DESENCUENTRO
Me acerco
hasta los carros de la compra, meto la moneda en la ranura y saco uno. Mientras
lo empujo, me doy cuenta de que le chirría una rueda. Siempre hay alguno al que
le chirría o se le dobla alguna rueda. Este tiene lo dos fallos, pero no vuelvo
a cambiarlo por otro. Me conformo con lo que el destino me ha proporcionado. Es
lo que me tocó.
Parece que el
carro tiene vida propia y quiere llevarme al sitio que le da la gana. Como esos
caballos que te llevan al lugar donde quieren estar tranquilos: da igual el
movimiento que hagas con las riendas, la presión de las piernas… te llevan donde
quieren. Lo que cambia es que el carro, su rueda, tiene un sonido agudo. Muy
desagradable, insistente. Es como si quisiera decir algo que yo no termino de
entender.
Manuela camina
cerca, un poco más adelante. No me mira. Solo tiene ojos para las estanterías: mermeladas,
potitos, leches, galletas… Se queda un rato comparando los precios. Mira todo
lo que tiene a un lado y al otro del pasillo. Menos a mí. La rueda chirría,
pero ella sigue concentrada en su escáner visual.
Hemos venido
juntas. Aunque mi función es seguirla. Manuela decide y yo obedezco. No tenemos
hecha una lista; lo tiene todo en su cabeza.
—Necesitamos
leche —dice ella.
Asiento,
aunque no haga falta, y en un gesto automático, como el de empujar el trasto
que me ha tocado o como el de seguirla, cojo un brick de leche y lo meto
en el carro. La rueda chirría; avanzo medio metro y se dobla. El carro me
empuja hacia los detergentes… Intento maniobrar hacia el otro lado del pasillo,
pero el carro no quiere. Me cuesta hacerlo entrar en mi recorrido. Ella me
mira.
—Y pañales.
—añade.
Suelta esa
palabra. Aquí no hay bebés, ni pañales, pero lo dice como si los hubiera.
Seguramente los tiene en su lista mental. Escucho lo que dice, luego la miro, y
ella continúa andando hacia adelante; se acerca a la sección de limpieza.
—No tenemos un
bebé. —digo despacio.
No suena como me
hubiese gustado. Suena seco, distante y no era lo que pretendía. Tal vez me
salió así, como lo pensaba. O no lo pensé demasiado y me salió de esa forma. Ella
se detiene. Me mira: es la primera vez que lo hace desde que entramos al
supermercado. Sus ojos son los mismos de siempre, pero no me miran igual. Es
algo que ya hemos hablado muchas veces, y seguimos sin acuerdo. Hay algo más
tenso en su mirada, es inquisidora. Acto seguido suelta la frase que cae como
una bomba:
—Podríamos
tenerlo —dice, y sigue caminando delante de mí.
La rueda del
carro deja de chirriar porque ya no lo estoy empujando. Me detengo, respiro. Se
hace un silencio extraño. Es raro, porque estamos rodeados de personas
comprando que ni siquiera nos ven. Pasan de a dos, de a tres, solas, pero siempre
empujan un carro cargado con diferentes cosas.
—No —respondo.
Ella deja de
mirarme, vuelve a caminar delante de mí. Y yo continúo empujando el carro de la
rueda que chirría y que se dobla. Ahora me lleva hacia la zona de los encurtidos.
Mientras intento enderezarlo, escucho una voz femenina:
—¿Nos llevamos
los pepinillos?
—Sí. Me
encantan —responde la voz de una niña pequeña—. Pero que sean de los picantes.
—No pueden ser
picantes porque a tu hermana no le gustan.
—Me da igual,
yo quiero los picantes… ¡Quiero los que pican!... ¡Quiero los que pican!... ¡Los
que pican!... La voz de la niña comienza en un sollozo y va acrecentándose
hasta unos alaridos que se meten por los oídos y acaban por taladrar el cerebro
de quienes estamos alrededor.
Empujo el
carro con todas mis fuerzas. Ya me da igual que chirríe, porque casi no lo
puedo oír. La rueda se dobla. Empujo con más fuerza aún y consigo encaminar mi
destino hacia la sección de frutas. Allí, seguro que no hay infantes que berreen.
Naranjas, manzanas, plátanos, piñas, mandarinas,
todas expuestas en orden y, sobre todo… en silencio. Cojo una manzana, como un
acto reflejo. Sin pensar. La dejo en el carro y me dispongo a probar con otra
pieza de fruta.
—Siempre haces
eso —dice Manuela.
—¿Qué es lo
que hago?
—Hacer cosas
sin pensar.
—Si, hay veces
que la razón queda por debajo del deseo. Es solo una manzana.
—No es por la
manzana. Es por no pararte a pensar en lo que haces.
—Supongo que
todo el mundo hace algo, alguna vez, que no se corresponde con la razón; que sólo
tiene que ver con el deseo, con el goce o el disfrute del momento. Nada más. Como
cuando le pegue un mordisco a esta manzana. ¿Quieres?
—Déjalo ya, no
hagas el ridículo. Sigamos con la compra, por favor.
Vuelvo a
empujar el carro, y la rueda continúa con el chirrido molesto. Pasamos por las
vitrinas de los congelados y veo nuestras figuras reflejadas. Somos dos
personas normales que están haciendo la compra; nada demuestra lo contrario.
Sin embargo, estamos distanciándonos. Hemos discutido por una manzana, aunque
llevamos semanas haciéndolo. No es por la manzana. Si hubiese cogido una
naranja, habría sucedido lo mismo.
Manuela se
detiene frente a los yogures. Hay miles, de muchos colores y formas diferentes.
En ese pasillo hace frío; lo puedo sentir en los huesos y en la garganta. No
estoy cómoda. Coge uno, lo examina, lo vuelve a dejar. Coge otro y hace lo
mismo. Hasta que coge uno que pone mi primer Danone.
—Quiero tener un
hijo —dice sin soltar los yogures y sin mirarme.
—Lo sé
—respondo secamente.
—No. No
entiendes lo que eso significa.
—Tienes razón,
puede ser que no lo entienda.
Sigo empujando
el carro, y escucho chirriar la rueda más que nunca. Ahora soy yo la que se
aparta de Manuela. Estoy un poco más adelante. Al final del pasillo veo a una
familia. O lo que se supone que es una familia: padre, madre y dos hijas
pequeñas. Reconozco a la niña de los pepinillos, que lleva en la mano un enorme
paquete de gusanitos, pero ya no grita: ahora solo engulle los snacks
de maíz. La más pequeña va sentada dentro del carro, llorando y golpeando con
los pies porque la hermana no le ofrece de lo que tiene en la bolsa. La madre,
con actitud decidida, desaparece por el fondo del pasillo con la niña pequeña y
deja a la mayor con el padre.
Manuela se
pone a mi lado. Ahora me mira.
—Podríamos ser
nosotras —dice en voz baja.
No le respondo
y sigo empujando el carro, ella me adelanta. Unos metros más adelante me pongo
a su lado; siempre vuelvo a su lado. La
rueda sigue con el infame chirrido. Me detengo. Hay gente por todos lados; nos
esquivan… Cada una va a lo suyo.
En la esquina
del pasillo del café está la niña de los pepinillos; sigue con los gusanitos.
Está sola. Vuelvo la cabeza hacia los dos lados, pero no veo al resto de su
familia. Manuela se agacha a su altura y le pregunta su nombre. La niña no le
responde y frunce el ceño.
—¿Con quién
estás, bonita?
La niña sigue
sin contestar. Manuela le ofrece su mano y la niña se la coge, sin soltar la
bolsa de gusanitos. Yo las sigo con el carro que chirría y que me lleva
siempre hacia el lado derecho. Empujo con todas mis fuerzas para volver a
enderezarlo; siento como me duele el brazo. Van juntas hacia la caja más
cercana y le dice a la cajera que la ha encontrado sola. Por la megafonía suena
la voz de la encargada.
Desde el
extremo opuesto del supermercado se ve correr a la madre que se aproxima
rápidamente hacia nosotras. Llega empujando el carro en el que va montada la
niña pequeña. Tiene la cara desencajada entre el miedo, la desesperación y la
angustia. Se acerca a la niña y la abraza, mientras le recrimina que no debe
alejarse de ella.
—Y a tu padre
ya le vale… —dice en voz alta, mientras se lleva a la niña de la mano.
Es la primera
vez que no hay nadie a nuestro alrededor. Manuela cierra los ojos unos
segundos, luego los abre. Hay algo de cansancio en su mirada. Pagamos, salimos
a la calle y consigo dejar el carro con la rueda que chirría en su sitio. Recupero
la moneda, me la guardo en el bolsillo. ¡Por fin! Se acabó la tortura: ya no
voy a escuchar más ese molesto sonido agudo y constante.
—No quiero
perderte —dice ella de repente.
—No vas a
perderme —digo, pero no suena convincente. Ni siquiera para mí.
—Entonces dime
que sí.
—No puedo —respondo.
—Entonces ya
me estás perdiendo.
Seguimos las
dos andando hacia el coche en silencio. Yo llevo en una mano la bolsa con las
compras y en la otra las llaves. La veo de espaldas y la sigo, como hago siempre.
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