LA NOCHE
I
«El agua está fría», grita alguien en el pasillo del hotel.
Estamos en Ushuaia y es verano. Además es martes y llueve un poco.
Vinimos a pasar las fiestas en familia, y como somos muchos, el hotel es prácticamente nuestro. Una casona vieja de tres pisos que está a unos pocos metros del puerto.
Yo al final terminé viajando solo. Decidimos con Lara que era lo mejor. Necesitábamos hacer algo. Tomar un poco de aire. Lo que siempre se dice en estos casos. Hace ocho años que estamos juntos, ya tuvimos dos gatos y ya discutimos por todo lo que una pareja tiene que discutir: celos, facturas impagas, gastos innecesarios en la tarjeta de crédito, etc. También es verdad que hace unos meses la relación dejó de ser lo que era. O lo que nosotros creíamos que era. O para ser todavía más justo, lo que yo creía que era. Estábamos eufóricos por tener un hijo. No encuentro otra palabra para describirlo. Después las cosas se fueron complicando. Aparecieron las frustraciones y los reproches. Y todo se volvió todavía más pesado con los estudios, los exámenes y las visitas médicas. Entramos en una rutina que nos empezó a gastar. Poníamos alarmas. Inventábamos climas artificiales. Nos metimos tanto dentro de eso que nos fuimos alejando sin darnos cuenta. Así llegamos hasta acá.
II
Es la cena.
Preparamos la comida lejos de nuestras casas. Acomodamos el vino. Organizamos las sillas. Caminamos con cuidado intentando ocupar espacios que están libres. Entramos al baño. Nos lavamos las manos. Damos vueltas. Nos movemos livianos y sonreímos. ¿Tendremos el valor suficiente para reunirnos en la misma mesa padres, hijos y hermanos?
A mi lado sentado está Andrés, uno de mis primos. Cerca también mi viejo y mi tío. Mi hermana Julieta y mi vieja, un poco más alejadas. El resto anda de shopping.
Jorge se acerca y nos pregunta si queremos algún vermú mientras esperamos la cena.
Pedimos.
Andrés hace un comentario criticando a los docentes y a los sindicatos. Es así. Le gusta provocar. Mi hermana se enoja con él. Mi viejo lo defiende.
Jorge vuelve con la bandeja llena de tragos. Agarro el mío.
Lo miro a Francisco inquieto dar vueltas con algo en el patio.
Salgo a jugar con él. Tiene cinco años y es mi sobrino. Camino hasta un banco de madera. Lo tengo que secar porque está mojado. Me siento. Prendo un cigarrillo y fumo, y entre medio del humo lo veo andar a Francisco. Va y viene. Lo veo agacharse. Agarrar piedritas chiquitas y brillosas del piso. Ponerlas en un tarro blanco que sacó de alguna parte. Los pantalones y las zapatillas con barro. Las manos también.
Hace poco me contó mi hermana que Francisco empezó a preguntar por el padre.
Ella no sabe cómo decirle que su padre es un donante de espermas y que nunca va a poder conocerlo.
«¿Y si quiere buscarlo cuando sea grande? ¿Tiene derecho?».
Legalmente acá es un donante. No es un padre. Eso depende de cada país. Dice que le explicaron todo bien clarito antes de firmar. Que padre es una palabra más grande. Ser padre es mucho más que traer hijos al mundo. Padre es el que ama, educa, cuida, atiende, etc.
Le pregunto si le puedo preguntar algo que siempre me dio curiosidad. Recién ahora empezó a charlar sobre el tema.
«Dale, no seas boludo, pregúntame».
«¿Es verdad que te hacen llenar una ficha con el color de los ojos y con el tipo de pelo?».
«Es verdad. Hasta la altura podés elegir».
Y ahora en el patio trato de imaginar a Francisco de grande. No se me aparece su cara ni su pelo. No puedo imaginar tampoco su voz. Nada. Él mientras tanto sigue juntando piedritas adentro del tarro. Las hace caer al piso. Las vuelve a juntar. Camina hasta el banco donde estoy sentado. Se acerca con el tarro en la mano y me pregunta: «¿Y vos tío, qué le pediste a Papa Noel?».
III
Esta noche es Noche Buena.
Tomamos cerveza y hacemos chistes malos. Nos reímos.
Subimos y bajamos de nuestras habitaciones. Nos probamos la ropa. Hacemos caras frente a los espejos. Estamos bien.
Una vez más salgo al patio. Desde que llegamos me la pasé en este patio. Sentado siempre en el mismo banco de madera. Fumando y mirando el puerto que empieza unas cuadras más atrás. Los cruceros de lujo que llegan. La gente que cada tanto baja y camina en subida por la calle que lleva al centro de la ciudad.
El patio tiene un camino de piedras que va hasta a una fuente que está en el centro. Por la cabeza del león sale un chorro de agua. Me paro a unos metros para que no me salpique. Arriba unas gaviotas cruzan el cielo en dirección al sur. Hacen un ruido fuerte que desaparece a medida que se alejan. Y arriba también está el sol. Hace días que el sol sale a eso de las cinco de la mañana. Casi veinte horas seguidas de luz, hasta que se hace de noche cerca de las once. Dicen que diciembre en el fin del mundo es así. Pura luz natural. La noche casi no existe.
Me dan ganas de hacer una video llamada con Lara.
Termino el cigarrillo y la llamo.
Lara aparece del otro lado. Los labios rojos. El pelo recién cepillado.
Me cuenta que en un rato la pasa a buscar el hermano para ir a casa de su madre.
«Compré un mate para regalarle a mamá. Es tan lindo que me dieron ganas de quedármelo».
Va hasta la mesa y saca el mate de una bolsita papel madera. Me lo muestra.
«¿No es hermoso?».
Digo que sí moviendo la cabeza.
«Igual a tu vieja mucho no le gusta tomar mates».
Se vuelve a enfocar y encoge los hombros. Sonríe tímida.
Se hace un silencio. Lo rompo:
«Me hubiese gustado que estés acá con nosotros».
«A mí también».
No sé qué más decir. Pienso en algún tema de conversación. Podría preguntarle cómo está el tiempo, si va a salir de fiesta más tarde. Pero no. No digo nada. Veo mi cara en la pantalla y me parece extraña. La cara de alguien que no conozco. Los ojos más grandes, el pelo desprolijo por la humedad.
Lara sigue del otro lado. Se sienta en el sillón y mira para abajo como buscando algo en el piso.
«Me escribió Nacho. Está a cinco cuadras y todavía tengo que terminar de pintarme».
Digo que bueno, que la pasen lindo y que después hablamos más tranquilos.
Ella le tira un beso a la pantalla y desaparece.
Prendo otro cigarrillo y me apoyo con un pie sobre la pared. Ahora estoy más cerca de la fuente y el agua salpica mis zapatillas. Recorro las ventanas de los pocos edificios que hay alrededor. Una señora acomoda el balcón, lo barre, cambia las macetas de lugar. Sacude un mantel. Su figura se quiebra contra el viento. Aunque acá donde estoy parado no hay viento. Todo pasa en esa luz entre anaranjada y azul del final de la tarde. Aunque todavía acá tampoco atardece del todo.
Jorge cruza por el patio y me saluda con la mano.
Lo sigo con la mirada. Veo como ordena los vasos y llena la cubeta de hielo arriba de la barra.
Me acerco y le pido otro trago.
Jorge es el encargado del hotel. Hace prácticamente todo. Arregla los televisores si no funcionan, maneja la temperatura con un control, abre la puerta de la calle. Hace todo.
Le pregunto cómo se llama el barrio y si sabe de algún mirador por acá cerca para ir caminando. Me recomienda caminar unas cuadras hasta la avenida y doblar para el muelle. Dice que ahí se tiene una linda vista de toda la ciudad.
IV
Las seis de la tarde.
Llevo a la abuela a la misa de Navidad.
La ayudo a subir a la trafic que alquilamos. Manejo con cuidado siguiendo el GPS del celular. Es una ciudad que no conozco, con subidas y bajadas peligrosas, y que encima está mojada.
Ahora la lluvia cae cada vez con menos fuerza. Las gotas apenas mojan el parabrisas.
La abuela va al lado mirando por la ventanilla. No habla. Nunca habla demasiado.
Pero ahora habla y dice: «Qué lindo hubiese sido que Larita venga de vacaciones con nosotros».
«Si, la verdad que sí», digo mientras apoyo el celular en el aplique que cuelga del vidrio.
Llegamos a la iglesia. La abuela baja de la trafic. Las manos huesudas y arrugadas. El perfume de siempre por todas partes. Me recuerda que a las ocho vuelva a buscarla. Dice que espera que el cura no haga la misa muy larga. Yo me la quedo mirando un rato. El limpiaparabrisas sigue prendido y se mueve despacio. Ya no queda agua en el vidrio y hace ese ruido que hace mal a los dientes. La abuela sigue parada en la calle con la puerta todavía abierta. Me mira como esperando algo más, y ya sé lo que espera. Quiere que le diga eso que a ella le da responsabilidad y la compromete. Y entonces le pido que no se olvide de rezar por nosotros.
Ella sonríe y cierra la puerta, pega media vuelta y desaparece.
V
Se hacen las doce. Brindamos. Nos abrazamos.
La música suena fuerte y estamos todos a los gritos.
Francisco abre paquetes y sonríe. Se acerca corriendo con unas bolsas. Las abre y saca unos juguetes. Spiderman, autitos de colección, un camión con acoplado. Los muestra y dice que está enojado con Papa Noel porque no le trajo la bicicleta. Hace puchero.
«Le hice la carta y todo tío».
Le digo que seguro Papa Noel pasó por su casa y la dejó ahí. Que no se preocupe.
Mi hermana me mira y dice que soy un boludo. Gesticula con la boca sin hacer ningún sonido.
Francisco pone los autitos arriba de la mesa para hacerlos andar. Mi hermana lo reta. Le pide por favor que tenga cuidado, que no rompa nada, y él sigue con los autitos de acá para allá. Los hace andar hasta una punta. Los sube arriba del acoplado del camión. Va y viene. Imita los ruidos. Le digo que podemos correr los platos y los vasos y armar una pista. Dejamos una bandeja de metal y la hacemos estación de servicios. La pinza para el hielo un semáforo. Mientras él juega, me tiro para atrás en el sillón y tomo vino. Pienso que todavía nos queda una semana más. Que ojalá pare de llover para salir a recorrer el fin del mundo. Recién llevamos tres días de vacaciones todos juntos. Debería relajarme un poco y disfrutar el viaje.
Al rato el tío vuelve con un repasador en la mano. Me pasa por al lado. Se frena. Los ojos rojos. No puede terminar una frase sin reírse. Todos acá se ríen. Se tambalea un poco para adelante. Se acomoda. «Te quedan bien los chicos, Juancito. ¿Para cuándo uno?».
Levanto la copa para brindar. Para hacer algo. Un gesto mecánico y simple. Y por fin entiendo. No quiero ser padre. Es el deseo de Lara, no el mío. Y también entiendo que esto puede ser el fin de mi vida con ella.
El tío me da dos golpes en el hombro y se va a bailar revoleando el repasador. Después empiezan todos a hacer un trencito. Me paro y camino con la copa de vino hasta la puerta del fondo. Del otro lado del vidrio las luces de los edificios, algunos fuegos artificiales todavía rebotando en esta Navidad que recién empieza. Camino por el patio y ya estoy otra vez parado frente al banco de madera. Tomo aire. El cielo estrellado y limpio. ¿En qué momento se hizo de noche?
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