Eres todo un profesional
Te miras al espejo. Vuelves a caminar por tu camerino. Te toca salir. Calientes la voz una vez más. Recuerdas el ejercicio que te enseñó la maestra Beatriz. Escuchas tu entrada y sales a escena.
Te fue bien. Vuelves a aparecer con todos los actores cuando termina la obra y agradeces a la gente que ha ido, es poca, no es como en Ciudad de México. Sabes que no eres conocido, nadie del elenco lo es.
Vuelves a casa, a con Ximena, te esperó hasta que salieras de la función. Abres la puerta y lentamente te asomas solo para verla acostada, pero por su respiración sabes que está despierta. Sigue molesta contigo por la pelea de anoche, sabes que ese coraje durará. Te cambias y vuelves a salir, tus compañeros han quedado en reunirse en “Milagrito”, el bar de siempre.
Llegas con el estacionamiento lleno, pero logras entre tantos autos estacionar tu coche, miras un espejo, luego el otro, miras en el retrovisor y ves que no hay nadie. Tienes espacio para acomodar tu Nissan de gama baja.
Al bajar ves tu teléfono, preguntas en que parte están y sigues caminando. Escuchas el sonido de una notificación. Lo abres y antes de leerlo ves la silueta de Josué y de los demás.
Te acercas y saludas a todos, notas que hay algunos rostros desconocidos en la mesa. Quizás algunos actores que conocieron en la función, pero notas uno que reconoces a la perfección; su sonrisa, sus ojos verdes y el tatuaje en el hombro. Josué te los presenta.
—Hermanito, ella es Camila. —Ambos guardan la compostura, que se rompe cuando Josué nota su silencio.
—No me digas que ya se conocen. —Nadie dice nada.
—¡No puede ser! Ya se conocen.
Ambos lo niegan, lo pactan con la mirada y fingen no escuchar a Josué.
El resto de la noche pretenden llevarse bien, cambian de bares hasta que todos terminan en el departamento que rentó Josué.
—¿Hasta cuándo lo rentaste?
—Hasta mañana.
Cuando está borracho habla con frases cortas. Pasas de él y del sofá donde están sentados y sales a fumar. En el camino ignoras a Camila y abres la puerta. Lo enciendes y le das la primera calada. Ves que Camila también va a salir, estar a solas es buen momento, si, es buen momento.
—Hola.
—Hola.
—¿Me has estado evitando?
Le dices que no, que has estado distraído y que no quieres hacerla sentir incómoda. Sabes que es mentira, pero prefieres disimularlo. Hablan del pasado, de las noches que salían a ver Lagunilla: mi barrio y pasear por los alrededores. Cuando ensayaban sus largos diálogos. Todo ello termina con un: te veo adentro.
Pero no termina solo ahí, no puede. Revisas tu teléfono, ya tienes su número y su Instagram: Revisas las publicaciones, ves lo que ha hecho en esos dos años sin saber de ella. Vuelves a casa en la madrugada. Antes de dormirte, vuelves a ver una vez más su foto de perfil.
Despiertas y ves un mensaje, es Camila saludando y preguntándote si te gustaría que salieran. No recuerdas si le hablaste de Ximena, quizás no.
Aceptas, sales vestido para la ocasión. Es para tomar un café, te dices a ti mismo que es una reunión de viejos conocidos y que lo haces por el cariño que le tienes como persona y no como expareja.
Está reluciente, tiene el cabello recogido, parece que ha ido a correr antes de venir al café. Te acercas a saludarla, sientes su rostro afilado y su olor a jardín. Te sientas y comienzan a hablar. Hablan de muchas cosas y recuerdas porqué la amabas. Todo aquello que había sigue estando presente: esa risa incómoda al final de las oraciones, la forma de hacer una pausa antes de rematar las bromas y su irremediable forma de saltar de tema en tema, todo sigue ahí.
Saca una carpeta y te habla en otro tono, un tono más serio y profesional, como cuando pedía algo en los restaurantes o hablaba con sus padres.
—Tengo un guión para ti. ¿Lo leerías y me avisas si lo quieres?
—¿De qué se trata?
—Es un monólogo, léelo y me dices.
—Lo leo y te digo.
En casa, ves a Ximena cocinando solo dos huevos que son para ella. Las tomas por detrás y le besas el cuello, pero ella te aparta, no es como antes, simplemente te aparta como se aparta a las moscas del pescado.
—¿Has vuelto a pintar? —Es tu ataque a distancia.
—No —esquiva el tiro.
—¿Cómo van las clases? —Haces un segundo intento.
—Bien, ¿y cómo va el sonido? ¿han contratado? —La tenía guardada.
—No, ¿a ti te han llamado? —das un último zarpazo con más tregua.
—No, habrá que ver si hacen fiestas ahora que vienen las lluvias. —Ella acepta tu tregua.
Hay mal tiempo afuera, la temporada de lluvias comienza y, por tanto, lees el monólogo de Camila. Es bueno, está bastante bien. Lees que tiene ciertas anotaciones, algunas son pequeñas acotaciones, pero también ves un pequeño mensaje, como cuando se lee un libro dedicado. Lo que lees te hace quererla llamar, para verse y también para hablar del monólogo.
Te asomas en el cuarto para ver a Ximena, pero ya está dormida cuando sales para verla, no son ni las nueve, pero ella ya está dormida. Con Camila hablas de los pormenores y los ensayos, todo lo relacionado a la obra queda resuelto en menos de una hora. Tras ellos se piden su cuarta cerveza. Esa parte de ella te gusta, la forma en la que sostiene la botella con las ultimas falanges de sus dedos y la empina en ángulos agudos. Te hacen querer besarla, pero te resistes, la mesa los separa. Pagan la cuenta y después se levantan, miras el verde de sus ojos apuntándote directo a tu boca y la besas. Te acuerdas de las noches en la Roma, de las salidas al teatro Insurgentes y de todos los castings donde a ninguno de los dos aceptaron.
Le tomas la mano y embona con la tuya, como si hubiesen sido una única pieza que la vida separó y se van a un motel, ahí consuman su hambre, su nostalgia por días mejores y al acabar regresa cada uno a casa.
Te asomas al cuarto, pero es muy tarde, prefieres el sofá donde nadie verá que llegaste, ni olerá el hedor de cuerpo ajeno en ti y tu ropa, Ximena lo notaría.
Contratan el sonido para unos quince años, para tu suerte mucha gente nace en noviembre gracias a San Valentín. Tendrás dinero.
Camila te vuelve a llamar, quedan de verse en el mismo lugar de siempre. No le dices aun nada de Ximena, muestras tener todos los síntomas de un soltero, es culpa suya por volver a aparecer en tu vida después de dos años. Terminas de afeitarte y te asomas para ver que Ximena esté dormida. Con Camila poco se habla de “con amor a ti”.
—¿Con amor a mí? —respondes, como siempre.
—Ya aburres con esa broma. —Mira al suelo mientras ríe.
—Va quedando muy bien.
Terminan su última copa de vino y de nuevo van al motel. Antes de irte, te toma del hombro, te seduce para que te quedes un poco más. No puedes, Ximena sospecharía si te oye llegar a las cuatro, es mucho riesgo.
Te planteas hacer temporal a los encuentros, solo hasta que a Ximena se le pase el coraje que trae contigo. Te despides de Camila y le das un último beso antes de salir por la puerta aquella, tratas que sea un beso lento, para que sienta lo mucho que la amas y lo que la has amado todo ese tiempo.
En casa entras lentamente, no necesitas encender la luz porque el sol ya comienza a iluminar todo desde la ventana, pero la ves sentada, en el sofá donde has dormido. Ha visto cómo te asomaste y cuando volteaste a todos lados.
—¿Con quién estabas?
—Con unos amigos.
—Hueles a sexo... a puta.
—Otra vez tus celos. —das más excusas.
Callas mientras ella llora, mientras te reclama por todas las veces que has hecho lo mismo. Desde la muerte de su padre no ha sido igual, siempre quiere estar en cama. Piensas en recriminárselo, pero no vale la pena, no quieres meter a su padre en esta pelea de pareja. Solo aceptas su reclamo y cuando ves que guarda sus cosas para irse, la dejas hacerlo, suele volver más pronto que tarde. Mientras baja las escaleras esperas a decirle a Camila sobre verse hoy, lo necesitas. Te queda ella y “con amor a ti”.
—Pero me dijiste que tus vecinos se molestaban si hacíamos ruido.
—Ya no molestarán más, se han ido hoy mismo.
—¿Entonces te veo allá?
—Si, te espero.
Cuelgas la llamada y te dispones a borrar cada cosa que pareciese ser de Ximena, las etiquetas de su ropa que quedaron guardadas entre esquinas de la casa o sus usuarios en la televisión. Escuchas el mensaje: Ya estoy aquí.
Bajas y le abres el portón, le das paso a las escaleras, usa un vestido floreado que te hace pensar en lo que hay debajo inclusive antes de tan siquiera tocarla. Entra y le muestras a puertas abiertas tu casa, tu hogar donde eres soltero y haces cosas de soltero hasta que volvió a aparecer ella después de mucho tiempo, ´porque ella ha sido la persona que más has amado en la vida desde siempre, tu único y verdadero amor.
Le ofreces una cerveza, enciendes la música y comienzan a hablar sobre sus días, te sientes como si hubiesen sido pareja de toda la vida. Le tomas la cintura y la interrumpes mientras te contaba algo irrelevante. Sientes la carne de sus labios y la de sus muslos. El vestido termina en el suelo y ella y tú en la cama, con sábanas que fueron cambiadas hace pocas horas.
Ahí dices las palabras que dice también en tu texto: "te amo".
—¿Me amas?
—Desde siempre.
Te interrumpe el timbre, quizás algún vecino le importunó el sonido de un hombre que ama a otra. Abres la puerta y te asomas para ver quien es. Te sorprendes al ver a Ximena, quien con lágrimas en la cara viene a pedirte perdón, no tardó nada en volver, comienzas a sentirte como si escondieses una motocicleta robada en tu habitación.
—No quiero seguir perdiendo más gente, te amo. —Se acerca a besarte, pero tú ya has besado a alguien, no quieres que lo note, pero lo haces de todas formas. Te besa con la misma fuerza con la que te besaba en los primeros meses antes de irse a vivir contigo. Te toma de la nuca y se te lanza para que la cargues como solían hacerlo, tu solo ruegas porque Camila no se ponga alguna ropa tuya y salga de la habitación a preguntar quien es.
Sientes el contraste con Camila, la bajas de tus brazos y le dices que necesitas tiempo para pensarlo, que venga mañana.
Ella te abraza y calla, sabes que hueles a Camila, pero a ella no le importará, no tiene olfato ahora. Quedan de verse en un café, se lo invitarás, le dices que comiencen desde cero, que se vuelvan a conocer como cuando fue su primera cita y la besas. Le repites que necesitas tiempo y que ahora quieres estar solo. Escuchas los pasos descalzos de Camila, en la habitación, imaginas a ella saliendo y a las dos encontrándose mutuamente. Imaginas la reacción de las dos, pero no ocurre, Camila no sale y Ximena te dice que te ama y baja a su auto, tú te asomas y ella te ve, le guiñas el ojo. Estás enamorado de ella, pero necesitas tiempo. Vuelves a la habitación, aun con el sabor del beso con Ximena. Continúas amando a Camila.
—¿Quién era?
—Buscaban a otra persona.
Es catorce de febrero y llega el momento de celebrar el amor. Después de tantos ensayos vuelves a caminar por tu camerino. Te toca salir. Calientas la voz una vez más. Recuerdas el ejercicio que te enseñó la maestra Beatriz. Sales al escenario, con el telón aun cubriéndote. Ves al público, resalta el cabello de Camila, más al fondo de entre todos también ves a Ximena, que te ha ido a ver, que tiene un ramo de flores para festejarte. Tienes que decirle, ya has herido a mucha gente, debes decirle de una vez por todas. Te dices a ti mismo que debes de dejar de hacer juegos malabares entre las dos. Debes de hacerlo, pero antes comienzas a hablar, olvidas todo lo anterior, ahora eres el monólogo.
Hablas sobre amar a alguien tan profundamente que te fundes en una sola idea. En amar más allá de la muerte y del tiempo mismo. Porque así es como ves el amor, como un profesional que se entrega a este y no a las personas.