martes, 28 de abril de 2026

-Relato 5 de Federico Aresté

 LA SANGRE DEL INDIO

Con Omar teníamos que censar los campos que nos marcó el intendente. En ese tiempo, los dos trabajábamos como empleados de hacienda. 

Recuerdo bien ese día. Eran las últimas horas de una tarde de verano y el cielo se cubría de a poco. Íbamos por un camino de tierra paralelo a las vías del ferrocarril Mitre. A un costado, unos patos chapuceaban en un arroyo reseco, a punto de desaparecer. Arriba y adelante, el sol se escondía entre algunas nubes sin forma, rodeado de todos los colores del atardecer, recortándose entre los sauces que aparecían y desaparecían a los costados del camino. 

Algunos dicen que todo el campo habla una misma lengua, y que esa lengua es el silencio. Con Omar viajábamos enredados en uno muy raro, distinto al que conocíamos desde que empezamos a trabajar juntos. Sólo se escuchaba entre nosotros el ruido de la radio. Una voz de hombre que pronosticaba tormenta con vientos fuertes y llenos de tierra.

El viaje siguió y el cielo se puso negro de golpe. Nos faltaban quince kilómetros para llegar a «La Margarita». Las historias sobre esa estancia eran tantas y tan variadas como los hombres que pasaron por ahí, y pudieron conocer a Don Ernesto Codeyro, su dueño. 

Al llegar a la tranquera, un hombre se acercó a caballo. Era Alberto, el capataz. Un tipo flaco y alto, de ojos marrones. Las orejas grandes y puntiagudas, de unos cuarenta y pico de años. Lo cruzábamos seguido en el pueblo haciendo las compras para su patrón que, desde la muerte de su mujer, hacía más de veinte años, nunca más había salido de la estancia. 

También se comentaba en el pueblo que Don Ernesto lo había adoptado a Alberto cuando era muy chico, después de quedar huérfano, y que por eso lo dejaba vivir en la casa principal con él. Se decía que toda la familia de Alberto había muerto en un enfrentamiento confuso. Todos menos su padre: el indio Casimiro. Él había podido escapar, y por algún motivo, nunca volvió a buscar a su hijo. Se decía en el pueblo que las tierras de la estancia de Don Ernesto habían sido antes de la familia del indio, y que por eso mismo los mandó a matar a todos. 

Llegamos al casco y bajamos de la camioneta. Don Ernesto se acercó a saludarnos. Dijo que nos había estado esperando toda la tarde. Hablamos de cómo venía el trabajo, de las demás estancias. El viejo tenía alrededor de ochenta años aunque parecía de menos. Un hombre con mucha vitalidad, de buen porte, elegante, de tez blanca y ojos saltones y celestes. Llevaba anillos y pulseras de oro. También tenía una medalla de plata con el número cuarenta y ocho grabado en las dos caras. Más tarde nos contó la historia. Era el año de cuando compraron la estancia con su mujer, la difunta Margarita.  

Algunos decían en el pueblo que Don Ernesto, en realidad, tenía más de ciento veinte años, y que seguía viviendo gracias a una promesa y a un sacrificio. La misma historia contaba que su muerte, de ocurrir, sería doble y monstruosa. Pero nadie hacía del todo caso a esas habladurías, una de tantas que se decían en el pueblo.

Entramos en la casa principal. Un chalet ubicado de norte a sur, con el techo a dos aguas. Una larga galería cruzaba de punta a punta todo el frente. En las esquinas de la azotea había cañones que apuntaban al cielo. Tiempo atrás los habían usado para avisar cuando las bandas de cuatreros llegaban al campo arrasando con todo, robando cuantos animales cruzaban en el camino. Entonces se hacían dos o tres disparos para alertar a los campos vecinos, y darles tiempo a preparar la defensa. 

En la sala principal estábamos los tres. Nos acomodamos alrededor de una mesa enorme para comer unos fiambres. Mientras Don Ernesto llenaba las copas de vino, miré por la ventana y vi como la noche se desparramaba por el campo. No se veía nada más allá de las luces que alumbraban el jardín. Cada tanto algunos truenos iluminaban el cielo y después se perdían a lo lejos. 

«Flor de tormenta se armó. Con lo bien que nos viene el agua», comentó Don Ernesto, acercándose a la ventana y lamentando que Alberto estaba en el campo vecino arreglando unos asuntos que, según aclaró, no podían esperar. «El pobre de Alberto va a tener que pasar la noche en lo de Gregorio. No va a poder volver con esta tormenta». 

Al rato los tres nos olvidamos de Alberto. Comimos hasta reventar y seguimos tomando vino. Don Ernesto nos invitó a pasar la noche en la estancia. Con Omar aceptamos sin pensarlo. No teníamos ningún apuro en volver. Y a decir verdad, nos convenía quedarnos en la zona para seguir censando al otro día los campos que nos faltaban. 

Después Don Ernesto recordó su casamiento con Margarita. Entre habanos y vinos nos contó toda su vida con ella. Nos habló de los árboles que habían plantado juntos en el jardín, de la importancia que tenían esas plantas para él. Y nos contó también de la promesa que le hizo a su esposa antes de morir. Debía cuidar el jardín todos los días y hacerlo crecer tanto como fuera posible. Un jardín de lo más exótico, lleno de plantas de todas partes del mundo.

Con Omar lo escuchábamos cansados. Hacía más de diecinueve horas que estábamos despiertos. Estuvimos un rato más en la charla hasta que Don Ernesto nos acompañó a la habitación. 

Adentro, una lámpara de pie iluminaba el escritorio. Me puse a terminar los informes mientras esperaba que Omar terminara de ducharse, y dejara libre el baño. Pero no podía dejar de pensar en la medalla de Don Ernesto. Trataba de no distraerme, quería no pensar en todas esas historias y concentrarme solo en el trabajo. Necesitaba terminar de una vez y tirarme a dormir. Había sido un día largo y nos esperaba otro igual, o peor. 

Cuando terminé de escribir, Omar todavía no había vuelto. Empecé a caminar por el pasillo en dirección al baño. La puerta estaba cerrada. Por abajo se notaba la luz prendida. El resto de la casa estaba en silencio y oscura. Volví al escritorio y me puse a revisar los informes por última vez. 

Unos minutos más tarde, Omar entró a la habitación con un farol en la mano: 

«¿Damos una vuelta? Acá encontré esto para alumbrarnos». 

Le dije que estaba loco, que al otro día teníamos que arrancar temprano, que no estábamos para tonterías. 

«¿Me vas a decir que no te intriga saber? Don Ernesto se fue a dormir, y Alberto no está. La ventana sale derecho al fondo del casco». 

Caminamos por atrás del jardín. No había señales de nada. Sólo las ramas que dejó la tormenta desparramadas por el piso. Y los charcos de agua que cada tanto nos obligaban a alejarnos del camino que llevaba hasta el fondo. 

«Al final son puras mentiras. Acá no hay nada», renegué.

«Vayamos para allá», dijo Omar, iluminando hacia el norte del jardín donde unos eucaliptos se movían con el viento.

Cuando llegamos a un alambrado, cerca de la manga de un corral, vimos el aljibe. Nos acercamos con cuidado y lo abrimos. Era la entrada al túnel. Adentro había una escalera. Primero bajó Omar. Yo lo seguí. Había un olor terrible a humedad. Las paredes eran de barro y parecía que podían venirse abajo en cualquier momento. Unas maderas podridas y destartaladas apuntalaban el techo. Empezamos a caminar. Omar iba adelante con el farol. El otro extremo del túnel parecía cerca y a medida que nos acercábamos se escuchaba un grito cada vez más fuerte. Hasta que nos topamos con un codo que mandaba el túnel en otra dirección y el grito se apagó de golpe. Nosotros seguimos caminando. Y el grito de nuevo muy cerca. Omar giró el farol hacia la izquierda y vimos un calabozo. Un hombre saltó desde la oscuridad y se prendió de las rejas. No paraba de gritar. Estaba vestido con un traje lleno de agujeros. La piel de la cara agrietada, llena de escamas. El hombre se echó para atrás y con Omar empezamos a forzar la reja. La puerta se abrió y pasó lo peor. El hombre cayó desmayado delante de nosotros. Se desplomó en el suelo y empezó a largar un olor asqueroso. Todo el cuerpo se volvió amarillo de golpe. Y de un momento a otro solo quedaron los huesos del esqueleto tirados en el piso, adentro del traje agujereado. 

Volvimos corriendo hasta la entrada del túnel. Subimos las escaleras y fuimos en dirección a la casa. Omar alumbró un bulto en el suelo. Era otro esqueleto. Los huesos de la mano estaban agarrados a una olla de comida caliente que todavía largaba vapor. Pasamos por afuera de la habitación de Don Ernesto y la luz estaba prendida. 

Subimos a la camioneta. Omar manejó por el camino de tierra que todavía estaba embarrado. Cuando llegamos a la tranquera un búho estaba parado en un palo del alambrado. Las luces de la camioneta lo encandilaron y salió volando. Yo abrí la tranquera y tomamos el camino en dirección al pueblo. En ese momento sentí que me faltaba el aire. Bajé un poco el vidrio para respirar y ahí fue cuando cruzamos a Alberto, que volvía galopando a la estancia a toda velocidad. 

Omar enseguida buscó algo en el bolsillo del pantalón. Era la medalla de oro de Don Ernesto. La agarré. Me quedé mirándola un rato y después la tiré por la ventana. Los ojos de Omar me cruzaron convencidos de algo. Arriba de nosotros estaba la noche abierta de la pampa, las estrellas por todas partes. La tormenta por fin ya se había ido del todo. 


-Relato 5 de Carmen Reinoso Calzado

 Sangre
    Agarro la linterna con fuerza y le hago una señal con la cabeza a Tania. Ella asiente, se echa el cabello hacia atrás y se coloca delante con otra linterna. El aire huele a cerrado y humedad, el suelo se pega en mis botas, pero Tania, Cati y yo seguimos andando. Miro hacia atrás. Cati es una chica menuda y con el pelo corto, se muerde el labio hasta provocar una herida. Me llevo un dedo a la boca y ella mira hacia el suelo.
    Es un lugar que está a punto de caerse por el propio peso del tiempo. Las ventanas están rotas, sus marcos ennegrecidos y los grafitis cubren las paredes como manchas. Tania sigue andando con más contundencia, sin parar, mientras Cati y yo nos quedamos un poco atrás. La antigua clase debe estar cerca. Los pasillos se alargan con las sombras y los cristales se pegan a nuestras suelas. Sólo Tania sigue adelante.
    —Aquí está. La clase donde murió ese niño.
    Leemos muchas revistas sobre casos así y a Tania le obsesiona ese caso en concreto. Todas decidimos conocer la vieja clase antes de que todo fuese demolido. Empujo la puerta y la madera roza el suelo. Los pelos de la nuca se me erizan con el sonido.
    —Vamos a preparar todo —digo. « Joder, qué páginas más raras veis en Internet». Saco un papel con una ouija dibujada con boli bic.
    Paso la mano por encima de una mesa aún en pie y levanto polvo, toso un poco. Dejo la ouija encima y la aliso con mi palma. Cati se muerde el labio otra vez. Yo saco el vaso que traigo en mi bolso y lo pongo en el centro de la ouija. Nos sentamos, tomamos aire y ponemos los dedos encima del vaso. 
    —¿Hay alguien con nosotras ahora mismo?
    La voz de Tania rebota por las paredes de la clase. Un golpe seco. Un pájaro cercano ha levantado vuelo y los cristales que quedaban en los bordes de la ventana caen al suelo. Pegamos un respingo. Volvemos a colocar los dedos.
    Repite la pregunta y no pasa nada. Miro a Cati, que se muerde las uñas de su mano libre.
    —¿Hay algo con nosotras ahora mismo?
    El vaso se desliza y se detiene en el «Sí». Tania traga saliva y yo sigo mirando a Cati, que abre los ojos como un búho.
    —¿Quieres algo de nosotras? —Sonrío levemente. Intento no soltar una risita.
    El vaso vuelve a moverse hacia el «Sí». 
    —¿Por qué has hecho esa pregunta, tía? —dice Tania, con la frente en tensión—. Joder.
    —Es lo típico. ¿No? 
    —No. Ahora hay algo que quiere algo de nosotras.
    Cati carraspea y Tania le mira. Es la única que no ha hablado aún. Tania le hace un gesto con la mano, ella me mira y yo asiento.
    —¿Qué… Qué quieres? 
    El vaso no se mueve. Tomamos aire conjuntamente y Cati levanta la mano un momento. Yo la agarro de la mano con fuerza y la vuelvo a colocar sobre el vaso. 
    —Si te vas ahora es peligroso para ti. 
    Cati suelta un soplido y deja su mano ahí. Todo su cuerpo tiembla. Le tomo la mano libre y la agarro. «Si empezamos, lo terminamos». La linterna de Tania se mueve y la luz refleja sombras en las paredes. Siento la humedad en mi cabello, pegando el flequillo en mi frente.
    —¿Y si cerramos? —propone Tania.
    —¿Qué es lo que quieres de nosotras? —vuelvo a preguntar. 
    Tania frunce el ceño y no tiene tiempo de replicar. El vaso se mueve en dirección de diferentes letras. 
    S. A. N. G. R. E. 
    —Esto es coña, ¿no? ¡Qué cojones! —grita Tania, pero no levanta su dedo del vaso. 
    —Vamos a seguir. 
    —¡Tía! Cerramos y nos piramos. 
    —No podemos cerrar así. Lo sabes.
    Tania coge aire y levanta las cejas. Sigue con su dedo apretado en el vasol a pesar de negar todo el tiempo con la cabeza. Cati agarra mi mano con demasiada fuerza y yo se la aparto.
    —¿Sangre de qué? —pregunto. 
    El vaso se mueve al instante. 
    T. A. N. I. A. 
    Tania suelta un grito y se levanta de un salto. Niega con la cabeza mientras yo y Cati le agarramos de los brazos y tiramos hacia abajo para que vuelva a sentarse. El suelo está pegajoso y sus botas resbalan en el suelo. 
    —Vamos a cortar. Tías, esto me da muy mal rollo. ¿Por qué mi sangre? 
    —Te… Te podemos hacer un cortecito pequeño y ya —dice Cati. 
    —¡Hazte tú el puto corte!
    Tania vuelve a intentar levantarse pero la sujetamos por los brazos. Miro a Cati y sonrío. Ella se muerde el labio de nuevo. Le hago una señal y sujeta a Tania por los brazos mientras yo me coloco encima de sus piernas. Ella no deja de gritar y moverse, pero yo coloco mis manos en su garganta con fuerza y aprieto hasta que se queda sin aire. 
    Se queda inmóvil en poco tiempo. Tomamos su brazo y le realizamos dos cortes profundos y limpios en sus venas, dejando la sangre sobre la ouija. Volvemos a poner las manos en el vaso y cerramos la sesión. Me guardo el vaso y el boli bic. 
    Al día siguiente, nadie encuentra a Tania. «A nosotras nos dijo que iba a ver a su novio» . Mi ropa, en el lavadero, aún huele a humedad, pero no está sucia. Cati y yo hacemos carteles de búsqueda, recortamos fotos de Tania y las pegamos con cinta en las esquinas. A veces, los reporteros de la televisión vienen a entrevistarnos. Siempre llevo un pintalabios rojo para ocasiones imprevistas como estas. En nuestras redes sociales también subimos carteles de búsqueda y pedimos difusión. 
    Cati no sale de casa últimamente. Hace unos días, han demolido el antiguo colegio del barrio. Paso muchos días alrededor de las ruinas y golpeando los restos con mis botas. El cartel que pusimos de Tania hace una semana tiene ya los bordes rasgados y la tinta está desgastada.

RELATO 5 GUSTAVO CONDE

CONVERSACIÓN DE CIGARRILLOS 


Lo conocí por casualidad en un tren nocturno de nueve horas. Subió durante esas paradas eternas que suelen hacer los viajes baratos. Se sentó frente a mí: era un hombre en sus cincuentas, con una larga barba gris, una camisa blanca desfajada y un pantalón desgastado. El tren comenzó a andar y los negros prados italianos se iluminaron por la ventana, pero la niebla no dejaba ver el horizonte. Ambos nos echamos a dormir. De vez en cuando el tren paraba en medio de la nada y la luz se iba por un rato, dejando los vagones a oscuras por varios minutos. Ahí despertabámos y nos veíamos fijamente. 

Yo saqué un cigarro y lo encendí. El hombre me vio y habló:

—¿Americano? —preguntó.

—¿Cómo lo sabe? —le pregunté. 

—Tienes que ser americano o muy idiota para fumar en un vagón a estas horas... e idiota no te ves. 

—Todos están dormidos, ¿qué más da? 

—Parece que no conoces a la gente de este país. 

—Tampoco me interesa conocerlos.  

—¿Para dónde vas? 

—Hasta donde llegue el tren… o donde me tiren. 

—Ya veo. Yo viví así durante mucho tiempo. Ahora la vida no me da. 

—A mí me va a dar. 

—Seguro que sí. ¿Te gusta el whisky? —El hombre se levantó y tomó su maleta del portaequipajes, la colocó en el asiento de junto y sacó una botella —El que suba a este vagón tendrá que buscar otro lugar para sentarse. 

—Sí, bastante. 

—¿Y las cartas, hijo? 

—También. 

El hombre sacó dos vasos. Sirvió un poco de whisky en ambos y me lo entregó.

—Te tengo una propuesta. Juguemos a las cartas. Si tú ganas te quedas con el resto de la botella, pero si yo gano tú me das tus cigarros. Este primer trago te lo invito yo. 

Eran mis últimos cigarrillos. Y ya no me quedaba dinero para ninguna otra cajetilla. Hacia tiempo que no tenía ni un centavo. Todavía me quedaba bastante tiempo de viaje, y al ritmo del tren tardaría horas en poder conseguir más.  Lo miré a los ojos y le dije que no, que no me interesaba jugar con él. Que se consiguiera a otro niñato para verle la cara. 

—No te quiero ver la cara, sólo que también llevo un viaje largo y quiero fumar. 

—En la próxima parada se puede bajar y comprar unos en la máquina de tabacos. 

—Ya, pero esa forma de vivir no me interesa, hijo. 

—A usted lo que le gusta es joder, por lo que veo. 

—La verdad sí. Me encanta joder y se ve que tú eres un hombre con suerte.

—Son mis últimos cigarrillos. No puedo perderlos. 

—Te ves muy joven para estresarte por quedarte sin cigarrillos. Siempre hay momento de conseguir más en el camino. El tren hará muchas paradas y ya te digo yo que bajarás en muchas de ellas. Pero hijo, te pregunto: ¿Qué harás cuando te quedes sin dinero?

—Eso ya pasó. No me queda nada. 

—Normal, y es lo mejor que te puede pasar.

—Ya. No se siente así. 

—¿Sabes liar cigarrillos? 

—No, eso no se hace en América. 

—Yo te enseño —el hombre sacó de su bolsa un paquete de tabaco, filtros y papeles de liar. Se colocó un filtro en la boca, extendió el papel y con sus dedos cogió un poco de tabaco —procura no excederte en lo que agarras ni tampoco tomes poco, porque al final te jode todo —colocó el tabaco y lo extendió por todo el papel. Lo comenzó a enrolar lentamente.

»Hay momentos que lo construyes rápido y otros lento. Que a punto de acabar se te desarma, o que no lo cierras bien. Con el tiempo lo harás cada vez mejor, pero nunca perfecto.  Al principio a nadie le sale bien. No te frustres. 

El hombre terminó de armar el cigarrillo. Tan delgado y bien hecho. Le presté mi mechero. Lo encendió y le dio un pitillo.

—Y ya te digo yo que el mejor momento siempre es cuando lo terminas de armas…y te lo fumas tranquilo 

»Ahora que ya sabes armarlos, ¿te animas a jugar a las cartas conmigo? 

Acepté. Comenzamos a jugar. El hombre se lo tomaba con calma. De vez en cuando le tomaba a su whisky y yo hacía lo mismo. Los juegos que me tocaban eran malísimos. 

Siguió la noche. La gente subía y bajaba del tren. Los dos estábamos borrachos de whisky y yo cada vez con menos cigarrillos. 

—Sabes, hijo. Si has estado perdiendo es porque no arriesgas y no ves bien lo que ocurre. Debes estar atento para usar las cartas a tu favor. 

—Ya, pero también con las cartas que me tocan estoy jodido desde el inicio. 

—Todas las manos son ganadoras y perdedoras si las sabes usar bien. 

—Ni un as me has dado. 

—El as es cuestión de suerte. A algunos les toca a la primera, a otros a la mitad y a algunos jamás les llega. Pero no te lamentes por algo que no puedes manejar. 

A punto de terminar el trayecto y con sólo un cigarrillo en la cajetilla el hombre me vio y dijo: 

—Si ganas esta última partida te devuelvo todos los cigarrillos que te quité, si yo gano, tú me das ese último. 

—Vale. 

Vi mis cartas. Sin as, otra vez. El hombre bebió de su whisky y ahí lo noté. Cada vez que le tocaba un as él bebía. Jugué eso a mi favor y manejé el juego de un modo que me favoreciera. 

Al revelar las cartas finales le gané. El hombre me dio la mano. Me entregó los cigarrillos. Dividió el último trago de whisky y me lo dio. 

—Un trato es un trato —dijo. 

Le sonreí por primera vez en toda la noche. Le di mi mitad de cigarrillos. El tren se detuvo. Ambos nos bajamos en esa parada. Afuera ya era de madrugada y el sol comenzaba a levantarse por el cielo. Los campos ya no existían. Todo era el inicio de una ciudad y el final de la noche. Nos despedimos y me entregó un as de su baraja. 

—Un regalo, fue un placer viajar contigo. 

Él se fue para la izquierda y yo para la derecha. Nunca nos volvimos a ver.  

- Relato 5 de Francisco Castro Legaspi

 

DESENCUENTRO

Me acerco hasta los carros de la compra, meto la moneda en la ranura y saco uno. Mientras lo empujo, me doy cuenta de que le chirría una rueda. Siempre hay alguno al que le chirría o se le dobla alguna rueda. Este tiene lo dos fallos, pero no vuelvo a cambiarlo por otro. Me conformo con lo que el destino me ha proporcionado. Es lo que me tocó.

Parece que el carro tiene vida propia y quiere llevarme al sitio que le da la gana. Como esos caballos que te llevan al lugar donde quieren estar tranquilos: da igual el movimiento que hagas con las riendas, la presión de las piernas… te llevan donde quieren. Lo que cambia es que el carro, su rueda, tiene un sonido agudo. Muy desagradable, insistente. Es como si quisiera decir algo que yo no termino de entender.

Manuela camina cerca, un poco más adelante. No me mira. Solo tiene ojos para las estanterías: mermeladas, potitos, leches, galletas… Se queda un rato comparando los precios. Mira todo lo que tiene a un lado y al otro del pasillo. Menos a mí. La rueda chirría, pero ella sigue concentrada en su escáner visual.

Hemos venido juntas. Aunque mi función es seguirla. Manuela decide y yo obedezco. No tenemos hecha una lista; lo tiene todo en su cabeza.

—Necesitamos leche —dice ella.

Asiento, aunque no haga falta, y en un gesto automático, como el de empujar el trasto que me ha tocado o como el de seguirla, cojo un brick de leche y lo meto en el carro. La rueda chirría; avanzo medio metro y se dobla. El carro me empuja hacia los detergentes… Intento maniobrar hacia el otro lado del pasillo, pero el carro no quiere. Me cuesta hacerlo entrar en mi recorrido. Ella me mira.

—Y pañales. —Añade.

Suelta esa palabra. Aquí no hay bebés, ni pañales, pero lo dice como si los hubiera. Seguramente los tiene en su lista mental. Escucho lo que dice, luego la miro, y ella continúa andando hacia adelante; se acerca a la sección de limpieza.

—No tenemos un bebé —digo despacio.

No suena como me hubiese gustado. Suena seco, distante y no era lo que pretendía. Tal vez me salió así, como lo pensaba. O no lo pensé demasiado y me salió de esa forma. Ella se detiene. Me mira: es la primera vez que lo hace desde que entramos al supermercado. Sus ojos son los mismos de siempre, pero no me miran igual. Es algo que ya hemos hablado muchas veces, y seguimos sin acuerdo. Hay algo más tenso en su mirada, es inquisidora. Acto seguido suelta la frase que cae como una bomba:

—Podríamos tenerlo —dice, y sigue caminando delante de mí.

La rueda del carro deja de chirriar porque ya no lo estoy empujando. Me detengo, respiro. Se hace un silencio extraño. Es raro, porque estamos rodeados de personas comprando que ni siquiera nos ven. Pasan de a dos, de a tres, solas, pero siempre empujan un carro cargado con diferentes cosas.

—No —respondo.

Ella deja de mirarme, vuelve a caminar delante de mí. Y yo continúo empujando el carro de la rueda que chirría y que se dobla. Ahora me lleva hacia la zona de los encurtidos. Mientras intento enderezarlo, escucho una voz femenina:

—¿Nos llevamos los pepinillos?

—Sí. Me encantan —responde la voz de una niña pequeña—. Pero que sean de los picantes.

—No pueden ser picantes porque a tu hermana no le gustan.

—Me da igual, yo quiero los picantes… ¡Quiero los que pican!... ¡Quiero los que pican!... ¡Los que pican!... La voz de la niña comienza en un sollozo y va acrecentándose hasta unos alaridos que se meten por los oídos y acaban por taladrar el cerebro de quienes estamos alrededor.

Empujo el carro con todas mis fuerzas. Ya me da igual que chirríe, porque casi no lo puedo oír. La rueda se dobla. Empujo con más fuerza aún y consigo encaminar mi destino hacia la sección de frutas. Allí, seguro que no hay infantes que berreen.  Naranjas, manzanas, plátanos, piñas, mandarinas, todas expuestas en orden y, sobre todo… en silencio. Cojo una manzana, como un acto reflejo. Sin pensar. La dejo en el carro y me dispongo a probar con otra pieza de fruta.

—Siempre haces eso —dice Manuela.

—¿Qué es lo que hago?

—Hacer cosas sin pensar.

—Si, hay veces que la razón queda por debajo del deseo. Es solo una manzana.

—No es por la manzana. Es por no pararte a pensar en lo que haces.

—Supongo que todo el mundo hace algo, alguna vez, que no se corresponde con la razón; que sólo tiene que ver con el deseo, con el goce o el disfrute del momento. Nada más. Como cuando le pegue un mordisco a esta manzana. ¿Quieres?

—Déjalo ya, no hagas el ridículo. Sigamos con la compra, por favor.

Vuelvo a empujar el carro, y la rueda continúa con el chirrido molesto. Pasamos por las vitrinas de los congelados y veo nuestras figuras reflejadas. Somos dos personas normales que están haciendo la compra; nada demuestra lo contrario. Sin embargo, estamos distanciándonos. Hemos discutido por una manzana, aunque llevamos semanas haciéndolo. No es por la manzana. Si hubiese cogido una naranja, habría sucedido lo mismo.

Manuela se detiene frente a los yogures. Hay miles, de muchos colores y formas diferentes. En ese pasillo hace frío; lo puedo sentir en los huesos y en la garganta. No estoy cómoda. Coge uno, lo examina, lo vuelve a dejar. Coge otro y hace lo mismo. Hasta que coge uno que pone mi primer Danone.

—Quiero tener un hijo —dice sin soltar los yogures y sin mirarme.

—Lo sé —respondo secamente.

—No. No entiendes lo que eso significa.

—Tienes razón, puede ser que no lo entienda.

Sigo empujando el carro, y escucho chirriar la rueda más que nunca. Ahora soy yo la que se aparta de Manuela. Estoy un poco más adelante. Al final del pasillo veo a una familia. O lo que se supone que es una familia: padre, madre y dos hijas pequeñas. Reconozco a la niña de los pepinillos, que lleva en la mano un enorme paquete de gusanitos, pero ya no grita: ahora solo engulle los snacks de maíz. La más pequeña va sentada dentro del carro, llorando y golpeando con los pies porque la hermana no le ofrece de lo que tiene en la bolsa. La madre, con actitud decidida, desaparece por el fondo del pasillo con la niña pequeña y deja a la mayor con el padre.

Manuela se pone a mi lado. Ahora me mira.

—Podríamos ser nosotras —dice en voz baja.

No le respondo y sigo empujando el carro, ella me adelanta. Unos metros más adelante me pongo a su lado; siempre vuelvo a su lado.  La rueda sigue con el infame chirrido. Me detengo. Hay gente por todos lados; nos esquivan… Cada una va a lo suyo.

En la esquina del pasillo del café está la niña de los pepinillos; sigue con los gusanitos. Está sola. Vuelvo la cabeza hacia los dos lados, pero no veo al resto de su familia. Manuela se agacha a su altura y le pregunta su nombre. La niña no le responde y frunce el ceño.

—¿Con quién estás, bonita?

La niña sigue sin contestar. Manuela le ofrece su mano y la niña se la coge, sin soltar la bolsa de gusanitos. Yo las sigo con el carro que chirría y que me lleva siempre hacia el lado derecho. Empujo con todas mis fuerzas para volver a enderezarlo; siento como me duele el brazo. Van juntas hacia la caja más cercana y le dice a la cajera que la ha encontrado sola. Por la megafonía suena la voz de la encargada.

Desde el extremo opuesto del supermercado se ve correr a la madre que se aproxima rápidamente hacia nosotras. Llega empujando el carro en el que va montada la niña pequeña. Tiene la cara desencajada entre el miedo, la desesperación y la angustia. Se acerca a la niña y la abraza, mientras le recrimina que no debe alejarse de ella.

—Y a tu padre ya le vale… —dice en voz alta, mientras se lleva a la niña de la mano.

Es la primera vez que no hay nadie a nuestro alrededor. Manuela cierra los ojos unos segundos, luego los abre. Hay algo de cansancio en su mirada. Pagamos, salimos a la calle y consigo dejar el carro con la rueda que chirría en su sitio. Recupero la moneda, me la guardo en el bolsillo. ¡Por fin! Se acabó la tortura: ya no voy a escuchar más ese molesto sonido agudo y constante.

—No quiero perderte —dice ella de repente.

—No vas a perderme —digo, pero no suena convincente. Ni siquiera para mí.

—Entonces dime que sí.

—No puedo —respondo.

—Entonces ya me estás perdiendo.

Seguimos las dos andando hacia el coche en silencio. Yo llevo en una mano la bolsa con las compras y en la otra las llaves. La veo de espaldas y la sigo, como hago siempre.

-Relato 5 de Miguel Quezadas Barahona

 No me pasó nada

 

Todos bebimos tragos e hicimos muecas. Iván estaba tumbado en una silla, José cantaba con las canciones que yo ponía y otros me pedían que las cambiara. 

—¡Quítenle el celular a Javier! —gritaron.

Alondra me quitó el teléfono y cambió la canción. Comenzó a poner su propia lista.

—Mejor dénselo a Carlos, trae buenas rolas. 

Se lo dieron a Carlos y además de poner ritmos tropicales, se levantó y comenzó a bailar contoneando las caderas y sacudiendo los hombros.

 

Tiramos en una bolsa negra los platos con sobras. Con la mesa vacía Iván sugirió cantarle Las Mañanitas a Alondra, pero fue ella misma quien desistió pues aún no regresaba su novio. Algunos aprovecharon para bailar igual que Carlos. Yo veía todo sentado, moviendo mi dedo en señal de negativa ante cualquier invitación a unirme. 

Su novio Fernando regresó de comprar más cervezas, pero tenía las manos vacías.

—Mataron al Pelón. Hay un montón de motos y carros por todos lados —dijo.

—Hay que ver las noticias. —Alondra sacó su teléfono y comenzó a buscar.

Los demás también lo hicieron.

—Están quemando coches en las colonias.

—¿Cómo nos vamos a regresar? —Revisé la hora. Eran las diez.

—¿Tenías que llegar a hacer algo? —José se asomó a la calle y me había volteado a ver. Yo le hice un ademán de que no importaba y le dije que, si bien me urgía, aún tenía tiempo—. Es personal. Alondra nos ofreció su casa—. Hay sitio para todos. —Yo miré uno de los sillones, amagué con sentarme, pero después de palpar la textura, me senté en las sillas igual que todos. 

—Está peligroso. La idea es no llamar la atención. —Alguien sugirió apagar la música por completo. Hablaron de que, si veían movimiento en las casas, a punta de armas nos podrían hacer algo.

Alondra sacó un juego. Todos nos sentamos alrededor de la mesa donde ella comenzó a barajar. Repartía cartas de colores a las más de doce personas que había a su alrededor.

—Cerraron la entrada de la ciudad. Me dice un primo que le prendieron fuego a su coche. —Guardó su celular. 

Hubo un silencio—. 

    ¡Ay, padre!  —dijeron algunos.

Revisé el reloj. Ahora eran las diez y media. 

    —¿Será que mañana sí podremos pasar? —le pregunté a todos en la mesa.

—Esperemos, pero hoy va a estar así toda la noche. Solo que se vayan mañana temprano —dijo Alondra.

Conforme pasaban las horas los bostezos empezaban a mostrarse. Bajamos el volumen de la música y nos refugiamos en el interior de la casa. 

—Oigan, hay que jugar a otra cosa. —Alondra se levantó y volvió con otro juego.

Era una lotería. Para marcar las casillas usaríamos pequeños vasos con tequila.

Ahí, en su comedor, estuvimos todos a escasos centímetros. Roger se sentó a mi lado.

—Oye, supe que se te metieron a robar. ¿Estás bien?

—Sí. Todo bien. Fue el susto más que nada.

—¿Pero lo reportaste o algo? ¿Te hicieron algo?

—No. Cuando me vieron se espantaron y salieron corriendo.

—¿Les enseñaste el machete?

—Sí.

—Menos mal. Con la delincuencia ahorita ya no se puede. Ve ahora lo que hicieron porque mataron al Pelón…

—¡Lotería! Todos toman.

 

Después de unas cuantas partidas, el alcohol se acabó.

—Oye, no invitaste a Kevin —dijo una chica.

—Sí. Iba a venir más tarde, pero con esto obviamente ya no —respondió Alondra.

Revisé la hora, que marcaba las dos de la mañana. Ya nadie hablaba y estábamos hacinados los unos con los otros. Esperábamos con los brazos cruzados, otros se recargaban a como podían del respaldo de la silla. 

Todos entrecerraban los ojos en medio de la poca luz del lugar y los colores del estéreo.

Ahí comenzaron las conversaciones sobre cómo nos conocimos, lo que planeábamos hacer en el futuro y las bromas internas.

—¿Y tú qué harás?

—Pienso entrar a trabajar con Cheveto. —respondí.

—Pero tú habías dicho que te interesaba la política. 

En un acto reflejo, volteé a ver a Iván, que sin esperarlo respondió esa pregunta.

—Sí. Es que lo que pasa es que don ese se va a lanzar de diputado, entonces queremos ese conecte. Pero eso no se sabe… es secreto. ¿Verdad, Javier?

Alondra nos deseó suerte. Yo solo le dije que cuando eso pasara lo primero que haría sería pagarles la cuenta en el antro. 

—¿Qué te pasó en las manos? —dijo Alondra.

Roger respondió por mí. 

    —Se metieron a robar a su casa.

—¡Madre santa! ¿Pero estás bien? —dijo alguien más.

Ahí les expliqué lo mismo que le dije a Roger y cuando terminé volví a ver la hora en el celular.

—¡Javier, llevas toda la noche revisando la bendita hora! Sea lo que tengas que hacer no te preocupes, ya no se va a meter nadie a robar. —Alondra me había visto.

—Eso dices tú, pero uno ya queda ciscado —le dijo Fernando. 

—Pues sí. Pero mira, parece que ya está más despejado. Ya le llamé a Kevin para que venga a buscarlos. ¿Cuántos son?

—Cuatro —respondí.

—Entonces sí caben. Los demás los puede ir a dejar Fernando. 

 

Cuando el sol se estaba asomando y las gotas de rocío volaban en el ambiente, llegó Kevin. Al verlo nos despedimos de Alondra.

En el trayecto nadie hablaba. Solo veíamos la carretera. Había pequeños restos de neumáticos. Vimos también a un auto compacto vacío a mitad del camino, con las cuatro puertas abiertas.

—¿Sabían que este coche fue reciclado?

—¿Cómo que reciclado?

—Era de un señor que conoce a mi mamá. Nos dijo que se le fue a un dren y quedó sumergido hasta que la grúa lo sacó. Al poco tiempo vio que no le convenía repararlo y nos lo vendió, pero tiene sus detalles. Miren. —Kevin soltó unos segundos el volante en una recta y vimos cómo se iba de lado, hasta que lo volvió a agarrar—. Se ve bien y costó barato, pero tiene sus detalles que solo los ves cuando lo manejas. Yo volteé a la ventana mientras el coche avanzaba.

 

Entramos a la ciudad que seguía vacía a pesar de ser casi las siete. Primero se bajó Iván, luego José. Cuando fue mi turno lo hice sin apenas despedirme y dándole a lo lejos las gracias a Kevin. 

Di media vuelta y en el techo había zopilotes. No entré a la casa hasta que se alejó Kevin. Subí al cuarto y fruncí la nariz cuando abrí la puerta. Tomé unas bolsas y metí los cuerpos. Con ayuda de un machete hice más pequeño todo. Metí los pedazos a la cajuela de mi Silverado noventera. Giré la llave y después de algunos intentos encendió. 

Bajé la velocidad y lancé el machete al monte. Cuando estuve cerca de la laguna me bajé y tiré las bolsas. Dejé que se deslizaran hasta caer al agua. Uno que otro cocodrilo se acercó a comer. Revisé la hora y eran las nueve de la mañana.

Emprendí la vuelta ya con un sol que hacía sudar. Ya había gente en las calles. Se formaron los primeros embotellamientos del día. En los semáforos me tapaba la nariz. Los olores se habían impregnado en los revestimientos de la camioneta. 

            Lo primero que hice al regresar a casa fue ducharme y lavar el piso hasta llegar a la entrada. Ahí mi vecino me vio y salió a saludar.

            —Vecino, espero que esté bien. Supe que se le quisieron meter a robar. 

—No se preocupe, vecino. Estoy bien. No me pasó nada. —Seguí barriendo con agua y jabón el piso de mi casa.

 

Relato 5 de Sergio Peral

EL REFLEJO DE UN HOMBRE 


Llego a la redacción por la mañana siempre puntual, bien vestido, recién duchado y siempre oliendo a colonia de marca, con ese olor que se queda en la ropa incluso cuando ya no debería. Voy bien vestido, recién duchado, la ropa limpia, la colonia se nota al pasar; aparento unos veintinueve años, pelo castaño oscuro, peinado hacia atrás, más cuidado de lo que parece: aunque nadie suele preguntar sobre esas cosas, hoy ha sido una excepción cuando me he cruzado con una antigua compañera del instituto, con la que no me llevaba precisamente bien, en un paso de cebra junto al piso donde vivo. Antes de entrar en la redacción de la revista cinematográfica en la que trabajo me veo reflejado en el cristal de la puerta de entrada del edificio, me quedo un segundo observándome y viendo cómo pasa la gente reflejada detrás de mí; todo el mundo cruza sin detenerse. Me miro un instante y veo que todo sigue en su sitio: la cara, la mandíbula, la forma de sostener la mirada mientras alguien cruza por detrás y no se detiene. Hay gente que entra a trabajar; yo entro y ocupo espacio.

Dentro hace calor, siempre hace calor en estos sitios donde todos hablan a la vez y nadie se calla, donde el aire no circula del todo y se queda atrapado entre conversaciones repetidas que se pisan unas a otras. Huele a café recalentado, a teclados viejos, a colonia barata. En una mesa, dos repiten nombres de directores mientras uno levanta el dedo y el otro asiente sin mirarle, moviendo la cabeza al mismo ritmo. Entro con Daniel, el de la universidad, el que hablaba tanto que acababas olvidando lo que decía mientras lo decía. Va medio paso por delante. Aquí todo el mundo camina rápido, las mochilas chocan con las sillas. Nos separamos; mejor así.

Me siento, no escribo, solo miro; siempre miro primero. Veo dos rubios; uno es mayor, Saúl, de gran sonrisa, de los que asienten justo antes de hablar y callan; me fijo en que aprieta los labios justo antes de hablar. El otro más joven, más rígido, todavía se le nota cuando se le tensan los hombros. También hay uno más joven todavía, de pelo castaño claro, Martín, ojos claros, aguanta la mirada mientras alguien pasa por detrás y tira una carpeta al suelo; la mayoría baja la cabeza. Cerca de él está Iván, moreno, ojos claros también pero secos, incluso cuando mira la pantalla del monitor encendido. Y luego, más alejado, está Álvaro que está sentado recto, manos juntas, mirando al frente.

Primera reunión en la sala de los jefes; hay una mesa larga con vasos de plástico y portátiles abiertos. Gente soltando nombres que caen y se quedan un momento antes de desaparecer mientras alguien carraspea. Daniel entra como siempre, suelta nombres franceses, americanos, lo mezcla todo, le da ritmo. Algunos asienten mientras él habla. Yo espero, siempre espero. Cuando me toca hablo bajo; no levanto la voz. Cojo una escena y la explico despacio, entonado, frase a frase; hablo con tal pose que nadie me interrumpe. A continuación, expongo que el cine como arte está más cerca de la música clásica que del teatro; uno al fondo levanta las cejas, otra asiente mientras escribe algo que no mira después. Silencio corto, Martín sigue mirándome sin escribir cuando se le escapa una exclamación:

—¡Interesante!

No sonríe ni aparta la mirada. Se queda ahí; yo también. Luego callo mientras en la mesa de al lado uno repite «claro, claro» con tono inseguro de no haber entendido y otro asiente mirando la pantalla apagada.

La fiesta llega pronto. Siempre hay una; el bar es pequeño, hace calor, hay alcohol barato y cuerpos demasiado cerca, el ruido subiendo poco a poco hasta que ya no se distingue una voz de otra. Daniel desaparece rápido, riendo alto, tocando hombros, levanta la copa y se gira para que lo vean. Yo me quedo en la barra y miro; siempre hay un momento antes, como en aquel mismo instante en el que aparecen los que ya no se sostienen rectos mientras los observo detenidamente: son los que aprietan el vaso, los que se acercan sin motivo, los que invaden el espacio y no miran el móvil cuando vibra; allí hay unos cuantos de esos. Entonces Álvaro se presenta y empezamos a hablar de cine. Lo de siempre: Ford, Hawks, la pureza del estilo; palabras que pasan de una boca a otra. Él bebe y acepta otra copa. Me acerco y pongo la mano en su brazo; no se aparta.

—Me gusta cuando alguien sabe.

Lo dice mirando el vaso, apretando y girándolo entre los dedos. Y cuando sonríe cerca y estamos un poco retirados del resto, lo beso; pero no lo pruebo, entro con lengua y presión desde la cercanía. Su boca no responde igual, se queda dura. Intenta girar la cara, lo sujeto. Sigo un segundo más.

—Para.

No paro al instante. Le meto la mano en los pantalones y lo aprieto contra mi miembro duro, erecto. Se suelta bruscamente.

—Te estás pasando. —Se limpia la boca con la mano, arrastrando saliva—. No te he dicho que sí.

—Pero estabas ahí.

—No.

Se queda mirándome serio un segundo. Luego se va, sin escándalo, sin gritar; me quedo quieto. Miro alrededor, nadie mira. Uno está riendo con la boca abierta, otro baila sin ritmo, dos se besan contra la pared. Me peino con la mano y vuelvo con Daniel.

—¿Qué tal?

—Bien —Daniel sonríe y asiente. 

Bebo un buen trago. Los días siguientes, en la redacción, Álvaro está ahí, pero aparece menos; habla poco y se encoge. Evita pasar cerca y cuando pasa, gira el cuerpo. Un día se cruza conmigo.

—No te acerques. —Sigue andando mientras le miro.

—No quiero problemas —respondo.

—No los hay.

—Veremos.

Se va mientras me siento. Abro un documento y escribo dos líneas; las borro. En la pantalla aparece mi cara; la miro durante unos segundos. Fuera, fumando con Daniel, el humo sube recto.

—Dice que puede denunciar. —Se ríe.

—¿Me tomas el pelo? ¿Por un puto beso?

—Eso dice.

—Joder, esto es de locos. —Silencio.

—Hay que mover esto —añade Daniel.

Empiezo a hablar dejando caer las cosas: «fue mutuo», «se apartó tarde», «un malentendido». En la mesa de al lado uno repite: «eso, eso», remueve el café sin beber, otro asiente sin mirar: «claro», «una tontería», «se ha pasado». Me muevo por la redacción, paro en las mesas, comento textos, doy consejos, sonrío, escucho. Martín se queda mirándome durante unos instantes; me siento con él.

—¿Tienes novio? —pregunto.

—Sí.

—¿Y?

—Está fuera. —Asiente.

—Yo podría dejar esto y adoptar un niño —afirmo; se queda mirándome.

—¿En serio? —Sorprendido, sonríe.

—Sí.

No digo más. Media hora después me levanto y cambio de mesa; me voy con Iván.

—Escribes bien —se lo suelto con tono seguro.

—Gracias.

—Pero te falta algo —levanta la vista.

—¿El qué?

—Riesgo.

Se queda con la cabeza alzada; no digo más y vuelvo a mi sitio. 


Por la noche, en casa, cojo el móvil y repaso las conversaciones abiertas. En la pantalla aparecen mensajes antiguos mientras los deslizo: «no te acerques», «interesante», «podría dejarlo todo», «no te he dicho que sí». Las frases quedan unas debajo de otras mientras me corro mirando una foto de Martín en la pantalla del móvil; luego hago lo mismo con una de Iván y más tarde con otra de los dos juntos. Me limpio, me lavo las manos y me miro en el espejo. Llega una compañera nueva a la redacción, Marta. Treinta y tantos, pelo mal puesto, sonrisa rara. Corrige en reuniones sin pedir turno.

—Eso no es así —silencio.

—No tienes ni idea —Daniel salta. 

—Hay formas de decir —yo entro.

Marta sonríe. No se mueve mientras Daniel se queda con la boca medio abierta. Cuando vuelve a su sitio  hace un comentario.

—Es una friki.

La palabra corre; algunos la miran mientras Daniel deja de reír. Uno al fondo carraspea. Me acerco a Saúl, el rubio mayor; está sonriendo.

—Eres divertido —le comento en tono de halago.

—Lo intento —sonríe.

—No hace falta que lo intentes.

Se queda, yo no me aparto. En la redacción dejan de hablar cuando paso; Daniel sonríe.

—Tranquilo, está controlado —asiento.

En la pantalla del móvil aparece otra vez la frase: «no te he dicho que sí». Abro un documento en el escritorio del ordenador y escribo; borro y escribo otra vez. La pantalla muestra mi reflejo; me peino y me quedo mirándolo un poco más; luego sigo. En la redacción, las conversaciones se cortan medio segundo antes de tiempo, cuando paso por detrás. Uno levanta la vista y la baja rápido. Otro se queda mirando la pantalla sin escribir nada durante unos segundos. Las mesas siguen donde estaban, las pantallas encendidas, las voces igual de altas, pero hay una silla mal colocada al fondo que nadie recoloca y todos esquivan al pasar. Álvaro se sienta, escribe, se levanta; no mira a nadie. Cuando alguien pasa cerca, recoge los codos. Paso por las mesas, saludo, me paro donde conviene, sigo recto. En una pantalla abierta alguien ha dejado un vídeo sin cerrar: un tipo hablando a cámara; nadie lo cierra. Se queda sonando bajo mientras paso. Martín levanta la vista cuando me acerco; yo dejo la mirada alta durante un segundo. Me pregunta:

—¿Vienes luego?

—Puede.

—Siempre dices eso.

—Porque casi siempre funciona.

Se queda mirándome; sigo adelante pero Iván no levanta la vista mientras lo  observo detenidamente.

—Te estás quedando atrás —intento picarle.

—¿En qué?

—En todo.

Me voy sin decir nada más. Daniel está en su mesa, riendo, tocando el hombro de un compañero. Me acerco; se dirige a mí:

—Eso ya está muerto.

—¿El qué?

—El tema.

Yo asiento pero en la mesa de al lado dos charlan en voz baja y cuando paso dejan de hablar. Por su lado, Marta sigue igual, no baja la voz en las reuniones.

—Eso no tiene sentido —se produce un silencio incómodo.

—Cállate un poco anda —Daniel entra.

—Déjalo ya pesada —yo añado después.

Silencio largo, Marta me mira, no sonríe, no se mueve. Álvaro no está en la reunión, su silla está vacía. Me siento y abro un documento, escribo una frase. La borro, escribo otra; la borro, en la pantalla aparece mi reflejo. Paso el dedo por el labio inferior. Por la tarde, en la máquina de café, alguien baja la voz.

—Ha ido a hablar con recursos —Daniel se aproxima hablando en voz baja.

—¿Has oído algo? —me dirijo a él cuando llega.

—Sí.

—Bah —despectivo mientras observo un vaso de plástico con café caer al suelo.

—No va a hacer nada —afirma Daniel mientras yo asiento dándole la razón.

El vaso tiembla un poco cuando lo cojo. Me levanto y camino por la redacción. Paso por donde se sienta Martín. Me dirijo a él:

—Luego te llamo.

—Vale.

Luego paso caminando al lado de la posición de Iván.

—No te quedes mucho hoy.

—¿Por?

—No compensa.

Se queda mirándome mientras sigo andando. Álvaro vuelve, se sienta, escribe. La barra espaciadora suena irregular, me acerco.

—¿Todo bien? —no responde—. Fue una tontería —nada, no contesta—. Se nos fue de las manos —silencio incómodo.

Levanta la vista un segundo y luego vuelve a la pantalla del monitor; me voy. 

Al día siguiente no me miro en el cristal de la entrada de la redacción; entro directo. La sala está más callada de lo habitual. Marta está de pie, hablando con Álvaro. Hablan mientras mantengo cierta distancia; me acerco lo justo para escucharlos.

—No tienes que aguantar —la oigo bajo pero claro. 

Cuando me ven, callan; Marta me mira. Me acerco hasta su posición.

—¿Todo bien? —pregunto. 

—Sí —responde ella. 

Álvaro no dice nada. Yo asiento y me voy a mi puesto. Daniel se acerca más tarde hasta mi mesa; me levanto.

—Esto huele raro. 

—Siempre ha olido raro —respondo mientras sonríe por un segundo. 

Daniel vuelve a su posición mientras yo me siento. Abro un documento y consigo escribir una crítica completa. Se la envío a los jefes por correo electrónico y deciden publicarla. Más tarde, me piden que la lea en voz alta durante la reunión en su sala; lo hago con tono solemne. La mayoría aplauden al acabar pero algunos lo hacen tarde. Una hora después, Álvaro se levanta de su sitio antes de terminar la jornada y camina hacia la salida; pasa cerca y entonces se dirige a mí:

—No te acerques otra vez —con tono serio.

Sale de la redacción cerrando la puerta. El sonido queda en el pasillo por un segundo debido al eco. Daniel se vuelve a acercar mirando el móvil.

—Ya está.

—¿El qué? —pregunto.

—Creo que lo van a echar —silencio. 

No pregunto a quién; me quedo quieto. La pantalla justo delante mía está en negro reflejando mi rostro. Paso la lengua por los dientes mientras alguien tose y otro escribe. Los teclados suenan igual que habitualmente y aun así nadie levanta la vista ni habla cuando paso caminado por el pasillo. A Marta la hacen fija. Llega siempre puntual, la gente gira la cabeza medio segundo cuando habla, no por lo que dice sino por cómo lo dice, sin subir la voz. A veces sonríe solo mirando a la pantalla, otras levanta la vista y señala algo con el dedo, sin tocar a nadie. Saúl gira la silla hacia ella, se inclina, intercambian opiniones. Yo paso andando por detrás de ellos pero no me paro; los miro de reojo. En la máquina de café Daniel me habla mirándola:

—Esa tía va de lista.

—Pero sabe lo que dice —contesto serio.

—Eso da igual.

El viernes quedamos a cenar varios compañeros de redacción en casa de Daniel y su novio. Hay copas de vino sobre la mesa, vasos mojados, restos de comida pegados a los platos. Alguien menciona lo de Álvaro, no mira a nadie en concreto mientras lo suelta en medio de la estancia; comienza un debate que va en una misma dirección: «aquello fue un malentendido», «claro», «un beso, sin más». Me miran, yo repito lo mismo. Las manos apoyadas en la mesa: «fue mutuo», «se apartó tarde», «no hubo problema hasta después». El novio de Daniel escucha. Tiene el dedo girando alrededor del vaso; interviene:

—Meterte en un lío por eso…

—Una locura —Daniel apuntala.

Las frases se quedan en la mesa. Al día siguiente, en la redacción, Álvaro se sienta más atrás. Baja la cabeza cuando alguien dice su nombre. Un día después no viene y al siguiente tampoco; su silla queda vacía. Empiezo a saludar a Martín cotidianamente:

—¿Qué tal?

—Bien.

—Buen texto el otro día.

—Gracias.

Se queda mirando la pantalla. Daniel me felicita después.

—Así mejor, menos enemigos —asiento. 

Saúl vuelve a sentarse solo. La silla gira cuando se levanta mientras me acerco. Hablamos de una película, luego de otra. Se ríe y aguanta la mirada; me elogia:

—Pareces diferente.

—Depende de con quién esté.

Nos quedamos un rato hablando. Luego salimos de la redacción y caminamos por las calles. Más tarde llegamos a su casa. Él baja las luces mientras la ropa acaba sobre la silla y el suelo. Nos movemos juntos sin hablar mucho. Luego, me lo follo.

—Lo necesitaba.

—Sí —le doy la razón.

Se queda mirando el techo. La lámpara dibuja una extraña mancha en la pared; me levanto y abro el agua del grifo. Bebo mientras él se limpia mi semen de su boca. Me habla en tono bajo, tranquilo:

—Marta estaba colada por mí.

—¿En serio?

—Sí, a la rarita le gustaba —asiento.

—Le dije que no.

—Claro.

—Se creía otra cosa; que yo estaba celoso porque a ella le gustaba otro —se ríe un poco y corta—. Le dejé claro que no.

El agua corre en el baño mientras Saúl acaba de limpiarse. Me quedo mirando una foto en la mesilla pero no la cojo. Vuelve y se mete en la cama conmigo; apaga la luz. A la semana siguiente me siento con él pero solo a veces; cada vez menos. Empiezo con Martín; le enseño algo en el móvil. Se inclina, su pelo me roza la mano.

—No paras.

—Tú tampoco —respondo.

Saúl nos mira desde lejos. Más tarde en la máquina de café me habla con autoridad mientras yo asiento:

—Busco otra cosa.

—Claro.

—Eres más joven.

—Eso dicen.

Se va, deja el vaso de café completamente vacío. Cuando vuelvo a mi puesto paso por donde está Iván; esta vez le elogio.

—Lo haces bien.

—Gracias.

—¿Tienes pareja?

—No. ¿Por?

—¿Has tenido?

—Claro.

Vuelve a la pantalla sonriendo mientras yo voy al baño, cierro la puerta y me la machaco rápido apoyado en el lavabo. El espejo acaba empañado, la cara partida por el vaho. Martín empieza a acercarse más. Se queda después de las reuniones y caminamos juntos. El móvil suena; es su pareja pero pregunto:

—¿Era él?

—Sí.

Seguimos andando. En la redacción Marta ya no habla con casi nadie, solo escribe. A veces sonríe mirando la pantalla. Daniel llega con su novio y se sientan juntos. Se tocan la mano debajo de la mesa. Yo paso cerca, y sonrío mientras él me reta.

—Te has quedado atrás —intenta picarme.

—No te creas —sonrío mientras él se ríe irónicamente.

—A ver cuándo te toca.

Álvaro ha dejado la revista finalmente. Su mesa queda completamente limpia; sin nada. Le pregunto a Daniel:

—¿Se ha ido al fin?

—Sí.

Martín se sienta cerca de mí. Me escribe mensajes por móvil estando a dos mesas de mí. Luego viene, se inclina más y me toca el brazo; sonrío.

—Quieto.

Le aparto la mano y se queda paralizado. Se ríe; yo también mientras añado:

—Todo a su tiempo.

Mientras, Marta levanta la vista y nos mira un segundo; vuelve a la pantalla. Días después, Martín la saluda desde la distancia al salir de la redacción; yo me despido también.

—¡Eh, Marta, nos vemos! —exclama Martín.

—Hasta mañana —ella levanta la vista.

—Adiós —añado sonriendo con la boca torcida.

Se queda ahí, no dice más; ni mueve la cabeza para mirarme. Luego, Daniel alaba mi saludo.

—Hay que saber estar; así se hace tío.

—Claro —asiento irónico. 

Sin embargo, al día siguiente ni siquiera la miro cuando me cruzo con ella. Días después vamos a un evento pequeño, menos ruidoso. Martín y yo nos apartamos y le empiezo a tocar la espalda. Se queda mientras lo acerco hasta mí y le beso; esta vez no se aparta.

—Despacio —susurra Martín.

—Claro —asiento. 

Luego volvemos con los demás. Unos días después acabamos en su casa.

—No hagas ruido.

—Vale —respondo mientras la cama cruje; entonces me lo suelta.

—Fóllame.

Se la meto por detrás completamente dura mientras se agarra a las sábanas como puede. Me corro rápido mientras la tela acaba mojada. En el ventanal veo mi cuerpo reflejado. Me quedo dentro de él por un tiempo; apenas me muevo. Al día siguiente, la redacción sigue igual. Nos sentamos separados pero a veces intercambiamos sonrisas. Daniel ve como nos miramos y sonreímos; se ríe.

—Ya estás con él.

—Sí.

—Pero no es mejor que el mío.

—Depende —suelta una carcajada. 

Seguimos igual hasta que semanas después llega la carta. La abro en casa: palabras negras sobre fondo blanco; leo las subrayadas: «denuncia», «sin consentimiento», «declaración». La doblo y la vuelvo a abrir. Después cojo el móvil y empiezo a hacer llamadas; de nuevo repito una vez más: «fue mutuo», «se apartó tarde», «no hubo problema hasta después». 

—Tranquilo, estamos contigo.

Daniel se mueve. Llama; más tarde me contesta.

—Estamos cerrando filas.

En la redacción también se repiten las palabras: «un beso», «fue un simple beso, nada más», «se ha pasado». El abogado viene a casa. Se sienta, lleva un traje que parece caro, saca un cuaderno. Toma notas sentado junto a Daniel y Martín que me acompañan también. El abogado es claro:

—Mantén la versión.

—Es la que hay —Daniel ratifica y asiente.

La sala del juicio es pequeña; la gente espera sentada y atenta. Mi abogado y yo nos sentamos ante una mesa larga; sobre la nuestra los documentos se acumulan. Las voces de los presentes no se escuchan muy bien. El abogado levanta la mano un par de veces indicando cuando tengo que parar. Más tarde salimos; Daniel viene directo hacia mí.

—Ha ido bien —Daniel me da una palmada mientras su pareja sonríe.

—Ya está —apunta mi abogado mientras asiento.

Llego a casa pero no me quito la chaqueta. Lo primero que hago es llamar a Martín que tiene revisión médica esa misma mañana. Cuando le llamo responde:

—Estoy en el médico.

—Ganamos.

—Genial.

—¿Todo bien?

—Sí —silencio largo; se hace incómodo.

—David, creo que es mejor dejarlo —Martín lo suelta así, de repente.

Me quedo con el teléfono en la mano sin decir nada; instantes después hablo:

—¿Por?

—No lo veo.

—Podemos arreglarlo.

—No —pausa—. Podemos seguir siendo amigos —silencio.

La señal se corta; el teléfono sigue en mi mano, lo dejo en la mesa. Miro por la ventana, dos personas pasan sin mirarse mientras un coche frena cuando el semáforo se pone en rojo. La lámpara encendida a mi lado crea una sombra extraña sobre la pared. Entonces, rápido, cojo el móvil. Llamo a Iván.

—¿Te pillo mal? —pregunto con tono ansioso.

—No.

—¿Estás saliendo con alguien ahora?

—No, ¿por qué? —me siento con los codos sobre la mesa.

—¿Quedamos un día? —otro silencio incómodo mientras un coche se oye pasar por la calle.

—Ya veremos.

Corto y dejo el teléfono con cara seria; voy a la cocina. El agua cae del grifo mientras me refresco; la carta queda doblada, a un lado, apartada. Al día siguiente vuelvo a la redacción. Entro y paso caminando entre las mesas de los compañeros saludando como todos los días.

—¿Qué tal? ¿Bien?

Me siento y enciendo el ordenador. Escribo una línea y la dejo. Luego escribo otra pero la borro. Miro alrededor; Marta está en su sitio escribiendo pero no levanta la cabeza. Martín no está y Saúl tampoco; Iván sí ha venido. Daniel llega con prisas y se sienta a mi lado.

—¿Qué tal? ¿Fue bien la noche?

—Sí —respondo austero.

—Entonces seguimos —Daniel sonríe mientras asiento serio.

En la pantalla aparece mi reflejo. Me quedo un segundo mirando mi boca, los ojos, la cara completamente quieta; detrás de mí se refleja la luz produciendo extrañas sombras. Entonces, solo por un instante, me fijo detenidamente en mi reflejo. Mi rostro me sonríe. Tras unos segundos con la mirada fijada en aquella, mi propia figura, empiezo a escribir de nuevo, pero esta vez, sin detenerme ni distraerme de ninguna manera.