sábado, 30 de mayo de 2026

Relato 6 de Sergio Peral

ORLEANS EN LA MENTE


Te sientas en clase como siempre, sin hablar con nadie, mirando la mesa más de lo normal porque cuando miras a los demás tienes la sensación de que en cualquier momento alguien va a notar que no encajas del todo, que hay algo que no termina de funcionar, y entonces levantas la vista casi por inercia, y la ves ya sentada, sin entrada, sin ruido, como si hubiera estado ahí antes que todos, ocupando su sitio sin pedirlo. No hay presentación, nadie la señala, y eso ya te parece raro, porque todo el mundo suele necesitar ser retratado; ella no, simplemente está. Y tú te quedas mirando más de lo que deberías, sabiendo que te estás pasando pero sin hacer nada por corregirlo, porque hay algo que te tira, algo demasiado específico, igual que si un tipo hubiera cogido una idea que llevas años repitiendo en silencio y la hubiera puesto delante de ti sin avisar.

No es que sea guapa, que lo es, es otra cosa más incómoda, más difícil de quitarte de encima: es que encaja; y lo hace demasiado bien en algo que no sabías ni que tenía forma hasta que la ves ahí, con ese pelo largo y oscuro, esos ojos claros que no son exactamente azules ni grises, la piel pálida, los labios finos, la cara limpia, natural, los rasgos eslavos mediterráneos, esa mezcla de inteligencia y distancia que te deja con la sensación de estar mirando un animal raro en mitad de la clase y esa forma de estar sin intentar gustar, sin sonreír por compromiso, sin entrar en el juego de agradar que ves todos los días y que tú tampoco sabes jugar pero por otras razones; todo eso desarma. Ella te reconoce sin mirarte, o al menos eso es lo que te dices en ese instante. Te convences de que la edad —los dos nacidos a finales del siglo XX— y el origen cultural tampoco suponen ningún problema: ella veintipocos, tú cinco más, ella del sur de Francia, tú del sur de España, los dos mediterráneos, los dos estudiantes universitarios en el área de las ciencias sociales; sin embargo, tú no sabes francés. 

La profesora habla del trabajo por parejas sin darle importancia, igual que si fuera una tarea más que hay que cumplir y olvidar, pero tú ya no estás escuchando del todo, ya estás pensando en cómo acercarte sin parecer lo que ya saben que eres, porque sabes que tienes esa fama de insistente, de no medir bien, y aun así levantas la mano antes de pensarlo demasiado, casi igual que si fuera un reflejo, y empiezas a hablar de un documental, de una mujer que huye hacia Francia, de cruzar la frontera, de dejar algo atrás sin saber si merece la pena, y no la nombras pero la metes ahí dentro, en la historia, como si fuera evidente que es ella, lo mismo que si ya estuviera decidido. Ella te mira seria, no sonríe; pero asiente una vez cuando la profesora le pregunta si está de acuerdo en hacer el trabajo contigo, y eso te basta más de lo que debería.


Quedáis ese mismo día, sin rodeos, sin esa fase previa en la que la gente se mide o se prueba, simplemente quedáis porque hay que hacerlo, y os sentáis en una mesa de la facultad con un portátil que tarda en arrancar y un café que casi no sabe a nada. La mesa tiene una mancha seca que nadie ha limpiado; te fijas en eso más de la cuenta. Ahí es donde empieza algo que no sabes qué es todavía, porque ella habla poco pero cuando habla, sin apenas acento francés, no se pierde, no carga, no busca quedar bien, y tú haces lo contrario, ocupas el espacio, conectas ideas, te mueves con cierta soltura en ese terreno porque ahí sí sabes defenderte, y por primera vez en mucho tiempo no te sientes completamente fuera.

—Tiene que dudar. Si no duda, no funciona.

Apuntas la frase sin saber muy bien por qué, igual que si supieras que ahí hay algo importante aunque no lo entiendas del todo, y seguís hablando de cosas que normalmente no salen en una conversación de clase, mientras lo relacionas con el trabajo sobre el exilio republicano en Francia: música que ya no suena en ningún sitio donde estés, Satie, Bregovic, Pink Floyd, ella menciona a Bourdieu sin explicar quién es, tú respondes con Orwell y K. Dick, y todo fluye sin esfuerzo, sin esa sensación de estar forzando algo que te acompaña casi siempre. Y en algún momento, sin darle importancia, ella lo dice.

—Tenemos los mismos gustos.

Lo dice como quien dice cualquier cosa, pero tú no lo recibes así; tú lo guardas. Lo colocas en el centro y empiezas a construir desde ahí. Ese es el primer error. 


Toca ir a la biblioteca y mirar archivos entre cafés fríos, horas buscando material. Habláis y ella no corta ni mira el móvil con cara de prisa. No dice «bueno» para cerrar la conversación; sigue, asiente, contradice, vuelve sobre algo. Te parece una anomalía, y las anomalías cuando llevas años viendo la misma mierda se convierten enseguida en una religión privada. 

Las otras chicas de la clase le hablan de ti cuando no estás. No necesitas que te lo cuente para saberlo, lo has vivido demasiadas veces, pero aun así te lo dice un día, sin intención de herirte, casi como un comentario suelto.

—Dicen que eres un poco intenso.

No te sorprende, no te defiendes.

—¿Y tú qué crees?

—Me da igual.

Y esa frase, que para ella no pesa nada, a ti te sostiene más de lo que debería, porque decides interpretarla como una especie de toma de posición, lo mismo que si estuviera eligiendo algo, cuando en realidad no está eligiendo nada. Habláis del instituto y ahí sí coincidís de verdad, o eso parece, porque los dos lo odiabais, la gente hablando de otros, creando versiones, empujando a los demás a encajar en algo que no habían elegido, y te agarras a eso igual que si fuera una prueba, lo mismo que si esa coincidencia justificara todo lo demás. 

Tiempo después, una de esas chicas que habló mal de ti te pide la cámara para grabar su corto, y tú se la dejas sin pensarlo demasiado, no por generosidad ni por buen rollo, sino porque sabes que enfrentarte a eso es perder energía en algo que no te va a devolver nada, y prefieres evitarlo, como tantas otras veces.


Vais a rodar a la sierra norte, que no se parece a los Pirineos franceses, pero desde cierta distancia funciona, y tú estás más atento de lo normal, porque cuando miras por el visor ocurre algo que no te pasa casi nunca: no estás pensando en ti, ni en cómo te ven, ni en si estás fuera de sitio, estás mirando, y eso ya es bastante. Ella camina por el sendero, se detiene, mira hacia atrás antes de avanzar, y no lo hace como una actriz, lo hace como alguien que realmente está dejando algo atrás, y ese gesto se te queda pegado. Ese mismo día aparece su novio de Lyon, a quien ha invitado a pasar ese fin de semana con ella; no lo esperabas. El tipo es normal, demasiado. Te da la mano, te habla sin tensión. Y eso es lo que te coloca en tu sitio sin necesidad de decir nada.


Quedáis para escuchar música clásica en el centro y luego para ver una película. No hay excusa, demora, o ese teatro marcado por el catolicismo del «ya te diré», «a ver cuándo», «esta semana imposible, no puedo», como si aceptar salir al cine ya te convirtiera en puta, o en novia y esposa o en algo que compromete y se tiene que justificar ante una panda de imbéciles machistas. Esa noche caminando te pide que le claves las uñas, que le hagas daño; lo dice así, de pronto. Te niegas; ves que ella también tiene grietas. Después continúa andando y te deja un poco atrás. Más tarde tirita de frío; le dejas tu sudadera. Os resguardáis en un bar y os sentáis; entonces te dice que su hermano está muy enfermo. No sabes cómo reaccionar; el silencio se apodera del momento. Luego vuelve a hablar, pero en tono más bajo. Te cuenta que de pequeña y de adolescente soñaba que era Juana de Arco; lo dice con media sonrisa, como si no importara, igual que si le hubiera pasado hace siglos, en otra vida. Tú escuchas y guardas el comentario sin decir nada.

Días después estáis en tu casa montando el trabajo, el documental. El salón está en silencio, con esa luz de tarde que parece quedarse atrapada en el polvo, lo mismo que si el tiempo no avanzara del todo ahí dentro. En la pantalla ella camina, se detiene, mira hacia atrás antes de la señal de Francia. Rebobinas, repites. Ella se inclina; su hombro roza el tuyo. No te apartas.

—Aquí duda. ¿Puedes ponerlo a cámara lenta cambiando el fondo sonoro?

Lo haces sin responder; trabajas. Cuando terminas lo que sugirió, ella se levanta y te da un beso en la mejilla, dulce, breve, casi técnico; pero rompe algo que hasta ese momento estaba en su sitio, y cuando se vuelve a sentar, más cerca, el silencio ya no es el mismo. Después viene el sofá, Blade Runner en la televisión, la luz azul, gelatina de postre, todo lo que ya sabes pero que en ese momento no identificas como lo que es. Cuando se le queda un poco de gelatina de limón en la comisura de los labios, te acercas jugando a ellos para limpiarlos porque necesitas que sea un juego, porque si no lo es no tienes excusa, y recorres con tus labios un trayecto que no sabes de dónde sale, lo mismo que si siguieras una línea que ya estaba ahí antes de tocarla, y ella no te detiene, pero tampoco te empuja, está en ese sitio intermedio que luego vas a recordar demasiado. Pasas por su comisura, bajas hasta su cuello, su pecho y luego, con breves y pequeños besos, hasta su vientre; mientras, sonríe y notas que se excita con la respiración entrecortada. Ella mira instintivamente de reojo tu pantalón, del que sobresale el bulto que  forma tu miembro totalmente erecto. Cuando intentas ir más allá, hasta su boca, rozas uno de sus pechos, sientes su pequeño pezón completamente duro, rígido. Sin embargo, cuando llegas a sus labios, ella los cierra, gira la cara y se acaba; tú insistes y fuerzas la situación, pero ella se vuelve a negar, el beso muere antes de nacer. No hay escena ni explicación, solo ese gesto. Te arrodillas sin pensar, apoyas la cabeza en su regazo, como si eso pudiera deshacer algo, y ella tarda un segundo antes de acariciarte el pelo, despacio, con una calma que no es lo que tú necesitas pero que te deja ahí, en un sitio que no sabes cómo interpretar, ni qué decir. Momentos después te sientes culpable por insistir.

—Perdón, Jeanne. —Suena un poco absurdo.

Sin embargo, ella niega como quitándole importancia; y ese gesto tampoco significa lo que quieres que signifique. Entonces se levanta, se pone el abrigo sin prisa, igual que si ese gesto no tuviera peso, lo mismo que si fuera un movimiento más dentro de una secuencia normal, y tú la sigues con la mirada sin saber muy bien qué hacer con el cuerpo, porque todo lo que parecía tener una dirección hace un momento ahora está suspendido, igual que si alguien hubiera cortado la corriente sin avisar. Camináis hasta la puerta, bajáis las escaleras sin hablar, el sonido de los pasos se queda más presente de lo habitual, demasiado claro, demasiado separado de todo lo demás, y cuando llegáis abajo ella se gira un segundo, lo justo para despedirse sin alargarlo, sin dejar nada abierto.

—No hace falta que me acompañes a la parada del bus.

Asientes; te quedas ahí un momento más, viendo cómo se aleja sin mirar atrás, y cuando ya no está vuelves a subir, entras en casa y lo primero que ves es la pantalla encendida del ordenador, congelada en ese plano en el que ella se detiene antes de la señal de Francia, como si la escena siguiera esperando algo que no va a llegar. No apagas nada; te sientas y rebobinas otra vez. Lo vuelves a ver; no cambia.


Pasan días sin verla, luego semanas, y no haces nada concreto para llenar ese tiempo, vas a clase, escuchas a medias, vuelves a casa, te quedas más tiempo del necesario delante del ordenador sin trabajar realmente, igual que si estuvieras esperando que algo se ordene solo. Lees cosas que mencionó, escuchas música que nombró, pero no lo haces por interés, lo haces porque necesitas mantener una continuidad, una especie de hilo que no se rompa del todo, aunque cada vez esté más flojo. 


Cuando la ves en el pasillo de la facultad no la estás buscando, no estás preparado, por eso te golpea más de lo que debería cuando viene hacia ti sin dudar, sin esa distancia que ya empezabas a asumir, caminando rápido, con esa forma suya de moverse decidida, y cuando te ve no reduce la velocidad, viene directa y te abraza fuerte, sin aviso, sin ese rodeo que hacen los demás, sin esa mierda de gesto a medias, sin miedo al qué dirán. Su cuerpo contra el tuyo, el pelo rozándote la cara, ese olor otra vez, limpio, seco, distinto a todo lo demás. Te quedas un segundo rígido, luego levantas los brazos y la rodeas torpe, del mismo modo que si estuvieras copiando un gesto que habías visto en otra parte pero no fuera del todo tuyo. No es un abrazo largo ni corto, no tiene intensidad dramática ni intención evidente, pero te descoloca porque no encaja con lo anterior, porque abre algo que ya habías empezado a cerrar por tu cuenta. Se separa, sonríe, de la misma forma que si no hubiera pasado nada, igual que si todo estuviera en su sitio.

—¿Qué tal estás?

—Bien.

No es verdad, pero tampoco es mentira del todo, es una forma de no entrar. Se separa y te mira un segundo más de lo necesario.

—Pensé que no volvería a verte.

—Yo también.

Hay una pausa corta. No incómoda, tampoco cómoda.

—Es que me gusta, hablar contigo quiero decir. —Sonríe, no parece muy segura de lo dicho.

Asientes demasiado rápido, igual que si quisieras demostrar que lo entiendes antes de haberlo entendido, del mismo modo que si aceptar eso fuera la forma de mantener lo demás, de no perderlo del todo. Y en ese momento ya estás dentro otra vez, aunque no quieras reconocerlo. 

Entráis en el aula de informática. Pantallas encendidas, el zumbido de los ventiladores llenándolo todo. Os sentáis, ella escribe mientras tú miras la pantalla y ves tu reflejo encima de lo que hay abierto, una doble imagen, tu cara superpuesta a un texto que no lees. Te parece extraño porque ella también se refleja; estáis los dos juntos. Media hora después recoges y te levantas; tienes otra clase.

—Me tengo que ir. —Te despides sin mirarla demasiado mientras ella asiente sin preguntar. 

Sales, das dos pasos, te vuelves medio segundo y haces algo que no has hecho nunca. Te acercas a ella, te inclinas y le das un beso en la cabeza, leve, dulce, casi sin tocarla. El gesto se queda ahí, suspendido; entonces, te das la vuelta y te vas sin mirar atrás, como si mirar fuera a romper algo. 


Poco después llega el final de curso; el ruido, la carga de trabajos, las semanas que pasan sin que haya espacio real para veros, provocan que cuando ella se va a Lyon no haya una despedida clara, no haya cierre, solo un desplazamiento que lo cambia todo sin explicarlo. Sigues con lo tuyo; o eso intentas.


A finales del verano ella te escribe. Te propone ir a verla a Lyon un fin de semana de septiembre que su novio no está. No lo piensas demasiado. Dices que sí antes de analizarlo, como has hecho desde el principio con casi todo lo que tiene que ver con ella, y te subes a un autobús que tarda más de lo que esperabas, que se alarga, que pesa, de la misma manera que si el trayecto fuera más importante de lo que debería ser. Horas de una sucesión de imágenes que pasan rápido delante de tus ojos: estaciones, caras que no vuelves a ver, idiomas que no entiendes, anuncios, luces, todo mezclado en una especie de ruido continuo. Pero cuando llegas a la estación ella está allí. 

No hay exageración, ni hay gesto de más. Un saludo, dos besos y camináis. La ciudad es limpia, ordenada, demasiado perfecta para lo que llevas encima. Fachadas cuidadas, escaparates brillantes, gente que camina sin mirar al suelo como tú haces a veces. Caminas a su lado, un poco por detrás por momentos, mirándola de reojo, comprobando que sigue ahí, que no desaparece entre la gente. Subes a su piso y cuando llegas, te abre la puerta y durante un momento breve todo parece igual que antes, lo mismo que si no hubiera pasado el tiempo, del mismo modo que si la distancia no hubiera modificado nada, pero esa sensación dura poco, apenas lo suficiente para que te engañes un rato. El piso es distinto, el contexto es otro, y tú no encajas ahí igual que antes, aunque te esfuerces en mantener la continuidad.

Te enseña sus pinturas. Las comenta sin solemnidad, sin necesidad de impresionar, lo mismo que si fuera algo natural. Habláis de Degas, de Dalí, de cosas que para ti siguen teniendo un peso más teórico que real, y tú la escuchas más de lo que entiendes, pero no importa demasiado porque lo que te sostiene no es el contenido, es el hecho de estar ahí, compartiendo ese espacio. Salís, camináis; subís en el funicular hasta la Basílica de Notre-Dame de Fourvière. La ciudad queda abajo, estructurada, pulcra, distante, y tú miras más de lo que hablas porque hay algo en esa imagen que te hace pensar que todo podría tener sentido si se mantiene así, a esa distancia, sin tocarlo demasiado.

Pero no se mantiene. Volvéis al piso; grabáis un pequeño corto, repetís gestos, repites dinámicas que ya conoces, hablar poco, estar, dejar que el tiempo pase sin llenarlo del todo, y durante un rato funciona, o al menos parece que funciona. 


El último día no habláis casi nada; no hace falta. El silencio no pesa; eso te hace pensar que hay algo sólido ahí, algo que no depende de explicaciones. Te sientas en la cama con la mochila abierta, doblando la ropa mal, no te apetece irte; sientes que la pierdes otra vez. Ella está delante tuya, de pie. La luz entra por la ventana y le da de lado, marcando su rostro. Entonces la miras y empiezas a hablar y no paras; cuentas cosas, muchas, demasiadas. Años de grietas mentales comprimidos en pocos minutos; tu voz se rompe en algún punto del relato y te limpias la cara con la mano, sin esconderte. Ese es el momento justo en el que todo se rompe a pesar de que ella se acerca, te coge la mano y entrecruza sus dedos con los tuyos. Lo hace sin aviso, sin dramatizar, lo mismo que si fuera un gesto más, pero lo repite, una vez, otra, igual que si estuviera probando algo, como si quisiera mantener una conexión que no sabe cómo definir; pero eso es lo que tú quieres creer. Así que respondes; alargas el gesto y lo conviertes en otra cosa. Te quedas ahí más de lo necesario; y justo cuando te autoconvences de que eso puede abrir algo, que puede llevar a algún sitio, todo se viene abajo. Llaman por teléfono; es su pareja, el mismo al que dejará unos meses más tarde. No hay escena final, ni un cierre limpio. Media hora después llega; no hay tensión visible, él está al corriente de tu visita. Solo hay un cambio de contexto, nada más. Al día siguiente recoges tus cosas y te vas.


El viaje de vuelta no es como el de ida. No hay expectativa, no hay impulso, solo una sensación pesada que se te instala en el cuerpo sin pedir permiso, como si todo lo que habías sostenido hasta ese momento se deshiciera a la vez. Llegas a casa y te tumbas sin cambiarte. De nuevo estás en tu habitación, en tu piso de pasillo estrecho, con el suelo que cruje en el mismo sitio, la puerta que roza con la silla, la cama pegada a la pared, la mesa llena de lo mismo, la cámara vieja que sigue donde la dejaste. Todo en su sitio, como si no te hubieras ido nunca. No haces nada durante días; ni comes bien ni duermes debidamente. No hablas con nadie, ni con tus padres; tampoco hay pensamiento claro, solo una especie de fondo constante, como un ruido que no se apaga. No lo nombras al principio, luego sí: depresión.


Pasan dos años y estás estudiando en París. Quedáis en una caverna donde canta una amiga suya. La reconoces, pero no es lo mismo. Está, pero hay una distancia nueva, algo que no estaba antes o que no veías, y tú intentas colocarte igual que si nada hubiera cambiado, lo mismo que si la continuidad siguiera ahí. Grabas el concierto; ayudas, participas. Es tarde y no hay metro; dormís en el piso de su amiga. En la misma cama, separados. No pasa nada, y eso ya no lo puedes interpretar; no hay margen ni lectura posible que te favorezca. Por la noche no duermes; te quedas mirando el techo, luego giras, luego vuelves, y en algún momento rozas su mano con los dedos, muy poco, lo justo para comprobar si hay alguna reacción que no llega. Ella sigue durmiendo; o finge dormir, no lo sabes. Por la mañana todo es normal; demasiado normal. Os despedís sin escena, sin promesas, sin continuidad clara, como si lo que hubiera entre vosotros ya no necesitara explicarse porque en realidad nunca ha estado donde tú creías. 


Después escribes pero recibes, cada vez, menos respuestas. El tiempo se alarga hasta que deja de contestar; y ahí ya no hay nada que sostener. Te quedas con lo único que de verdad ha estado todo el tiempo. No solo no pasaba nada, sino que construiste algo en donde no había una estructura para sostenerlo. No era ni un camino ni una posibilidad, simplemente era una línea, una frontera. La viste desde el principio, la tocaste. Te acercaste lo suficiente como para creer que podía ceder, pero no cedía. No la cruzaste y nunca la ibas a cruzar; porque  no dependía de ti, no era tuya. Algunas fronteras no están para ser cruzadas, están para marcar exactamente hasta dónde puedes llegar antes de empezar a mentirte. Y tú empezaste a mentirte ahí, y no has terminado. Piensas que si hubieras sido otro, alguien mejor, alguien más fácil, algo habría cambiado. Pero tampoco sabes qué significa eso, joder. Entonces te preguntas si en realidad no preferías que todo saliera mal desde el principio, porque así al menos tenías una excusa para autocompadecerte; que en realidad ella solo era una disculpa para no estar solo. Sin embargo, eres consciente de que eso no es verdad; así que sigues volviendo y revisando. Continúas pensando que hubo un momento distinto, una grieta, un error que podrías haber evitado. Pero no lo hubo; nunca lo hubo. Solo estabas tú, mirando una línea fija, intentando convertirla en otra cosa. Y aún ahora, cuando lo sabes y ya no hay duda, cuando todo encaja de la peor manera posible, sigues volviendo a esa toma; repitiéndola una y otra vez. Ella deteniéndose y mirando atrás antes de cruzar la frontera. Y tú te quedas ahí, siempre ahí. Como si esta vez fuera distinto, como si esta vez sí. Como si no hubieras comprendido absolutamente nada de todo aquello y hubieras perdido completamente la cordura. Como si fueras un soldado fiel dispuesto a morir por la Doncella de Orleans.


-Relato 6 de Isabel García Fuentes

 

Voy a ha hacer todo un hombre de ti


Naces un día cualquiera, de un año cualquiera y, como todo recién nacido, lloras. La matrona te ha tenido que dar unos golpecitos, pero al final has roto en llanto. «¡Un niño! Estos siempre dan más guerra». Te envuelven en una manta azul antes de entregarte en brazos de tu madre, quien te sostiene todavía sudando.

Tu padre se acerca desde la esquina de la habitación y te coloca un dedo en la palma de la mano, que tú rodeas y te aferras como si no existiera nada más en el mundo, porque aún no conoces nada más. 

—Vas a ser todo un hombre —te asegura él en un susurro. 

Y, durante años, creces intentando cumplir esa promesa.

Al principio, no te diferencias en nada de tu prima, quien tiene tu misma edad. Lloras igual que ella, gritas igual que ella, te manchas igual que ella y te asustas igual que ella de la oscuridad. Si no fuera por la ropa en tonos azulados, verdes, marrones y blancos, de niño, y las dos perforaciones que le hicieron a ella en las orejas, tus abuelos no os diferenciarían.

Pero entonces, un día de verano cumples cuatro años, llevas una camiseta de dinosaurios con el dibujo medio borrado por los lavados, y te caes en el patio de la casa de tus abuelos. Tu prima se ha caído antes y tu abuelo ha salido corriendo desde la cocina para levantarla enseguida, pero a ti te mira un segundo más antes de acercarse. «Venga, arriba, que no pasa nada, campeón». Tienes tierra en la boca y ganas de llorar, como había hecho tu prima, pero se te pasa al escuchar su tono de voz.

A los seis años, pasas las tardes jugando después del colegio. Un viernes, después de que tu padre os recogiera a tu prima y a ti de las clases de inglés, encontráis una caja llena de ropa para donar. Se os ocurre hacer un concurso de disfraces. Ella te pone un collar de plástico y tú encuentras una falda brillante de lentejuelas moradas que nadie sabe de dónde ha salido. Probablemente es de tu tía, pero te gusta porque refleja la luz cuando giras. 

—¡Mira qué guay! —Das vueltas en el pasillo hasta marearte.

Cuando tu hermano mayor llega a casa y te ve, se queda quieto unos segundos y luego empieza a reírse tan fuerte que viene tu padre desde la cocina.

—Mira este. —Tu hermano te señala con el dedo—. No sabía que tenía una hermanita.

Tu padre se ríe.

—Estamos jugando a los disfraces. —Tu prima sonríe—. ¿Queréis jugar?

Tu hermano observa la ropa tirada por el suelo.

—Eso es de niñas. —Y vuelve al salón.

Y con esas palabras ya no te importa el juego, los disfraces, ni lo brillante que sea la falda, porque de pronto sientes vergüenza, aunque todavía no entiendes bien de qué. Años después seguirás recordando el sonido de las lentejuelas rozándose mientras te quitabas la falda rápidamente.

En el colegio, en tercero de primaria, juegas al fútbol en el patio todos los recreos. Todo el mundo sabe que las niñas no saben jugar, por eso tú no eres una. Ya eres consciente de muchas cosas que te diferencian de ellas. Ya no lloras por cualquier cosa. A veces gritas, pero no igual. Te manchas, tal vez más que antes, pero es solo porque no le tienes miedo a nada. Descubres que los niños se insultan usando palabras femeninas: niña, nenaza, maricón, perra. 

No sabes muy bien qué significan, pero las usáis constantemente. «Qué maricón» cuando un niño llora en el patio porque se ha caído y se ha hecho daño, o «qué nenaza» cuando un compañero llora en la excursión porque echa de menos a su madre. Y aunque no tengan gracia, porque no sabéis explicar por qué es un maricón o una nenaza, todos os reís. 

Tú también, por supuesto. Ya has aprendido que existen dos tipos de personas: de quien se ríen y los que se ríen. Y los campeones, como tú, tienen que evitar, sobre todo, estar en el primer grupo.

Cómo no hacerlo, si hasta cuando el profesor de educación física os hace dar vueltas al patio corriendo bajo el sol y os grita «¡Vamos! ¡Parecéis niñas!», todos aceleráis al instante. Huyes de esas palabras, de las risas, porque sabes que eso es lo que hacen los hombres.

Ya en el instituto, tus compañeros hablan constantemente de chicas. De tetas, de culos, de vídeos, de quién se ha liado con quién. De un día para otro, las chicas se han convertido no solo en algo totalmente opuesto, sino en un objeto de interés que puede aumentar tu hombría. Y tú, como tus amigos, seguís persiguiendo esa promesa que sellasteis en vuestro nacimiento. 

Un día, uno de tus amigos confiesa que nunca se ha besado con nadie y los demás se meten con él y le insultan durante semanas. Tú también haces bromas. «¿No serás maricón?». Siempre participas, aunque muchas veces no tienes nada que decir; lo haces incluso cuando él baja la cabeza y sonríe fingiendo que no le afecta, incluso cuando sabes que esa noche te va a costar dormir al recordar que tú tampoco has besado a nadie.

Dos años más tarde, ese mismo amigo, que ahora es tu mejor amigo, llora porque sus padres se han separado. Estáis sentados en el portal de su edificio una madrugada de verano. El asfalto aún desprende un calor pegajoso que se pega a tu piel y no te suelta.

—No sé qué hacer. —Tu amigo se tapa la cara mientras tú miras al frente, evitando mirarlo, porque no quieres llorar.

El impulso de querer abrazarlo aparece dentro de ti, pero recuerdas lo que has aprendido. No puedes tocar a tus amigos demasiado, ni abrazarlos más de un segundo, sería raro, de maricones. Así que le das un golpe suave en el hombro.

—Bueno… no llores, tío.

Él se ríe avergonzado y se limpia la cara enseguida.

—Sí… Perdón, tío, no sé qué me pasa.

Y tú sientes un alivio instantáneo y horrible que arrastras hasta casa junto con el calor pegajoso.

A los treinta años, ya sabes hablar en reuniones con voz grave aunque estés nervioso, estrechar manos firmemente, y hacerlo casi todo tú solo, sin pedir ayuda. Cuando muere tu abuelo, abrazas a tu madre mientras ella llora contra tu pecho, tal y como tú hiciste en sus brazos cuando llegaste al mundo. Quieres hacer lo mismo, volver a ser aquel recién nacido y dejar de aguantarte las ganas insoportables de llorar, pero sabes que eso no es lo que haría un hombre. Tienes que ser fuerte. Por tu madre. Por todos. 

Con el tiempo te conviertes exactamente en el tipo de hombre que tranquiliza a otros hombres. Aprendes a ocupar exactamente el espacio correcto, a no mover demasiado las manos al hablar, a responder «todo bien» en público antes de pensar si es verdad. Lo haces bien. 

Tan bien, que un día tomando café frente a un parque donde niños corretean de arriba a abajo, uno de ellos se cae delante de ti y empieza a llorar. Su padre, sentado un par de mesas a tu derecha, tarda en reaccionar un segundo y tú llegas antes.

—Eh, eh. No pasa nada, arriba, campeón. —Te agachas, lo coges en brazos y ves que lleva una camiseta de dinosaurios.

El niño intenta tragarse el llanto. Alzas la vista y el padre te hace un gesto de agradecimiento, como si acabaras de ayudarle con algo importante. Sin embargo, en el eco de ese llanto silenciado reconoces el momento exacto en el que alguien empieza a dejar de parecer una mujer para ser un hombre. Piensas en tu padre, en tu abuelo, en tu hermano, en el desconocido que tienes delante, y, de alguna forma, te das cuenta de que ninguno de vosotros sabéis qué es un hombre, pero habéis aprendido qué es lo que no es. Una negación constante a la que te has estado sometiendo toda tu vida hasta que tus ojos se llenan de lágrimas, le sacudes las rodillas al niño y lo dejas con cuidado en el suelo.


viernes, 29 de mayo de 2026

-Relato 6 de Alejandro Melguizo López

Cómo ser un estratega de la seducción

De acuerdo. Quieres gustar a la chica que te gusta. Coge, entonces, el móvil. Por el grupo de WhatsApp que hay del barrio para organizar planes deportivos propones una pachanga de fútbol sala para el fin de semana. La gente comienza a apuntarse y cuando solo falta un hueco, entonces aparece su nombre, el de Ignacio, que no se pierde un partido. Los equipos se sortean y a ti te toca ir de negro, y a Ignacio de blanco. A Ignacio lo acompañará ella, Ana, pues en el amor encarnizado de estos primeros meses no hay cosa que no hagan juntos. Ahora apaga el móvil. Respira bien profundo. Pasado mañana es el momento. Confía en ti.


Llega el sábado. Son las ocho de la tarde, dos horas antes del partido. Prepárate con lo mejor que tengas. Recuerda, vas de negro, pero ello no significa simpleza. Combina bien la vestimenta con unas calzonas también de color negro, que impriman sobriedad. Llévate, eso sí, unas botas de un color distinto, que, recuerda, vas a por todas, no a un funeral. Ya vestido, no olvides lo más importante: hazte con un papel pequeñito, menos de la cuarta parte de un folio. Escribe en él tu número de teléfono. Y escribe con pulso determinado, que se note que la grafía no es confusa, todo lo contrario, y bien grande, que se vea que no te escondes.

El partido tiene lugar, recuerda, en el club social Los estivales, a unos veinte minutos andando, ni cinco en coche. Usa el coche. Móntate en el coche, decidido. Llega al club social media hora antes y aparca el coche lo más cerca de la puerta que puedas. Que quede a tu vista. Y permanece en el coche hasta que veas llegar a Ignacio y a Ana. Cuando aparezcan en escena, entonces sales, y es importante que ella vea que estás emergiendo del coche, que tienes un coche: a Ana le encantan los coches, los coches para viajar («Me encantaría algún día ir de caravana por medio mundo, ¿sabes?»), pero ni ella ni Ignacio tienen coche.

Tienes suerte, como era de esperar siendo tan puntual. Miras por el retrovisor izquierdo, sin mayor importancia, y ves entonces que se aproximan Ignacio y Ana, tomados de la mano. Cuando estén a la altura del maletero, entonces, sin pensarlo dos veces, abre la puerta y hazte el sorprendido ante sus rostros. Ellos se detienen; él te da la mano, ella dos besos.


—¿Qué tal? —dice ella.

—Bien. ¿Y vosotros? —respondes con la mano apoyada en el techo del coche, con soltura.

—Pues muy bien. Con ganas de jugar el partido. —Ignacio echa una mirada a su blanca camiseta y luego clava los ojos en el negro de la tuya—. Ya sabes, soy muy competitivo.

—¿Es tuyo? —Ana asoma la cabeza al interior del coche mientras sus manos, como anteojeras de caballo, cubren la cabeza para tener una mejor visión.

—Sí —dices, convencido, aunque mintiendo. No se te ocurre decirle que es de tus padres; entonces, expresas con firmeza—: Me encantan los coches, me vuelven locos los coches.

—Vámonos, el partido va a empezar y tengo que ponerme las botas y calentar un poco. —Ignacio hace ademán de continuar; Ana está mirando las llantas del coche—. ¿Vamos?


Ignacio calienta las articulaciones, como su equipo, y como tu equipo, que te pide por favor que calientes. Ella está sentada en la grada, pequeñita, justo en el medio, como un árbitro de tenis, pues desde ahí es donde mejor se contempla el fútbol, y a Ana le encanta el fútbol, aunque no tanto como los coches. Le encanta, en concreto, tu tipo de fútbol: confianza con el balón en los pies, visión de juego y pirotecnia con la pelota cuando la situación lo permite, como un taconazo o una rabona. Le gusta lo que hizo a España vencedora en el Mundial de 2010: la calidad de Xavi, Iniesta, Busquets. Le gusta una de las piezas esenciales para España en el Mundial de este verano, en menos de un mes: la magia de Pedri. Le gusta que el balón fluya sin interrupciones, como un coche perdido entre las montañas.

Confiado, entonces, calientas tú también. Piensa que tienes a todo un estadio observándote. Motívate. No olvides que se trata de un partido de fútbol, una pachanga, sí, una pachanga, pero del segundo nunca se acuerda nadie, que decía Luis Aragonés. Ana nunca te ha visto jugar al fútbol, solo os conocéis del barrio, de planes de amigos de amigos a los que siempre vais. Y las buenas impresiones, es conocido, son importantes, así que calienta, que en unos cinco minutos la pelota comenzará a rodar y debes hacer lo que sabes.


Comienza el partido. Te colocas en el ala izquierda, tu posición favorita para recortar hacia el interior con la derecha, tu pierna dominante, y encarar la portería. Justo es la banda donde está la grada, es decir, donde se encuentra Ana. Ignacio se coloca en tu misma banda, es decir, juega de ala derecha para su equipo. Ignacio da la orden a los suyos de defender por marcas, y no en zona, lo que implica que te perseguirá por todo el campo cuando tu equipo ataque, cual cazador. Pero tú no te muevas mucho. Mantente todo lo que puedas en la banda izquierda; regatea a Ignacio en la banda izquierda y entonces si quieres te mueves. 

Ignacio, en una jugada, te propina una mala patada y ruedas por el campo. Se disculpa diciendo que ha llegado tarde al balón. Tu tobillo está algo perjudicado, pero nada comparado con anteriores esguinces que has sufrido. Tus compañeros te dicen que sigas adelante, que no es nada, que puedes con la pequeña torcedura. Ana te mira desde la grada y no dice nada. Te observa igual que antes observaba las llantas de tu coche. Ella, como tú, va vestida de negro. Te pones en pie y decides tomar venganza. Pero no lo hagas con violencia, sino con la dulzura de la pelota que tanto le fascina a Ana, como un coche adelantando suavemente y siendo aplaudido: intenta hacerle un caño a Ignacio, pero es importante que lo hagas cuando veas clara la oportunidad, como cuando vas a adelantar, pues un intento fallido te resta puntos, y la precisión es el secreto para triunfar en el amor, acaso para triunfar en cualquier cosa. Tomas venganza y tu equipo termina ganando el partido. Ignacio no se despide y se marcha con Ana. Ve tras ellos: Ana verá el coche nada más salir, y clavará en él la mirada. 


Te levantas. Lo primero que haces es mirar el móvil. No hay nada. Ves en el fondo de pantalla tu coche; más concretamente las llantas de tu coche. Pero debes esperar. El papelito con tu número sabes que lo tiene, que se lo quedó guardado cuando se lo diste en el descanso del partido. De haber estado segura de su amor por Ignacio o del no-amor hacia ti, no lo hubiera cogido. Pero sí lo hizo. Y se lo guardó detrás del móvil, estrujado por la funda. Desayuna como siempre tu tostada de aguacate con queso con algo de sal y aceite y tu leche. Espera calmo, como un fórmula uno cuando espera a que se ponga verde el semáforo. 

Desayunas y te pones con tus cosas. Pero no puedes ponerte con ello. Te pueden los nervios del atrevimiento del amor. Miras el móvil como si no hubiera un mañana. Suena, por fin, y es un número desconocido. Es Ana. Te dice que Ignacio merece un respeto. Que ella no quiere nada contigo. Pero cogió el papel. Le dices que de acuerdo: que no la molestarás más. Te pregunta por el modelo de tu coche y cuánto te costó y cómo es que lo tienes siendo tan joven. Le contestas la mentira de añadirle unos cuantos miles de euros al precio real. Le dices que te encantan los coches, que tienes pensado viajar por toda Europa con tu coche. Te dirá que a ella también le encantan los coches. Ella trocea el papel para no dejar huellas del conato de infidelidad, o de la ya infidelidad. Pero ya te tiene agregado en la agenda de los contactos. Te pone otro nombre distinto al tuyo. Sonríes y ahora sí te pones con tus cosas.


miércoles, 27 de mayo de 2026

-Relato 6 de Francisco Castro Legaspi

 EL VIAJE

Prepara la mochila, no la maletita con ruedas. La mochila… cuanto más pequeña sea, mejor. Cuantas menos cosas lleves, mucho mejor aún. Sí, mucho mejor. Hazme caso. Te servirá de alivio. No hace falta llevar más que tres o cuatro prendas, que usarás solo una vez. Todo lo demás te sobra y te pesa. Bueno… no sé si decirte que te sobrará o, directamente, que no te van a hacer falta. Tal vez no sea lo mismo decir una cosa que la otra, pero da igual… No es conveniente llevar más de tres prendas, no vas a tener que vestir más que esas tres prendas, solo esas tres. Nada más. El resto hace que el viaje sea más complicado, más pesado y menos agradable.

Sal de tu casa temprano, al amanecer, cuando despierte el día. Ese es el momento apropiado; así aprovecharás mejor el tiempo que te queda por delante. Empieza siempre tu andadura con paso firme, decidido y sereno, nada de prisas. Esas son las que matan. En tu caso da lo mismo, pero no es igual. No tiene nada que ver comenzar el viaje con buen pie que acabar revolcado por el suelo tras una caída tonta, sin sentido ni motivo. Caerte por el simple hecho de no prestar la debida atención requiere mucho esfuerzo para volver a levantarse. Sigue mis indicaciones, hazme caso.

Ya sabes cuál será tu destino final, pero tienes alternativas para llegar hasta él. Es muy importante saber la dirección que vas a tomar. Normalmente son dos las alternativas que se te presentan por delante; tal vez tres, o cuatro, o cinco… o más. Sin embargo, suele suceder que alguna de las opciones no es viable: o tienes un árbol enfrente, o hay una pared que te impide el paso, o debes pasar por la puerta de la casa de alguien a quien no quieres ver, o simplemente no te apetece continuar por ese camino porque ya lo has recorrido muchas veces, lo tienes muy visto… hoy quieres aventurarte en algo nuevo y, dentro de lo posible, desconocido. Mejor dicho, poco transitado. Eso es, poco transitado. Porque visto, lo que se dice visto, ya lo tienes.

Lo importante es empezar y no detenerte hasta llegar al destino final. Escojas la salida que decidas, lo importante es que debes llegar a tu destino. Ese es el que has elegido y no puedes fallar, no puedes faltar. Te están esperando. Y no es muy gentil por tu parte hacer esperar a las personas que se acercarán para verte, porque sabes que lo han hecho por ti. Solo por ti, aunque luego hablen y digan cosas que no sean todo lo correctas que deberían ser en esos momentos. En fin…

Siempre hay alguien que habla de más, porque ha bebido de más. O no ha bebido, pero habla de más. Eso seguro. Dicen cosas que no deberían. También tengo que decirte, a tu favor, que puede que alguien se lo reproche y entonces rectifique. Aunque realmente no quiera hacerlo y se vea en la obligación de retractarse de sus palabras. Suele pasar, no es algo extraño. Para nada. Es normal. Bueno… no es lo mismo, pero da igual.

Sigamos... A lo que iba. No te detengas, no mires atrás, no te distraigas; recuerda que una caída no es lo más conveniente en estos momentos. En realidad, nunca lo es, pero ahora mucho menos. Sigue con paso firme, decidido y sereno. No tienes prisa, ya sabes que esa mata. Pero tampoco tienes pausa: debes llegar. Y debes hacerlo a tiempo, sin demasiada demora. Debes disfrutar del momento, eso es muy importante. Es tu decisión, tu elección, tu paseo, tu trayecto, tu viaje; el recorrido que has elegido y del que debes estar completamente seguro, para poder disfrutarlo.

Mientras transites por el camino escogido y avances con paso firme, decidido y sereno, recordarás y acudirán a tu memoria infinidad de imágenes, paisajes, personas, buenos y malos momentos vividos, recuerdos que te transportarán a otro tiempo. Tu cabeza puede estar en otro lugar, y eso no está mal; pero recuerda que debes mantener el paso firme, decidido y sereno. Además de acompasado y automático, propio de quien se rige por la costumbre. Eso es importante. Y eso sabes hacerlo muy bien, creo. Al menos esa es la opinión que tiene de ti mucha gente. Esa gente que te conoce bien, no de un día ni de dos. Tampoco por compartir parte de tu tiempo en un entorno determinado, como puede ser el centro de trabajo, el bar, la biblioteca o la espera del ascensor… Esas personas conocen sólo una parte de ti y no bastan para conformar tu imagen completa. No te conocen tal y como eres, no tienen ni idea de tu personalidad. Solo ven una faceta, quizá la menos representativa. En fin… Continuemos…

Quienes te hemos visto en diferentes tesituras, ambientes, reclamos y peticiones sabemos que te encierras en tus pensamientos, que estás como abstraído. Cuando te hablamos, muchas veces ni siquiera eres capaz de responder; no contestas. Es lo que te digo. Estás como abstraído, absorto, ensimismado, sumergido en tu propia vida interior. Todavía, a día de hoy, me sigo preguntando si lo haces para molestar o simplemente porque allí dentro te sientes más seguro y no asomas la cabeza hacia el exterior porque no le encuentras sentido a lo que ves, a lo que escuchas o a lo que sientes.

¿Puede que sea así? ¿Como te lo estoy contando en este momento? Porque al llamado de:

—Bartolo, Bartolo… ¿me oyes? Te estoy hablando a ti.

Tus respuestas casi siempre son las mismas:

—¿Cómo?... ¿A mí?... Sí… Disculpa, es que estaba dándole vueltas a un tema que me preocupa y me tiene trastornado. Es sobre un viaje… El viaje… En fin… Dime.

No sé por qué, pero el único sitio en el que realmente pareces ser tú mismo, interactuando y relacionándote con tu entorno más próximo, es el bar. Tal vez ahí seas el Bartolo de verdad y el otro es el farsante, el personaje que te has creado tú solito y que improvisas en el escenario de tu vida.

—¿No te parece?

Es muy curioso que hayas elegido el tute para relacionarte con los demás. Siempre en pareja y casi todas las veces con el mismo compañero, cantar veinte o cantar las cuarenta… Con las cartas en la mano, sentado y pendiente de tu compañero, de lo que van jugando los demás, concentrado... Se te ve como parte de la escenografía cotidiana. No desentonas, sabes lo que haces. Creo que te gusta compartir tus triunfos y que las derrotas sean menos dolorosas cuando se dividen entre dos.

De eso sabes mucho; llevas acumulados unos cuantos reveses durante estos últimos años. No solo aquellos que tienen que ver con el juego de cartas, sino también los otros, los que duelen de verdad. Quienes estamos a tu lado lo sabemos y respetamos tu silencio. Tenemos en cuenta que tu decisión, seguramente, no ha debido de ser nada fácil. Primero los síntomas, luego la espera; después el diagnóstico, luego la espera; a continuación, el tratamiento; luego la espera… Y ya, por fin, la resolución final.

También es verdad que ahora se te ve más sereno, menos tenso. La decisión del viaje te ha dado seguridad; se te nota en el semblante. Te ha despojado de esas imprecisas indecisiones que no te aportaban otra cosa que malhumor y ansiedad. Últimamente estabas insoportable.

Cuando te vemos caminar con paso firme, decidido y sereno nos alegramos por ti. El final está próximo y has empezado a acercarte a él. Sigue, no te detengas. Puedes ir disfrutando del paisaje; ya lo conoces, pero cada viaje es diferente. Y este, en particular, lo es para ti y para quienes hemos decidido acompañarte. Será importante que no guardes ningún rencor, que digas o dejes por escrito lo que quieras aclarar: malentendidos, fallos, errores, tensiones no resueltas, las sexuales y las que no lo son. Da igual, cualquiera sirve. Resuélvelas. Así viajarás más cómodo y con una carga interna menos pesada; andarás más tranquilo, peregrinarás más leve.

¿De qué te vale dejar aquí resquemores, dudas, sinsabores o cuestiones importantes sin resolver? Solo sirven para que te olviden más rápido; no tiene ningún sentido. Sigue andando y resolviendo entuertos pasados que te ayudarán en el transcurso del viaje, hasta el final. Siempre hasta el final de lo que has decidido.

Cuando llegues, entra por la puerta de atrás, que no te vean. No es conveniente. Puedes darte una ducha, secarte bien el pelo y peinarte después. Vístete con la camisa blanca, la corbata negra y la chaqueta gris oscuro, casi negro. De la cintura hacia abajo no te hace falta nada; ellos ya lo saben y tienen lo necesario para que todo se vea bien.

Una vez que estés dentro busca una posición cómoda, es muy importante. Como estarás acostado y con la cabeza ligeramente alzada sobre una especie de almohada, coloca los brazos a los costados del cuerpo, con las palmas de las manos hacia abajo, cierra los ojos y relájate.

En el ataúd solo hay espacio para ti. Ahora empieza el verdadero viaje; lo anterior fue solo el preludio.

miércoles, 6 de mayo de 2026

-Relato 6 de Federico Aresté

 A la noche la hizo Dios

Ahora que poco a poco el murmullo de la tarde va desapareciendo, vas a probar eso que te dijo el Padre Martín. Vas a nombrar las cosas que te rodean y se te presentan como inevitables, vas a anotarlas una a una en tu cuaderno azul para espantar esa desesperación tuya que no para de crecer. Se expande y crece en esta hora vacía mientras el mundo se aleja de la maravilla múltiple que alguna vez supo ser. Estás sentada frente al escritorio de tu habitación. El aire pesado de calor atonta la conciencia y la llena de una nostalgia peligrosa. Tenés las manos transpiradas y las piernas se pegotean a tu vestido verde y liso, lleno de bolitas y pelusas. Escuchas clarito los ruidos del otro lado de la puerta. Es la vieja que no para de ir de acá para allá. La podés adivinar buscando cosas en el aparador de la cocina, revolviendo los cajones de los cubiertos. Hace más de diez años que vivís con ella en la misma casa húmeda y fría, de una humedad pegajosa que se mezcla con olores rancios y te recuerda a la otra casa allá en el pueblo. Ese lugar al que no podés volver pero que sin embargo insiste en tus recuerdos. Se va de a ratos y después vuelve, aparece más vivo, más real. Pero vos sabés mejor que nadie que tenés que ser inteligente. Necesitas tranquilizarte y aguantar como sea.  Y para eso lo mejor es hacerle caso al padre Martin: respirar hondo y nombrar las cosas que te rodean. Respirar hondo y nombrar, bien sencillo. Anotar todos los sentimientos que te crecen desde adentro, lentos, como despertándose de una siesta pesada. Es necesario anotarlo todo. Anotar, por ejemplo, algo de ese olor de alcanfor que llega del río, arrastrado por un viento suave y cálido de fines de primavera. Esas sábanas de la cama blancas con círculos marrones caídas en el piso. Las paredes altas tapadas hasta arriba de papeles manchados de humedad. Algunas puntas de los papeles se despegan y caen. A un costado tuyo, el ropero grande de madera que llega casi hasta el techo. Arriba las cajas apiladas y las bolsas negras llenas de ropa de invierno. La madera del ropero gris. Esa última luz finísima de la tarde entrando por la ventana, anaranjada, lenta. Y del otro lado de la ventana la ciudad que se achica y enmudece, disminuye en esta hora la ciudad como disminuye también tu cuerpo entre estas cuatro paredes que son tu cárcel. 

Tenés en la mano una lapicera negra. Escribís en un cuaderno azul de tapa dura. Al lado del cuaderno están las Confesiones de Agustín que eran de tu tía Cristina. Elegís una página al azar y lees que a la noche la hizo Dios para que el hombre la gane transitando por sus sueños, como si fuera una calle. Y ahora en la calle además de la oscuridad de la noche vacía, están las bocinas y los autos que frenan. Están esos chasquidos de zapatos de mujer rebotando en el pavimento húmedo. Y entre todo esto y con cierto pavor, una pregunta impostergable te pone otra vez los pies sobre la tierra. La vida de toda esa gente ahí afuera ¿Ha sido más rica que esta vida tuya que se sabe encerrada? ¿Todo, absolutamente todo, puede ser justificado por tu plan?

Oís el agua salir de la canilla. Oís a la vieja moverse y acomodar cosas, andar de acá para allá. De seguro en un rato ya está golpeando la puerta para pedirte algo. Vos no tenés que dejar por nada del mundo que la rabia te gane. Por eso tenés que respirar hondo y hacerle caso al padre Martin. Él siempre tiene la razón. Vos sos una mujer creyente y no podés querer el mal, por más que una y otra vez este mundo vasto e incomprensible, no deje de conspirar contra tu alma.