viernes, 29 de mayo de 2026

-Relato 6 de Alejandro Melguizo López

Cómo ser un estratega de la seducción

De acuerdo. Quieres gustar a la chica que te gusta. Coge, entonces, el móvil. Por el grupo de WhatsApp que hay del barrio para organizar planes deportivos propones una pachanga de fútbol sala para el fin de semana. La gente comienza a apuntarse y cuando solo falta un hueco, entonces aparece su nombre, el de Ignacio, que no se pierde un partido. Los equipos se sortean y a ti te toca ir de negro, y a Ignacio de blanco. A Ignacio lo acompañará ella, Ana, pues en el amor encarnizado de estos primeros meses no hay cosa que no hagan juntos. Ahora apaga el móvil. Respira bien profundo. Pasado mañana es el momento. Confía en ti.


Llega el sábado. Son las ocho de la tarde, dos horas antes del partido. Prepárate con lo mejor que tengas. Recuerda, vas de negro, pero ello no significa simpleza. Combina bien la vestimenta con unas calzonas también de color negro, que impriman sobriedad. Llévate, eso sí, unas botas de un color distinto, que, recuerda, vas a por todas, no a un funeral. Ya vestido, no olvides lo más importante: hazte con un papel pequeñito, menos de la cuarta parte de un folio. Escribe en él tu número de teléfono. Y escribe con pulso determinado, que se note que la grafía no es confusa, todo lo contrario, y bien grande, que se vea que no te escondes.

El partido tiene lugar, recuerda, en el club social Los estivales, a unos veinte minutos andando, ni cinco en coche. Usa el coche. Móntate en el coche, decidido. Llega al club social media hora antes y aparca el coche lo más cerca de la puerta que puedas. Que quede a tu vista. Y permanece en el coche hasta que veas llegar a Ignacio y a Ana. Cuando aparezcan en escena, entonces sales, y es importante que ella vea que estás emergiendo del coche, que tienes un coche: a Ana le encantan los coches, los coches para viajar («Me encantaría algún día ir de caravana por medio mundo, ¿sabes?»), pero ni ella ni Ignacio tienen coche.

Tienes suerte, como era de esperar siendo tan puntual. Miras por el retrovisor izquierdo, sin mayor importancia, y ves entonces que se aproximan Ignacio y Ana, tomados de la mano. Cuando estén a la altura del maletero, entonces, sin pensarlo dos veces, abre la puerta y hazte el sorprendido ante sus rostros. Ellos se detienen; él te da la mano, ella dos besos.


—¿Qué tal? —dice ella.

—Bien. ¿Y vosotros? —respondes con la mano apoyada en el techo del coche, con soltura.

—Pues muy bien. Con ganas de jugar el partido. —Ignacio echa una mirada a su blanca camiseta y luego clava los ojos en el negro de la tuya—. Ya sabes, soy muy competitivo.

—¿Es tuyo? —Ana asoma la cabeza al interior del coche mientras sus manos, como anteojeras de caballo, cubren la cabeza para tener una mejor visión.

—Sí —dices, convencido, aunque mintiendo. No se te ocurre decirle que es de tus padres; entonces, expresas con firmeza—: Me encantan los coches, me vuelven locos los coches.

—Vámonos, el partido va a empezar y tengo que ponerme las botas y calentar un poco. —Ignacio hace ademán de continuar; Ana está mirando las llantas del coche—. ¿Vamos?


Ignacio calienta las articulaciones, como su equipo, y como tu equipo, que te pide por favor que calientes. Ella está sentada en la grada, pequeñita, justo en el medio, como un árbitro de tenis, pues desde ahí es donde mejor se contempla el fútbol, y a Ana le encanta el fútbol, aunque no tanto como los coches. Le encanta, en concreto, tu tipo de fútbol: confianza con el balón en los pies, visión de juego y pirotecnia con la pelota cuando la situación lo permite, como un taconazo o una rabona. Le gusta lo que hizo a España vencedora en el Mundial de 2010: la calidad de Xavi, Iniesta, Busquets. Le gusta una de las piezas esenciales para España en el mundial de este verano, en menos de un mes: la magia de Pedri. Le gusta que el balón fluya sin interrupciones, como un coche perdido entre las montañas.

Confiado, entonces, calientas tú también. Piensa que tienes a todo un estadio observándote. Motívate. No olvides que se trata de un partido de fútbol, una pachanga, sí, una pachanga, pero del segundo nunca se acuerda nadie, que decía Luis Aragonés. Ana nunca te ha visto jugar al fútbol, solo os conocéis del barrio, de planes de amigos de amigos a los que siempre vais. Y las buenas impresiones, es conocido, son importantes, así que calienta, que en unos cinco minutos la pelota comenzará a rodar y debes hacer lo que sabes.


Comienza el partido. Te colocas en el ala izquierda, tu posición favorita para recortar hacia el interior con la derecha, tu pierna dominante, y encarar la portería. Justo es la banda donde está la grada, es decir, donde se encuentra Ana. Ignacio se coloca en tu misma banda, es decir, juega de ala derecha para su equipo. Ignacio da la orden a los suyos de defender por marcas, y no en zona, lo que implica que te perseguirá por todo el campo cuando tu equipo ataque, cual cazador. Pero tú no te muevas mucho. Mantente todo lo que puedas en la banda izquierda; regatea a Ignacio en la banda izquierda y entonces si quieres te mueves. 

Ignacio, en una jugada, te propina una mala patada y ruedas por el campo. Se disculpa diciendo que ha llegado tarde al balón. Tu tobillo está algo perjudicado, pero nada comparado con anteriores esguinces que has sufrido. Tus compañeros te dicen que sigas adelante, que no es nada, que puedes con la pequeña torcedura. Ana te mira desde la grada y no dice nada. Te observa igual que antes observaba las llantas de tu coche. Ella, como tú, va vestida de negro. Te pones en pie y decides tomar venganza. Pero no lo hagas con violencia, sino con la dulzura de la pelota que tanto le fascina a Ana, como un coche adelantando suavemente y siendo aplaudido: intenta hacerle un caño a Ignacio, pero es importante que lo hagas cuando veas clara la oportunidad, como cuando vas a adelantar, pues un intento fallido te resta puntos, y la precisión es el secreto para triunfar en el amor, acaso para triunfar en cualquier cosa. Tomas venganza y tu equipo termina ganando el partido. Ignacio no se despide y se marcha con Ana. Ve tras ellos: Ana verá el coche nada más salir, y clavará en él la mirada. 


Te levantas. Lo primero que haces es mirar el móvil. No hay nada. Ves en el fondo de pantalla a tu coche; más concretamente las llantas relucientes de tu coche. Pero debes esperar. El papelito con tu número sabes que lo tiene, que se lo quedó guardado cuando se lo diste en el descanso del partido. De haber estado segura de su amor por Ignacio o del no-amor hacia ti, no lo hubiera cogido. Pero sí lo hizo. Y se lo guardó detrás del móvil, estrujado por la funda. Desayuna como siempre tu tostada de aguacate con queso con algo de sal y aceite y tu leche. Espera calmo, como un fórmula uno cuando espera a que se ponga verde el semáforo. 

Desayunas y te pones con tus cosas. Pero no puedes ponerte con ello. Te pueden los nervios del atrevimiento del amor. Miras el móvil como si no hubiera un mañana. Suena, por fin, y es un número desconocido. Es Ana. Te dice que Ignacio merece un respeto. Que ella no quiere nada contigo. Pero cogió el papel. Le dices que de acuerdo: que no la molestarás más. Te pregunta por el modelo de tu coche y cuanto te costó y cómo es que lo tienes siendo tan joven. Le contestas la mentira de añadirle unos cuantos miles de euros al precio real. Le dices que te encantan los coches, que tienes pensado viajar por toda Europa con tu coche. Te dirá que a ella también le encantan los coches. Ella trocea el papel para no dejar huellas del conato de infidelidad, o de la ya infidelidad. Pero ya te tiene agregado en la agenda de los contactos. Te pone otro nombre distinto al tuyo. Sonríes y ahora sí te pones con tus cosas.


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