Violent Virgin
El humo cubre toda la carretera y comienzas a toser. Se te ha olvidado traer una bufanda que tape tu cara como el resto. Los antidisturbios comienzan a pegar a tus compañeros con sus porras y el caos navega a tu alrededor, ves caras llenas de sangre y gente vomitando. Te alejas del núcleo del caos y te chocas con gente de paso.
Dos chicos jóvenes, con cascos blancos pintados con proclamas y bufandas rojas que cubren sus narices y boca, te agarran de los brazos y te ayudan a salir de allí. Te conducen hacia un callejón donde tus botas pisan papel mojado en el asfalto y todo huele mal. Hay más gente alrededor, pero tus ojos dejan de lagrimear y se fijan en los dos chavales.—Gracias. ¿Quiénes sois?
—Yo soy Ryo —dice el más joven, con el pelo teñido de rubio. —Ese es Hiro.
—Yo soy Kumi. Encantada.
Ryo te agarra de la mano y la sacude, tú le sonríes. Cuando se quita la bufanda te fijas en que es guapo. Hiro se quita su bufanda y notas que sus ojos parecen extraños, sin poder disimular tu curiosidad. El joven extiende su mano y espera a que tú se la tomes.
—Soy ciego —dice el chico. —Y ese es de la otra acera, así que ni lo intentes.
Ryo se ríe y le da un golpe de broma a su compañero mientras tú sientes cómo te arden las mejillas. Lees sus cascos lentamente: Facción del Ejército Rojo. Ya sabes que son estudiantes revolucionarios, pero quizás son de otra facción.
—¿Tú perteneces a algún grupo? Deberías venir más preparada. Nosotros estamos distribuyendo panfletos con información, pero ya sabes. Hay que tener cuidado.
—No pertenezco a ningún grupo. ¿Hay que hacerlo? —preguntas de vuelta a Hiro.
Él levanta los hombros. La policía deja de avanzar y puedes salir del callejón junto a los demás.
Pasas los días yendo a conciertos de jazz con tus nuevos amigos. Otros días entre cuatro paredes escuchas a J. A. Seazer mientras fumas. Distribuyes folletos. Vas a ver la última película de Wakamatsu llamada Violent Virgin donde sale una chica crucificada en el póster y Ryo le murmura a Hiro todo lo que aparece en pantalla. El humo te sigue rodeando de una forma tranquilizadora esta vez, psicodélica, llena de música y olores diferentes pero agradables.
—¿Cómo perdiste la visión? —preguntas un día a Hiro, tendida en el sofá junto a Ryo.
—Fue hace unos años, cuando quise poner una bomba en una base yanki. Me salió mal y así me quedé.
—Joder. Qué pena.
—Algún día habrá que intentarlo de nuevo. Pero, ¿qué puedo hacer yo solo y así?
Te levantas del sofá y le tocas la cara a Hiro, que no reacciona apenas, hasta sentarte en sus piernas. Ryo se empieza a reír.
—Empiezo a sobrar. Aunque tampoco te vayas a lanzar, chica. Hiro es virgen. —El chico ciego empieza a golpear el aire hasta que da con el lugar donde está su amigo riendo.
—No importa. Yo también soy virgen.
—Y vas a seguir siéndolo si sólo te juntas con un gay y un ciego. ¿No, Hiro?
Hiro no contesta. El ego masculino es muy frágil. Tú sonríes y te quedas a su lado, sin hacer nada. Miras sus ojos y sigues acariciando su mentón y mejillas.
—Ryo —dices al otro joven. —¿Quedan de esas bombas por aquí? ¿O algún arma?
Te imaginas por un instante que tienes un AK-47 en las manos y la ropa medio arrancada mientras corres hacia la playa. En realidad, estás desarmada y llevas la ropa medio arrancada, mientras corres hacia la playa, y te persiguen a ti y a tu compañero. «Puta, no tienes nada que hacer aquí».
No había ningún arma en el local. Todo confiscado. Encima, unos mafiosos habían convertido el local en su lugar de descanso. Al salir corriendo, tras zafarte de las garras de esos tipos, la adrenalina sube y sube hasta hacerte ver sangre en tus ojos.
—Kumi. Kumi. ¡Kumi! Han desaparecido. Se han cansado. Para.
La voz de Ryo hace que te pares lentamente. Notas tu piel salada y cubierta de sudor, tu respiración se ha hecho pesada e insoportable. Te tiras en la orilla y sientes el agua fría en tu piel, llenando tus ropas rasgadas. No sabes cuánto tiempo pasa hasta que tu respiración se vuelve normal.
—Es inútil.
—No hables así, Ryo —dices, entre respiraciones pesadas aún.
—No sé si todo esto va a servir de algo o nos van a seguir jodiendo hasta el día que la isla se hunda.
Abrazas a Ryo, pero notas que está ya muy lejos de ti y su mente vuela hacia otro lugar. Quizás hacia un pequeño bar en Shinjuku, o una tienda de música. Él te habló de algo así alguna vez.
Besas a Hiro en los labios y luego en el mentón, donde se le ha crecido la barba. Estás entre cuatro paredes donde te rodea el humo del cigarrillo del joven y música de las habitaciones de los dos lados. La pared está húmeda y el aire también. Tocas con los dedos un folleto que hay junto a Hiro, que se tapa la desnudez. Tú no te tapas y le quitas el cigarro.
—Qué horror. Esto no convence a nadie.
—Están de capa caída —dice Hiro, volviendo a quitarte el cigarrillo como puede y dándote un beso torpe en el hombro.
—¿Sabes? Estoy pensando en muchas cosas.
—No te vayas a poner como…
Niegas con la cabeza. No vas a dejar nada ni vas a abandonar tus metas. Sólo piensas en el futuro. Quizás puedes decirle eso. Quizás puedes decirle algo diferente. Quizás puedes decirle lo que realmente estás pensando, que es lo peor y lo mejor al mismo tiempo.
—Estaba pensando en irme al Líbano a luchar. Los israelíes están masacrando a esos pobres palestinos. Y hay miembros en nuestra facción que están pensando en marcharse con Shigenobu.
Hiro toma aire y esconde su cara en la almohada. Tú le acaricias el pelo y te apoyas en su espalda. No dice nada, aunque sólo deseas que te diga que sí o que no, que te ordene qué hacer y decida por ti. Pero él no dice nada.
Te colocas las bragas y el sujetador. Tardas mucho en hacerlo, esperando que Hiro diga algo. Te giras, aunque él igualmente no te puede ver, y recoges tu falda. Él sigue fumando en el futón. Recoges los zapatos también.
—Espera. No hace falta que te vayas.
Asientes con la cabeza, de nuevo sin sentido porque no te ve. No sabes a qué se refiere, pero te sientas a su lado. Aún hay tiempo para muchas cosas y piensas en todas ellas. Esa noche de luna de sangre acabaría pronto cuando el sol le reemplazara, pero mientras tanto tú seguirías allí, pensando y acariciando a aquel hombre.
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