La vocación
Se había tornado al verde la lucecita. Yo me quedé quieto, mirándolo, al tiempo que avanzaba hacia mí, entonces fluyó por mi izquierda y siguió su camino. Me giré y lo seguí con la mirada hasta que se perdió al doblar la esquina que dibujaba un bloque de pisos. Esperé a que el monigote abandonara de nuevo el rojo. Con marcha dubitativa, crucé el paso de peatones.
Fuera botines, fui al baño a quitarme las lentillas. Abrí el grifo y me enjugué las manos y mientras las frotaba sentía, entre la carne y las burbujas, alivio. No quería dejar de hacerlo. Pero lo hice. Al hallarme en el espejo para intervenir los ojos y liberarlos del artefacto, me reconocí, definitivamente, en aquel joven, que más o menos debería de tener mi edad. Y, como así fue la cosa, me vi impelido, lo cual se materializó en un nudo gutural, a volverlo a encontrar.
Al día siguiente, al salir del bar, acudí de nuevo al paso de peatones, nervioso, y confiado en que ocurriría el encuentro, pues, aproximadamente, la hora era la misma que el momento del día anterior. Estuve allí tanto tiempo que el escaparate que quedaba al frente fue dejando, paulatinamente, de devolver el reflejo de los viandantes, entre ellos el mío, que el sol de aquel verano se había encargado de imprimir, si bien las siluetas no decaían del todo, pues el crepitar de las farolas y los faros de los coches las esbozaban interrumpidamente. En aquel intervalo, que duró desde las cuatro de la tarde hasta las diez de la noche, no dejé de imaginar cómo sería el encuentro con el joven, no en cuanto a los temas de conversación (ya sabía que las palabras saldrían solas, pues tenía mucho de lo que hablar con él), sino en la manera en que lo abordaría. Siempre tuve miedo a comenzar una conversación, y más aún con un desconocido; nunca quise molestar, aunque con el tiempo aprendí que estar callado no es una opción.
Decidí, por tanto, abandonar la empresa de la espera, cuando un perro ladró y rompió la monotonía (el rugir de los coches, confundido entre el piar de los gorriones y el grito de algún niño juguetón) por la que mis pensamientos serpenteaban desde hacía largo rato. Hice ademán de seguir hacia casa, porque, con el despertar que me produjo el can, caí en la cuenta de que estaba verdaderamente cansado, pero, sobre todo, hambriento. Aquella mañana fui al bar sin apenas haber dormido y sin desayunar (si es que se le puede llamar desayunar a un vaso de leche), pues me levanté con la hora justa para vestirme y no llegar tarde a ver la cara de mi tan amable superior. La comida siguió esperando, pues, en vez de seguir el curso normal de los acontecimientos, giré ciento ochenta grados y salí en busca suya. Con suerte, tras la esquina que dobló el joven el día anterior se hallaría su bloque de pisos y con suerte saldría a tirar la basura.
El sueño y el hambre desaparecieron al ritmo de mis pasos, como aquel día, cuando adolescente, en que fui sin dormir al instituto con las ojeras a cuestas (tenía un problema con un compañero y no me atrevía a hablarlo con nadie, lo cual me atormentaba) y me acechó, durante toda la mañana, la idea de desplomar la cabeza sobre la mesa, frente al profesor, hasta que llegó la última hora (las dos menos cuarto) y entró Antonio, de Lengua Castellana y Literatura, y repartió el examen, y entonces supe que el instinto de supervivencia se había instalado en mí, que uno debe sobreponerse a sus circunstancias, por más que estas sean las de la propia naturaleza.
Torcí la esquina y esperé allí mismo a ver si alguna puerta se abría y aparecía su figura. Desistí al poco tiempo. Solo estuve media hora. Con toda honestidad, me dije, aquel plan estaba siendo un disparate. Así que decidí regresar a casa, con el paso derrumbado, pensando en que, en poco, debía volver a servir cafés, a la rutina. Pero, mientras me acercaba al paso de peatones (que no paso de cebra, pues el blanco estaba tan desgastado que apenas se intuía), vislumbré a una persona que se aproximaba al mismo desde el lado opuesto de la calzada. No le di mayor importancia hasta que, luego de unos metros, entorné la vista y creí verlo. Era él. Se repitió la escena. Monigote en rojo. Luego, verde. Yo no crucé. Él sí lo hizo, con normalidad.
—Perdona. —La voz salió baja, como si no quisiera hacerle daño.
—Sí. —Con rostro amable se detuvo.
—¿Eres de este barrio? —En ese instante, me volví a encontrar en su rostro, no porque nos pareciéramos en exceso, sino porque había algo oculto en sus ojos, que me recordaba a mí, y no solo en sus ojos, sino también en su gesto, en su corporalidad, como dominada por alguien.
—Sí. Siempre he vivido aquí, desde niño.
Intercambiamos nuestros números de teléfono tras la que fue una corta conversación, en la que descubrí que se llamaba Fernando y en la que le comenté que llevaba solo dos meses viviendo en el barrio y que me gustaría conocer a gente, y que me pareció una buena oportunidad, ya que ambos éramos jóvenes, lo cual lo hice obligándome a hablar: sabía que era la única opción para no perderle la pista y ahorrarme futuras excursiones callejeras como la de aquel día. Era cierto que llevaba poco tiempo viviendo en la zona, y también que quería hacer amistades, pero a ello ahora se le sumó la necesidad de saber en profundidad sobre su persona.
Regresé a casa con cierta felicidad, que se amortiguaba en el cansancio, una sensación parecida a cuando partí del instituto hacia la casa de mis padres el día del examen de Lengua Castellana y Literatura, que me salió de sobresaliente, por el cual me felicitó el profesor. Precisamente, en mis padres pensé cuando me miré en el espejo al llegar aquella noche. Llevaba sin hacerlo desde el día del adiós no dicho. Me sentí algo mal al cavilar, por primera vez, sobre la decisión de abandonarlos sin previo aviso. Eran mis padres y merecían una explicación, me fustigaba incesantemente de camino a la cocina para calentar una lasaña en el microondas, y la zozobra duró el tiempo en que este estuvo haciendo sus labores. Cuando el aparato exclamó el «¡ding!», como aconteció con el perro el día anterior, salí de la nebulosa en que me encontraba. Me dije que, si mi situación era la que era (viviendo solo, en un cuchitril, trabajando, en verano, con un contrato pobre, bloqueado socialmente), era por culpa de ellos dos, y que, si columbraba ápices de esperanza en mi futuro, era gracias a la decisión que tomé.
Yo había terminado bachillerato. Con una nota media de nueve, no solo porque me apasionaran las asignaturas, casi todas, sino también por la autoexigencia, más aún cuando la selectividad llamaba a la puerta y el promedio contaba para elegir la carrera universitaria. Marisa, una compañera de otra clase (yo estaba en el módulo de Ciencias Sociales, ella aplicaba en el de Ciencias y Tecnología), que quería estudiar Enfermería, cuya nota de corte era altísima, se sacrificó durante todo el curso para cumplir su sueño. La diferencia entre ella y yo era solo una, tan sustancial como el hallazgo de la vocación. Ella la tenía: ser matrona. Se le notaba cuando lo contaba. En sus ojos parecía figurar el horizonte del resto de su vida. Yo no hallaba por aquel entonces respuesta. Pero no me importó. Hice selectividad porque era mi deber, sumado al nulo apoyo de mis padres, con quienes no me hablé durante todo bachillerato porque ellos querían que trabajase para aportar a la familia, lo cual hice, pero no a tiempo completo, como deseaban. Selectividad me fue así: un doce sobre catorce. Con dicha calificación no tendría problemas para entrar en varias carreras, de una y otra rama. Mis padres (eran para lo único que se unían) me seguían insistiendo en acceder de lleno al mercado laboral, y que más aún era motivo suficiente cuando no había tenido nunca clara mi vocación. ¿Mi vocación? Como si fuera a los diecinueve cuando hay que tratar el asunto, y no desde niño, cuando todo tanto importa. El verano de selectividad, en el que luego ingresé al bar, harto, marché de casa tras tanto pensarlo.
La madrugada que siguió al encuentro con Fernando descansé como hacía tiempo que no me acontecía, aunque la adrenalina de haber hecho amistad hizo que no conciliara rápidamente el sueño. Soñé con él, con que me invitaba a tomar unas cervezas con sus amigos y que el plan prosperaba, y que me presentaba a una amiga suya (Casandra, se llamaba) y que nos gustábamos y concertábamos una cita, y que el amor bastaría para la vida y que ya no tendría que volver jamás al bar a servir a irrespetuosos, y entonces el despertador cantó su impertinencia, y se desvaneció todo. Me puse en pie, barrí de mis ojeras alguna legaña y me calenté la leche y mientras la bebía pensaba en que después del trabajo le escribiría, y advertí que la rutina estaba a punto de romperse, y fue cuando sentí en el pecho un recogimiento, pero ya no de angustia, sino de su reverso. Me uniformé de la apariencia que nos obligaban vestir en el bar, negro y blanco, bajé por las escaleras (el ascensor no funcionaba) desde el quinto piso y partí hacia el trabajo.
La jornada fue dura. Solo estábamos dos camareros y vino tanta gente que no pudimos permitirnos siquiera tomarnos el cigarrillo de costumbre, siempre y cuando el superior no estuviera presente, que entonces solo él podía hacerlo, a compás del conteo de los billetes, intercalado entre piropos hacia alguna muchacha que pasara cerca de la terraza. Justo se presentó el jerarca cuando estábamos a punto de cerrar la cocina y dar por culminada la jornada.
—Por lo que veo está siendo un día espléndido. —Sin mirarme a la cara.
—Sí. Ha venido más gente de lo normal. Muchísima gente. —Con ánimo impostado.
—Pues hay que aprovechar la situación. —Se me acercó, sabiendo que mi futuro estaba en sus manos—. Hoy no cerramos por la tarde.
Dejaron de llegar comensales a las cinco, quienes terminaron con el postre a eso de algo más de las seis. Era poco frecuente tal acumulación. La había sufrido solo en un par de ocasiones anteriores, con la diferencia de que entonces el superior no estaba presente (le gustaba recoger el dinero, pero no involucrarse en el bar más allá de su obligada presencia por la mañana para fiscalizar la asistencia), de manera que teníamos potestad los camareros para echar la cerradura.
Al abandonar el bar, cogí el móvil con la débil esperanza de que Fernando me hubiera escrito, pero no lo había hecho, naturalmente. Estuve todo el camino pensando qué tratar en el mensaje hasta que, a la altura del paso de peatones, sonó una notificación, procedente de «Fernando barrio», como lo agregué el día anterior. Me invitaba a ir junto con sus amigos a ver un partido de fútbol de gente del barrio que estaba federada. Decididamente dije que sí. Era el primer plan que hacía desde hacía mucho. Tendría lugar el fin de semana, y yo ya empecé a contar las horas.
Siempre me fascinó el fútbol, pero no tanto como para que fuera mi vocación: me encantaba darle a la pelota en la calle (como hacía con los vecinos todos los veranos cuando mis padres me animaban a dejarlos tranquilos para que pudiesen descansar), pero no me atraía la profesionalización de tan genuina práctica. Crecí con Ronaldinho, brasileño que domaba el esférico a placer y cuyo movimiento corporal parecía trazado por el aire.
Era miércoles cuando recibí la invitación, y el partido tendría lugar el sábado a las ocho de la tarde. Jueves y viernes trabajé en el bar por la mañana y mediodía, pero también por la noche, porque el jefe había expulsado, y me tocó a mí cubrir la baja, a Juan, que provenía de la periferia de Sevilla, como yo, aunque nunca llegamos a hacer migas, pues no solo era introvertido, sino también muy solitario. La expulsión, según me comentó un compañero que estaba presente, se debió a una discusión acerca de un pago que llevaba mucho sin cobrar, lo cual era común al resto de trabajadores. Yo, como otros, no me rebelaba porque mejor era algo que nada, y porque poco a poco iba ahorrando para cursar Literatura: al lado del bar había una librería, y me di cuenta (acaso era eso la vocación, meditaba) de que me encantaba pasearme por las estanterías y leer lo que alcanzara, aunque me podía permitir comprar pocos libros, muy pocos.
El viernes terminé la jornada a las doce, y volví a casa con la sonrisa de quien sabe que mañana le espera un plan, y que conocerá a, quizá, nuevos amigos. Con el espléndido envite que había sufrido mi rutina, aquella noche discurrí seriamente si arriesgarme a dejar el trabajo y buscarme otro mientras subsistía con lo que tenía, que no era mucho, pero suficiente, ya que me había concedido cero lujos en todo ese tiempo. Pensé que, con suerte, alguno de los amigos de Fernando, cuando me preguntasen por mi vida y yo les contestase, me diría que conocía un sitio donde trabajar con mejores condiciones, pero dejé de darle vueltas al asunto y me eché a dormir, sin despertador, pues el sábado (luego de cinco seguidos sin hacerlo) me tocaba descansar. Dejé la persiana subida para que fueran los rayos estivales los que me anunciaran la mañana.
Los locales, a quienes apoyaban Fernando y sus amigos (y, en consecuencia, yo) ganaron el partido. Durante el transcurso del mismo intercambiamos pocas palabras, pues estaban cada uno de los integrantes centrados en el juego. Pero en la cena de después, a la que se sumaron miembros del equipo, sí que pude entablar algún diálogo, con cierta tranquilidad, entre bocado y bocado. Andrea, que vivía allí desde siempre, me comentó, algo triste, que era una pena que me hubiera mudado al barrio en la peor etapa en que ella lo había visto, que hace un tiempo había muchas más zonas verdes y menos indigentes por las calles (mientras algunas propiedades estaban vacías, lo cual me ofuscaba) y no tanta inseguridad. Andrea se fue al baño y yo me quedé allí, algo desamparado de conversación. Me arrimé entonces a Pablo, que estaba hablando con el goleador del partido, un delantero que me recordó a David Villa, escurridizo entre los rivales, aunque de mayor envergadura, a quien me dirigí, con esfuerzo, en cuanto atisbé la oportunidad.
—Enhorabuena. —Amistosamente, en su hombro posé mi mano—. Dos golazos.
—Gracias. A veces hay suerte. —Una risa pícara le brotó entre los dientes.
Estaba a punto de contestarle cuando, de pronto, Fernando se sentó en la silla que Andrea había dejado libre al irse al baño. Ya estábamos terminando la cena, de manera que los presentes se iban permutando para hablar con quienes, debido a la distancia, no lo habían podido hacer durante la comida. De hecho, de camino al restaurante, estuve calculando la forma en que, sin que pareciera exagerado, poder ubicarme al lado de Fernando. Pero no hubo suerte: cuando parecía que se iba a sentar a mi lado, alguien desde el otro extremo de la mesa lo llamó no sé para qué y finalmente aquel fue su destino. Pero, aunque tarde, por fin llegó el momento de poder hablar de los temas que quisiéramos. Tenía veinte años, uno más que yo. Como nunca tuve habilidad emocional para llevar a la gente hacia mi parcela, decidí optar por el más corto de los senderos. Le conté la verdad: que, no sé por qué razón, me recordaba mucho a mí.
El camarero nos dijo que por favor nos fuéramos, que iban a limpiar todo aquello. Así hicimos. Yo me mantuve pegado a Fernando. Quería seguir conociéndolo. Por el camino, algunos fueron abandonando el grupo hacia sus casas y, cuando llegamos al paso de peatones, él hacia la izquierda, yo hacia la derecha, nos despedimos. Él se marchó solo, pero conmigo se vino Andrea, la única integrante que había quedado junto con Fernando. Durante el trayecto, me estuvo contando que me invitarían para el siguiente plan, que le diría a Fernando que me añadiera al grupo WhatsApp, del cual era administrador. Me estuvo comentando más cosas en los, aproximadamente, quince minutos que anduvimos, pero yo solo recapacitaba sobre lo que Fernando me narró, porque, me lamentaba, nada suyo tenía que ver conmigo. Andrea y yo, finalmente, tomamos bifurcaciones distintas y, cuando llegué a la cancela de mi bloque de pisos y estaba insertando la llave en la cerradura, una voz inquietante encendió mi oído derecho.
—Disculpa. —El tono era el de una joven cansada. La mochila a las espaldas ayudaba a comprenderlo. Me giré, y ella continuó—. ¿Es este el residencial número ocho?
El rostro era el de una joven, en efecto, pero el de una joven algo mayor que yo, o eso parecía, y bastante consumida: ojeras, párpados a punto de cerrarse y una palidez que contrastaba con el oscuro de la calle. De pronto, olvidé la tarde y noche que acababa de experimentar y centré mis esfuerzos en ayudarla, en la medida de lo posible. Le dije que no, que no era aquel el residencial número ocho, que aquel era el número tres, que el que buscaba se encontraba detrás de ella. Me agradeció, con poco aliento, y se dirigió hacia donde le indiqué. Cruzó la calzada por el paso de peatones (este sí digno de ser llamado de cebra, aunque el blanco más pronto que tarde sería alquitrán puro), lentamente, momentos durante los cuales me quedé mirándola a la vez que estuve pensando en la infructuosa conversación con Fernando, y entonces la joven llegó a la puerta del bloque y no atinaba con la llave, torpe, imaginaba yo, de agotada, hasta que logró hundirla como era debido en la cerradura y se giró como si tuviera ojos en la nuca y se despidió de mí con el gesto lánguido, que yo se lo devolví de la misma forma, como contagiado de su talante, y mi mirada perdida se encontró en la luz del semáforo, en el monigote rojo, que luego mudó al verde, y alguien, entre la soledad de la noche tibia, que yo no había visto llegar, comenzó a caminar hacia mí, un hombre alto y encorvado, y yo tuve miedo porque la joven había convertido en tenebrosa la calle, o así lo sentía, y me giré y entré en el portal y subí por las escaleras corriendo y me miré en el espejo y celebré la rareza de mi rostro, seña de que algo en mí se movía, y me tranquilicé sin mayor problema y recordé que no le había preguntado a Fernando sobre su vocación, ni él a mí sobre la mía, y nadie con una pasión definida la esconde, y la mía parecía la Literatura, pero estaba por ver, y la de Fernando igual, al parecer, y por eso hablamos tanto y tan poco, y así me fui a dormir a eso de las dos con el despertador configurado para las seis y media, porque amanecería en domingo y el bar me estaría esperando.
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