EL VIAJE
Prepara la mochila, no la maletita con
ruedas. La mochila… cuanto más pequeña sea, mejor. Cuantas menos cosas lleves,
mucho mejor aún. Sí, mucho mejor. Hazme caso. Te servirá de alivio. No hace
falta llevar más que tres o cuatro prendas, que usarás solo una vez. Todo lo
demás te sobra y te pesa. Bueno… no sé si decirte que te sobrará o,
directamente, que no te van a hacer falta. Tal vez no sea lo mismo decir una
cosa que la otra, pero da igual… No es conveniente llevar más de tres prendas,
no vas a tener que vestir más que esas tres prendas, solo esas tres. Nada más. El
resto hace que el viaje sea más complicado, más pesado y menos agradable.
Sal de tu casa temprano, al amanecer,
cuando despierte el día. Ese es el momento apropiado; así aprovecharás mejor el
tiempo que te queda por delante. Empieza siempre tu andadura con paso firme,
decidido y sereno, nada de prisas. Esas son las que matan. En tu caso da lo
mismo, pero no es igual. No tiene nada que ver comenzar el viaje con buen pie
que acabar revolcado por el suelo tras una caída tonta, sin sentido ni motivo. Caerte
por el simple hecho de no prestar la debida atención requiere mucho esfuerzo
para volver a levantarse. Sigue mis indicaciones, hazme caso.
Ya sabes cuál será tu destino final, pero
tienes alternativas para llegar hasta él. Es muy importante saber la dirección
que vas a tomar. Normalmente son dos las alternativas que se te presentan por
delante; tal vez tres, o cuatro, o cinco… o más. Sin embargo, suele suceder que
alguna de las opciones no es viable: o tienes un árbol enfrente, o hay una
pared que te impide el paso, o debes pasar por la puerta de la casa de alguien
a quien no quieres ver, o simplemente no te apetece continuar por ese camino
porque ya lo has recorrido muchas veces, lo tienes muy visto… hoy quieres
aventurarte en algo nuevo y, dentro de lo posible, desconocido. Mejor dicho,
poco transitado. Eso es, poco transitado. Porque visto, lo que se dice visto,
ya lo tienes.
Lo importante es empezar y no detenerte
hasta llegar al destino final. Escojas la salida que decidas, lo importante es
que debes llegar a tu destino. Ese es el que has elegido y no puedes fallar, no
puedes faltar. Te están esperando. Y no es muy gentil por tu parte hacer
esperar a las personas que se acercarán para verte, porque sabes que lo han
hecho por ti. Solo por ti, aunque luego hablen y digan cosas que no sean todo
lo correctas que deberían ser en esos momentos. En fin…
Siempre hay alguien que habla de más,
porque ha bebido de más. O no ha bebido, pero habla de más. Eso seguro. Dicen
cosas que no deberían. También tengo que decirte, a tu favor, que puede que
alguien se lo reproche y entonces rectifique. Aunque realmente no quiera
hacerlo y se vea en la obligación de retractarse de sus palabras. Suele pasar,
no es algo extraño. Para nada. Es normal. Bueno… no es lo mismo, pero da igual.
Sigamos... A lo que iba. No te detengas,
no mires atrás, no te distraigas; recuerda que una caída no es lo más
conveniente en estos momentos. En realidad, nunca lo es, pero ahora mucho menos.
Sigue con paso firme, decidido y sereno. No tienes prisa, ya sabes que esa
mata. Pero tampoco tienes pausa: debes llegar. Y debes hacerlo a tiempo, sin demasiada
demora. Debes disfrutar del momento, eso es muy importante. Es tu decisión, tu elección,
tu paseo, tu trayecto, tu viaje; el recorrido que has elegido y del que debes
estar completamente seguro, para poder disfrutarlo.
Mientras transites por el camino
escogido y avances con paso firme, decidido y sereno, recordarás y acudirán a tu
memoria infinidad de imágenes, paisajes, personas, buenos y malos momentos vividos,
recuerdos que te transportarán a otro tiempo. Tu cabeza puede estar en otro
lugar, y eso no está mal; pero recuerda que debes mantener el paso firme,
decidido y sereno. Además de acompasado y automático, propio de quien se rige
por la costumbre. Eso es importante. Y eso sabes hacerlo muy bien, creo. Al
menos esa es la opinión que tiene de ti mucha gente. Esa gente que te conoce bien,
no de un día ni de dos. Tampoco por compartir parte de tu tiempo en un entorno
determinado, como puede ser el centro de trabajo, el bar, la biblioteca o la
espera del ascensor… Esas personas conocen sólo una parte de ti y no bastan para
conformar tu imagen completa. No te conocen tal y como eres, no tienen ni idea
de tu personalidad. Solo ven una faceta, quizá la menos representativa. En fin…
Continuemos…
Quienes te hemos visto en diferentes
tesituras, ambientes, reclamos y peticiones sabemos que te encierras en tus
pensamientos, que estás como abstraído. Cuando te hablamos, muchas veces ni
siquiera eres capaz de responder; no contestas. Es lo que te digo. Estás como
abstraído, absorto, ensimismado, sumergido en tu propia vida interior. Todavía,
a día de hoy, me sigo preguntando si lo haces para molestar o simplemente
porque allí dentro te sientes más seguro y no asomas la cabeza hacia el
exterior porque no le encuentras sentido a lo que ves, a lo que escuchas o a lo
que sientes.
¿Puede que sea así? ¿Como te lo estoy
contando en este momento? Porque al llamado de:
—Bartolo, Bartolo… ¿me oyes? Te estoy
hablando a ti.
Tus respuestas casi siempre son las
mismas:
—¿Cómo?... ¿A mí?... Sí… Disculpa, es
que estaba dándole vueltas a un tema que me preocupa y me tiene trastornado. Es
sobre un viaje… El viaje… En fin… Dime.
No sé por qué, pero el único sitio en el
que realmente pareces ser tú mismo, interactuando y relacionándote con tu
entorno más próximo, es el bar. Tal vez ahí seas el Bartolo de verdad y el otro
es el farsante, el personaje que te has creado tú solito y que improvisas en el
escenario de tu vida.
—¿No te parece?
Es muy curioso que hayas elegido el tute
para relacionarte con los demás. Siempre en pareja y casi todas las veces con
el mismo compañero, cantar veinte o cantar las cuarenta… Con las cartas en la mano,
sentado y pendiente de tu compañero, de lo que van jugando los demás,
concentrado... Se te ve como parte de la escenografía cotidiana. No desentonas,
sabes lo que haces. Creo que te gusta compartir tus triunfos y que las derrotas
sean menos dolorosas cuando se dividen entre dos.
De eso sabes mucho; llevas acumulados unos
cuantos reveses durante estos últimos años. No solo aquellos que tienen que ver
con el juego de cartas, sino también los otros, los que duelen de verdad.
Quienes estamos a tu lado lo sabemos y respetamos tu silencio. Tenemos en
cuenta que tu decisión, seguramente, no ha debido de ser nada fácil. Primero
los síntomas, luego la espera; después el diagnóstico, luego la espera; a continuación,
el tratamiento; luego la espera… Y ya, por fin, la resolución final.
También es verdad que ahora se te ve más
sereno, menos tenso. La decisión del viaje te ha dado seguridad; se te nota en
el semblante. Te ha despojado de esas imprecisas indecisiones que no te aportaban
otra cosa que malhumor y ansiedad. Últimamente estabas insoportable.
Cuando te vemos caminar con paso firme, decidido
y sereno nos alegramos por ti. El final está próximo y has empezado a acercarte
a él. Sigue, no te detengas. Puedes ir disfrutando del paisaje; ya lo conoces,
pero cada viaje es diferente. Y este, en particular, lo es para ti y para
quienes hemos decidido acompañarte. Será importante que no guardes ningún
rencor, que digas o dejes por escrito lo que quieras aclarar: malentendidos, fallos,
errores, tensiones no resueltas, las sexuales y las que no lo son. Da igual,
cualquiera sirve. Resuélvelas. Así viajarás más cómodo y con una carga interna
menos pesada; andarás más tranquilo, peregrinarás más leve.
¿De qué te vale dejar aquí resquemores,
dudas, sinsabores o cuestiones importantes sin resolver? Solo sirven para que
te olviden más rápido; no tiene ningún sentido. Sigue andando y resolviendo
entuertos pasados que te ayudarán en el transcurso del viaje, hasta el final.
Siempre hasta el final de lo que has decidido.
Cuando llegues, entra por la puerta de
atrás, que no te vean. No es conveniente. Puedes darte una ducha, secarte bien
el pelo y peinarte después. Vístete con la camisa blanca, la corbata negra y la
chaqueta gris oscuro, casi negro. De la cintura hacia abajo no te hace falta
nada; ellos ya lo saben y tienen lo necesario para que todo se vea bien.
Una vez que estés dentro busca una
posición cómoda, es muy importante. Como estarás acostado y con la cabeza ligeramente
alzada sobre una especie de almohada, coloca los brazos a los costados del
cuerpo, con las palmas de las manos hacia abajo, cierra los ojos y relájate.
En el ataúd solo hay espacio para ti. Ahora
empieza el verdadero viaje; lo anterior fue solo el preludio.