miércoles, 8 de abril de 2026

-Relato 3 de Carmen Reinoso Calzado


La visita


    Pepa mira por la ventana varias veces mientras Alfonso y María están sentados en el sofá. No para de llover fuera y el cristal de las ventanas tiembla con cada trueno. Pepa, con unos vaqueros y un jersey, está muy arreglada, a diferencia de María, algo más joven y que lleva un vestido antiguo. Un coche llega por fin y Pepa se dirige a abrir a paso firme, con Alfonso, que se peina el bigote, y María siguiéndola. Al abrir la puerta principal se encuentran con una chica joven, de pelo corto y labios rojos, que les sonríe. 
    —Alfonso, coge las maletas de la chiquilla —ordena Pepa. El hombre sonríe a la chica y se tapa la cabeza para ir a recoger las maletas del coche—. Bienvenida, Sara. Espero que estos días estés aquí como en tu propia casa.
    —Muchas gracias por todo, seguro que sí.
    —Te llevo a tu habitación. María, ayuda a Alfonso, anda.
    María asiente y va a ayudar a Alfonso con las maletas de la chica. Ambos se mojan el pelo y parte de la ropa, pero no se quejan. Miran ambos hacia las escaleras.
    —Es muy guapa esa estudiante.
    Alfonso mira a María levantando una ceja y asiente, con una sonrisa. Se seca la camiseta con la mano y se sienta otra vez en el sofá. Vuelve a levantarse cuando escucha los pasos de Pepa y Sara, que bajan por las escaleras de madera. 
    —¡Ah, usted es Alfonso! Encantada. Y usted María, encantada también.
    —El placer es nuestro. —Alfonso le sonríe, pero una mirada de Pepa le hace quedarse callado de nuevo.

    Todos se dirigen al comedor y comienzan a preguntarle a la invitada sobre su vida, sus estudios, su trabajo actual como profesora del barrio, su antigua vida en otra ciudad. Comienza a hacer frío y encienden la chimenea. Pepa recoge los platos mientras los demás hablan, pero se queda en silencio. 
    —Es un barrio muy bonito, aunque muy pequeñito. Pero supongo que eso es mejor, ¿verdad?—. La chica se ríe y toma un poco más de vino en su copa ahora vacía. Pepa le mira de reojo. Los demás también, pero devuelven la mirada a sus platos.
    —¿Bebes mucho? —pregunta Pepa y levanta las cejas.
    —No, no. Bueno… Esto está bien. No es que vaya a beber más.
    Silencio.
    —Aquí no nos gusta la gente que bebe mucho. Tuvimos problemas en el pasado, y como comprenderás…
    Sara asiente con la cabeza y sonríe, pero no toca más su copa de vino. Todos se retiran del salón, las luces se apagan y sigue el temblor en las ventanas por los truenos.


    La lluvia no cesa durante toda la semana. Sara está sentada con los pies recogidos en el salón de la casa y leyendo unas libretas con notas para sus próximas clases. Alrededor está la familia con la que permanece, Pepa limpiando, Alfonso con otro libro y a su lado y María tejiendo y mirando a la chica de vez en cuando. Sólo se escucha la lluvia en el exterior porque la televisión está apagada. 
    —Mira este libro. ¿Lo has leído?—Alfonso le acerca una edición de La guerra de los mundos.     Sara levanta la mirada y sonríe.
    —Claro. Es un clásico.
    —Este tipo escribía muy bien, aunque era socialista.
    —Bueno, sí…
    —¿Tú crees que habrá extraterrestres por ahí? —interrumpe María.
    Sara abre la boca para responder, pero sólo acaba por levantar los hombros. 
    —¿Pero de qué tonterías le estás hablando, María? —Pepa se acerca y coloca sus manos en los hombros de la mujer—. Mi hermana siempre está igual, con estos temas raros.
    —No me importa, de verdad.
    María se ríe y Pepa le dirige una mirada que provoca su silencio. Sara respira hondo y sonríe a María, que le sonríe de vuelta, pero baja la cabeza. Sube los pies en su sillón, al igual que Sara.
    —Si quieres más libros, yo tengo más guardados en el ático. Sólo tienes que preguntar.
    Alfonso acerca el libro a la mesita, acercándose a Sara, que se encoge un poco en su sillón hasta que él vuelve a su sitio. 
    —Cuidado, que en el ático cogen polvo y bichos. —Sara sonríe, sin levantar el rostro. Un temblor suena en la ventana de al lado, da un respingo. Alfonso patea levemente el suelo y la observa.
    —Es lo que tenemos aquí, chica. No somos una biblioteca —responde Pepa, sonriendo levemente—. María. Los pies al suelo.
    —Es que Sara también…
    —Lo mismo. Sara, aquí tenemos normas, como comprenderás no puedes sentarte así aquí —espeta Pepa. Sara se muerde el labio y asiente, baja sus pies y se pone las zapatillas del suelo.
    —Pepa, tampoco es para tanto. No te preocupes, muchacha.
    Alfonso le pone una mano en el hombro ligeramente y se marcha del salón.


    El ático está aún en peor estado que antes por la humedad que provoca la lluvia de esos días. Sara toma algunos libros antiguos y les quita el polvo con la mano, quedándose pegajoso en su palma. Se limpia la mano en el pantalón y sigue buscando entre las antiguas vajillas duralex, electrodomésticos rotos, bicicletas sin ruedas y muñecas sin pelo.
    —¿Qué haces usando el ático? —pregunta Pepa de repente. La luz parpadea detrás de su silueta. 
    —¡Joder, qué susto!
    —Vaya señorita, soltando esas palabras.
    Pepa frunce el ceño e intenta reprimir un estornudo. Hace un gesto para que ambas bajen al salón, y Sara lleva los libros en sus manos. Pide perdón y Pepa sigue adelante sin mirarla, hasta que están en el salón junto a Alfonso y María. 
    —Es que Alfonso me dijo que podía coger libros del ático, Pepa.
    —Mi marido no decide eso. El ático tiene más cosas, no sólo libros.
    Alfonso suspira y se levanta, sujeta a su mujer por los brazos con afecto, pero ella se aparta de un plumazo. María agarra algunos de los libros y curiosea. Sara se lleva las manos a la cabeza y cruza los brazos, lo que Pepa repite como un espejo. Su marido pone lentamente una mano en el hombro de la joven.
    —Déjala, Pepa. Que no pasa nada. Es profesora de literatura, es normal que le de curiosidad.
    Pepa suelta una carcajada y mira a su marido con las cejas levantadas, luego se va a su habitación sin decir nada más. Sara se muerde el labio y mira alrededor, pero Alfonso no suelta su hombro.
    —Siento mucho si estoy causando problemas, de verdad.
    —No te preocupes, muchacha, Pepa es así. No le gusta que le toquen cosas o las cambien de sitios. Son manías. Pero tú relájate, ¿vale?


    Otra semana más está llena de lluvias y truenos. El cristal de la ventana del salón suena a punto de romperse. Sara busca entre los huecos del sofá, debajo de las mesillas, debajo de las sillas y entre cojines, se lleva las manos a la cabeza, llevándose el pelo hacia atrás. María la mira, sin decir nada, mordiéndose el labio y llevándose el pelo hacia atrás. Pepa llega al salón y levanta las palmas de las manos.
    —¿Qué pasa aquí, Sara?
    —He perdido una cosa. Tiene que estar por aquí, en mi habitación no está.
    Sara se sienta, tomando una respiración honda. María se sienta a su lado.
    —No pasa nada, no es nada importante. Es el pintalabios rojo que llevo siempre.
    Pepa parece empalidecer. Mira hacia su habitación, donde está Alfonso. 
    —No creo que esté aquí. Quizás lo has perdido fuera de la casa, para retocarte.
    —Es de los que duran todo el día. Yo no lo he perdido fuera.
    —Bueno, ya te diré si lo encuentro. ¡María!
    María deja de morderse el labio. Un trueno retumba en la ventana principal.


    Sara hace las maletas. Rebusca entre su ropa y luego debajo de la cama, entre muebles, hasta que decide parar y suspira. Mira por la ventana, ya no llueve. Se coloca un abrigo y se dirige hacia el salón, donde la familia le espera. Toma aire y sonríe.
    —Muchas gracias por todo.
    —No te preocupes, chica. Pero ya sabes que no tienes que irte todavía. Puedes quedarte unos días más mientras te vas mudando —sugiere Pepa.
    Alfonso se moja los labios y la observa, con una sonrisa. Su mujer tiene una mirada rígida y coloca su brazo en el de su marido, pero sonríe. María se acerca también a Sara. Lleva un pintalabios de color rojo en sus labios. Sara mira sus manos y las mantiene quietas sobre las maletas.

 

-Relato 3 de Luis Vera

Predestinado

    Cada noche, Noid revisaba tres veces el pestillo, dos la fecha de caducidad de los alimentos de la nevera y una la frecuencia de su pulso. Tenía listas de síntomas pegadas en la cabecera, alarmas para beber agua y recordatorios para respirar hondo, todos contenidos en pequeños trozos de papel, escritos con la precisión de letras perfectamente redondas.
    —¿Otra vez? —dijo Alm desde la sala.
    Noid empujó el pestillo.
    —Eso parece —dijo él.
    —Está cerrado —dijo ella.
    —Lo parece —dijo él.
    —Para ti siempre «parece». La única vez que te vi seguro de algo fue en nuestra boda.
    Alm se marchó al cuarto. Noid se quedó unos segundos más frente a la puerta antes de ir al salón.
    Observó la lámpara de mesa. Se detuvo y volvió al cuarto.
    —La has movido.
    —No, mi amor, yo no muevo ni toco nada, ya te lo he dicho muchas veces.
    Noid regresó a la sala, desconectó la lámpara de mesa, la llevó al cuarto y la colocó frente a ella.
    —Mira. Está inclinada.
    —Yo la veo igual —dijo Alm sin girar la cabeza.
    —La punta derecha —insistió él.
    Alm miraba la ventana.
    —Sí, Noid, es muy linda, ya la vi.
    Noid ajustó la lámpara apenas unos milímetros.
    —Ahora está bien —dijo él.
    —¿Está bien o «parece»? —inquirió ella.
    Noid no respondió.
    A la mañana siguiente, Noid encontró una hoja doblada sobre la mesita de noche, la abrió con cuidado:
    «Pase lo que pase, no tomes el ascensor».
    Noid la sostuvo unos segundos y observó las perfectamente redondas letras que componían el mensaje. Caminó hacia la puerta, regresó a la mesa de noche, caminó de nuevo a la puerta, fue al baño, tomó agua y se frotó los ojos, regresó a la cama, releyó la carta y entonces caminó hacia Alm, que estaba en la cocina.
    —La carta de la mesita, ¿qué hiciste?
    Alm estaba parada completamente recta mientras tomaba un par de huevos, los quebraba perfectamente, los batía y los vertía en la sartén.
    —No, mi amor, yo no muevo ni toco nada: las notas, la carta, la mesa, la lámpara, las sábanas, nada; yo no hago nada.
    Noid arrugó la hoja y la lanzó al bote de basura sin dejar de mirar a Alm. Al salir del departamento, Noid bajó por las escaleras. Cuando regresó por la tarde, observó que el ascensor se encontraba acordonado con un letrero señalando «Descompuesto».
    A la mañana siguiente, en la mesita de noche de Noid, había otra carta escrita con letras perfectamente redondas. Noid la tomó y la leyó:
    «No comas la comida de la cafetería».
    Noid se levantó, fue al baño, se observó en el espejo, se lavó el rostro con agua, regresó a la cama y caminó hacia la cocina. Parada completamente recta, sosteniendo la sartén con un par de huevos a medio cocinar, estaba Alm.
    —Esta vez estoy seguro. Fuiste tú.
    Alm movió los huevos con la sartén.
    —Todos los días te lo explico: no, yo no muevo nada.
    —Copiaste mi letra, todo con tal de enloquecerme.
    —Yo no he hecho nada, nunca lo hago.
    —¿Y cómo explicas el ascensor? 
    —¿El del edificio? 
    —Claro que el del edificio, ni modo que el del centro comercial.
    —Se descompuso, el vecino iba dentro cuando cayó. Lo sacaron. Hubo ambulancia.
    —¿Ves? 
    —¿Qué veo? 
    —Lo hiciste tú.
    —Noid, yo no puedo hacer eso.
    —¡No el accidente!, ¡la carta! 
    —Que no muevo tus malditas cosas, Noid, ¿qué no entiendes? 
    Noid se acercó al basurero, comenzó a hurgar. Su mano se manchó con aceite; sacó la mano, la lavó, volvió al basurero, siguió hurgando, sacó la mano y fue con Alm.
    —Te llevaste la hoja.
    Alm volteó hacia su esposo.
    —Amor, esto está llegando demasiado lejos, ¿qué pasa?
    Noid corrió al cuarto, tomó la nueva carta y se la entregó.
    —«No comas fuera» —leyó ella—. ¿Todo este alboroto porque quieres que te prepare comida para el trabajo? ¿Sabes que podías pedírmelo y ya?
—No es eso —dijo él—, es que tú has escrito esa carta.
—Tiene tu letra.
    Noid se detuvo.
    Noid tomó la carta, regresó a la habitación, la colocó a contraluz, la miró, la volvió a mirar y finalmente la dejó sobre su mesita de noche.
    Antes de salir del departamento, Alm detuvo a Noid.
    —Amor, ya no quiero pelear. Te cociné un guisado, es improvisado, pero es que me avisaste con poco tiempo y no pu…
    —De verdad, perdón. Todo ha estado raro. 
    —Podemos ir al doctor.
    —¡Que no!, deja de insistir con ir al doctor, deja de insistir con el maldito doctor.
    —Tranquilízate, Noid, solo me preocupo por ti, por tu enfermedad.
    —¡El TOC no es una enfermedad de ese tipo! 
    Noid volteó rápidamente y regresó al cuarto, revisó cada una de sus notas, tomó la más reciente y la llevó a la mesa de noche, la puso junto a la carta. Después de diez minutos, dejó ambas en la mesa de noche y salió. Cuando llegó a la puerta, Alm ya había entrado a la cocina y estaba cantando. Noid siguió su camino, pero antes de salir tropezó con un pequeño recipiente de plástico; encima tenía una nota escrita de manera burda:
    «Disfruta la comida, te quiero, Alm».
    Noid salió del departamento y fue a trabajar.
    A la mañana siguiente, en la mesa de noche había una carta. Noid la miró, pero volteó la vista hacia el baño. Se levantó, entró, se limpió la cara y restregó sus ojos por un par de segundos; después regresó a la mesita de noche y leyó la carta de perfectamente redondas letras:
    «Hoy descansa, acepta el día libre y no salgas».
    Noid la leyó de pie, se sentó y el teléfono sonó.
    —Bueno.
    —Señor Noid, ¿comió ayer el menú de la cafetería? 
    —¿Quién habla? 
    —Soy Elena Carpenter, de Recursos Humanos. Hablo porque ayer hubo un problema con la carne de la cafetería; la empresa se quiere disculpar con cada empleado y…
    —Me encuentro fatal, su comida me dio una diarrea horrible.
    —Lo siento de verdad, señor. Si quiere ir al doctor, la empresa le reembolsará todo; además, puede quedarse a descansar en su casa.
    —No esperaba menos, muchas gracias, señorita Carpenter.
    —Lumir le ofrece una disculpa, y sepa usted que no volverá a suceder.
    —Como debe ser, una empresa honesta con sus empleados.
    —Claro que sí.
    —Tenga buen día.
    —Muy buen día a usted también.
   Las cartas siguieron apareciendo por la mañana, siempre en la mesita, advirtiendo o dando instrucciones. Las semanas pasaron y los días volaron.
    Hasta que un día, Alm se acercó a Noid, lo miró, dio vuelta, regresó y finalmente le habló.
    —Estoy muy orgullosa.
    —¿De qué hablas, amor?
    —Has dejado tus hábitos horribles.
    —¿Qué?
    —Ya solo cierras una vez el pestillo, no te monitoreas el pulso todo el día ni gritas que la lámpara está mal…
    —Lo sé, es que todo funciona a la perfección.
    —Sabía que todo estaba bien, sabía que mi hermana se equivocaba.
    —Ella siempre se equivoca.
    Noid rió fuertemente, Alm sonrió y se abrazaron. Cuando se soltaron, Alm estaba llorando.
    —¿Te puedo contar un secreto?
    —Claro, amor, lo que sea.
    —Pero, ¿no me llamarás loco?
    —No, amor, nunca lo pensé y nunca lo diría.
    —Lo que pasa es que por fin estoy seguro de que no moriré, todo va a estar bien.
    —¿De qué hablas, Noid?
    —Las cartas, Alm, las escribe mi yo del futuro y me las envía para advertirme.
    —Noid…
    —Mientras reciba las cartas, estoy seguro de que viviré, de que todo estará bien. Solo debo obedecerlas y todo sale a la perfección. Ya no necesito ser precavido, ya no necesito temerle a nada, por fin puedo vivir.
    —Noid, ¿hablas de las cartas que tú dejas cada noche en la mesita?
    —No.
    —Yo te he visto dejarlas, Noid.
    —Sí, pero esa es la que dejo para mi yo del pasado; cada noche es cambiada. La que dejé es enviada al pasado de alguna manera para advertirle, y la del futuro llega. En realidad es sencillo, solo copio la que me llega.
    —Noid, tenemos que ir al doctor.
    Noid se levantó del sillón, observó a Alm y presionó los dientes.
    —Estoy bien.
    —Eso no es verdad, amor.
    —Estoy mejor que nunca.
    —Es por tu bien.
    —Espera, amor, confía en mí. Mañana te enseñaré la nota y entenderás todo.
    Alm se fue de la habitación, usó el teléfono y regresó sonriente. Noid y Alm se abrazaron y miraron la televisión.
    A la mañana siguiente, había una carta en la mesita. Estaba arrugada y Noid la abrió:
    «No recibí ninguna carta hoy. Es inevitable. Lo siento».
    La cama estaba vacía y la casa estaba en silencio. Noid salió a la sala y observó la lámpara mientras sus labios se movían:
    —¡Alm! —gritó—. ¡La moviste! ¡La moviste, maldita sea!

-Relato 3 de Isabel García Fuentes

Una buena madre


En los pasillos del hipermercado, las estanterías se extendían bajo una luz blanca y constante. Había cajas de fruta con etiquetas de países lejanos; piezas idénticas, brillantes y alineadas. Más adelante, una fila de televisores encendidos repetía la misma imagen; debajo, precios sorprendentemente bajos impresos en carteles rojos. 

Aquel día, Nuria recorría los pasillos mientras empujaba con una mano el carrito de la compra y con la otra sostenía una factura de la luz que estaba llena de una larga lista de artículos. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo, algo deshecho. Tenía las manos secas, con pequeñas grietas en los nudillos, y las uñas cortas, sin esmalte. Su postura era recta, eficiente, y sus movimientos precisos. 

Pedro, su marido, le seguía como un perrito faldero alcanzado todo lo que su mujer le ordenaba en voz alta. Observaba los estantes con rapidez, localizaba los productos y los tomaba sin dudar, comprobando brevemente etiquetas y precios antes de dejarlos en el carrito. Sus movimientos eran contenidos mientras estaba concentrado en la tarea, pero de vez en cuando se ajustaba la montura de sus gafas o se remetía la camisa por dentro del pantalón.

—Lentejas, salmón y espinacas —leyó Nuria—. Por aquí. 

Cuando llegaron al pasillo correspondiente, Pedro se fue enseguida en busca de las legumbres, pero Nuria se detuvo frente a las latas de conserva. Recorrió el estante con la mirada. Alargó la mano hacia un hueco irregular entre los botes de melocotones en almíbar alineados y sacó un objeto que no encajaba. Se trataba de un peluche con forma de conejo, peludo y de color canela. Nuria lo contempló fijamente durante unos segundos y lo acarició con cuidado. Sin hablar, lo colocó en el carrito. 

Al levantar la vista, encontró los ojos de su marido, quien la observaba desde el otro extremo del pasillo con un paquete de lentejas en la mano. Nuria mantuvo la mirada un instante más, luego giró el carrito y continuó su camino hacia la sección de pescado, y Pedro la siguió.


Nuria se cepillaba los dientes antes de irse a la cama. A su lado, Pedro terminaba de orinar. Sus codos se rozaban. El piso en el que vivían era pequeño y su baño no tenía más de tres metros cuadrados. Las baldosas, de un blanco neutro, reflejaban la luz amarillenta de una bombilla desnuda. Sobre el lavabo, bien ordenados, descansaban una taza con cepillos, un dispensador de jabón y un frasco de crema. El espejo, grande pero ligeramente salpicado, devolvía la imagen de dos figuras que parecían encajar justo en el espacio disponible.

—Recuerda que mañana tienes que recoger a Lucas del colegio. —Pedro miró a su mujer a través del espejo.

Nuria asintió y escupió en el lavabo.

—Lo sé, no hace falta que me lo recuerdes. —Abrió el grifo y enjuagó el cepillo de dientes.

—Qué buena mami eres. —Pedro abrazó a su mujer por la espalda.

Nuria se volvió entre sus brazos, tomó su rostro y lo besó con fuerza. Las manos de Pedro bajaron a sus muslos, la alzó y la sentó sobre el lavabo. El brusco movimiento hizo que tiraran el jabón de manos. La taza que les había regalado Mónica, la hermana de Nuria, en su último viaje a Marruecos, no sobrevivió a su caída.

—Espera, aquí no. —Nuria se bajó del lavabo frotándose la espalda baja, donde se había clavado el grifo.

Evitando pisar los trozos de cerámica, corrieron a la cama. El dormitorio estaba apenas separado del resto del piso por un pasillo corto. La cama ocupaba casi todo el espacio, encajada entre una pared y un armario de puertas correderas que no cerraban del todo. Sobre una silla se apilaba ropa doblada a medias. En la mesilla, una lámpara pequeña, un despertador digital y un libro abierto boca abajo.

Pedro llegó primero, apartó la colcha, los cojines y se tumbó. Nuria se subió encima de él, pero Pedro se revolvió. Nuria introdujo un brazo bajo su espalda y tiró con fuerza, trayendo consigo un conejo de peluche.

—Ahora sí. —La mujer besó de nuevo a su marido. 


Nuria esperaba junto al resto de madres a la salida del colegio. El aire frío le rozaba la cara y hacía que su pelo, recogido en un moño, se moviera con algunos mechones sueltos sobre la frente. Aún llevaba su uniforme de enfermera y el resto de madres la miraban con amables sonrisas, aunque ninguna se acercaba a saludarla. Ella se mantenía de pie, intercambiando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra cada pocos segundos. 

El sonido de la sirena rompió el silencio y los niños comenzaron a salir del edificio en manada. Unos caminaban lentamente, como si llevaran piedras en la mochila, y otros corrían con energía desbordante. Nuria apretó la mandíbula y se cruzó de brazos.

De repente, unos pequeños brazos le rodearon las piernas. Ella miró hacia abajo y abrazó al niño que apenas le llegaba a la cadera.

—¡Hola, cariño! ¿Qué tal el cole? —Nuria lo levantó y lo estrechó entre sus brazos.

—¡Bien! ¿Qué hay de comer? —El niño se metió el dedo en la nariz.

—No seas cochino, Lucas. —Nuria lo dejó en el suelo y le limpió los mocos con un pañolito—. Macarrones con tomate.

—¡Mi comida favorita!

—¡Pues claro! Venga, vamos, que se enfrían.

Nuria tomó al niño de la mano y se dirigieron hacia el coche, un SEAT Ibiza negro de 2016. La brisa movía las hojas caídas sobre la acera y el crujido de los pasos se mezclaba con el murmullo de los coches que pasaban por la calle. De camino a casa, el niño le contó una pequeña pelea que había tenido con una amiga en el recreo.

—Y me dijo que era imposible que tuviera dos hermanas, que ella solo tenía una, y que sus papás le habían dicho que todos los niños solo podían tener una hermana. 

—¿Y tú qué le dijiste? —Nuria le echó un vistazo a través del espejo retrovisor.

—¡Que era una mentirosa! —Lucas hizo aspavientos con las manos—. Todo el mundo sabe que los papás pueden tener muchos hijos, como los conejos.

—Eso es verdad. —Nuria se rió con su respuesta y sujetó el volante con fuerza.

Cuando llegaron al piso, Pedro les esperaba con una olla a rebosar de macarrones con tomate y, como cada día que los preparaba, hizo de más. Nuria preparó la mesa y Lucas le ayudó. Cuando terminaron, el niño se sentó en la silla más alta, y Nuria se inclinó hacia él, sacando de su espalda el conejo de peluche que había comprado días antes.

—Toma, un regalo, por ayudarme. —Le entregó el peluche con una sonrisa.

Los ojos del niño se iluminaron. Tomó al conejo entre sus brazos y lo abrazó con fuerza. Pedro sonrió desde la encimera, mientras servía la comida.


Nuria estaba en la cocina, preparando café mientras Pedro revisaba unos planos sobre la mesa del comedor. La luz de la mañana entraba por la ventana y pintaba líneas rectas sobre las baldosas.

—Hoy no has hecho los deberes, sabes que me molesta, ¿no? —La sonrisa de Nuria no le llegaba del todo a sus ojos.

Pedro levantó la mirada, distraído entre los papeles, y la encontró observándolo. Nuria dejó la cuchara y cruzó la cocina a pasos decididos, acercándose a él.

—¿Ah sí? —Pedro se enfocó de nuevo en los planos—. Creía que estarías cansada de la guardia de ayer.

Sin decir nada, Nuria se apoyó en la mesa frente a él, inclinándose apenas.

—¿Tiene que ser ahora? ¿Enserio? —Pedro soltó un suspiro, pero se inclinó hacia atrás. 

—Vamos, Pedro —murmuró Nuria—, deja el trabajo un momento.


El salón del piso estaba completamente recogido por la tarde. Nuria seguía con el pijama y descansaba en el salón de su casa. Sentada en el sofá, veía la tele con un bebé acurrucado entre sus brazos. De repente, la bebé empezó a llorar y ella la acunó con cuidado para calmarla.

La bebé no paraba de llorar. Nuria mantuvo su mirada en la puerta de la entrada unos segundos. La bebé lloraba más fuerte. Ella se levantó, recorrió todo el piso y cuando llegó de nuevo al salón, echó las cortinas. El salón quedó en penumbra, apenas iluminado por los rayos del atardecer que lograban colarse. 

La bebé se agitaba con inquietud entre sus brazos. Nuria respiró hondo y se sentó de nuevo en el sofá. Con cuidado, se alzó la camiseta y se desabrochó el sujetador, liberando uno de sus pechos. Se inclinó hacia delante, se apartó un mechón de pelo de la frente, y trató de alimentarla. 

La pequeña abrió la boca y tomó enseguida el pezón de la mujer. Nuria cerró los ojos con fuerza. La bebé succionó. Ella apretó los dientes. Pasaron unos segundos en silencio, pero la bebé se soltó del pecho y rompió en llanto de nuevo. 

La puerta de la entrada se abrió. Nuria se recolocó rápidamente la ropa.

—Ya estoy en casa, cariño. —Pedro entró en el salón, con la mochila del trabajo en un hombro—. Hombre, pero si tenemos aquí a una artista. Vaya torrente de voz.

La pequeña lloró más fuerte.

—¿Podrías prepararle un biberón? —Nuria le lanzó una mirada desesperada.

Su marido asintió, dejó caer su abrigo y su mochila sobre la mesa del comedor, y se dirigió a la cocina. 


La puerta automática se abrió y Nuria entró. Llevaba el uniforme de enfermera y un bolso cruzado sobre el pecho. Se escuchó el timbre de la puerta. La farmacia tenía estanterías altas llenas de medicamentos, productos de higiene y cajas de pañales. Nuria se dirigió hacia el mostrador y se colocó en la fila detrás de una pareja de ancianos. El farmacéutico salió del almacén con una pila de medicamentos que colocó frente a ellos: omeprazol, paracetamol, diazepam, enalapril y metformina. 

Una mujer de mediana edad entró en la farmacia con un carrito de bebé. Se acercó a Nuria por la espalda y le dio un pellizco en la cadera. Nuria se sobresaltó y se giró.

—¡Mónica! ¿Qué tal? ¿Qué haces aquí? —Nuria sonrió.

—Nada, aquí, comprando pañales para la peque. —Mónica señaló al carrito sobre el que descansaba su bebé—. Esta cosa de aquí es una máquina de hacer caca.

Nuria se rió y miró hacia su sobrina. A sus pies, descansaba un conejo de peluche.

—Lucas me dijo que se lo regalaste —aclaró Mónica—, y él se lo regaló a su hermana.

—No pasa nada. —Nuria sonrió y se echó a un lado para dejar pasar a la pareja de ancianos.

—Tu turno, corre. —Mónica señaló hacia el mostrador.

—Pasa tú primero, no me importa. —Nuria sonrió.

—No, si no tengo prisa, tranquila.Voy a echarle un ojo a esto. —Mónica le sonrió de vuelta y se giró hacia la estantería de biberones, chupetes y botes de leche de fórmula.

Nuria se quedó quieta en el sitio.

—Su turno, señora. —El farmacéutico la llamó.

Nuria se giró y caminó hacia el mostrador. Sus pasos eran lentos, medidos. Colocó un pie delante del otro, deteniéndose entre cada movimiento. Su mano apretó la correa del bolso cruzado sobre su pecho. 

—Dígame. —El farmacéutico sonrió.

Nuria respiró hondo.

—Un test de embarazo, por favor —dijo Nuria.

Mónica, detrás de ella, inclinó la cabeza hacia un lado. El farmacéutico tomó el producto del estante, escaneó el código de barras y le cobró. Nuria guardó el test rápidamente en su bolso, manteniendo la vista baja y los hombros encogidos.

Se giró y comienzó a andar con rapidez, lanzando un rápido «Tengo prisa, nos vemos, Moni» y sonriendo a su hermana, pero Mónica le bloqueó el paso. Nuria centró la mirada en el carrito donde descansaba el conejito de peluche.

—¿Todavía lo estás intentando? —susurró Mónica.

Nuria la miró y asintió.

—Nuri, no hace falta, ¿no te gusta cuidar de los míos?

Nuria apretó el bolso, sin responder. Mónica suspiró y se inclinó sobre el carrito, tocando suavemente a la niña.

—Los niños son una bendición, pero tienes cuarenta y ocho años, asúmelo.

Nuria observó a su sobrina y al peluche. Se acercó al carrito, e inclinándose un poco, tomó el conejo de peluche y se apartó. Sus pasos se aceleraron, atravesó la farmacia, y salió al exterior con el peluche entre sus manos y los ojos inundados de lágrimas.

 

Relato 3 de Miguel Quezadas Barahona

Hoy descanso

 

Germán y Regina vinieron de la iglesia. Germán solía alzar las manos al cielo cuando apagaba el taxi.

Abrió la puerta. Les gritó a José y a Pablo.

—Aprovechen a ver la televisión ahora que pueden.

Los niños corrieron directo a encenderla. Estaban con los ojos abiertos y sin parpadear.

Por su parte Germán entró al cuarto con una Regina arreglada, olorosa a perfume y joyas sobre su cuello.

Ya colorado y con el cuello sudado volvió a la sala y apagó la tele.

—Váyanse a hacer la tarea.

Se sentó en su sillón y comenzó a ver el fútbol

Regina salió en pijama y con el cuello desnudo. Comenzó a cocinar algo que hacía burbujear la cacerola que impregnó la casa con un olor a azafrán y romero.

—¿Ya terminaste de arreglar la puerta del patio?

—No molestes, hoy descanso. —Apoyó la cabeza contra sus manos alzadas, se movía en cada jugada y gritaba cuando su equipo perdía el balón.

—¡Nada! ¡Se cae de hambre y encima protesta!

Regina empezó a servir los platos con la mirada puesta en la pantalla.

—¿Cómo van? 

—Ya sabes que van perdiendo. No preguntes.

—Ya ven que se enfría, diles a los niños que se sienten en la mesa. —Germán sin apartar la mirada se levantó y se asomó a la puerta para llamarlos con un grito.

 

Se puso la chaqueta. —Voy a salir.

Regina solo lo miró sin decirle nada, estaba lavando la ropa.

—Hoy es domingo.

—El domingo es para descansar. El fin no me da.

Conduciendo encendió el aire acondicionado—. Está de la fregada el calor.

Entró a la cantina y se pidió lo de siempre: “dos muertas para la calor”. 

— ¿Qué haces aquí gero? —Eduardo limpiaba los vasos.

—Hoy es domingo.

—¿Y que, ya el cuerpo no descansa o que?

—Cállate y tomate una conmigo. 

—Oye tu vecino es don Armando ¿verdad?

—Sí. ¿Qué tiene o qué?

—¿Te cae bien?

—Pues medio lambiscón. Ya dime.

—El otro día… pero no te vayas a enojar.

—No, tú sabes que yo no me enojo.

—Te sale espuma por la boca nada más. —Hizo una pausa —. Va a ver a tu señora cuando vas a la chamba.

Germán se quedó serio. —Ese infeliz. Caras vemos…

—Si ves que vuelve a ir a tu casa, fíjate en cómo se le queda viendo a Regina y vas a ver.

Germán tomó varias veces «una más», hasta que le dieron casi las diez de la noche. 

En su taxi que zigzagueaba llegó a casa. Las luces estaban apagadas. El alzó la voz.

—¿Dónde están todos? ¡No me van a dejar hablando solo!

Regina salió corriendo en pijama y comenzó a prepararle unos panes secos con mantequilla.

—Tú sabes que la mantequilla en la noche me hace mal. —Empujó el plato.

—¿Te preparo huevos?

—Mejor.

—¿Quieres que te los prepare o los preparas?

Germán la volteó a ver abriendo los ojos con fuerza. —¿Tú qué crees? —Soltó una risa seca.

—¡Huevón! 

—Germán se alzó de cuerpo entero—. ¿Cómo me dijiste?

— ¡No dije nada! ¡Ya siéntate!

—Mira Regina, no te andes con cosas. Dime la verdad. ¿Todo bien?

—Sí. Tú te ves más enojado y borracho y no te digo nada.

—Hoy descanso y ando de buen humor, déjame cenar a gusto. También te veo más alegre.

—Le dije a don Armando para ver si puede arreglar el portón. —Sonaba el chillido de los huevos en el aceite.

Germán miró por la ventana. —A ese hombre no lo quiero aquí.

Regina solo lo volteó a ver de reojo. —Pues yo ya le dije.

—Solo te aviso: tengo ojos en todos lados y me entero de todo. —Regina guardó silencio y emplató los huevos. —Ahí están y ya no jodas.

Alguien tocó la puerta. Germán fue a abrirla. Era don Armando.

—¡Vecino! ¿Está doña Regina? Me comentó lo del portón. Ahorita ya es tarde, pero vengo a medir.

—Pásele.

Don Armando miró hacia abajo al cruzar la entrada. —Permiso.

Germán la miraba gesticulando insultos.

—Hola don Armando. Ahorita Germán está cenando. Mire esta es la parte del portón para que vaya viendo. Para que nos diga que va a necesitar para arreglarlo. —Ambos se quedaron en el patio y Germán solo masticaba. Los escuchó hablar hasta que hubo un silencio.

Hizo una pausa en su masticar para oír mejor. Se levantó y se asomó al patio. Vio a su esposa y a don Armando reír juntos.  Hizo una mueca con los labios y se le puso la cara roja. Miraba a don Armando.

 

Regina entró manteniendo una sonrisa a servir un vaso con agua. Germán azotó la mesa.

—Ya me jodieron pues.

—Germán no vayas a hacer una tontería.

—No si yo no hago tonterías, no tengo problema.

—Mire ya me voy. —don Armando se despidió con la voz temblorosa. Germán tenía un machete en su mano. Raspando el suelo.

—¡A dónde vas! —Germán empezó a seguirlo en la calle.

—Esta gente es salvaje, solo así entiende. —Corría y Regina gritaba desde la entrada de su casa pidiéndole a Germán que se detuviera.

 

Germán regresó con algunos raspones—. Ese no regresa.

—¿Lo mataste?

—¿Tú me crees capaz de matar? Mejor déjame dormir que mañana trabajo.

—Casi llamo a la policía por tu culpa. Eres un salvaje

—¿Ya vas a empezar? No tienen nada que estar hablando él y tú. Seré muchas cosas Regina, pero tonto no soy. ¿Con que descaro me hacen eso? Encima que hoy descanso.

—Estás clínico, y trastornado que es otra cosa…

Esa noche no durmieron en la misma cama. Durmió en la sala. 

 

Subió a su taxi y comenzó a ruletear.

Una mujer mayor y un joven le hicieron la parada y empezó a conversar.

—¿Sí vio lo que pasó ayer?

—Ayer descansé, ¿qué pasó?

—Agarraron a planazos a mi cuñado en esta colonia.

—¿En esta donde vamos pasando?

Sí justo en esta.

—¿Cómo está su cuñado?

—¡Lleno de moretones! -El joven lo miraba sin cesar—. No nos quiso decir cómo ni quien fue. Además, ya era tarde. Pero eso le pasa por andarse desapareciendo quien sabe dónde, a veces de día y otras de noche. ahí nos tiene preocupados, encima que ruletea una combi.

Mientras manejaba lo vio de copiloto en una combi y le pitó.

—¡Ya te vi cabrón!

Don Armando le lanzó el café que estaba tomando por la ventana y le dijo cientos de maldiciones antes de arrancar con el semáforo en verde.

Ese día había calor, pero Germán pasó de largo la cantina, fue directo a su casa. Al bajarse entró gritando el nombre de Regina. La casa estaba vacía, ni ella o los niños. Le marcó por teléfono y no entraba la llamada.

—Ya se le pasará, siempre vuelve.

Germán dobleteó. Al día siguiente se vio con Eduardo quien no creía todo lo que le decía que había hecho—. ¿En dónde están? 

—Se habrán ido con su suegra a Tierra Colorada. Estoy ganando dinero como para llevarlos a la plaza y luego al cine el fin de semana que yo creo que regresan. Siempre regresa los fines de semana.

El sábado, no era ni medio día y ya había hecho lo de un día entero. 

Con el semáforo en rojo, estaba a su lado una combi. La manejaba don Armando.

Se bajó en medio del embotellamiento y le empezó a patear la puerta.

—A ver si ahora te haces valiente. ¡Cobarde!

Germán tenía un bate escondido para emergencias. Le temblaban las manos, lo miraba sin parpadear.

Le rompió el espejo. Germán salió con el bate y don Armando se calmó cuando amagó con golpearlo.

—Allá en el hospital deberías de andar.

—Deja ese bat y vamos a darnos bien. —Germán le jaló la playera y don Armando le dio golpes en las costillas. Al principio eran rápidos, pero con el calor se fueron llenando se sudor y de fatiga.

Los demás autos pitaban. Estaban deteniendo el tráfico en avenida universidad en hora pico.

—Por eso tu esposa te dejó. —Germán lo empujó contra la puerta de su taxi. 

La vida de don Armando fue salvada por el sonido de una patrulla. Los humos de ambos se bajaron.

 

Llegó el oficial de tránsito. La gente chiflaba.  Entre los dos le dieron más de la mitad de lo que habían ganado ese día. 

Germán lleno de moretones llegó a su casa sin hacer ruido a pesar del dolor y de estar solo. Se acostó en el sillón y encendió la tele. 

Se compró varias latas de cerveza y una botella de whisky. Se bebió todo hasta quedarse dormido en el sillón. 

Escuchó ruidos que venían del portón que no servía. Se veía la silueta de una mujer. Germán intentó incorporarse, pero volvió a caer sobre el sillón. Tenía la lengua pesada y solo balbuceó algunas palabras.

Detrás de ella estaba la silueta de un hombre. Vio que agarró el machete con el que había golpeado a don Armando. Ambos lo miraban y se decían cosas al oído.