lunes, 23 de marzo de 2026

UNA ESPERA INESPERADA

 

UNA ESPERA INESPERADA

 

Estoy agotado, casi no puedo con mi cuerpo. Llevo una semana con dolores de cabeza constantes, temblores en las manos y escalofríos repentinos que me producen un preocupante desasosiego. Ni siquiera la sonrisa perfecta de Mirta, mi compañera de la mesa de enfrente, es capaz de sacarme de esta sensación de letargo y malestar.

Mirta es una mujer casi perfecta, y digo casi porque le falta una pierna. Se la amputaron por debajo de la rodilla cuando sufrió un accidente de tráfico en el que su coche se estampó contra la base de hormigón de un puente. Desde luego tuvo mucha suerte, porque habría podido morir allí mismo.

Sin embargo, el resto de su figura es de una belleza exuberante y muy sensual. Se mueve con un contoneo de caderas que, seguramente, tenga que ver con la falta de su miembro inferior. Jamás había visto a una fémina con esos andares. La prótesis que utiliza es casi imperceptible, incluso cuando lleva puestos esos vestidos ceñidos y cortos, o minifaldas bien ajustadas a su cuerpo que resaltan sus atributos. El material del que está hecha la extensión artificial le permite ponerse unos tacones que va cambiando de color para combinarlos con su atuendo. Hoy los lleva rojos, igual que sus labios.

Trabajar con Mirta es un deleite para los sentidos. En la primavera puede llegar a considerarse un servicio de riesgo, porque con los calores externos se ponen en marcha las fiebres internas, los sofocos y demás síntomas provocados por el espectáculo visual que ofrece a todos los especímenes masculinos que contemplamos, absortos, su esbelta y curvilínea figura. Una maravilla de redondeces, curvas y contra curvas que se mecen por los escritorios como imagino que lo hacen los juncos cuando los acaricia el viento.

—Mirta, ven a mi despacho —sonó la voz autoritaria del jefe de compras.

Ella ni siquiera contestó; se levantó de la silla, se pasó las manos por la extensa cabellera negra azabache, se bajó ligeramente la minifalda y encaró el camino hacia la guarida del energúmeno con su contoneo particular. A medida que avanzaba entre las mesas, iba repartiendo miradas a sus compañeros que eran auténticos fogonazos de sensualidad. Para todos nosotros, sus labios se presentaban como dos orugas rojas, dispuestas a salirse de su boca con un movimiento peristáltico y ondulatorio que alimentaba la fantasía sexual de todo el paisanaje masculino de la oficina.

—No tiene suerte este cabrón —recrimina Tomás, a mi lado.

—Para eso es el jefe, muchacho —responde Miguel con resignación.

—Ahora cualquier mindundi es jefe—sentencia Alberto

Cuando Mirta salió del despacho, ya habíamos terminado con nuestras labores. Llegó la hora de irse, pensé. Se acabó por hoy; mañana habrá más. Otra interminable jornada laboral que volvería a consumir mi tiempo, mi voluntad y mi paciencia.  

Después de recoger mis cosas, salí ufano. Llegué al coche algo trastornado; pues seguía pensando en el cuerpo de Mirta y sus contoneos sensuales. Vi pasar su coche, iba demasiado rápido; se detuvo en el semáforo. Salí de donde estaba aparcado y me coloqué detrás de ella. Empecé a sentir una especie de erección, pero no era el momento adecuado para excitarse. Mi cabeza y mi cuerpo entraron en disputa, pero la razón se impuso.

Rápidamente perdí de vista su automóvil azul, matrícula SXL6969. A pesar de haber perdido la pierna en un accidente de tráfico, seguía conduciendo de forma temeraria. Continué con mi recorrido cotidiano. Era el mismo que el de ella, porque vivíamos muy cerca.

Encendí la radio. En la emisora elegida no había música, sino una periodista entrevistando a un médico a propósito de su libro La edad del amor. El autor hacía un recorrido por las artes amatorias desde la India con el Ananga-Ranga, el Kamasutra y los Puranas, el Kitab islámico y ciertos papiros faraónicos. Enseguida se me vino a la mente la figura de Mirta semidesnuda en una bañera cubierta de leche de burra. Otra vez la excitación y otra vez la razón al rescate. Tenía que seguir conduciendo; aún me faltaban veinte minutos para llegar a mi destino.

En la radio continuaban hablando sobre la relación entre la literatura y el sexo. Hacían un repaso por la Edad Media donde se edifica un romanticismo absurdo y malsano, sustituido después por la picaresca. Mencionaban a Bocaccio, en el Renacimiento italiano; a Quevedo, en el Barroco español; y a Defoe, en el realismo británico. Con todas estas referencias no pude evitar imaginarme la figura de Mirta vestida como Pampinea, Fiammetta o cualquier otra narradora del Decamerón; con esas camisas blancas de encaje, con esos pronunciados escotes que dejaban entrever sus redondeados senos y translucir sus puntiagudos pezones.

Cerré los ojos un instante para deleitarme con esa imagen y, cuando los abrí, tuve que pisar el freno a fondo porque el coche de delante se había detenido. Comprobé que mis reflejos todavía funcionaban, a pesar de la invisible excitación latente.

El olor a goma quemada por el frenazo me devolvió a la realidad. Seguíamos en una caravana muy lenta. La fila interminable de automóviles no avanzaba. Era extraño, porque normalmente a esa hora no solían producirse atascos. Mientras tanto, en la radio continuaba la entrevista.

Ahora hablaban de la evolución de los afectos y del amor. El autor del libro mencionaba que el amor más puro, quizá, era el que describía el filósofo alemán Leibniz: deleitarse con la felicidad del otro. Pensé que tal vez estaba enamorado de Mirta, porque me sentía feliz cuando ella también lo estaba. Es más, incluso hacía todo lo posible para hacerla reír. Cuando sonreía se le iluminaba el rostro, pero sin necesidad de encender ninguna fuente luminosa.

Llevaba más de quince minutos detenido y la extensa fila de automóviles no se movía ni un centímetro. Las personas empezaban a impacientarse: se bajaban de los coches, se subían a los estribos para intentar divisar —desde una altura mayor— la causa de tal embotellamiento; pero nada. No se veía con claridad si era un control policial, de esos que utilizan para rellenar las arcas municipales con multas por cualquier motivo. O una de esas obras, que marcan el comienzo de algún período electoral.

En la radio, continuaba la tertulia, ahora la disquisición giraba en torno a la diferencia entre el instinto o deseo sexual; que no debía confundirse con el apetito sexual. Presté atención a los argumentos, pues en principio, no notaba ninguna diferencia. Sin embargo, el autor aclaró mis dudas. Expresó que el apetito sexual no se dirige hacia una persona determinada, mientras que el instinto o el impulso sexual se concentran sobre una persona en concreto. Estaba claro entonces que lo que yo sentía, en relación con Mirta, era una pulsión sexual que reprimía diariamente; porque las demás compañeras del centro de trabajo no despertaban la más mínima apetencia de mis bajos instintos.

Pasaba el tiempo y seguíamos detenidos en el mismo sitio de la carretera, me bajé del coche a estirar las piernas y pregunté a mi vecino del automóvil de al lado:

—Perdone, ¿sabe usted algo sobre las causas del atasco? Esto no avanza.

—Dicen en la radio que, dos kilómetros más adelante, ha habido un accidente grave con muertos —respondió con un hilo de voz.

  En ese mismo instante empezaron a oírse el sonido de las ambulancias y de las sirenas de los coches de los bomberos. Como venían varios kilómetros por detrás nuestra cada persona volvió a su automóvil he hizo todo lo posible para dejar un pasillo central por el que pudieran discurrir las asistencias. En esos momentos la solidaridad y el apoyo mutuo se hace presente, si antes se despotricaba por las posibles causas, ahora todas las personas hacían lo posible para que llegara, cuanto antes, el auxilio necesario.

El pasillo quedó configurado como un río por el que cuatro ambulancias, dos carros de bomberos, otros tantos de la policía nacional y alguno de la Guardia Civil fluían como una corriente salvadora hacia el dantesco espectáculo que nos podíamos imaginar. Poco a poco se fue restableciendo el tráfico y fuimos avanzando muy lentamente. Al principio era lógico que fuésemos despacio, pero al transcurrir de los minutos creo que eso se debía al “efecto mirón”; esa necesidad de recrearse en captar las imágenes más terribles y espeluznantes de un accidente. Nunca entenderé bien esa necesidad, pero yo también la pongo en práctica.

Mientras en la radio seguía la entrevista con el autor del libro La Edad del Amor y ahora debatían sobre las consideraciones expuestas por Fernán Caballero quien hacía referencia a que el amor no era ciego, sino previsor. O a las expuestas por Truman Capote quien hablaba que el amor formaba parte de una cadena de amor… Porque ya se amó a una cosa, decía, se puede después o, simultáneamente, amar a otra. Avanzábamos y ya sólo faltaban unos metros para llegar al lugar del accidente.

Al pasar aminoré la marcha de mi vehículo, me desplazaba casi al ritmo de un transeúnte, y pude ver un amasijo de hierros de lo que se suponía que había sido un automóvil. A su lado yacía una prótesis de una pierna en la que aún seguía enganchada un tacón de aguja de color rojo.

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

-Relato 1 de Luis Vera


Luis Leonardo Vera López
Prosa de Ficción 2
Primera Tarea
“Aroma agrio”

    Era un caluroso verano, el más abrasador que se había visto en la Ciudad de México hasta la fecha. Recuerdo que cada paso que daba me hacía envidiar al invierno nizardo, pues apenas había regresado a mi país después de un Erasmus de seis meses.

     Regresé con plena libertad, hasta que mi padre pronunció las esperadas palabras:

    —¿Y tu diploma?

    —Ya no debe tardar.

    Pero era solo un paliativo; no estaba curando nada. Sabía perfectamente que mis asistencias a clase no habían sido suficientes, pero ello no debería importar. Existiera o no un papel que asegurara mi conocimiento del idioma, yo podía comunicarme, a veces hablaba como un neandertal usando infinitivos en lugar de conjugar los verbos, pero siempre era comprensible incluso para el oído francés más refinado.

    Y así, mi jugada maestra me consiguió dos semanas de tranquilidad, hasta que un martes cualquiera mi padre llegó furioso; le habían informado en el centro educativo que su hijo no recibiría ningún pedazo de árbol muerto que lo hiciera sentir orgulloso.

    —O consigues un certificado oficial antes de que acabe el año o no vuelves a ver un centavo de mi parte. —Su voz fue implacable.

    Pensé en mis opciones. Yo solo quería tiempo, pero ahora la amenaza se cernía sobre mí. Claro que podría buscar un trabajo, pero ello me quitaría aún más vida. ¿Cómo podían hacerme esto a mí, que venía de seis meses de absoluta libertad, de vivir por vivir nada más, de leer, escribir, tomar, comer, dormir y todos los demás verbos que no piden permiso para existir? Pero ahora, de repente, me exigían, bajo pena de muerte —pues solo el dinero compra la comida—, que sacrificara mi tiempo por un simple pedazo de papel, brillante y con sello oficial, pero vulgar papel al final del día. Que yo, bolsa de polvo destinada al olvido, utilizara mis pocos segundos de existencia en perseguir un diploma.

    Al final, la vida no es lo que queremos; es lo que hacemos, y ese verano decidí sacrificar un semestre. Me aceptaron en el Cenlex, escuela de idiomas de una prestigiosa universidad pública.

    Todos los sábados, por lo que quedaba del año, tenía que ir al centro de la ciudad, hasta el olvidado por Dios Casco de Santo Tomás, un lugar donde lo mejor que se puede hacer es salir de ahí. Pero así comenzó mi rutina: mientras mis amigos dormían, yo recorría media ciudad para llegar a clase.

    Nunca había estudiado en una universidad pública y, francamente, no me sorprendió: cuando llegué, el guardia de seguridad estaba dormitando. Pasé al baño y alguien había escrito con mierda en la pared: «No hay papel». Refinada era la gente estudiada —pensé—.

    Pero mi mayor sorpresa se dio al llegar al salón. Apenas entré, no dejó de mirarme. Era una chica muy alta, al menos de un metro con setenta y nueve centímetros de estatura, proporcionales a su anchura. Tenía las mejillas morenas y usaba un uniforme de escuela pública, aunque no nos pedían usarlo. Poco tardó en levantarse para saludarme. Se llamaba Brenda y no dejaba de hacerme preguntas. Intenté contestar poco para ahuyentarla, pero eso solo la animó más, pues pasara lo que pasara, no paraba. Aunque me senté en una banca alejada de donde la vi cuando entré al salón, ella me siguió, y así pasaron las horas de clase: una repetición monótona de conjugación de verbos, intercalada con preguntas incesantes de Brenda.

    Pasadas dos horas, huí. Cuando la maestra y Brenda se distrajeron, salí al baño y comencé anticipadamente mi descanso. Apenas entré a la cafetería, un olor ácido me inundó y rápidamente noté que no provenía de la comida, sino de detrás de mí. Estaba formado justo tras de mí un muchacho moreno, con el pelo que le llegaba hasta los hombros. Pero lo que más me impresionó fue su tamaño: no debía medir más de un metro con sesenta centímetros y, aun así, su olor inundaba toda la sala. Un olor agrio a sudor, quizá producto de su gorro para esquiar, pues en el verano más caluroso que jamás experimenté aquel joven no se quitaba su grueso gorro de lana por ningún motivo.

    Pedí mi desayuno, pero mis ojos, embobados, siguieron mirando al joven del gorro de lana que, de repente, sacó un tablero de ajedrez y se puso a jugar. Era mi momento. Una victoria podría animarme, levantarme las ganas de estar ahí, y yo poseía un talento natural para el ajedrez. Me acerqué. Se llamaba Alejandro y estaba dispuesto a jugar contra mí.

    Será rápido —pensé—. Lo iba a destrozar con un sencillo mate del pastor. Pero lo que comenzó con la salida de mi reina rápidamente se transformó en un caos que me hizo sacrificar mis piezas y rendir mi rey.

    —Otra. —Mi voz sonó calmada.

Él se limitó a asentir con la cabeza. Otra vez me destrozó. Mi Ruy López había sido burlada y escupida.

    —Otra.

    Alejandro volvió a asentir.

    Una vez más, aunque en esa ocasión fue mi Ataque Indio de Rey el que acabó hecho añicos.

    —Una más. —Subí mi tono, un poco ofendido.

    —Ya no quiero jugar. —Su voz sonaba decidida.

    No estaba dispuesto a permitirlo, a dejar que se fuera justo en ese momento. Quería ganarle, quería demostrar que podía. Pero Alejandro comenzó a guardar las piezas cuando, sorpresivamente, Brenda apareció.

    —Luis, ¿quieres que te enseñe la escuela? —Tomó la silla y se sentó en ella.

    Lo noté: no había podido adelantarme al ingenio de Alejandro ni una vez, pero en ese momento tenía una ventaja. Él no dejaba de mirarla, se sonrojaba y sus manos nerviosas jugaban entre sí. Alejandro trató de saludar levemente; emitió un «hola» tímido a Brenda, pero ella lo ignoró. Le dije que no, que quería seguir jugando ajedrez, pero que ella podía vernos jugar. Y así, queriendo cada quien algo distinto, los tres nos sentamos por lo que quedaba del descanso a que Alejandro me destrozara una y otra vez.

    Algo ardía dentro de mí. Brenda me contó que Alejandro no iba a clases; solo se dedicaba a jugar ajedrez y le decían el Chilaquil por su aroma agrio. El Chilaquil me había destrozado en un juego puramente mental, y no una, sino incontables veces.

    El siguiente sábado me levanté temprano, fui al centro y soporté las preguntas de Brenda y las incesantes y simples conjugaciones de verbos que la maestra nos pedía. Al llegar a la cafetería, el Chilaquil ya estaba ahí, esperándonos. Había comprado una mantecada para Brenda, aunque ella no la tocó, y me destrozó cuatro malditas veces antes de que Brenda tuviera que ausentarse para ver a un maestro.

    Apenas ella se fue, el Chilaquil fue sincero conmigo:

    —Si vienes con Brenda, juego contra ti cuantas veces quieras.

    —Perfecto. —Tomé las piezas blancas, dispuesto a acomodarlas.

    Pero entonces comenzó a guardar las piezas de su tablero y, antes de que pudiera reclamarle, me recordó el trato:

    —Brenda no está.

    Ofrecí algo más a cambio: comida. Y él aceptó.

    Así fue el trato: yo debía pagar el desayuno del Chilaquil o traer a Brenda para que él pudiera intentar coquetearle, y a cambio él alimentaba mi deseo de ganar, aunque fuera una sola vez. Sabía que eventualmente lo vencería, que eventualmente lograría tomar mi premio. Después de destrozarlo, sería libre una vez más.

    Y así siguió mi verano, entre verbos sencillos, preguntas que no quería escuchar y olor agrio a chilaquiles. Pero no pude ni una vez ganarle. Siempre estaba un paso delante de mí. Me explicó que él jugaba profesionalmente, que había ido a las olimpiadas. Intenté buscarlo en Google, pero no encontré nada. Estuve a punto de confrontarlo, pero ¿qué sentido tenía? Igual me destruía cada vez que jugábamos.

    Una rutina de tres. Comenzamos a hacernos amigos y Brenda ya no me preguntaba solo a mí; también se interesaba por el Chilaquil. Así supe que él venía de un estado del norte, pero que no le gustaba hablar de ello.

    El Chilaquil era buena persona. Me dijo que necesitaba estudiar la teoría ajedrecística, que dedicara mis horas a estudiar finales y aperturas y que quizá así podría ganarle. Blasfemia infinita: me pedía sacrificar aún más tiempo.

    Cinco meses. Cada sábado me destrozó. Cada sábado compartimos al menos una hora de derrotas incesantes y asquerosas, hasta que un sábado más, al llegar con Brenda a la cafetería, no había olor alguno. Era el olor a la limpieza lo único que habitaba en aquel lugar.

    El Chilaquil desapareció sin dejar rastro, sin un mensaje, sin un adiós. Simplemente, un día ya no lo volvimos a ver.

    Pasó un mes más y terminé el curso. Mi diploma resplandecía: B1 en idioma francés, avalado por la Secretaría de Gobernación.

    Mi padre estaba orgulloso. Lo suficiente para llevarme a comer a un buen restaurante. Y entonces, sentados juntos, tomó una copa de vino.

    —Espero que lo hayas tomado como una lección. Ahora que ya cumpliste, puedes relajarte; sé libre estos meses —sentenció de la manera más atenta.

    ¿Y entonces cómo le explicaba que no podía? Que ya nunca podría serlo. El Chilaquil se fue y con él todas mis oportunidades de ganar, de derrotarlo aunque fuera una sola vez. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

-Relato 1 de Fulanito de Tal

En este blog tendréis que subir vuestros relatos de cada sesión.


Os ruego que en el Título pongáis siempre un guión y después "Relato" más el número del relato, más "de", más vuestro nombre y un apellido. Ejemplo:


-Relato 1 de Fulanito de Tal

-Relato 3 de Menganita de Cual


Ved que en la columna lateral izquierda aparece el enlace al contenido teórico del este Módulo del Máster.


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