lunes, 6 de abril de 2026

Relato 2 de Federico Aresté

UN TRABAJO DE VERDAD

            La entrevista en la productora es a las nueve. 

Pablo despierta temprano. Se da una ducha y mientras disfruta del agua caliente, las cosas no dejan de resultarle fáciles. Horrorosamente fáciles. Cómo si cada uno de sus movimientos y los demás movimientos del mundo estuvieran guiados de antemano. Apreta un botón y se prende la luz. El agua de la ducha sale caliente y con presión. La toalla limpia y perfumada arriba de la cama. Todas las cosas parecen tener sentido de golpe. Todo le parece tan fácil. 

«Tan fácil», se repite una y otra vez debajo del agua con un tono extraño y triste. Muchas veces le pasa eso con las voces. Recuerda el tono de una voz y lo repite hasta que se le aparece una cara. Ahora es la de un hombre de traje, bien peinado a la gomina, con zapatos marrones y brillosos que le habla de «lo fácil» que es pagar el cajón en dieciocho cuotas, sin interés: «No se preocupen por el pago. Eso es fácil ahora. Lo pueden hacer hasta en dieciocho cuotas». 

El tipo repitió esa frase más de cinco veces en dos minutos mientras paseaba a Pablo y a su madre por un salón lleno de cajones de muertos. La madre agarrada fuerte de su brazo. «Este es el modelo Imperial. Observen la terminación de la madera, la delicadeza del interior. Se los recomiendo si se trata de una persona que fue muy especial para ustedes. Acá va a poder descansar en paz». 

Los modelos clavados en la pared. Paris, 3 paneles. Paris Americano Álamo. Keneddy. Como en una concesionaria de autos los cajones se exhibían unos al lado del otro. Blancos, marrones, negros. Distintas terminaciones con adornos raros, todo tipo de cruces y ángeles, palomas y estrellas.  

Cuando el padre enfermó, Pablo volvió a vivir con él y su madre para acompañarlos.  Trabajaba de noche en un bar y de día dormía hasta tarde. Vivía con los horarios cambiados. Pensó que hacer el esfuerzo de levantarse a desayunar podía cambiar algo las cosas.  Su padre no paraba de decirle que ya no podía vivir así y que tenía que conseguir un trabajo de verdad. «Un trabajo de verdad», repetía nervioso cada vez que discutían. Él era carpintero. Se estaba por jubilar y quería que Pablo se hiciera cargo del taller. Podían estar hablando de fútbol, de política o de lo que sea. Tarde o temprano el tema aparecía. «Es fácil conseguir un trabajo de verdad. Hay que tener ganas de trabajar nomás». 

Eso de levantarse a desayunar se lo propuso con determinación. Duró unos días y todo volvió a ser igual o peor que antes.


Después de la ducha Pablo camina hasta el bar que está frente al museo Nacional. Tiene una hora para desayunar antes de la entrevista. 

Arriba, el sol no para de calentar. Abajo las calles tienen un olor asqueroso. 

«Pasa siempre cuando sube el río», le comenta la moza a un tipo de lentes que está leyendo el diario en la barra. 

Pablo entra y busca una mesa cerca de la ventana y pide un café. Del otro lado del vidrio, unos chicos cortan el tránsito con pancartas en defensa de la educación pública. Cada vez se suman más y más. Los autos pasan y tocan bocinas.

En el bar donde está hay poca gente. Además del hombre que está leyendo el diario, en un rincón, dos señoras conversan a los gritos. Hablan de la venta de una casa familiar. Más a la izquierda hay otro hombre tomando whisky. Tiene los codos sobre la mesa y con las manos forma una pelota donde apoya la cara que no deja de mirar hacia la puerta. 

Arriba del hombre hay un televisor sin volumen. En la pantalla un documental muestra el desierto espeso, rodeado de unas nubes que parecen pintadas. La cámara se mueve rápidamente buscando algo entre las piedras. Primer plano y aparece una araña muy grande. La cámara se detiene en sus pelos finos y largos, hace zoom. Y de golpe vuelve a tomar distancia. La toma se abre. Ahora también hay un saltamontes, parado arriba de una piedra, cerca de la araña. 

La moza se acerca con el café y dos medialunas en un plato.

Al rato, por la puerta principal entra una señora con ropa elegante, bien maquillada, como vestida para una fiesta. El pelo blanco y prolijo, los labios pintados de rojo. Camina hasta la mesa donde está el hombre que ya no tiene las manos con forma de pelota. Ahora está jugando con un sobrecito de azúcar. 

«¿Cómo te fue?», pregunta mientras deja el sobrecito blanco arriba de la mesa. 

Ella lo agarra de las manos, lo mira a los ojos y le dice algo que Pablo no puede escuchar. Al rato el hombre se levanta, empuja la silla hacia atrás con cuidado, deja unos billetes debajo de la copa, y salen del bar. Caminan unos metros hasta que Pablo deja de verlos. El viento con olor a podrido entra de nuevo con más fuerza. Hace remolinear unos globos de cumpleaños que cuelgan del televisor. La araña ahora está agazapada arriba de una piedra, esperando el momento justo para atacar al saltamonte. Un movimiento ligero con sus pinzas y falla. El saltamonte se mueve más rápido y se pierde entre las piedras. 

En el rincón, las dos señoras siguen discutiendo, gritan cada vez más fuerte. Hacen morisquetas en el aire con las manos como sí de esa manera le subieran el volumen a lo que dicen.  

Pablo aprovecha que la moza anda cerca y pide la cuenta. 

Paga y sale apurado. 

Tiene la primera entrevista de un trabajo verdad. Uno bien fácil. 

Y como siempre, está llegando tarde.


-Relato 2 de Carmen Reinoso Calzado



Funeral

    La radio del coche sólo pone últimamente música inglesa, el hip hop está de moda entre la gente joven. No es que Marco sea muy fan de ese tipo de música, la que siempre ve entre los chavales negros del barrio, pero es incapaz de prestarle atención en ese momento. Golpea el volante con su dedo índice, de forma excesiva, mientras aparca al lado de la pequeña e insulsa iglesia.
    Las calles están como siempre, sucias, sin tanta gentuza por las esquinas. Apenas hay tráfico por la zona, los únicos coches que se ven son de la gente que ha ido a la iglesia para algún funeral, bautizo o a saber qué. Marco suspira y le sudan las manos. Tiene que esperar. El arma, en el bolsillo interior de su chaqueta, pesa más de lo que imaginaba. A pesar de que está acostumbrado a llevar una encima en sus robos y otros pequeños chanchullos, donde le va bastante bien, es la primera vez que su jefe le da ese encargo y lleva una nueva arma, a la que no está acostumbrado aún.
    Se quita el sudor de la frente, aunque hace mucho frío fuera. La iglesia está llena de gente, aún no se vacía. No hay cámaras alrededor, aunque el barrio está mal y a nadie parece importarle. Mientras espera, ve que una mujer joven, con ropas negras, sale de la iglesia a fumar un cigarro en el aparcamiento. No presta atención a Marco, pero él sí a ella. No parece ropa de funeral, es sólo un vestido negro y ajustado bastante sexy, ni ella parece triste. Sí algo nerviosa: el mechero no enciende. No debe acercarse, pero Marco es incapaz de contenerse. Es un hombre, antes que nada. 
    —Toma, guapa. —Le acerca su mechero encendido y ella levanta la mirada hacia él. Se parece a Sandra Bullock.
    —Gracias.
    Sonríe levemente. Marco decide tomarse un descanso, quedarse a su lado y fumar también. No puede evitar echarle miradas, parece una estrella de cine. Nunca ha visto a una mujer así antes. Ella está distraída, fuma y mira al suelo, mientras pisa papelillos con sus tacones.
    —¿Hay una boda o algo? ¿Un funeral? —pregunta, mientras levanta una ceja.
    —Funeral. 
    —Espero que no sea tu marido. O bueno, depende.
    La mujer no le mira, pero se ríe un poco. Dios, es guapísima. Y él ha hecho que se ría. Ya no nota tanto el sudor en su frente ni en sus manos, pero la chaqueta le pesa aún. Joder, ¿por qué le han tenido que dar un arma nueva? Tira el cigarrillo al suelo y lo pisotea, se arregla el pelo hacia atrás, que siempre le aporta confianza, y mira de nuevo a la mujer, que le mira de vuelta.
    —Este barrio está hecho mierda —comenta Marco.
    —Es por la gente. Hay cada uno…
    —Es una forma de decirlo.
    —Bueno, ¿y tú? ¿No creo que vengas al funeral, no? —La chica muestra interés por él, así que le sonríe. Siempre le han dicho que tiene buena sonrisa.
    —Podría ser. Pero no me gustan las iglesias, me agobian. Y menos los funerales.
    —A mí tampoco me gustan. Y tú no vas vestido precisamente de funeral, ¿no?
    Marco se ríe, luego mira al suelo y se queda callado. Vuelve el sudor a su frente pero asiente con la cabeza varias veces. El funeral tarda demasiado en terminar. Hay luces que parpadean cerca del lugar, provienen de un viejo cartel de un club de carretera. Es gracioso ver un club a dos pasos de una iglesia, pero así es el barrio. Se ríe para sí mismo y coge otro cigarrillo. Ella le mira, levantando las cejas, pero vuelve la mirada rápidamente.
    —Sólo pensaba… En ese club de carretera. Al lado de la iglesia. 
    —¿Eso es un club?
    —De stripers. No de putas. No es que yo vaya por allí, vale.
    —No te he cuestionado nada.
    Levanta las manos y asiente, bromista. Le gusta cómo contesta y cómo él va por su segundo cigarrillo y ella por el primero todavía. La mujer no tiene nada que ver con las chicas que él conoce, ni con las del club ni con las del barrio, pero tampoco parece una ricachona frígida y desagradable. Se la imagina a su lado, cogiéndole del brazo y yendo por ahí, a cualquier sitio.
    —¿Esperas a alguien? —La mujer tira el cigarro al suelo y lo aplasta con el tacón. Marco no puede evitar seguir sus piernas con la mirada. Asiente—. Pues sí que tarda, quien sea. Yo estaría nerviosa perdida.
    —Yo no soy así.
    Marco sonríe y sigue fumando, sus manos tienen un ligero temblor. No, todo está bien. El peso en su chaqueta le recuerda que todo está bajo control. Mira a su alrededor y nota que la iglesia se está despejando. Varias personas salen llorando del edificio, como una bandada de pájaros negros. Toma aire y tira el cigarro, con expresión de molestia.
    La mujer, que bebe agua, le mira otra vez. Parece analizar su expresión, pero no le pregunta. Marco adora que las mujeres no le pregunten, son muy molestas con el tema de los sentimientos. Él está muy bien sin tener que entender todo lo que pasa en su interior o en el mundo, no todo necesita una explicación. Se siente tranquilo junto a esta mujer desconocida.
    —Me voy. Gracias por la compañía. 
    —Espera. —La toma por la muñeca, sin meditar dos segundos. De pronto, no sabe qué decir, y ella tiene una expresión contrariada. No le gusta nada, pero sabe que está actuando como un extraño asqueroso. —Es sólo que… ¿Te gustaría ir al cine alguna vez? O a cualquier sitio.
    —Si nos vemos otra vez, quizás.
    La mujer sonríe y se da la vuelta, entonces vuelve a la entrada de la iglesia. Ni siquiera le ha preguntado el nombre, pero su rostro se queda fijado en su mente. Espera que ella sí olvide su cara por un tiempo, algo que es seguro, porque no parece el tipo de mujer que va normalmente por esos barrios. Otra vez siente el calor en su frente y en las manos, se limpia el sudor y bebe agua. Todo está bajo control, todo está bajo control.
    La gente se marcha de la iglesia y queda sólo una persona, un hombre, que habla con el sacerdote mientras se prepara para marcharse. Marco se queda fuera, cerca de la entrada, y espera. Sacará el arma de su chaqueta, con control, y justo cuando salga el tipo, disparará. Sus manos no temblarán. Será rápido, certero, limpio. Lo tendrá todo bajo control. Se irá sin ser visto y nadie podrá darse cuenta hasta que pasen por la calle. Guardará el arma y cogerá su coche. Se irá rápidamente del lugar, sin problemas. Llegará a su casa y esconderá el arma debajo del colchón. Se quitará la chaqueta y se echará una siesta.
 Estarán orgullosos de él. Tendrá alguna promoción.
     El ruido de la televisión le despierta. Gruñe y se levanta para ir al salón y bajar el volumen. Rosita está allí, con su moño mal hecho y su cara de preocupación, de pie mientras mira las noticias. Le mira y pega un manotazo en su rostro sin afeitar. Marco le coge con fuerza de la muñeca, aún somnoliento.
    —¿Pero a ti qué cojones te pasa ahora?
    —Dime que tú no has tenido nada que ver, júralo.
    A Rosita le tiemblan los labios y las manos. La televisión explica que ha sucedido un asesinato a las puertas de la iglesia, la víctima es un hombre conocido en el barrio. Intentó huir de varios disparos torpes que llamaron la atención de toda la calle y dejó un reguero de sangre en las escaleras. Nadie decía haber visto al atacante, pero sí su coche, que casi había llegado a chocar en la huida. Se habla de un posible testigo, una mujer que comenta algo sobre «un hombre extraño en el aparcamiento, que intentó ligar conmigo». Marco se lleva las manos a la cara, temblorosas, y le da una patada al sofá.
    —Será hija de puta…
    —¡Hijo de puta, tú! ¿Qué haces encima ligando con esa pija?
    Las manos de Marco ya no consiguen estarse quietas.

Relato 2 de Miguel Quezadas Barahona

 No como la flor 

 

Adela abre la puerta del auto sin decir nada. Ha esperado a su padre bajo el sol de abril. 

—¿Ya hablaste con Costa? —Acomoda la ventila de aire acondicionado para que le dé en el rostro.

—Ya, me dijo que hoy puede, ¿tú puedes? 

—Sí, ya le mando mensaje entonces.

Adela desde niña ha visto por televisión la elección de la flor. Fantasea con estar ahí y verse en un vestido de lentejuelas plateado iluminando todo.

—Es una pena que haya fallecido Don Jaime, que bonito discurso te había escrito. —No deja de mirar al frente.

—Tú sabes que nada más lo hacía porque era tu compadre. —Saca su celular y comienza a ver sus redes sociales.

—El siempre escribió buenos discursos.  —Lo escucha sacudirse la voz.

—No para quien quiera ganar de verdad. —Apaga el celular y ve a los ojos a su padre quien no la sigue con la mirada.

—Hija, tú sabes que la ganadora depende de muchas cosas más, no solo del discurso.

—Pero ya lo has visto. La euforia de ese momento, todos mirándote, siguiendo tu voz, lo que dices y lo que representas. ¿Te imaginas que se me olvide? Me arranco un dedo.

—Eso no va a pasar. Costa es bueno.

Ve en los postes y paredes de terrenos baldíos fotos de embajadoras de todos los diecisiete municipios, pero entre todas, resalta el suyo. Adela María Montero Paz, embajadora. Se ve a sí misma con el framboyán en la oreja, la mirada segura de una joven de ojos almendrados, ganando la flor de oro.

Se baja del auto y se dirige a su salón. Toma algunas fotos y las sube a sus redes. Ahora tiene miles de seguidores, antes nadie en el estado sabía quién era. Entre clase y clase, le piden fotos, se despiden de ella diciéndole que va a ganar. No reparan en elogios.

Sale de clases y toma un Uber a donde vive Antony Costa. Él es quien a último momento han llamado para ayudarla con el discurso. Espera en la puerta. Mientras se quita la cutícula de las uñas, lo hace en momentos así desde que tuvo su primer concurso a los ocho años. Abre la puerta. Costa y ella se saludan. Ve su mirada inquieta. Sus ojos se mueven de un lado a otro cuando escucha. Adela se obliga a confiar; después de todo, su familia no habría pagado a un extraño si no fuera por una buena razón. Solo así se convence para no dudar.

Se colocan en su despacho. Una pequeña oficina donde dirige entre otras cosas a su escuela de actuación. Encima de su cabeza ve retratos al óleo de las embajadoras que él ha preparado.

—Tu padre me dijo que tenías algo que decirme, te escucho ¿Cómo sientes el discurso? —Antes que Adela conteste la interrumpe—. Ya lo leí y está muy bonito. Perdón continúa…. Ese don Jaime sabía cómo escribir. Que Dios me perdone, pero se quedó chapado a la antigua. Igual ya las fuerzas no le daban. En fin, acompáñame que vamos a practicar.

Costa y Adela entran a un cuarto lleno de espejos que podría ser un salón de ballet.  Saca la hoja donde está plasmado el discurso.

—Vamos a comenzar entonces, quiero ver como andamos y ya después sobre eso ir puliendo—. Adela lo lee como se leería un memorándum mientras se quita la cutícula de las uñas. Costa toma el papel y comienza a darle instrucciones.

—Vamos a darle más fuerza aquí y aquí. También aquí. En el cierre es donde debes explotar. Es cuando debes dejarlos con ganas de más. 

Adela raspa la cutícula de su uña. Repite el discurso y le da más fuerza «ahí y también allá». Explota en el cierre, sabe que puede hacerlo mejor.

Costa le pide que ahora intente decirlo sin leerlo, a pura memoria.

Le da unos minutos para repasar mientras sale a fumar. Ella intenta memorizarlo, pero las palabras se le van volando. Prefiere asomarse por la ventana y llamarlo desde ahí, diciéndole que está lista. Ignora por completo verlo hablar solo.

Vuelven a practicar, pero termina diciendo lo mismo que la vez anterior, se queda en silencio intentando recordar algunas oraciones. Costa la toma de los hombros y la encara. 

—Adela, tienes que aprenderte el discurso, es de las partes más importantes. No quiero meterte presión, pero no lo tienes bien dominado. 

—Don Jaime me tenía más calma que usted. 

—Adela, yo te puedo tener toda la calma del mundo, pero no se te puede olvidar y toco madera para que eso no pase. Ya sabes cómo es la gente de cruel. Quiero que cuando llegues a casa te relajes, cierres tus ojos y visualízate…

—Si lo haré.  —Le llega la imagen de las anteriores embajadoras que se han equivocado en el discurso, que han añadido incoherencias o que se quedan en blanco frente a todo el estado.

Adela sale a beber agua. Su cuello está tenso y se truena todas las cutículas. Piensa en sus años de escuela donde se aprendía poemas para recitar en el homenaje, esa memoria no está.

Regresa a intentar decirlo una vez más. El sonido de una camioneta que se estaciona llega a interrumpir. Se baja Adalberto Gamboa, hijo del gobernador.

Como siempre su forma golpeada de hablar y de dirigirse a ella la incomodan. Al acercarse le invade el olor a perfume.

—Adelita ¿Cómo estás?  —Le sonríe sin quitarse los lentes de sol. Ella detesta que la llamen así. A como puede finge la sonrisa que desde hace años ha practicado, para gente como él. 

—¿Está Costa? ¿Estás ensayando? —Se quita los lentes y saca su teléfono.

—Sí, ya casi acabamos. —Se raspa la cutícula una vez más antes de querer entrar a seguir ensayando.

Costa sale antes. —¿Cómo andamos Betito? —Se abrazan con fuertes palmadas en la espalda. 

—Oye Costa yo quiero saber como va Adelita. ¿Ya está lista para ganar?

—Ya, hay que decirles que le den la flor de una vez.

—Es que con todo el respeto que se merecen las demás, pero yo creo que Adelita es la más guapa. Adelita la bonita hay que decirle.  ¿Verdad Adelita? —Ella solo asiente con la cabeza y con su sonrisa de porcelana le agradece.

—Pero para eso hay que practicar bien el discurso, ¿verdad?  —Costa la mira con seriedad.

—¡Cuál practicar!, tú nada más ponte el vestido más caro que encuentres, camina derechito y pelas esos ojazos que tienes. Tu puro reírte y mandar beso. Cualquier cosa te paso mi número. Por si ocupas un favor o algo, con confianza me dices.

Adela se despide con el intestino a punto de inflamarse por el estrés.  Toma un Uber y se mira los dedos que están rojos por haberse raspado la cutícula. Sabe que tiene que aprenderse el discurso, con todas las inflexiones, pero lo sigue olvidando. En casa se encierra en su cuarto sin poder pasar de la mitad. Le parece que es una manera cruel del destino de autosabotaje. Todo eso gira en su cabeza hasta que el sueño se presenta, solo le queda cerrar sus ojos y con meticulosidad quirúrgica obedece la consigna de Costa: Se aprenderá el discurso, con todas las pausas dramáticas e impostaciones.  La siguiente semana se probará el vestido que iluminará a todo el público el día del evento. Se preparará en todo lo posible. En un mes, cuando sea la concentración del hotel con las otras de los dieciséis municipios, se hará amiga de Cárdenas y Villahermosa. No se llevará bien con la de Macuspana por tronarle los dedos a los meseros y por mentir sobre vivir en Tabasco. Irá a todos los eventos programados, visitará a las casas y albergues en la medida de lo posible.  No olvidará tampoco el día de los carros alegóricos con las canciones que sonarán estando ella encima de un enorme armadillo, hecho de hojas de coco y guano. 

Saludará a todos y lanzará playeras, dulces y termos. Bailará todo ese día al ritmo de la marimba y la flauta dulce hasta ver al sol ocultarse, desde su salida en el malecón hasta llegar a la ciudad deportiva, hasta ver sus pies hinchados y sus tobillos fatigados de calor y esfuerzo. El día de la elección de la flor estará entre las finalistas. En el discurso habrá de entrar triunfal con las primeras líneas y en el punto de mayor éxtasis, con las luces de las cámaras, con ajetreo y euforia, el sonido de los tambores cesa, pero ella está en blanco. Contempla el momento, pero de su boca no sale nada. Sonríe y alza la mirada. Al bajarla entre las mesas de invitados de honor nota a su padre mirándola directamente, entrecerrando los ojos. Le ha fallado. Algunos silban y otros aplauden para darle ánimos, pero a ella solo le queda disculparse ante la gente y retirarse a camerinos. Nombran a las finalistas y no escucha su nombre, sabe que perdió y se despide del escenario, ve la mirada de Costa de reojo, pero no se la sostiene. 

Anuncian a la ganadora, suena la marimba y cae confeti del cielo. Todas se felicitan sin importar si fueron eliminadas. Adela se aparta. Se ve a sí misma, radiante, brillando con su vestido de lentejuelas. Comienza a quitarse lo poco de cutícula que le queda. Alza la mirada y ve a Macuspana festejar ser la ganadora. Se sigue quitando tanto que comienza a ver sangre en su dedo. Las demás concursantes la abrazan. Adela rompe en llanto, y como pueden le dan vendas para su dedo, para consolarla por el dolor.

 

 

-Relato 2 de Luis Vera

    
"Ar"

    Arthur se pierde. Camina entre los árboles como tantas otras veces, pero ahora no reconoce el camino. El bosque se cierra a su alrededor, la noche cae y el aire se enfría hasta clavarse en su pecho. Siente que algo en su interior se apaga lentamente, como una llama que no logra sostenerse.
     Entonces cree ver una luz. Una llama que insiste en no extinguirse. Arthur la sigue sin pensarlo.
    La taberna le parece un refugio improvisado. Desde fuera parece descuidada, casi abandonada, pero la llama sigue viva. Eso le basta. Entra. Dentro ve pocas mesas y solo una está ocupada por dos hombres que beben en silencio. Arthur apenas los observa; algo en ellos le incomoda, pero no quiere pensar en eso. Solo necesita algo que lo distraiga. Cree que el alcohol puede ayudarlo.
    —¿Tienes cerveza?
    El cantinero asiente. Arthur toma el tarro y un calor le recorre las manos; lo acerca al pecho y respira mejor. Bebe. Un trago sigue a otro, pero el extraño calor siempre se va demasiado rápido.
    Cuando levanta la vista para pedir otro, la puerta se abre. Siente el frío antes de ver quién entra. Ve una figura demasiado alta para ser real. Arthur intenta comprender lo que observa, pero no puede: le parece que donde debería haber piel, solo hay hueso. Arthur cae al suelo sin poder apartar la mirada y descubre que en el centro de la forma imposible de la calavera hay una llama blanca, contenida, perfecta.
    —No grites. He venido por ti. —Su voz suena firme.
    Arthur intenta incorporarse, pero le cuesta respirar.
    —Espera… ¿quién eres?
    —No tengo identidad, pero puedes llamarme M.
    Arthur mira alrededor. Nadie parece moverse. Nadie parece reaccionar a la extraña presencia. Piensa que el tiempo se ha detenido.
    —No es personal.
    El calor en su pecho ha desaparecido por completo.
    —Lo sé… todos morimos. —Su voz suena resignada.
    M inclina la cabeza. Arthur siente que la llama en su interior lo observa, busca algo con desesperación, encuentra un tarro a medio tomar y lo lanza; impacta directamente, destrozándose en la hermosa llama blanca, pero la figura sigue moviéndose inmutable.
    —¡Eres un necio!
    Arthur tiembla. Saca del bolsillo un pequeño rey de madera que su abuelo le había regalado y lo aprieta con fuerza.
    —No me lleves. Mi hija acaba de nacer. Mi esposa…
    —Yo no decido nada. —Su voz regresa a la calma.
    El frío regresa con más fuerza y Arthur siente que va a desmayarse.
    —Por favor, déjame vivir. —Junta las manos mientras mira a M.
    —No llevarte no te salvará.
    Arthur no entiende del todo, pero siente que es verdad. M lo observa en silencio.
    —Ven. Te enseñaré algo.
    Un chasquido lo envuelve todo en oscuridad y la conciencia de Arthur viaja junto a su cuerpo. Arthur abre los ojos y ya no hay suelo ni techo, solo un vacío lleno de velas. Arthur cree ver miles, quizá millones, cada una con su llama. Le parece que algunas arden firmes; otras tiemblan a punto de extinguirse. El calor lo rodea, pesado, constante.
    —Son almas. Mientras la vela existe, la llama vive.
    Arthur observa y algo le incomoda.
    —Entonces todo está decidido.
    —Desde el inicio.
    Arthur aprieta los dientes.
    —Eso no tiene sentido.
    —Mira la tuya.
    De pronto ve tres velas frente a él. Una grande, una mediana y una pequeña. La pequeña tiembla. Arthur entiende de inmediato.
    —Ese soy yo.
    La llama apenas resiste.
    —Ayúdame.
    —No puedo.
    Arthur siente rabia. Mira su vela, luego las otras. Algo cambia dentro de él. Da un paso, toma la vela mediana y sopla con fuerza. La llama se apaga. El humo asciende. Sin dudar, acerca su propia llama y la alimenta con la vela. Crece y siente en su interior una vez más el calor.
    M guarda silencio y de pronto ríe. 
    —Nadie lo había hecho.
    Arthur no responde. Sopla otra llama, luego otra y añade la cera a su delgada vela. Su llama crece más.
    —¿Qué pasará ahora?
    —No lo sé.
    Arthur ríe levemente.
    —Entonces no está todo decidido.
    El silencio se apodera de todo el lugar.
    —Gracias, amiga.
    —¿Amiga? Siempre quise sentir la calidez de un amigo.
    Arthur duda apenas.
    —Sí, ¿qué más podríamos ser? Me has permitido salvarme, eso es lo que hace una amiga.
    Un chasquido lo devuelve a su casa. Corre hasta la habitación y encuentra a su esposa e hija inmóviles y frías. Se derrumba y llora, pero algo en su interior no se rompe del todo: su llama sigue ardiendo. Recuerda las velas que robó. Arthur no siente remordimiento, solo mira los cadáveres y exhala mientras piensa: «No he sido yo».
    Con el paso de los días, el calor se transforma en exceso. El placer lo consume todo. Nada parece suficiente. Vive sin medida, como si cada instante debiera arder más que el anterior.
Hasta que ella vuelve.
    —No deberías estar aquí, mi vela era suficiente.
    —No es la vela —responde M—, es tu llama.
    Arthur no entiende al principio, pero siente el cambio. Algo se ha desbordado.
    De pronto, Arthur siente que vuelve a la eternidad en un solo instante. Su llama ahora es negra. Arde con violencia, consume con una velocidad impresionante toda la cera que toca.
    —Porque tú cambiaste.
    Arthur guarda silencio. Comienza a caminar entre las velas, sopla una tras otra, las reúne, las deforma, construye una nueva, enorme.
    —Ayúdame.
    M asiente.
    Arthur acerca su llama. El calor es insoportable, pero no se detiene y crea un monumento capaz de soportar su llama.
    —¿Vendrás conmigo?
    —No —grita Arthur.
    Arthur regresa. El mundo sigue igual, pero él no. Nada lo detiene. Nada importa. De repente, la vida no le parece tan compleja ni tan importante; todo es una farsa y un juego, una excusa para justificar lo que pasa en el otro mundo.
    La vida es un desenfreno. Arthur la usa como quiere y cuando quiere. Su última conquista es una hermosa pelirroja, que ahora observa y lee en el braille más sofisticado, hasta que, con el movimiento, el pequeño rey de madera cae al suelo. La mujer se detiene, entretenida por el pequeño objeto, y pregunta qué es. Arthur lo mira sin emoción.
    —Nada.
    Lo levanta con cuidado, solo para arrojarlo con odio al fuego. La llama lo consume lentamente. Cuando levanta la vista, la mujer ya no se mueve. M está detrás, moviéndose de lado a lado.
    —Te queda poco.
    Arthur sonríe.
    —Lo sé.
    Un chasquido.
    Arthur vuelve a la eternidad. Su vela casi ha desaparecido por completo. Arthur corre y comienza su conocida rutina: sopla, consume, añade, pero no es suficiente. Su llama crece descontrolada, lo quema, lo atraviesa.
    Arthur cae. La llama eterna lo consume en un segundo. Solo queda el humo exhalado de las cenizas y una leve flama aún latente.
    M se acerca, extiende la mano y la pequeña llama negra se posa en ella. Tiembla un instante antes de apagarse. Un hilo de humo asciende lentamente.
    M cierra el puño.
    El calor desaparece.
    —No pude sentir el calor de tu alma, amigo mío.

Relato 2 - Gustavo Conde

Es la mañana más calurosa del verano del 2010. Matilda García llega temprano a la playa de la Caleta. Coloca su toalla en el suelo, se saca su polera para quedarse en un bikini de hilo rojo. Se desabrocha el brassier. deja sus pechos al aire y se pone bronceador. El de la tienda le ha dicho que es el más fuerte del mercado. “Quedarás como latina” le dijo. A Matilda no le gustó, para ella la gente morena era de clase obrera y sin educación. Y Latinoamérica era un continente atrasado y lleno de criminales. Lugar donde se asesina con facilidad.
Pero ella no se consideraba así. Se creía letrada, adelantada a su época: revolucionaria. Tanto que sentía que tampoco ningún español la merecía, a pesar de ser española. Hablaba con desprecio de los hombres de su propio país y ponía en un pedestal a los italianos. Para ella los hombres italianos lo tenían todo, e incluso un bronceado perfecto, ese era el color que Matilda quería. 
Matilda ve el mar dos segundos. De su bolsa toma un libro, lo abre a la mitad, se recuesta boca arriba, se lo pone en la cara para taparse del sol y se duerme un rato. No hay nadie más. 
Después de un rato Matilda despierta y escucha a una pareja acercarse. Se sienta y los ve. Un hombre y una mujer que ella identifica como italianos. La mujer es delgada pero de senos y nalgas voluptuosas. El hombre está en buena forma, de color trigueño, barba y rostro varonil. Matilda quiere conocerlo. 
—¡Ciao! —les grita.
La pareja la saluda y se acercan a ella. Matilda no los conoce, pero le causa intriga. 
—La playa está muy sola, sienténse aquí —dice. 
La mujer le sonríe, tiene los dientes más blancos que Matilda ha visto. El hombre coloca la toalla en la arena. La acomoda. Abre la bolsa de su mujer y saca bloqueador solar. 
—¿Te desabrocho el sujetador, cariño? —le dice el hombre a su mujer. 
—Sí, mi amor. 
Matilda no puede creer que ellos hablen español. Aunque piensa que era bastante obvio, porque en Italia todos son perfectos. 
El hombre le quita el brassier y comienza a untarle bloqueador por todo el cuerpo. Empieza por la espalda, baja hasta las nalgas y termina en los tobillos. Matilda observa todo. Se imagina bronceándose con el aceite en las manos de ese hombre italiano y letrado. 
—¿Cómo se llaman? —les pregunta Matilda. 
—Yo soy Verónica y él es mi esposo Arturo. 
—Matilda,  mucho gusto. 
Verónica le pone bloqueador a su esposo, le acaricia la barba y le deja más blanca la nariz. 
—Así pareces David Hasselhoff en Guardianes de la Bahía. —le bromea. —¿No lo crees Matilda? 
—Sí, eres igual —Matilda no sabe quién es David Hasselhoff o los Guardianes de la Bahía. Piensa que debe ser alguna serie italiana que todavía no ha visto. 
Verónica saca un libro de ensayos de Octavio Paz y el hombre un libro en inglés de Scott Fitzgerald. Matilda no reconoce a los autores, ni tampoco los títulos. Se sorprende por sus lecturas. Sabe que de ellos aprenderá muchísimo, y quiere seguir platicando con ellos y ser su amiga. 
—¿A poco leen en inglés? —pregunta Matilda. 
—Algunos libros, sobre todo autores gringos. Se disfrutan más en su idioma original. 
—Siempre lo he pensado. 
—¿Tú lees libros en inglés?
—Sí, también depende la lectura —responde Matilda. Ella no habla inglés, ni un poco. 
Verónica ve el libro que tiene Matilda y se alegra. 
—Me encanta Pizarnik. Preciosa poeta argentina, sus poemas tienen tanto dolor dentro de ella. Qué buen libro. 
Hasta ese momento Matilda desconocía quién o de dónde era la autora de su libro. De hecho, no había leído ni una sola página de este. Sólo lo tenía para taparse del sol. 
—¿Cuál es tu poema favorito? —le pregunta Verónica. 
Matilda, apurada, abre el libro y lee el título del primer poema que le sale: “La última inocencia” y se lo pasa a Verónica. 
—Es este. La última inocencia. Me fascina. Antes de que llegaran lo estaba releyendo. 
—Ese es precioso. Tienes muy buenos gustos.
—Lo sé. Es que siento taaaanto. 
Verónica suelta una pequeña risa. Matilda se sorprende por la elegancia con la que se ríe. Se le hace una mujer tan imponente y elegante. Imagina lo que ella haría con ese cuerpo, ese color de piel y esa cultura que posee. 
Verónica le muestra su libro de Octavio Paz y Matilda lo empieza a ver. 
—Se ve bueno —dice. 
—Lo es. Tiene mucha identidad, pero no me encanta tanto Octavio Paz. 
—Te entiendo, yo tampoco leo a hombres. 
Verónica se vuelve a reír. Agarra su libro y sigue:
—No me refiero a eso, me da lo mismo el género de un autor, es sólo que no me gustan los escritores que sienten que son más inteligentes que el resto de la gente, Paz era así. 
Matilda no sabía qué decir. Para ella los hombres no eran buenos en nada que no fuera pagar la cuenta de la cena.
 —Justo pienso como tú. Te estaba probando. 
Matilda no deja de ver a Arturo, quien está dormido. Le parece hermoso. Siente que en ese momento puede entregarse a él y dormir en sus brazos. 
–¿De qué parte de Italia son? —pregunta Matilda. 
—¿Italia? ¿Cómo? —responde Verónica. 
—Sí, Roma, Napolés, Milán. ¿De qué región son? 
—No somos de Italia, somos de México. 
Matilda no lo podía creer. Esas personas a las que tanto había idealizado y tenía como gente culta y bella pertenecían a un continente como Latinoamérica. Algo debía estar mal. 
—¿Pero siempre han vivido aquí en Europa? —les pregunta. 
—No, vinimos de turistas —responde Verónica. 
Matilda intenta hilar las cosas, pero no puede. Para ella era imposible que la gente de por allá tuviera el dinero suficiente para vacacionar en otro continente. Ella nunca había salido de Europa porque no le alcanzaba. ¿Cómo podían tener tiempo libre? ¿Existían vuelos que salieran desde México a España? Además, era imposible que supieran leer y más en inglés. 
—¿De verdad? Creí que dirían que sólo habían nacido allá, pero se habían educado aquí. —dice Matilda sorprendida.
—No, nos educamos y vivimos en México, es precioso, deberías ir. 
Pero Matilda no quiere ir. Se le hace un sitio peligroso, de robos y asesinatos. 
—¿Y cómo consiguieron ese tono de piel? Yo me traje mi bronceador y quiero justo el color que ustedes tienen. 
Verónica suelta una carcajada. La observa con coqueteo y le dice: 
—Es nuestro tono natural, así nacimos. Por eso traemos el bloqueador, para protegernos del sol. Nos ponemos debajo de él una hora y ya nos bronceamos. 
Matilda se enfurece. Su comprensión no entiende por qué ellos, al ser de un lugar como México, tienen todo lo que quiere. 
A lo lejos ve a dos hombres que identifica como alemanes caminando hacia ellos. 
—Será mejor que nos vayamos, no pintan bien esos hombres —dice Verónica mientras despierta a Arturo.
Los dos alemanes se les quedan viendo. No apartan la mirada. 
Matilda niega con la cabeza. Está enojada con ellos y no piensa irse. 
—No pasará nada, son europeos y aquí no pasa nada. Si quieren ustedes váyanse, yo me meteré al mar. 
Verónica y Arturo se despiden. Le indican su hotel y su habitación, por si más tarde quiere encontrarlos ahí. Pero Matilda no lo hará. No le interesa tener más contacto con ellos. 

Se van y la dejan sola. Verónica deja sus cosas tiradas en la arena y se va a nadar al mar. Nada hasta que sus pies ya no tocan el suelo. Los dos alemanes se acercan a sus cosas y se les quedan viendo. Ella con las manos les indica que son suyas. Los alemanes las recogen y se marchan corriendo. Matilda comienza a salir del mar, pero al llegar ya es muy tarde. Le han robado todo y la habitación de los mexicanos ya no la recuerda. 

domingo, 5 de abril de 2026

- Relato 2 de Sergio Peral

El avión en la mesa 

Cuando mira la foto vuelve a escribir aunque se detiene antes de la segunda palabra. La fotografía está apoyada contra el vaso de plástico que han dejado sobre la mesilla del hospital. Aparecen dos chavales parecidos y delgados delante de un muro lleno de grafitis; desde lejos pueden ser confundidos entre ellos. Uno tiene la cara demasiado seria para la edad que aparenta; lleva el pelo largo hacia adelante al estilo mod. El otro mira a cámara con una sonrisa cansada. Él observa al del peinado mod que no sonríe, pensando que ese es el instante justo en que todo se va a la mierda. Parece que ese chico es él, así lo refleja la seriedad de su rostro. Hoy le dan el alta; está sentado en la cama con el cuaderno abierto sobre las rodillas. El avión de juguete, regalo de su compañero de habitación drogadicto, sigue en la esquina de la mesilla. Allí es donde al tipo le gusta, y allí continúa sin moverse, como antes de salir del área de psiquiatría; el yonqui ya no está en el centro desde hace un par de semanas. El avión parece un objeto ridículo, pero de alguna forma ese trozo de metal y plástico se ha convertido en la única cosa del cuarto que no pertenece al hospital.

Empieza a escribir otra vez. No sabe muy bien si está escribiendo o recordando. Posiblemente el gran número de pastillas que le hacen tomar los médicos, mañana, tarde y noche tenga que ver con ello. Cada frase abre una puerta y detrás aparece otra vez el mismo pasillo blanco, el mismo olor a desinfectante, las mismas voces de médicos hablando de kilos como si hablaran de una pieza de ganado. Todo empieza con dos cifras hace mes y medio: cuarenta y seis kilos, y uno setenta y seis de altura. Las cifras se dicen delante de su madre, en voz alta. Ella baja la cabeza, como si los números fueran una acusación; él se queda quieto escuchando, como si ese número perteneciera a otra persona. Dentro no parece sentir gran cosa, solo un vacío raro, solo hueco. Como la habitación de su piso; allí la comida es una guerra constante y absurda mucho antes de que nadie le empiece a medir los huesos. Comer a escondidas, vomitar, prometer que sería la última vez. Luego volver a estar de rodillas frente al váter con la garganta ardiendo y un sabor jodidamente asqueroso pegado al paladar. Después vienen las flexiones hasta que los brazos tiemblan. Mover el cuerpo para que la cabeza se calle un rato. Porque cuando el cuerpo se queda quieto el corazón parece ir demasiado despacio, como pensando si merece la pena seguir funcionando. 

Levanta la vista del cuaderno. El avión de juguete sigue ahí. Cierra los ojos y la imagen cambia. Suena el timbre de la puerta de su casa. Es un médico vestido de calle quien le habla.

—O vienes por las buenas o llamo a la policía.

El padre mirando al suelo, la madre con los ojos rojos. La escena se vuelve tan nítida que por un momento no sabe si está escribiendo o si acaba de volver a ese instante exacto. Se ve poniéndose el abrigo, bajando las escaleras, pensando que entre el hospital y una comisaría no hay tanta diferencia. En el coche mira por la ventana y recuerda la película Alguien voló sobre el nido del cuco mientras su rostro se refleja en el cristal; retira la mirada. En aquella película el personaje de Jack Nicholson tiene energía para reírse de todo aquello, pero él no. Está cansado; demasiado cansado. 

Abre los ojos y vuelve al cuaderno. De nuevo se centra en escribir porque si no lo hace se hunde en la miseria. El hospital huele a limpieza y a algo más; amargura. Ya no está en el coche; ahora entra en la habitación del hospital mientras una enfermera habla con su madre delante de él.

—Bastante tiene que aguantar usted. 

Él se traga el comentario; como siempre. Comparte cuarto con un viejo que grita nombres mientras duerme y con un drogadicto de treinta y pico años que asegura que dentro del hospital todos están medio muertos. El tipo lo dice riéndose pero nadie se ríe con él. Los primeros días pasan muy despacio mientras lo vigilan cuando come. La enfermera de turno apunta los kilos, gramos, porcentajes, calorías. Hablan del cuerpo como si fuera una máquina averiada mientras él mastica y escucha, como Álex al final de La naranja mecánica; aunque está muy lejos de la vitalidad que desprende ese personaje. Cada mañana entra un médico con un pequeño ejército de becarios detrás; un día se queda mirando su pelo largo.

—¿Por qué te peinas hacia adelante?

Los becarios esperan la respuesta como si fuera importante. El chico niega, como diciendo que si el problema es su peinado mod, entonces sí que está bien jodido y todo aquello debe ser una puta broma pesada; no dice nada. Los becarios se miran entre ellos, incómodos. Por su parte, el psiquiatra que lo lleva es un tipo bastante pedante; parece que le gusta escuchar su propia voz.

—¿Crees en Dios? ¿Qué libros lees?

Cuando el chico le menciona a Shakespeare y a Orwell el médico frunce el ceño como si acabara de confesar un delito. Más tarde habla con la madre en el pasillo y le comenta que lee cosas complejas, extrañas, perjudiciales para su estado; ella se siente culpable y le dice que su hijo no es raro. A partir de entonces, el chaval parece empezar a asumir que el problema debe ser él; así de simple. Al día siguiente su madre se acerca al psiquiatra en la puerta del hospital para hacerle una consulta y este le contesta fríamente.

—Fuera de la consulta, usted no me conoce de nada.

Ella queda completamente sorprendida por tan inesperada respuesta, en silencio. «Terapia de choque», ironiza él cuando su madre le cuenta el suceso más tarde. 

El viejo con el que comparte cuarto recibe la visita de su hijo y de la pareja de este; son anarquistas. Hablan de política, de libros, de la actualidad, de cualquier cosa; con ellos puede hablar normal, sin sentirse un experimento. Prefiere quedarse en la habitación con esa gente, antes que pasear por los pasillos que están llenos de personas que hablan solas o miran el suelo durante horas. Pasa mucho tiempo escribiendo en el cuaderno y escuchando música a pesar de que le cuesta concentrarse con tantas pastillas en el cuerpo; incluso la realidad parece alterarse en algunos momentos. Al menos, escribir baja un poco el ruido de la cabeza aunque no lo elimina del todo; lo hace soportable. Por el pasillo también pasa una chica ingresada por anorexia que le parece guapa. La ve cuando se pone en la cola para tomarse los medicamentos tres veces al día; al final de cada toma tiene que levantar la lengua para demostrar que se lo ha tragado todo. Nunca  habla con ella, se limita a mirarla cuando pasa cerca de la puerta; algunas cosas es mejor no decirlas, se repite a sí mismo. Unos días después, el drogadicto recibe el alta. Antes de irse deja un objeto en la mesilla, un avión de juguete. Después se despide señalando al avión.

—Para que no te quedes atrapado aquí.

El avión sigue ahí; en la mesilla, sin moverse. Unos días después le hacen el test de Rorschach. En las manchas aparecen demasiadas cosas; aunque algunas prefiere no decirlas. Por la tarde se sienta junto a la ventana del pasillo mientras el sol le da en la cara después de días de luz artificial. Por un momento, le da la impresión de que quizá todo aquello no tiene que ver con el cuerpo; quizá el problema es el ruido que lleva dentro. A partir de ese instante empieza a comer sin calcular, ni pensar en el después. Sube un kilo, luego otro; no es valentía, es cansancio. Levanta la vista del cuaderno; hoy le dan el alta al fin. El psiquiatra lo mira antes de salir.

—Tienes una mente peligrosa.

Él no responde, no tiene ganas. Vuelve a escribir cuando el médico abandona la habitación. Unas horas después sale por la puerta del hospital comprobando que el mundo continúa hecho una mierda; sigue tan ruidoso como siempre. Al día siguiente está otra vez por allí como visitante para ver al viejo que grita nombres por la noche, a la chica del pasillo y a la gente que se queda dentro mientras otros salen. El avión sigue en la mesilla; lo coge y se lo lleva a su casa con él. Allí vuelve a encerrarse en su habitación llena de pósteres, que continúa igual que antes de ingresar en el hospital. Se acuesta mirando las grietas del techo de su habitación por enésima vez. Sobre el techo blanco ve proyectada su imagen en el hospital en el momento de doblar la carta tras acabar de escribirla; es una tarde antes de salir. Guarda la carta y mira otra vez la fotografía. Vuelve a mirarla y recuerda aquel instante, un tiempo más fácil justo antes de la caída; entonces recuerda, ahora sí, con claridad, que aquel día hacía un sol imponente y estaban cerca de la playa. El chico de la foto que sonríe es definitivamente él, mientras el serio de su lado es su antiguo mejor amigo; este termina la universidad en pocos meses. Por desgracia, tiene una novia a la que él ama desde el colegio. Lo envidia hasta el punto de fantasear con intercambiar sus roles, ya que es muy difícil notar la diferencia entre ambos debido al gran parecido que tienen. Además de peinarse de la misma forma, a veces sueña con arrebatarle su vida perfecta haciendo lo mismo que Vincent Freeman con Eugen Morrow en la película Gattaca; pero eso es utópico a pesar de que todo lo que le pasa le parece igual de irreal, una auténtica pesadilla de cine. No lo ve desde aquel momento, desde que se hicieron aquella foto hace años; cuando enfermó se encerró en su habitación, en su casa, durante más de un lustro. De cualquier manera, muchas veces se disocia y se convence de que es él, el que está en la universidad con la chica que quiere, mientras el amigo es el enfermo que está encerrado en el hospital. Hasta cuando se mira en el espejo ve a su antiguo compañero gracias al efecto de las pastillas que debe consumir diariamente; esa fantasía parece tranquilizarlo. 

Tras salir de su letanía, nota que toda la estancia está en completo silencio, el hospital está muy tranquilo; el avión sigue en la mesa. Da la impresión de que cuando salga por la puerta el mundo seguirá exactamente igual; sin embargo, es justo entonces cuando entiende algo simple y muy jodido: nadie viene a salvarte. Si no aprendes a soportar tu propio monstruo, este te termina devorando en el más completo silencio. Un instante después, levanta la mirada y ve que el avión sigue allí, completamente quieto, como esperando que al fin, suceda aquello extraordinario que nunca pasa.