martes, 28 de abril de 2026

-Relato 5 de Alejandro Melguizo Lópeze

Sevilla, ciudad de valientes


El martes terminé de dar clase y descansé toda la tarde. Luego de cenar, Roberto, profesor, también de Educación Física, y también un novato de la bolsa de empleo, de veinticinco años, y yo, partiríamos hacia Sevilla. Mario nos esperaba en su casa (allí vivían los padres y sus dos hermanos), amigo de profesión y sevillano, que nos daría cobijo hasta el domingo, junto a otra chavala del pueblo, Pilar, también docente y joven, como Mario, y que llegó a Sevilla el día anterior. Por el grupo de amigos decían lo mucho que nos estábamos perdiendo. Enviaron vídeos y fotografías del martes de rebujitos que habían pasado. Me levanté de la siesta, vi la televisión, cené y fui a buscar a Roberto con el coche, a unos cinco minutos de casa.


Nos asentamos en una habitación desalojada para la estancia durante la semana. Era temprano. Dejamos las maletas a un lado. Ya había saludado a Mario y a los padres de este. Los hermanos estaban dormidos y Pilar estaba en el cuarto de baño, nos hizo saber Mario. Roberto y yo fuimos a dormir. El viaje había sido largo. Me eché en el colchón del suelo más cercano a la puerta. Desde allí vi cómo Pilar salía del cuarto de baño. Se acercó y nos saludó a Roberto y a mí. 

Roberto estuvo hablando con ella un tiempo mientras yo tocaba el móvil para arriba y para abajo. Pilar se fue de la habitación. Me levanté. Fui al cuarto de baño a quitarme las lentillas, que me molestaron durante todo el trayecto. Me puse las gafas y me dirigí de nuevo hacia la habitación. Fui a quitarme las gafas, cuando vi a Roberto sonriente. Finalmente, dormí.


La madre de Mario nos había preparado una tortilla de patatas para el almuerzo. Comimos en la terraza Mario, Pilar, Roberto y yo. Mario nos comentó el plan que había pensado para pasar el miércoles en la Feria. Iríamos a la caseta del trabajo de su tío, y así podía darnos pases para entrar sin problemas, y a partir de ahí haríamos lo que la Feria nos deparase, incluida la noria y otras atracciones una vez bien entrada la madrugada.

Pilar estaba sentada en frente de mí, como en las típicas reuniones docentes cuando llegaba el momento de las pocas evaluaciones vividas («David, ¿me pasas la carpeta?»). Mi vaso de coca cola estaba lleno. Me lo bebí de un buche frente al sol, que entraba por mi izquierda. Dejé el vaso en la mesa y pedí a Pilar si por favor podía acercarme la botella. Me la acercó al momento. Le di las gracias y llené el vaso. Roberto en ese momento le tocó el pelo para acomodarle el flequillo.

Uno de los hermanos de Mario apareció por la puerta que conectaba con el salón para saludarnos. Tenía los ojos hinchados y el pelo encrespado, pero bañado con algo de agua. 


—Hola. —Se trataba de un rostro con mueca cóncava el suyo. Se dirigió a Roberto, que era el que quedaba más cerca. Roberto se levantó y le dio la mano—. Encantado, yo soy Luis.  —Se dirigió hacia la izquierda, donde estaba Pilar, y se inclinó a darle dos besos.

—La mano, mejor, que hace calor y nos vamos a pegar el sudor. Encantada.

—Es que ella es una flamenca muy presumida. —Roberto miró a Pilar, que vestía de flamenca, quien le devolvió la mirada—. Con esa flor que lleva puesta y todo la niña, que ya es una sevillana más. —Le echó la mano a la flor y se la ajustó, ante la mirada de David.


Las primeras horas de la tarde estuvimos en la caseta del tío de Mario. Un poco de albero se levantó al poco de establecernos y eché la mano al ojo. Lo mantuve presionado y fui de prisa al cuarto de baño. Había en la cola varias personas. Me colé hasta llegar a Pilar, que estaba a punto de entrar. Le pedí que me dejara pasar, que se me había movido la lentilla. Entré, pero en el cuarto de baño no había espejo. Salí inmediatamente. Pilar me dejó un espejo portátil que llevaba para el maquillaje, recubierto de piel sintética. Me salí de la caseta, que estaba llena de gente y en la cual sonaba música sin parar. Ya afuera, me apoyé en una farola y con ayuda del espejo me coloqué bien la lentilla. De vuelta, me percaté de que el espejo olía a Pilar: a su maquillaje y perfume.

Mario me preguntó que por qué me había ido. Le expliqué el percance y le pregunté dónde estaban los demás. Me señaló al frente. La gente bailaba y Roberto estaba en la barra pidiendo. Y Pilar seguía en el cuarto de baño. Me senté en la silla como cuando había que sustituir a un profesor y vigilar a los alumnos («Profe, ¿podemos irnos al patio a jugar al fútbol?»). Esperé a que Pilar saliese. Pilar salió y marchó a bailar. Me levanté con rapidez y me dirigí hacia la pista. Me vio. No me pidió el espejito. Le hice un gesto y nos pusimos a bailar. Cuando terminó la sevillana, de nuevo la lentilla se me movió y paré un momento para frotarme el párpado. Me froté con suavidad y, cuando terminé de hacerlo, Pilar lucía bailando con Roberto.

Mario llegó y me comentó si quería algo de beber o comer. Le dije que sí. Agua. Tenía calor. Se rio junto con una joven que justo pasó por donde nosotros. Fuimos a la barra. Él pidió una jarra de rebujito y una tapa de chicharrones y otra de tortilla y yo una botella de agua. 


—Toma, aquí tienes. —El camarero no me miró a la cara y se dirigió a un compañero suyo—. Mira este, una botella de agua me ha pedido. No es ni sevillano, tiene acento del norte.

—Tengo sed. —Me quedé mirándolo, pero él no me devolvió la mirada. Seguí—. Aquí hace mucho calor. —Se giró y me miró sin parpadear.

—Esto es Sevilla, ciudad de valientes. —Dio un golpe a la barra—. ¿Te enteras, chiquillo? Aquí se viene a triunfar o no se viene. Y menos a beber agüita.

—Es que es abstemio el niño, es un santo. Un santito —dijo Roberto.

 

Llegamos a la casa de Mario sobre las siete de la mañana. Todos nos desvestimos y nos pusimos el pijama para dormir. Roberto fue el único que se metió en la ducha. Pilar, como yo, llevaba puesta las lentillas. Yo me las quité en el baño, antes de que Roberto pasara a la ducha. Cuando este se duchaba, Pilar me pidió el espejo que me dejó en la feria. Le dije que lo había dejado en la mesa de la caseta y que pensaba que ella lo había cogido. Me reprendió mi irresponsabilidad y me hizo saber que ese espejo iba con ella a todos lados.

Mario llegó y le preguntó a Pilar qué le pasaba. Yo le dije que ya le había pedido perdón. Ella aceptó las disculpas. En ese momento, la ducha dejó de sonar. Roberto abrió la puerta con la toalla por la cintura y se llevó el dedo a la boca para que dejásemos de hablar tan alto. Mario, Pilar y yo le echamos cuenta, aunque seguimos hablando. 


—Anda que tú también… No puede uno fiarse de ti.  —Roberto giró la cabeza hacia Pilar—. Pasa al baño y te quitas las lentillas, que yo ya he terminado. 


Pilar pasó al baño y cerró la puerta. Yo me fui a la habitación a dormir. Dejé la puerta entornada. Roberto esperaba con la mano apoyada en el marco de la puerta a que Pilar saliera del cuarto de baño. Entonces salió.


—¿¡Uy, qué haces tú aquí!? —Pilar se sobresaltó y seguidamente le echó una mirada de arriba abajo ya con las gafas puestas—. Ah, que sigues en toalla. Perdón. Pensaba que habías terminado.

—No te preocupes. Te dije yo que pasaras. Buenas noches, flamenca.


Pilar anduvo por el pasillo hasta llegar a su habitación. Cuando se encontraba a la altura de la puerta de mi habitación, se giró y miró a Roberto, que seguía allí, mirándole el culo. Ahora fue Roberto el que le echó una mirada de arriba abajo. Pilar se llevó la mano a la cabeza y bajó la vista a un lado. Luego Roberto de nuevo le dijo que buenas noches y ella respondió lo mismo.

Yo me levanté sin hacer ruido y me dirigí hacia el pantalón del traje. Saqué el espejo de Pilar, me lo acerca a la nariz, aspiré con fuerza y luego me lo llevé abajo de la almohada. Roberto salió del cuarto de baño. Se echó sobre su colchón. Yo me hacía el dormido. Se puso de lado dándome la espalda. Al poco tiempo comenzó a roncar. Yo miraba al techo, oscuro, hasta que en un momento me rasqué la espalda. Entonces me erguí un poco. Me topé con una lucecita pequeña de color rojo del monitor, que estaba en el suelo, pues la mesa de escritorio se había quitado para que entrara el colchón. Noté como una punzada en el ojo. Lo cerré y me acaricié con suavidad el párpado. Quité el dedo y el ojo ya estaba bien. Cogí el espejo, me lo llevé a la nariz. Aspiré, lo escondí y dormí.


Dormí muy poco, menos de tres horas. A las diez ya estaba despierto. Fui a la habitación de Pilar. Estaba dormida, con las piernas cruzadas. Tenía el cabello suelto a lo largo de la almohada y estaba totalmente destapada, con la camiseta subida dejando al descubierto el ombligo. 

Fui al cuarto a echarme agua en la cara. De pronto olí a Pilar. Miré a un lado y a otro hasta que encontré el perfume detrás de mí, en una mesita. Lo cogí. Fui a la habitación. Lo esparcí por la piel sintética del espejito y por la almohada. Dejé el frasco en el cuarto de baño. Me eché bocabajo en el colchón y seguí durmiendo.


Sobre las seis de la tarde del miércoles fuimos a la feria. De nuevo a la caseta del tío de Mario. Me llevé el espejito en el bolsillo por si volvía a ocurrirme algo en el ojo con la lentilla. Roberto bebió demasiado rápido los rebujitos y se puso malo de la barriga. Iba y venía del baño cada poco tiempo. Pilar esta vez no iba vestida de flamenca, sino simplemente arreglada, como en la graduación del curso pasado («Mira a Cristian, hasta parece bueno con la orla»). 

Me levanté de la mesa y fui a donde la gente bailaba. El camarero del día anterior me miró y yo lo miré, y me hizo una mueca. Pilar estaba bailando con un amigo de Mario que había venido aquel día. Me acerqué y le dije a este que Mario lo estaba buscando porque tenía algo urgente que contarle. Salió corriendo haciéndose hueco como podía entre la gente. Me acerqué a Pilar. Pilar me preguntó por Roberto y le dije que estaba en la mesa y que se encontraba algo mejor. 

Bailamos un poco. Luego salimos afuera para que nos diera el aire. Ni Roberto ni Mario estaban en la mesa. Me dijo que tenía hambre, pero de una hamburguesa, que estaba harta de tortilla, de las bravas pasadas y de los filetes secos. 

Fuimos entonces a una hamburguesería situada donde las atracciones. Nos pedimos cada uno una hamburguesa. Cogí el móvil y me lo llevé al oído. Le dije que no contestaba nadie. Noté que los mocos se me bajaban. Eché mano a una servilleta de papel y me los soné. Instintivamente, cerré los ojos. Al abrirlos, la lentilla se movió de nuevo. Veía triple por ese ojo. Fui a coger el espejo del bolsillo, pero me detuve. Pilar me acercó el servilletero, plateado, que hacía la función de espejo. Pero apenas podía verme. Ella me sugirió que abriera el ojo y que con la yema de su dedo me podría intentar poner la lentilla en su sitio. Con una mano abajo y otra arriba del ojo, lo abrí levantando con fuerza las cejas, mientras clavaba la mirada en sus pestañas erguidas. Ella se acercó y poco a poco fue tocándome con suavidad. La vista se enfocó del todo demasiado rápido.

Comimos y Mario me llamó al móvil. Roberto no podía quedarse en pie y se iban a casa. Le dolía mucho la barriga. Pilar se quedó callada. Propuse que nos quedáramos los dos en la Feria algo más de tiempo, que Roberto ya estaba bajo control con Mario. Pilar siguió con el mutismo y con la mano en la barbilla y la mirada perdida en el puesto de los dardos de en frente. 


—¿Te atreves? —Corté sus pensamientos señalándole una atracción que era un palo enorme que daba vueltas a una gran velocidad.

—Está muy alto eso.

—Sevilla está hecha para los valientes. —Su rostro volvió a mirar a la atracción—. Desde allí se tiene que ver todo.


Bajamos de la atracción con el rostro feliz. Nos miramos entre risas. Yo seguía con la mano puesta en el bolsillo. Los pelos de Pilar estaban sueltos como la noche anterior en la almohada. Me confesó que era la primera vez que se montaba en una atracción de ese estilo, y que me dijo que sí para no quedar mal, como una cobarde.

Me propuso volver a montarnos. Y lo hicimos. Y luego fuimos buscando atracciones de ese calibre, aunque ninguna superó al palo enorme. Pagamos unas cuantas más y fuimos a la caseta. Como no estaba Mario, el portero no nos dejaba pasar. Decidimos ir en busca de una pública. 

De pronto, dejé de ver por el ojo derecho, por el de la lentilla. Era todo borroso e incluso me tambaleaba del mareo. Me dijo que cómo no se nos había ocurrido antes lo del móvil en vez del servilletero. Entonces ella se fue a la cámara, puso el modo selfi y me sujetó el móvil cual espejo. Yo estaba tocando el ojo cuando de pronto comenzaron a llegarle varias notificaciones. Me tapé el ojo malo y vi las notificaciones con el ojo izquierdo. Era Roberto diciéndole que cuánto le quedaba, que si teníamos pensado volver. Logré ajustarme la lentilla por enésima vez. Ella miró el móvil unos segundos, lo apagó y se lo metió en el bolsillo. Respiré profundo y seguimos caminando.


-Relato 5 de Isabel García

 

Te estoy hablando


—¿Es que no oyes el despertador? —Entré en la habitación de mi hija. Todas las mañanas antes de ir al instituto ocurría lo mismo.

—Solo cinco minutos más. —Paula se encogió, se cubrió la cabeza con la colcha y gritó cuando abrí la persiana de un tirón—. ¡Mamá!

—Ni mamá, ni momó, ¡arriba! —La luz reveló los vaqueros y la camiseta del día anterior en el suelo. Las zapatillas de deporte, cada una en una punta de la habitación, tenían en su interior calcetines arrugados. Recogí las prendas. Unas bragas sucias se escondían detrás de la puerta—. ¡Son las ocho menos cinco!

Paula se levantó de un salto y se dirigió a su armario. Revolvió en los cajones hasta sacar una camiseta rosa palo, unas mallas negras y unas bragas de corazoncitos que le había comprado hace poco en las rebajas. Doblé los vaqueros y tiré hacia el pasillo la camiseta, los calcetines y las bragas. Paula dio la vuelta y se abalanzó sobre la mesita de noche. Desenchufó el cargador y miró la pantalla de su móvil.

—¡Eres una mentirosa! —Paula se tiró al suelo, metió el brazo debajo de la cama y sacó un sujetador—. Faltan todavía veinte minutos.

—Es que si no no te levantas. —Me incliné, agarré las sábanas y las sacudí.

Paula se levantó, me agarró por los hombros y me empujó hacia el pasillo.

—¡Intimidad! —La puerta se cerró de golpe a mi espalda.

Suspiré mientras recogía la ropa sucia. Recorrí el piso superior, acumulé toda la colada del día en un cesto y bajé las escaleras despacio con una mano en la barandilla. En la cocina, la cafetera había comenzado a rebozar y el líquido se derramaba por la vitrocerámica. 

—Mierda. —Solté el cesto, la aparté del fuego deprisa y coloqué una bayeta para que empapase. Me giré hacia la puerta—. ¡Ahora sí son menos cinco!

Paula bajó corriendo por las escaleras y entró en la cocina peinándose con los dedos. Antes llevaba una media melena para poder recogérsela sin problema en sus entrenamientos de baloncesto, pero hace dos semanas apareció con un corte bob. «Tuve un mental breakdown, mamá». No dio más explicaciones.

—¿Puedes dejar de mentirme? —Paula se desplomó en la silla, tomó la tostada que le había preparado sobre la mesa y le pegó un bocado—. Me tienes estresada.

—Si no estuvieras un martes hasta las tantas con el móvil, no te costaría tanto levantarte. —Tomé el café que quedaba en la cafetera y me lo serví—. ¿Se puede saber qué haces hasta tan tarde?

No obtuve respuesta. Paula miraba su móvil y deslizaba el dedo sobre la pantalla. Cada cierto tiempo paraba, sujetaba la tostada con los dientes, y escribía algo rápidamente. Le di un sorbo al café. Solté la taza de golpe, saqué la lengua y me abaniqué. Paula se sobresaltó.

—Por eso no hay que ir con prisas —señaló mientras yo abría el frigorífico y sacaba una botella de agua.

—¡Dientes! Que ya es la hora.

Paula suspiró, arrastró la silla al levantarse y, sin despegar los ojos del móvil, se dirigió lentamente hacia el cuarto de baño.



—Deja la mochila en su sitio. —Ese lunes había pasado la mañana doblando camisetas en la trastienda, subiendo y bajando escaleras con cajas de la nueva colección y atendiendo a clientes que entraban sin dejar de mirar el móvil—. Y lávate las manos.

Paula dejó caer la mochila al suelo y pasó de largo. Las llaves quedaron sobre el mueble del recibidor.

—Paula.

No se detuvo. Cruzó el pasillo, empujó la puerta del baño con el hombro y la dejó abierta. El grifo empezó a correr. Me incliné, levanté la mochila y la colgué. Un sobre asomaba por la cremallera delantera. Tiré de él.

Volví a la cocina con el sobre en la mano. Lo dejé sobre la mesa. Saqué dos platos, los coloqué, abrí la nevera y cogí el táper de lentejas. Lo vacié en el cazo y encendí el fuego. El grifo del baño seguía abierto.

—¡Paula!

La puerta del baño golpeó la pared. Paula entró en la cocina secándose las manos en la camiseta.

—¿Qué es esto? —Deslicé el sobre por la mesa.

Paula miró el sobre, se acercó, lo cogió y lo dejó donde estaba.

—Nada.

Apagué el fuego, acerqué el cazo al fregadero y volví a la mesa. El sobre no estaba sellado, lo abrí y desplegué el papel de su interior.

—Uso del móvil en clase. —Apoyé el dedo sobre la hoja—. Parte disciplinario leve.

—No es nada. —Paula sirvió la comida en dos platos y los colocó sobre la mesa.

—¿Que no es nada? Paula, ¿desde cuando te echan partes? ¿Esto es nuevo ahora? —Giré el papel—. ¿Dónde está?

Paula se metió la mano en el bolsillo. Sacó el móvil. La pantalla se encendió.  La bloqueó. Lo dejó boca abajo.

—Solo me lo han quitado un rato. —Paula encogió los hombros, tiró de una silla, la arrastró y se sentó. Luego cogió la cuchara, pero no llegó al plato. Se detuvo antes de coger el móvil y desbloquearlo.

—Paula, deja el móvil. —No me hizo caso. Deslizó el dedo por la pantalla, se detuvo, escribió, borró y escribió otra vez—. Dame el móvil. —Paula no levantó la vista, pulsó la pantalla con el pulgar y se lo acercó más a la cara—. Paula. —Alargué la mano, pero ella lo apartó y se lo pegó al pecho. 

Se levantó. La silla rozó el suelo.

—Dámelo.

Negó con la cabeza y pasó a mi lado.

—Paula.

Caminó hacia el pasillo con el móvil en una mano. Subió el primer escalón y se detuvo. Miró la pantalla apartándose un mechón y escribió algo.

—Esto no se queda así.

No respondió. La seguí pero subió corriendo. Al final del pasillo, la puerta de su cuarto estaba entornada cuando llegué arriba, la empujó y entró. Antes de que pudiera alcanzarla la puerta se cerró de golpe contra mi mano. 

—¡Paula! —Solté el pomo y me quedé frente a la puerta. Al otro lado, pasos. El clic del pestillo.

Apoyé la palma sobre la madera. Unos segundos más tarde la retiré y bajé las escaleras. En la cocina, la cuchara seguía a un lado del plato y el parte en el centro de la mesa. 



El aceite empezó a chisporrotear en la sartén cuando eché las patatas. Dejé la espumadera sobre la encimera, abrí el cajón de los cubiertos y saqué dos tenedores. Afuera, la llave giró en la cerradura. La puerta se abrió. Una mochila golpeó la pared y unas zapatillas cayeron junto al mueble de la entrada.

—A la ducha —dije sin girarme.

Paula no respondió. Cruzó el pasillo y la puerta del baño se cerró. El agua empezó a correr. Dejé los tenedores sobre la mesa, bajé el fuego y apagué la campana extractora. Abrí el cesto de la ropa limpia que había dejado junto a la mesa esa mañana y lo cargué entre los brazos.

Subí las escaleras despacio. Empujé la puerta del cuarto de Paula con el codo. Estaba abierta. Entré y dejé el cesto sobre la cama. Saqué unas camisetas y un pantalón doblados y los coloqué sobre la silla del escritorio. Un par de calcetines salieron rodando. Me agaché y el zumbido del móvil vibró sobre la mesilla.

Me giré y me quedé quieta, estando aún inclinada. La pantalla se encendió. Otro zumbido. Otro. Me acerqué, apoyé la mano en la mesilla y miré la pantalla. Me quedé un momento con la mano apoyada en la madera hasta que tomé el móvil entre mis manos. El agua dejó de correr. Dejé el móvil rápidamente en su lugar. Saqué una sudadera del cesto, la doblé y la dejé sobre la silla.

Recogí el cesto, salí al pasillo y me dirigí a mi habitación. La puerta del baño se abrió. Paula salió con una toalla en la cabeza y otra alrededor del cuerpo.

—La cena está en diez minutos. —Dejé otro montón de ropa limpia y doblada sobre mi cama—. ¿Hoy has llegado más tarde que otros día, no?

Ella pasó de largo hacia su habitación mientras yo volvía al pasillo. Cuando entró el móvil volvió a vibrar. Se acercó a la mesilla, lo cogió y la pantalla le iluminó la cara. El dedo se movió rápido, realizando una breve pausa antes de volver a escribir.

—¿Quién es? —Apoyé el cesto vacío en el suelo.

—El grupo —dijo sin levantar la vista. Se quitó la toalla de la cabeza y la dejó caer sobre la silla.

—¿El del equipo?

—Sí, cotilla. —Se sentó en la cama, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas mientras escribía en la pantalla.

—¿Y el entrenador? —Me crucé de brazos.

Alzó la vista un segundo, pero la bajó otra vez.

—¿Qué pasa con el entrenador?. —Dejó el móvil sobre la cama, se levantó, abrió el armario y sacó una camiseta. 

—¿También está en el grupo? —Paula me ignoró mientras sostenía en alto la camiseta. Luego la dejó a un lado y sacó otra—. ¿Qué habéis hecho para terminar tan tarde el entrenamiento hoy?

—Este finde hay partido.

El móvil vibró. Paula se giró y lo cogió. Sonrió apenas. Yo suspiré.

—Voy abajo. —No recibí respuesta—. Date prisa que se enfría.

Bajé las escaleras. En la cocina, apagué el fuego y el aceite dejó de chisporrotear. Aparté las patatas e incorporé unos huevos que había batido antes. Vertí la mezcla en otra sartén y esperé a que cuajara. Serví la tortilla en un plato y miré hacia la puerta. 

—¡A comer!



El silbato sonó cuando entré en el pabellón. Me abaniqué con las manos y bajé las gradas. Varias madres se levantaron para dejarme pasar. Me senté en la segunda fila y apoyé el bolso en el suelo.

En la pista, Paula corría de un lado a otro. Botó el balón, le hizo un pase a Ángela, la número diez, pero lo volvió a recibir. Se detuvo un segundo junto a la banda, miró hacia fuera y levantó la mano. Desde el banquillo, el entrenador le devolvió el gesto, señalando algo con dos dedos. Paula asintió y volvió a correr.

—Hoy la ha puesto de base. —La madre de Julia estaba sentada a mi derecha con la mirada fija en la pista—. Lleva toda la semana con ella.

Asentí, me incliné hacia adelante y me sujeté fuerte las rodillas.

Una jugadora del equipo contrario tiró a canasta, pero el balón golpeó el aro. Paula recogió el rebote y corrió hacia el otro lado, pero el silbato volvió a sonar. Se detuvo, miró al banquillo y el entrenador salió un paso a la pista. Le dijo algo haciendo aspavientos con las manos y Paula se acercó. Él apoyó la mano en su hombro y señaló la zona. Paula giró la cabeza hacia la misma dirección, asintió y volvió a su posición.

—Desde que se cortó el pelo ya no es la misma. —Otra mujer, esta vez desconocida, habló—. Ahora juega más segura. Es la favorita del entrenador.

Me recosté en el asiento, crucé los brazos y miré el marcador mientras respiraba profundamente. Cuando el partido terminó, las chicas se acercaron al banquillo. Habían ganado de doce. Paula se quitó la goma del pelo, se lo sacudió con las manos y se inclinó para coger la botella. El entrenador se acercó por detrás y le dijo algo. Paula giró la cabeza y le sonrió. Él le quitó la botella de la mano y la dejó sobre el banco. Paula se secó la cara con la camiseta. Él señaló la puerta lateral. Paula asintió.

Las demás chicas se fueron hacia el vestuario. Paula se quedó un momento más. Recogió el cubre, se lo colgó del brazo y escribió algo en el móvil antes de guardarlo.

—¿Vas a esperar? —La madre de Julia se había levantado y me miraba.

Negué con la cabeza. Me levanté y subí los escalones de la grada despacio. Luego bajé hasta la entrada del pabellón, crucé el pasillo hasta los vestuarios, pero la puerta estaba cerrada.

Seguí hasta la salida lateral, donde la puerta estaba entreabierta. Empujé.

Afuera, Paula estaba junto a la pared con el cubre sobre los hombros y el móvil en la mano. Él estaba frente a ella, más cerca que en la pista. Avancé.

—Paula.

Los dos giraron la cabeza. Él dio un paso atrás y Paula abrió muchos los ojos. Me detuve a un par de metros. Lo miré a él y miré a mi hija.

—Vamos. —Señalé con la barbilla hacia la puerta. Paula no se movió. Apretó el cubre contra el pecho—. Ahora. —Abrí más la puerta y la sujeté. 

Paula caminó hacia mí sin levantar la vista. Atravesó la puerta, la seguí y dejé que se cerrara de un portazo detrás de nosotras. Eché a andar por el pasillo, adelantando a Paula, quien me siguió con pasos desacompasados. No miré atrás. Crucé el pasillo, empujé la puerta principal y salimos al aparcamiento.

—Al coche. —Saqué las llaves y abrí el coche, pero Paula se quedó de pie junto a la puerta—. Dentro. Ahora.

Paula se sentó. Cerré de un golpe, rodeé el coche y me senté al volante. Las llaves encajaron en el contacto y las giré. El motor arrancó.

Paula miró por la ventana. Yo miré al frente.

—Se acabó el móvil y los entrenamientos.

Ninguna de las dos dijo nada más. Puse la marcha atrás.

lunes, 27 de abril de 2026

-Relato 5 de Luis Vera


Un día más

Salí del estudio con la bata doblada sobre el brazo. El fotógrafo dijo: «Perfecto, ha quedado realmente bien», mientras guardaba la cámara en su funda, y Roxanne soltó el aire despacio, como si acabara algo más largo de lo que había sido. En el pasillo habían pegado el cartel de la campaña: una mujer con bata blanca, un estetoscopio colgado y una sonrisa fija. Me detuve un momento.

    —Eres tú. —Roxanne sonrió abiertamente.
    —Es la bata, yo ya no tengo trabajo.
    —Lo conseguiremos.
    —¿No te cansas de este tonto círculo? Buscar para trabajar, trabajar para buscar.
    —El truco es no pensar en ello.
    Bajamos las escaleras y salimos a la calle. El ruido del tráfico estaba ahí desde antes de abrir la puerta. En la esquina, el kiosco tenía los periódicos colgados con pinzas y una radio pequeña apoyada en una caja. Sonaba la misma canción que dentro del estudio. El hombre del kiosco no levantó la vista.
    —Podríamos mirar anuncios —dijo Roxanne.
    —Luego.
    Fuimos al bar de la esquina. La puerta hizo el mismo ruido seco de siempre. Dentro, la mujer del trapo azul limpiaba vasos detrás de la barra. Nos sentamos en los taburetes de siempre.
    —Dos cafés.
    La mujer dejó dos vasos de agua antes de servir el café.
    Puse la bata sobre la barra, bien doblada. El trapo azul pasó cerca sin tocarla. En la televisión, un presentador movía los labios sin sonido. Miré el reloj del bar. Marcaba las doce y media.
    —El del metro siempre va dos minutos tarde.
    —Quizá lo hace porque disfruta mucho su trabajo, y así pasa más tiempo en él. —Roxanne tomó una taza de café.
    Bebí la mitad del café y dejé la taza. Afuera, la canción volvió a empezar.
    —Siempre la misma.
    —El truco es no pensar en ello. —Bebí el resto del café.
    —¿Tienes algo mañana? 
    —No.
    —Yo tampoco.
    Doblé mejor la bata y la metí en la bolsa.
    —La devuelvo mañana.
    —Podrías usarla.
    —La devuelvo mañana.
    Salimos. La puerta sonó igual. Caminamos hacia el metro. En la entrada, el reloj marcaba las doce y cuarenta.
    —Dos minutos.
    —Siempre dos tarde.
    En el andén esperamos sin hablar. El tren llegó a las doce y cuarenta y dos y subimos. Me senté frente a ella con la bolsa en las rodillas, mientras ella comenzó a hablar.
    —Hay una agencia nueva, en la calle larga.
    —Vamos mañana.
    En la siguiente estación subieron dos chicas con carpetas. Las miré un momento y luego miré la bolsa. Roxanne también las miró.
    —Van a un casting.
    —Puede ser, o quizá ellas tienen algo fijo.
    Bajamos en nuestra parada. En la salida había otro kiosco. Compré un periódico y lo abrí allí mismo. Pasé las páginas de anuncios.
    —Siempre lo mismo —dijo Roxanne.
    —El truco es no pensar en ello —dije.
    En la calle, un coche tenía la radio encendida. La misma canción. Roxanne comenzó a hablar.
    —Está en todas partes.
    —En todas, seguro que alguien compró los derechos muy baratos y ahora los está explotando.
    Nos detuvimos en la esquina.
    —Hasta mañana.
    —Descansa.
    Seguí caminando sola. Pasé frente a una tienda con maniquíes vestidos con batas blancas. Uno tenía un estetoscopio colgado. Me detuve un momento y luego seguí.
    Llegué al edificio. El ascensor seguía averiado. En cada piso había una maceta seca junto a la puerta. Subí hasta el tercero. Abrí con la llave.
    Dentro, dejé la bolsa sobre la mesa. Saqué la bata y la extendí en la silla. Encendí la luz. Abrí el periódico y me senté.
    —Se busca modelo… disponibilidad inmediata. —Leí en voz alta.
    Pasé la página.
    Dejé el periódico y cogí la bata. Me la puse. Me miré en el espejo. Me coloqué el pelo detrás de las orejas.
    —Buenas tardes —dije—. Pase, por favor, el doctor la está esperando.
    Me quedé quieta un momento. Luego me quité la bata, la doblé y la dejé en la silla.
    Sonó el teléfono.
    —¿Sí? 
    —Soy yo. —La voz de Roxanne sonaba entrecortada.
    Colgué.
    Abrí la ventana. Desde la calle subía la radio del kiosco. La misma canción. Cerré la ventana.
    Volví a la mesa. Marqué dos anuncios en el periódico. Doblé el papel dejando las marcas visibles. Coloqué la bata encima, alineando las mangas.
    Apagué la luz y me acosté. La canción volvió a empezar.
    A la mañana siguiente, me levanté, me vestí y guardé la bata en la bolsa. Cogí el periódico.
    Bajé las escaleras. Las macetas seguían secas. Salí a la calle. El kiosco estaba abierto. La radio sonaba.
    —Otro.
    El hombre me dio un periódico.
    Bajé al metro.
    En el andén, Roxanne estaba apoyada en la columna.
    —Llegas a tiempo.
    Subimos al tren.
    —Primero la agencia.
    —Luego devuelvo la bata.
    El tren avanzó. Alguien tarareaba la canción.
    Bajamos. Subimos a la calle. Caminamos por la calle larga. En un escaparate había otra imagen de la campaña: una doctora con bata blanca. Roxanne se detuvo.
    —Otra vez tú.
    —Es la bata, yo sigo desempleada.
    Seguimos hasta la agencia. Había gente esperando en la puerta. Una chica sostenía un periódico doblado como el mío. Otra llevaba una bolsa con ropa.
    —Venimos por el anuncio. —Roxanne sonreía.
    —Apunten sus nombres en la lista. —La mujer del mostrador no regresó la sonrisa.
    Escribí el mío. Dejé la bolsa en el suelo, junto a otras.
    —Esperad ahí.
    Nos sentamos. Al fondo, una radio sonaba baja. La misma canción.
    —Siempre la misma. —Roxanne tomo asiento.
    No contesté nada.
    Un hombre salió con una carpeta.
    —Siguiente.
    Una chica se levantó. Otra ocupó su sitio. La puerta se abrió otra vez.
    —Donna Johns.
    Me levanté. Cogí la bolsa. Entré. El hombre señaló una silla.
    —Deja la bolsa ahí.
    La dejé junto a la pared. Dentro estaba la bata doblada. El hombre abrió la carpeta.
    —Vamos a empezar.
    Me quedé de pie frente a él. Detrás, en otra habitación, alguien tarareaba la misma canción. Escuché la canción una y otra vez.
    El hombre me miró y movió los labios, volvió a mover los labios.
    —¿Quieres el trabajo o no? —gritó con fuerza.
    —La verdad es que no.
    Me miró por varios segundos antes de hablar.
    —Entonces, ¿qué haces aquí?
    —No lo sé.
    —¿Qué no piensas? ¿Por qué vendrías a un lugar si no sabes ni qué haces ahí?
    —A veces es mejor no pensar en ese tipo de cosas.
    —¿Y en qué sí piensas?
    —En la canción, esa canción que se repite.
    —Yo no escucho nada.
    —Claro que sí, la canción, la maldita canción.
    El hombre sacó su celular y realizó una llamada. Yo me levanté de la silla y salí de la oficina. Roxanne estaba ahí, me miró y comenzó a mover los labios. Yo seguí adelante hasta la puerta sin contestar.
    Esta vez, al fin, podía oír. Ya no había ninguna canción.


martes, 14 de abril de 2026

-Relato 4 de Federico Aresté

ALGO NUEVO, LA HISTORIA DE MARTÍN G. 


PASADO RECIENTE

Después de mucho tiempo Martín volvió al pueblo. 

Estuvo años viviendo en Buenos Aires y nadie supo más de él hasta que volvió con su madre a la casona vieja de la calle principal. 

Desde que llegó, se la pasó caminando todas las tardes alrededor de la plaza. Arrancaba en la esquina frente a la heladería y seguía en dirección a la estación de servicios. Si uno se sentaba a las siete de la tarde en el café de Juan, lo veía pasar sólo y cada vez más flaco, sin cruzar palabra con nadie. 


PASADO PASADO

I

Cuando Martín terminó la secundaria se fue a estudiar a Buenos Aires. 

A los pocos días de empezar la cursada de cine se armó de un grupo de compañeros. Eran cuatro. Dos chicos de Córdoba y una chica de Capital Federal. Todas las tardes se juntaban después de clases a tomar cerveza en el bar de la esquina. Un lugar que estaba lleno de viejos y de tacheros que se la pasaban jugando al truco. Uno de esos bares que tienen camisetas de equipos de fútbol (de Boca, de San Lorenzo, de River y de Atlanta), y afiches de boxeadores en las paredes (la primera pelea en el Luna Park de Ringo Bonavena en 1965; Nicolino Locche después de bailar en Tokio). 

Los cuatro llegaban y se sentaban siempre en la misma mesa al lado de la ventana. Se quedaban hasta tarde hablando de películas y de libros. 

Todos hablaban mucho y sin parar. 

Martín sólo escuchaba y tomaba cerveza. 

No sabía muy bien cómo entrar en esa conversaciones que después practicaba solo frente al espejo. Ensayando respuestas inteligentes y profundas. Gesticulando con las manos como sus amigos nuevos. 


Una tarde Martín se emborrachó y terminó peleando a la salida del baño. 

Los otros se sorprendieron cuando lo vieron así, amagando con partirle a un tipo una botella en la cabeza. 

Pidieron disculpas y salieron a caminar. 

Caminaron y caminaron por las calles de Buenos Aires. 

Era marzo y todavía hacía mucho calor. Ese calor húmedo de las ciudades que se levantan a la orilla de los ríos y crecen dándole la espalda. Como si el río no estuviese ahí. Como si el río fuese una cosa mala y la humedad una forma de venganza. 


Al otro día en la facultad hicieron bromas con el agua del pueblo donde había nacido. Le preguntaron si tenía algo el agua que tomaban ahí. Un líquido que llenaba de rabia a la gente que parecía tranquila como él. Buena gente de campo igual que él. Pero en realidad esa idea de que en los pueblos chicos vive gente tranquila y medio boluda es una historia que se inventan en las ciudades. En los pueblos la gente vive peleando por cualquier cosa. Discutiendo a los gritos porque un pariente devolvió rota la parrilla prestada. Amenazando con una escopeta al perro del vecino porque mató alguna gallina y todo tipo de cosas así.


II

Primero pasaron los días y los meses, después los años de facultad hasta que Martín se recibió, y con el grupo de amigos armaron una productora de contenidos. Hicieron publicidades. Filmaron cortos y películas más largas y participaron de festivales de cine independiente en Mar del Plata y Montevideo, también viajaron a un festival en Colombia. 

Justo en esa misma época empezó a salir con Romina. Una piba que conoció en el último año de la facultad, en el taller de edición. Ella era porteña. Morocha, de piernas largas. La boca grande y roja. Por primera vez Martín sentía que era feliz. Se había mudado solo a un departamento en Parque Chacabuco y había comprado un Clio negro con unos ahorros y algo de plata prestada.

La primera vez que se fueron juntos fue después de una fiesta. Los dos estaban muy borrachos y terminaron en la casa de los padres de Romina que estaban de viaje. 

A partir de ahí nunca más se separaron. 

Hasta el día del accidente. 


AHORA

Estamos en uno de esos bares de Buenos Aires que son todos iguales. 

Después de dos años en el pueblo, Martín volvió a vivir a Capital. 

Ahora está sentado con una chica que conoció en una exposición de arte. Los dos están tomando cerveza. Él lleva aros grandes, anillos y pulseras de cuero. Está más flaco que hace unos meses, cuando se la pasaba todos los días caminando por la plaza. Tiene el pelo largo que le llega hasta los hombros, lleno de rulos. También lleva lentes. Apenas se le ven los tatuajes nuevos que tiene en el brazo porque el bar donde están tomando cerveza está casi oscuro. 

Martin no para de hablar. 

La chica lo escucha. 

Le cuenta sobre el accidente que tuvo hace unos años. 

Le cuenta que volvía manejando después de una fiesta en un camping cerca de Bariloche, y que al lado de él iba Romina. 

Cuenta que cuando llegaron a un semáforo, una camioneta cruzó en rojo y los chocó de costado. 

El auto dió vueltas y vueltas y cayó a un arroyo. 

La chica lo escucha. Él habla y toma cerveza. La chica le pregunta si cree que el accidente se habría evitado si él no hubiese manejado borracho. 

Él responde tranquilo que no. La camioneta cruzó el semáforo en rojo. Nada hubiese podido evitar lo que pasó. No dependía de él. 


En el bar ahora suena Prince. 

El videoclip se proyecta en la pared que tienen enfrente. Purple Rain. I only wanted to see you bathing in the purple rain. 

La música está fuerte y ellos apenas se escuchan. 

La chica también conoce la canción y mira el video. La cámara enfoca a los personajes del público que cantan y gritan. 

Martín le pregunta si le gustaría tomar otra cerveza en la barra. 

Ella dice que sí. 

Unos mozos se acercan, corren las mesas y las sillas vacías. Las juntan y las apilan a un costado. Las luces se apagan del todo. 

Prince sigue tocando la guitarra en la pared, yendo y viniendo por el escenario. El pelo negro y largo. La camisa blanca. 

Los tiempos están cambiando, dice Prince en inglés. Es hora de estirarse para alcanzar algo nuevo. 

Martín escucha la frase y cae en la cuenta que ya se hizo tarde. Es miércoles y mañana trabaja temprano. Piensa en el mejor camino para volver esquivando los controles de alcoholemia. Y piensa también que debería ofrecerle a la chica llevarla hasta su casa. De ninguna manera puede dejarla volver sola a casa a estas horas de la noche.