martes, 28 de abril de 2026

- Relato 5 de Francisco Castro Legaspi

 

DESENCUENTRO

Me acerco hasta los carros de la compra, meto la moneda en la ranura y saco uno. Mientras lo empujo, me doy cuenta de que le chirría una rueda. Siempre hay alguno al que le chirría o se le dobla alguna rueda. Este tiene lo dos fallos, pero no vuelvo a cambiarlo por otro. Me conformo con lo que el destino me ha proporcionado. Es lo que me tocó.

Parece que el carro tiene vida propia y quiere llevarme al sitio que le da la gana. Como esos caballos que te llevan al lugar donde quieren estar tranquilos: da igual el movimiento que hagas con las riendas, la presión de las piernas… te llevan donde quieren. Lo que cambia es que el carro, su rueda, tiene un sonido agudo. Muy desagradable, insistente. Es como si quisiera decir algo que yo no termino de entender.

Manuela camina cerca, un poco más adelante. No me mira. Solo tiene ojos para las estanterías: mermeladas, potitos, leches, galletas… Se queda un rato comparando los precios. Mira todo lo que tiene a un lado y al otro del pasillo. Menos a mí. La rueda chirría, pero ella sigue concentrada en su escáner visual.

Hemos venido juntas. Aunque mi función es seguirla. Manuela decide y yo obedezco. No tenemos hecha una lista; lo tiene todo en su cabeza.

—Necesitamos leche —dice ella.

Asiento, aunque no haga falta, y en un gesto automático, como el de empujar el trasto que me ha tocado o como el de seguirla, cojo un brick de leche y lo meto en el carro. La rueda chirría; avanzo medio metro y se dobla. El carro me empuja hacia los detergentes… Intento maniobrar hacia el otro lado del pasillo, pero el carro no quiere. Me cuesta hacerlo entrar en mi recorrido. Ella me mira.

—Y pañales. —añade.

Suelta esa palabra. Aquí no hay bebés, ni pañales, pero lo dice como si los hubiera. Seguramente los tiene en su lista mental. Escucho lo que dice, luego la miro, y ella continúa andando hacia adelante; se acerca a la sección de limpieza.

—No tenemos un bebé. —digo despacio.

No suena como me hubiese gustado. Suena seco, distante y no era lo que pretendía. Tal vez me salió así, como lo pensaba. O no lo pensé demasiado y me salió de esa forma. Ella se detiene. Me mira: es la primera vez que lo hace desde que entramos al supermercado. Sus ojos son los mismos de siempre, pero no me miran igual. Es algo que ya hemos hablado muchas veces, y seguimos sin acuerdo. Hay algo más tenso en su mirada, es inquisidora. Acto seguido suelta la frase que cae como una bomba:

—Podríamos tenerlo —dice, y sigue caminando delante de mí.

La rueda del carro deja de chirriar porque ya no lo estoy empujando. Me detengo, respiro. Se hace un silencio extraño. Es raro, porque estamos rodeados de personas comprando que ni siquiera nos ven. Pasan de a dos, de a tres, solas, pero siempre empujan un carro cargado con diferentes cosas.

—No —respondo.

Ella deja de mirarme, vuelve a caminar delante de mí. Y yo continúo empujando el carro de la rueda que chirría y que se dobla. Ahora me lleva hacia la zona de los encurtidos. Mientras intento enderezarlo, escucho una voz femenina:

—¿Nos llevamos los pepinillos?

—Sí. Me encantan —responde la voz de una niña pequeña—. Pero que sean de los picantes.

—No pueden ser picantes porque a tu hermana no le gustan.

—Me da igual, yo quiero los picantes… ¡Quiero los que pican!... ¡Quiero los que pican!... ¡Los que pican!... La voz de la niña comienza en un sollozo y va acrecentándose hasta unos alaridos que se meten por los oídos y acaban por taladrar el cerebro de quienes estamos alrededor.

Empujo el carro con todas mis fuerzas. Ya me da igual que chirríe, porque casi no lo puedo oír. La rueda se dobla. Empujo con más fuerza aún y consigo encaminar mi destino hacia la sección de frutas. Allí, seguro que no hay infantes que berreen.  Naranjas, manzanas, plátanos, piñas, mandarinas, todas expuestas en orden y, sobre todo… en silencio. Cojo una manzana, como un acto reflejo. Sin pensar. La dejo en el carro y me dispongo a probar con otra pieza de fruta.

—Siempre haces eso —dice Manuela.

—¿Qué es lo que hago?

—Hacer cosas sin pensar.

—Si, hay veces que la razón queda por debajo del deseo. Es solo una manzana.

—No es por la manzana. Es por no pararte a pensar en lo que haces.

—Supongo que todo el mundo hace algo, alguna vez, que no se corresponde con la razón; que sólo tiene que ver con el deseo, con el goce o el disfrute del momento. Nada más. Como cuando le pegue un mordisco a esta manzana. ¿Quieres?

—Déjalo ya, no hagas el ridículo. Sigamos con la compra, por favor.

Vuelvo a empujar el carro, y la rueda continúa con el chirrido molesto. Pasamos por las vitrinas de los congelados y veo nuestras figuras reflejadas. Somos dos personas normales que están haciendo la compra; nada demuestra lo contrario. Sin embargo, estamos distanciándonos. Hemos discutido por una manzana, aunque llevamos semanas haciéndolo. No es por la manzana. Si hubiese cogido una naranja, habría sucedido lo mismo.

Manuela se detiene frente a los yogures. Hay miles, de muchos colores y formas diferentes. En ese pasillo hace frío; lo puedo sentir en los huesos y en la garganta. No estoy cómoda. Coge uno, lo examina, lo vuelve a dejar. Coge otro y hace lo mismo. Hasta que coge uno que pone mi primer Danone.

—Quiero tener un hijo —dice sin soltar los yogures y sin mirarme.

—Lo sé —respondo secamente.

—No. No entiendes lo que eso significa.

—Tienes razón, puede ser que no lo entienda.

Sigo empujando el carro, y escucho chirriar la rueda más que nunca. Ahora soy yo la que se aparta de Manuela. Estoy un poco más adelante. Al final del pasillo veo a una familia. O lo que se supone que es una familia: padre, madre y dos hijas pequeñas. Reconozco a la niña de los pepinillos, que lleva en la mano un enorme paquete de gusanitos, pero ya no grita: ahora solo engulle los snacks de maíz. La más pequeña va sentada dentro del carro, llorando y golpeando con los pies porque la hermana no le ofrece de lo que tiene en la bolsa. La madre, con actitud decidida, desaparece por el fondo del pasillo con la niña pequeña y deja a la mayor con el padre.

Manuela se pone a mi lado. Ahora me mira.

—Podríamos ser nosotras —dice en voz baja.

No le respondo y sigo empujando el carro, ella me adelanta. Unos metros más adelante me pongo a su lado; siempre vuelvo a su lado.  La rueda sigue con el infame chirrido. Me detengo. Hay gente por todos lados; nos esquivan… Cada una va a lo suyo.

En la esquina del pasillo del café está la niña de los pepinillos; sigue con los gusanitos. Está sola. Vuelvo la cabeza hacia los dos lados, pero no veo al resto de su familia. Manuela se agacha a su altura y le pregunta su nombre. La niña no le responde y frunce el ceño.

—¿Con quién estás, bonita?

La niña sigue sin contestar. Manuela le ofrece su mano y la niña se la coge, sin soltar la bolsa de gusanitos. Yo las sigo con el carro que chirría y que me lleva siempre hacia el lado derecho. Empujo con todas mis fuerzas para volver a enderezarlo; siento como me duele el brazo. Van juntas hacia la caja más cercana y le dice a la cajera que la ha encontrado sola. Por la megafonía suena la voz de la encargada.

Desde el extremo opuesto del supermercado se ve correr a la madre que se aproxima rápidamente hacia nosotras. Llega empujando el carro en el que va montada la niña pequeña. Tiene la cara desencajada entre el miedo, la desesperación y la angustia. Se acerca a la niña y la abraza, mientras le recrimina que no debe alejarse de ella.

—Y a tu padre ya le vale… —dice en voz alta, mientras se lleva a la niña de la mano.

Es la primera vez que no hay nadie a nuestro alrededor. Manuela cierra los ojos unos segundos, luego los abre. Hay algo de cansancio en su mirada. Pagamos, salimos a la calle y consigo dejar el carro con la rueda que chirría en su sitio. Recupero la moneda, me la guardo en el bolsillo. ¡Por fin! Se acabó la tortura: ya no voy a escuchar más ese molesto sonido agudo y constante.

—No quiero perderte —dice ella de repente.

—No vas a perderme —digo, pero no suena convincente. Ni siquiera para mí.

—Entonces dime que sí.

—No puedo —respondo.

—Entonces ya me estás perdiendo.

Seguimos las dos andando hacia el coche en silencio. Yo llevo en una mano la bolsa con las compras y en la otra las llaves. La veo de espaldas y la sigo, como hago siempre.

-Relato 5 de Isabel García

 

Te estoy hablando


—¿Es que no oyes el despertador? —Entré en la habitación de mi hija. Todas las mañanas antes de ir al instituto ocurría lo mismo.

—Solo cinco minutos más. —Paula se encogió, se cubrió la cabeza con la colcha y gritó cuando abrí la persiana de un tirón—. ¡Mamá!

—Ni mamá, ni momó, ¡arriba! —La luz reveló los vaqueros y la camiseta del día anterior en el suelo. Las zapatillas de deporte, cada una en una punta de la habitación, tenían en su interior calcetines arrugados. Recogí las prendas. Unas bragas sucias se escondían detrás de la puerta—. ¡Son las ocho menos cinco!

Paula se levantó de un salto y se dirigió a su armario. Revolvió en los cajones hasta sacar una camiseta rosa palo, unas mallas negras y unas bragas de corazoncitos que le había comprado hace poco en las rebajas. Doblé los vaqueros y tiré hacia el pasillo la camiseta, los calcetines y las bragas. Paula dio la vuelta y se abalanzó sobre la mesita de noche. Desenchufó el cargador y miró la pantalla de su móvil.

—¡Eres una mentirosa! —Paula se tiró al suelo, metió el brazo debajo de la cama y sacó un sujetador—. Faltan todavía veinte minutos.

—Es que si no no te levantas. —Me incliné, agarré las sábanas y las sacudí.

Paula se levantó, me agarró por los hombros y me empujó hacia el pasillo.

—¡Intimidad! —La puerta se cerró de golpe a mi espalda.

Suspiré mientras recogía la ropa sucia. Recorrí el piso superior, acumulé toda la colada del día en un cesto y bajé las escaleras despacio con una mano en la barandilla. En la cocina, la cafetera había comenzado a rebozar y el líquido se derramaba por la vitrocerámica. 

—Mierda. —Solté el cesto, la aparté del fuego deprisa y coloqué una bayeta para que empapase. Me giré hacia la puerta—. ¡Ahora sí son menos cinco!

Paula bajó corriendo por las escaleras y entró en la cocina peinándose con los dedos. Antes llevaba una media melena para poder recogérsela sin problema en sus entrenamientos de baloncesto, pero hace dos semanas apareció con un corte bob. «Tuve un mental breakdown, mamá». No dio más explicaciones.

—¿Puedes dejar de mentirme? —Paula se desplomó en la silla, tomó la tostada que le había preparado sobre la mesa y le pegó un bocado—. Me tienes estresada.

—Si no estuvieras un martes hasta las tantas con el móvil, no te costaría tanto levantarte. —Tomé el café que quedaba en la cafetera y me lo serví—. ¿Se puede saber qué haces hasta tan tarde?

No obtuve respuesta. Paula miraba su móvil y deslizaba el dedo sobre la pantalla. Cada cierto tiempo paraba, sujetaba la tostada con los dientes, y escribía algo rápidamente. Le di un sorbo al café. Solté la taza de golpe, saqué la lengua y me abaniqué. Paula se sobresaltó.

—Por eso no hay que ir con prisas —señaló mientras yo abría el frigorífico y sacaba una botella de agua.

—¡Dientes! Que ya es la hora.

Paula suspiró, arrastró la silla al levantarse y, sin despegar los ojos del móvil, se dirigió lentamente hacia el cuarto de baño.



—Deja la mochila en su sitio. —Ese lunes había pasado la mañana doblando camisetas en la trastienda, subiendo y bajando escaleras con cajas de la nueva colección y atendiendo a clientes que entraban sin dejar de mirar el móvil—. Y lávate las manos.

Paula dejó caer la mochila al suelo y pasó de largo. Las llaves quedaron sobre el mueble del recibidor.

—Paula.

No se detuvo. Cruzó el pasillo, empujó la puerta del baño con el hombro y la dejó abierta. El grifo empezó a correr. Me incliné, levanté la mochila y la colgué. Un sobre asomaba por la cremallera delantera. Tiré de él.

Volví a la cocina con el sobre en la mano. Lo dejé sobre la mesa. Saqué dos platos, los coloqué, abrí la nevera y cogí el táper de lentejas. Lo vacié en el cazo y encendí el fuego. El grifo del baño seguía abierto.

—¡Paula!

La puerta del baño golpeó la pared. Paula entró en la cocina secándose las manos en la camiseta.

—¿Qué es esto? —Deslicé el sobre por la mesa.

Paula miró el sobre, se acercó, lo cogió y lo dejó donde estaba.

—Nada.

Apagué el fuego, acerqué el cazo al fregadero y volví a la mesa. El sobre no estaba sellado, lo abrí y desplegué el papel de su interior.

—Uso del móvil en clase. —Apoyé el dedo sobre la hoja—. Parte disciplinario leve.

—No es nada. —Paula sirvió la comida en dos platos y los colocó sobre la mesa.

—¿Que no es nada? Paula, ¿desde cuando te echan partes? ¿Esto es nuevo ahora? —Giré el papel—. ¿Dónde está?

Paula se metió la mano en el bolsillo. Sacó el móvil. La pantalla se encendió.  La bloqueó. Lo dejó boca abajo.

—Solo me lo han quitado un rato. —Paula encogió los hombros, tiró de una silla, la arrastró y se sentó. Luego cogió la cuchara, pero no llegó al plato. Se detuvo antes de coger el móvil y desbloquearlo.

—Paula, deja el móvil. —No me hizo caso. Deslizó el dedo por la pantalla, se detuvo, escribió, borró y escribió otra vez—. Dame el móvil. —Paula no levantó la vista, pulsó la pantalla con el pulgar y se lo acercó más a la cara—. Paula. —Alargué la mano, pero ella lo apartó y se lo pegó al pecho. 

Se levantó. La silla rozó el suelo.

—Dámelo.

Negó con la cabeza y pasó a mi lado.

—Paula.

Caminó hacia el pasillo con el móvil en una mano. Subió el primer escalón y se detuvo. Miró la pantalla apartándose un mechón y escribió algo.

—Esto no se queda así.

No respondió. La seguí pero subió corriendo. Al final del pasillo, la puerta de su cuarto estaba entornada cuando llegué arriba, la empujó y entró. Antes de que pudiera alcanzarla la puerta se cerró de golpe contra mi mano. 

—¡Paula! —Solté el pomo y me quedé frente a la puerta. Al otro lado, pasos. El clic del pestillo.

Apoyé la palma sobre la madera. Unos segundos más tarde la retiré y bajé las escaleras. En la cocina, la cuchara seguía a un lado del plato y el parte en el centro de la mesa. 



El aceite empezó a chisporrotear en la sartén cuando eché las patatas. Dejé la espumadera sobre la encimera, abrí el cajón de los cubiertos y saqué dos tenedores. Afuera, la llave giró en la cerradura. La puerta se abrió. Una mochila golpeó la pared y unas zapatillas cayeron junto al mueble de la entrada.

—A la ducha —dije sin girarme.

Paula no respondió. Cruzó el pasillo y la puerta del baño se cerró. El agua empezó a correr. Dejé los tenedores sobre la mesa, bajé el fuego y apagué la campana extractora. Abrí el cesto de la ropa limpia que había dejado junto a la mesa esa mañana y lo cargué entre los brazos.

Subí las escaleras despacio. Empujé la puerta del cuarto de Paula con el codo. Estaba abierta. Entré y dejé el cesto sobre la cama. Saqué unas camisetas y un pantalón doblados y los coloqué sobre la silla del escritorio. Un par de calcetines salieron rodando. Me agaché y el zumbido del móvil vibró sobre la mesilla.

Me giré y me quedé quieta, estando aún inclinada. La pantalla se encendió. Otro zumbido. Otro. Me acerqué, apoyé la mano en la mesilla y miré la pantalla. Me quedé un momento con la mano apoyada en la madera hasta que tomé el móvil entre mis manos. El agua dejó de correr. Dejé el móvil rápidamente en su lugar. Saqué una sudadera del cesto, la doblé y la dejé sobre la silla.

Recogí el cesto, salí al pasillo y me dirigí a mi habitación. La puerta del baño se abrió. Paula salió con una toalla en la cabeza y otra alrededor del cuerpo.

—La cena está en diez minutos. —Dejé otro montón de ropa limpia y doblada sobre mi cama—. ¿Hoy has llegado más tarde que otros día, no?

Ella pasó de largo hacia su habitación mientras yo volvía al pasillo. Cuando entró el móvil volvió a vibrar. Se acercó a la mesilla, lo cogió y la pantalla le iluminó la cara. El dedo se movió rápido, realizando una breve pausa antes de volver a escribir.

—¿Quién es? —Apoyé el cesto vacío en el suelo.

—El grupo —dijo sin levantar la vista. Se quitó la toalla de la cabeza y la dejó caer sobre la silla.

—¿El del equipo?

—Sí, cotilla. —Se sentó en la cama, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas mientras escribía en la pantalla.

—¿Y el entrenador? —Me crucé de brazos.

Alzó la vista un segundo, pero la bajó otra vez.

—¿Qué pasa con el entrenador?. —Dejó el móvil sobre la cama, se levantó, abrió el armario y sacó una camiseta. 

—¿También está en el grupo? —Paula me ignoró mientras sostenía en alto la camiseta. Luego la dejó a un lado y sacó otra—. ¿Qué habéis hecho para terminar tan tarde el entrenamiento hoy?

—Este finde hay partido.

El móvil vibró. Paula se giró y lo cogió. Sonrió apenas. Yo suspiré.

—Voy abajo. —No recibí respuesta—. Date prisa que se enfría.

Bajé las escaleras. En la cocina, apagué el fuego y el aceite dejó de chisporrotear. Aparté las patatas e incorporé unos huevos que había batido antes. Vertí la mezcla en otra sartén y esperé a que cuajara. Serví la tortilla en un plato y miré hacia la puerta. 

—¡A comer!



El silbato sonó cuando entré en el pabellón. Me abaniqué con las manos y bajé las gradas. Varias madres se levantaron para dejarme pasar. Me senté en la segunda fila y apoyé el bolso en el suelo.

En la pista, Paula corría de un lado a otro. Botó el balón, le hizo un pase a Ángela, la número diez, pero lo volvió a recibir. Se detuvo un segundo junto a la banda, miró hacia fuera y levantó la mano. Desde el banquillo, el entrenador le devolvió el gesto, señalando algo con dos dedos. Paula asintió y volvió a correr.

—Hoy la ha puesto de base. —La madre de Julia estaba sentada a mi derecha con la mirada fija en la pista—. Lleva toda la semana con ella.

Asentí, me incliné hacia adelante y me sujeté fuerte las rodillas.

Una jugadora del equipo contrario tiró a canasta, pero el balón golpeó el aro. Paula recogió el rebote y corrió hacia el otro lado, pero el silbato volvió a sonar. Se detuvo, miró al banquillo y el entrenador salió un paso a la pista. Le dijo algo haciendo aspavientos con las manos y Paula se acercó. Él apoyó la mano en su hombro y señaló la zona. Paula giró la cabeza hacia la misma dirección, asintió y volvió a su posición.

—Desde que se cortó el pelo ya no es la misma. —Otra mujer, esta vez desconocida, habló—. Ahora juega más segura. Es la favorita del entrenador.

Me recosté en el asiento, crucé los brazos y miré el marcador mientras respiraba profundamente. Cuando el partido terminó, las chicas se acercaron al banquillo. Habían ganado de doce. Paula se quitó la goma del pelo, se lo sacudió con las manos y se inclinó para coger la botella. El entrenador se acercó por detrás y le dijo algo. Paula giró la cabeza y le sonrió. Él le quitó la botella de la mano y la dejó sobre el banco. Paula se secó la cara con la camiseta. Él señaló la puerta lateral. Paula asintió.

Las demás chicas se fueron hacia el vestuario. Paula se quedó un momento más. Recogió el cubre, se lo colgó del brazo y escribió algo en el móvil antes de guardarlo.

—¿Vas a esperar? —La madre de Julia se había levantado y me miraba.

Negué con la cabeza. Me levanté y subí los escalones de la grada despacio. Luego bajé hasta la entrada del pabellón, crucé el pasillo hasta los vestuarios, pero la puerta estaba cerrada.

Seguí hasta la salida lateral, donde la puerta estaba entreabierta. Empujé.

Afuera, Paula estaba junto a la pared con el cubre sobre los hombros y el móvil en la mano. Él estaba frente a ella, más cerca que en la pista. Avancé.

—Paula.

Los dos giraron la cabeza. Él dio un paso atrás y Paula abrió muchos los ojos. Me detuve a un par de metros. Lo miré a él y miré a mi hija.

—Vamos. —Señalé con la barbilla hacia la puerta. Paula no se movió. Apretó el cubre contra el pecho—. Ahora. —Abrí más la puerta y la sujeté. 

Paula caminó hacia mí sin levantar la vista. Atravesó la puerta, la seguí y dejé que se cerrara de un portazo detrás de nosotras. Eché a andar por el pasillo, adelantando a Paula, quien me siguió con pasos desacompasados. No miré atrás. Crucé el pasillo, empujé la puerta principal y salimos al aparcamiento.

—Al coche. —Saqué las llaves y abrí el coche, pero Paula se quedó de pie junto a la puerta—. Dentro. Ahora.

Paula se sentó. Cerré de un golpe, rodeé el coche y me senté al volante. Las llaves encajaron en el contacto y las giré. El motor arrancó.

Paula miró por la ventana. Yo miré al frente.

—Se acabó el móvil y los entrenamientos.

Ninguna de las dos dijo nada más. Puse la marcha atrás.

lunes, 27 de abril de 2026

-Relato 5 de Luis Vera


Un día más

    Salí del estudio con la bata doblada sobre el brazo. El fotógrafo dijo: «Perfecto, ha quedado realmente bien», mientras guardaba la cámara en su funda, y Roxanne soltó el aire despacio, como si acabara algo más largo de lo que había sido. En el pasillo habían pegado el cartel de la campaña: una mujer con bata blanca, un estetoscopio colgado y una sonrisa fija. Me detuve un momento.

    —Eres tú. —Roxanne sonrió abiertamente.
    —Es la bata, yo ya no tengo trabajo.
    —Lo conseguiremos.
    —¿No te cansas de este tonto círculo? Buscar para trabajar, trabajar para buscar.
    —El truco es no pensar en ello.
    Bajamos las escaleras y salimos a la calle. El ruido del tráfico estaba ahí desde antes de abrir la puerta. En la esquina, el kiosco tenía los periódicos colgados con pinzas y una radio pequeña apoyada en una caja. Sonaba la misma canción que dentro del estudio. El hombre del kiosco no levantó la vista.
    —Podríamos mirar anuncios —dijo Roxanne.
    —Luego.
    Fuimos al bar de la esquina. La puerta hizo el mismo ruido seco de siempre. Dentro, la mujer del trapo azul limpiaba vasos detrás de la barra. Nos sentamos en los taburetes de siempre.
    —Dos cafés.
    La mujer dejó dos vasos de agua antes de servir el café.
    Puse la bata sobre la barra, bien doblada. El trapo azul pasó cerca sin tocarla. En la televisión, un presentador movía los labios sin sonido. Miré el reloj del bar. Marcaba las doce y media.
    —El del metro siempre va dos minutos tarde.
    —Quizá lo hace porque disfruta mucho su trabajo, y así pasa más tiempo en él. —Roxanne tomó una taza de café.
    Bebí la mitad del café y dejé la taza. Afuera, la canción volvió a empezar.
    —Siempre la misma.
    —El truco es no pensar en ello. —Bebí el resto del café.
    —¿Tienes algo mañana? 
    —No.
    —Yo tampoco.
    Doblé mejor la bata y la metí en la bolsa.
    —La devuelvo mañana.
    —Podrías usarla.
    —La devuelvo mañana.
    Salimos. La puerta sonó igual. Caminamos hacia el metro. En la entrada, el reloj marcaba las doce y cuarenta.
    —Dos minutos.
    —Siempre dos tarde.
    En el andén esperamos sin hablar. El tren llegó a las doce y cuarenta y dos y subimos. Me senté frente a ella con la bolsa en las rodillas, mientras ella comenzó a hablar.
    —Hay una agencia nueva, en la calle larga.
    —Vamos mañana.
    En la siguiente estación subieron dos chicas con carpetas. Las miré un momento y luego miré la bolsa. Roxanne también las miró.
    —Van a un casting.
    —Puede ser, o quizá ellas tienen algo fijo.
    Bajamos en nuestra parada. En la salida había otro kiosco. Compré un periódico y lo abrí allí mismo. Pasé las páginas de anuncios.
    —Siempre lo mismo —dijo Roxanne.
    —El truco es no pensar en ello —dije.
    En la calle, un coche tenía la radio encendida. La misma canción. Roxanne comenzó a hablar.
    —Está en todas partes.
    —En todas, seguro que alguien compró los derechos muy baratos y ahora los está explotando.
    Nos detuvimos en la esquina.
    —Hasta mañana.
    —Descansa.
    Seguí caminando sola. Pasé frente a una tienda con maniquíes vestidos con batas blancas. Uno tenía un estetoscopio colgado. Me detuve un momento y luego seguí.
    Llegué al edificio. El ascensor seguía averiado. En cada piso había una maceta seca junto a la puerta. Subí hasta el tercero. Abrí con la llave.
    Dentro, dejé la bolsa sobre la mesa. Saqué la bata y la extendí en la silla. Encendí la luz. Abrí el periódico y me senté.
    —Se busca modelo… disponibilidad inmediata. —Leí en voz alta.
    Pasé la página.
    Dejé el periódico y cogí la bata. Me la puse. Me miré en el espejo. Me coloqué el pelo detrás de las orejas.
    —Buenas tardes —dije—. Pase, por favor, el doctor la está esperando.
    Me quedé quieta un momento. Luego me quité la bata, la doblé y la dejé en la silla.
    Sonó el teléfono.
    —¿Sí? 
    —Soy yo. —La voz de Roxanne sonaba entrecortada.
    Colgué.
    Abrí la ventana. Desde la calle subía la radio del kiosco. La misma canción. Cerré la ventana.
    Volví a la mesa. Marqué dos anuncios en el periódico. Doblé el papel dejando las marcas visibles. Coloqué la bata encima, alineando las mangas.
    Apagué la luz y me acosté. La canción volvió a empezar.
    A la mañana siguiente, me levanté, me vestí y guardé la bata en la bolsa. Cogí el periódico.
    Bajé las escaleras. Las macetas seguían secas. Salí a la calle. El kiosco estaba abierto. La radio sonaba.
    —Otro.
    El hombre me dio un periódico.
    Bajé al metro.
    En el andén, Roxanne estaba apoyada en la columna.
    —Llegas a tiempo.
    Subimos al tren.
    —Primero la agencia.
    —Luego devuelvo la bata.
    El tren avanzó. Alguien tarareaba la canción.
    Bajamos. Subimos a la calle. Caminamos por la calle larga. En un escaparate había otra imagen de la campaña: una doctora con bata blanca. Roxanne se detuvo.
    —Otra vez tú.
    —Es la bata, yo sigo desempleada.
    Seguimos hasta la agencia. Había gente esperando en la puerta. Una chica sostenía un periódico doblado como el mío. Otra llevaba una bolsa con ropa.
    —Venimos por el anuncio. —Roxanne sonreía.
    —Apunten sus nombres en la lista. —La mujer del mostrador no regresó la sonrisa.
    Escribí el mío. Dejé la bolsa en el suelo, junto a otras.
    —Esperad ahí.
    Nos sentamos. Al fondo, una radio sonaba baja. La misma canción.
    —Siempre la misma. —Roxanne tomo asiento.
    No contesté nada.
    Un hombre salió con una carpeta.
    —Siguiente.
    Una chica se levantó. Otra ocupó su sitio. La puerta se abrió otra vez.
    —Donna Johns.
    Me levanté. Cogí la bolsa. Entré. El hombre señaló una silla.
    —Deja la bolsa ahí.
    La dejé junto a la pared. Dentro estaba la bata doblada. El hombre abrió la carpeta.
    —Vamos a empezar.
    Me quedé de pie frente a él. Detrás, en otra habitación, alguien tarareaba la misma canción. Escuché la canción una y otra vez.
    El hombre me miró y movió los labios, volvió a mover los labios.
    —¿Quieres el trabajo o no? —gritó con fuerza.
    —La verdad es que no.
    Me miró por varios segundos antes de hablar.
    —Entonces, ¿qué haces aquí?
    —No lo sé.
    —¿Qué no piensas? ¿Por qué vendrías a un lugar si no sabes ni qué haces ahí?
    —A veces es mejor no pensar en ese tipo de cosas.
    —¿Y en qué sí piensas?
    —En la canción, esa canción que se repite.
    —Yo no escucho nada.
    —Claro que sí, la canción, la maldita canción.
    El hombre sacó su celular y realizó una llamada. Yo me levanté de la silla y salí de la oficina. Roxanne estaba ahí, me miró y comenzó a mover los labios. Yo seguí adelante hasta la puerta sin contestar.
    Esta vez, al fin, podía oír. Ya no había ninguna canción.


martes, 14 de abril de 2026

-Relato 4 de Federico Aresté

ALGO NUEVO, LA HISTORIA DE MARTÍN G. 


PASADO RECIENTE

Después de mucho tiempo Martín volvió al pueblo. 

Estuvo años viviendo en Buenos Aires y nadie supo más de él hasta que volvió con su madre a la casona vieja de la calle principal. 

Desde que llegó, se la pasó caminando todas las tardes alrededor de la plaza. Arrancaba en la esquina frente a la heladería y seguía en dirección a la estación de servicios. Si uno se sentaba a las siete de la tarde en el café de Juan, lo veía pasar sólo y cada vez más flaco, sin cruzar palabra con nadie. 


PASADO PASADO

I

Cuando Martín terminó la secundaria se fue a estudiar a Buenos Aires. 

A los pocos días de empezar la cursada de cine se armó de un grupo de compañeros. Eran cuatro. Dos chicos de Córdoba y una chica de Capital Federal. Todas las tardes se juntaban después de clases a tomar cerveza en el bar de la esquina. Un lugar que estaba lleno de viejos y de tacheros que se la pasaban jugando al truco. Uno de esos bares que tienen camisetas de equipos de fútbol (de Boca, de San Lorenzo, de River y de Atlanta), y afiches de boxeadores en las paredes (la primera pelea en el Luna Park de Ringo Bonavena en 1965; Nicolino Locche después de bailar en Tokio). 

Los cuatro llegaban y se sentaban siempre en la misma mesa al lado de la ventana. Se quedaban hasta tarde hablando de películas y de libros. 

Todos hablaban mucho y sin parar. 

Martín sólo escuchaba y tomaba cerveza. 

No sabía muy bien cómo entrar en esa conversaciones que después practicaba solo frente al espejo. Ensayando respuestas inteligentes y profundas. Gesticulando con las manos como sus amigos nuevos. 


Una tarde Martín se emborrachó y terminó peleando a la salida del baño. 

Los otros se sorprendieron cuando lo vieron así, amagando con partirle a un tipo una botella en la cabeza. 

Pidieron disculpas y salieron a caminar. 

Caminaron y caminaron por las calles de Buenos Aires. 

Era marzo y todavía hacía mucho calor. Ese calor húmedo de las ciudades que se levantan a la orilla de los ríos y crecen dándole la espalda. Como si el río no estuviese ahí. Como si el río fuese una cosa mala y la humedad una forma de venganza. 


Al otro día en la facultad hicieron bromas con el agua del pueblo donde había nacido. Le preguntaron si tenía algo el agua que tomaban ahí. Un líquido que llenaba de rabia a la gente que parecía tranquila como él. Buena gente de campo igual que él. Pero en realidad esa idea de que en los pueblos chicos vive gente tranquila y medio boluda es una historia que se inventan en las ciudades. En los pueblos la gente vive peleando por cualquier cosa. Discutiendo a los gritos porque un pariente devolvió rota la parrilla prestada. Amenazando con una escopeta al perro del vecino porque mató alguna gallina y todo tipo de cosas así.


II

Primero pasaron los días y los meses, después los años de facultad hasta que Martín se recibió, y con el grupo de amigos armaron una productora de contenidos. Hicieron publicidades. Filmaron cortos y películas más largas y participaron de festivales de cine independiente en Mar del Plata y Montevideo, también viajaron a un festival en Colombia. 

Justo en esa misma época empezó a salir con Romina. Una piba que conoció en el último año de la facultad, en el taller de edición. Ella era porteña. Morocha, de piernas largas. La boca grande y roja. Por primera vez Martín sentía que era feliz. Se había mudado solo a un departamento en Parque Chacabuco y había comprado un Clio negro con unos ahorros y algo de plata prestada.

La primera vez que se fueron juntos fue después de una fiesta. Los dos estaban muy borrachos y terminaron en la casa de los padres de Romina que estaban de viaje. 

A partir de ahí nunca más se separaron. 

Hasta el día del accidente. 


AHORA

Estamos en uno de esos bares de Buenos Aires que son todos iguales. 

Después de dos años en el pueblo, Martín volvió a vivir a Capital. 

Ahora está sentado con una chica que conoció en una exposición de arte. Los dos están tomando cerveza. Él lleva aros grandes, anillos y pulseras de cuero. Está más flaco que hace unos meses, cuando se la pasaba todos los días caminando por la plaza. Tiene el pelo largo que le llega hasta los hombros, lleno de rulos. También lleva lentes. Apenas se le ven los tatuajes nuevos que tiene en el brazo porque el bar donde están tomando cerveza está casi oscuro. 

Martin no para de hablar. 

La chica lo escucha. 

Le cuenta sobre el accidente que tuvo hace unos años. 

Le cuenta que volvía manejando después de una fiesta en un camping cerca de Bariloche, y que al lado de él iba Romina. 

Cuenta que cuando llegaron a un semáforo, una camioneta cruzó en rojo y los chocó de costado. 

El auto dió vueltas y vueltas y cayó a un arroyo. 

La chica lo escucha. Él habla y toma cerveza. La chica le pregunta si cree que el accidente se habría evitado si él no hubiese manejado borracho. 

Él responde tranquilo que no. La camioneta cruzó el semáforo en rojo. Nada hubiese podido evitar lo que pasó. No dependía de él. 


En el bar ahora suena Prince. 

El videoclip se proyecta en la pared que tienen enfrente. Purple Rain. I only wanted to see you bathing in the purple rain. 

La música está fuerte y ellos apenas se escuchan. 

La chica también conoce la canción y mira el video. La cámara enfoca a los personajes del público que cantan y gritan. 

Martín le pregunta si le gustaría tomar otra cerveza en la barra. 

Ella dice que sí. 

Unos mozos se acercan, corren las mesas y las sillas vacías. Las juntan y las apilan a un costado. Las luces se apagan del todo. 

Prince sigue tocando la guitarra en la pared, yendo y viniendo por el escenario. El pelo negro y largo. La camisa blanca. 

Los tiempos están cambiando, dice Prince en inglés. Es hora de estirarse para alcanzar algo nuevo. 

Martín escucha la frase y cae en la cuenta que ya se hizo tarde. Es miércoles y mañana trabaja temprano. Piensa en el mejor camino para volver esquivando los controles de alcoholemia. Y piensa también que debería ofrecerle a la chica llevarla hasta su casa. De ninguna manera puede dejarla volver sola a casa a estas horas de la noche.


-Relato 4 de Miguel Quezadas

 Brahmán

 


Desde el día de la exposición ganadera, cuando Román lavaba la mierda de brahmán y vio a Laura acercarse acompañada de su familia, deseó casarse con la menor de los Mendoza.

Ese destino lo cambió Alfonso chico, al volver de Estados Unidos graduado en derecho.

Pasó en una fiesta, que Don Alfonso organizó en el rancho. Había contratado marimba, flauta y cantantes para toda la noche. Dentro de los invitados, estaba la familia de Laura.

Ahí los presentaron. Alfonso adoptó como de su propiedad los ojos felinos de Laura y ella su carácter recio.

Los trabajadores del rancho no estaban invitados, pero Román que limpiaba el establo, aprovechó para escabullirse «¿Está don Alfonso?» y ver una vez más a Laura.

—Hola. No sabía si ibas a venir.

—Yo menos.

Había algo en Román que le atraía a Laura, la única explicación era su sangre joven.

En los encuentros que tenían, Román sostenía los planes a futuro. Le ocultaba la certeza de que solo él sabía cómo administrar el dinero de los Mendoza y gestionar los miles de hectáreas llenas de cabezas de ganado. 

Sin embargo, un: «Me casaré con Alfonso». Bastó para acabar con la planeación.

Desde antes que los presentaran a fuego lento se había estado cocinado la aprobación de las familias. Laura nunca se lo dijo a Román, ni eso, ni que su amor solo era efervescencia pasajera o que la boda con Alfonso llevaba tiempo planeándose.

 

A Román no le quedó más remedio que casarse con la prima de Alfonso, Rita, una versión menos rica y menos del gusto de Román, pero con casi la misma cantidad de dinero que la familia Mendoza. «Te viene bien». Ella rozaba los cuarenta. Para alguien que perseguía la fortuna como los insectos a la luz, fue su gran oportunidad para ser parte de la familia.

Terminó como un terrateniente más. 

Los encuentros casuales se prolongaron con los años. Ya no era más efervescencia, se convirtió en un hábito que le nutría. A diferencia de Alfonso, Román solo le decía lo que quería escuchar.

Alfonso se fue a vivir a Ciudad de México, por un puesto en el Congreso. Se llevó consigo a Laura.

Román castigó a su corazón con alcohol de burdeles y noches de cantina. Pernoctaba hasta el amanecer, en parte por el supuesto amor por Laura y en otra parte, por costumbre.

Se decía hombre de una sola: de Laura. Con el alcohol encima hacía el amor, esculpiendo en la oscuridad a Laura y solo así entregaba todo. Reviviéndola a como la recordaba, con el vestido de flores y olanes del verano.

Al despertar; el olor, las sábanas y el calor de sus cuerpos, lo regresaban a la realidad, a Rita. 

Solo el recuerdo de limpiar la mierda de brahmán lo hacía no arrepentirse de lo que había hecho.

Desde esa misma Ciudad de México que se había llevado a Laura, llegó la noticia que había muerto. Cayó mal en todos, se escuchaba silencio en las reuniones, los propios y extraños compartían el dolor. Román solo sabía lidiar con ello llenando los espacios de alcohol. Se perdía y volvía a aparecer cada cuánto. Lo único que lo hizo no desaparecer por siempre fue que una carta que Rita recibió. Era de Alfonso desde Ciudad de México. Ahí entre tantos detalles, le pedía a aquel infeliz matrimonio su presencia en un rezo que iba a ofrecer.

—¿Por qué hasta allá?

—Ha de seguir dolido.

Para mí que él tuvo algo que ver.

—No seas desgraciado Román, ¿Cómo vas a decir eso? Falleció en un accidente de coches.

A mí me huele mal.

—No te oigan mis tíos.

Tomaron los trenes hasta llegar aliviados por el ajetreo. Los recibió una de tantas tardes de julio.  «¿Cómo te fue? ¿bien?» Al bajarse en el patio, una casa inmensa en el Pedregal los recibía imponente.

—Así que cuéntenme, ¿Cómo ha estado todo por allá?

—Pues todo bien… —Rita quiso responder, pero Román la interrumpió.

—Uno ya no sabe nada de allá, éste como ya no limpia la porquería del ganado se olvida de la familia. —Román fingió reír—. Desde que Laura se fue ya no cuento los días igual. Pero siéntense, llegaron justo a tiempo para comer. ¿Qué se les antoja? A mí una buena milanesa. ¡magda!... —De la cocina salió una joven, que escuchó con atención lo que Alfonso le decía al oído. La joven se fue a la cocina, hasta que regresó con tres platos.

A él y a Rita le habían servido milanesas, a Román un caldo de frijoles.

—Más tarde viene doña Esperanza.

—¿Y doña esa quién es?

—La rezadora.

—Tengo la duda de que si nada más vamos a ser nosotros

—Lamentablemente sí, nadie más.

—Es una pena Alfonso, pero no pasa nada, con la familia basta y sobra.

—Sí Rita, te agradezco. Igual, aprovechando que estamos en confianza, hay muchas cosas que uno no conoce, que he podido descubrir estos días que he estado de luto. Cosas que uno no se explica.

—¿A qué te refieres?

—Una de tantas ha sido ver que ahorita ya se puede hasta hablar con los muertos.

—¿Qué clase de muertos? —Rita le dio un codazo a Román para callarlo. Alfonso sonrió y se mordió el labio mirándolo fijamente.

—Me vas a decir que te da miedo.

—Le tengo más miedo a los vivos.

—Yo más a los muertos… pero de hambre. Es broma. —Ahora Román fue quien se mordió el labio.

Después de cenar, ambos se fueron a dormir. Román se despertó sudado con la marca del colchón en el rostro. Al mirar al frente vio a una señora en el marco de la puerta.

—Tienes ojos de hambre.

—Oye Alfonso… mira lo que me está diciendo tu muchacha. —A Román no le gustaba entablar conversación con las sirvientas, a pesar de que su madre había sido muchos años una. «Hijo ayúdame a cargar las bolsas».

—Ella es doña Esperanza, la médium. —Desde la sala.

—¿La qué?

—No te preocupes hijo, las ofensas no existen. No hay problema. Vine a llamarlos para que bajen a sentarse en la mesa. —Al bajar todos se acomodaron en una mesa circular.

—Oye Alfonso, ¿y ahora que se traen?

—¿No te dije? Vamos a hablar con Laura. 

—¿Es en serio?

—Sí y mucho. Hace unos días pude hablar con el abuelo. Y queda pendiente hablar con Laura.

Rita solo miraba a Román esperando su reacción, para seguirle la corriente.

La sesión comenzó tomándose de las manos y cerrando los ojos.

Las manos de todos se agitaban sin parar. Román sentía como el corazón le azotaba el pecho.

—Alfonso, amor, ¿eres tú de quien veo la luz? —Doña Esperanza comenzó a hablar con los ojos cerrados.

—Sí Laurita, aquí estoy, háblame.

—Aquí donde estoy yo… Es momento…

—Dinos cómo moriste. —Interrumpió Román

—Me quitaron la vida.

—¿Quién te mató? —Solo se quedó en silencio—. ¿Alguien de aquí te mató?

—Sí.

—¿Puedes señalarlo?  —Román solo volteó a ver con los dientes apretados a Alfonso. —Doña Esperanza comenzó a convulsionar y Alfonso tomó sus hombros hasta que se detuvo. 

—¡Nadie la toque! ¡Román! ¡trae agua, rápido!

Rita rezaba todas las oraciones que sabia.

—Cállate Rita, has de ser tú la que cebó la sesión. 

—¿Sabes por qué lo hice con ustedes aquí? 

Porque yo sé que ustedes eran, no sé… cercanos. ¿sabes?

—Bueno, creo que Rita y yo éramos cercanos a ella.

—De hecho, me refiero a ti.

—Ay Alfonso no andarás pensando mal de tu difunta esposa…

—No estoy hablando contigo. A ver, contesta. ¿Qué se traían?

—Mira Alfonso, entiendo que estés triste, todos lo estamos…

—No cambies el tema. Se hombre.

Román alzó la mirada al candelabro—. No, no sé de qué hablas. —Regresó a mirar el candelabro en el techo, como brillaba a pesar del tamaño del lugar.

—¿Y si te muestro esto? —Alfonso sacó un paquete de cartas, que se las lanzó una a una en la cara.

—¿Ya te acuerdas? —Le dio una bofetada seca que hizo eco.

—¿Cómo está doña Esperanza? ¿Ya podemos retomar?

—Ya. —Se levantó a la cocina.

—Excelente.

—Alfonso, creo que debes calmarte…

—¿Tú te calmarías si tu esposa te quisiera matar? ¿Encima para huir con un pobre diablo? Perdón, deja se lo pregunto a ella. —Alfonso giró. —¿Qué dirías Rita?

—Alfonso... ¿Cómo murió Laura? —Román se comenzaba a hacer para atrás.

—Pues hay que preguntarle. —Alfonso fue a la cocina a llamar a Doña Esperanza.

—Yo no voy a seguir con esto, vámonos. —Tomó la mano de Rita.

Doña esperanza se sentó a su lado.

—Alfonso, ¿cómo murió Laura?

—Por culpa de un pobre diablo como tú, por eso.

Doña Esperanza cerró los ojos, al decir que sintió la presencia de algo.

Rita se levantó a recoger las cartas y las comenzó a ojear.

—Algo está aquí, es una presencia femenina.

Rita leía las cartas. Lágrimas brotaban de sus ojos.

—¿Usaba un vestido blanco de flores?

—¡Sí es ella! —Al mismo tiempo.

—¿Cómo murió? —A Román se le rompía la voz.

—Caída, gritos, pelea…

—Doña Esperanza… —Alfonso se apretó la cabeza.

—Garganta, dos manos.

—Doña Esperanza, por favor…

—¡Auxilio!

—¡Cállese!, ¡cállese ya! —Román se interpuso entre él y la señora.

—Eso es lo que queda de Alfonso. —Doña Esperanza señalaba a un hombre sulfuroso, que renegaba y maldecía en el suelo.

Rita se puso de pie sin dejar que nadie la detuviese, salió por la puerta y no volvió hasta que tomó un taxi. 

Desde la exposición ganadera en la feria, Rita Mendoza, tuvo a su disposición tantas cabezas de res para toda una vida. Ahora cuando los peones limpian la mierda de los brahmanes. «Limpien bien y no se van hasta que acaben». Recuerda un desagradable pasado.