martes, 14 de abril de 2026

-Relato 4 de Federico Aresté

ALGO NUEVO, LA HISTORIA DE MARTÍN G. 


PASADO RECIENTE

Después de mucho tiempo Martín volvió al pueblo. 

Estuvo años viviendo en Buenos Aires y nadie supo más de él hasta que volvió con su madre a la casona vieja de la calle principal. 

Desde que llegó, se la pasó caminando todas las tardes alrededor de la plaza. Arrancaba en la esquina frente a la heladería y seguía en dirección a la estación de servicios. Si uno se sentaba a las siete de la tarde en el café de Juan, lo veía pasar sólo y cada vez más flaco, sin cruzar palabra con nadie. 


PASADO PASADO

I

Cuando Martín terminó la secundaria se fue a estudiar a Buenos Aires. 

A los pocos días de empezar la cursada de cine se armó de un grupo de compañeros. Eran cuatro. Dos chicos de Córdoba y una chica de Capital Federal. Todas las tardes se juntaban después de clases a tomar cerveza en el bar de la esquina. Un lugar que estaba lleno de viejos y de tacheros que se la pasaban jugando al truco. Uno de esos bares que tienen camisetas de equipos de fútbol (de Boca, de San Lorenzo, de River y de Atlanta), y afiches de boxeadores en las paredes (la primera pelea en el Luna Park de Ringo Bonavena en 1965; Nicolino Locche después de bailar en Tokio). 

Los cuatro llegaban y se sentaban siempre en la misma mesa al lado de la ventana. Se quedaban hasta tarde hablando de películas y de libros. 

Todos hablaban mucho y sin parar. 

Martín sólo escuchaba y tomaba cerveza. 

No sabía muy bien cómo entrar en esa conversaciones que después practicaba solo frente al espejo. Ensayando respuestas inteligentes y profundas. Gesticulando con las manos como sus amigos nuevos. 


Una tarde Martín se emborrachó y terminó peleando a la salida del baño. 

Los otros se sorprendieron cuando lo vieron así, amagando con partirle a un tipo una botella en la cabeza. 

Pidieron disculpas y salieron a caminar. 

Caminaron y caminaron por las calles de Buenos Aires. 

Era marzo y todavía hacía mucho calor. Ese calor húmedo de las ciudades que se levantan a la orilla de los ríos y crecen dándole la espalda. Como si el río no estuviese ahí. Como si el río fuese una cosa mala y la humedad una forma de venganza. 


Al otro día en la facultad hicieron bromas con el agua del pueblo donde había nacido. Le preguntaron si tenía algo el agua que tomaban ahí. Un líquido que llenaba de rabia a la gente que parecía tranquila como él. Buena gente de campo igual que él. Pero en realidad esa idea de que en los pueblos chicos vive gente tranquila y medio boluda es una historia que se inventan en las ciudades. En los pueblos la gente vive peleando por cualquier cosa. Discutiendo a los gritos porque un pariente devolvió rota la parrilla prestada. Amenazando con una escopeta al perro del vecino porque mató alguna gallina y todo tipo de cosas así.


II

Primero pasaron los días y los meses, después los años de facultad hasta que Martín se recibió, y con el grupo de amigos armaron una productora de contenidos. Hicieron publicidades. Filmaron cortos y películas más largas y participaron de festivales de cine independiente en Mar del Plata y Montevideo, también viajaron a un festival en Colombia. 

Justo en esa misma época empezó a salir con Romina. Una piba que conoció en el último año de la facultad, en el taller de edición. Ella era porteña. Morocha, de piernas largas. La boca grande y roja. Por primera vez Martín sentía que era feliz. Se había mudado solo a un departamento en Parque Chacabuco y había comprado un Clio negro con unos ahorros y algo de plata prestada.

La primera vez que se fueron juntos fue después de una fiesta. Los dos estaban muy borrachos y terminaron en la casa de los padres de Romina que estaban de viaje. 

A partir de ahí nunca más se separaron. 

Hasta el día del accidente. 


AHORA

Estamos en uno de esos bares de Buenos Aires que son todos iguales. 

Después de dos años en el pueblo, Martín volvió a vivir a Capital. 

Ahora está sentado con una chica que conoció en una exposición de arte. Los dos están tomando cerveza. Él lleva aros grandes, anillos y pulseras de cuero. Está más flaco que hace unos meses, cuando se la pasaba todos los días caminando por la plaza. Tiene el pelo largo que le llega hasta los hombros, lleno de rulos. También lleva lentes. Apenas se le ven los tatuajes nuevos que tiene en el brazo porque el bar donde están tomando cerveza está casi oscuro. 

Martin no para de hablar. 

La chica lo escucha. 

Le cuenta sobre el accidente que tuvo hace unos años. 

Le cuenta que volvía manejando después de una fiesta en un camping cerca de Bariloche, y que al lado de él iba Romina. 

Cuenta que cuando llegaron a un semáforo, una camioneta cruzó en rojo y los chocó de costado. 

El auto dió vueltas y vueltas y cayó a un arroyo. 

La chica lo escucha. Él habla y toma cerveza. La chica le pregunta si cree que el accidente se habría evitado si él no hubiese manejado borracho. 

Él responde tranquilo que no. La camioneta cruzó el semáforo en rojo. Nada hubiese podido evitar lo que pasó. No dependía de él. 


En el bar ahora suena Prince. 

El videoclip se proyecta en la pared que tienen enfrente. Purple Rain. I only wanted to see you bathing in the purple rain. 

La música está fuerte y ellos apenas se escuchan. 

La chica también conoce la canción y mira el video. La cámara enfoca a los personajes del público que cantan y gritan. 

Martín le pregunta si le gustaría tomar otra cerveza en la barra. 

Ella dice que sí. 

Unos mozos se acercan, corren las mesas y las sillas vacías. Las juntan y las apilan a un costado. Las luces se apagan del todo. 

Prince sigue tocando la guitarra en la pared, yendo y viniendo por el escenario. El pelo negro y largo. La camisa blanca. 

Los tiempos están cambiando, dice Prince en inglés. Es hora de estirarse para alcanzar algo nuevo. 

Martín escucha la frase y cae en la cuenta que ya se hizo tarde. Es miércoles y mañana trabaja temprano. Piensa en el mejor camino para volver esquivando los controles de alcoholemia. Y piensa también que debería ofrecerle a la chica llevarla hasta su casa. De ninguna manera puede dejarla volver sola a casa a estas horas de la noche.


-Relato 4 de Miguel Quezadas

 Brahmán

 


Desde el día de la exposición ganadera, cuando Román lavaba la mierda de brahmán y vio a Laura acercarse acompañada de su familia, deseó casarse con la menor de los Mendoza.

Ese destino lo cambió Alfonso chico, al volver de Estados Unidos graduado en derecho.

Pasó en una fiesta, que Don Alfonso organizó en el rancho. Había contratado marimba, flauta y cantantes para toda la noche. Dentro de los invitados, estaba la familia de Laura.

Ahí los presentaron. Alfonso adoptó como de su propiedad los ojos felinos de Laura y ella su carácter recio.

Los trabajadores del rancho no estaban invitados, pero Román que limpiaba el establo, aprovechó para escabullirse «¿Está don Alfonso?» y ver una vez más a Laura.

—Hola. No sabía si ibas a venir.

—Yo menos.

Había algo en Román que le atraía a Laura, la única explicación era su sangre joven.

En los encuentros que tenían, Román sostenía los planes a futuro. Le ocultaba la certeza de que solo él sabía cómo administrar el dinero de los Mendoza y gestionar los miles de hectáreas llenas de cabezas de ganado. 

Sin embargo, un: «Me casaré con Alfonso». Bastó para acabar con la planeación.

Desde antes que los presentaran a fuego lento se había estado cocinado la aprobación de las familias. Laura nunca se lo dijo a Román, ni eso, ni que su amor solo era efervescencia pasajera o que la boda con Alfonso llevaba tiempo planeándose.

 

A Román no le quedó más remedio que casarse con la prima de Alfonso, Rita, una versión menos rica y menos del gusto de Román, pero con casi la misma cantidad de dinero que la familia Mendoza. «Te viene bien». Ella rozaba los cuarenta. Para alguien que perseguía la fortuna como los insectos a la luz, fue su gran oportunidad para ser parte de la familia.

Terminó como un terrateniente más. 

Los encuentros casuales se prolongaron con los años. Ya no era más efervescencia, se convirtió en un hábito que le nutría. A diferencia de Alfonso, Román solo le decía lo que quería escuchar.

Alfonso se fue a vivir a Ciudad de México, por un puesto en el Congreso. Se llevó consigo a Laura.

Román castigó a su corazón con alcohol de burdeles y noches de cantina. Pernoctaba hasta el amanecer, en parte por el supuesto amor por Laura y en otra parte, por costumbre.

Se decía hombre de una sola: de Laura. Con el alcohol encima hacía el amor, esculpiendo en la oscuridad a Laura y solo así entregaba todo. Reviviéndola a como la recordaba, con el vestido de flores y olanes del verano.

Al despertar; el olor, las sábanas y el calor de sus cuerpos, lo regresaban a la realidad, a Rita. 

Solo el recuerdo de limpiar la mierda de brahmán lo hacía no arrepentirse de lo que había hecho.

Desde esa misma Ciudad de México que se había llevado a Laura, llegó la noticia que había muerto. Cayó mal en todos, se escuchaba silencio en las reuniones, los propios y extraños compartían el dolor. Román solo sabía lidiar con ello llenando los espacios de alcohol. Se perdía y volvía a aparecer cada cuánto. Lo único que lo hizo no desaparecer por siempre fue que una carta que Rita recibió. Era de Alfonso desde Ciudad de México. Ahí entre tantos detalles, le pedía a aquel infeliz matrimonio su presencia en un rezo que iba a ofrecer.

—¿Por qué hasta allá?

—Ha de seguir dolido.

Para mí que él tuvo algo que ver.

—No seas desgraciado Román, ¿Cómo vas a decir eso? Falleció en un accidente de coches.

A mí me huele mal.

—No te oigan mis tíos.

Tomaron los trenes hasta llegar aliviados por el ajetreo. Los recibió una de tantas tardes de julio.  «¿Cómo te fue? ¿bien?» Al bajarse en el patio, una casa inmensa en el Pedregal los recibía imponente.

—Así que cuéntenme, ¿Cómo ha estado todo por allá?

—Pues todo bien… —Rita quiso responder, pero Román la interrumpió.

—Uno ya no sabe nada de allá, éste como ya no limpia la porquería del ganado se olvida de la familia. —Román fingió reír—. Desde que Laura se fue ya no cuento los días igual. Pero siéntense, llegaron justo a tiempo para comer. ¿Qué se les antoja? A mí una buena milanesa. ¡magda!... —De la cocina salió una joven, que escuchó con atención lo que Alfonso le decía al oído. La joven se fue a la cocina, hasta que regresó con tres platos.

A él y a Rita le habían servido milanesas, a Román un caldo de frijoles.

—Más tarde viene doña Esperanza.

—¿Y doña esa quién es?

—La rezadora.

—Tengo la duda de que si nada más vamos a ser nosotros

—Lamentablemente sí, nadie más.

—Es una pena Alfonso, pero no pasa nada, con la familia basta y sobra.

—Sí Rita, te agradezco. Igual, aprovechando que estamos en confianza, hay muchas cosas que uno no conoce, que he podido descubrir estos días que he estado de luto. Cosas que uno no se explica.

—¿A qué te refieres?

—Una de tantas ha sido ver que ahorita ya se puede hasta hablar con los muertos.

—¿Qué clase de muertos? —Rita le dio un codazo a Román para callarlo. Alfonso sonrió y se mordió el labio mirándolo fijamente.

—Me vas a decir que te da miedo.

—Le tengo más miedo a los vivos.

—Yo más a los muertos… pero de hambre. Es broma. —Ahora Román fue quien se mordió el labio.

Después de cenar, ambos se fueron a dormir. Román se despertó sudado con la marca del colchón en el rostro. Al mirar al frente vio a una señora en el marco de la puerta.

—Tienes ojos de hambre.

—Oye Alfonso… mira lo que me está diciendo tu muchacha. —A Román no le gustaba entablar conversación con las sirvientas, a pesar de que su madre había sido muchos años una. «Hijo ayúdame a cargar las bolsas».

—Ella es doña Esperanza, la médium. —Desde la sala.

—¿La qué?

—No te preocupes hijo, las ofensas no existen. No hay problema. Vine a llamarlos para que bajen a sentarse en la mesa. —Al bajar todos se acomodaron en una mesa circular.

—Oye Alfonso, ¿y ahora que se traen?

—¿No te dije? Vamos a hablar con Laura. 

—¿Es en serio?

—Sí y mucho. Hace unos días pude hablar con el abuelo. Y queda pendiente hablar con Laura.

Rita solo miraba a Román esperando su reacción, para seguirle la corriente.

La sesión comenzó tomándose de las manos y cerrando los ojos.

Las manos de todos se agitaban sin parar. Román sentía como el corazón le azotaba el pecho.

—Alfonso, amor, ¿eres tú de quien veo la luz? —Doña Esperanza comenzó a hablar con los ojos cerrados.

—Sí Laurita, aquí estoy, háblame.

—Aquí donde estoy yo… Es momento…

—Dinos cómo moriste. —Interrumpió Román

—Me quitaron la vida.

—¿Quién te mató? —Solo se quedó en silencio—. ¿Alguien de aquí te mató?

—Sí.

—¿Puedes señalarlo?  —Román solo volteó a ver con los dientes apretados a Alfonso. —Doña Esperanza comenzó a convulsionar y Alfonso tomó sus hombros hasta que se detuvo. 

—¡Nadie la toque! ¡Román! ¡trae agua, rápido!

Rita rezaba todas las oraciones que sabia.

—Cállate Rita, has de ser tú la que cebó la sesión. 

—¿Sabes por qué lo hice con ustedes aquí? 

Porque yo sé que ustedes eran, no sé… cercanos. ¿sabes?

—Bueno, creo que Rita y yo éramos cercanos a ella.

—De hecho, me refiero a ti.

—Ay Alfonso no andarás pensando mal de tu difunta esposa…

—No estoy hablando contigo. A ver, contesta. ¿Qué se traían?

—Mira Alfonso, entiendo que estés triste, todos lo estamos…

—No cambies el tema. Se hombre.

Román alzó la mirada al candelabro—. No, no sé de qué hablas. —Regresó a mirar el candelabro en el techo, como brillaba a pesar del tamaño del lugar.

—¿Y si te muestro esto? —Alfonso sacó un paquete de cartas, que se las lanzó una a una en la cara.

—¿Ya te acuerdas? —Le dio una bofetada seca que hizo eco.

—¿Cómo está doña Esperanza? ¿Ya podemos retomar?

—Ya. —Se levantó a la cocina.

—Excelente.

—Alfonso, creo que debes calmarte…

—¿Tú te calmarías si tu esposa te quisiera matar? ¿Encima para huir con un pobre diablo? Perdón, deja se lo pregunto a ella. —Alfonso giró. —¿Qué dirías Rita?

—Alfonso... ¿Cómo murió Laura? —Román se comenzaba a hacer para atrás.

—Pues hay que preguntarle. —Alfonso fue a la cocina a llamar a Doña Esperanza.

—Yo no voy a seguir con esto, vámonos. —Tomó la mano de Rita.

Doña esperanza se sentó a su lado.

—Alfonso, ¿cómo murió Laura?

—Por culpa de un pobre diablo como tú, por eso.

Doña Esperanza cerró los ojos, al decir que sintió la presencia de algo.

Rita se levantó a recoger las cartas y las comenzó a ojear.

—Algo está aquí, es una presencia femenina.

Rita leía las cartas. Lágrimas brotaban de sus ojos.

—¿Usaba un vestido blanco de flores?

—¡Sí es ella! —Al mismo tiempo.

—¿Cómo murió? —A Román se le rompía la voz.

—Caída, gritos, pelea…

—Doña Esperanza… —Alfonso se apretó la cabeza.

—Garganta, dos manos.

—Doña Esperanza, por favor…

—¡Auxilio!

—¡Cállese!, ¡cállese ya! —Román se interpuso entre él y la señora.

—Eso es lo que queda de Alfonso. —Doña Esperanza señalaba a un hombre sulfuroso, que renegaba y maldecía en el suelo.

Rita se puso de pie sin dejar que nadie la detuviese, salió por la puerta y no volvió hasta que tomó un taxi. 

Desde la exposición ganadera en la feria, Rita Mendoza, tuvo a su disposición tantas cabezas de res para toda una vida. Ahora cuando los peones limpian la mierda de los brahmanes. «Limpien bien y no se van hasta que acaben». Recuerda un desagradable pasado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

-Relato 4 de Gustavo Conde

JUE

El tiempo es una larga estela de luz. Tortugas moradas nadan en ella. Jue las sigue por unas calles bombardeadas por colas de luciérnagas. Se detienen y le advierten que ellos ya vienen a por él. Corre por el desierto de primavera y se oculta debajo de una estación de tren vacía. Ha sido el único en bajar. En el medio sólo hay una máquina de café y otra de tabaco. Son las once de la noche y tiene que esperar la llegada del Intercity Notte con dirección a Roma. Un viaje de seis horas. Su boleto no indica el andén que debe tomar (“¿es el de la izquierda o la derecha? ¿norte o sur?”). Los anuncios de los trenes los da una pequeña pantalla. Pero no le entiende. Él no habla italiano. El boleto, al ser un trasbordo, sólo dice: 

Train: Regionale TTPER 2483

Service: 2° Classe

Su refugio es la débil marquesina. Prende un cigarro de azufre (“maldita sea, ha comenzado a llover”). Un hombre sin rostro sale de las vías . Su ropa está empapada. Se sienta a su lado y le tapa los ojos con sus manos ensangrentadas. La izquierda tiene un agujero: el ojo del Aleph. Se asoma y puede ver todo lo que no ha vivido y jamás vivirá (“la música jamás tocada y la literatura no escrita”. Las luciérnagas siguen cayendo. Perforan su refugio. 

—Antes de nacer, ¿uno es feliz? —pregunta Jue.

Él hombre sin rostro no puede responder. Agarra sus manos y las coloca en su boca y, sin despegarlas, le cuenta su sueño en el que él sólo es un soldado volviendo a casa con su esposa e hijos. 

—Es el mismo que tengo yo en mis memorias ajenas —responde mientras se abraza a su saco y sigue —Yo no tengo casa… tengo donde dormir, pero nunca he tenido un hogar, ni siquiera cuando era un niño arropado por las hormigas. 

Un tren llega a la estación. Jue le pide al hombre sin rostro que le acompañe a su viaje, pero le dice que se le hace tarde para regar su jardín. 

—Me gustaría acompañarlo, pero debo llegar al final de la tarde antes de que la marquesina estalle. Espero volver a verlo pronto. 

Ambos hombres se dan la mano y el hombre sin rostro coge una luciérnaga y se la entrega a Jue, la guarda en su bolsillo (tan profundo que la luz se pierde al entrar en él). 

 

Jue siempre ha envidiado a los volcanes. A veces sólo desearía convertirse en uno y que el humo salga de él. Ya sólo respira ceniza. Sus pulmones son los restos de Pompeya. Toma trenes como fuma cigarrillos. En su interior se escuchan las olas de un mar a medio llenar (“me gustaría teñirlo de purpurina”). Su alma se pudre entre el lodo de su propio (“Cruenta barba que acompaña mi rostro de amargura y me ensucia”). Jue siempre ha considerado su vida un constante aleteo de cuervos hambrientos. Para él la felicidad es sólo un cuerpo moribundo y sin ojos esperando a ser devorado (“La sonrisa es una amnesia jamás aprendida”). Por momentos, cuando se siente en soledad se convierte en un niño coloreando en el suelo de su casa esperando la llegada de su padre. Durmiendo de madrugada entre las hormigas. Todas ellas le levantan y le llevan a la cama, lo arropan y le dan las buenas noches (“Mi sombra se ha transformado en un largo Goliat, pero yo no me llamo David”). Ha aprendido a comer girasoles en largos campos nocturnos hasta dejarlos en invierno. Los hombres son la sombra de su padre, pero nunca se materializan. Cada madrugada sin luna se lamenta por no poder leer. Toma el diccionario para escribir mejor (“He aprendido tantas palabras”). Busca entre las páginas la única palabra que nunca he podido decir: papá. 

 

(“No pienso volver a Roma jamás, tanto turista y tan poca realidad”). Jue llegó a Cerdeña días después. Una madrugada sin luna. Caminó hacia la costa y se quedó ahí un buen rato. A su derecha apareció el hombre sin rostro tocando el violín, un solo de “Primavera” de Vivaldi. Detrás suyo, formados en fila India, cientos de personas (“conozco los rostros de todos ellos”). Bailaban y se reían. Las mujeres le sonreían y los hombres estrechaban su mano. Era un carnaval.

—Gracias señor Jue —decían mientras pasaban frente suyo. 

—Es usted maravilloso, ¡todo un encanto! 

Jue comenzó a llorar. Reconocía los rostros de cada uno de ellos, porque eran todos los personajes de los que alguna vez había escrito, e incluso de los que apenas tenía pensado escribir… aquellos que sólo vivían en su mente estaban materializados frente a él y bailaban como luciérnagas de cola blanca y aplastada. 

A cada uno de ellos los abrazó. De su saco tomó la luciérnaga, su cola de faro apunto a una estela de luz y voló hacia el horizonte. Las personas se despidieron de Jue y caminaron hacia el mar (“pero no se vayan, por favor”). Se metieron a la helada agua y poco a poco fueron desapareciendo. Las hormigas fueron las últimas en irse. Y todo acabó.

En el silencio de la soledad Jue comprendió que este era el fin de su juventud; de idealizaciones justificadas sólo mientras podía permitirse soñar, pero ahora ninguna de ellas podía quedarse con él. Se quitó el saco y lo aventó al mar; le siguó la camisa y el pantalón. Desnudo se sentó en la arena y espero al amanecer. Las nubes se habían movido y dejaban asomarse con timidez a la luna (“hace tanto que no te veía”). Sus ojos soltaron una pequeña lágrima que se metió entre la arena y se echó a dormir. 

 

—¿No tiene identificación? —preguntó el policía. 

—Nada, ni ropa ni nada —respondió su compañero. 

—Ha muerto de hipotermia, ha sido una noche helada. 

—Debe tener aquí varios días, las hormigas rodean todo su cuerpo. 

—Llama a los forenses y tú has el papeleo. 

—A mí siempre me tocan estas cosas. 

—Guarda respeto por el hombre sin rostro. 

-Relato 4 de Alejandro Melguizo López

 Crónica de una relación extrauniversitaria 

David no era el más favorecido de la Facultad de Comunicación, ni siquiera de la clase. No llegaba al metro setenta y su nariz, larga, desproporcionaba el rostro, de ojos pequeños. Sin embargo, su nombre circulaba de una a otra boca de las muchachas. La razón: su intelecto. Una listeza altanera era la suya, que le permitía sumar en actitud. Daniel lo tenía fichado desde el primer día. En la clase introductoria de Derecho de la Información, el profesor preguntó a los alumnos, periodistas en ciernes, acerca de sus conocimientos sobre el mundo jurídico, y David levantó la mano, con el codo izquierdo apoyado en la mesa y la mano sujetándose las gafas haciendo pinza el pulgar y el índice, y expuso que lo fundamental se hallaba en deslindar el carácter público de la información. Daniel miró al profesor, a quien el rostro se le volvió feliz, como el de un niño que abandona la puerta del colegio el último viernes del curso. El profesor era un reconocido catedrático de Derecho Constitucional, el más aclamado, sí, el más aclamado en Sevilla, conocido también internacionalmente. Alumnos de cursos anteriores habían prevenido a los venideros de la condición estricta del docente («Siempre está serio»), de manera que la sonrisa devuelta a David hizo a este, de aquel día en adelante, alguien interesante, alguien con el aura de quien vence en toda guerra.


El redactor jefe llegó a la redacción y se dirigió a David y Daniel, que compartían mesa.


—¿Me permitís un momento? —expresó el superior. Desde aquel primer día habían pasado seis años: el tiempo de acabar la carrera, seguido de un distanciamiento por elección de caminos diferentes, que culminó con el encuentro de ambos, para sorpresa de ellos, en el mismo periódico local. Durante la carrera, Daniel había reprimido su opinión sobre David, de quien sentía que robaba todo protagonismo, de manera que graduarse fue una liberación. Cuando coincidieron, el rostro se le volvió blanco de tan solo recordar los tiempos de la carrera («¡Tía, hoy David me ha hablado!») a la vez que el pecho de David se hinchaba. En el tiempo que llevaban trabajando en el periódico, la relación era cordial, olvidadiza de cuando los estudios—. Hemos de hacer una crónica sobre la Feria, en concreto sobre el paso de la juventud por ella, y he pensado en vosotros, que sois los más jóvenes de la redacción.

—De acuerdo —dijo David sin pensárselo dos veces. Miró a Daniel y luego al redactor jefe, colocándose las gafas con sutileza—. ¿De qué se trataría exactamente? ¿Tenemos libertad en cuanto a los contenidos?

—Eso. —Daniel habló para integrarse en la conversación y así ocultar su primera sensación, que había sido la del disgusto. No le gustaban los borrachos («Un rebujito, rubia») y tampoco se veía preparado para trabajar en una misma pieza junto con David. En la carrera hicieron un trabajo de investigación periodística sobre el arbolado urbano de la ciudad. Un proyecto en grupo, el cual formó el profesor en cuestión. Daniel hubo de ceder en casi toda decisión periodística y formal en cuanto a la redacción del reportaje, y el resto de miembros eran dos franceses erasmus, que entendían poco, de manera que David tenía vía libre.

—Lo tendréis muy fácil. —La voz del redactor jefe sonó mientras algunos de los redactores tecleaban en la redacción y otros intentaban sonsacar información por teléfono a alguna fuente. El olor a café aromatizaba la escena—. Bueno, o no tan fácil. Eso no importa. Seguro que os sale genial. La idea es hacer un retrato de la semana más grande de Sevilla, de cada uno de los días. Vuestra misión será reflejar la vida joven en todos sus matices. Se publicará en digital. No tendréis que escribir nada más que eso. Y sí, tenéis libertad.


Cuando Daniel escuchó que «la idea» era «hacer un retrato», «reflejar» la vida, inmediatamente, como si la memoria se hubiera revuelto de un aldabonazo bien propinado, recordó una clase de segundo de carrera. Se trataba de Teoría del Periodismo, asignatura impartida por una profesora que, lejos de filtrar el contenido, era una mera vocera de los libros que leía. Así, un día, la docente afirmó con seguridad, como quien deletrea su nombre, que los periodistas deben ser objetivos, pues así lo leyó en los pocos autores a los que consultó al respecto. En la clase ya se sabía que toda mano levantada por David iba seguida de un ingenio que, o bien completaba lo dicho, o, por el contrario, lo censuraba. Así, Daniel, semana tras semana, fue curtiéndose y atendía con un foco exclusivo, total, a los profesores, con ánimo de adelantarse a David, aunque la mayoría de las veces levantar la mano quedaba en un ademán, en un conato protagonizado por la timidez. Pero aquella vez Daniel no sospechó oportunidad: lo que había dicho la profesora, pensaba equivocado, no era ni erróneo ni faltaba ser matizado: «Los periodistas deben ser objetivos». David levantó la mano y la profesora, como quien atisba una colleja, cedió la palabra:


—No estoy de acuerdo. —El tono convincente hizo que las muchachas que no estaban prestando atención en clase («Shh, que nos va a escuchar la profesora») comenzaran a hacerlo. David se sentaba siempre en última fila, pues no se sentía cómodo dando la espalda a nadie y quería distanciarse de los docentes, pero la voz siempre llegaba limpia a la tarima gracias a su técnica del habla, sustentada en el buen manejo del diafragma.

—Explíquese. —La profesora ya sabía que había perdido la batalla. No le quedaba otra que intentar mitigar su error—. ¿En qué exactamente no está usted de acuerdo? —La voz era de retintín—. ¿Acaso no debe contar un periodista la verdad?

—Los periodistas no deben ser objetivos. —Daniel se comenzó a morder las uñas, porque intuía que se avecinaba un nuevo remate victorioso. David resopló y se enderezó, como si el aire expulsado fuera proporcionalmente directo a los grados de inclinación perdidos—. Eso es un disparate. —El tono categórico con el que frecuentemente se dirigía a los profesores, barnizado de socarronería, incidía en su decisión, que parecía hecha a prueba de muerte.

—Justifique su respuesta. —La profesora, instintivamente miró el reloj. Viendo que quedaba bastante clase y que cortar a David la dejaría en mal lugar, pensó en idear una corrección de sus palabras que sonara coherente y la sacara del embrollo en que se encontraba—. Justifíquese, por favor.

—Decir que alguien debe ser algo… —El rictus mudó a la seriedad, a una seriedad todavía mayor, cuya puesta en escena David disfrutaba. Se sacó ligeramente las gafas y se las volvió a colocar, como quien encaja la bala en el revólver para posteriormente empuñarlo y, finalmente, soplar la polvora con aires victoriosos—. Que una persona deba ser de uno u otro modo quiere decir que, en rigor, dicha persona tiene asociada una función concreta.

—Así es. —La profesora intentaba ganarse su complicidad, y tenía aún la esperanza de que David la hubiese entendido mal y que, en el fondo, estuvieran de acuerdo.

—Dicho lo cual, cabe preguntarse si la objetividad es asociable a una persona. —Negó con la cabeza tres veces, despacio—. Cosa que no es así, con total claridad.

—¡Así se habla! —Una voz femenina brotó entre las cabezas flotantes del ala derecha del aula. Los alumnos habían dejado de mirar a David para ver la reacción de la profesora, a excepción de Daniel, que seguía con la mirada clavada en su compañero, anhelando algún ápice que permitiera tachar de sofisma su razonamiento, y así ganarse a las masas.

—Un periodista es una persona, es decir, un sujeto y, por tanto, valga la redundancia, se halla sujeto a sus circunstancias, que está claro que lo condicionan, de manera que un periodista, como tampoco un abogado, un profesor o un jardinero, puede ser objetivo. Luego, no queda otra que exigir a los periodistas la honestidad, la majestuosa y humana honestidad.


La Feria terminó. La crónica resultó ser de éxito gracias a los textos de David y las fotografías de Daniel, que así se repartieron el trabajo. La relación durante la semana fue buena, cordial. No afloró en ellos conversación alguna sobre su pasado universitario, a excepción de lo que aconteció la noche del miércoles, cuando comían luego de haber entrevistado a un cantaor flamenco, que, además de darle al cante, era activista. Estaban en la barra de la caseta en que había tenido lugar la entrevista cuando Daniel preguntó a David si creía que debían hacer trascender la crítica del cantaor al Ayuntamiento en cuanto a la gestión de la Feria en materia de condiciones laborales. David dejó a medio camino el trozo de tortilla. Se ajustó las gafas con ayuda de las yemas, que hacían presión hacia el entrecejo.


—Claro que no. 

—Pues… —Con la sequedad de quien está seguro de lo que dice—. Pues deberíamos. 

—Sí, claro. —La cara hizo una mueca de asco—. ¿Eres idiota? 

—Nos dieron libertad.

—Eres un ingenuo. —Con el paso de los años, alejándose de la etapa universitaria («¿Alguien me deja fuego?»), David fue convirtiendo su inteligencia en cinismo, un cinismo meditado, meditado como un cirujano aplica el bisturí. El mundo mercantil era todo una selva, más aún en el periodismo: los intereses comerciales y los políticos impedían cualquier intento de puesta en práctica del derecho a la libertad de información. Oponerse al sistema suponía, en la mayoría de los casos, perder el puesto de trabajo y, cuanto mayor fuera el acoplamiento en el mismo, tanto más eran las oportunidades de éxito—. ¿Quieres que nos vayamos para casita la semana que viene?

—Desde luego que es mejor que ser un mercenario de la información.

—Este es el mundo real, Daniel, no la universidad. 

—Exactamente. —Daniel cogió aire cerrando los ojos, que los abrió al ritmo de la espiración, con lentitud, sufriendo la vista de pronto los pocos segundos de oscuridad—. Y en el mundo real ya no eres el jefazo de todo.


La cena de Navidad tuvo lugar una noche fría, en un restaurante italiano en el centro de la ciudad. Todos los trabajadores, desde los redactores hasta el personal de limpieza pasando por el de seguridad, habían sugerido lugares para someterlos a votación, y el italiano fue idea de Daniel, quien había acudido en más de una ocasión («Un risotto, por favor»). Daniel era vegetariano, de manera que se trataba de un buen sitio para no quedarse con hambre. En la encuesta que se hizo por WhatsApp, añadió una breve nota indicando que agradecería un lugar donde él pudiera estar cómodo. Así, todos acordaron, haciendo un esfuerzo de empatía y porque la petición había sido respetuosa, elegir su propuesta, todos menos David, que silenció su disconformidad para no echarse encima al resto de la empresa.

En el periódico se había quedado vacante el puesto de redactor jefe de Nacional, sección que abarcaba, sobre todo, la política. Quien ocupaba el puesto, un periodista curtido, fue enviado como corresponsal a Asia. El director del periódico, condicionado por el grupo editorial, concluyó que la estrategia más viable y económica era contratar a un estudiante en prácticas como redactor, y que un redactor de los que ya estaban ascendiera de puesto. David y Daniel, y todos, sabían que la cena era poco menos que una conjura tácita, donde todos al mismo tiempo eran potenciales víctimas y triunfadores. Daniel, sin embargo, no pretendía obtener dicho puesto, que era un arma de doble filo, pues suponía un mejor contrato, pero también implicaba un mayor estrangulamiento de los tentáculos del poder. Su motivación, pues, residía en frustrar la ambición de David («Profesor, ¿qué me ha faltado para el diez?»), que, encima, se hallaba muy bien posicionado para hacerse con el despacho, pues operaba bajo la fórmula perfecta: ser duro con sus iguales y sumiso ante los superiores.


—Una pinsa del número tres —dijo el director.

—Otra igual para mí —prosiguió David, que presidía la mesa, rectangular. Al otro lado, frente a él, se encontraba Daniel, de manera que la mirada natural hacia el frente los hacía encontrarse una y otra vez. David, no obstante, cuando se cruzaban en la distancia hacía como que se ajustaba las gafas, y se perdía el intercambio de miradas. 

—Yo voy a querer una pinsa tricolor —expuso Daniel tras barajar varias opciones. Tras él fueron pidiendo los demás trabajadores, que lucían nerviosos


Durante la cena, Daniel estuvo observando que las compañeras prestaban atención a David, a sus comentarios diversos. Eso fastidiaba a Daniel, más aún cuando le recordaba a su juventud universitaria. A David lo miraban en la comida, y también en la rutina laboral. Daniel poseía un gesto atractivo: los ojos verdes y el pelo negro macizo ofrecían un contraste puro. Poseía un gesto atractivo, pero una personalidad compleja en su dimensión social: una persona indecisa («A mí no me preguntes, Daniel, tú sabrás qué carrera estudiar»), que sufría el síndrome del impostor. El interior opacaba su belleza, un interior que, casi siempre ausente de viveza, cubría de una pátina confusa su corporalidad. Pocas mujeres se atrevían a darle la oportunidad, y las que se la dieron encontraron a una persona correcta, pero insuficiente, insuficiente en la actitud que se le presupone a alguien sentimentalmente implicado.

Cuando alguien hablaba del periódico entre bocado y bocado, a ese alguien se le tachaba de impertinente, aunque en el fondo todos deseaban hablar de la vacante y otros asuntos relativos al trabajo. Al lado de David estaba el director, que veía en él a un buen redactor jefe, pero con demasiada actitud, con demasiada actitud como para no desear seguir escalando peldaños. De pronto, algunos comenzaron a contar chistes, y poco a poco el centro de atención fue dirigiéndose hacia la persona que llevaba la voz cantante. Daniel pensó en la crónica de la Feria de hacía unos meses. Decidió que la contaría en el momento en que David atraía a todos los presentes con la historia chistosa de dos catetos viajando por el mundo.

Entonces llegó el turno de Daniel. El protagonista del chiste improvisado se llamaba Damián, y la acción se ubicaba no en Sevilla, sino en Madrid, donde se había llevado a cabo una feria artificial inspirada en la local. La historia era ficticia, pero logró que David se pusiera rojo como un semáforo, aunque, al estar en el otro extremo de la mesa, pasó desapercibido para el resto. Damián era un personaje de sombras y luces, y para las primeras Daniel se había inspirado en su antiguo compañero de la universidad. La gente estaba expectante, pues la historia tenía verdadera intriga, hasta que el camarero apareció («¿Quieren algo de postre?») y dinamitó la experiencia. El camarero anotó un trozo de tarta de chocolate, otro de queso y una última especialidad de la casa, y Daniel prosiguió y, tras un par de minutos, terminó la historia. Se rieron todos, todos, menos David, y las muchachas que antes miraban a este dijeron que menudo idiota el tal Damián. David miró con fijeza a Daniel y, cuando Daniel lo encontró en la mirada, se reajustó con delicadeza las gafas, y sus ojos de pronto se ensancharon. El camarero llegó con los postres. Daniel se hizo con su tarta de queso, que le supo como cuando el viento airea el cabello con tanto refinamiento que acaba por aliviar, casi definitivamente, las tormentas de la cabeza.


-Relato 4 de Carmen Reinoso Calzado

AI NO CORRIDA

    El olor dulce a libros antiguos inundaba la habitación. Victoria, con su bata blanca desgastada, inspeccionaba documentos entre 1936 y 1939. «Fallecidos extranjeros en el bando republicano…». Se mordió el labio y miró al joven de rasgos asiáticos y frente tensa a su lado, que observaba con atención cada uno de sus movimientos. Era difícil encontrar lo que buscaba y los papeles se apilaban cada vez más. Un estornudo, provocado por los nuevos aires primaverales, les sacó del silencio.
    —Perdón.
    —Nada, nada, Tatsu. 
    —¿Ves algo? —Tomó aire.
    —Es muy difícil encontrar nombres extranjeros de voluntarios, más aún si murieron pronto. Puede que en algún archivo de Brasil tengan algo… si se apuntó desde allí. Sólo se conoce a Jack Shirai en el bando republicano.
    —Algo tiene que haber. ¿No?
    Victoria se encogió de hombros y dejó algunos papeles en la mesa. Se secó el sudor con un pañuelo y se recogió el pelo corto detrás de las orejas. «Pareces una marimacho». Hacía poco que se lo había cortado. Miró su reflejo en un cristal polvoriento y se vio pálida, casi como si llevara días sin salir de allí. 
    Tatsuya dejó escapar un soplido, pero su temple no mostró ninguna irritación juvenil con la actitud de ella, sólo frustración. Sacó una foto de su cartera y la dejó sobre la mesa. En ella dos hombres jóvenes, asiáticos, aparecían vestidos de forma tradicional con un yukata
    —Mi bisabuelo es el de la izquierda —señaló con su dedo encima de la foto—. El de la derecha es Hiro, su hermano pequeño.
    Victoria tomó la foto entre sus manos y sonrió. El papel estaba gastado ligeramente en sus bordes. «México era un pequeño paraíso». Pensó en su abuelo, que también había emigrado a América cuando era apenas un niño. Volvió con su familia a España años después, cuando no debería haber vuelto nunca. 

    Los días de búsqueda pasaban rápido. En la radio sonaba Ai No Corrida, baja, vibrando en la mesilla de noche. La cama estaba deshecha y Victoria permanecía tumbada en ella, con la sábana enredada en las piernas, sin cubrir su cuerpo. Tiró del brazo del joven, que fumaba sentado en el borde de la cama, para atraerlo hacia ella.
    —¿La entiendes? —preguntó Tatsu.
    —¿La canción?
    Él asintió con la cabeza.
    —Algo así. Es el título de una peli japonesa también, ¿no?
    Tatsuya sonrió mientras acariciaba su brazo. Le ofreció el cigarro. Victoria lo tomó sin pensar, a pesar de haberse prometido dejarlo de una vez.
    —Vicki… —empezó, pero le costaba encontrar las palabras—. ¿Te gusta trabajar ahí?
    —¿En el archivo? Sí. Creo. —Dio una pequeña calada y le devolvió el cigarrillo—. Pero la gente no suele encontrar lo que busca. Es muy frustrante.
    —Seguro que es mejor que una oficina en Japón —dijo—. Mi jefe es un cabrón. 
    Victoria sonrió. La de veces que había tenido que ver caras decepcionadas de las personas que pedían su ayuda. «Es como si no hubieran existido». Su móvil estaba apagado. Su vestido, su ropa interior y sus tacones estaban en el suelo. Mientras Tatsuya se relajaba a su lado, vio de nuevo la fotografía sobre la mesilla. La tomó entre sus manos cuidadosamente y la miró a contraluz. 
    —Muy guapo, tu bisabuelo.
    —Como yo.
    Tatsuya se rió y ella también. No se parecían en nada. Los dos jóvenes de la foto tenían un semblante tímido y caballeresco, cierta rigidez, como si la foto se hubiera hecho en un cuartel de militares en vez de un antiguo local de fotografías. El japonés que se reía a su lado tenía el pelo muy corto, casi rapado, y una expresión brusca en su cara. No tenía nada de caballeresco y era poco cuidadoso con su barba.

    La barba de Tatsu había crecido en las últimas semanas, Victoria la rozó con sus dedos y era suave. Aparcaron junto al cementerio en el que había un archivista con información de antiguos combatientes que llegaron desde Brasil. Muchos murieron allí. Victoria le puso la mano en el hombro a Tatsuya y notó la tensión en su piel. Daba igual lo que le dijese, el tema le transformaba en un hombre totalmente diferente, decidido y serio. Rebuscó en el bolso y tomó el teléfono. Había varias llamadas perdidas, pero las ignoró. Tragó saliva y salió del coche. 
    El cementerio no tenía nada especial. Nichos blancos, flores cuidadas, todo demasiado limpio, como si alguien hubiera pasado una goma de borrar por encima. Unos gatos callejeros se escondían al verlos. Un señor mayor, con andares quejumbrosos, se acercó a ambos y los saludó.
    —No había muchos japoneses, dos o tres. Es probable que estén en una fosa común, que es el problema. Y nadie mayor recuerda bien nombres extranjeros.
    Tatsuya sacudió la cabeza y miró a Victoria, que se lo intentó explicar con el traductor de Google. Es difícil de explicarlo incluso a personas que son españolas.
    —Vicki. ¿Y si está aquí? ¿Y si…? —Victoria sacudió la cabeza y lo agarró del brazo para volver al coche.

    Llovía tanto que parecía que el pueblo iba a desbordarse. Victoria recibió otra llamada de su marido por teléfono, pero se cortaba todo el tiempo. Era imposible comunicarse así. «No tengo ganas de escuchar esas tonterías. Vives en otro planeta». Sacudió su cabello mojado con una toalla. La voz de Tatsuya le llegó de golpe y apagó el teléfono. Le miró con una ceja levantada y reprimió una risa. Parecía darle igual. Traía comida del hotel y trataba de distraerse con la televisión, pero ella no podía.
    —Tatsu. Es muy posible que no encuentres nada sobre el hermano de tu bisabuelo. Menos aún dónde están sus restos.
    —¿Por qué dices eso ahora?
    —Escúchame bien. Ni los españoles podemos—. Sacudió su cabello hacia atrás, mojando la cama. «Nadie abre las puñeteras fosas”. Risas en el programa de la televisión.— Yo no sé dónde están mis bisabuelos.
    —Pues yo voy a seguir intentándolo. ¡Joder! Parece que no tienes ganas de seguir.
    —Sólo soy realista. Ya he visto miles de historias así. Son para nada, Tatsu.
    —¡Es importante para mí! No voy a dejarlo, joder. Es lo único que tengo.
    Victoria suspiró y llevó sus manos a la parte tensa del cuello. Asintió con la cabeza y observó que Tatsuya miraba de nuevo la fotografía. Le imaginaba tras un escritorio, con su corbata, callado y educado y no parecía él. Era como si hablar español y soltar palabrotas de vez en cuando fuese su forma natural. Se rió de repente. Él la miró.
    —¿Qué te pasa? Tonta—. Él también sonrió, pero su mirada y su sonrisa se perdieron por completo en la fotografía.

    Al salir de la ciudad, el cementerio quedaba cada vez más atrás, entre muros bajos y tierra removida. En el retrovisor sólo aparecían imágenes agitadas por el tiempo: nichos, tierra, señalización, árboles, gente curiosa, ojos ajenos, jolgorio, fiestas del pueblo, madres, padres, niños, ancianos que sabían mucho, otros que olvidaron todo y carretera. Tatsuya rompió el silencio al encender la radio. Esa canción volvió a sonar. 

    I'm drowning, don't save me…

    Pararon en un pequeño hostal. Él sacó la fotografía y la dejó en su mano.
    —Para que me la guardes —dijo.
    Victoria dejó la foto en la mesa y agarró su mano en silencio.

- Relato 4 de Sergio Peral

La grieta en el vaso



La habitación no cambia, o cambia lo justo para que parezca que sí, como esas mentiras pequeñas que uno se cuenta para no aceptar que sigue metido en el mismo sitio; en la periferia, en ese piso donde el pasillo huele a lejía y comida, él —treinta y dos como mucho, esa edad en la que ya no puedes culpar de todo al instituto pero tampoco sabes a quién coño culpar— se sienta en la cama que cruje igual que entonces, con el mando en la mano, sin encender nada, mirando la pantalla apagada, esperando que ahí salga algo distinto, algo que no fuera él otra vez.

En la mesilla sigue el vaso de agua a medias, siempre a medias, como si terminarlo fuera comprometerse con algo mínimo y ni eso; «acaba lo que empiezas», le soltó el padre una noche, con la televisión de fondo y el telediario hablando de muertos que no importaban, y ahora esa frase vuelve sin pedir permiso mientras él se rasca el brazo, se levanta, se sienta otra vez, deja el mando, lo coge, lo deja, ese tipo de coreografía cutre que nadie ve pero que se repite todos los días, dando la sensación de que alguien le está grabando para un documental que nadie quiere ver: como si tuviera que justificar en algún maldito informe que esto también es vivir, aunque no sirva para nada, mientras alguien decide si pasa o no al siguiente trámite.

Se acerca al espejo del armario, el espejo que nunca devuelve del todo bien la cara, siempre reflejándola un poco torcida, dudando de él. Durante un segundo ve al chaval de quince, el del pupitre, el del bigote incipiente, el de las risas de detrás y de las del mismísimo profesor de cincuenta y muchos que tonteaba con mirada cómplice con la chica con la que fantaseaba él, mientras ella se sumaba a las risas de toda la clase al mismo tiempo que alguien escupía resguardado en los pupitres más retrasados, con desprecio irónico, un «aféitate amargado»; y no hace falta recordar más porque el cuerpo ya se encarga de apretar solo, los hombros suben, la mandíbula se tensa, y entonces se ríe de sí mismo con una risa seca, de mierda, porque ya ni siquiera intenta consolarse, ha aprendido algo peor: acostumbrarse, que es lo mismo que  vivir dentro de la herida sin tocarla demasiado.

Casi una hora después, la ventana está medio bajada, igual que antes, porque subirla del todo sigue dando esa sensación de que alguien mira desde enfrente, aunque no haya nadie, aunque eso ya debería haber pasado; pero no pasa, se queda, es ese ruido que no se va del todo, igual que cuando alguien te dice «no es para tanto» y te dan ganas de partirle la cara solo para comprobar si entonces sí es para tanto, pero no lo haces, claro, nunca lo haces, y por eso todo sigue igual de limpio por fuera.

—¿Vas a salir hoy por fin o qué?

La voz llega desde el pasillo, la madre, o el padre, da igual porque suenan igual cuando preguntan eso, como si salir fuera una solución y no otra forma de esconderse; él no responde, ni siquiera mira la puerta, se queda quieto, con esa inmovilidad que parece calma pero es otra cosa, y recuerda sin querer «abre la puerta cuando te hablo», otra vez el padre, otra vez el tono, y entonces se levanta despacio pero no para abrir, sino para ir a la mesa de la pequeña televisión, tocar el mando, moverlo un centímetro, como si eso fuera hacer algo.

El deseo no es grande ni bonito, no es cambiar de vida ni hostias así, es algo más pequeño y más jodido: que esto se apague un rato, que la cabeza deje de repetir escenas, que el cuerpo no reaccione solo a cosas que ya pasaron; salir, sí, pero salir de verdad, no bajar a la calle y volver igual, sino salir de ese sitio que no es la habitación pero está en la habitación, ese sitio que no se ve pero manda, como un puto jefe invisible.

La pared está cubierta hasta el techo de carteles de grupos de música rock y folk, de pensadores y cineastas; allí sigue el póster de Nirvana, torcido, nunca lo arregla; el «hello, hello, hello, how low?…» de la canción Smells Like Teen Spirit de la banda de Kurt Cobain, himno de una generación perdida y vacía, sonaba cada tarde en esa habitación hace mucho tiempo ya, allí mismo, con la persiana bajada y el mando en la mano, quería creer que el siguiente nivel del último videojuego de moda recién comprado iba a arreglar algo, y lo peor no es que no lo arreglara, lo peor es que durante un rato parecía que sí, y ese rato es el que te jode para siempre porque te enseña que puedes engañarte; ahora ni siquiera enciende la consola y apenas el ordenador, ya no hay ni ese consuelo barato, ya no merece la pena ni masturbarse.

Se sienta otra vez en la cama y el colchón hace el mismo ruido, ese ruido que debería ser neutro pero no lo es, porque arrastra años, arrastra tardes, arrastra esa sensación de estar perdiendo algo sin saber exactamente qué, y entonces mira el vaso otra vez, tiene una grieta que cada día va a más, lo coge, lo levanta un poco, lo deja sin beber, como siempre, y eso ya es casi un gesto importante dentro de su nada, casi una decisión. La puerta se abre sin llamar esta vez, el padre asoma medio cuerpo, no entra del todo, nunca entra del todo, parece que quisiera salir allí huyendo.

—Luego no digas que no lo intento, ¿vienes?

Se queda un segundo más, esperando algo que no llega; no responde, y se va. El pasillo vuelve a quedarse en silencio, ese silencio que no es tranquilo sino tedioso de cojones, lo mismo que si alguien hubiera dejado algo sin decir, y se quedara flotando incómodo en el ambiente; él no se mueve, mira la puerta cerrada, luego el espejo, luego el mando, y durante un instante muy corto, casi invisible, parece que va a hacer algo distinto, cualquier cosa, pero no, no hace nada, se queda ahí, con la sensación de que todo está a punto de empezar y de que ya empezó hace mucho. Y el vaso sigue a medias, a medio camino de algo que no termina nunca, y él lo mira desde la cama como si en ese nivel de agua hubiera una medida exacta de su vida. Ni vacío ni lleno, siempre en ese punto intermedio que no obliga a decidir nada o deja en la indecisión más absoluta; el vaso no lo usa ni para tomarse las pastillas. Se tumba otra vez sin quitarse la ropa, zapatillas puestas, una postura de alguien que no acaba de llegar ni de irse, y durante unos segundos parece dormido, pero no, los ojos están abiertos, clavados en la grieta del techo que ahora parece más larga, o quizá siempre estuvo así y él no la veía, «no mires tanto», le soltó alguien una vez, una chica, o una enfermera, o una mezcla de ambas, y desde entonces mirar se le quedó como una manía rara, una forma de quedarse fuera.

Han pasado horas, es por la noche y el pasillo vuelve a sonar, no fuerte, pero lo suficiente para que él no pueda fingir que no hay nadie fuera; pasos que se detienen justo antes de la puerta, ese quedarse ahí que es peor que entrar, porque deja todo en suspensión, como si alguien esperara que él hiciera algo por su cuenta, y eso ya es mucho pedir. No se mueve. Sigue mirando la grieta, midiendo sin querer cuánto ha crecido desde la última vez, da la sensación de que las cosas que no se arreglan se van estirando solas lentamente ocupando más sitio. «Levántate ya», otra frase vieja, no sabe si del padre o de un profesor, pero su escuálido cuerpo reacciona igual, con una tensión breve ante una orden que no llega a cumplirse.

La puerta se abre al final, sin llamar esta vez, del todo, y el padre entra un poco más que antes, no mucho, lo justo para que se note que hoy tiene menos paciencia o más ganas de joder, que a veces es lo mismo. Lleva la camiseta de casa, esa que no debería salir del salón, y un olor mezclado de colonia barata y café que se cuela en la habitación, pareciendo que también quiere opinar.

—Te estás quedando tonto aquí dentro.

La frase cae sin adornos, limpia, como si fuera un dato y no una provocación. Él no responde, ni gira la cabeza, pero el brazo se le mueve solo, un gesto mínimo, la mano que busca el mando aunque ya lo tiene cerca, como si necesitara agarrarse a algo que no contesta.

—Te lo digo en serio.

El largo silencio genera tensión. El padre da un paso más, mira la habitación como si la viera por primera vez, el póster torcido, la persiana a medias, el vaso, siempre el puto vaso ahí.

—Ni bebes eso.

No es una crítica grande, es peor, es de esas pequeñas que se meten debajo de la piel porque son verdad y porque no importan nada. «Acaba lo que empiezas»; otra vez, la frase vuelve sola, se coloca encima de la escena como una jodida capa de polvo que no se quita nunca. Él se incorpora un poco en la cama, lo justo para no parecer tumbado del todo, pero sin llegar a sentarse, una postura intermedia, como todo lo demás.

—Déjame, me duele la cabeza.

La voz le sale más baja de lo que quería. No suena a orden, suena a cansancio. El padre resopla, se rasca la barba, mira hacia la puerta, parece querer irse pero al final no se va todavía, se queda ese segundo de más que convierte todo en algo incómodo, lo mismo que cuando alguien alarga una despedida sin motivo.

—Tu madre dice que salgas luego.

No dice para qué, tampoco hace falta. Comer, sentarse, ver una peli, fingir conversación, ese teatro mínimo que no arregla nada pero mantiene las cosas en pie.

—Luego.

El padre asiente, pero no parece convencido. Se da la vuelta y sale. Esta vez cierra la puerta, no del todo fuerte, pero sí más de lo normal, lo suficiente para que el golpe quede un segundo vibrando en la pared. Él se queda solo otra vez. No hay alivio; nunca lo hay del todo. Se incorpora ahora sí, se sienta en el borde de la cama, los pies en el suelo, las zapatillas mal puestas, una más floja que la otra. Mira el vaso, lo coge, lo levanta. El agua se mueve un poco, ese temblor mínimo que parece más importante de lo que es. «¿Qué miras?»; la frase aparece sin aviso, clara, una chica rubia en la clínica, los ojos clavados en él como si lo hubiera pillado haciendo algo sucio cuando solo estaba mirando, y él pidiendo perdón sin saber muy bien por qué, bajando la vista como un reflejo automático. Se le queda pegada la sensación en el pecho, esa mezcla de vergüenza y rabia que no llega a salir nunca del todo. 

Da un trago, poco, apenas moja la boca y lo deja otra vez. Se levanta y va hacia la ventana, la sube un poco más de lo habitual, no del todo, nunca del todo, pero lo suficiente para que entre más aire, aunque el aire tampoco arregle nada. Mira hacia la calle. Gente pasando, normal, cada uno con lo suyo, nadie mirando hacia arriba, nadie pensando en él, y eso debería tranquilizar, pero no lo hace, porque entonces la pregunta cambia: si a nadie le importa, ¿para qué coño moverse?, ¿para qué hostias sobrevivir? Se apoya en el marco, el hombro contra la pared, y nota el cuerpo raro, no dolor, no exactamente, pero algo incómodo, como si llevara demasiado tiempo dentro de sí mismo. Se rasca la cicatriz del antebrazo otra vez, aquella herida de la que hace tiempo brotaba sangre a borbotones tras golpear desesperado e impotente el cristal de la ventana que estalló en mil pedazos mientras se cubría prácticamente todo el suelo de la habitación, de un color rojo intenso, oscuro, brillante; de nuevo hace ese gesto repetido que ya ni registra, es una forma de tocar algo para no tocar lo demás.

—Sal a cenar.

La voz de la madre ahora, desde más lejos, más apagada, parece advertir de antemano que sus palabras no van a servir de mucho pero las pronuncia igual, quizá por costumbre, por no dejar de intentarlo del todo. Él no contesta. «Luego no digas que no lo intento», «egoísta», «mira cómo tienes a tu madre»; el padre otra vez, mezclado con el presente, las voces superpuestas, como si no hubiera diferencia entre ahora y antes, como si todo fuera la misma escena repitiéndose en bucle con ligeras variaciones. Se separa de la ventana y vuelve a la cama, se sienta. Mira el mando, lo coge. Lo deja, lo vuelve a coger. Pulsa un botón sin mirar siquiera a la tele; la pantalla sigue negra. Durante un segundo parece que va a encenderla pero no lo hace porque ya ni funciona. Se queda ahí, con el mando en la mano, el vaso quebrado a medias en la mesa, la grieta arriba, el pasillo detrás de la puerta, la casa funcionando sin él y con él dentro, la ciudad funcionando sin él y con él dentro, el mundo funcionando sin él y con él dentro, como si fuera una pieza que no encaja pero que tampoco se pudiera quitar.

Y en ese punto, justo ahí, algo se mueve, muy poco, casi nada, una idea o un impulso o simplemente cansancio acumulado que cambia de sitio, y no es que vaya a levantarse ni a salir ni a arreglar nada; no hay heroica, no hay decisión limpia, pero sí una incomodidad nueva, distinta, más difícil de ignorar que las otras. Mientras traga otra pastilla, aprieta el mando; no pasa nada, lo deja. Mira el vaso otra vez, esta vez no lo toca. Levanta la mirada hacia la grieta del techo y se queda ahí, completamente quieto, con la sensación de que si se mueve será por algo peor que antes o por nada en absoluto, un absurdo que a estas alturas ya es prácticamente lo mismo que dejarse reducir a la nada más absoluta, a ser invisible, a no ser nadie, a no vivir, a no existir.