeza mientras yo y Cati le agarramos de los brazos y tiramos hacia abajo para que vuelva a sentarse. El suelo está pegajoso y sus botas resbalan en el suelo.
—Vamos a cortar. Tías, esto me da muy mal rollo. ¿Por qué mi sangre?
—Te… Te podemos hacer un cortecito pequeño y ya —dice Cati.
—¡Hazte tú el puto corte!
Tania vuelve a intentar levantarse pero la sujetamos por los brazos. Miro a Cati y sonrío. Ella se muerde el labio de nuevo. Le hago una señal y sujeta a Tania por los brazos mientras yo me coloco encima de sus piernas. Ella no deja de gritar y moverse, pero yo coloco mis manos en su garganta con fuerza y aprieto hasta que se queda sin aire.
Se queda inmóvil en poco tiempo. Tomamos su brazo y le realizamos dos cortes profundos y limpios en sus venas, dejando la sangre sobre la ouija. Volvemos a poner las manos en el vaso y cerramos la sesión. Me guardo el vaso y el boli bic.
Al día siguiente, nadie encuentra a Tania. «A nosotras nos dijo que iba a ver a su novio» . Mi ropa, en el lavadero, aún huele a humedad, pero no está sucia. Cati y yo hacemos carteles de búsqueda, recortamos fotos de Tania y las pegamos con cinta en las esquinas. A veces, los reporteros de la televisión vienen a entrevistarnos. Siempre llevo un pintalabios rojo para ocasiones imprevistas como estas. En nuestras redes sociales también subimos carteles de búsqueda y pedimos difusión.
Cati no sale de casa últimamente. Hace unos días, han demolido el antiguo colegio del barrio. Paso muchos días alrededor de las ruinas y golpeando los restos con mis botas. El cartel que pusimos de Tania hace una semana tiene ya los bordes rasgados y la tinta está desgastada.
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