UNA ESPERA
INESPERADA
Estoy agotado,
casi no puedo con mi cuerpo. Llevo una semana con dolores de cabeza constantes,
temblores en las manos y escalofríos repentinos que me producen un preocupante desasosiego.
Ni siquiera la sonrisa perfecta de Mirta, mi compañera de la mesa de enfrente,
es capaz de sacarme de esta sensación de letargo y malestar.
Mirta es una
mujer casi perfecta, y digo casi porque le falta una pierna. Se la amputaron
por debajo de la rodilla cuando sufrió un accidente de tráfico en el que su
coche se estampó contra la base de hormigón de un puente. Desde luego tuvo
mucha suerte, porque habría podido morir allí mismo.
Sin embargo, el
resto de su figura es de una belleza exuberante y muy sensual. Se mueve con un
contoneo de caderas que, seguramente, tenga que ver con la falta de su miembro
inferior. Jamás había visto a una fémina con esos andares. La prótesis que
utiliza es casi imperceptible, incluso cuando lleva puestos esos vestidos
ceñidos y cortos, o minifaldas bien ajustadas a su cuerpo que resaltan sus
atributos. El material del que está hecha la extensión artificial le permite
ponerse unos tacones que va cambiando de color para combinarlos con su atuendo.
Hoy los lleva rojos, igual que sus labios.
Trabajar con
Mirta es un deleite para los sentidos. En la primavera puede llegar a considerarse
un servicio de riesgo, porque con los calores externos se ponen en marcha las
fiebres internas, los sofocos y demás síntomas provocados por el espectáculo
visual que ofrece a todos los especímenes masculinos que contemplamos, absortos,
su esbelta y curvilínea figura. Una maravilla de redondeces, curvas y contra curvas que se mecen por los escritorios como imagino que lo hacen los
juncos cuando los acaricia el viento.
—Mirta, ven a
mi despacho —sonó la voz autoritaria del jefe de compras.
Ella ni
siquiera contestó; se levantó de la silla, se pasó las manos por la extensa
cabellera negra azabache, se bajó ligeramente la minifalda y encaró el camino
hacia la guarida del energúmeno con su contoneo particular. A medida que
avanzaba entre las mesas, iba repartiendo miradas a sus compañeros que eran auténticos
fogonazos de sensualidad. Para todos nosotros, sus labios se presentaban como dos
orugas rojas, dispuestas a salirse de su boca con un movimiento peristáltico y ondulatorio
que alimentaba la fantasía sexual de todo el paisanaje masculino de la oficina.
—No tiene
suerte este cabrón —recrimina Tomás, a mi lado.
—Para eso es
el jefe, muchacho —responde Miguel con resignación.
—Ahora
cualquier mindundi es jefe—sentencia Alberto
Cuando Mirta
salió del despacho, ya habíamos terminado con nuestras labores. Llegó la hora
de irse, pensé. Se acabó por hoy; mañana habrá más. Otra interminable jornada
laboral que volvería a consumir mi tiempo, mi voluntad y mi paciencia.
Después de recoger
mis cosas, salí ufano. Llegué al coche algo trastornado; pues seguía pensando
en el cuerpo de Mirta y sus contoneos sensuales. Vi pasar su coche, iba demasiado
rápido; se detuvo en el semáforo. Salí de donde estaba aparcado y me coloqué
detrás de ella. Empecé a sentir una especie de erección, pero no era el momento
adecuado para excitarse. Mi cabeza y mi cuerpo entraron en disputa, pero la
razón se impuso.
Rápidamente
perdí de vista su automóvil azul, matrícula SXL6969. A pesar de haber perdido
la pierna en un accidente de tráfico, seguía conduciendo de forma temeraria. Continué
con mi recorrido cotidiano. Era el mismo que el de ella, porque vivíamos muy
cerca.
Encendí la
radio. En la emisora elegida no había música, sino una periodista entrevistando
a un médico a propósito de su libro La edad del amor. El autor hacía un
recorrido por las artes amatorias desde la India con el Ananga-Ranga, el
Kamasutra y los Puranas, el Kitab islámico y ciertos
papiros faraónicos. Enseguida se me vino a la mente la figura de Mirta semidesnuda
en una bañera cubierta de leche de burra. Otra vez la excitación y otra vez la
razón al rescate. Tenía que seguir conduciendo; aún me faltaban veinte minutos
para llegar a mi destino.
En la radio continuaban
hablando sobre la relación entre la literatura y el sexo. Hacían un repaso por
la Edad Media donde se edifica un romanticismo absurdo y malsano, sustituido después
por la picaresca. Mencionaban a Bocaccio, en el Renacimiento italiano; a
Quevedo, en el Barroco español; y a Defoe, en el realismo británico. Con todas
estas referencias no pude evitar imaginarme la figura de Mirta vestida como
Pampinea, Fiammetta o cualquier otra narradora del Decamerón; con esas
camisas blancas de encaje, con esos pronunciados escotes que dejaban entrever sus
redondeados senos y translucir sus puntiagudos pezones.
Cerré los ojos
un instante para deleitarme con esa imagen y, cuando los abrí, tuve que pisar
el freno a fondo porque el coche de delante se había detenido. Comprobé que mis
reflejos todavía funcionaban, a pesar de la invisible excitación latente.
El olor a goma
quemada por el frenazo me devolvió a la realidad. Seguíamos en una caravana muy
lenta. La fila interminable de automóviles no avanzaba. Era extraño, porque
normalmente a esa hora no solían producirse atascos. Mientras tanto, en la
radio continuaba la entrevista.
Ahora hablaban
de la evolución de los afectos y del amor. El autor del libro mencionaba que el
amor más puro, quizá, era el que describía el filósofo alemán Leibniz:
deleitarse con la felicidad del otro. Pensé que tal vez estaba enamorado de
Mirta, porque me sentía feliz cuando ella también lo estaba. Es más, incluso hacía
todo lo posible para hacerla reír. Cuando sonreía se le iluminaba el rostro,
pero sin necesidad de encender ninguna fuente luminosa.
Llevaba más de
quince minutos detenido y la extensa fila de automóviles no se movía ni un
centímetro. Las personas empezaban a impacientarse: se bajaban de los coches,
se subían a los estribos para intentar divisar —desde una altura mayor— la
causa de tal embotellamiento; pero nada. No se veía con claridad si era un
control policial, de esos que utilizan para rellenar las arcas municipales con
multas por cualquier motivo. O una de esas obras, que marcan el comienzo de
algún período electoral.
En la radio, continuaba
la tertulia, ahora la disquisición giraba en torno a la diferencia entre el
instinto o deseo sexual; que no debía confundirse con el apetito sexual. Presté
atención a los argumentos, pues en principio, no notaba ninguna diferencia. Sin
embargo, el autor aclaró mis dudas. Expresó que el apetito sexual no se dirige
hacia una persona determinada, mientras que el instinto o el impulso sexual se
concentran sobre una persona en concreto. Estaba claro entonces que lo que yo sentía,
en relación con Mirta, era una pulsión sexual que reprimía diariamente; porque
las demás compañeras del centro de trabajo no despertaban la más mínima
apetencia de mis bajos instintos.
Pasaba el
tiempo y seguíamos detenidos en el mismo sitio de la carretera, me bajé del
coche a estirar las piernas y pregunté a mi vecino del automóvil de al lado:
—Perdone, ¿sabe
usted algo sobre las causas del atasco? Esto no avanza.
—Dicen en la
radio que, dos kilómetros más adelante, ha habido un accidente grave con
muertos —respondió con un hilo de voz.
En ese
mismo instante empezaron a oírse el sonido de las ambulancias y de las sirenas
de los coches de los bomberos. Como venían varios kilómetros por detrás nuestra
cada persona volvió a su automóvil he hizo todo lo posible para dejar un
pasillo central por el que pudieran discurrir las asistencias. En esos momentos
la solidaridad y el apoyo mutuo se hace presente, si antes se despotricaba por
las posibles causas, ahora todas las personas hacían lo posible para que llegara,
cuanto antes, el auxilio necesario.
El pasillo
quedó configurado como un río por el que cuatro ambulancias, dos carros de
bomberos, otros tantos de la policía nacional y alguno de la Guardia Civil fluían
como una corriente salvadora hacia el dantesco espectáculo que nos podíamos
imaginar. Poco a poco se fue restableciendo el tráfico y fuimos avanzando muy
lentamente. Al principio era lógico que fuésemos despacio, pero al transcurrir
de los minutos creo que eso se debía al “efecto mirón”; esa necesidad de
recrearse en captar las imágenes más terribles y espeluznantes de un accidente.
Nunca entenderé bien esa necesidad, pero yo también la pongo en práctica.
Mientras en la
radio seguía la entrevista con el autor del libro La Edad del Amor y
ahora debatían sobre las consideraciones expuestas por Fernán Caballero quien
hacía referencia a que el amor no era ciego, sino previsor. O a las expuestas
por Truman Capote quien hablaba que el amor formaba parte de una cadena de
amor… Porque ya se amó a una cosa, decía, se puede después o, simultáneamente, amar
a otra. Avanzábamos y ya sólo faltaban unos metros para llegar al lugar del
accidente.
Al pasar
aminoré la marcha de mi vehículo, me desplazaba casi al ritmo de un transeúnte,
y pude ver un amasijo de hierros de lo que se suponía que había sido un automóvil.
A su lado yacía una prótesis de una pierna en la que aún seguía enganchada un
tacón de aguja de color rojo.