Voy a ha hacer todo un hombre de ti
Naces un día cualquiera, de un año cualquiera y, como todo recién nacido, lloras. La matrona te ha tenido que dar unos golpecitos, pero al final has roto en llanto. «¡Un niño! Estos siempre dan más guerra». Te envuelven en una manta azul antes de entregarte en brazos de tu madre, quien te sostiene todavía sudando.
Tu padre se acerca desde la esquina de la habitación y te coloca un dedo en la palma de la mano, que tú rodeas y te aferras como si no existiera nada más en el mundo, porque aún no conoces nada más.
—Vas a ser todo un hombre —te asegura él en un susurro.
Y, durante años, creces intentando cumplir esa promesa.
Al principio, no te diferencias en nada de tu prima, quien tiene tu misma edad. Lloras igual que ella, gritas igual que ella, te manchas igual que ella y te asustas igual que ella de la oscuridad. Si no fuera por la ropa en tonos azulados, verdes, marrones y blancos, de niño, y las dos perforaciones que le hicieron a ella en las orejas, tus abuelos no os diferenciarían.
Pero entonces, un día de verano cumples cuatro años, llevas una camiseta de dinosaurios con el dibujo medio borrado por los lavados, y te caes en el patio de la casa de tus abuelos. Tu prima se ha caído antes y tu abuelo ha salido corriendo desde la cocina para levantarla enseguida, pero a ti te mira un segundo más antes de acercarse. «Venga, arriba, que no pasa nada, campeón». Tienes tierra en la boca y ganas de llorar, como había hecho tu prima, pero se te pasa al escuchar su tono de voz.
A los seis años, pasas las tardes jugando después del colegio. Un viernes, después de que tu padre os recogiera a tu prima y a ti de las clases de inglés, encontráis una caja llena de ropa para donar. Se os ocurre hacer un concurso de disfraces. Ella te pone un collar de plástico y tú encuentras una falda brillante de lentejuelas moradas que nadie sabe de dónde ha salido. Probablemente es de tu tía, pero te gusta porque refleja la luz cuando giras.
—¡Mira qué guay! —Das vueltas en el pasillo hasta marearte.
Cuando tu hermano mayor llega a casa y te ve, se queda quieto unos segundos y luego empieza a reírse tan fuerte que viene tu padre desde la cocina.
—Mira este. —Tu hermano te señala con el dedo—. No sabía que tenía una hermanita.
Tu padre se ríe.
—Estamos jugando a los disfraces. —Tu prima sonríe—. ¿Queréis jugar?
Tu hermano observa la ropa tirada por el suelo.
—Eso es de niñas. —Y vuelve al salón.
Y con esas palabras ya no te importa el juego, los disfraces, ni lo brillante que sea la falda, porque de pronto sientes vergüenza, aunque todavía no entiendes bien de qué. Años después seguirás recordando el sonido de las lentejuelas rozándose mientras te quitabas la falda rápidamente.
En el colegio, en tercero de primaria, juegas al fútbol en el patio todos los recreos. Todo el mundo sabe que las niñas no saben jugar, por eso tú no eres una. Ya eres consciente de muchas cosas que te diferencian de ellas. Ya no lloras por cualquier cosa. A veces gritas, pero no igual. Te manchas, tal vez más que antes, pero es solo porque no le tienes miedo a nada. Descubres que los niños se insultan usando palabras femeninas: niña, nenaza, maricón, perra.
No sabes muy bien qué significan, pero las usáis constantemente. «Qué maricón» cuando un niño llora en el patio porque se ha caído y se ha hecho daño, o «qué nenaza» cuando un compañero llora en la excursión porque echa de menos a su madre. Y aunque no tengan gracia, porque no sabéis explicar por qué es un maricón o una nenaza, todos os reís.
Tú también, por supuesto. Ya has aprendido que existen dos tipos de personas: de quien se ríen y los que se ríen. Y los campeones, como tú, tienen que evitar, sobre todo, estar en el primer grupo.
Cómo no hacerlo, si hasta cuando el profesor de educación física os hace dar vueltas al patio corriendo bajo el sol y os grita «¡Vamos! ¡Parecéis niñas!», todos aceleráis al instante. Huyes de esas palabras, de las risas, porque sabes que eso es lo que hacen los hombres.
Ya en el instituto, tus compañeros hablan constantemente de chicas. De tetas, de culos, de vídeos, de quién se ha liado con quién. De un día para otro, las chicas se han convertido no solo en algo totalmente opuesto, sino en un objeto de interés que puede aumentar tu hombría. Y tú, como tus amigos, seguís persiguiendo esa promesa que sellasteis en vuestro nacimiento.
Un día, uno de tus amigos confiesa que nunca se ha besado con nadie y los demás se meten con él y le insultan durante semanas. Tú también haces bromas. «¿No serás maricón?». Siempre participas, aunque muchas veces no tienes nada que decir; lo haces incluso cuando él baja la cabeza y sonríe fingiendo que no le afecta, incluso cuando sabes que esa noche te va a costar dormir al recordar que tú tampoco has besado a nadie.
Dos años más tarde, ese mismo amigo, que ahora es tu mejor amigo, llora porque sus padres se han separado. Estáis sentados en el portal de su edificio una madrugada de verano. El asfalto aún desprende un calor pegajoso que se pega a tu piel y no te suelta.
—No sé qué hacer. —Tu amigo se tapa la cara mientras tú miras al frente, evitando mirarlo, porque no quieres llorar.
El impulso de querer abrazarlo aparece dentro de ti, pero recuerdas lo que has aprendido. No puedes tocar a tus amigos demasiado, ni abrazarlos más de un segundo, sería raro, de maricones. Así que le das un golpe suave en el hombro.
—Bueno… no llores, tío.
Él se ríe avergonzado y se limpia la cara enseguida.
—Sí… Perdón, tío, no sé qué me pasa.
Y tú sientes un alivio instantáneo y horrible que arrastras hasta casa junto con el calor pegajoso.
A los treinta años, ya sabes hablar en reuniones con voz grave aunque estés nervioso, estrechar manos firmemente, y hacerlo casi todo tú solo, sin pedir ayuda. Cuando muere tu abuelo, abrazas a tu madre mientras ella llora contra tu pecho, tal y como tú hiciste en sus brazos cuando llegaste al mundo. Quieres hacer lo mismo, volver a ser aquel recién nacido y dejar de aguantarte las ganas insoportables de llorar, pero sabes que eso no es lo que haría un hombre. Tienes que ser fuerte. Por tu madre. Por todos.
Con el tiempo te conviertes exactamente en el tipo de hombre que tranquiliza a otros hombres. Aprendes a ocupar exactamente el espacio correcto, a no mover demasiado las manos al hablar, a responder «todo bien» en público antes de pensar si es verdad. Lo haces bien.
Tan bien, que un día tomando café frente a un parque donde niños corretean de arriba a abajo, uno de ellos se cae delante de ti y empieza a llorar. Su padre, sentado un par de mesas a tu derecha, tarda en reaccionar un segundo y tú llegas antes.
—Eh, eh. No pasa nada, arriba, campeón. —Te agachas, lo coges en brazos y ves que lleva una camiseta de dinosaurios.
El niño intenta tragarse el llanto. Alzas la vista y el padre te hace un gesto de agradecimiento, como si acabaras de ayudarle con algo importante. Sin embargo, en el eco de ese llanto silenciado reconoces el momento exacto en el que alguien empieza a dejar de parecer una mujer para ser un hombre. Piensas en tu padre, en tu abuelo, en tu hermano, en el desconocido que tienes delante, y, de alguna forma, te das cuenta de que ninguno de vosotros sabéis qué es un hombre, pero habéis aprendido qué es lo que no es. Una negación constante a la que te has estado sometiendo toda tu vida hasta que tus ojos se llenan de lágrimas, le sacudes las rodillas al niño y lo dejas con cuidado en el suelo.
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