Con prisa
Los domingos por la mañana aprovechaba para limpiar y poner orden en mi vida. Compartía piso con Ana y Victoria, ahora dos periodistas, y nos turnábamos cada semana para limpiar a fondo una zona común: salón, baño o cocina. Empezaba siempre a las nueve, justo después de despertarme con alarma y desayunar unas tostadas con aceite de oliva virgen extra y jamón de paquete. Un crimen, lo sé. El café lo tomaba siempre en la misma taza de florecitas que mis padres me regalaron cuando me fui a vivir sola por primera vez. «Para que te acuerdes de nosotros», me dijeron. Me gustaba recordar esas palabras cuando me preparaba para empezar el día con calma, aunque eso solía ser complicado.
La percepción del tiempo y yo no éramos buenas amigas, y, por algún motivo que aún no logro entender del todo, me hacía pensar que siempre iba tarde. Me pasaba todos los días al salir de casa, por ejemplo. Miraba la hora en el móvil e iba bien, incluso sobrada, pero, aún así, bajaba las escaleras más rápido de lo normal, cerraba el portal sin cuidado, adelantaba a señores por la calle, me subía al autobús de un salto y esperaba, con prisa, a llegar a mi trabajo.
Lo sé, puede sonar ilógico. ¿Qué sentido tiene esperar con prisa? Yo tampoco tengo una respuesta correcta para ello. Era un comportamiento que, en realidad, no me di cuenta que tenía hasta el viernes antes del incidente, mientras volvía a casa de la universidad, ya de noche. Iba sentada en el autobús, mirando a través de la ventana edificios, coches y personas, pero sin ver nada en realidad. Faltaban un par de paradas para llegar a casa cuando una anciana, con una inclinación cercana a los noventa grados y bastón en mano, se subió con dificultad. Por mi cabeza se precipitaron pensamientos de los que no estoy orgullosa —y que no confesaré jamás—, pero me hicieron ser muy consciente, de repente, del movimiento continuo y descontrolado de mi pie. Arriba, abajo, arriba, abajo. El pie se agitaba como una coctelera con vida propia. Intenté detenerlo, inmovilizarlo, tranquilizarme, pero no tuve éxito. La torcida anciana, que había tomado asiento frente a mí, me lanzó una mirada de cansancio. Al principio pensaba que no la había visto nunca, pero de pronto me pareció familiar.
Cuando el autobús llegó a mi parada, me precipité hacia la salida y caminé con paso rápido hasta el bloque de pisos con esa sensación de familiaridad todavía persiguiéndome. Subí las escaleras, y al entrar, vi a mis compañeras hablando en el salón.
—¿Qué tal el día, Lau? —Victoria me miró por un segundo desde el sofá, dejando de relamer la cuchara del yogur.
Ya habíamos tenido la misma conversación varias veces sobre que no debíamos comer ahí para no manchar la tapicería, pero al parecer todavía no había quedado claro. Suspiré, al menos, si nunca sucedía ningún accidente, el casero no tendría por qué enterarse.
—Bien, como siempre —dije, apartando un poco la bolsa de maquillaje de Ana de la mesa del comedor para dejar mis cosas. Cuando una pasaba todo el día fuera, necesitaba prácticamente llevar la casa a cuestas—. ¿Te vas de marcha hoy?
—Sí, voy a aprovechar antes de irme al pueblo. —Ana me miraba de reojo a través del espejo de la entrada mientras se aplicaba máscara de pestañas—. ¿Tú te quedas este finde? Vic también se va mañana.
—Sí, tengo muchas cosas que hacer y sé que si me voy, no voy a tener tiempo.
—Chica, necesitas descansar, no puede ser que siempre vayas con prisa —me regañó Ana.
—Eso, relájate, Lau. —Victoria se tumbó y estiró en el sofá cual gato—. El mundo no se va a acabar porque un día no hagas nada.
Esas palabras me persiguieron durante el resto del fin de semana, ya sola. El sábado traté de tomarme el día con más calma, pero claro, la universidad y el trabajo no te dejan descansar tan fácilmente. A pesar de los intentos de mi mente por bajar revoluciones, las listas de tareas seguían acechándome.
Decidí prepararme una infusión. Fui a la cocina, puse a calentar agua en el hervidor, abrí uno de los armarios superiores y me puse de puntillas para alcanzar mi taza de florecitas, pero no estaba en su lugar. Qué raro. Miré en el fregadero, busqué en los estantes de mis compañeras, revisé en mi habitación y en el salón, pero nada, la taza había desaparecido. Eso me enervó. Las tazas no tienen patas ni pueden desaparecer solas. ¿La tendría alguna de mis compañeras?
El pitido del hervidor me sobresaltó. Me apresuré a tomar un vaso normal, vertí el agua hirviendo y sumergí la bolsita de tila. No me di cuenta de que las tazas están diseñadas para evitar abrasarte las manos. Por eso, cuando agarré con confianza el cristal, lancé un alarido y derramé sin querer todo el líquido caliente por la encimera. Tomé rápidamente un trapo y lo lancé al desastre para que empapase y no alcanzase al suelo, aunque, con un tic en el ojo, comprobé que era un intento en vano. Esperé, con prisa, que el día acabase pronto.
Los domingos, como ya sabéis, eran mis días de limpieza y orden. Y ese domingo, aunque me sentía agotada y no tenía mi taza para afrontar el día, no fue menos. Primero, puse música con el móvil y abrí las ventanas para airear el espacio. Luego recogí todo; lo mío y lo que no era mío. Ropa olvidada en las sillas, migas de pan desperdigadas tras alguna comida, o incluso el perfume que Ana se empeñaba en dejar en el aparador de la entrada antes de salir de casa. No me molestaba limpiar lo de las demás, me molestaba no saber dónde estaban mis cosas. Por eso, mientras devolvía todo a su sitio, confiaba en que la misteriosa taza apareciera.
Me recorrí los setenta metros cuadrados con la escoba pegada en una mano y el recogedor en la otra, y nada. Ese día me tocó limpiar a fondo la cocina, mi parte favorita. Me coloqué los guantes, cogí un cubo, lo llené de agua y le eché dos chorros de lejía, ni más, ni menos. Había probado a cambiarlo alguna vez, pero no era lo mismo ni olía igual. Tomé un trapo y retiré el polvo, la grasa, y las salpicaduras de la encimera y los azulejos.
Abrí la nevera. Siempre hacía lo mismo: sacaba todo, limpiaba balda por balda y tiraba lo que estaba caducado o en mal estado. Lo había hecho tantas veces durante esos ocho años que me movía con rapidez, casi de manera automática. Sin embargo, ese día ocurrió algo extraño. Me quedé mirando los envases, los táperes y las botellas. ¿No había comprado yogures aquella semana? Habría jurado que el viernes anterior quedaban al menos cuatro. Los había comprado el jueves, después del turno. Me acordaba perfectamente porque pensé que iba a empezar a comer mejor… Entonces la imagen de Victoria tumbada en el sofá con un yogur apareció en mi mente. Pensé que tal vez mis compañeras se estaban tomando demasiadas libertades, aunque nunca habíamos tenido problemas de ese tipo. No estaba segura de nada. Tal vez era la ansiedad hablando, o tal vez estaba sobrepensando todo.
A lo largo de la mañana, el malestar creció. Me senté a organizar los papeles que había dejado en mi escritorio cuando la música se apagó de golpe. Se había acabado la batería del móvil. Me levanté para alcanzar el cargador, pero no estaba donde siempre lo dejaba, ni en la mesita de noche ni en el cajón. Busqué en el armario, miré debajo de la almohada, rebusqué en los bolsos… nada. Me sentí tensa, como si alguien hubiera entrado en el piso y hubiera decidido desordenarlo todo o hacer una limpieza sin consultarme.
Sin música, comencé a escuchar los ruidos de la casa de una manera diferente. Parecía que alguien estuviera moviéndose en las habitaciones, aunque sabía que eso era imposible porque mis compañeras estaban en sus pueblos. Entré en sus cuartos solo para comprobar que estaba sola. Me dirigí al baño y me fijé en el recipiente que había sobre el lavabo con los cepillos de dientes. Uno y dos. Imposible. Parpadeé y volví a contar. Uno, dos y tres. «¿Qué me está pasando?», pensé con miedo.
Levanté la cabeza y me miré en el espejo del baño. Por un momento no me reconocí. Tenía los ojos hundidos, opacos, resaltando en un rostro con mejillas más marcadas de lo normal. Huí de mi reflejo y volví a mi habitación. Me senté en la cama, respiré profundamente y cerré los ojos. No sé cuánto tiempo permanecí en esa posición, pero recuerdo abrir los ojos cuando la tensión que me envolvía comenzaba a aflojarse poco a poco.
Posé mi mirada sobre la mesita de noche. El cargador del móvil estaba justo donde siempre lo dejaba. Salí de la habitación y caminé por el pasillo con pasos lentos hasta la cocina. En la nevera, cuatro yogures, los que había comprado el jueves anterior, estaban allí de una manera tan real que casi me sentí tonta por haberlos dado por perdidos. Y en uno de los armarios superiores de la cocina, entre las demás, se encontraba mi taza de florecitas.
Todo estaba perfectamente en su lugar, bajo control. Y yo me quedé allí, mirando la taza y pensando en que Victoria tenía razón, el mundo no se acababa porque un día no hiciera nada.
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