miércoles, 6 de mayo de 2026

-Relato 6 de Federico Aresté

 A la noche la hizo Dios

Ahora que poco a poco el murmullo de la tarde va desapareciendo, vas a probar eso que te dijo el Padre Martín. Vas a nombrar las cosas que te rodean y se te presentan como inevitables, vas a anotarlas una a una en tu cuaderno azul para espantar esa desesperación tuya que no para de crecer. Se expande y crece en esta hora vacía mientras el mundo se aleja de la maravilla múltiple que alguna vez supo ser. Estás sentada frente al escritorio de tu habitación. El aire pesado de calor atonta la conciencia y la llena de una nostalgia peligrosa. Tenés las manos transpiradas y las piernas se pegotean a tu vestido verde y liso, lleno de bolitas y pelusas. Escuchas clarito los ruidos del otro lado de la puerta. Es la vieja que no para de ir de acá para allá. La podés adivinar buscando cosas en el aparador de la cocina, revolviendo los cajones de los cubiertos. Hace más de diez años que vivís con ella en la misma casa húmeda y fría, de una humedad pegajosa que se mezcla con olores rancios y te recuerda a la otra casa allá en el pueblo. Ese lugar al que no podés volver pero que sin embargo insiste en tus recuerdos. Se va de a ratos y después vuelve, aparece más vivo, más real. Pero vos sabés mejor que nadie que tenés que ser inteligente. Necesitas tranquilizarte y aguantar como sea.  Y para eso lo mejor es hacerle caso al padre Martin: respirar hondo y nombrar las cosas que te rodean. Respirar hondo y nombrar, bien sencillo. Anotar todos los sentimientos que te crecen desde adentro, lentos, como despertándose de una siesta pesada. Es necesario anotarlo todo. Anotar, por ejemplo, algo de ese olor de alcanfor que llega del río, arrastrado por un viento suave y cálido de fines de primavera. Esas sábanas de la cama blancas con círculos marrones caídas en el piso. Las paredes altas tapadas hasta arriba de papeles manchados de humedad. Algunas puntas de los papeles se despegan y caen. A un costado tuyo, el ropero grande de madera que llega casi hasta el techo. Arriba las cajas apiladas y las bolsas negras llenas de ropa de invierno. La madera del ropero gris. Esa última luz finísima de la tarde entrando por la ventana, anaranjada, lenta. Y del otro lado de la ventana la ciudad que se achica y enmudece, disminuye en esta hora la ciudad como disminuye también tu cuerpo entre estas cuatro paredes que son tu cárcel. 

Tenés en la mano una lapicera negra. Escribís en un cuaderno azul de tapa dura. Al lado del cuaderno están las Confesiones de Agustín que eran de tu tía Cristina. Elegís una página al azar y lees que a la noche la hizo Dios para que el hombre la gane transitando por sus sueños, como si fuera una calle. Y ahora en la calle además de la oscuridad de la noche vacía, están las bocinas y los autos que frenan. Están esos chasquidos de zapatos de mujer rebotando en el pavimento húmedo. Y entre todo esto y con cierto pavor, una pregunta impostergable te pone otra vez los pies sobre la tierra. La vida de toda esa gente ahí afuera ¿Ha sido más rica que esta vida tuya que se sabe encerrada? ¿Todo, absolutamente todo, puede ser justificado por tu plan?

Oís el agua salir de la canilla. Oís a la vieja moverse y acomodar cosas, andar de acá para allá. De seguro en un rato ya está golpeando la puerta para pedirte algo. Vos no tenés que dejar por nada del mundo que la rabia te gane. Por eso tenés que respirar hondo y hacerle caso al padre Martin. Él siempre tiene la razón. Vos sos una mujer creyente y no podés querer el mal, por más que una y otra vez este mundo vasto e incomprensible, no deje de conspirar contra tu alma.


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