La visita
Pepa mira por la ventana varias veces mientras Alfonso y María están sentados en el sofá. No para de llover fuera y el cristal de las ventanas tiembla con cada trueno. Pepa, con unos vaqueros y un jersey, está muy arreglada, a diferencia de María, algo más joven y que lleva un vestido antiguo. Un coche llega por fin y Pepa se dirige a abrir a paso firme, con Alfonso, que se peina el bigote, y María siguiéndola. Al abrir la puerta principal se encuentran con una chica joven, de pelo corto y labios rojos, que les sonríe.
—Alfonso, coge las maletas de la chiquilla —ordena Pepa. El hombre sonríe a la chica y se tapa la cabeza para ir a recoger las maletas del coche—. Bienvenida, Sara. Espero que estos días estés aquí como en tu propia casa.
—Muchas gracias por todo, seguro que sí.
—Te llevo a tu habitación. María, ayuda a Alfonso, anda.
María asiente y va a ayudar a Alfonso con las maletas de la chica. Ambos se mojan el pelo y parte de la ropa, pero no se quejan. Miran ambos hacia las escaleras.
—Es muy guapa esa estudiante.
Alfonso mira a María levantando una ceja y asiente, con una sonrisa. Se seca la camiseta con la mano y se sienta otra vez en el sofá. Vuelve a levantarse cuando escucha los pasos de Pepa y Sara, que bajan por las escaleras de madera.
—¡Ah, usted es Alfonso! Encantada. Y usted María, encantada también.
—El placer es nuestro. —Alfonso le sonríe, pero una mirada de Pepa le hace quedarse callado de nuevo.
Todos se dirigen al comedor y comienzan a preguntarle a la invitada sobre su vida, sus estudios, su trabajo actual como profesora del barrio, su antigua vida en otra ciudad. Comienza a hacer frío y encienden la chimenea. Pepa recoge los platos mientras los demás hablan, pero se queda en silencio.
—Es un barrio muy bonito, aunque muy pequeñito. Pero supongo que eso es mejor, ¿verdad?—. La chica se ríe y toma un poco más de vino en su copa ahora vacía. Pepa le mira de reojo. Los demás también, pero devuelven la mirada a sus platos.
—¿Bebes mucho? —pregunta Pepa y levanta las cejas.
—No, no. Bueno… Esto está bien. No es que vaya a beber más.
Silencio.
—Aquí no nos gusta la gente que bebe mucho. Tuvimos problemas en el pasado, y como comprenderás…
Sara asiente con la cabeza y sonríe, pero no toca más su copa de vino. Todos se retiran del salón, las luces se apagan y sigue el temblor en las ventanas por los truenos.
La lluvia no cesa durante toda la semana. Sara está sentada con los pies recogidos en el salón de la casa y leyendo unas libretas con notas para sus próximas clases. Alrededor está la familia con la que permanece, Pepa limpiando, Alfonso con otro libro y a su lado y María tejiendo y mirando a la chica de vez en cuando. Sólo se escucha la lluvia en el exterior porque la televisión está apagada.
—Mira este libro. ¿Lo has leído?—Alfonso le acerca una edición de La guerra de los mundos. Sara levanta la mirada y sonríe.
—Claro. Es un clásico.
—Este tipo escribía muy bien, aunque era socialista.
—Bueno, sí…
—¿Tú crees que habrá extraterrestres por ahí? —interrumpe María.
Sara abre la boca para responder, pero sólo acaba por levantar los hombros.
—¿Pero de qué tonterías le estás hablando, María? —Pepa se acerca y coloca sus manos en los hombros de la mujer—. Mi hermana siempre está igual, con estos temas raros.
—No me importa, de verdad.
María se ríe y Pepa le dirige una mirada que provoca su silencio. Sara respira hondo y sonríe a María, que le sonríe de vuelta, pero baja la cabeza. Sube los pies en su sillón, al igual que Sara.
—Si quieres más libros, yo tengo más guardados en el ático. Sólo tienes que preguntar.
Alfonso acerca el libro a la mesita, acercándose a Sara, que se encoge un poco en su sillón hasta que él vuelve a su sitio.
—Cuidado, que en el ático cogen polvo y bichos. —Sara sonríe, sin levantar el rostro. Un temblor suena en la ventana de al lado, da un respingo. Alfonso patea levemente el suelo y la observa.
—Es lo que tenemos aquí, chica. No somos una biblioteca —responde Pepa, sonriendo levemente—. María. Los pies al suelo.
—Es que Sara también…
—Lo mismo. Sara, aquí tenemos normas, como comprenderás no puedes sentarte así aquí —espeta Pepa. Sara se muerde el labio y asiente, baja sus pies y se pone las zapatillas del suelo.
—Pepa, tampoco es para tanto. No te preocupes, muchacha.
Alfonso le pone una mano en el hombro ligeramente y se marcha del salón.
El ático está aún en peor estado que antes por la humedad que provoca la lluvia de esos días. Sara toma algunos libros antiguos y les quita el polvo con la mano, quedándose pegajoso en su palma. Se limpia la mano en el pantalón y sigue buscando entre las antiguas vajillas duralex, electrodomésticos rotos, bicicletas sin ruedas y muñecas sin pelo.
—¿Qué haces usando el ático? —pregunta Pepa de repente. La luz parpadea detrás de su silueta.
—¡Joder, qué susto!
—Vaya señorita, soltando esas palabras.
Pepa frunce el ceño e intenta reprimir un estornudo. Hace un gesto para que ambas bajen al salón, y Sara lleva los libros en sus manos. Pide perdón y Pepa sigue adelante sin mirarla, hasta que están en el salón junto a Alfonso y María.
—Es que Alfonso me dijo que podía coger libros del ático, Pepa.
—Mi marido no decide eso. El ático tiene más cosas, no sólo libros.
Alfonso suspira y se levanta, sujeta a su mujer por los brazos con afecto, pero ella se aparta de un plumazo. María agarra algunos de los libros y curiosea. Sara se lleva las manos a la cabeza y cruza los brazos, lo que Pepa repite como un espejo. Su marido pone lentamente una mano en el hombro de la joven.
—Déjala, Pepa. Que no pasa nada. Es profesora de literatura, es normal que le de curiosidad.
Pepa suelta una carcajada y mira a su marido con las cejas levantadas, luego se va a su habitación sin decir nada más. Sara se muerde el labio y mira alrededor, pero Alfonso no suelta su hombro.
—Siento mucho si estoy causando problemas, de verdad.
—No te preocupes, muchacha, Pepa es así. No le gusta que le toquen cosas o las cambien de sitios. Son manías. Pero tú relájate, ¿vale?
Otra semana más está llena de lluvias y truenos. El cristal de la ventana del salón suena a punto de romperse. Sara busca entre los huecos del sofá, debajo de las mesillas, debajo de las sillas y entre cojines, se lleva las manos a la cabeza, llevándose el pelo hacia atrás. María la mira, sin decir nada, mordiéndose el labio y llevándose el pelo hacia atrás. Pepa llega al salón y levanta las palmas de las manos.
—¿Qué pasa aquí, Sara?
—He perdido una cosa. Tiene que estar por aquí, en mi habitación no está.
Sara se sienta, tomando una respiración honda. María se sienta a su lado.
—No pasa nada, no es nada importante. Es el pintalabios rojo que llevo siempre.
Pepa parece empalidecer. Mira hacia su habitación, donde está Alfonso.
—No creo que esté aquí. Quizás lo has perdido fuera de la casa, para retocarte.
—Es de los que duran todo el día. Yo no lo he perdido fuera.
—Bueno, ya te diré si lo encuentro. ¡María!
María deja de morderse el labio. Un trueno retumba en la ventana principal.
Sara hace las maletas. Rebusca entre su ropa y luego debajo de la cama, entre muebles, hasta que decide parar y suspira. Mira por la ventana, ya no llueve. Se coloca un abrigo y se dirige hacia el salón, donde la familia le espera. Toma aire y sonríe.
—Muchas gracias por todo.
—No te preocupes, chica. Pero ya sabes que no tienes que irte todavía. Puedes quedarte unos días más mientras te vas mudando —sugiere Pepa.
Alfonso se moja los labios y la observa, con una sonrisa. Su mujer tiene una mirada rígida y coloca su brazo en el de su marido, pero sonríe. María se acerca también a Sara. Lleva un pintalabios de color rojo en sus labios. Sara mira sus manos y las mantiene quietas sobre las maletas.