miércoles, 25 de marzo de 2026

Relato 1 de Gustavo Conde

                                                                                 ZEYNEP 

         Gustavo Conde 

I

La idea de conocer a una Zeynep surgió tiempo atrás en la Colonia Juárez, en el bar Quintana. Entre tragos y sopes de chapulines con mi amigo Aldo. Debió ser jueves, porque esperábamos a que las bailarinas de salsa salieran a bailar. Y como nunca hemos tenido una conversación que no sean las mujeres y la literatura, la idea nació. 

—Aldo, ¿tú crees que las prostitutas de Tepito sean más guapas que las de Polanco? —le pregunté. 

—Deberían, sí —respondió.  

—Imagino que estarán más blancas.

—Güeras y de ojos azules. 

—Deberíamos comprobarlo nosotros mismos. 

—Y llevarlas por toda la ciudad de fiesta. 

—Uff, para eso creo que son mejor las de Tepito.

—Jamás podrías con una de esas. 

—Yo puedo con la que yo quiera. 

—No, no eres capaz de dejarte ver en la calle con una prostituta. 

—Me subestimas. 

—Te conozco, y yo tampoco podría. Estamos en clases diferentes. Es todo. 

—Lo haré, y la llevaré a explorar la ciudad como una Caifan. 

—Pero necesito compromiso, com-pro-mi-so. 

—Yo siempre estoy comprometido con las cosas que me divierten.

—Ya veo, sí, ¡somos unos caifanes!

II

Aldo y yo quedamos para mi despedida de México en un bar para tomar toda la noche. El bar era agradable, pero bastante fresa, de esos que al inicio te parecen bonitos y a la larga te terminan aburriendo. Nos bebimos un par de cervezas artesanales y chupitos de mezcal. Terminamos saliendo de ahí pasadas las dos de la mañana. En la Ciudad de México todo cierra temprano los lunes. Pero ninguno quería volver a su casa. 

Caminamos. Como pudimos cruzamos de la Colonia Roma hasta la Condesa. Nos echamos un par de cigarros, orinamos por aquí y por allá, e íbamos revisando que no viniera ninguna patrulla a querer sacarnos dinero. 

Después de un rato escuchamos un bolero viniendo de un bar. Aldo se acercó a los guardias. 

—Amigo, ¿qué es aquí? —les preguntó Aldo. 

—Un bar —respondió uno de los hombres.

—Ya, pero qué clase de bar. 

—Es como Angus, si me entiendes. 

—Ya, pero cómo funciona, ¿dan sexo?

—Entras, tomas con ellas y te las llevas a tu casa. 

—Gus, ¿entramos?, nos echamos un trago con ellas y nos vamos —me preguntó.

—Una y nos vamos. 

Cruzamos la puerta y nos metieron a un elevador. Nos llevaron al último piso. El lugar era amplio y oscuro. No había ninguna ventana, luces cortas iluminaban lo suficiente para que pudieras ver a las mujeres del lugar. Nos sentaron en una mesa. En cada una de las mesas había de dos a tres mujeres juntas, la mayoría platicaban entre ellas. En otras se encontraban hombres gordos, viejos y barbones tomando con otras chicas. 

—Seguro que estos son políticos o empresarios —susurró Aldo.

El mesero, grandote y de cara dura se acercó a preguntarnos por lo que queríamos ver. 

—Dos cubas de zacapa —le dije.

—Cuando les interese alguna chica, me avisan y la traigo. 

—Interesante lugar, Aldo. 

—Deberíamos pedirle que nos traiga una divertida. ¡La Caifan! 

En la mesa de al lado estaba una hipnótica morena, con cabello negro y corto, y a su lado una negra que la hacía reír a cada rato. Era idéntica a Julissa, la última Caifan.  

—¿Qué opinas de la de acá? —le pregunté a Aldo 

—Es guapa, pero se ve aburrida. 

—A mí me gusta, se parece a Julissa —dije. 

—Casi nada.

—Yo la quiero a ella. Nos sirve para irnos de fiesta. 

—Hay que pedir a una que ya sepamos que es divertida. 

El mesero se nos acercó con nuestras bebidas y nos preguntó cuál nos había gustado. Le señalé la que me había atrapado a mí. 

—Zeynep, es nueva, tímida y seria. 

—Te dije, yo te lo dije —exclamó Aldo. 

—No me importa, a mí me gusta ella, tráela. 

—A mí ponme a la más divertida del lugar —concluyó Aldo.

Zeynep se sentó a mi lado y con Aldo una brasileña. Las dos eran mujeres distintas. Zeynep tenía pinta de virgen y usaba brackets, la brasileña tenía el cuerpo lleno de tatuajes y una sensualidad en su mirada. 

—Estaba esperando a que me eligieras desde que entraste —dijo Zeynep.

—Te vi muy bien. Eres guapísima. 

Ella se rió y pidió una margarita. Le trajeron refresco de toronja. Ellas tienen prohibido beber alcohol. Desde ahí supe que todo lo que me dijera sería mentira. Las risas, los cumplidos, los sueños. Nada de lo que me dijera sería verdad. Pero quería seguirle el juego. 

Hay algo fascinante en saber que una mujer te miente, sobre todo una a la que le estás pagando, porque se calla cuando se lo pides, juegas por aquí, la besas por allá y te dice que sigas. Puedes tocarle las piernas, el culo y hacerla bailar. Eso es divertido al inicio, pero después de un rato te calientas y a lo que sigue. 

Yo quería algo más, quería crear a mi Caifan. Sexo se puede tener con cualquiera, pero a Julissa ninguno. 

—¿A qué te dedicas? —preguntó Zeynep. 

—Escribo.

—A mí me encantaría leer.

—Deberías hacerlo. 

Era una mujer tan burda. Y cada vez que sonreía me incomodaban sus brackets, me parecían algo tan infantil y me chirriaba. 

—Tienes una cara preciosa cuando estás seria. Mantenla así. 

—Sígueme contando de ti —dijo. 

—Bueno, me voy a ir a Europa a estudiar. 

—¡Eso suena muy bien! Uno de mis sueños es viajar. 

Zeynep quería sonreír, pero sabía que no podía.

—¿Puedes creer que nunca me he subido a un avión? 

—Algún día lo harás, verás. 

Zeynep acariciaba mis manos, mis mejillas y sus ojos miraban los míos. Hay algo en el tacto de las mujeres que me hace querer su arrullo, y estar sólo con ellas y darles todo. 

—No pares —le pedí. 

—¿Quieres que haga algo más?

—Un piojito no estaría mal —bromeé. 

Zeynep comenzó a hacerlo y yo recordé tanto a Julissa. No quería que me soltara, quería caer en sus brazos, en sus mentiras. Darle todo.

—¿Por qué no te pides otra cosa? —le pregunté. 

Aldo y la brasileña seguían bebiendo y ella pedía trago tras trago. Zeynep sólo llevaba uno, y se lo tomaba a pequeños sorbos. 

—Me gusta hablar contigo. Quiero qué hace un caballero como tú aquí. 

—Busco a alguien como tú. 

—¿Cómo es alguien como yo? 

—Sincera.

—¿Y a dónde me llevarías? 

—A donde tú quieras. A recorrer toda la ciudad, a Europa si así lo quieres. Tu único trabajo será seguir haciéndome esto. 

—¿Quieres que te pase mi número? 

—Sí —respondí. 

Zeynep sacó su teléfono. Lo prendió y pude ver una foto de él con un hombre.

—¿Quién es? —pregunté. 

—Mi novio. 

Y ahí lo noté. Los brackets, el refresco, el vestido corto. Julissa había desaparecido y sólo me quedaba Zeyne. Me aparté. El mesero se me acercó y me preguntó si traía otra bebida para ella. 

—No, terminé aquí. Se puede ir. 

Zeynep se intentó despedir, pero la aparté. No me interesaba tener nada con ella. 

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