"Siempre cambia"
Vas a la vieja tienda de neumáticos a la que has dedicado los últimos cinco años de tu vida. El olor a caucho caliente, el polvo que se aferra a las paredes, todo siempre es igual. La ves entrar por primera vez y la recuerdas: cabello rojo, casi rosado bajo la luz correcta; ojos esmeralda, tan intensos como ninguno. Es Lorlean, la hermosa pelirroja de la cual estabas enamorado en la secundaria.
Ella te mira y no voltea la mirada. Quieres hablar con Lorlean, pero no quieres ser raro diciéndole que la recuerdas. Debes actuar natural. Te acercas y la saludas amablemente; ella no contesta. Vuelves a hablarle, intentas hacer un chiste corto para hacerla reír; ella no se ríe.
—¿De verdad no me recuerdas? —Sus ojos se cierran mientras titubea.
La pregunta te golpea de una forma extraña; sientes la decepción en su mirada.
—Claro que te recuerdo. Teníamos física juntos, la clase del viejo Jenkins…
—¡No! —grita Lorlean—, no la clase… nosotros…
La miras extrañado, la abrazas. Ella se cubre la boca, intentando contener las lágrimas, pero no lo logra. No sabes qué hacer. Es muy atractiva y quieres estar con ella; algo de ella se siente familiar.
—Perdón si te hice sentir mal. Claro que te recuerdo, eres mucho más que esa clase; es solo que hacía tanto tiempo que no nos veíamos.
—¡Es eso! —grita Lorlean—. Ese es el problema.
—Claro, es muy tonto no habernos visto en tanto tiempo.
—No, Jamie, es que lo olvidaste. El salto temporal te afectó; te lo dije, pero tú, siempre tan sentimental, dijiste que no podría cambiarnos.
Nadie nunca te había llamado Jamie, aún así te sientes cómodo con dicho apodo.
—¿El salto temporal?
Ella no contesta, la miras con ternura; su cabello rojo, su hombro descubierto, quieres tocarla. Tocas su mano, sientes su calidez; quieres sentirla por siempre, pero tienes que trabajar. Sales de la tienda y la dejas abierta; te dices a ti mismo «¿a quién le importan los neumáticos?» Ella está ahí y quiere estar contigo; todos tus instintos te impulsan a seguirla. Van a su apartamento; es un lugar pequeño y repleto de cosas.
—Tiene que estar aquí —murmura—, tiene que funcionar.
Saca una caja. Lo primero que obtiene es una fotografía donde sale un árbol.
—Una foto vacía.
—Antes no lo estaba. —Una lágrima se escurre por su mejilla.
Su boca es hermosa. Te acercas y la besas; lentamente, tus manos tocan su cuerpo. Ella sonríe.
—¿Me recuerdas?
—Nunca podría olvidarme de ti.
—Jamie, te amo.
Estás sorprendido; un «te amo» es demasiado, pero aun así no te quieres ir.
—¿Por qué me llamas Jamie?
—Sabía que no recordabas nada. Voy a ser breve: todo lo que recuerdas es mentira, Jamie. Tú y yo nos enamoramos en la secundaria; después de eso nos fuimos a vivir con tu tío.
—¿Jared, el loco? —respondes sin pensar—. ¿El de los experimentos raros?
—No estaba loco, solo tenía ideas que nadie más podía comprender.
—¿Como la tontería de viajar en el tiempo? ¿Sabes que acabó en el psiquiatra, internado, sin poder hablar, desde que estoy en la primaria?
—No es viajar en el tiempo, es alterar las líneas temporales, cambiarlas para poder ser otros. Ya lo sé, eso le pasó en esta línea, pero no siempre fue así.
Te ríes profundamente. Quieres besarla de nuevo; te acercas a sus labios, pero Lorlean se mueve, comienza a llorar.
—No entiendo nada, pero eso da igual, Lorlean. Podemos volver a conocernos.
—No, ya nos amábamos. Prometiste que esto no iba a pasar.
—¿Qué cosa no iba a pasar?
—Que no me olvidarías, que aunque cambiara la línea temporal, todo iba a estar bien.
—¿Y cambió?
—¿Tú qué crees?
—Pero, entonces, ¿por qué no le pides a Jared que nos regrese?
—Porque lo desquiciaron con los medicamentos.
—Ya, claro, claro… y si todo cambió, ¿por qué tú lo recuerdas?
—Lo descubrimos hace mucho. Tengo un defecto de nacimiento que provoca que mis ondas cerebrales no se vean afectadas por los cambios.
Te acercas a ella; ella se aleja, toma la caja y comienza a sacar objetos: un par de llaves, un florero, dos fotos vacías más. Te acercas y tomas su mano, la miras directamente a los ojos y la besas. Se tranquiliza. Hay algo en ella que hace que te sientas tranquilo; aun con toda la locura, algo que no comprendes te hace sentir seguro.
—Quizá, quizá sí podemos regresar.
—Pero seguirá cambiando. Lo arruinamos, Jamie; explotó. No sé qué más pueda pasar.
Te acercas, la conoces lentamente en braille; ella lo acepta. Te abraza como nunca.
Vas a la vieja tienda de neumáticos donde trabajas. Es un día cualquiera, aburrido y caluroso, hasta que la ves entrar. Es la hermosa pelirroja que iba en tu escuela secundaria. Aunque siempre te encantó, nunca tuviste el valor de hablarle. Te acercas; ella te mira fijamente.
—Ibas en Edmonton, ¿cierto?
Ella comienza a llorar.
—Perdón, no quería asustarte.
Te alejas un poco, pero sientes cómo su mano te detiene. Cuando volteas, su mirada verde profundo sostiene la tuya.
—No te preocupes. ¿Aún recuerdas mi nombre?
—Nunca hablamos, no me lo has dicho.
—Claro, me llamo Lorlean.
—Un placer, soy James.
—Estaba teniendo un mal día. ¿Te gustaría venir a comer conmigo?
Aceptas. Hay algo magnético en su mirada; algo en ella te recuerda a casa. Salen de la tienda, aunque se supone que estás trabajando. Tienes ganas de comer tacos; la llevas a un restaurante cercano.
—¿Eras amiga de Mónica?
—No.
—Vale, ¿qué te gusta hacer?
Ella sonríe de manera forzada.
—Cualquier cosa, Jamie.
—¿Jamie? Me gusta, se siente familiar.
—¿De verdad?
—La vida no es cuantitativa, es cualitativa. Hay personas que acabas de conocer, pero se siente como si siempre hubieran estado ahí.
—¿Y si te dijera que ya nos conocíamos y que tuvimos una vida juntos?
—Te preguntaría si estás bien.
—Claro, es solo una broma.
La miras profundamente; algo en ti hace que te acerques. La besas lentamente.
Vas a la vieja tienda de neumáticos donde trabajas. Es un día cualquiera, aburrido y caluroso. Ves a alguien entrar a la tienda: es una pelirroja. Es tan hermosa, pero te da pena acercarte. Ella te mira, tú la miras. «Seguro, seguro que si me acerco a conocerla puedo tener una oportunidad», piensas, pero hay algo extraño: ella llora un poco al verte.
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