Jauría
En la reunión uno de los vasos estalló y al impactarse con el suelo, fue la señal del destino para retirarme. Había estirado el tiempo ahí, hasta que fue momento de irme. Después de todo hace rato había perdido su valor nostálgico, como un chicle que perdió el sabor después de mucho masticarlo.
La antigua generación de derecho del diecinueve se había reunido, nos unía la enemistad al alcohol barato y conservar aún las buenas costumbres del pasado, en mi caso hasta que caía la noche. Me retiraba antes gracias a los cuarenta minutos de carretera que separaban Cárdenas de Villahermosa. No me agradaba la idea de hacer ese tramo de noche y menos solo, pues Karen no me acompañaba por culpa de una discusión más temprano. Hubiese querido presentárselas esa noche.
Subí al auto y emprendí camino. La ruta que siempre tomaba para salir a la carretera era poco iluminada y con caminos descuidados. Un camino conocido, que solía tener sorpresas. En esta ocasión un montón de perros obstruían mi camino. Tuve que esperar un tiempo para poder avanzar y no atropellarlos. Al dejarme el camino libre, continué con menor preocupación. Después de todo la cuota de sorpresas de esa noche ya se había cumplido. Miré el reloj y marcaba las dos de la mañana. Mi mente llena de cansancio y ron quedó fija en los perros, en la mirada que me hicieron. Perturbé su paz, pero había algo más, algo intangible en su mirada, como si supiesen la clase de persona que era.
Mi viaje nocturno acabó al ver una Villahermosa que dormía. Me recibía la luz roja y vigilante del semáforo encendida solo para mí. Quise avanzar, pero me detuvo de nuevo una jauría que brotó de las sombras. Perro tras perro desfilaba hasta posar a sus anchas sobre el asfalto. Hice sonar el claxon con la autoridad que me brindaba mi humanidad; solo ante ese estruendo se dispersaron asustados, dejándome avanzar. Era tarde, pero de todos modos le envié un mensaje a Karen, para saber si pasaba a verla. El semáforo se colocó en verde y avancé hasta llegar al Monumento Andrés Sánchez Magallanes. Para ese punto supe que estaba dormida y pronto yo también.
Sin cambiarme de ropa me dormí en un sueño nada reparador del que desperté a las seis de la mañana gracias al ladrido de perros en la planta baja, no era común, pero podría jurar ante cualquiera que eran los mismos que estuvieron en el semáforo. Idea que perdió legitimidad bajo la luz del sol.
Más tarde ese día, salí con Karen al cine a ver la última función. En el estacionamiento solo quedaba mi auto, al ser una tarde de agosto el clima era bastante cálido, pero ambos sentimos una sensación de frío que calaba los huesos.
—Es porque ya es tarde. —Cerré su puerta y me subí por el otro lado.
Le conté sobre mi día, hubo un momento donde estuve a punto de decirle lo que me había ocurrido con los perros. No lo hice, no quise levantar sospechas sobre mi estabilidad mental, no valía la pena.
Al acercarnos a su casa había un tope, casi octogenario con fama de dañar la suspensión de cualquier cosa que intentase atravesarlo, y junto a este, estaba la jauría, cuyos ojos se iluminaron por los faros del coche. Al ver que me acercaba se hicieron a un lado con un gesto prolongado, sin jamás apartar la vista, permitiéndome pasar, dándome su permiso.
—No suele haber perros a esta hora.
—¿No son de tus vecinos?
—No, de hecho, nunca había visto tantos perros juntos, somos gente civilizada.
—Nos miran, ¿verdad? —Solo eran perros, pero en su semblante parecían recordarme, desde lejos nos seguían con la mirada y cuando más cerca estábamos, más evidente era nuestro miedo.
—Siento escalofríos. —Yo no me había dado cuenta, pero había sentido lo mismo las otras veces. No supe que responderle, tampoco si decirle que no era la primera vez que pasaba.
—¿Crees que hagan algo? —Tomó mi mano a punto de abrir la puerta del carro.
No le respondí, se bajó y me despedí.
La noche iluminaba mis manos que sostenían el volante, tomándolo con fuerza, y el corazón acelerado lo sentía atropellar mi pecho. Cuando llegué a casa me encerré en mis cuatro paredes y me forcé a dormir hasta que el despertador sonó.
En la mañana estaba decaído, no había dormido bien. El sonido de los pájaros me molestaba, estaba de mal genio. Miré la pantalla de mi teléfono con un mensaje de Karen pidiendo que nos viéramos.
Esa noche salí de la oficina a su casa. Pasé cerca de un parque. Un perro se había soltado de su correa y corrió a la avenida donde yo iba, se escabulló, se posó frente a mí y de la impresión se quedó quieto. Alcancé a frenar y solo me cercioré de que el dueño lo agarrara antes que huyese más lejos.
Pensé en la responsabilidad que significaba una mascota, tener a otro ser bajo tu cuidado alimentándolo y educándolo. Yo no deseaba nada de eso, no quería mascotas, ahora menos a los perros.
Estaba a unos minutos de llegar a la casa de Karen cuando recibí su mensaje: me pedía que nos viéramos otro día, yo había tenido suficiente con el estrés de la oficina y ese mal rato en que casi atropello al perro, que acepté aliviado. Di vuelta en el retorno y fui directo a casa, recordando lo que me había pasado la noche anterior y puse atención a esa zona cercana a su casa, a ver si encontraba algún perro suelto de la jauría de la noche anterior. No tuve suerte.
Volví a casa y mientras estacionaba el carro, frente a mí, una fila de perros al frente, iluminados por los faros, expectantes a mi próximo movimiento. De nuevo sostuve con fuerza el volante, pero desistí de pitar pues ya era tarde y no quería perturbar la paz vecinal. La calle estaba completamente desierta como para que hubiera quien atestiguara lo mismo que yo. Esperé unos minutos con el coche aun encendido, para ver su siguiente movimiento, pero no hicieron nada, solo me miraban. No se veía que quisiesen algo. Eran expectantes, listos para comenzar. Ahí sentí los escalofríos descritos por Karen.
Esperé lo suficiente como para sentir valor y apagué el coche. Me bajé y lentamente caminé de frente hacia ellos, lo tenía que hacer si quería entrar al edificio.
Ellos cedieron y se apartaron solo lo suficiente para dejarme entrar, no miré atrás por miedo. Pero podría jurar sentir sus ojos leyendo todos mis movimientos, con el escrutinio que solo podrían tener los animales hacia sus presas. Me sentí a salvo solo hasta que cerré la puerta de mi departamento. Le puse todos los seguros y poco a poco el miedo fue bajando hasta que me llené de sueño.
Había quedado de ver a Karen el siguiente día.
—Me iré de viaje. —Se acomodó el tirante de su vestido—. Espero que no te moleste que haya sido tan repentino, creo que van algunos de tus amigos de derecho con los que te reuniste. ¿No te avisaron?
—No. ¿Hace cuánto que los conoces? —Tomé su mano y la besé.
—Lo suficiente. —Me miró con desagrado y se despidió de mí—. De eso hablaremos pronto, aun no es momento, nos vemos.
Se iba el fin de semana. No tendría señal por lo visto así que sería cuando volviese. Le deseé un lindo viaje, sin saber que de hecho esa sería nuestra última interacción, pues no he sabido de ella desde entonces, ni de mis amigos abogados, es como si nunca hubiesen existido.
En casa, miraba una serie. Algo sonó en la cocina, entré y no había nada, luego en el baño, era un sonido como de pasos pequeños, que raspaban el suelo. Quise negar lo evidente, pasos de animal. Pronto escuché un jadeo incesante, que no se detenía, entré en la cama y en mis oídos seguía, tan cerca que mareaba; lavé mi cara, puse música, no se iba, corrí de lado a lado hasta que grité, con todas mis fuerzas, desesperado. Finalmente desapareció, pero volvía entre ratos.
No he vuelto a ver a la jauría, pero ahora lo preferiría. Así comenzó todo, ahora todas las noches escucho un jadeo en mi oído. A veces es un vaho húmedo y pestilente que resopla de la nada.
Estos últimos días ya no puedo usar espejos, veo sus siluetas detrás que corren y brincan hasta el cansancio. Con el paso de los días tengo más miedo al salir de casa, siento como me traban la puerta, quizás si soy dócil, se descuiden y ahí aprovecharé a correr hasta llegar a la avenida.
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