El albero en la boca
Aquel colegio de suburbio, cerca del barrio obrero donde vivía, me parecía una cárcel. No era como las
escuelas de las películas americanas; era más bien de esos sitios que castran la individualidad sin pedir
permiso y encima te dicen que es por tu bien. Todo funcionaba con orden militar: filas rectas,
inamovibles, cuadriculadas para entrar en clase, mientras el polvo del albero se pegaba a las suelas de
nuestras zapatillas. Antes, si era el día de la Comunidad, había que cantar el himno; obligados, claro.
Nosotros éramos el rebaño y los profesores los pastores, y si alguna oveja se desviaba ya había silbato. En
clase nos sentaban en pareja, de dos en dos; no elegíamos con quién. A mí siempre me colocaban con los
más conflictivos, repetidores que me rodeaban y me usaban de escudo, como si yo fuera la pieza desechable
del tablero. Aquello no iba en mi favor, iba en la comodidad del funcionario de turno que quería tener
controlado al ganado: tú ya sabes cómo funciona eso, siempre hay alguien que tiene que sacrificarse por el
grupo. Aquellos cabrones se metían conmigo: gordo, enano, pringado, friki. Yo era el niño tímido, fácil de
someter tanto por el profesor como por los abusones; así que todos tranquilos, todos cómodos, menos yo,
que acabé jodido y callado. No hacía falta pegarme; bastaba repetirlo cada día hasta que uno mismo
empezaba a creérselo.
Cada mañana me levantaba sabiendo lo que me esperaba. El colegio era mi ejecución diaria; nada
espectacular, solo lenta. Un profesor me llamó chorizo delante de todos. No porque robara nada; enseñó
la foto de un compañero y dijo que parecía un anuncio de dentífrico, todos se rieron y yo también, por
pura inercia. Cuando las risas se apagaron yo todavía soltaba alguna, esa risa idiota que llega tarde y no
sabe parar. Entonces el profesor se giró hacia mí.
—No te rías porque tú pareces un chorizo.
La clase estalló otra vez; risas limpias, cómodas, de las que agradecen no ser el que está en la pantalla.
Después proyectó la mía y el muy cabrón me volvió a comparar con un chorizo: un vulgar ladrón de barrio
marginal; esa fue su gracia, su minuto de gloria pedagógica. Yo miraba mi cara gigante en la pared blanca
mientras el proyector zumbaba detrás. No dije nada; cuando eres el blanco del chiste hablar solo alarga la
función. Ese era el nivel, por si alguien todavía cree en la vocación.
Estábamos en un colegio público y la profesora de Lengua nos obligaba a rezar el padrenuestro todos los
días; rutina sagrada antes de empezar con el reparto de humillaciones. Pese a eso, no me caía mal; al menos
cuando me miraba no parecía que fuera a dispararme con los ojos. No todos disfrutaban humillando,
algunos solo cumplían horario. A mí las letras se me torcían en el cuaderno como si se movieran solas.
Intentaba copiarlas bien y al rato parecían otras. Las faltas salían sin pedir permiso. En matemáticas era
peor: al principio entendía la cuenta, pero en medio de la operación la cabeza se me iba y cuando volvía ya
no sabía qué número era cuál. Los profesores pensaban que era vagancia. Los compañeros pensaban que
era estupidez; yo empezaba a sospechar lo mismo.
El de matemáticas parecía disfrutar cada día; daba la sensación de que el poder le ponía a pesar de ser a
costa de unos niños de primaria; la erótica del poder, supongo. Sin mujer ni hijos, alto, calvo, esbelto, con
un bigote rígido de esos que recuerdan tiempos más autoritarios, chaqueta verde gastada que parecía salida
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Relato urbano en primera persona con tintes autobiográficos Sergio Peral
de una película bélica. Caminaba por la clase como si estuviéramos de instrucción; como si le encantara el
olor a Napalm por la mañana. Señalaba al azar y soltaba una multiplicación: siete por ocho, nueve por
seis; diez preguntas cada día. Fallabas y te ponía un cero que luego hacía media con los exámenes; un par de
tropiezos y estabas muerto. Decían que así nos hacíamos fuertes; yo allí empecé a fabricar el estrés y la
ansiedad crónicos que todavía arrastro, por si te interesa el origen del desastre. Así funciona el mundo,
repetía; claro que sí, campeón.
Un día en educación física nos dejaron jugar al fútbol en el campo de albero. El suelo estaba duro como la
roca, lleno de piedrecitas que se clavaban en las rodillas. El cielo se estaba poniendo gris y empezaban a caer
unas gotas finas. El balón me llegó casi por accidente. Avancé dos pasos torpes con todo el mundo
mirando. Fallé delante del portero; no por poco. Fallé mal. Le pegué con miedo y la pelota salió rodando
hacia un lado como si también quisiera desaparecer. Me quedé de rodillas en el suelo con la cabeza gacha.
El albero me raspaba la piel y noté la sangre mezclándose con el barro. Entonces uno de los buenos, uno de
los líderes de la clase de esos que siempre tenían a las chicas cerca riéndose, vino hacia mí y me soltó un
puntapié fuerte en el culo.
—Levántate, gordo —el tono fue tan despectivo que todavía hoy sigue resonando en mi cabeza.
El golpe me hizo tambalearme al ponerme en pie. Cojeé un par de pasos mientras el partido seguía como si
nada. Nadie dijo nada. El balón volvió a rodar. Unos días después me puse de portero y lo paré todo,
especialmente a aquel gilipollas engreído, no le dejé anotar ni un solo gol. De portero era otra cosa. Bajo los
palos me transformaba y la timidez desaparecía cuando me tiraba sobre el albero a por el balón mientras
sangraba por las rodillas; entonces el polvo del albero se levantaba impregnando mis brazos, mis codos, mi
torso, la sangre que bajaba por mis piernas. Paraba una en salida, otra a bocajarro, otra que se colaba por la
escuadra, un penalti, cada parada era una venganza particular mientras desde la banda alguien gritaba:
—¡Eres un puto gato, cabrón! —incrédulo ante lo que veía.
La cuestión es que yo no era, ni nunca he sido un lameculos, y menos de aquel gilipollas, así que el portero
del equipo unificado que fue a jugar el campeonato local terminó siendo uno de los amigos del engreído
que estudiaba en la escuela de al lado. Así funciona el mundo; pero si estudias y te esfuerzas acabarás
triunfando, me solían decir. Ahora aquello que decían los adultos me parece una ironía cruel. En aquel
colegio no podías jugar a nada que no estuviera autorizado. En el recreo usábamos piedras en la pista
porque llevar un balón estaba prohibido; incentivar la creatividad lo llamarían ahora. Los recreos eran
territorio hostil; si te insultaban callabas, si respondías te caían encima, y los profesores, mientras tanto,
café en mano. Un día estaba apoyado en una esquina mirando cómo dos chavales de mi clase discutían con
un niño de la clase de enfrente. Miraba porque no tenía otra cosa que hacer. Cuando eres uno de los raros
del patio aprendes a mirar mucho y a hablar poco; intentas encajar pasando desapercibido. Uno de ellos se
dio cuenta.
—¿Y ese gilipollas qué mira? —el chico de la otra clase giró la cabeza—. El gordito —sonrió señalando—.
No sé por qué fui hacia ellos; a veces el cuerpo se mueve antes que la cabeza. Quizá estaba harto, quizá
pensé que una vez en la vida iba a salir bien. Le empujé, pero él me empujó más fuerte. Tiré un par de
golpes torpes que ni siquiera sé si acertaron. Durante un segundo pensé que podía ganar. Luego me
encontré en el suelo. El albero otra vez en la boca, en las manos, en la ropa, por todas partes. Las lágrimas
saliendo solas, de rabia, de impotencia, de vergüenza. Me levanté con la chaqueta del chándal quitada y
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Relato urbano en primera persona con tintes autobiográficos Sergio Peral
llena de tierra mientras los demás se alejaban aburridos; la pelea había durado menos de un minuto. Para
ellos fue un recreo más. Para mí fue otro recordatorio de cuál era mi sitio. Esa era la educación para los
callados, los tímidos y para los que no sabíamos defendernos a hostias y tampoco queríamos aprender a
hacerlo. Para mí era un reformatorio encubierto. Mi delito era no ser despierto, no ser pícaro, no tener la
mala leche que parece exigir este mundo; aquí el honrado es el tonto y el que no pisa acaba pisado. Y nadie
te lo explica, lo aprendes a base de hostias.
Y luego estaban las chicas, que claro que me gustaban e incluso ya fantaseaba con alguna de ellas
sintiéndome culpable por ello. Pero allí mandaban los fuertes, los que hacían ruido, los que ocupaban
espacio sin pedir permiso. Los demás aprendíamos a mirar desde la esquina y a fingir que no dolía. Así fue
como empezamos a regocijarnos en nuestro propio victimismo; llorones nos llamaban, posiblemente con
toda la razón. Los adultos parecían confirmarlo cuando decían que eran cosas de niños, que había que
espabilar, que la vida es así. Al final de las clases aquellos profesores volvían a sus casas tranquilos y
satisfechos con el trabajo bien hecho mientras que a mí se me empezaban a abrir las primeras grietas de una
vida, que apenas empezada, ya venía torcida.
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