jueves, 26 de marzo de 2026

-Relato 1 de Sergio Peral

El albero en la boca

Aquel colegio de suburbio, cerca del barrio obrero donde vivía, me parecía una cárcel. No era como las

escuelas de las películas americanas; era más bien de esos sitios que castran la individualidad sin pedir

permiso y encima te dicen que es por tu bien. Todo funcionaba con orden militar: filas rectas,

inamovibles, cuadriculadas para entrar en clase, mientras el polvo del albero se pegaba a las suelas de

nuestras zapatillas. Antes, si era el día de la Comunidad, había que cantar el himno; obligados, claro.

Nosotros éramos el rebaño y los profesores los pastores, y si alguna oveja se desviaba ya había silbato. En

clase nos sentaban en pareja, de dos en dos; no elegíamos con quién. A mí siempre me colocaban con los

más conflictivos, repetidores que me rodeaban y me usaban de escudo, como si yo fuera la pieza desechable

del tablero. Aquello no iba en mi favor, iba en la comodidad del funcionario de turno que quería tener

controlado al ganado: tú ya sabes cómo funciona eso, siempre hay alguien que tiene que sacrificarse por el

grupo. Aquellos cabrones se metían conmigo: gordo, enano, pringado, friki. Yo era el niño tímido, fácil de

someter tanto por el profesor como por los abusones; así que todos tranquilos, todos cómodos, menos yo,

que acabé jodido y callado. No hacía falta pegarme; bastaba repetirlo cada día hasta que uno mismo

empezaba a creérselo.

Cada mañana me levantaba sabiendo lo que me esperaba. El colegio era mi ejecución diaria; nada

espectacular, solo lenta. Un profesor me llamó chorizo delante de todos. No porque robara nada; enseñó

la foto de un compañero y dijo que parecía un anuncio de dentífrico, todos se rieron y yo también, por

pura inercia. Cuando las risas se apagaron yo todavía soltaba alguna, esa risa idiota que llega tarde y no

sabe parar. Entonces el profesor se giró hacia mí.

—No te rías porque tú pareces un chorizo.

La clase estalló otra vez; risas limpias, cómodas, de las que agradecen no ser el que está en la pantalla.

Después proyectó la mía y el muy cabrón me volvió a comparar con un chorizo: un vulgar ladrón de barrio

marginal; esa fue su gracia, su minuto de gloria pedagógica. Yo miraba mi cara gigante en la pared blanca

mientras el proyector zumbaba detrás. No dije nada; cuando eres el blanco del chiste hablar solo alarga la

función. Ese era el nivel, por si alguien todavía cree en la vocación.

Estábamos en un colegio público y la profesora de Lengua nos obligaba a rezar el padrenuestro todos los

días; rutina sagrada antes de empezar con el reparto de humillaciones. Pese a eso, no me caía mal; al menos

cuando me miraba no parecía que fuera a dispararme con los ojos. No todos disfrutaban humillando,

algunos solo cumplían horario. A mí las letras se me torcían en el cuaderno como si se movieran solas.

Intentaba copiarlas bien y al rato parecían otras. Las faltas salían sin pedir permiso. En matemáticas era

peor: al principio entendía la cuenta, pero en medio de la operación la cabeza se me iba y cuando volvía ya

no sabía qué número era cuál. Los profesores pensaban que era vagancia. Los compañeros pensaban que

era estupidez; yo empezaba a sospechar lo mismo.

El de matemáticas parecía disfrutar cada día; daba la sensación de que el poder le ponía a pesar de ser a

costa de unos niños de primaria; la erótica del poder, supongo. Sin mujer ni hijos, alto, calvo, esbelto, con

un bigote rígido de esos que recuerdan tiempos más autoritarios, chaqueta verde gastada que parecía salida

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Relato urbano en primera persona con tintes autobiográficos Sergio Peral

de una película bélica. Caminaba por la clase como si estuviéramos de instrucción; como si le encantara el

olor a Napalm por la mañana. Señalaba al azar y soltaba una multiplicación: siete por ocho, nueve por

seis; diez preguntas cada día. Fallabas y te ponía un cero que luego hacía media con los exámenes; un par de

tropiezos y estabas muerto. Decían que así nos hacíamos fuertes; yo allí empecé a fabricar el estrés y la

ansiedad crónicos que todavía arrastro, por si te interesa el origen del desastre. Así funciona el mundo,

repetía; claro que sí, campeón.

Un día en educación física nos dejaron jugar al fútbol en el campo de albero. El suelo estaba duro como la

roca, lleno de piedrecitas que se clavaban en las rodillas. El cielo se estaba poniendo gris y empezaban a caer

unas gotas finas. El balón me llegó casi por accidente. Avancé dos pasos torpes con todo el mundo

mirando. Fallé delante del portero; no por poco. Fallé mal. Le pegué con miedo y la pelota salió rodando

hacia un lado como si también quisiera desaparecer. Me quedé de rodillas en el suelo con la cabeza gacha.

El albero me raspaba la piel y noté la sangre mezclándose con el barro. Entonces uno de los buenos, uno de

los líderes de la clase de esos que siempre tenían a las chicas cerca riéndose, vino hacia mí y me soltó un

puntapié fuerte en el culo.

—Levántate, gordo —el tono fue tan despectivo que todavía hoy sigue resonando en mi cabeza.

El golpe me hizo tambalearme al ponerme en pie. Cojeé un par de pasos mientras el partido seguía como si

nada. Nadie dijo nada. El balón volvió a rodar. Unos días después me puse de portero y lo paré todo,

especialmente a aquel gilipollas engreído, no le dejé anotar ni un solo gol. De portero era otra cosa. Bajo los

palos me transformaba y la timidez desaparecía cuando me tiraba sobre el albero a por el balón mientras

sangraba por las rodillas; entonces el polvo del albero se levantaba impregnando mis brazos, mis codos, mi

torso, la sangre que bajaba por mis piernas. Paraba una en salida, otra a bocajarro, otra que se colaba por la

escuadra, un penalti, cada parada era una venganza particular mientras desde la banda alguien gritaba:

—¡Eres un puto gato, cabrón! —incrédulo ante lo que veía.

La cuestión es que yo no era, ni nunca he sido un lameculos, y menos de aquel gilipollas, así que el portero

del equipo unificado que fue a jugar el campeonato local terminó siendo uno de los amigos del engreído

que estudiaba en la escuela de al lado. Así funciona el mundo; pero si estudias y te esfuerzas acabarás

triunfando, me solían decir. Ahora aquello que decían los adultos me parece una ironía cruel. En aquel

colegio no podías jugar a nada que no estuviera autorizado. En el recreo usábamos piedras en la pista

porque llevar un balón estaba prohibido; incentivar la creatividad lo llamarían ahora. Los recreos eran

territorio hostil; si te insultaban callabas, si respondías te caían encima, y los profesores, mientras tanto,

café en mano. Un día estaba apoyado en una esquina mirando cómo dos chavales de mi clase discutían con

un niño de la clase de enfrente. Miraba porque no tenía otra cosa que hacer. Cuando eres uno de los raros

del patio aprendes a mirar mucho y a hablar poco; intentas encajar pasando desapercibido. Uno de ellos se

dio cuenta.

—¿Y ese gilipollas qué mira? —el chico de la otra clase giró la cabeza—. El gordito —sonrió señalando—.

No sé por qué fui hacia ellos; a veces el cuerpo se mueve antes que la cabeza. Quizá estaba harto, quizá

pensé que una vez en la vida iba a salir bien. Le empujé, pero él me empujó más fuerte. Tiré un par de

golpes torpes que ni siquiera sé si acertaron. Durante un segundo pensé que podía ganar. Luego me

encontré en el suelo. El albero otra vez en la boca, en las manos, en la ropa, por todas partes. Las lágrimas

saliendo solas, de rabia, de impotencia, de vergüenza. Me levanté con la chaqueta del chándal quitada y

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Relato urbano en primera persona con tintes autobiográficos Sergio Peral

llena de tierra mientras los demás se alejaban aburridos; la pelea había durado menos de un minuto. Para

ellos fue un recreo más. Para mí fue otro recordatorio de cuál era mi sitio. Esa era la educación para los

callados, los tímidos y para los que no sabíamos defendernos a hostias y tampoco queríamos aprender a

hacerlo. Para mí era un reformatorio encubierto. Mi delito era no ser despierto, no ser pícaro, no tener la

mala leche que parece exigir este mundo; aquí el honrado es el tonto y el que no pisa acaba pisado. Y nadie

te lo explica, lo aprendes a base de hostias.

Y luego estaban las chicas, que claro que me gustaban e incluso ya fantaseaba con alguna de ellas

sintiéndome culpable por ello. Pero allí mandaban los fuertes, los que hacían ruido, los que ocupaban

espacio sin pedir permiso. Los demás aprendíamos a mirar desde la esquina y a fingir que no dolía. Así fue

como empezamos a regocijarnos en nuestro propio victimismo; llorones nos llamaban, posiblemente con

toda la razón. Los adultos parecían confirmarlo cuando decían que eran cosas de niños, que había que

espabilar, que la vida es así. Al final de las clases aquellos profesores volvían a sus casas tranquilos y

satisfechos con el trabajo bien hecho mientras que a mí se me empezaban a abrir las primeras grietas de una

vida, que apenas empezada, ya venía torcida.

-Relato I de Federico Aresté

 LA NOCHE

I

«El agua está fría», grita alguien en el pasillo del hotel. 

Estamos en Ushuaia y es verano. Además es martes y llueve un poco. 

Vinimos a pasar las fiestas en familia, y como somos muchos, el hotel es prácticamente nuestro. Una casona vieja de tres pisos que está a unos pocos metros del puerto. 

Yo al final terminé viajando solo. Decidimos con Lara que era lo mejor. Necesitábamos hacer algo. Tomar un poco de aire. Lo que siempre se dice en estos casos. Hace ocho años que estamos juntos, ya tuvimos dos gatos y ya discutimos por todo lo que una pareja tiene que discutir: celos, facturas impagas, gastos innecesarios en la tarjeta de crédito, etc. También es verdad que hace unos meses la relación dejó de ser lo que era. O lo que nosotros creíamos que era. O para ser todavía más justo, lo que yo creía que era. Estábamos eufóricos por tener un hijo. No encuentro otra palabra para describirlo. Después las cosas se fueron complicando. Aparecieron las frustraciones y los reproches. Y todo se volvió todavía más pesado con los estudios, los exámenes y las visitas médicas. Entramos en una rutina que nos empezó a gastar. Poníamos alarmas. Inventábamos climas artificiales. Nos metimos tanto dentro de eso que nos fuimos alejando sin darnos cuenta. Así llegamos hasta acá.


II

Es la cena. 

Preparamos la comida lejos de nuestras casas. Acomodamos el vino. Organizamos las sillas. Caminamos con cuidado intentando ocupar espacios que están libres. Entramos al baño. Nos lavamos las manos. Damos vueltas. Nos movemos livianos y sonreímos. ¿Tendremos el valor suficiente para reunirnos en la misma mesa padres, hijos y hermanos?

A mi lado sentado está Andrés, uno de mis primos. Cerca también mi viejo y mi tío. Mi hermana Julieta y mi vieja, un poco más alejadas. El resto anda de shopping.

Jorge se acerca y nos pregunta si queremos algún vermú mientras esperamos la cena. 

Pedimos.   

Andrés hace un comentario criticando a los docentes y a los sindicatos. Es así. Le gusta provocar. Mi hermana se enoja con él. Mi viejo lo defiende.

Jorge vuelve con la bandeja llena de tragos. Agarro el mío. 

Lo miro a Francisco inquieto dar vueltas con algo en el patio. 

Salgo a jugar con él. Tiene cinco años y es mi sobrino. Camino hasta un banco de madera. Lo tengo que secar porque está mojado. Me siento. Prendo un cigarrillo y fumo, y entre medio del humo lo veo andar a Francisco. Va y viene. Lo veo agacharse. Agarrar piedritas chiquitas y brillosas del piso. Ponerlas en un tarro blanco que sacó de alguna parte. Los pantalones y las zapatillas con barro. Las manos también. 

Hace poco me contó mi hermana que Francisco empezó a preguntar por el padre. 

Ella no sabe cómo decirle que su padre es un donante de espermas y que nunca va a poder conocerlo. 

«¿Y si quiere buscarlo cuando sea grande? ¿Tiene derecho?».

Legalmente acá es un donante. No es un padre. Eso depende de cada país. Dice que le explicaron todo bien clarito antes de firmar. Que padre es una palabra más grande. Ser padre es mucho más que traer hijos al mundo. Padre es el que ama, educa, cuida, atiende, etc.

Le pregunto si le puedo preguntar algo que siempre me dio curiosidad. Recién ahora empezó a charlar sobre el tema.

«Dale, no seas boludo, pregúntame».

«¿Es verdad que te hacen llenar una ficha con el color de los ojos y con el tipo de pelo?».

«Es verdad. Hasta la altura podés elegir».

Y ahora en el patio trato de imaginar a Francisco de grande. No se me aparece su cara ni su pelo. No puedo imaginar tampoco su voz. Nada. Él mientras tanto sigue juntando piedritas adentro del tarro. Las hace caer al piso. Las vuelve a juntar. Camina hasta el banco donde estoy sentado. Se acerca con el tarro en la mano y me pregunta: «¿Y vos tío, qué le pediste a Papa Noel?».


III

Esta noche es Noche Buena. 

Tomamos cerveza y hacemos chistes malos. Nos reímos. 

Subimos y bajamos de nuestras habitaciones. Nos probamos la ropa. Hacemos caras frente a los espejos. Estamos bien. 

Una vez más salgo al patio. Desde que llegamos me la pasé en este patio. Sentado siempre en el mismo banco de madera. Fumando y mirando el puerto que empieza unas cuadras más atrás. Los cruceros de lujo que llegan. La gente que cada tanto baja y camina en subida por la calle que lleva al centro de la ciudad.

El patio tiene un camino de piedras que va hasta a una fuente que está en el centro. Por la cabeza del león sale un chorro de agua. Me paro a unos metros para que no me salpique. Arriba unas gaviotas cruzan el cielo en dirección al sur. Hacen un ruido fuerte que desaparece a medida que se alejan. Y arriba también está el sol. Hace días que el sol sale a eso de las cinco de la mañana. Casi veinte horas seguidas de luz, hasta que se hace de noche cerca de las once. Dicen que diciembre en el fin del mundo es así. Pura luz natural. La noche casi no existe. 

Me dan ganas de hacer una video llamada con Lara.

Termino el cigarrillo y la llamo.

Lara aparece del otro lado. Los labios rojos. El pelo recién cepillado. 

Me cuenta que en un rato la pasa a buscar el hermano para ir a casa de su madre. 

«Compré un mate para regalarle a mamá. Es tan lindo que me dieron ganas de quedármelo».

Va hasta la mesa y saca el mate de una bolsita papel madera. Me lo muestra.

«¿No es hermoso?».

Digo que sí moviendo la cabeza.

«Igual a tu vieja mucho no le gusta tomar mates».

Se vuelve a enfocar y encoge los hombros. Sonríe tímida. 

Se hace un silencio. Lo rompo:

«Me hubiese gustado que estés acá con nosotros».

«A mí también».

No sé qué más decir. Pienso en algún tema de conversación. Podría preguntarle cómo está el tiempo, si va a salir de fiesta más tarde. Pero no. No digo nada. Veo mi cara en la pantalla y me parece extraña. La cara de alguien que no conozco. Los ojos más grandes, el pelo desprolijo por la humedad. 

Lara sigue del otro lado. Se sienta en el sillón y mira para abajo como buscando algo en el piso.

«Me escribió Nacho. Está a cinco cuadras y todavía tengo que terminar de pintarme».

Digo que bueno, que la pasen lindo y que después hablamos más tranquilos. 

Ella le tira un beso a la pantalla y desaparece.

Prendo otro cigarrillo y me apoyo con un pie sobre la pared. Ahora estoy más cerca de la fuente y el agua salpica mis zapatillas. Recorro las ventanas de los pocos edificios que hay alrededor. Una señora acomoda el balcón, lo barre, cambia las macetas de lugar. Sacude un mantel. Su figura se quiebra contra el viento. Aunque acá donde estoy parado no hay viento. Todo pasa en esa luz entre anaranjada y azul del final de la tarde. Aunque todavía acá tampoco atardece del todo. 

Jorge cruza por el patio y me saluda con la mano. 

Lo sigo con la mirada. Veo como ordena los vasos y llena la cubeta de hielo arriba de la barra. 

Me acerco y le pido otro trago. 

Jorge es el encargado del hotel. Hace prácticamente todo. Arregla los televisores si no funcionan, maneja la temperatura con un control, abre la puerta de la calle. Hace todo. 

Le pregunto cómo se llama el barrio y si sabe de algún mirador por acá cerca para ir caminando. Me recomienda caminar unas cuadras hasta la avenida y doblar para el muelle. Dice que ahí se tiene una linda vista de toda la ciudad.


IV

Las seis de la tarde. 

Llevo a la abuela a la misa de Navidad. 

La ayudo a subir a la trafic que alquilamos. Manejo con cuidado siguiendo el GPS del celular. Es una ciudad que no conozco, con subidas y bajadas peligrosas, y que encima está mojada. 

Ahora la lluvia cae cada vez con menos fuerza. Las gotas apenas mojan el parabrisas. 

La abuela va al lado mirando por la ventanilla. No habla. Nunca habla demasiado. 

Pero ahora habla y dice: «Qué lindo hubiese sido que Larita venga de vacaciones con nosotros».

«Si, la verdad que sí», digo mientras apoyo el celular en el aplique que cuelga del vidrio. 

Llegamos a la iglesia. La abuela baja de la trafic. Las manos huesudas y arrugadas. El perfume de siempre por todas partes. Me recuerda que a las ocho vuelva a buscarla. Dice que espera que el cura no haga la misa muy larga. Yo me la quedo mirando un rato. El limpiaparabrisas sigue prendido y se mueve despacio. Ya no queda agua en el vidrio y hace ese ruido que hace mal a los dientes. La abuela sigue parada en la calle con la puerta todavía abierta. Me mira como esperando algo más, y ya sé lo que espera. Quiere que le diga eso que a ella le da responsabilidad y la compromete. Y entonces le pido que no se olvide de rezar por nosotros. 

Ella sonríe y cierra la puerta, pega media vuelta y desaparece. 


V

Se hacen las doce. Brindamos. Nos abrazamos. 

La música suena fuerte y estamos todos a los gritos. 

Francisco abre paquetes y sonríe. Se acerca corriendo con unas bolsas. Las abre y saca unos juguetes. Spiderman, autitos de colección, un camión con acoplado. Los muestra y dice que está enojado con Papa Noel porque no le trajo la bicicleta. Hace puchero.

«Le hice la carta y todo tío».

Le digo que seguro Papa Noel pasó por su casa y la dejó ahí. Que no se preocupe.

Mi hermana me mira y dice que soy un boludo. Gesticula con la boca sin hacer ningún sonido. 

Francisco pone los autitos arriba de la mesa para hacerlos andar. Mi hermana lo reta. Le pide por favor que tenga cuidado, que no rompa nada, y él sigue con los autitos de acá para allá. Los hace andar hasta una punta. Los sube arriba del acoplado del camión. Va y viene. Imita los ruidos. Le digo que podemos correr los platos y los vasos y armar una pista. Dejamos una bandeja de metal y la hacemos estación de servicios. La pinza para el hielo un semáforo. Mientras él juega, me tiro para atrás en el sillón y tomo vino. Pienso que todavía nos queda una semana más. Que ojalá pare de llover para salir a recorrer el fin del mundo. Recién llevamos tres días de vacaciones todos juntos. Debería relajarme un poco y disfrutar el viaje.  

Al rato el tío vuelve con un repasador en la mano. Me pasa por al lado. Se frena. Los ojos rojos. No puede terminar una frase sin reírse. Todos acá se ríen. Se tambalea un poco para adelante. Se acomoda. «Te quedan bien los chicos, Juancito. ¿Para cuándo uno?». 

Levanto la copa para brindar. Para hacer algo. Un gesto mecánico y simple. Y por fin entiendo. No quiero ser padre. Es el deseo de Lara, no el mío. Y también entiendo que esto puede ser el fin de mi vida con ella.

El tío me da dos golpes en el hombro y se va a bailar revoleando el repasador. Después empiezan todos a hacer un trencito.  Me paro y camino con la copa de vino hasta la puerta del fondo. Del otro lado del vidrio las luces de los edificios, algunos fuegos artificiales todavía rebotando en esta Navidad que recién empieza. Camino por el patio y ya estoy otra vez parado frente al banco de madera. Tomo aire. El cielo estrellado y limpio. ¿En qué momento se hizo de noche?


-Relato 1 de Isabel García Fuentes

 Con prisa

         Los domingos por la mañana aprovechaba para limpiar y poner orden en mi vida. Compartía piso con Ana y Victoria, ahora dos periodistas, y nos turnábamos cada semana para limpiar a fondo una zona común: salón, baño o cocina. Empezaba siempre a las nueve, justo después de despertarme con alarma y desayunar unas tostadas con aceite de oliva virgen extra y jamón de paquete. Un crimen, lo sé. El café lo tomaba siempre en la misma taza de florecitas que mis padres me regalaron cuando me fui a vivir sola por primera vez. «Para que te acuerdes de nosotros», me dijeron. Me gustaba recordar esas palabras cuando me preparaba para empezar el día con calma, aunque eso solía ser complicado. 

La percepción del tiempo y yo no éramos buenas amigas, y, por algún motivo que aún no logro entender del todo, me hacía pensar que siempre iba tarde. Me pasaba todos los días al salir de casa, por ejemplo. Miraba la hora en el móvil e iba bien, incluso sobrada, pero, aún así, bajaba las escaleras más rápido de lo normal, cerraba el portal sin cuidado, adelantaba a señores por la calle, me subía al autobús de un salto y esperaba, con prisa, a llegar a mi trabajo. 

Lo sé, puede sonar ilógico. ¿Qué sentido tiene esperar con prisa? Yo tampoco tengo una respuesta correcta para ello. Era un comportamiento que, en realidad, no me di cuenta que tenía hasta el viernes antes del incidente, mientras volvía a casa de la universidad, ya de noche. Iba sentada en el autobús, mirando a través de la ventana edificios, coches y personas, pero sin ver nada en realidad. Faltaban un par de paradas para llegar a casa cuando una anciana, con una inclinación cercana a los noventa grados y bastón en mano, se subió con dificultad. Por mi cabeza se precipitaron pensamientos de los que no estoy orgullosa —y que no confesaré jamás—, pero me hicieron ser muy consciente, de repente, del movimiento continuo y descontrolado de mi pie. Arriba, abajo, arriba, abajo. El pie se agitaba como una coctelera con vida propia. Intenté detenerlo, inmovilizarlo, tranquilizarme, pero no tuve éxito. La torcida anciana, que había tomado asiento frente a mí, me lanzó una mirada de cansancio. Al principio pensaba que no la había visto nunca, pero de pronto me pareció familiar.

Cuando el autobús llegó a mi parada, me precipité hacia la salida y caminé con paso rápido hasta el bloque de pisos con esa sensación de familiaridad todavía persiguiéndome. Subí las escaleras, y al entrar, vi a mis compañeras hablando en el salón.

—¿Qué tal el día, Lau? —Victoria me miró por un segundo desde el sofá, dejando de relamer la cuchara del yogur.

Ya habíamos tenido la misma conversación varias veces sobre que no debíamos comer ahí para no manchar la tapicería, pero al parecer todavía no había quedado claro. Suspiré, al menos, si nunca sucedía ningún accidente, el casero no tendría por qué enterarse. 

—Bien, como siempre —dije, apartando un poco la bolsa de maquillaje de Ana de la mesa del comedor para dejar mis cosas. Cuando una pasaba todo el día fuera, necesitaba prácticamente llevar la casa a cuestas—. ¿Te vas de marcha hoy? 

—Sí, voy a aprovechar antes de irme al pueblo. —Ana me miraba de reojo a través del espejo de la entrada mientras se aplicaba máscara de pestañas—. ¿Tú te quedas este finde? Vic también se va mañana.

—Sí, tengo muchas cosas que hacer y sé que si me voy, no voy a tener tiempo.

—Chica, necesitas descansar, no puede ser que siempre vayas con prisa —me regañó Ana.

—Eso, relájate, Lau. —Victoria se tumbó y estiró en el sofá cual gato—. El mundo no se va a acabar porque un día no hagas nada.

Esas palabras me persiguieron durante el resto del fin de semana, ya sola. El sábado traté de tomarme el día con más calma, pero claro, la universidad y el trabajo no te dejan descansar tan fácilmente. A pesar de los intentos de mi mente por bajar revoluciones, las listas de tareas seguían acechándome. 

Decidí prepararme una infusión. Fui a la cocina, puse a calentar agua en el hervidor, abrí uno de los armarios superiores y me puse de puntillas para alcanzar mi taza de florecitas, pero no estaba en su lugar. Qué raro. Miré en el fregadero, busqué en los estantes de mis compañeras, revisé en mi habitación y en el salón, pero nada, la taza había desaparecido. Eso me enervó. Las tazas no tienen patas ni pueden desaparecer solas. ¿La tendría alguna de mis compañeras? 

El pitido del hervidor me sobresaltó. Me apresuré a tomar un vaso normal, vertí el agua hirviendo y sumergí la bolsita de tila. No me di cuenta de que las tazas están diseñadas para evitar abrasarte las manos. Por eso, cuando agarré con confianza el cristal, lancé un alarido y derramé sin querer todo el líquido caliente por la encimera. Tomé rápidamente un trapo y lo lancé al desastre para que empapase y no alcanzase al suelo, aunque, con un tic en el ojo, comprobé que era un intento en vano. Esperé, con prisa, que el día acabase pronto.

Los domingos, como ya sabéis, eran mis días de limpieza y orden. Y ese domingo, aunque me sentía agotada y no tenía mi taza para afrontar el día, no fue menos. Primero, puse música con el móvil y abrí las ventanas para airear el espacio. Luego recogí todo; lo mío y lo que no era mío. Ropa olvidada en las sillas, migas de pan desperdigadas tras alguna comida, o incluso el perfume que Ana se empeñaba en dejar en el aparador de la entrada antes de salir de casa. No me molestaba limpiar lo de las demás, me molestaba no saber dónde estaban mis cosas. Por eso, mientras devolvía todo a su sitio, confiaba en que la misteriosa taza apareciera.

Me recorrí los setenta metros cuadrados con la escoba pegada en una mano y el recogedor en la otra, y nada. Ese día me tocó limpiar a fondo la cocina, mi parte favorita. Me coloqué los guantes, cogí un cubo, lo llené de agua y le eché dos chorros de lejía, ni más, ni menos. Había probado a cambiarlo alguna vez, pero no era lo mismo ni olía igual. Tomé un trapo y retiré el polvo, la grasa, y las salpicaduras de la encimera y los azulejos. 

Abrí la nevera. Siempre hacía lo mismo: sacaba todo, limpiaba balda por balda y tiraba lo que estaba caducado o en mal estado. Lo había hecho tantas veces durante esos ocho años que me movía con rapidez, casi de manera automática. Sin embargo, ese día ocurrió algo extraño. Me quedé mirando los envases, los táperes y las botellas. ¿No había comprado yogures aquella semana? Habría jurado que el viernes anterior quedaban al menos cuatro. Los había comprado el jueves, después del turno. Me acordaba perfectamente porque pensé que iba a empezar a comer mejor… Entonces la imagen de Victoria tumbada en el sofá con un yogur apareció en mi mente. Pensé que tal vez mis compañeras se estaban tomando demasiadas libertades, aunque nunca habíamos tenido problemas de ese tipo. No estaba segura de nada. Tal vez era la ansiedad hablando, o tal vez estaba sobrepensando todo.

A lo largo de la mañana, el malestar creció. Me senté a organizar los papeles que había dejado en mi escritorio cuando la música se apagó de golpe. Se había acabado la batería del móvil. Me levanté para alcanzar el cargador, pero no estaba donde siempre lo dejaba, ni en la mesita de noche ni en el cajón. Busqué en el armario, miré debajo de la almohada, rebusqué en los bolsos… nada. Me sentí tensa, como si alguien hubiera entrado en el piso y hubiera decidido desordenarlo todo o hacer una limpieza sin consultarme.

Sin música, comencé a escuchar los ruidos de la casa de una manera diferente. Parecía que alguien estuviera moviéndose en las habitaciones, aunque sabía que eso era imposible porque mis compañeras estaban en sus pueblos. Entré en sus cuartos solo para comprobar que estaba sola. Me dirigí al baño y me fijé en el recipiente que había sobre el lavabo con los cepillos de dientes. Uno y dos. Imposible. Parpadeé y volví a contar. Uno, dos y tres. «¿Qué me está pasando?», pensé con miedo. 

Levanté la cabeza y me miré en el espejo del baño. Por un momento no me reconocí. Tenía los ojos hundidos, opacos, resaltando en un rostro con mejillas más marcadas de lo normal. Huí de mi reflejo y volví a mi habitación. Me senté en la cama, respiré profundamente y cerré los ojos. No sé cuánto tiempo permanecí en esa posición, pero recuerdo abrir los ojos cuando la tensión que me envolvía comenzaba a aflojarse poco a poco. 

Posé mi mirada sobre la mesita de noche. El cargador del móvil estaba justo donde siempre lo dejaba. Salí de la habitación y caminé por el pasillo con pasos lentos hasta la cocina. En la nevera, cuatro yogures, los que había comprado el jueves anterior, estaban allí de una manera tan real que casi me sentí tonta por haberlos dado por perdidos. Y en uno de los armarios superiores de la cocina, entre las demás, se encontraba mi taza de florecitas.

Todo estaba perfectamente en su lugar, bajo control. Y yo me quedé allí, mirando la taza y pensando en que Victoria tenía razón, el mundo no se acababa porque un día no hiciera nada.


-Relato 1 de Miguel Quezadas Barahona


Jauría

En la reunión uno de los vasos estalló y al impactarse con el suelo, fue la señal del destino para retirarme. Había estirado el tiempo ahí, hasta que fue momento de irme. Después de todo hace rato había perdido su valor nostálgico, como un chicle que perdió el sabor después de mucho masticarlo.

La antigua generación de derecho del diecinueve se había reunido, nos unía la enemistad al alcohol barato y conservar aún las buenas costumbres del pasado, en mi caso hasta que caía la noche. Me retiraba antes gracias a los cuarenta minutos de carretera que separaban Cárdenas de Villahermosa. No me agradaba la idea de hacer ese tramo de noche y menos solo, pues Karen no me acompañaba por culpa de una discusión más temprano. Hubiese querido presentárselas esa noche.

Subí al auto y emprendí camino. La ruta que siempre tomaba para salir a la carretera era poco iluminada y con caminos descuidados. Un camino conocido, que solía tener sorpresas. En esta ocasión un montón de perros obstruían mi camino. Tuve que esperar un tiempo para poder avanzar y no atropellarlos. Al dejarme el camino libre, continué con menor preocupación. Después de todo la cuota de sorpresas de esa noche ya se había cumplido. Miré el reloj y marcaba las dos de la mañana. Mi mente llena de cansancio y ron quedó fija en los perros, en la mirada que me hicieron. Perturbé su paz, pero había algo más, algo intangible en su mirada, como si supiesen la clase de persona que era.

Mi viaje nocturno acabó al ver una Villahermosa que dormía. Me recibía la luz roja y vigilante del semáforo encendida solo para mí. Quise avanzar, pero me detuvo de nuevo una jauría que brotó de las sombras. Perro tras perro desfilaba hasta posar a sus anchas sobre el asfalto. Hice sonar el claxon con la autoridad que me brindaba mi humanidad; solo ante ese estruendo se dispersaron asustados, dejándome avanzar. Era tarde, pero de todos modos le envié un mensaje a Karen, para saber si pasaba a verla. El semáforo se colocó en verde y avancé hasta llegar al Monumento Andrés Sánchez Magallanes. Para ese punto supe que estaba dormida y pronto yo también.

Sin cambiarme de ropa me dormí en un sueño nada reparador del que desperté a las seis de la mañana gracias al ladrido de perros en la planta baja, no era común, pero podría jurar ante cualquiera que eran los mismos que estuvieron en el semáforo. Idea que perdió legitimidad bajo la luz del sol.

 

Más tarde ese día, salí con Karen al cine a ver la última función. En el estacionamiento solo quedaba mi auto, al ser una tarde de agosto el clima era bastante cálido, pero ambos sentimos una sensación de frío que calaba los huesos. 

Es porque ya es tarde. Cerré su puerta y me subí por el otro lado. 

Le conté sobre mi día, hubo un momento donde estuve a punto de decirle lo que me había ocurrido con los perros. No lo hice, no quise levantar sospechas sobre mi estabilidad mental, no valía la pena. 

Al acercarnos a su casa había un tope, casi octogenario con fama de dañar la suspensión de cualquier cosa que intentase atravesarlo, y junto a este, estaba la jauría, cuyos ojos se iluminaron por los faros del coche. Al ver que me acercaba se hicieron a un lado con un gesto prolongado, sin jamás apartar la vista, permitiéndome pasar, dándome su permiso.

No suele haber perros a esta hora. 

¿No son de tus vecinos?  

No, de hecho, nunca había visto tantos perros juntos, somos gente civilizada.

Nos miran, ¿verdad?  Solo eran perros, pero en su semblante parecían recordarme, desde lejos nos seguían con la mirada y cuando más cerca estábamos, más evidente era nuestro miedo.

Siento escalofríos. Yo no me había dado cuenta, pero había sentido lo mismo las otras veces. No supe que responderle, tampoco si decirle que no era la primera vez que pasaba.

¿Crees que hagan algo? Tomó mi mano a punto de abrir la puerta del carro.

No le respondí, se bajó y me despedí. 

La noche iluminaba mis manos que sostenían el volante, tomándolo con fuerza, y el corazón acelerado lo sentía atropellar mi pecho. Cuando llegué a casa me encerré en mis cuatro paredes y me forcé a dormir hasta que el despertador sonó.

En la mañana estaba decaído, no había dormido bien. El sonido de los pájaros me molestaba, estaba de mal genio. Miré la pantalla de mi teléfono con un mensaje de Karen pidiendo que nos viéramos. 

Esa noche salí de la oficina a su casa. Pasé cerca de un parque. Un perro se había soltado de su correa y corrió a la avenida donde yo iba, se escabulló, se posó frente a mí y de la impresión se quedó quieto. Alcancé a frenar y solo me cercioré de que el dueño lo agarrara antes que huyese más lejos.

Pensé en la responsabilidad que significaba una mascota, tener a otro ser bajo tu cuidado alimentándolo y educándolo. Yo no deseaba nada de eso, no quería mascotas, ahora menos a los perros.

Estaba a unos minutos de llegar a la casa de Karen cuando recibí su mensaje: me pedía que nos viéramos otro día, yo había tenido suficiente con el estrés de la oficina y ese mal rato en que casi atropello al perro, que acepté aliviado. Di vuelta en el retorno y fui directo a casa, recordando lo que me había pasado la noche anterior y puse atención a esa zona cercana a su casa, a ver si encontraba algún perro suelto de la jauría de la noche anterior. No tuve suerte.

Volví a casa y mientras estacionaba el carro, frente a mí, una fila de perros al frente, iluminados por los faros, expectantes a mi próximo movimiento. De nuevo sostuve con fuerza el volante, pero desistí de pitar pues ya era tarde y no quería perturbar la paz vecinal. La calle estaba completamente desierta como para que hubiera quien atestiguara lo mismo que yo. Esperé unos minutos con el coche aun encendido, para ver su siguiente movimiento, pero no hicieron nada, solo me miraban. No se veía que quisiesen algo.  Eran expectantes, listos para comenzar. Ahí sentí los escalofríos descritos por Karen.

Esperé lo suficiente como para sentir valor y apagué el coche. Me bajé y lentamente caminé de frente hacia ellos, lo tenía que hacer si quería entrar al edificio. 

Ellos cedieron y se apartaron solo lo suficiente para dejarme entrar, no miré atrás por miedo. Pero podría jurar sentir sus ojos leyendo todos mis movimientos, con el escrutinio que solo podrían tener los animales hacia sus presas. Me sentí a salvo solo hasta que cerré la puerta de mi departamento. Le puse todos los seguros y poco a poco el miedo fue bajando hasta que me llené de sueño.

Había quedado de ver a Karen el siguiente día.

Me iré de viaje. Se acomodó el tirante de su vestido. Espero que no te moleste que haya sido tan repentino, creo que van algunos de tus amigos de derecho con los que te reuniste. ¿No te avisaron?

No. ¿Hace cuánto que los conoces? Tomé su mano y la besé

Lo suficiente. —Me miró con desagrado y se despidió de mí—. De eso hablaremos pronto, aun no es momento, nos vemos.

Se iba el fin de semana. No tendría señal por lo visto así que sería cuando volviese. Le deseé un lindo viaje, sin saber que de hecho esa sería nuestra última interacción, pues no he sabido de ella desde entonces, ni de mis amigos abogados, es como si nunca hubiesen existido. 

En casa, miraba una serie. Algo sonó en la cocina, entré y no había nada, luego en el baño, era un sonido como de pasos pequeños, que raspaban el suelo. Quise negar lo evidente, pasos de animal. Pronto escuché un jadeo incesante, que no se detenía, entré en la cama y en mis oídos seguía, tan cerca que mareaba; lavé mi cara, puse música, no se iba, corrí de lado a lado hasta que grité, con todas mis fuerzas, desesperado. Finalmente desapareció, pero volvía entre ratos. 

No he vuelto a ver a la jauría, pero ahora lo preferiría. Así comenzó todo, ahora todas las noches escucho un jadeo en mi oído. A veces es un vaho húmedo y pestilente que resopla de la nada.

Estos últimos días ya no puedo usar espejos, veo sus siluetas detrás que corren y brincan hasta el cansancio. Con el paso de los días tengo más miedo al salir de casa, siento como me traban la puerta, quizás si soy dócil, se descuiden y ahí aprovecharé a correr hasta llegar a la avenida.


 

-Relato 1 de Alejandro Melguizo López

La vocación


Se había tornado al verde la lucecita. Yo me quedé quieto, mirándolo, al tiempo que avanzaba hacia mí, entonces fluyó por mi izquierda y siguió su camino. Me giré y lo seguí con la mirada hasta que se perdió al doblar la esquina que dibujaba un bloque de pisos. Esperé a que el monigote abandonara de nuevo el rojo. Con marcha dubitativa, crucé el paso de peatones. 


Fuera botines, fui al baño a quitarme las lentillas. Abrí el grifo y me enjugué las manos y mientras las frotaba sentía, entre la carne y las burbujas, alivio. No quería dejar de hacerlo. Pero lo hice. Al hallarme en el espejo para intervenir los ojos y liberarlos del artefacto, me reconocí, definitivamente, en aquel joven, que más o menos debería de tener mi edad. Y, como así fue la cosa, me vi impelido, lo cual se materializó en un nudo gutural, a volverlo a encontrar.


Al día siguiente, al salir del bar, acudí de nuevo al paso de peatones, nervioso, y confiado en que ocurriría el encuentro, pues, aproximadamente, la hora era la misma que el momento del día anterior. Estuve allí tanto tiempo que el escaparate que quedaba al frente fue dejando, paulatinamente, de devolver el reflejo de los viandantes, entre ellos el mío, que el sol de aquel verano se había encargado de imprimir, si bien las siluetas no decaían del todo, pues el crepitar de las farolas y los faros de los coches las esbozaban interrumpidamente. En aquel intervalo, que duró desde las cuatro de la tarde hasta las diez de la noche, no dejé de imaginar cómo sería el encuentro con el joven, no en cuanto a los temas de conversación (ya sabía que las palabras saldrían solas, pues tenía mucho de lo que hablar con él), sino en la manera en que lo abordaría. Siempre tuve miedo a comenzar una conversación, y más aún con un desconocido; nunca quise molestar, aunque con el tiempo aprendí que estar callado no es una opción.


Decidí, por tanto, abandonar la empresa de la espera, cuando un perro ladró y rompió la monotonía (el rugir de los coches, confundido entre el piar de los gorriones y el grito de algún niño juguetón) por la que mis pensamientos serpenteaban desde hacía largo rato. Hice ademán de seguir hacia casa, porque, con el despertar que me produjo el can, caí en la cuenta de que estaba verdaderamente cansado, pero, sobre todo, hambriento. Aquella mañana fui al bar sin apenas haber dormido y sin desayunar (si es que se le puede llamar desayunar a un vaso de leche), pues me levanté con la hora justa para vestirme y no llegar tarde a ver la cara de mi tan amable superior. La comida siguió esperando, pues, en vez de seguir el curso normal de los acontecimientos, giré ciento ochenta grados y salí en busca suya. Con suerte, tras la esquina que dobló el joven el día anterior se hallaría su bloque de pisos y con suerte saldría a tirar la basura.


El sueño y el hambre desaparecieron al ritmo de mis pasos, como aquel día, cuando adolescente, en que fui sin dormir al instituto con las ojeras a cuestas (tenía un problema con un compañero y no me atrevía a hablarlo con nadie, lo cual me atormentaba) y me acechó, durante toda la mañana, la idea de desplomar la cabeza sobre la mesa, frente al profesor, hasta que llegó la última hora (las dos menos cuarto) y entró Antonio, de Lengua Castellana y Literatura, y repartió el examen, y entonces supe que el instinto de supervivencia se había instalado en mí, que uno debe sobreponerse a sus circunstancias, por más que estas sean las de la propia naturaleza. 


Torcí la esquina y esperé allí mismo a ver si alguna puerta se abría y aparecía su figura. Desistí al poco tiempo. Solo estuve media hora. Con toda honestidad, me dije, aquel plan estaba siendo un disparate. Así que decidí regresar a casa, con el paso derrumbado, pensando en que, en poco, debía volver a servir cafés, a la rutina. Pero, mientras me acercaba al paso de peatones (que no paso de cebra, pues el blanco estaba tan desgastado que apenas se intuía), vislumbré a una persona que se aproximaba al mismo desde el lado opuesto de la calzada. No le di mayor importancia hasta que, luego de unos metros, entorné la vista y creí verlo. Era él. Se repitió la escena. Monigote en rojo. Luego, verde. Yo no crucé. Él sí lo hizo, con normalidad.


—Perdona. —La voz salió baja, como si no quisiera hacerle daño.

—Sí. —Con rostro amable se detuvo.

—¿Eres de este barrio? —En ese instante, me volví a encontrar en su rostro, no porque nos pareciéramos en exceso, sino porque había algo oculto en sus ojos, que me recordaba a mí, y no solo en sus ojos, sino también en su gesto, en su corporalidad, como dominada por alguien.

—Sí. Siempre he vivido aquí, desde niño.


Intercambiamos nuestros números de teléfono tras la que fue una corta conversación, en la que descubrí que se llamaba Fernando y en la que le comenté que llevaba solo dos meses viviendo en el barrio y que me gustaría conocer a gente, y que me pareció una buena oportunidad, ya que ambos éramos jóvenes, lo cual lo hice obligándome a hablar: sabía que era la única opción para no perderle la pista y ahorrarme futuras excursiones callejeras como la de aquel día. Era cierto que llevaba poco tiempo viviendo en la zona, y también que quería hacer amistades, pero a ello ahora se le sumó la necesidad de saber en profundidad sobre su persona.


Regresé a casa con cierta felicidad, que se amortiguaba en el cansancio, una sensación parecida a cuando partí del instituto hacia la casa de mis padres el día del examen de Lengua Castellana y Literatura, que me salió de sobresaliente, por el cual me felicitó el profesor. Precisamente, en mis padres pensé cuando me miré en el espejo al llegar aquella noche. Llevaba sin hacerlo desde el día del adiós no dicho. Me sentí algo mal al cavilar, por primera vez, sobre la decisión de abandonarlos sin previo aviso. Eran mis padres y merecían una explicación, me fustigaba incesantemente de camino a la cocina para calentar una lasaña en el microondas, y la zozobra duró el tiempo en que este estuvo haciendo sus labores. Cuando el aparato exclamó el «¡ding!», como aconteció con el perro el día anterior, salí de la nebulosa en que me encontraba. Me dije que, si mi situación era la que era (viviendo solo, en un cuchitril, trabajando, en verano, con un contrato pobre, bloqueado socialmente), era por culpa de ellos dos, y que, si columbraba ápices de esperanza en mi futuro, era gracias a la decisión que tomé.

 

Yo había terminado bachillerato. Con una nota media de nueve, no solo porque me apasionaran las asignaturas, casi todas, sino también por la autoexigencia, más aún cuando la selectividad llamaba a la puerta y el promedio contaba para elegir la carrera universitaria. Marisa, una compañera de otra clase (yo estaba en el módulo de Ciencias Sociales, ella aplicaba en el de Ciencias y Tecnología), que quería estudiar Enfermería, cuya nota de corte era altísima, se sacrificó durante todo el curso para cumplir su sueño. La diferencia entre ella y yo era solo una, tan sustancial como el hallazgo de la vocación. Ella la tenía: ser matrona. Se le notaba cuando lo contaba. En sus ojos parecía figurar el horizonte del resto de su vida. Yo no hallaba por aquel entonces respuesta. Pero no me importó. Hice selectividad porque era mi deber, sumado al nulo apoyo de mis padres, con quienes no me hablé durante todo bachillerato porque ellos querían que trabajase para aportar a la familia, lo cual hice, pero no a tiempo completo, como deseaban. Selectividad me fue así: un doce sobre catorce. Con dicha calificación no tendría problemas para entrar en varias carreras, de una y otra rama. Mis padres (eran para lo único que se unían) me seguían insistiendo en acceder de lleno al mercado laboral, y que más aún era motivo suficiente cuando no había tenido nunca clara mi vocación. ¿Mi vocación? Como si fuera a los diecinueve cuando hay que tratar el asunto, y no desde niño, cuando todo tanto importa. El verano de selectividad, en el que luego ingresé al bar, harto, marché de casa tras tanto pensarlo.


La madrugada que siguió al encuentro con Fernando descansé como hacía tiempo que no me acontecía, aunque la adrenalina de haber hecho amistad hizo que no conciliara rápidamente el sueño. Soñé con él, con que me invitaba a tomar unas cervezas con sus amigos y que el plan prosperaba, y que me presentaba a una amiga suya (Casandra, se llamaba) y que nos gustábamos y concertábamos una cita, y que el amor bastaría para la vida y que ya no tendría que volver jamás al bar a servir a irrespetuosos, y entonces el despertador cantó su impertinencia, y se desvaneció todo. Me puse en pie, barrí de mis ojeras alguna legaña y me calenté la leche y mientras la bebía pensaba en que después del trabajo le escribiría, y advertí que la rutina estaba a punto de romperse, y fue cuando sentí en el pecho un recogimiento, pero ya no de angustia, sino de su reverso. Me uniformé de la apariencia que nos obligaban vestir en el bar, negro y blanco, bajé por las escaleras (el ascensor no funcionaba) desde el quinto piso y partí hacia el trabajo. 


La jornada fue dura. Solo estábamos dos camareros y vino tanta gente que no pudimos permitirnos siquiera tomarnos el cigarrillo de costumbre, siempre y cuando el superior no estuviera presente, que entonces solo él podía hacerlo, a compás del conteo de los billetes, intercalado entre piropos hacia alguna muchacha que pasara cerca de la terraza. Justo se presentó el jerarca cuando estábamos a punto de cerrar la cocina y dar por culminada la jornada.


—Por lo que veo está siendo un día espléndido. —Sin mirarme a la cara.

—Sí. Ha venido más gente de lo normal. Muchísima gente. —Con ánimo impostado.

—Pues hay que aprovechar la situación. —Se me acercó, sabiendo que mi futuro estaba en sus manos—. Hoy no cerramos por la tarde. 


Dejaron de llegar comensales a las cinco, quienes terminaron con el postre a eso de algo más de las seis. Era poco frecuente tal acumulación. La había sufrido solo en un par de ocasiones anteriores, con la diferencia de que entonces el superior no estaba presente (le gustaba recoger el dinero, pero no involucrarse en el bar más allá de su obligada presencia por la mañana para fiscalizar la asistencia), de manera que teníamos potestad los camareros para echar la cerradura. 


Al abandonar el bar, cogí el móvil con la débil esperanza de que Fernando me hubiera escrito, pero no lo había hecho, naturalmente. Estuve todo el camino pensando qué tratar en el mensaje hasta que, a la altura del paso de peatones, sonó una notificación, procedente de «Fernando barrio», como lo agregué el día anterior. Me invitaba a ir junto con sus amigos a ver un partido de fútbol de gente del barrio que estaba federada. Decididamente dije que sí. Era el primer plan que hacía desde hacía mucho. Tendría lugar el fin de semana, y yo ya empecé a contar las horas.


Siempre me fascinó el fútbol, pero no tanto como para que fuera mi vocación: me encantaba darle a la pelota en la calle (como hacía con los vecinos todos los veranos cuando mis padres me animaban a dejarlos tranquilos para que pudiesen descansar), pero no me atraía la profesionalización de tan genuina práctica. Crecí con Ronaldinho, brasileño que domaba el esférico a placer y cuyo movimiento corporal parecía trazado por el aire. 


Era miércoles cuando recibí la invitación, y el partido tendría lugar el sábado a las ocho de la tarde. Jueves y viernes trabajé en el bar por la mañana y mediodía, pero también por la noche, porque el jefe había expulsado, y me tocó a mí cubrir la baja, a Juan, que provenía de la periferia de Sevilla, como yo, aunque nunca llegamos a hacer migas, pues no solo era introvertido, sino también muy solitario. La expulsión, según me comentó un compañero que estaba presente, se debió a una discusión acerca de un pago que llevaba mucho sin cobrar, lo cual era común al resto de trabajadores. Yo, como otros, no me rebelaba porque mejor era algo que nada, y porque poco a poco iba ahorrando para cursar Literatura: al lado del bar había una librería, y me di cuenta (acaso era eso la vocación, meditaba) de que me encantaba pasearme por las estanterías y leer lo que alcanzara, aunque me podía permitir comprar pocos libros, muy pocos.


El viernes terminé la jornada a las doce, y volví a casa con la sonrisa de quien sabe que mañana le espera un plan, y que conocerá a, quizá, nuevos amigos. Con el espléndido envite que había sufrido mi rutina, aquella noche discurrí seriamente si arriesgarme a dejar el trabajo y buscarme otro mientras subsistía con lo que tenía, que no era mucho, pero suficiente, ya que me había concedido cero lujos en todo ese tiempo. Pensé que, con suerte, alguno de los amigos de Fernando, cuando me preguntasen por mi vida y yo les contestase, me diría que conocía un sitio donde trabajar con mejores condiciones, pero dejé de darle vueltas al asunto y me eché a dormir, sin despertador, pues el sábado (luego de cinco seguidos sin hacerlo) me tocaba descansar. Dejé la persiana subida para que fueran los rayos estivales los que me anunciaran la mañana.


Los locales, a quienes apoyaban Fernando y sus amigos (y, en consecuencia, yo) ganaron el partido. Durante el transcurso del mismo intercambiamos pocas palabras, pues estaban cada uno de los integrantes centrados en el juego. Pero en la cena de después, a la que se sumaron miembros del equipo, sí que pude entablar algún diálogo, con cierta tranquilidad, entre bocado y bocado. Andrea, que vivía allí desde siempre, me comentó, algo triste, que era una pena que me hubiera mudado al barrio en la peor etapa en que ella lo había visto, que hace un tiempo había muchas más zonas verdes y menos indigentes por las calles (mientras algunas propiedades estaban vacías, lo cual me ofuscaba) y no tanta inseguridad. Andrea se fue al baño y yo me quedé allí, algo desamparado de conversación. Me arrimé entonces a Pablo, que estaba hablando con el goleador del partido, un delantero que me recordó a David Villa, escurridizo entre los rivales, aunque de mayor envergadura, a quien me dirigí, con esfuerzo, en cuanto atisbé la oportunidad.


—Enhorabuena. —Amistosamente, en su hombro posé mi mano—. Dos golazos.

—Gracias. A veces hay suerte. —Una risa pícara le brotó entre los dientes.


Estaba a punto de contestarle cuando, de pronto, Fernando se sentó en la silla que Andrea había dejado libre al irse al baño. Ya estábamos terminando la cena, de manera que los presentes se iban permutando para hablar con quienes, debido a la distancia, no lo habían podido hacer durante la comida. De hecho, de camino al restaurante, estuve calculando la forma en que, sin que pareciera exagerado, poder ubicarme al lado de Fernando. Pero no hubo suerte: cuando parecía que se iba a sentar a mi lado, alguien desde el otro extremo de la mesa lo llamó no sé para qué y finalmente aquel fue su destino. Pero, aunque tarde, por fin llegó el momento de poder hablar de los temas que quisiéramos. Tenía veinte años, uno más que yo. Como nunca tuve habilidad emocional para llevar a la gente hacia mi parcela, decidí optar por el más corto de los senderos. Le conté la verdad: que, no sé por qué razón, me recordaba mucho a mí.


El camarero nos dijo que por favor nos fuéramos, que iban a limpiar todo aquello. Así hicimos. Yo me mantuve pegado a Fernando. Quería seguir conociéndolo. Por el camino, algunos fueron abandonando el grupo hacia sus casas y, cuando llegamos al paso de peatones, él hacia la izquierda, yo hacia la derecha, nos despedimos. Él se marchó solo, pero conmigo se vino Andrea, la única integrante que había quedado junto con Fernando. Durante el trayecto, me estuvo contando que me invitarían para el siguiente plan, que le diría a Fernando que me añadiera al grupo WhatsApp, del cual era administrador. Me estuvo comentando más cosas en los, aproximadamente, quince minutos que anduvimos, pero yo solo recapacitaba sobre lo que Fernando me narró, porque, me lamentaba, nada suyo tenía que ver conmigo. Andrea y yo, finalmente, tomamos bifurcaciones distintas y, cuando llegué a la cancela de mi bloque de pisos y estaba insertando la llave en la cerradura, una voz inquietante encendió mi oído derecho.


—Disculpa. —El tono era el de una joven cansada. La mochila a las espaldas ayudaba a comprenderlo. Me giré, y ella continuó—. ¿Es este el residencial número ocho?


El rostro era el de una joven, en efecto, pero el de una joven algo mayor que yo, o eso parecía, y bastante consumida: ojeras, párpados a punto de cerrarse y una palidez que contrastaba con el oscuro de la calle. De pronto, olvidé la tarde y noche que acababa de experimentar y centré mis esfuerzos en ayudarla, en la medida de lo posible. Le dije que no, que no era aquel el residencial número ocho, que aquel era el número tres, que el que buscaba se encontraba detrás de ella. Me agradeció, con poco aliento, y se dirigió hacia donde le indiqué. Cruzó la calzada por el paso de peatones (este sí digno de ser llamado de cebra, aunque el blanco más pronto que tarde sería alquitrán puro), lentamente, momentos durante los cuales me quedé mirándola a la vez que estuve pensando en la infructuosa conversación con Fernando, y entonces la joven llegó a la puerta del bloque y no atinaba con la llave, torpe, imaginaba yo, de agotada, hasta que logró hundirla como era debido en la cerradura y se giró como si tuviera ojos en la nuca y se despidió de mí con el gesto lánguido, que yo se lo devolví de la misma forma, como contagiado de su talante, y mi mirada perdida se encontró en la luz del semáforo, en el monigote rojo, que luego mudó al verde, y alguien, entre la soledad de la noche tibia, que yo no había visto llegar, comenzó a caminar hacia mí, un hombre alto y encorvado, y yo tuve miedo porque la joven había convertido en tenebrosa la calle, o así lo sentía, y me giré y entré en el portal y subí por las escaleras corriendo y me miré en el espejo y celebré la rareza de mi rostro, seña de que algo en mí se movía, y me tranquilicé sin mayor problema y recordé que no le había preguntado a Fernando sobre su vocación, ni él a mí sobre la mía, y nadie con una pasión definida la esconde, y la mía parecía la Literatura, pero estaba por ver, y la de Fernando igual, al parecer, y por eso hablamos tanto y tan poco, y así me fui a dormir a eso de las dos con el despertador configurado para las seis y media, porque amanecería en domingo y el bar me estaría esperando.