martes, 28 de abril de 2026

- Relato 5 de Francisco Castro Legaspi

 

DESENCUENTRO

Me acerco hasta los carros de la compra, meto la moneda en la ranura y saco uno. Mientras lo empujo, me doy cuenta de que le chirría una rueda. Siempre hay alguno al que le chirría o se le dobla alguna rueda. Este tiene lo dos fallos, pero no vuelvo a cambiarlo por otro. Me conformo con lo que el destino me ha proporcionado. Es lo que me tocó.

Parece que el carro tiene vida propia y quiere llevarme al sitio que le da la gana. Como esos caballos que te llevan al lugar donde quieren estar tranquilos: da igual el movimiento que hagas con las riendas, la presión de las piernas… te llevan donde quieren. Lo que cambia es que el carro, su rueda, tiene un sonido agudo. Muy desagradable, insistente. Es como si quisiera decir algo que yo no termino de entender.

Manuela camina cerca, un poco más adelante. No me mira. Solo tiene ojos para las estanterías: mermeladas, potitos, leches, galletas… Se queda un rato comparando los precios. Mira todo lo que tiene a un lado y al otro del pasillo. Menos a mí. La rueda chirría, pero ella sigue concentrada en su escáner visual.

Hemos venido juntas. Aunque mi función es seguirla. Manuela decide y yo obedezco. No tenemos hecha una lista; lo tiene todo en su cabeza.

—Necesitamos leche —dice ella.

Asiento, aunque no haga falta, y en un gesto automático, como el de empujar el trasto que me ha tocado o como el de seguirla, cojo un brick de leche y lo meto en el carro. La rueda chirría; avanzo medio metro y se dobla. El carro me empuja hacia los detergentes… Intento maniobrar hacia el otro lado del pasillo, pero el carro no quiere. Me cuesta hacerlo entrar en mi recorrido. Ella me mira.

—Y pañales. —añade.

Suelta esa palabra. Aquí no hay bebés, ni pañales, pero lo dice como si los hubiera. Seguramente los tiene en su lista mental. Escucho lo que dice, luego la miro, y ella continúa andando hacia adelante; se acerca a la sección de limpieza.

—No tenemos un bebé. —digo despacio.

No suena como me hubiese gustado. Suena seco, distante y no era lo que pretendía. Tal vez me salió así, como lo pensaba. O no lo pensé demasiado y me salió de esa forma. Ella se detiene. Me mira: es la primera vez que lo hace desde que entramos al supermercado. Sus ojos son los mismos de siempre, pero no me miran igual. Es algo que ya hemos hablado muchas veces, y seguimos sin acuerdo. Hay algo más tenso en su mirada, es inquisidora. Acto seguido suelta la frase que cae como una bomba:

—Podríamos tenerlo —dice, y sigue caminando delante de mí.

La rueda del carro deja de chirriar porque ya no lo estoy empujando. Me detengo, respiro. Se hace un silencio extraño. Es raro, porque estamos rodeados de personas comprando que ni siquiera nos ven. Pasan de a dos, de a tres, solas, pero siempre empujan un carro cargado con diferentes cosas.

—No —respondo.

Ella deja de mirarme, vuelve a caminar delante de mí. Y yo continúo empujando el carro de la rueda que chirría y que se dobla. Ahora me lleva hacia la zona de los encurtidos. Mientras intento enderezarlo, escucho una voz femenina:

—¿Nos llevamos los pepinillos?

—Sí. Me encantan —responde la voz de una niña pequeña—. Pero que sean de los picantes.

—No pueden ser picantes porque a tu hermana no le gustan.

—Me da igual, yo quiero los picantes… ¡Quiero los que pican!... ¡Quiero los que pican!... ¡Los que pican!... La voz de la niña comienza en un sollozo y va acrecentándose hasta unos alaridos que se meten por los oídos y acaban por taladrar el cerebro de quienes estamos alrededor.

Empujo el carro con todas mis fuerzas. Ya me da igual que chirríe, porque casi no lo puedo oír. La rueda se dobla. Empujo con más fuerza aún y consigo encaminar mi destino hacia la sección de frutas. Allí, seguro que no hay infantes que berreen.  Naranjas, manzanas, plátanos, piñas, mandarinas, todas expuestas en orden y, sobre todo… en silencio. Cojo una manzana, como un acto reflejo. Sin pensar. La dejo en el carro y me dispongo a probar con otra pieza de fruta.

—Siempre haces eso —dice Manuela.

—¿Qué es lo que hago?

—Hacer cosas sin pensar.

—Si, hay veces que la razón queda por debajo del deseo. Es solo una manzana.

—No es por la manzana. Es por no pararte a pensar en lo que haces.

—Supongo que todo el mundo hace algo, alguna vez, que no se corresponde con la razón; que sólo tiene que ver con el deseo, con el goce o el disfrute del momento. Nada más. Como cuando le pegue un mordisco a esta manzana. ¿Quieres?

—Déjalo ya, no hagas el ridículo. Sigamos con la compra, por favor.

Vuelvo a empujar el carro, y la rueda continúa con el chirrido molesto. Pasamos por las vitrinas de los congelados y veo nuestras figuras reflejadas. Somos dos personas normales que están haciendo la compra; nada demuestra lo contrario. Sin embargo, estamos distanciándonos. Hemos discutido por una manzana, aunque llevamos semanas haciéndolo. No es por la manzana. Si hubiese cogido una naranja, habría sucedido lo mismo.

Manuela se detiene frente a los yogures. Hay miles, de muchos colores y formas diferentes. En ese pasillo hace frío; lo puedo sentir en los huesos y en la garganta. No estoy cómoda. Coge uno, lo examina, lo vuelve a dejar. Coge otro y hace lo mismo. Hasta que coge uno que pone mi primer Danone.

—Quiero tener un hijo —dice sin soltar los yogures y sin mirarme.

—Lo sé —respondo secamente.

—No. No entiendes lo que eso significa.

—Tienes razón, puede ser que no lo entienda.

Sigo empujando el carro, y escucho chirriar la rueda más que nunca. Ahora soy yo la que se aparta de Manuela. Estoy un poco más adelante. Al final del pasillo veo a una familia. O lo que se supone que es una familia: padre, madre y dos hijas pequeñas. Reconozco a la niña de los pepinillos, que lleva en la mano un enorme paquete de gusanitos, pero ya no grita: ahora solo engulle los snacks de maíz. La más pequeña va sentada dentro del carro, llorando y golpeando con los pies porque la hermana no le ofrece de lo que tiene en la bolsa. La madre, con actitud decidida, desaparece por el fondo del pasillo con la niña pequeña y deja a la mayor con el padre.

Manuela se pone a mi lado. Ahora me mira.

—Podríamos ser nosotras —dice en voz baja.

No le respondo y sigo empujando el carro, ella me adelanta. Unos metros más adelante me pongo a su lado; siempre vuelvo a su lado.  La rueda sigue con el infame chirrido. Me detengo. Hay gente por todos lados; nos esquivan… Cada una va a lo suyo.

En la esquina del pasillo del café está la niña de los pepinillos; sigue con los gusanitos. Está sola. Vuelvo la cabeza hacia los dos lados, pero no veo al resto de su familia. Manuela se agacha a su altura y le pregunta su nombre. La niña no le responde y frunce el ceño.

—¿Con quién estás, bonita?

La niña sigue sin contestar. Manuela le ofrece su mano y la niña se la coge, sin soltar la bolsa de gusanitos. Yo las sigo con el carro que chirría y que me lleva siempre hacia el lado derecho. Empujo con todas mis fuerzas para volver a enderezarlo; siento como me duele el brazo. Van juntas hacia la caja más cercana y le dice a la cajera que la ha encontrado sola. Por la megafonía suena la voz de la encargada.

Desde el extremo opuesto del supermercado se ve correr a la madre que se aproxima rápidamente hacia nosotras. Llega empujando el carro en el que va montada la niña pequeña. Tiene la cara desencajada entre el miedo, la desesperación y la angustia. Se acerca a la niña y la abraza, mientras le recrimina que no debe alejarse de ella.

—Y a tu padre ya le vale… —dice en voz alta, mientras se lleva a la niña de la mano.

Es la primera vez que no hay nadie a nuestro alrededor. Manuela cierra los ojos unos segundos, luego los abre. Hay algo de cansancio en su mirada. Pagamos, salimos a la calle y consigo dejar el carro con la rueda que chirría en su sitio. Recupero la moneda, me la guardo en el bolsillo. ¡Por fin! Se acabó la tortura: ya no voy a escuchar más ese molesto sonido agudo y constante.

—No quiero perderte —dice ella de repente.

—No vas a perderme —digo, pero no suena convincente. Ni siquiera para mí.

—Entonces dime que sí.

—No puedo —respondo.

—Entonces ya me estás perdiendo.

Seguimos las dos andando hacia el coche en silencio. Yo llevo en una mano la bolsa con las compras y en la otra las llaves. La veo de espaldas y la sigo, como hago siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.