JUE
El tiempo es una larga estela de luz. Tortugas moradas nadan en ella. Jue las sigue por unas calles bombardeadas por colas de luciérnagas. Se detienen y le advierten que ellos ya vienen a por él. Corre por el desierto de primavera y se oculta debajo de una estación de tren vacía. Ha sido el único en bajar. En el medio sólo hay una máquina de café y otra de tabaco. Son las once de la noche y tiene que esperar la llegada del Intercity Notte con dirección a Roma. Un viaje de seis horas. Su boleto no indica el andén que debe tomar (“¿es el de la izquierda o la derecha? ¿norte o sur?”). Los anuncios de los trenes los da una pequeña pantalla. Pero no le entiende. Él no habla italiano. El boleto, al ser un trasbordo, sólo dice:
Train: Regionale TTPER 2483
Service: 2° Classe
Su refugio es la débil marquesina. Prende un cigarro de azufre (“maldita sea, ha comenzado a llover”). Un hombre sin rostro sale de las vías . Su ropa está empapada. Se sienta a su lado y le tapa los ojos con sus manos ensangrentadas. La izquierda tiene un agujero: el ojo del Aleph. Se asoma y puede ver todo lo que no ha vivido y jamás vivirá (“la música jamás tocada y la literatura no escrita”. Las luciérnagas siguen cayendo. Perforan su refugio.
—Antes de nacer, ¿uno es feliz? —pregunta Jue.
Él hombre sin rostro no puede responder. Agarra sus manos y las coloca en su boca y, sin despegarlas, le cuenta su sueño en el que él sólo es un soldado volviendo a casa con su esposa e hijos.
—Es el mismo que tengo yo en mis memorias ajenas —responde mientras se abraza a su saco y sigue —Yo no tengo casa… tengo donde dormir, pero nunca he tenido un hogar, ni siquiera cuando era un niño arropado por las hormigas.
Un tren llega a la estación. Jue le pide al hombre sin rostro que le acompañe a su viaje, pero le dice que se le hace tarde para regar su jardín.
—Me gustaría acompañarlo, pero debo llegar al final de la tarde antes de que la marquesina estalle. Espero volver a verlo pronto.
Ambos hombres se dan la mano y el hombre sin rostro coge una luciérnaga y se la entrega a Jue, la guarda en su bolsillo (tan profundo que la luz se pierde al entrar en él).
Jue siempre ha envidiado a los volcanes. A veces sólo desearía convertirse en uno y que el humo salga de él. Ya sólo respira ceniza. Sus pulmones son los restos de Pompeya. Toma trenes como fuma cigarrillos. En su interior se escuchan las olas de un mar a medio llenar (“me gustaría teñirlo de purpurina”). Su alma se pudre entre el lodo de su propio (“Cruenta barba que acompaña mi rostro de amargura y me ensucia”). Jue siempre ha considerado su vida un constante aleteo de cuervos hambrientos. Para él la felicidad es sólo un cuerpo moribundo y sin ojos esperando a ser devorado (“La sonrisa es una amnesia jamás aprendida”). Por momentos, cuando se siente en soledad se convierte en un niño coloreando en el suelo de su casa esperando la llegada de su padre. Durmiendo de madrugada entre las hormigas. Todas ellas le levantan y le llevan a la cama, lo arropan y le dan las buenas noches (“Mi sombra se ha transformado en un largo Goliat, pero yo no me llamo David”). Ha aprendido a comer girasoles en largos campos nocturnos hasta dejarlos en invierno. Los hombres son la sombra de su padre, pero nunca se materializan. Cada madrugada sin luna se lamenta por no poder leer. Toma el diccionario para escribir mejor (“He aprendido tantas palabras”). Busca entre las páginas la única palabra que nunca he podido decir: papá.
(“No pienso volver a Roma jamás, tanto turista y tan poca realidad”). Jue llegó a Cerdeña días después. Una madrugada sin luna. Caminó hacia la costa y se quedó ahí un buen rato. A su derecha apareció el hombre sin rostro tocando el violín, un solo de “Primavera” de Vivaldi. Detrás suyo, formados en fila India, cientos de personas (“conozco los rostros de todos ellos”). Bailaban y se reían. Las mujeres le sonreían y los hombres estrechaban su mano. Era un carnaval.
—Gracias señor Jue —decían mientras pasaban frente suyo.
—Es usted maravilloso, ¡todo un encanto!
Jue comenzó a llorar. Reconocía los rostros de cada uno de ellos, porque eran todos los personajes de los que alguna vez había escrito, e incluso de los que apenas tenía pensado escribir… aquellos que sólo vivían en su mente estaban materializados frente a él y bailaban como luciérnagas de cola blanca y aplastada.
A cada uno de ellos los abrazó. De su saco tomó la luciérnaga, su cola de faro apunto a una estela de luz y voló hacia el horizonte. Las personas se despidieron de Jue y caminaron hacia el mar (“pero no se vayan, por favor”). Se metieron a la helada agua y poco a poco fueron desapareciendo. Las hormigas fueron las últimas en irse. Y todo acabó.
En el silencio de la soledad Jue comprendió que este era el fin de su juventud; de idealizaciones justificadas sólo mientras podía permitirse soñar, pero ahora ninguna de ellas podía quedarse con él. Se quitó el saco y lo aventó al mar; le siguó la camisa y el pantalón. Desnudo se sentó en la arena y espero al amanecer. Las nubes se habían movido y dejaban asomarse con timidez a la luna (“hace tanto que no te veía”). Sus ojos soltaron una pequeña lágrima que se metió entre la arena y se echó a dormir.
—¿No tiene identificación? —preguntó el policía.
—Nada, ni ropa ni nada —respondió su compañero.
—Ha muerto de hipotermia, ha sido una noche helada.
—Debe tener aquí varios días, las hormigas rodean todo su cuerpo.
—Llama a los forenses y tú has el papeleo.
—A mí siempre me tocan estas cosas.
—Guarda respeto por el hombre sin rostro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.