Relatos del Taller de prosa ficción II: el narrador
sábado, 2 de mayo de 2026
-Relato 6 de Luis Vera
martes, 28 de abril de 2026
-Relato 5 de Federico Aresté
LA SANGRE DEL INDIO
Con Omar teníamos que censar los campos que nos marcó el intendente. En ese tiempo, los dos trabajábamos como empleados de hacienda.
Recuerdo bien ese día. Eran las últimas horas de una tarde de verano y el cielo se cubría de a poco. Íbamos por un camino de tierra paralelo a las vías del ferrocarril Mitre. A un costado, unos patos chapuceaban en un arroyo reseco, a punto de desaparecer. Arriba y adelante, el sol se escondía entre algunas nubes sin forma, rodeado de todos los colores del atardecer, recortándose entre los sauces que aparecían y desaparecían a los costados del camino.
Algunos dicen que todo el campo habla una misma lengua, y que esa lengua es el silencio. Con Omar viajábamos enredados en uno muy raro, distinto al que conocíamos desde que empezamos a trabajar juntos. Sólo se escuchaba entre nosotros el ruido de la radio. Una voz de hombre que pronosticaba tormenta con vientos fuertes y llenos de tierra.
El viaje siguió y el cielo se puso negro de golpe. Nos faltaban quince kilómetros para llegar a «La Margarita». Las historias sobre esa estancia eran tantas y tan variadas como los hombres que pasaron por ahí, y pudieron conocer a Don Ernesto Codeyro, su dueño.
Al llegar a la tranquera, un hombre se acercó a caballo. Era Alberto, el capataz. Un tipo flaco y alto, de ojos marrones. Las orejas grandes y puntiagudas, de unos cuarenta y pico de años. Lo cruzábamos seguido en el pueblo haciendo las compras para su patrón que, desde la muerte de su mujer, hacía más de veinte años, nunca más había salido de la estancia.
También se comentaba en el pueblo que Don Ernesto lo había adoptado a Alberto cuando era muy chico, después de quedar huérfano, y que por eso lo dejaba vivir en la casa principal con él. Se decía que toda la familia de Alberto había muerto en un enfrentamiento confuso. Todos menos su padre: el indio Casimiro. Él había podido escapar, y por algún motivo, nunca volvió a buscar a su hijo. Se decía en el pueblo que las tierras de la estancia de Don Ernesto habían sido antes de la familia del indio, y que por eso mismo los mandó a matar a todos.
Llegamos al casco y bajamos de la camioneta. Don Ernesto se acercó a saludarnos. Dijo que nos había estado esperando toda la tarde. Hablamos de cómo venía el trabajo, de las demás estancias. El viejo tenía alrededor de ochenta años aunque parecía de menos. Un hombre con mucha vitalidad, de buen porte, elegante, de tez blanca y ojos saltones y celestes. Llevaba anillos y pulseras de oro. También tenía una medalla de plata con el número cuarenta y ocho grabado en las dos caras. Más tarde nos contó la historia. Era el año de cuando compraron la estancia con su mujer, la difunta Margarita.
Algunos decían en el pueblo que Don Ernesto, en realidad, tenía más de ciento veinte años, y que seguía viviendo gracias a una promesa y a un sacrificio. La misma historia contaba que su muerte, de ocurrir, sería doble y monstruosa. Pero nadie hacía del todo caso a esas habladurías, una de tantas que se decían en el pueblo.
Entramos en la casa principal. Un chalet ubicado de norte a sur, con el techo a dos aguas. Una larga galería cruzaba de punta a punta todo el frente. En las esquinas de la azotea había cañones que apuntaban al cielo. Tiempo atrás los habían usado para avisar cuando las bandas de cuatreros llegaban al campo arrasando con todo, robando cuantos animales cruzaban en el camino. Entonces se hacían dos o tres disparos para alertar a los campos vecinos, y darles tiempo a preparar la defensa.
En la sala principal estábamos los tres. Nos acomodamos alrededor de una mesa enorme para comer unos fiambres. Mientras Don Ernesto llenaba las copas de vino, miré por la ventana y vi como la noche se desparramaba por el campo. No se veía nada más allá de las luces que alumbraban el jardín. Cada tanto algunos truenos iluminaban el cielo y después se perdían a lo lejos.
«Flor de tormenta se armó. Con lo bien que nos viene el agua», comentó Don Ernesto, acercándose a la ventana y lamentando que Alberto estaba en el campo vecino arreglando unos asuntos que, según aclaró, no podían esperar. «El pobre de Alberto va a tener que pasar la noche en lo de Gregorio. No va a poder volver con esta tormenta».
Al rato los tres nos olvidamos de Alberto. Comimos hasta reventar y seguimos tomando vino. Don Ernesto nos invitó a pasar la noche en la estancia. Con Omar aceptamos sin pensarlo. No teníamos ningún apuro en volver. Y a decir verdad, nos convenía quedarnos en la zona para seguir censando al otro día los campos que nos faltaban.
Después Don Ernesto recordó su casamiento con Margarita. Entre habanos y vinos nos contó toda su vida con ella. Nos habló de los árboles que habían plantado juntos en el jardín, de la importancia que tenían esas plantas para él. Y nos contó también de la promesa que le hizo a su esposa antes de morir. Debía cuidar el jardín todos los días y hacerlo crecer tanto como fuera posible. Un jardín de lo más exótico, lleno de plantas de todas partes del mundo.
Con Omar lo escuchábamos cansados. Hacía más de diecinueve horas que estábamos despiertos. Estuvimos un rato más en la charla hasta que Don Ernesto nos acompañó a la habitación.
Adentro, una lámpara de pie iluminaba el escritorio. Me puse a terminar los informes mientras esperaba que Omar terminara de ducharse, y dejara libre el baño. Pero no podía dejar de pensar en la medalla de Don Ernesto. Trataba de no distraerme, quería no pensar en todas esas historias y concentrarme solo en el trabajo. Necesitaba terminar de una vez y tirarme a dormir. Había sido un día largo y nos esperaba otro igual, o peor.
Cuando terminé de escribir, Omar todavía no había vuelto. Empecé a caminar por el pasillo en dirección al baño. La puerta estaba cerrada. Por abajo se notaba la luz prendida. El resto de la casa estaba en silencio y oscura. Volví al escritorio y me puse a revisar los informes por última vez.
Unos minutos más tarde, Omar entró a la habitación con un farol en la mano:
«¿Damos una vuelta? Acá encontré esto para alumbrarnos».
Le dije que estaba loco, que al otro día teníamos que arrancar temprano, que no estábamos para tonterías.
«¿Me vas a decir que no te intriga saber? Don Ernesto se fue a dormir, y Alberto no está. La ventana sale derecho al fondo del casco».
Caminamos por atrás del jardín. No había señales de nada. Sólo las ramas que dejó la tormenta desparramadas por el piso. Y los charcos de agua que cada tanto nos obligaban a alejarnos del camino que llevaba hasta el fondo.
«Al final son puras mentiras. Acá no hay nada», renegué.
«Vayamos para allá», dijo Omar, iluminando hacia el norte del jardín donde unos eucaliptos se movían con el viento.
Cuando llegamos a un alambrado, cerca de la manga de un corral, vimos el aljibe. Nos acercamos con cuidado y lo abrimos. Era la entrada al túnel. Adentro había una escalera. Primero bajó Omar. Yo lo seguí. Había un olor terrible a humedad. Las paredes eran de barro y parecía que podían venirse abajo en cualquier momento. Unas maderas podridas y destartaladas apuntalaban el techo. Empezamos a caminar. Omar iba adelante con el farol. El otro extremo del túnel parecía cerca y a medida que nos acercábamos se escuchaba un grito cada vez más fuerte. Hasta que nos topamos con un codo que mandaba el túnel en otra dirección y el grito se apagó de golpe. Nosotros seguimos caminando. Y el grito de nuevo muy cerca. Omar giró el farol hacia la izquierda y vimos un calabozo. Un hombre saltó desde la oscuridad y se prendió de las rejas. No paraba de gritar. Estaba vestido con un traje lleno de agujeros. La piel de la cara agrietada, llena de escamas. El hombre se echó para atrás y con Omar empezamos a forzar la reja. La puerta se abrió y pasó lo peor. El hombre cayó desmayado delante de nosotros. Se desplomó en el suelo y empezó a largar un olor asqueroso. Todo el cuerpo se volvió amarillo de golpe. Y de un momento a otro solo quedaron los huesos del esqueleto tirados en el piso, adentro del traje agujereado.
Volvimos corriendo hasta la entrada del túnel. Subimos las escaleras y fuimos en dirección a la casa. Omar alumbró un bulto en el suelo. Era otro esqueleto. Los huesos de la mano estaban agarrados a una olla de comida caliente que todavía largaba vapor. Pasamos por afuera de la habitación de Don Ernesto y la luz estaba prendida.
Subimos a la camioneta. Omar manejó por el camino de tierra que todavía estaba embarrado. Cuando llegamos a la tranquera un búho estaba parado en un palo del alambrado. Las luces de la camioneta lo encandilaron y salió volando. Yo abrí la tranquera y tomamos el camino en dirección al pueblo. En ese momento sentí que me faltaba el aire. Bajé un poco el vidrio para respirar y ahí fue cuando cruzamos a Alberto, que volvía galopando a la estancia a toda velocidad.
Omar enseguida buscó algo en el bolsillo del pantalón. Era la medalla de oro de Don Ernesto. La agarré. Me quedé mirándola un rato y después la tiré por la ventana. Los ojos de Omar me cruzaron convencidos de algo. Arriba de nosotros estaba la noche abierta de la pampa, las estrellas por todas partes. La tormenta por fin ya se había ido del todo.
-Relato 5 de Carmen Reinoso Calzado
Es un lugar que está a punto de caerse por el propio peso del tiempo. Las ventanas están rotas, sus marcos ennegrecidos y los grafitis cubren las paredes como manchas. Tania sigue andando con más contundencia, sin parar, mientras Cati y yo nos quedamos un poco atrás. La antigua clase debe estar cerca. Los pasillos se alargan con las sombras y los cristales se pegan a nuestras suelas. Sólo Tania sigue adelante.
—Aquí está. La clase donde murió ese niño.
Leemos muchas revistas sobre casos así y a Tania le obsesiona ese caso en concreto. Todas decidimos conocer la vieja clase antes de que todo fuese demolido. Empujo la puerta y la madera roza el suelo. Los pelos de la nuca se me erizan con el sonido.
—Vamos a preparar todo —digo. « Joder, qué páginas más raras veis en Internet». Saco un papel con una ouija dibujada con boli bic.
Paso la mano por encima de una mesa aún en pie y levanto polvo, toso un poco. Dejo la ouija encima y la aliso con mi palma. Cati se muerde el labio otra vez. Yo saco el vaso que traigo en mi bolso y lo pongo en el centro de la ouija. Nos sentamos, tomamos aire y ponemos los dedos encima del vaso.
—¿Hay alguien con nosotras ahora mismo?
La voz de Tania rebota por las paredes de la clase. Un golpe seco. Un pájaro cercano ha levantado vuelo y los cristales que quedaban en los bordes de la ventana caen al suelo. Pegamos un respingo. Volvemos a colocar los dedos.
Repite la pregunta y no pasa nada. Miro a Cati, que se muerde las uñas de su mano libre.
—¿Hay algo con nosotras ahora mismo?
El vaso se desliza y se detiene en el «Sí». Tania traga saliva y yo sigo mirando a Cati, que abre los ojos como un búho.
—¿Quieres algo de nosotras? —Sonrío levemente. Intento no soltar una risita.
El vaso vuelve a moverse hacia el «Sí».
—¿Por qué has hecho esa pregunta, tía? —dice Tania, con la frente en tensión—. Joder.
—Es lo típico. ¿No?
—No. Ahora hay algo que quiere algo de nosotras.
Cati carraspea y Tania le mira. Es la única que no ha hablado aún. Tania le hace un gesto con la mano, ella me mira y yo asiento.
—¿Qué… Qué quieres?
El vaso no se mueve. Tomamos aire conjuntamente y Cati levanta la mano un momento. Yo la agarro de la mano con fuerza y la vuelvo a colocar sobre el vaso.
—Si te vas ahora es peligroso para ti.
Cati suelta un soplido y deja su mano ahí. Todo su cuerpo tiembla. Le tomo la mano libre y la agarro. «Si empezamos, lo terminamos». La linterna de Tania se mueve y la luz refleja sombras en las paredes. Siento la humedad en mi cabello, pegando el flequillo en mi frente.
—¿Y si cerramos? —propone Tania.
—¿Qué es lo que quieres de nosotras? —vuelvo a preguntar.
Tania frunce el ceño y no tiene tiempo de replicar. El vaso se mueve en dirección de diferentes letras.
S. A. N. G. R. E.
—Esto es coña, ¿no? ¡Qué cojones! —grita Tania, pero no levanta su dedo del vaso.
—Vamos a seguir.
—¡Tía! Cerramos y nos piramos.
—No podemos cerrar así. Lo sabes.
Tania coge aire y levanta las cejas. Sigue con su dedo apretado en el vasol a pesar de negar todo el tiempo con la cabeza. Cati agarra mi mano con demasiada fuerza y yo se la aparto.
—¿Sangre de qué? —pregunto.
El vaso se mueve al instante.
T. A. N. I. A.
Tania suelta un grito y se levanta de un salto. Niega con la cabeza mientras yo y Cati le agarramos de los brazos y tiramos hacia abajo para que vuelva a sentarse. El suelo está pegajoso y sus botas resbalan en el suelo.
—Vamos a cortar. Tías, esto me da muy mal rollo. ¿Por qué mi sangre?
—Te… Te podemos hacer un cortecito pequeño y ya —dice Cati.
—¡Hazte tú el puto corte!
Tania vuelve a intentar levantarse pero la sujetamos por los brazos. Miro a Cati y sonrío. Ella se muerde el labio de nuevo. Le hago una señal y sujeta a Tania por los brazos mientras yo me coloco encima de sus piernas. Ella no deja de gritar y moverse, pero yo coloco mis manos en su garganta con fuerza y aprieto hasta que se queda sin aire.
Se queda inmóvil en poco tiempo. Tomamos su brazo y le realizamos dos cortes profundos y limpios en sus venas, dejando la sangre sobre la ouija. Volvemos a poner las manos en el vaso y cerramos la sesión. Me guardo el vaso y el boli bic.
Al día siguiente, nadie encuentra a Tania. «A nosotras nos dijo que iba a ver a su novio» . Mi ropa, en el lavadero, aún huele a humedad, pero no está sucia. Cati y yo hacemos carteles de búsqueda, recortamos fotos de Tania y las pegamos con cinta en las esquinas. A veces, los reporteros de la televisión vienen a entrevistarnos. Siempre llevo un pintalabios rojo para ocasiones imprevistas como estas. En nuestras redes sociales también subimos carteles de búsqueda y pedimos difusión.
Cati no sale de casa últimamente. Hace unos días, han demolido el antiguo colegio del barrio. Paso muchos días alrededor de las ruinas y golpeando los restos con mis botas. El cartel que pusimos de Tania hace una semana tiene ya los bordes rasgados y la tinta está desgastada.
RELATO 5 GUSTAVO CONDE
CONVERSACIÓN DE CIGARRILLOS
Lo conocí por casualidad en un tren nocturno de nueve horas. Subió durante esas paradas eternas que suelen hacer los viajes baratos. Se sentó frente a mí: era un hombre en sus cincuentas, con una larga barba gris, una camisa blanca desfajada y un pantalón desgastado. El tren comenzó a andar y los negros prados italianos se iluminaron por la ventana, pero la niebla no dejaba ver el horizonte. Ambos nos echamos a dormir. De vez en cuando el tren paraba en medio de la nada y la luz se iba por un rato, dejando los vagones a oscuras por varios minutos. Ahí despertabámos y nos veíamos fijamente.
Yo saqué un cigarro y lo encendí. El hombre me vio y habló:
—¿Americano? —preguntó.
—¿Cómo lo sabe? —le pregunté.
—Tienes que ser americano o muy idiota para fumar en un vagón a estas horas... e idiota no te ves.
—Todos están dormidos, ¿qué más da?
—Parece que no conoces a la gente de este país.
—Tampoco me interesa conocerlos.
—¿Para dónde vas?
—Hasta donde llegue el tren… o donde me tiren.
—Ya veo. Yo viví así durante mucho tiempo. Ahora la vida no me da.
—A mí me va a dar.
—Seguro que sí. ¿Te gusta el whisky? —El hombre se levantó y tomó su maleta del portaequipajes, la colocó en el asiento de junto y sacó una botella —El que suba a este vagón tendrá que buscar otro lugar para sentarse.
—Sí, bastante.
—¿Y las cartas, hijo?
—También.
El hombre sacó dos vasos. Sirvió un poco de whisky en ambos y me lo entregó.
—Te tengo una propuesta. Juguemos a las cartas. Si tú ganas te quedas con el resto de la botella, pero si yo gano tú me das tus cigarros. Este primer trago te lo invito yo.
Eran mis últimos cigarrillos. Y ya no me quedaba dinero para ninguna otra cajetilla. Hacia tiempo que no tenía ni un centavo. Todavía me quedaba bastante tiempo de viaje, y al ritmo del tren tardaría horas en poder conseguir más. Lo miré a los ojos y le dije que no, que no me interesaba jugar con él. Que se consiguiera a otro niñato para verle la cara.
—No te quiero ver la cara, sólo que también llevo un viaje largo y quiero fumar.
—En la próxima parada se puede bajar y comprar unos en la máquina de tabacos.
—Ya, pero esa forma de vivir no me interesa, hijo.
—A usted lo que le gusta es joder, por lo que veo.
—La verdad sí. Me encanta joder y se ve que tú eres un hombre con suerte.
—Son mis últimos cigarrillos. No puedo perderlos.
—Te ves muy joven para estresarte por quedarte sin cigarrillos. Siempre hay momento de conseguir más en el camino. El tren hará muchas paradas y ya te digo yo que bajarás en muchas de ellas. Pero hijo, te pregunto: ¿Qué harás cuando te quedes sin dinero?
—Eso ya pasó. No me queda nada.
—Normal, y es lo mejor que te puede pasar.
—Ya. No se siente así.
—¿Sabes liar cigarrillos?
—No, eso no se hace en América.
—Yo te enseño —el hombre sacó de su bolsa un paquete de tabaco, filtros y papeles de liar. Se colocó un filtro en la boca, extendió el papel y con sus dedos cogió un poco de tabaco —procura no excederte en lo que agarras ni tampoco tomes poco, porque al final te jode todo —colocó el tabaco y lo extendió por todo el papel. Lo comenzó a enrolar lentamente.
»Hay momentos que lo construyes rápido y otros lento. Que a punto de acabar se te desarma, o que no lo cierras bien. Con el tiempo lo harás cada vez mejor, pero nunca perfecto. Al principio a nadie le sale bien. No te frustres.
El hombre terminó de armar el cigarrillo. Tan delgado y bien hecho. Le presté mi mechero. Lo encendió y le dio un pitillo.
—Y ya te digo yo que el mejor momento siempre es cuando lo terminas de armas…y te lo fumas tranquilo
»Ahora que ya sabes armarlos, ¿te animas a jugar a las cartas conmigo?
Acepté. Comenzamos a jugar. El hombre se lo tomaba con calma. De vez en cuando le tomaba a su whisky y yo hacía lo mismo. Los juegos que me tocaban eran malísimos.
Siguió la noche. La gente subía y bajaba del tren. Los dos estábamos borrachos de whisky y yo cada vez con menos cigarrillos.
—Sabes, hijo. Si has estado perdiendo es porque no arriesgas y no ves bien lo que ocurre. Debes estar atento para usar las cartas a tu favor.
—Ya, pero también con las cartas que me tocan estoy jodido desde el inicio.
—Todas las manos son ganadoras y perdedoras si las sabes usar bien.
—Ni un as me has dado.
—El as es cuestión de suerte. A algunos les toca a la primera, a otros a la mitad y a algunos jamás les llega. Pero no te lamentes por algo que no puedes manejar.
A punto de terminar el trayecto y con sólo un cigarrillo en la cajetilla el hombre me vio y dijo:
—Si ganas esta última partida te devuelvo todos los cigarrillos que te quité, si yo gano, tú me das ese último.
—Vale.
Vi mis cartas. Sin as, otra vez. El hombre bebió de su whisky y ahí lo noté. Cada vez que le tocaba un as él bebía. Jugué eso a mi favor y manejé el juego de un modo que me favoreciera.
Al revelar las cartas finales le gané. El hombre me dio la mano. Me entregó los cigarrillos. Dividió el último trago de whisky y me lo dio.
—Un trato es un trato —dijo.
Le sonreí por primera vez en toda la noche. Le di mi mitad de cigarrillos. El tren se detuvo. Ambos nos bajamos en esa parada. Afuera ya era de madrugada y el sol comenzaba a levantarse por el cielo. Los campos ya no existían. Todo era el inicio de una ciudad y el final de la noche. Nos despedimos y me entregó un as de su baraja.
—Un regalo, fue un placer viajar contigo.
Él se fue para la izquierda y yo para la derecha. Nunca nos volvimos a ver.
- Relato 5 de Francisco Castro Legaspi
DESENCUENTRO
Me acerco
hasta los carros de la compra, meto la moneda en la ranura y saco uno. Mientras
lo empujo, me doy cuenta de que le chirría una rueda. Siempre hay alguno al que
le chirría o se le dobla alguna rueda. Este tiene lo dos fallos, pero no vuelvo
a cambiarlo por otro. Me conformo con lo que el destino me ha proporcionado. Es
lo que me tocó.
Parece que el
carro tiene vida propia y quiere llevarme al sitio que le da la gana. Como esos
caballos que te llevan al lugar donde quieren estar tranquilos: da igual el
movimiento que hagas con las riendas, la presión de las piernas… te llevan donde
quieren. Lo que cambia es que el carro, su rueda, tiene un sonido agudo. Muy
desagradable, insistente. Es como si quisiera decir algo que yo no termino de
entender.
Manuela camina
cerca, un poco más adelante. No me mira. Solo tiene ojos para las estanterías: mermeladas,
potitos, leches, galletas… Se queda un rato comparando los precios. Mira todo
lo que tiene a un lado y al otro del pasillo. Menos a mí. La rueda chirría,
pero ella sigue concentrada en su escáner visual.
Hemos venido
juntas. Aunque mi función es seguirla. Manuela decide y yo obedezco. No tenemos
hecha una lista; lo tiene todo en su cabeza.
—Necesitamos
leche —dice ella.
Asiento,
aunque no haga falta, y en un gesto automático, como el de empujar el trasto
que me ha tocado o como el de seguirla, cojo un brick de leche y lo meto
en el carro. La rueda chirría; avanzo medio metro y se dobla. El carro me
empuja hacia los detergentes… Intento maniobrar hacia el otro lado del pasillo,
pero el carro no quiere. Me cuesta hacerlo entrar en mi recorrido. Ella me
mira.
—Y pañales. —Añade.
Suelta esa
palabra. Aquí no hay bebés, ni pañales, pero lo dice como si los hubiera.
Seguramente los tiene en su lista mental. Escucho lo que dice, luego la miro, y
ella continúa andando hacia adelante; se acerca a la sección de limpieza.
—No tenemos un
bebé —digo despacio.
No suena como me
hubiese gustado. Suena seco, distante y no era lo que pretendía. Tal vez me
salió así, como lo pensaba. O no lo pensé demasiado y me salió de esa forma. Ella
se detiene. Me mira: es la primera vez que lo hace desde que entramos al
supermercado. Sus ojos son los mismos de siempre, pero no me miran igual. Es
algo que ya hemos hablado muchas veces, y seguimos sin acuerdo. Hay algo más
tenso en su mirada, es inquisidora. Acto seguido suelta la frase que cae como
una bomba:
—Podríamos
tenerlo —dice, y sigue caminando delante de mí.
La rueda del
carro deja de chirriar porque ya no lo estoy empujando. Me detengo, respiro. Se
hace un silencio extraño. Es raro, porque estamos rodeados de personas
comprando que ni siquiera nos ven. Pasan de a dos, de a tres, solas, pero siempre
empujan un carro cargado con diferentes cosas.
—No —respondo.
Ella deja de
mirarme, vuelve a caminar delante de mí. Y yo continúo empujando el carro de la
rueda que chirría y que se dobla. Ahora me lleva hacia la zona de los encurtidos.
Mientras intento enderezarlo, escucho una voz femenina:
—¿Nos llevamos
los pepinillos?
—Sí. Me
encantan —responde la voz de una niña pequeña—. Pero que sean de los picantes.
—No pueden ser
picantes porque a tu hermana no le gustan.
—Me da igual,
yo quiero los picantes… ¡Quiero los que pican!... ¡Quiero los que pican!... ¡Los
que pican!... La voz de la niña comienza en un sollozo y va acrecentándose
hasta unos alaridos que se meten por los oídos y acaban por taladrar el cerebro
de quienes estamos alrededor.
Empujo el
carro con todas mis fuerzas. Ya me da igual que chirríe, porque casi no lo
puedo oír. La rueda se dobla. Empujo con más fuerza aún y consigo encaminar mi
destino hacia la sección de frutas. Allí, seguro que no hay infantes que berreen.
Naranjas, manzanas, plátanos, piñas, mandarinas,
todas expuestas en orden y, sobre todo… en silencio. Cojo una manzana, como un
acto reflejo. Sin pensar. La dejo en el carro y me dispongo a probar con otra
pieza de fruta.
—Siempre haces
eso —dice Manuela.
—¿Qué es lo
que hago?
—Hacer cosas
sin pensar.
—Si, hay veces
que la razón queda por debajo del deseo. Es solo una manzana.
—No es por la
manzana. Es por no pararte a pensar en lo que haces.
—Supongo que
todo el mundo hace algo, alguna vez, que no se corresponde con la razón; que sólo
tiene que ver con el deseo, con el goce o el disfrute del momento. Nada más. Como
cuando le pegue un mordisco a esta manzana. ¿Quieres?
—Déjalo ya, no
hagas el ridículo. Sigamos con la compra, por favor.
Vuelvo a
empujar el carro, y la rueda continúa con el chirrido molesto. Pasamos por las
vitrinas de los congelados y veo nuestras figuras reflejadas. Somos dos
personas normales que están haciendo la compra; nada demuestra lo contrario.
Sin embargo, estamos distanciándonos. Hemos discutido por una manzana, aunque
llevamos semanas haciéndolo. No es por la manzana. Si hubiese cogido una
naranja, habría sucedido lo mismo.
Manuela se
detiene frente a los yogures. Hay miles, de muchos colores y formas diferentes.
En ese pasillo hace frío; lo puedo sentir en los huesos y en la garganta. No
estoy cómoda. Coge uno, lo examina, lo vuelve a dejar. Coge otro y hace lo
mismo. Hasta que coge uno que pone mi primer Danone.
—Quiero tener un
hijo —dice sin soltar los yogures y sin mirarme.
—Lo sé
—respondo secamente.
—No. No
entiendes lo que eso significa.
—Tienes razón,
puede ser que no lo entienda.
Sigo empujando
el carro, y escucho chirriar la rueda más que nunca. Ahora soy yo la que se
aparta de Manuela. Estoy un poco más adelante. Al final del pasillo veo a una
familia. O lo que se supone que es una familia: padre, madre y dos hijas
pequeñas. Reconozco a la niña de los pepinillos, que lleva en la mano un enorme
paquete de gusanitos, pero ya no grita: ahora solo engulle los snacks
de maíz. La más pequeña va sentada dentro del carro, llorando y golpeando con
los pies porque la hermana no le ofrece de lo que tiene en la bolsa. La madre,
con actitud decidida, desaparece por el fondo del pasillo con la niña pequeña y
deja a la mayor con el padre.
Manuela se
pone a mi lado. Ahora me mira.
—Podríamos ser
nosotras —dice en voz baja.
No le respondo
y sigo empujando el carro, ella me adelanta. Unos metros más adelante me pongo
a su lado; siempre vuelvo a su lado. La
rueda sigue con el infame chirrido. Me detengo. Hay gente por todos lados; nos
esquivan… Cada una va a lo suyo.
En la esquina
del pasillo del café está la niña de los pepinillos; sigue con los gusanitos.
Está sola. Vuelvo la cabeza hacia los dos lados, pero no veo al resto de su
familia. Manuela se agacha a su altura y le pregunta su nombre. La niña no le
responde y frunce el ceño.
—¿Con quién
estás, bonita?
La niña sigue
sin contestar. Manuela le ofrece su mano y la niña se la coge, sin soltar la
bolsa de gusanitos. Yo las sigo con el carro que chirría y que me lleva
siempre hacia el lado derecho. Empujo con todas mis fuerzas para volver a
enderezarlo; siento como me duele el brazo. Van juntas hacia la caja más
cercana y le dice a la cajera que la ha encontrado sola. Por la megafonía suena
la voz de la encargada.
Desde el
extremo opuesto del supermercado se ve correr a la madre que se aproxima
rápidamente hacia nosotras. Llega empujando el carro en el que va montada la
niña pequeña. Tiene la cara desencajada entre el miedo, la desesperación y la
angustia. Se acerca a la niña y la abraza, mientras le recrimina que no debe
alejarse de ella.
—Y a tu padre
ya le vale… —dice en voz alta, mientras se lleva a la niña de la mano.
Es la primera
vez que no hay nadie a nuestro alrededor. Manuela cierra los ojos unos
segundos, luego los abre. Hay algo de cansancio en su mirada. Pagamos, salimos
a la calle y consigo dejar el carro con la rueda que chirría en su sitio. Recupero
la moneda, me la guardo en el bolsillo. ¡Por fin! Se acabó la tortura: ya no
voy a escuchar más ese molesto sonido agudo y constante.
—No quiero
perderte —dice ella de repente.
—No vas a
perderme —digo, pero no suena convincente. Ni siquiera para mí.
—Entonces dime
que sí.
—No puedo —respondo.
—Entonces ya
me estás perdiendo.
Seguimos las
dos andando hacia el coche en silencio. Yo llevo en una mano la bolsa con las
compras y en la otra las llaves. La veo de espaldas y la sigo, como hago siempre.
-Relato 5 de Miguel Quezadas Barahona
No me pasó nada
Todos bebimos tragos e hicimos muecas. Iván estaba tumbado en una silla, José cantaba con las canciones que yo ponía y otros me pedían que las cambiara.
—¡Quítenle el celular a Javier! —gritaron.
Alondra me quitó el teléfono y cambió la canción. Comenzó a poner su propia lista.
—Mejor dénselo a Carlos, trae buenas rolas.
Se lo dieron a Carlos y además de poner ritmos tropicales, se levantó y comenzó a bailar contoneando las caderas y sacudiendo los hombros.
Tiramos en una bolsa negra los platos con sobras. Con la mesa vacía Iván sugirió cantarle Las Mañanitas a Alondra, pero fue ella misma quien desistió pues aún no regresaba su novio. Algunos aprovecharon para bailar igual que Carlos. Yo veía todo sentado, moviendo mi dedo en señal de negativa ante cualquier invitación a unirme.
Su novio Fernando regresó de comprar más cervezas, pero tenía las manos vacías.
—Mataron al Pelón. Hay un montón de motos y carros por todos lados —dijo.
—Hay que ver las noticias. —Alondra sacó su teléfono y comenzó a buscar.
Los demás también lo hicieron.
—Están quemando coches en las colonias.
—¿Cómo nos vamos a regresar? —Revisé la hora. Eran las diez.
—¿Tenías que llegar a hacer algo? —José se asomó a la calle y me había volteado a ver. Yo le hice un ademán de que no importaba y le dije que, si bien me urgía, aún tenía tiempo—. Es personal. —Alondra nos ofreció su casa—. Hay sitio para todos. —Yo miré uno de los sillones, amagué con sentarme, pero después de palpar la textura, me senté en las sillas igual que todos.
—Está peligroso. La idea es no llamar la atención. —Alguien sugirió apagar la música por completo. Hablaron de que, si veían movimiento en las casas, a punta de armas nos podrían hacer algo.
Alondra sacó un juego. Todos nos sentamos alrededor de la mesa donde ella comenzó a barajar. Repartía cartas de colores a las más de doce personas que había a su alrededor.
—Cerraron la entrada de la ciudad. Me dice un primo que le prendieron fuego a su coche. —Guardó su celular.
Hubo un silencio—.
—¡Ay, padre! —dijeron algunos.
Revisé el reloj. Ahora eran las diez y media.
—¿Será que mañana sí podremos pasar? —le pregunté a todos en la mesa.
—Esperemos, pero hoy va a estar así toda la noche. Solo que se vayan mañana temprano —dijo Alondra.
Conforme pasaban las horas los bostezos empezaban a mostrarse. Bajamos el volumen de la música y nos refugiamos en el interior de la casa.
—Oigan, hay que jugar a otra cosa. —Alondra se levantó y volvió con otro juego.
Era una lotería. Para marcar las casillas usaríamos pequeños vasos con tequila.
Ahí, en su comedor, estuvimos todos a escasos centímetros. Roger se sentó a mi lado.
—Oye, supe que se te metieron a robar. ¿Estás bien?
—Sí. Todo bien. Fue el susto más que nada.
—¿Pero lo reportaste o algo? ¿Te hicieron algo?
—No. Cuando me vieron se espantaron y salieron corriendo.
—¿Les enseñaste el machete?
—Sí.
—Menos mal. Con la delincuencia ahorita ya no se puede. Ve ahora lo que hicieron porque mataron al Pelón…
—¡Lotería! Todos toman.
Después de unas cuantas partidas, el alcohol se acabó.
—Oye, no invitaste a Kevin —dijo una chica.
—Sí. Iba a venir más tarde, pero con esto obviamente ya no —respondió Alondra.
Revisé la hora, que marcaba las dos de la mañana. Ya nadie hablaba y estábamos hacinados los unos con los otros. Esperábamos con los brazos cruzados, otros se recargaban a como podían del respaldo de la silla.
Todos entrecerraban los ojos en medio de la poca luz del lugar y los colores del estéreo.
Ahí comenzaron las conversaciones sobre cómo nos conocimos, lo que planeábamos hacer en el futuro y las bromas internas.
—¿Y tú qué harás?
—Pienso entrar a trabajar con Cheveto. —respondí.
—Pero tú habías dicho que te interesaba la política.
En un acto reflejo, volteé a ver a Iván, que sin esperarlo respondió esa pregunta.
—Sí. Es que lo que pasa es que don ese se va a lanzar de diputado, entonces queremos ese conecte. Pero eso no se sabe… es secreto. ¿Verdad, Javier?
Alondra nos deseó suerte. Yo solo le dije que cuando eso pasara lo primero que haría sería pagarles la cuenta en el antro.
—¿Qué te pasó en las manos? —dijo Alondra.
Roger respondió por mí.
—Se metieron a robar a su casa.
—¡Madre santa! ¿Pero estás bien? —dijo alguien más.
Ahí les expliqué lo mismo que le dije a Roger y cuando terminé volví a ver la hora en el celular.
—¡Javier, llevas toda la noche revisando la bendita hora! Sea lo que tengas que hacer no te preocupes, ya no se va a meter nadie a robar. —Alondra me había visto.
—Eso dices tú, pero uno ya queda ciscado —le dijo Fernando.
—Pues sí. Pero mira, parece que ya está más despejado. Ya le llamé a Kevin para que venga a buscarlos. ¿Cuántos son?
—Cuatro —respondí.
—Entonces sí caben. Los demás los puede ir a dejar Fernando.
Cuando el sol se estaba asomando y las gotas de rocío volaban en el ambiente, llegó Kevin. Al verlo nos despedimos de Alondra.
En el trayecto nadie hablaba. Solo veíamos la carretera. Había pequeños restos de neumáticos. Vimos también a un auto compacto vacío a mitad del camino, con las cuatro puertas abiertas.
—¿Sabían que este coche fue reciclado?
—¿Cómo que reciclado?
—Era de un señor que conoce a mi mamá. Nos dijo que se le fue a un dren y quedó sumergido hasta que la grúa lo sacó. Al poco tiempo vio que no le convenía repararlo y nos lo vendió, pero tiene sus detalles. Miren. —Kevin soltó unos segundos el volante en una recta y vimos cómo se iba de lado, hasta que lo volvió a agarrar—. Se ve bien y costó barato, pero tiene sus detalles que solo los ves cuando lo manejas. Yo volteé a la ventana mientras el coche avanzaba.
Entramos a la ciudad que seguía vacía a pesar de ser casi las siete. Primero se bajó Iván, luego José. Cuando fue mi turno lo hice sin apenas despedirme y dándole a lo lejos las gracias a Kevin.
Di media vuelta y en el techo había zopilotes. No entré a la casa hasta que se alejó Kevin. Subí al cuarto y fruncí la nariz cuando abrí la puerta. Tomé unas bolsas y metí los cuerpos. Con ayuda de un machete hice más pequeño todo. Metí los pedazos a la cajuela de mi Silverado noventera. Giré la llave y después de algunos intentos encendió.
Bajé la velocidad y lancé el machete al monte. Cuando estuve cerca de la laguna me bajé y tiré las bolsas. Dejé que se deslizaran hasta caer al agua. Uno que otro cocodrilo se acercó a comer. Revisé la hora y eran las nueve de la mañana.
Emprendí la vuelta ya con un sol que hacía sudar. Ya había gente en las calles. Se formaron los primeros embotellamientos del día. En los semáforos me tapaba la nariz. Los olores se habían impregnado en los revestimientos de la camioneta.
Lo primero que hice al regresar a casa fue ducharme y lavar el piso hasta llegar a la entrada. Ahí mi vecino me vio y salió a saludar.
—Vecino, espero que esté bien. Supe que se le quisieron meter a robar.
—No se preocupe, vecino. Estoy bien. No me pasó nada. —Seguí barriendo con agua y jabón el piso de mi casa.