ORLEANS EN LA MENTE
Te sientas en clase como siempre, sin hablar con nadie, mirando la mesa más de lo normal porque cuando miras a los demás tienes la sensación de que en cualquier momento alguien va a notar que no encajas del todo, que hay algo que no termina de funcionar, y entonces levantas la vista casi por inercia, y la ves ya sentada, sin entrada, sin ruido, como si hubiera estado ahí antes que todos, ocupando su sitio sin pedirlo. No hay presentación, nadie la señala, y eso ya te parece raro, porque todo el mundo suele necesitar ser retratado; ella no, simplemente está. Y tú te quedas mirando más de lo que deberías, sabiendo que te estás pasando pero sin hacer nada por corregirlo, porque hay algo que te tira, algo demasiado específico, igual que si un tipo hubiera cogido una idea que llevas años repitiendo en silencio y la hubiera puesto delante de ti sin avisar.
No es que sea guapa, que lo es, es otra cosa más incómoda, más difícil de quitarte de encima: es que encaja; y lo hace demasiado bien en algo que no sabías ni que tenía forma hasta que la ves ahí, con ese pelo largo y oscuro, esos ojos claros que no son exactamente azules ni grises, la piel pálida, los labios finos, la cara limpia, natural, los rasgos eslavos mediterráneos, esa mezcla de inteligencia y distancia que te deja con la sensación de estar mirando un animal raro en mitad de la clase y esa forma de estar sin intentar gustar, sin sonreír por compromiso, sin entrar en el juego de agradar que ves todos los días y que tú tampoco sabes jugar pero por otras razones; todo eso desarma. Ella te reconoce sin mirarte, o al menos eso es lo que te dices en ese instante. Te convences de que la edad —los dos nacidos a finales del siglo XX— y el origen cultural tampoco suponen ningún problema: ella veintipocos, tú cinco más, ella del sur de Francia, tú del sur de España, los dos mediterráneos, los dos estudiantes universitarios en el área de las ciencias sociales; sin embargo, tú no sabes francés.
La profesora habla del trabajo por parejas sin darle importancia, igual que si fuera una tarea más que hay que cumplir y olvidar, pero tú ya no estás escuchando del todo, ya estás pensando en cómo acercarte sin parecer lo que ya saben que eres, porque sabes que tienes esa fama de insistente, de no medir bien, y aun así levantas la mano antes de pensarlo demasiado, casi igual que si fuera un reflejo, y empiezas a hablar de un documental, de una mujer que huye hacia Francia, de cruzar la frontera, de dejar algo atrás sin saber si merece la pena, y no la nombras pero la metes ahí dentro, en la historia, como si fuera evidente que es ella, lo mismo que si ya estuviera decidido. Ella te mira seria, no sonríe; pero asiente una vez cuando la profesora le pregunta si está de acuerdo en hacer el trabajo contigo, y eso te basta más de lo que debería.
Quedáis ese mismo día, sin rodeos, sin esa fase previa en la que la gente se mide o se prueba, simplemente quedáis porque hay que hacerlo, y os sentáis en una mesa de la facultad con un portátil que tarda en arrancar y un café que casi no sabe a nada. La mesa tiene una mancha seca que nadie ha limpiado; te fijas en eso más de la cuenta. Ahí es donde empieza algo que no sabes qué es todavía, porque ella habla poco pero cuando habla, sin apenas acento francés, no se pierde, no carga, no busca quedar bien, y tú haces lo contrario, ocupas el espacio, conectas ideas, te mueves con cierta soltura en ese terreno porque ahí sí sabes defenderte, y por primera vez en mucho tiempo no te sientes completamente fuera.
—Tiene que dudar. Si no duda, no funciona.
Apuntas la frase sin saber muy bien por qué, igual que si supieras que ahí hay algo importante aunque no lo entiendas del todo, y seguís hablando de cosas que normalmente no salen en una conversación de clase, mientras lo relacionas con el trabajo sobre el exilio republicano en Francia: música que ya no suena en ningún sitio donde estés, Satie, Bregovic, Pink Floyd, ella menciona a Bourdieu sin explicar quién es, tú respondes con Orwell y K. Dick, y todo fluye sin esfuerzo, sin esa sensación de estar forzando algo que te acompaña casi siempre. Y en algún momento, sin darle importancia, ella lo dice.
—Tenemos los mismos gustos.
Lo dice como quien dice cualquier cosa, pero tú no lo recibes así; tú lo guardas. Lo colocas en el centro y empiezas a construir desde ahí. Ese es el primer error.
Toca ir a la biblioteca y mirar archivos entre cafés fríos, horas buscando material. Habláis y ella no corta ni mira el móvil con cara de prisa. No dice «bueno» para cerrar la conversación; sigue, asiente, contradice, vuelve sobre algo. Te parece una anomalía, y las anomalías cuando llevas años viendo la misma mierda se convierten enseguida en una religión privada.
Las otras chicas de la clase le hablan de ti cuando no estás. No necesitas que te lo cuente para saberlo, lo has vivido demasiadas veces, pero aun así te lo dice un día, sin intención de herirte, casi como un comentario suelto.
—Dicen que eres un poco intenso.
No te sorprende, no te defiendes.
—¿Y tú qué crees?
—Me da igual.
Y esa frase, que para ella no pesa nada, a ti te sostiene más de lo que debería, porque decides interpretarla como una especie de toma de posición, lo mismo que si estuviera eligiendo algo, cuando en realidad no está eligiendo nada. Habláis del instituto y ahí sí coincidís de verdad, o eso parece, porque los dos lo odiabais, la gente hablando de otros, creando versiones, empujando a los demás a encajar en algo que no habían elegido, y te agarras a eso igual que si fuera una prueba, lo mismo que si esa coincidencia justificara todo lo demás.
Tiempo después, una de esas chicas que habló mal de ti te pide la cámara para grabar su corto, y tú se la dejas sin pensarlo demasiado, no por generosidad ni por buen rollo, sino porque sabes que enfrentarte a eso es perder energía en algo que no te va a devolver nada, y prefieres evitarlo, como tantas otras veces.
Vais a rodar a la sierra norte, que no se parece a los Pirineos franceses, pero desde cierta distancia funciona, y tú estás más atento de lo normal, porque cuando miras por el visor ocurre algo que no te pasa casi nunca: no estás pensando en ti, ni en cómo te ven, ni en si estás fuera de sitio, estás mirando, y eso ya es bastante. Ella camina por el sendero, se detiene, mira hacia atrás antes de avanzar, y no lo hace como una actriz, lo hace como alguien que realmente está dejando algo atrás, y ese gesto se te queda pegado. Ese mismo día aparece su novio de Lyon, a quien ha invitado a pasar ese fin de semana con ella; no lo esperabas. El tipo es normal, demasiado. Te da la mano, te habla sin tensión. Y eso es lo que te coloca en tu sitio sin necesidad de decir nada.
Quedáis para escuchar música clásica en el centro y luego para ver una película. No hay excusa, demora, o ese teatro marcado por el catolicismo del «ya te diré», «a ver cuándo», «esta semana imposible, no puedo», como si aceptar salir al cine ya te convirtiera en puta, o en novia y esposa o en algo que compromete y se tiene que justificar ante una panda de imbéciles machistas. Esa noche caminando te pide que le claves las uñas, que le hagas daño; lo dice así, de pronto. Te niegas; ves que ella también tiene grietas. Después continúa andando y te deja un poco atrás. Más tarde tirita de frío; le dejas tu sudadera. Os resguardáis en un bar y os sentáis; entonces te dice que su hermano está muy enfermo. No sabes cómo reaccionar; el silencio se apodera del momento. Luego vuelve a hablar, pero en tono más bajo. Te cuenta que de pequeña y de adolescente soñaba que era Juana de Arco; lo dice con media sonrisa, como si no importara, igual que si le hubiera pasado hace siglos, en otra vida. Tú escuchas y guardas el comentario sin decir nada.
Días después estáis en tu casa montando el trabajo, el documental. El salón está en silencio, con esa luz de tarde que parece quedarse atrapada en el polvo, lo mismo que si el tiempo no avanzara del todo ahí dentro. En la pantalla ella camina, se detiene, mira hacia atrás antes de la señal de Francia. Rebobinas, repites. Ella se inclina; su hombro roza el tuyo. No te apartas.
—Aquí duda. ¿Puedes ponerlo a cámara lenta cambiando el fondo sonoro?
Lo haces sin responder; trabajas. Cuando terminas lo que sugirió, ella se levanta y te da un beso en la mejilla, dulce, breve, casi técnico; pero rompe algo que hasta ese momento estaba en su sitio, y cuando se vuelve a sentar, más cerca, el silencio ya no es el mismo. Después viene el sofá, Blade Runner en la televisión, la luz azul, gelatina de postre, todo lo que ya sabes pero que en ese momento no identificas como lo que es. Cuando se le queda un poco de gelatina de limón en la comisura de los labios, te acercas jugando a ellos para limpiarlos porque necesitas que sea un juego, porque si no lo es no tienes excusa, y recorres con tus labios un trayecto que no sabes de dónde sale, lo mismo que si siguieras una línea que ya estaba ahí antes de tocarla, y ella no te detiene, pero tampoco te empuja, está en ese sitio intermedio que luego vas a recordar demasiado. Pasas por su comisura, bajas hasta su cuello, su pecho y luego, con breves y pequeños besos, hasta su vientre; mientras, sonríe y notas que se excita con la respiración entrecortada. Ella mira instintivamente de reojo tu pantalón, del que sobresale el bulto que forma tu miembro totalmente erecto. Cuando intentas ir más allá, hasta su boca, rozas uno de sus pechos, sientes su pequeño pezón completamente duro, rígido. Sin embargo, cuando llegas a sus labios, ella los cierra, gira la cara y se acaba; tú insistes y fuerzas la situación, pero ella se vuelve a negar, el beso muere antes de nacer. No hay escena ni explicación, solo ese gesto. Te arrodillas sin pensar, apoyas la cabeza en su regazo, como si eso pudiera deshacer algo, y ella tarda un segundo antes de acariciarte el pelo, despacio, con una calma que no es lo que tú necesitas pero que te deja ahí, en un sitio que no sabes cómo interpretar, ni qué decir. Momentos después te sientes culpable por insistir.
—Perdón, Jeanne. —Suena un poco absurdo.
Sin embargo, ella niega como quitándole importancia; y ese gesto tampoco significa lo que quieres que signifique. Entonces se levanta, se pone el abrigo sin prisa, igual que si ese gesto no tuviera peso, lo mismo que si fuera un movimiento más dentro de una secuencia normal, y tú la sigues con la mirada sin saber muy bien qué hacer con el cuerpo, porque todo lo que parecía tener una dirección hace un momento ahora está suspendido, igual que si alguien hubiera cortado la corriente sin avisar. Camináis hasta la puerta, bajáis las escaleras sin hablar, el sonido de los pasos se queda más presente de lo habitual, demasiado claro, demasiado separado de todo lo demás, y cuando llegáis abajo ella se gira un segundo, lo justo para despedirse sin alargarlo, sin dejar nada abierto.
—No hace falta que me acompañes a la parada del bus.
Asientes; te quedas ahí un momento más, viendo cómo se aleja sin mirar atrás, y cuando ya no está vuelves a subir, entras en casa y lo primero que ves es la pantalla encendida del ordenador, congelada en ese plano en el que ella se detiene antes de la señal de Francia, como si la escena siguiera esperando algo que no va a llegar. No apagas nada; te sientas y rebobinas otra vez. Lo vuelves a ver; no cambia.
Pasan días sin verla, luego semanas, y no haces nada concreto para llenar ese tiempo, vas a clase, escuchas a medias, vuelves a casa, te quedas más tiempo del necesario delante del ordenador sin trabajar realmente, igual que si estuvieras esperando que algo se ordene solo. Lees cosas que mencionó, escuchas música que nombró, pero no lo haces por interés, lo haces porque necesitas mantener una continuidad, una especie de hilo que no se rompa del todo, aunque cada vez esté más flojo.
Cuando la ves en el pasillo de la facultad no la estás buscando, no estás preparado, por eso te golpea más de lo que debería cuando viene hacia ti sin dudar, sin esa distancia que ya empezabas a asumir, caminando rápido, con esa forma suya de moverse decidida, y cuando te ve no reduce la velocidad, viene directa y te abraza fuerte, sin aviso, sin ese rodeo que hacen los demás, sin esa mierda de gesto a medias, sin miedo al qué dirán. Su cuerpo contra el tuyo, el pelo rozándote la cara, ese olor otra vez, limpio, seco, distinto a todo lo demás. Te quedas un segundo rígido, luego levantas los brazos y la rodeas torpe, del mismo modo que si estuvieras copiando un gesto que habías visto en otra parte pero no fuera del todo tuyo. No es un abrazo largo ni corto, no tiene intensidad dramática ni intención evidente, pero te descoloca porque no encaja con lo anterior, porque abre algo que ya habías empezado a cerrar por tu cuenta. Se separa, sonríe, de la misma forma que si no hubiera pasado nada, igual que si todo estuviera en su sitio.
—¿Qué tal estás?
—Bien.
No es verdad, pero tampoco es mentira del todo, es una forma de no entrar. Se separa y te mira un segundo más de lo necesario.
—Pensé que no volvería a verte.
—Yo también.
Hay una pausa corta. No incómoda, tampoco cómoda.
—Es que me gusta, hablar contigo quiero decir. —Sonríe, no parece muy segura de lo dicho.
Asientes demasiado rápido, igual que si quisieras demostrar que lo entiendes antes de haberlo entendido, del mismo modo que si aceptar eso fuera la forma de mantener lo demás, de no perderlo del todo. Y en ese momento ya estás dentro otra vez, aunque no quieras reconocerlo.
Entráis en el aula de informática. Pantallas encendidas, el zumbido de los ventiladores llenándolo todo. Os sentáis, ella escribe mientras tú miras la pantalla y ves tu reflejo encima de lo que hay abierto, una doble imagen, tu cara superpuesta a un texto que no lees. Te parece extraño porque ella también se refleja; estáis los dos juntos. Media hora después recoges y te levantas; tienes otra clase.
—Me tengo que ir. —Te despides sin mirarla demasiado mientras ella asiente sin preguntar.
Sales, das dos pasos, te vuelves medio segundo y haces algo que no has hecho nunca. Te acercas a ella, te inclinas y le das un beso en la cabeza, leve, dulce, casi sin tocarla. El gesto se queda ahí, suspendido; entonces, te das la vuelta y te vas sin mirar atrás, como si mirar fuera a romper algo.
Poco después llega el final de curso; el ruido, la carga de trabajos, las semanas que pasan sin que haya espacio real para veros, provocan que cuando ella se va a Lyon no haya una despedida clara, no haya cierre, solo un desplazamiento que lo cambia todo sin explicarlo. Sigues con lo tuyo; o eso intentas.
A finales del verano ella te escribe. Te propone ir a verla a Lyon un fin de semana de septiembre que su novio no está. No lo piensas demasiado. Dices que sí antes de analizarlo, como has hecho desde el principio con casi todo lo que tiene que ver con ella, y te subes a un autobús que tarda más de lo que esperabas, que se alarga, que pesa, de la misma manera que si el trayecto fuera más importante de lo que debería ser. Horas de una sucesión de imágenes que pasan rápido delante de tus ojos: estaciones, caras que no vuelves a ver, idiomas que no entiendes, anuncios, luces, todo mezclado en una especie de ruido continuo. Pero cuando llegas a la estación ella está allí.
No hay exageración, ni hay gesto de más. Un saludo, dos besos y camináis. La ciudad es limpia, ordenada, demasiado perfecta para lo que llevas encima. Fachadas cuidadas, escaparates brillantes, gente que camina sin mirar al suelo como tú haces a veces. Caminas a su lado, un poco por detrás por momentos, mirándola de reojo, comprobando que sigue ahí, que no desaparece entre la gente. Subes a su piso y cuando llegas, te abre la puerta y durante un momento breve todo parece igual que antes, lo mismo que si no hubiera pasado el tiempo, del mismo modo que si la distancia no hubiera modificado nada, pero esa sensación dura poco, apenas lo suficiente para que te engañes un rato. El piso es distinto, el contexto es otro, y tú no encajas ahí igual que antes, aunque te esfuerces en mantener la continuidad.
Te enseña sus pinturas. Las comenta sin solemnidad, sin necesidad de impresionar, lo mismo que si fuera algo natural. Habláis de Degas, de Dalí, de cosas que para ti siguen teniendo un peso más teórico que real, y tú la escuchas más de lo que entiendes, pero no importa demasiado porque lo que te sostiene no es el contenido, es el hecho de estar ahí, compartiendo ese espacio. Salís, camináis; subís en el funicular hasta la Basílica de Notre-Dame de Fourvière. La ciudad queda abajo, estructurada, pulcra, distante, y tú miras más de lo que hablas porque hay algo en esa imagen que te hace pensar que todo podría tener sentido si se mantiene así, a esa distancia, sin tocarlo demasiado.
Pero no se mantiene. Volvéis al piso; grabáis un pequeño corto, repetís gestos, repites dinámicas que ya conoces, hablar poco, estar, dejar que el tiempo pase sin llenarlo del todo, y durante un rato funciona, o al menos parece que funciona.
El último día no habláis casi nada; no hace falta. El silencio no pesa; eso te hace pensar que hay algo sólido ahí, algo que no depende de explicaciones. Te sientas en la cama con la mochila abierta, doblando la ropa mal, no te apetece irte; sientes que la pierdes otra vez. Ella está delante tuya, de pie. La luz entra por la ventana y le da de lado, marcando su rostro. Entonces la miras y empiezas a hablar y no paras; cuentas cosas, muchas, demasiadas. Años de grietas mentales comprimidos en pocos minutos; tu voz se rompe en algún punto del relato y te limpias la cara con la mano, sin esconderte. Ese es el momento justo en el que todo se rompe a pesar de que ella se acerca, te coge la mano y entrecruza sus dedos con los tuyos. Lo hace sin aviso, sin dramatizar, lo mismo que si fuera un gesto más, pero lo repite, una vez, otra, igual que si estuviera probando algo, como si quisiera mantener una conexión que no sabe cómo definir; pero eso es lo que tú quieres creer. Así que respondes; alargas el gesto y lo conviertes en otra cosa. Te quedas ahí más de lo necesario; y justo cuando te autoconvences de que eso puede abrir algo, que puede llevar a algún sitio, todo se viene abajo. Llaman por teléfono; es su pareja, el mismo al que dejará unos meses más tarde. No hay escena final, ni un cierre limpio. Media hora después llega; no hay tensión visible, él está al corriente de tu visita. Solo hay un cambio de contexto, nada más. Al día siguiente recoges tus cosas y te vas.
El viaje de vuelta no es como el de ida. No hay expectativa, no hay impulso, solo una sensación pesada que se te instala en el cuerpo sin pedir permiso, como si todo lo que habías sostenido hasta ese momento se deshiciera a la vez. Llegas a casa y te tumbas sin cambiarte. De nuevo estás en tu habitación, en tu piso de pasillo estrecho, con el suelo que cruje en el mismo sitio, la puerta que roza con la silla, la cama pegada a la pared, la mesa llena de lo mismo, la cámara vieja que sigue donde la dejaste. Todo en su sitio, como si no te hubieras ido nunca. No haces nada durante días; ni comes bien ni duermes debidamente. No hablas con nadie, ni con tus padres; tampoco hay pensamiento claro, solo una especie de fondo constante, como un ruido que no se apaga. No lo nombras al principio, luego sí: depresión.
Pasan dos años y estás estudiando en París. Quedáis en una caverna donde canta una amiga suya. La reconoces, pero no es lo mismo. Está, pero hay una distancia nueva, algo que no estaba antes o que no veías, y tú intentas colocarte igual que si nada hubiera cambiado, lo mismo que si la continuidad siguiera ahí. Grabas el concierto; ayudas, participas. Es tarde y no hay metro; dormís en el piso de su amiga. En la misma cama, separados. No pasa nada, y eso ya no lo puedes interpretar; no hay margen ni lectura posible que te favorezca. Por la noche no duermes; te quedas mirando el techo, luego giras, luego vuelves, y en algún momento rozas su mano con los dedos, muy poco, lo justo para comprobar si hay alguna reacción que no llega. Ella sigue durmiendo; o finge dormir, no lo sabes. Por la mañana todo es normal; demasiado normal. Os despedís sin escena, sin promesas, sin continuidad clara, como si lo que hubiera entre vosotros ya no necesitara explicarse porque en realidad nunca ha estado donde tú creías.
Después escribes pero recibes, cada vez, menos respuestas. El tiempo se alarga hasta que deja de contestar; y ahí ya no hay nada que sostener. Te quedas con lo único que de verdad ha estado todo el tiempo. No solo no pasaba nada, sino que construiste algo en donde no había una estructura para sostenerlo. No era ni un camino ni una posibilidad, simplemente era una línea, una frontera. La viste desde el principio, la tocaste. Te acercaste lo suficiente como para creer que podía ceder, pero no cedía. No la cruzaste y nunca la ibas a cruzar; porque no dependía de ti, no era tuya. Algunas fronteras no están para ser cruzadas, están para marcar exactamente hasta dónde puedes llegar antes de empezar a mentirte. Y tú empezaste a mentirte ahí, y no has terminado. Piensas que si hubieras sido otro, alguien mejor, alguien más fácil, algo habría cambiado. Pero tampoco sabes qué significa eso, joder. Entonces te preguntas si en realidad no preferías que todo saliera mal desde el principio, porque así al menos tenías una excusa para autocompadecerte; que en realidad ella solo era una disculpa para no estar solo. Sin embargo, eres consciente de que eso no es verdad; así que sigues volviendo y revisando. Continúas pensando que hubo un momento distinto, una grieta, un error que podrías haber evitado. Pero no lo hubo; nunca lo hubo. Solo estabas tú, mirando una línea fija, intentando convertirla en otra cosa. Y aún ahora, cuando lo sabes y ya no hay duda, cuando todo encaja de la peor manera posible, sigues volviendo a esa toma; repitiéndola una y otra vez. Ella deteniéndose y mirando atrás antes de cruzar la frontera. Y tú te quedas ahí, siempre ahí. Como si esta vez fuera distinto, como si esta vez sí. Como si no hubieras comprendido absolutamente nada de todo aquello y hubieras perdido completamente la cordura. Como si fueras un soldado fiel dispuesto a morir por la Doncella de Orleans.