domingo, 31 de mayo de 2026

-Relato 6 de Miguel Quezadas Barahona

 Eres todo un profesional

 

Te miras al espejo. Vuelves a caminar por tu camerino. Te toca salir. Calientes la voz una vez más. Recuerdas el ejercicio que te enseñó la maestra Beatriz. Escuchas tu entrada y sales a escena.

Te fue bien. Vuelves a aparecer con todos los actores cuando termina la obra y agradeces a la gente que ha ido, es poca, no es como en Ciudad de México. Sabes que no eres conocido, nadie del elenco lo es.

Vuelves a casa, a con Ximena, te esperó hasta que salieras de la función. Abres la puerta y lentamente te asomas solo para verla acostada, pero por su respiración sabes que está despierta. Sigue molesta contigo por la pelea de anoche, sabes que ese coraje durará. Te cambias y vuelves a salir, tus compañeros han quedado en reunirse en “Milagrito”, el bar de siempre.

Llegas con el estacionamiento lleno, pero logras entre tantos autos estacionar tu coche, miras un espejo, luego el otro, miras en el retrovisor y ves que no hay nadie. Tienes espacio para acomodar tu Nissan de gama baja.

Al bajar ves tu teléfono, preguntas en que parte están y sigues caminando. Escuchas el sonido de una notificación. Lo abres y antes de leerlo ves la silueta de Josué y de los demás. 

Te acercas y saludas a todos, notas que hay algunos rostros desconocidos en la mesa. Quizás algunos actores que conocieron en la función, pero notas uno que reconoces a la perfección; su sonrisa, sus ojos verdes y el tatuaje en el hombro. Josué te los presenta. 

—Hermanito, ella es Camila. —Ambos guardan la compostura, que se rompe cuando Josué nota su silencio.

—No me digas que ya se conocen. —Nadie dice nada.

—¡No puede ser! Ya se conocen.

Ambos lo niegan, lo pactan con la mirada y fingen no escuchar a Josué. 

El resto de la noche pretenden llevarse bien, cambian de bares hasta que todos terminan en el departamento que rentó Josué.

—¿Hasta cuándo lo rentaste?

—Hasta mañana.

Cuando está borracho habla con frases cortas. Pasas de él y del sofá donde están sentados y sales a fumar. En el camino ignoras a Camila y abres la puerta. Lo enciendes y le das la primera calada. Ves que Camila también va a salir, estar a solas es buen momento, si, es buen momento.

—Hola.

—Hola.

—¿Me has estado evitando?

Le dices que no, que has estado distraído y que no quieres hacerla sentir incómoda. Sabes que es mentira, pero prefieres disimularlo. Hablan del pasado, de las noches que salían a ver Lagunilla: mi barrio y pasear por los alrededores. Cuando ensayaban sus largos diálogos. Todo ello termina con un: te veo adentro.

Pero no termina solo ahí, no puede. Revisas tu teléfono, ya tienes su número y su Instagram: Revisas las publicaciones, ves lo que ha hecho en esos dos años sin saber de ella. Vuelves a casa en la madrugada. Antes de dormirte, vuelves a ver una vez más su foto de perfil.

Despiertas y ves un mensaje, es Camila saludando y preguntándote si te gustaría que salieran. No recuerdas si le hablaste de Ximena, quizás no. 

Aceptas, sales vestido para la ocasión. Es para tomar un café, te dices a ti mismo que es una reunión de viejos conocidos y que lo haces por el cariño que le tienes como persona y no como expareja.

Está reluciente, tiene el cabello recogido, parece que ha ido a correr antes de venir al café. Te acercas a saludarla, sientes su rostro afilado y su olor a jardín. Te sientas y comienzan a hablar. Hablan de muchas cosas y recuerdas porqué la amabas. Todo aquello que había sigue estando presente: esa risa incómoda al final de las oraciones, la forma de hacer una pausa antes de rematar las bromas y su irremediable forma de saltar de tema en tema, todo sigue ahí. 

Saca una carpeta y te habla en otro tono, un tono más serio y profesional, como cuando pedía algo en los restaurantes o hablaba con sus padres.

—Tengo un guión para ti. ¿Lo leerías y me avisas si lo quieres?

—¿De qué se trata?

—Es un monólogo, léelo y me dices.

—Lo leo y te digo.

 

En casa, ves a Ximena cocinando solo dos huevos que son para ella. Las tomas por detrás y le besas el cuello, pero ella te aparta, no es como antes, simplemente te aparta como se aparta a las moscas del pescado. 

—¿Has vuelto a pintar? —Es tu ataque a distancia.

—No —esquiva el tiro.

—¿Cómo van las clases? —Haces un segundo intento.

—Bien, ¿y cómo va el sonido? ¿han contratado? —La tenía guardada.

—No, ¿a ti te han llamado? —das un último zarpazo con más tregua.

—No, habrá que ver si hacen fiestas ahora que vienen las lluvias. —Ella acepta tu tregua.

Hay mal tiempo afuera, la temporada de lluvias comienza y, por tanto, lees el monólogo de Camila. Es bueno, está bastante bien. Lees que tiene ciertas anotaciones, algunas son pequeñas acotaciones, pero también ves un pequeño mensaje, como cuando se lee un libro dedicado. Lo que lees te hace quererla llamar, para verse y también para hablar del monólogo.

Te asomas en el cuarto para ver a Ximena, pero ya está dormida cuando sales para verla, no son ni las nueve, pero ella ya está dormida. Con Camila hablas de los pormenores y los ensayos, todo lo relacionado a la obra queda resuelto en menos de una hora. Tras ellos se piden su cuarta cerveza. Esa parte de ella te gusta, la forma en la que sostiene la botella con las ultimas falanges de sus dedos y la empina en ángulos agudos. Te hacen querer besarla, pero te resistes, la mesa los separa. Pagan la cuenta y después se levantan, miras el verde de sus ojos apuntándote directo a tu boca y la besas. Te acuerdas de las noches en la Roma, de las salidas al teatro Insurgentes y de todos los castings donde a ninguno de los dos aceptaron.

Le tomas la mano y embona con la tuya, como si hubiesen sido una única pieza que la vida separó y se van a un motel, ahí consuman su hambre, su nostalgia por días mejores y al acabar regresa cada uno a casa.

 

Te asomas al cuarto, pero es muy tarde, prefieres el sofá donde nadie verá que llegaste, ni olerá el hedor de cuerpo ajeno en ti y tu ropa, Ximena lo notaría.

 

Contratan el sonido para unos quince años, para tu suerte mucha gente nace en noviembre gracias a San Valentín. Tendrás dinero.

Camila te vuelve a llamar, quedan de verse en el mismo lugar de siempre. No le dices aun nada de Ximena, muestras tener todos los síntomas de un soltero, es culpa suya por volver a aparecer en tu vida después de dos años. Terminas de afeitarte y te asomas para ver que Ximena esté dormida. Con Camila poco se habla de “con amor a ti”. 

—¿Con amor a mí? —respondes, como siempre.

—Ya aburres con esa broma. —Mira al suelo mientras ríe.

—Va quedando muy bien.

Terminan su última copa de vino y de nuevo van al motel. Antes de irte, te toma del hombro, te seduce para que te quedes un poco más. No puedes, Ximena sospecharía si te oye llegar a las cuatro, es mucho riesgo.

Te planteas hacer temporal a los encuentros, solo hasta que a Ximena se le pase el coraje que trae contigo. Te despides de Camila y le das un último beso antes de salir por la puerta aquella, tratas que sea un beso lento, para que sienta lo mucho que la amas y lo que la has amado todo ese tiempo.

En casa entras lentamente, no necesitas encender la luz porque el sol ya comienza a iluminar todo desde la ventana, pero la ves sentada, en el sofá donde has dormido. Ha visto cómo te asomaste y cuando volteaste a todos lados.

—¿Con quién estabas?

—Con unos amigos.

—Hueles a sexo... a puta.

—Otra vez tus celos. —das más excusas.

Callas mientras ella llora, mientras te reclama por todas las veces que has hecho lo mismo. Desde la muerte de su padre no ha sido igual, siempre quiere estar en cama. Piensas en recriminárselo, pero no vale la pena, no quieres meter a su padre en esta pelea de pareja. Solo aceptas su reclamo y cuando ves que guarda sus cosas para irse, la dejas hacerlo, suele volver más pronto que tarde. Mientras baja las escaleras esperas a decirle a Camila sobre verse hoy, lo necesitas. Te queda ella y “con amor a ti”.

 

—Pero me dijiste que tus vecinos se molestaban si hacíamos ruido.

—Ya no molestarán más, se han ido hoy mismo.

—¿Entonces te veo allá?

—Si, te espero.

Cuelgas la llamada y te dispones a borrar cada cosa que pareciese ser de Ximena, las etiquetas de su ropa que quedaron guardadas entre esquinas de la casa o sus usuarios en la televisión. Escuchas el mensaje: Ya estoy aquí.

Bajas y le abres el portón, le das paso a las escaleras, usa un vestido floreado que te hace pensar en lo que hay debajo inclusive antes de tan siquiera tocarla. Entra y le muestras a puertas abiertas tu casa, tu hogar donde eres soltero y haces cosas de soltero hasta que volvió a aparecer ella después de mucho tiempo, ´porque ella ha sido la persona que más has amado en la vida desde siempre, tu único y verdadero amor.

Le ofreces una cerveza, enciendes la música y comienzan a hablar sobre sus días, te sientes como si hubiesen sido pareja de toda la vida. Le tomas la cintura y la interrumpes mientras te contaba algo irrelevante. Sientes la carne de sus labios y la de sus muslos. El vestido termina en el suelo y ella y tú en la cama, con sábanas que fueron cambiadas hace pocas horas.

Ahí dices las palabras que dice también en tu texto: "te amo".

—¿Me amas?

—Desde siempre.

Te interrumpe el timbre, quizás algún vecino le importunó el sonido de un hombre que ama a otra. Abres la puerta y te asomas para ver quien es. Te sorprendes al ver a Ximena, quien con lágrimas en la cara viene a pedirte perdón, no tardó nada en volver, comienzas a sentirte como si escondieses una motocicleta robada en tu habitación.

—No quiero seguir perdiendo más gente, te amo.     —Se acerca a besarte, pero tú ya has besado a alguien, no quieres que lo note, pero lo haces de todas formas. Te besa con la misma fuerza con la que te besaba en los primeros meses antes de irse a vivir contigo. Te toma de la nuca y se te lanza para que la cargues como solían hacerlo, tu solo ruegas porque Camila no se ponga alguna ropa tuya y salga de la habitación a preguntar quien es.

Sientes el contraste con Camila, la bajas de tus brazos y le dices que necesitas tiempo para pensarlo, que venga mañana.

Ella te abraza y calla, sabes que hueles a Camila, pero a ella no le importará, no tiene olfato ahora. Quedan de verse en un café, se lo invitarás, le dices que comiencen desde cero, que se vuelvan a conocer como cuando fue su primera cita y la besas. Le repites que necesitas tiempo y que ahora quieres estar solo. Escuchas los pasos descalzos de Camila, en la habitación, imaginas a ella saliendo y a las dos encontrándose mutuamente. Imaginas la reacción de las dos, pero no ocurre, Camila no sale y Ximena te dice que te ama y baja a su auto, tú te asomas y ella te ve, le guiñas el ojo. Estás enamorado de ella, pero necesitas tiempo. Vuelves a la habitación, aun con el sabor del beso con Ximena. Continúas amando a Camila.

—¿Quién era?

—Buscaban a otra persona.

 

Es catorce de febrero y llega el momento de celebrar el amor. Después de tantos ensayos vuelves a caminar por tu camerino. Te toca salir. Calientas la voz una vez más. Recuerdas el ejercicio que te enseñó la maestra Beatriz. Sales al escenario, con el telón aun cubriéndote. Ves al público, resalta el cabello de Camila, más al fondo de entre todos también ves a Ximena, que te ha ido a ver, que tiene un ramo de flores para festejarte. Tienes que decirle, ya has herido a mucha gente, debes decirle de una vez por todas. Te dices a ti mismo que debes de dejar de hacer juegos malabares entre las dos. Debes de hacerlo, pero antes comienzas a hablar, olvidas todo lo anterior, ahora eres el monólogo.

Hablas sobre amar a alguien tan profundamente que te fundes en una sola idea. En amar más allá de la muerte y del tiempo mismo. Porque así es como ves el amor, como un profesional que se entrega a este y no a las personas.

 

- RELATO 6 GUSTAVO CONDE

PROSA FLAMENCO DEL SUSURRO DE UN ATARDECER ROSADO 

 Aunque es de noche he de advertirte de las palmas. Cientos de ellas. Cuando las escuches dispárales, dispara a cada una de esas perras; dispara y ocúltate detrás del eco de la bala, detrás del lejano cerro de oriente, detrás del atardecer rosado. Vendrán a por ti. Vestidas de mujeres hermosas, las más bellas del Gran Cairo; las más bellas de la Nueva España, las más bellas de México. Te hablarán con tanta poesía de antaño. Sus senos desnudos cobijarán tu pecho y tu rostro. Te confundirán conmigo. Ahí el tiempo no existe. Encerradas todas las amantes del pueblo bajo un eterno cielo mexicano que jamás se ve envejecer. Para ellas yo seguiré vivo. Susurrarán mi nombre (nuestro nombre). Todas esas palmas son huérfanas de padre. Sólo buscan el amor de un hombre que ha partido para no volver. Así nos han dejado en este país. Esperando y esperando. Ignóralas. Están acostumbradas. Ignora cada señal, cada susurro, cada palma. Baile tras baile esperarán a que nieve porque les han contado que afuera de los montes, en una lejana capital, Dios ha pintado los tejados de blanco. Están resentidas porque les han robado. Yo las he sacrificado. A cada una de ellas. Te hablará Mariana, oh Mariana. La idealizarás y soñarás con ella. Soñarás que se sube a tu cama mientras duermes y que te hace el amor. Soñarás con su baile de piso y de sábanas. Soñarás con esa gitana. Te susurrará cantará. Todos los hombres le gritan y cantan ¡guapa! La extrañarás porque yo la extraño. No nos ha perdonado. Gitana de media noche. Bailarina de flamenco de piso en aquel callejón del beso. Pisadas firmes de tierras coloniales, conquistadas por España y por su carácter de Andaluz. Una vez entres en la tierra de sus palmas no habrá día que no te susurre. Querrás poseerla tanto. Tú huirás. Quiere que grites y que vuelvas para que terminemos juntos. Serán (seremos) uno cuando muera la tarde. La arena partirá y la guitarra de otoño llorará para ti. Una carta sin remitente me ha contado cómo han ido todos a por ella. La buscan. Orgullosa ha escrito tu nombre en la frente del pueblo. Le han disparado y su cuerpo habita entre las ruinas de una iglesia. No la desentierres. No dejes escapar su voz. Deja que muera la historia. Aunque el cielo se vea rosado y la ciudad te grite por auxilio, tú déjala muerta. Te advierto, hijo, que una carta sin remitente te hará volver ahí, el rencor a desconocer tu historia te encaminará, una carta sin remitente te recordará mi pasado (nuestro pasado), espero me perdones por esas raíces en letras que envolverá a las palmas de nuestra perdición;


(Palmas flamenco de raíz; palmas azules de luna vieja; palmas de sirena ahogada por cola cortada; palmas de dichos retenidos; palmas de lluvia de nochebuenas; palmas de tradiciones aplastadas y corroídas; palmas de sacrificios en juego de pelota; palmas de oro sin dueño; palmas de falso minotauro; palmas de valiosas esmeraldas; palmas de hombres nacidos donde sale el sol; palmas de ciudades flotantes y barcos de tierra; palmas cogedoras de eternas promesas; palmas de Quetzal; palmas negras de tienda de raya; palmas criollas de muerte mágica; palmas huérfanas de mexicanas; palmas del ombligo de la luna; palmas patrióticas; palmas de criminales liberados por una noche; palmas y lomos de burro quemados por el peso de un tesoro; palmas de cartuchos quemados en inocentes; palmas de borrachos y héroes fusilados; palmas de traición; palmas de voces que piden ser nombradas; palmas gritonas; palmas de ríos; palmas de montes; palmas del alba; palmas de hacendados con cabeza cortada; palmas de carbón enterrado engañoso; palmas de azufre; palmas de una noche sin criaturas; palmas de Adelitas; palmas sin tiempo pero con memoria; palmas de listas borradas; palmas de caballos que vuelven arrastrando al jinete por el suelo; palmas de coros de machos; y entre esas palmas el verso de un susurro):

 

 

Escuchas un taconeo. No es flamenco, no son cañones (esos llegarán más tarde, entre gritos de libertad). La Josefa (cariño mío, dueña del inicio y del encarcelamiento), golpea, baila, taconea (tac tac). Campanadas de tacones divorciados, campanadas de boleros, campanadas de soles escalan por el vestido de su vestido y tejen una salida en forma de grito de voz ahogada; trágate las palabras de Hispania y hazlas arder dentro de ti. Corre y agarra el caballo. Cabalga para no volver: llévate al tiempo en su perlado lomo bayo, somos uno con él (centauros del nuevo mundo), nos temen, presencia y siente su temor en los ojos verdes del invasor. Deja que el sol te marque y tatúe tu rostro sobre su espalda, así sabrán que te pertenece y que le perteneces; aléjate más, aún no es suficiente, te siguen viendo, aléjate sin afrenta, aléjate sin azoramiento, aléjate hasta más allá del centro: afuera del centro todo es niebla. Grítanosa lo lejos, no nos olvides, nosotros oiremos, lo prometo (lo prometemos). En esta ciudad todos nos conocemos. Recios, recatados: olvida dos. Nos cobijan los arcos de serpiente. El agua dejará de correr algún día y arriba nosencontrarás gritando tu nombre. Las campanadas seguirán cantando por ti aún después de doscientos años. Llega Guanajuato tócalas allá, su sonido replicará, fuimos el inicio, que a nadie se le olvide. Recordaremos tu rostro cuando el caballo vuelva sin ti. El tiempo (nuestro tiempo) nunca termina. Tu ciudad no irá a ningún lado. Ciudad de poetas, ciudad del surrealismo, ciudad eterna. La cantera se sigue envolviendo en rosa ante los ojos de los cotorros verdes; vuelan y vuelan entre las casonas hasta que el atardecer los echa a dormir. ¿Ves esas parvadas de aves? Vuelan de regreso al templo de la cruz; dormirán sobre esas cruces que nunca se cansan. Vuelve con ellas si algún día te pierdes. Tac tac. El taconazo sigue sonando ¿lo sientes? Sólo somos los zapatos de la burguesía; somos los tacones de pensadores (nuestro pasado que sigue caminando y no se dejan enterrar); tacones que bailan en los jardines del centro. Los señores ven bailar a las damas, desde las bancas. El lustrador de zapatos sonríe. El quiosco enciende sus luces y la banda sigue tocando. Escúchala y canta con ella. Concédeme este paso antes de tu partida y sonríe conmigo. El sol se va y la iglesia enciende sus luces. Los más viejos entran a rezar. Las posadas son el manjar de diciembre. Por favor,dime que vuelves para ese desfile que tanto disfrutabas en la infancia. Ya te digo yo que volverás; volverás porque como esta ciudad no hay dos; volverás porque hasta los caballos se seducen por los taconeos de las Josefas que bailan en la alameda; volverás porque aquí hasta los gatos hacen poesía; volverás porque los cotorros no cierran los ojos cuando duermen. Cuando te decidas a regresar observa al cielo, toma la cola de la rosa en bengala y envuélvete ensus cenizas (nuestras cenizas, deja que te encierren), deja que se convierta en una parvada de pericos y agarra uno paraque cante así sepas que aquí, donde descansarás para siempre, es Querétaro; la rosa en bengala: la ciudad del atardecer rosado;

-Relato 6 de Carmen Reinoso

Violent Virgin

    El humo cubre toda la carretera y comienzas a toser. Se te ha olvidado traer una bufanda que tape tu cara como el resto. Los antidisturbios comienzan a pegar a tus compañeros con sus porras y el caos navega a tu alrededor, ves caras llenas de sangre y gente vomitando. Te alejas del núcleo del caos y te chocas con gente de paso.

    Dos chicos jóvenes, con cascos blancos pintados con proclamas y bufandas rojas que cubren sus narices y boca, te agarran de los brazos y te ayudan a salir de allí. Te conducen hacia un callejón donde tus botas pisan papel mojado en el asfalto y todo huele mal. Hay más gente alrededor, pero tus ojos dejan de lagrimear y se fijan en los dos chavales. 
    —Gracias. ¿Quiénes sois? 
    —Yo soy Ryo —dice el más joven, con el pelo teñido de rubio. —Ese es Hiro.
    —Yo soy Kumi. Encantada.
    Ryo te agarra de la mano y la sacude, tú le sonríes. Cuando se quita la bufanda te fijas en que es guapo. Hiro se quita su bufanda y notas que sus ojos parecen extraños, sin poder disimular tu curiosidad. El joven extiende su mano y espera a que tú se la tomes.
    —Soy ciego —dice el chico. —Y ese es de la otra acera, así que ni lo intentes. 
    Ryo se ríe y le da un golpe de broma a su compañero mientras tú sientes cómo te arden las mejillas. Lees sus cascos lentamente: Facción del Ejército Rojo. Ya sabes que son estudiantes revolucionarios, pero quizás son de otra facción. 
    —¿Tú perteneces a algún grupo? Deberías venir más preparada. Nosotros estamos distribuyendo panfletos con información, pero ya sabes. Hay que tener cuidado.
    —No pertenezco a ningún grupo. ¿Hay que hacerlo? —preguntas de vuelta a Hiro. 
    Él levanta los hombros. La policía deja de avanzar y puedes salir del callejón junto a los demás. 

    Pasas los días yendo a conciertos de jazz con tus nuevos amigos. Otros días entre cuatro paredes escuchas a J. A. Seazer mientras fumas. Distribuyes folletos. Vas a ver la última película de Wakamatsu llamada Violent Virgin donde sale una chica crucificada en el póster y Ryo le murmura a Hiro todo lo que aparece en pantalla. El humo te sigue rodeando de una forma tranquilizadora esta vez, psicodélica, llena de música y olores diferentes pero agradables.
    —¿Cómo perdiste la visión? —preguntas un día a Hiro, tendida en el sofá junto a Ryo.
    —Fue hace unos años, cuando quise poner una bomba en una base yanki. Me salió mal y así me quedé.
    —Joder. Qué pena.
    —Algún día habrá que intentarlo de nuevo. Pero, ¿qué puedo hacer yo solo y así? 
    Te levantas del sofá y le tocas la cara a Hiro, que no reacciona apenas, hasta sentarte en sus piernas. Ryo se empieza a reír.
    —Empiezo a sobrar. Aunque tampoco te vayas a lanzar, chica. Hiro es virgen. —El chico ciego empieza a golpear el aire hasta que da con el lugar donde está su amigo riendo.
    —No importa. Yo también soy virgen. 
    —Y vas a seguir siéndolo si sólo te juntas con un gay y un ciego. ¿No, Hiro? 
    Hiro no contesta. El ego masculino es muy frágil. Tú sonríes y te quedas a su lado, sin hacer nada. Miras sus ojos y sigues acariciando su mentón y mejillas.
    —Ryo —dices al otro joven. —¿Quedan de esas bombas por aquí? ¿O algún arma?

    Te imaginas por un instante que tienes un AK-47 en las manos y la ropa medio arrancada mientras corres hacia la playa. En realidad, estás desarmada y llevas la ropa medio arrancada, mientras corres hacia la playa, y te persiguen a ti y a tu compañero. «Puta, no tienes nada que hacer aquí». 
    No había ningún arma en el local. Todo confiscado. Encima, unos mafiosos habían convertido el local en su lugar de descanso. Al salir corriendo, tras zafarte de las garras de esos tipos, la adrenalina sube y sube hasta hacerte ver sangre en tus ojos. 
    —Kumi. Kumi. ¡Kumi! Han desaparecido. Se han cansado. Para.
    La voz de Ryo hace que te pares lentamente. Notas tu piel salada y cubierta de sudor, tu respiración se ha hecho pesada e insoportable. Te tiras en la orilla y sientes el agua fría en tu piel, llenando tus ropas rasgadas. No sabes cuánto tiempo pasa hasta que tu respiración se vuelve normal.
    —Es inútil. 
    —No hables así, Ryo —dices, entre respiraciones pesadas aún.
    —No sé si todo esto va a servir de algo o nos van a seguir jodiendo hasta el día que la isla se hunda. 
    Abrazas a Ryo, pero notas que está ya muy lejos de ti y su mente vuela hacia otro lugar. Quizás hacia un pequeño bar en Shinjuku, o una tienda de música. Él te habló de algo así alguna vez.

    Besas a Hiro en los labios y luego en el mentón, donde se le ha crecido la barba. Estás entre cuatro paredes donde te rodea el humo del cigarrillo del joven y música de las habitaciones de los dos lados. La pared está húmeda y el aire también. Tocas con los dedos un folleto que hay junto a Hiro, que se tapa la desnudez. Tú no te tapas y le quitas el cigarro. 
    —Qué horror. Esto no convence a nadie.
    —Están de capa caída —dice Hiro, volviendo a quitarte el cigarrillo como puede y dándote un beso torpe en el hombro.
    —¿Sabes? Estoy pensando en muchas cosas.
    —No te vayas a poner como… 
    Niegas con la cabeza. No vas a dejar nada ni vas a abandonar tus metas. Sólo piensas en el futuro. Quizás puedes decirle eso. Quizás puedes decirle algo diferente. Quizás puedes decirle lo que realmente estás pensando, que es lo peor y lo mejor al mismo tiempo. 
    —Estaba pensando en irme al Líbano a luchar. Los israelíes están masacrando a esos pobres palestinos. Y hay miembros en nuestra facción que están pensando en marcharse con Shigenobu. 
    Hiro toma aire y esconde su cara en la almohada. Tú le acaricias el pelo y te apoyas en su espalda. No dice nada, aunque sólo deseas que te diga que sí o que no, que te ordene qué hacer y decida por ti. Pero él no dice nada.
    Te colocas las bragas y el sujetador. Tardas mucho en hacerlo, esperando que Hiro diga algo. Te giras, aunque él igualmente no te puede ver, y recoges tu falda. Él sigue fumando en el futón. Recoges los zapatos también.
    —Espera. No hace falta que te vayas. 
    Asientes con la cabeza, de nuevo sin sentido porque no te ve. No sabes a qué se refiere, pero te sientas a su lado. Aún hay tiempo para muchas cosas y piensas en todas ellas. Esa noche de luna de sangre acabaría pronto cuando el sol le reemplazara, pero mientras tanto tú seguirías allí, pensando y acariciando a aquel hombre.

sábado, 30 de mayo de 2026

Relato 6 de Sergio Peral

ORLEANS EN LA MENTE


Te sientas en clase como siempre, sin hablar con nadie, mirando la mesa más de lo normal porque cuando miras a los demás tienes la sensación de que en cualquier momento alguien va a notar que no encajas del todo, que hay algo que no termina de funcionar, y entonces levantas la vista casi por inercia, y la ves ya sentada, sin entrada, sin ruido, como si hubiera estado ahí antes que todos, ocupando su sitio sin pedirlo. No hay presentación, nadie la señala, y eso ya te parece raro, porque todo el mundo suele necesitar ser retratado; ella no, simplemente está. Y tú te quedas mirando más de lo que deberías, sabiendo que te estás pasando pero sin hacer nada por corregirlo, porque hay algo que te tira, algo demasiado específico, igual que si un tipo hubiera cogido una idea que llevas años repitiendo en silencio y la hubiera puesto delante de ti sin avisar.

No es que sea guapa, que lo es, es otra cosa más incómoda, más difícil de quitarte de encima: es que encaja; y lo hace demasiado bien en algo que no sabías ni que tenía forma hasta que la ves ahí, con ese pelo largo y oscuro, esos ojos claros que no son exactamente azules ni grises, la piel pálida, los labios finos, la cara limpia, natural, los rasgos eslavos mediterráneos, esa mezcla de inteligencia y distancia que te deja con la sensación de estar mirando un animal raro en mitad de la clase y esa forma de estar sin intentar gustar, sin sonreír por compromiso, sin entrar en el juego de agradar que ves todos los días y que tú tampoco sabes jugar pero por otras razones; todo eso desarma. Ella te reconoce sin mirarte, o al menos eso es lo que te dices en ese instante. Te convences de que la edad —los dos nacidos a finales del siglo XX— y el origen cultural tampoco suponen ningún problema: ella veintipocos, tú cinco más, ella del sur de Francia, tú del sur de España, los dos mediterráneos, los dos estudiantes universitarios en el área de las ciencias sociales; sin embargo, tú no sabes francés. 

La profesora habla del trabajo por parejas sin darle importancia, igual que si fuera una tarea más que hay que cumplir y olvidar, pero tú ya no estás escuchando del todo, ya estás pensando en cómo acercarte sin parecer lo que ya saben que eres, porque sabes que tienes esa fama de insistente, de no medir bien, y aun así levantas la mano antes de pensarlo demasiado, casi igual que si fuera un reflejo, y empiezas a hablar de un documental, de una mujer que huye hacia Francia, de cruzar la frontera, de dejar algo atrás sin saber si merece la pena, y no la nombras pero la metes ahí dentro, en la historia, como si fuera evidente que es ella, lo mismo que si ya estuviera decidido. Ella te mira seria, no sonríe; pero asiente una vez cuando la profesora le pregunta si está de acuerdo en hacer el trabajo contigo, y eso te basta más de lo que debería.


Quedáis ese mismo día, sin rodeos, sin esa fase previa en la que la gente se mide o se prueba, simplemente quedáis porque hay que hacerlo, y os sentáis en una mesa de la facultad con un portátil que tarda en arrancar y un café que casi no sabe a nada. La mesa tiene una mancha seca que nadie ha limpiado; te fijas en eso más de la cuenta. Ahí es donde empieza algo que no sabes qué es todavía, porque ella habla poco pero cuando habla, sin apenas acento francés, no se pierde, no carga, no busca quedar bien, y tú haces lo contrario, ocupas el espacio, conectas ideas, te mueves con cierta soltura en ese terreno porque ahí sí sabes defenderte, y por primera vez en mucho tiempo no te sientes completamente fuera.

—Tiene que dudar. Si no duda, no funciona.

Apuntas la frase sin saber muy bien por qué, igual que si supieras que ahí hay algo importante aunque no lo entiendas del todo, y seguís hablando de cosas que normalmente no salen en una conversación de clase, mientras lo relacionas con el trabajo sobre el exilio republicano en Francia: música que ya no suena en ningún sitio donde estés, Satie, Bregovic, Pink Floyd, ella menciona a Bourdieu sin explicar quién es, tú respondes con Orwell y K. Dick, y todo fluye sin esfuerzo, sin esa sensación de estar forzando algo que te acompaña casi siempre. Y en algún momento, sin darle importancia, ella lo dice.

—Tenemos los mismos gustos.

Lo dice como quien dice cualquier cosa, pero tú no lo recibes así; tú lo guardas. Lo colocas en el centro y empiezas a construir desde ahí. Ese es el primer error. 


Toca ir a la biblioteca y mirar archivos entre cafés fríos, horas buscando material. Habláis y ella no corta ni mira el móvil con cara de prisa. No dice «bueno» para cerrar la conversación; sigue, asiente, contradice, vuelve sobre algo. Te parece una anomalía, y las anomalías cuando llevas años viendo la misma mierda se convierten enseguida en una religión privada. 

Las otras chicas de la clase le hablan de ti cuando no estás. No necesitas que te lo cuente para saberlo, lo has vivido demasiadas veces, pero aun así te lo dice un día, sin intención de herirte, casi como un comentario suelto.

—Dicen que eres un poco intenso.

No te sorprende, no te defiendes.

—¿Y tú qué crees?

—Me da igual.

Y esa frase, que para ella no pesa nada, a ti te sostiene más de lo que debería, porque decides interpretarla como una especie de toma de posición, lo mismo que si estuviera eligiendo algo, cuando en realidad no está eligiendo nada. Habláis del instituto y ahí sí coincidís de verdad, o eso parece, porque los dos lo odiabais, la gente hablando de otros, creando versiones, empujando a los demás a encajar en algo que no habían elegido, y te agarras a eso igual que si fuera una prueba, lo mismo que si esa coincidencia justificara todo lo demás. 

Tiempo después, una de esas chicas que habló mal de ti te pide la cámara para grabar su corto, y tú se la dejas sin pensarlo demasiado, no por generosidad ni por buen rollo, sino porque sabes que enfrentarte a eso es perder energía en algo que no te va a devolver nada, y prefieres evitarlo, como tantas otras veces.


Vais a rodar a la sierra norte, que no se parece a los Pirineos franceses, pero desde cierta distancia funciona, y tú estás más atento de lo normal, porque cuando miras por el visor ocurre algo que no te pasa casi nunca: no estás pensando en ti, ni en cómo te ven, ni en si estás fuera de sitio, estás mirando, y eso ya es bastante. Ella camina por el sendero, se detiene, mira hacia atrás antes de avanzar, y no lo hace como una actriz, lo hace como alguien que realmente está dejando algo atrás, y ese gesto se te queda pegado. Ese mismo día aparece su novio de Lyon, a quien ha invitado a pasar ese fin de semana con ella; no lo esperabas. El tipo es normal, demasiado. Te da la mano, te habla sin tensión. Y eso es lo que te coloca en tu sitio sin necesidad de decir nada.


Quedáis para escuchar música clásica en el centro y luego para ver una película. No hay excusa, demora, o ese teatro marcado por el catolicismo del «ya te diré», «a ver cuándo», «esta semana imposible, no puedo», como si aceptar salir al cine ya te convirtiera en puta, o en novia y esposa o en algo que compromete y se tiene que justificar ante una panda de imbéciles machistas. Esa noche caminando te pide que le claves las uñas, que le hagas daño; lo dice así, de pronto. Te niegas; ves que ella también tiene grietas. Después continúa andando y te deja un poco atrás. Más tarde tirita de frío; le dejas tu sudadera. Os resguardáis en un bar y os sentáis; entonces te dice que su hermano está muy enfermo. No sabes cómo reaccionar; el silencio se apodera del momento. Luego vuelve a hablar, pero en tono más bajo. Te cuenta que de pequeña y de adolescente soñaba que era Juana de Arco; lo dice con media sonrisa, como si no importara, igual que si le hubiera pasado hace siglos, en otra vida. Tú escuchas y guardas el comentario sin decir nada.

Días después estáis en tu casa montando el trabajo, el documental. El salón está en silencio, con esa luz de tarde que parece quedarse atrapada en el polvo, lo mismo que si el tiempo no avanzara del todo ahí dentro. En la pantalla ella camina, se detiene, mira hacia atrás antes de la señal de Francia. Rebobinas, repites. Ella se inclina; su hombro roza el tuyo. No te apartas.

—Aquí duda. ¿Puedes ponerlo a cámara lenta cambiando el fondo sonoro?

Lo haces sin responder; trabajas. Cuando terminas lo que sugirió, ella se levanta y te da un beso en la mejilla, dulce, breve, casi técnico; pero rompe algo que hasta ese momento estaba en su sitio, y cuando se vuelve a sentar, más cerca, el silencio ya no es el mismo. Después viene el sofá, Blade Runner en la televisión, la luz azul, gelatina de postre, todo lo que ya sabes pero que en ese momento no identificas como lo que es. Cuando se le queda un poco de gelatina de limón en la comisura de los labios, te acercas jugando a ellos para limpiarlos porque necesitas que sea un juego, porque si no lo es no tienes excusa, y recorres con tus labios un trayecto que no sabes de dónde sale, lo mismo que si siguieras una línea que ya estaba ahí antes de tocarla, y ella no te detiene, pero tampoco te empuja, está en ese sitio intermedio que luego vas a recordar demasiado. Pasas por su comisura, bajas hasta su cuello, su pecho y luego, con breves y pequeños besos, hasta su vientre; mientras, sonríe y notas que se excita con la respiración entrecortada. Ella mira instintivamente de reojo tu pantalón, del que sobresale el bulto que  forma tu miembro totalmente erecto. Cuando intentas ir más allá, hasta su boca, rozas uno de sus pechos, sientes su pequeño pezón completamente duro, rígido. Sin embargo, cuando llegas a sus labios, ella los cierra, gira la cara y se acaba; tú insistes y fuerzas la situación, pero ella se vuelve a negar, el beso muere antes de nacer. No hay escena ni explicación, solo ese gesto. Te arrodillas sin pensar, apoyas la cabeza en su regazo, como si eso pudiera deshacer algo, y ella tarda un segundo antes de acariciarte el pelo, despacio, con una calma que no es lo que tú necesitas pero que te deja ahí, en un sitio que no sabes cómo interpretar, ni qué decir. Momentos después te sientes culpable por insistir.

—Perdón, Jeanne. —Suena un poco absurdo.

Sin embargo, ella niega como quitándole importancia; y ese gesto tampoco significa lo que quieres que signifique. Entonces se levanta, se pone el abrigo sin prisa, igual que si ese gesto no tuviera peso, lo mismo que si fuera un movimiento más dentro de una secuencia normal, y tú la sigues con la mirada sin saber muy bien qué hacer con el cuerpo, porque todo lo que parecía tener una dirección hace un momento ahora está suspendido, igual que si alguien hubiera cortado la corriente sin avisar. Camináis hasta la puerta, bajáis las escaleras sin hablar, el sonido de los pasos se queda más presente de lo habitual, demasiado claro, demasiado separado de todo lo demás, y cuando llegáis abajo ella se gira un segundo, lo justo para despedirse sin alargarlo, sin dejar nada abierto.

—No hace falta que me acompañes a la parada del bus.

Asientes; te quedas ahí un momento más, viendo cómo se aleja sin mirar atrás, y cuando ya no está vuelves a subir, entras en casa y lo primero que ves es la pantalla encendida del ordenador, congelada en ese plano en el que ella se detiene antes de la señal de Francia, como si la escena siguiera esperando algo que no va a llegar. No apagas nada; te sientas y rebobinas otra vez. Lo vuelves a ver; no cambia.


Pasan días sin verla, luego semanas, y no haces nada concreto para llenar ese tiempo, vas a clase, escuchas a medias, vuelves a casa, te quedas más tiempo del necesario delante del ordenador sin trabajar realmente, igual que si estuvieras esperando que algo se ordene solo. Lees cosas que mencionó, escuchas música que nombró, pero no lo haces por interés, lo haces porque necesitas mantener una continuidad, una especie de hilo que no se rompa del todo, aunque cada vez esté más flojo. 


Cuando la ves en el pasillo de la facultad no la estás buscando, no estás preparado, por eso te golpea más de lo que debería cuando viene hacia ti sin dudar, sin esa distancia que ya empezabas a asumir, caminando rápido, con esa forma suya de moverse decidida, y cuando te ve no reduce la velocidad, viene directa y te abraza fuerte, sin aviso, sin ese rodeo que hacen los demás, sin esa mierda de gesto a medias, sin miedo al qué dirán. Su cuerpo contra el tuyo, el pelo rozándote la cara, ese olor otra vez, limpio, seco, distinto a todo lo demás. Te quedas un segundo rígido, luego levantas los brazos y la rodeas torpe, del mismo modo que si estuvieras copiando un gesto que habías visto en otra parte pero no fuera del todo tuyo. No es un abrazo largo ni corto, no tiene intensidad dramática ni intención evidente, pero te descoloca porque no encaja con lo anterior, porque abre algo que ya habías empezado a cerrar por tu cuenta. Se separa, sonríe, de la misma forma que si no hubiera pasado nada, igual que si todo estuviera en su sitio.

—¿Qué tal estás?

—Bien.

No es verdad, pero tampoco es mentira del todo, es una forma de no entrar. Se separa y te mira un segundo más de lo necesario.

—Pensé que no volvería a verte.

—Yo también.

Hay una pausa corta. No incómoda, tampoco cómoda.

—Es que me gusta, hablar contigo quiero decir. —Sonríe, no parece muy segura de lo dicho.

Asientes demasiado rápido, igual que si quisieras demostrar que lo entiendes antes de haberlo entendido, del mismo modo que si aceptar eso fuera la forma de mantener lo demás, de no perderlo del todo. Y en ese momento ya estás dentro otra vez, aunque no quieras reconocerlo. 

Entráis en el aula de informática. Pantallas encendidas, el zumbido de los ventiladores llenándolo todo. Os sentáis, ella escribe mientras tú miras la pantalla y ves tu reflejo encima de lo que hay abierto, una doble imagen, tu cara superpuesta a un texto que no lees. Te parece extraño porque ella también se refleja; estáis los dos juntos. Media hora después recoges y te levantas; tienes otra clase.

—Me tengo que ir. —Te despides sin mirarla demasiado mientras ella asiente sin preguntar. 

Sales, das dos pasos, te vuelves medio segundo y haces algo que no has hecho nunca. Te acercas a ella, te inclinas y le das un beso en la cabeza, leve, dulce, casi sin tocarla. El gesto se queda ahí, suspendido; entonces, te das la vuelta y te vas sin mirar atrás, como si mirar fuera a romper algo. 


Poco después llega el final de curso; el ruido, la carga de trabajos, las semanas que pasan sin que haya espacio real para veros, provocan que cuando ella se va a Lyon no haya una despedida clara, no haya cierre, solo un desplazamiento que lo cambia todo sin explicarlo. Sigues con lo tuyo; o eso intentas.


A finales del verano ella te escribe. Te propone ir a verla a Lyon un fin de semana de septiembre que su novio no está. No lo piensas demasiado. Dices que sí antes de analizarlo, como has hecho desde el principio con casi todo lo que tiene que ver con ella, y te subes a un autobús que tarda más de lo que esperabas, que se alarga, que pesa, de la misma manera que si el trayecto fuera más importante de lo que debería ser. Horas de una sucesión de imágenes que pasan rápido delante de tus ojos: estaciones, caras que no vuelves a ver, idiomas que no entiendes, anuncios, luces, todo mezclado en una especie de ruido continuo. Pero cuando llegas a la estación ella está allí. 

No hay exageración, ni hay gesto de más. Un saludo, dos besos y camináis. La ciudad es limpia, ordenada, demasiado perfecta para lo que llevas encima. Fachadas cuidadas, escaparates brillantes, gente que camina sin mirar al suelo como tú haces a veces. Caminas a su lado, un poco por detrás por momentos, mirándola de reojo, comprobando que sigue ahí, que no desaparece entre la gente. Subes a su piso y cuando llegas, te abre la puerta y durante un momento breve todo parece igual que antes, lo mismo que si no hubiera pasado el tiempo, del mismo modo que si la distancia no hubiera modificado nada, pero esa sensación dura poco, apenas lo suficiente para que te engañes un rato. El piso es distinto, el contexto es otro, y tú no encajas ahí igual que antes, aunque te esfuerces en mantener la continuidad.

Te enseña sus pinturas. Las comenta sin solemnidad, sin necesidad de impresionar, lo mismo que si fuera algo natural. Habláis de Degas, de Dalí, de cosas que para ti siguen teniendo un peso más teórico que real, y tú la escuchas más de lo que entiendes, pero no importa demasiado porque lo que te sostiene no es el contenido, es el hecho de estar ahí, compartiendo ese espacio. Salís, camináis; subís en el funicular hasta la Basílica de Notre-Dame de Fourvière. La ciudad queda abajo, estructurada, pulcra, distante, y tú miras más de lo que hablas porque hay algo en esa imagen que te hace pensar que todo podría tener sentido si se mantiene así, a esa distancia, sin tocarlo demasiado.

Pero no se mantiene. Volvéis al piso; grabáis un pequeño corto, repetís gestos, repites dinámicas que ya conoces, hablar poco, estar, dejar que el tiempo pase sin llenarlo del todo, y durante un rato funciona, o al menos parece que funciona. 


El último día no habláis casi nada; no hace falta. El silencio no pesa; eso te hace pensar que hay algo sólido ahí, algo que no depende de explicaciones. Te sientas en la cama con la mochila abierta, doblando la ropa mal, no te apetece irte; sientes que la pierdes otra vez. Ella está delante tuya, de pie. La luz entra por la ventana y le da de lado, marcando su rostro. Entonces la miras y empiezas a hablar y no paras; cuentas cosas, muchas, demasiadas. Años de grietas mentales comprimidos en pocos minutos; tu voz se rompe en algún punto del relato y te limpias la cara con la mano, sin esconderte. Ese es el momento justo en el que todo se rompe a pesar de que ella se acerca, te coge la mano y entrecruza sus dedos con los tuyos. Lo hace sin aviso, sin dramatizar, lo mismo que si fuera un gesto más, pero lo repite, una vez, otra, igual que si estuviera probando algo, como si quisiera mantener una conexión que no sabe cómo definir; pero eso es lo que tú quieres creer. Así que respondes; alargas el gesto y lo conviertes en otra cosa. Te quedas ahí más de lo necesario; y justo cuando te autoconvences de que eso puede abrir algo, que puede llevar a algún sitio, todo se viene abajo. Llaman por teléfono; es su pareja, el mismo al que dejará unos meses más tarde. No hay escena final, ni un cierre limpio. Media hora después llega; no hay tensión visible, él está al corriente de tu visita. Solo hay un cambio de contexto, nada más. Al día siguiente recoges tus cosas y te vas.


El viaje de vuelta no es como el de ida. No hay expectativa, no hay impulso, solo una sensación pesada que se te instala en el cuerpo sin pedir permiso, como si todo lo que habías sostenido hasta ese momento se deshiciera a la vez. Llegas a casa y te tumbas sin cambiarte. De nuevo estás en tu habitación, en tu piso de pasillo estrecho, con el suelo que cruje en el mismo sitio, la puerta que roza con la silla, la cama pegada a la pared, la mesa llena de lo mismo, la cámara vieja que sigue donde la dejaste. Todo en su sitio, como si no te hubieras ido nunca. No haces nada durante días; ni comes bien ni duermes debidamente. No hablas con nadie, ni con tus padres; tampoco hay pensamiento claro, solo una especie de fondo constante, como un ruido que no se apaga. No lo nombras al principio, luego sí: depresión.


Pasan dos años y estás estudiando en París. Quedáis en una caverna donde canta una amiga suya. La reconoces, pero no es lo mismo. Está, pero hay una distancia nueva, algo que no estaba antes o que no veías, y tú intentas colocarte igual que si nada hubiera cambiado, lo mismo que si la continuidad siguiera ahí. Grabas el concierto; ayudas, participas. Es tarde y no hay metro; dormís en el piso de su amiga. En la misma cama, separados. No pasa nada, y eso ya no lo puedes interpretar; no hay margen ni lectura posible que te favorezca. Por la noche no duermes; te quedas mirando el techo, luego giras, luego vuelves, y en algún momento rozas su mano con los dedos, muy poco, lo justo para comprobar si hay alguna reacción que no llega. Ella sigue durmiendo; o finge dormir, no lo sabes. Por la mañana todo es normal; demasiado normal. Os despedís sin escena, sin promesas, sin continuidad clara, como si lo que hubiera entre vosotros ya no necesitara explicarse porque en realidad nunca ha estado donde tú creías. 


Después escribes pero recibes, cada vez, menos respuestas. El tiempo se alarga hasta que deja de contestar; y ahí ya no hay nada que sostener. Te quedas con lo único que de verdad ha estado todo el tiempo. No solo no pasaba nada, sino que construiste algo en donde no había una estructura para sostenerlo. No era ni un camino ni una posibilidad, simplemente era una línea, una frontera. La viste desde el principio, la tocaste. Te acercaste lo suficiente como para creer que podía ceder, pero no cedía. No la cruzaste y nunca la ibas a cruzar; porque  no dependía de ti, no era tuya. Algunas fronteras no están para ser cruzadas, están para marcar exactamente hasta dónde puedes llegar antes de empezar a mentirte. Y tú empezaste a mentirte ahí, y no has terminado. Piensas que si hubieras sido otro, alguien mejor, alguien más fácil, algo habría cambiado. Pero tampoco sabes qué significa eso, joder. Entonces te preguntas si en realidad no preferías que todo saliera mal desde el principio, porque así al menos tenías una excusa para autocompadecerte; que en realidad ella solo era una disculpa para no estar solo. Sin embargo, eres consciente de que eso no es verdad; así que sigues volviendo y revisando. Continúas pensando que hubo un momento distinto, una grieta, un error que podrías haber evitado. Pero no lo hubo; nunca lo hubo. Solo estabas tú, mirando una línea fija, intentando convertirla en otra cosa. Y aún ahora, cuando lo sabes y ya no hay duda, cuando todo encaja de la peor manera posible, sigues volviendo a esa toma; repitiéndola una y otra vez. Ella deteniéndose y mirando atrás antes de cruzar la frontera. Y tú te quedas ahí, siempre ahí. Como si esta vez fuera distinto, como si esta vez sí. Como si no hubieras comprendido absolutamente nada de todo aquello y hubieras perdido completamente la cordura. Como si fueras un soldado fiel dispuesto a morir por la Doncella de Orleans.