“Simpatía por el underdog”
El calor que se desprendía del ring era casi insoportable. O quizás sólo era por estar rodeada de tantas personas que, amontonados en el pabellón, observaban esa violencia ritualizada que es el boxeo, una ceremonia donde la rabia encuentra permiso para existir. Empecé a abanicarme cuando una sucesión de jóvenes aspirantes a pequeños títulos entraban en el ring, se quitaban el albornoz, realizaban la transformación del boxeador y comenzaban a encajar golpes en la mandíbula o ganchos al cuerpo.
Dios, hacía un calor insoportable dentro del pabellón, pero estábamos en pleno junio, era normal. Los movimientos rápidos, el cabeceo, los pulidos jabs de unos, los sucios golpes de otros, algún cabezazo, el ruido ensordecedor de los gritos del público y los golpes de los guantes; todo estaba justo delante de mis ojos y rodeándome el cuerpo con intensidad al mismo tiempo. Si hay algo que el boxeo no es, es amable. Es una bestia hermosa que te muestra los dientes y te hace cómplice de cada caída en la lona, tanto si provoca lágrimas o éxtasis.
Antes, al llegar al pabellón, me había dado cuenta de que el público iba a ver boxeo en chándal y ropa casual. Nunca había ido a ver boxeo en persona, al ser habitual verlo en la televisión con mi padre hasta altas horas de la noche, y todos los que aparecían en la pantalla parecían exquisitamente arreglados. Si el ring es transformador para el boxeador, el pabellón lo es para el espectador. O eso pensaba cuando salí de mi ropa habitual de oficinista para meterme en un vestido elegante y ceñido, creyéndome una especie de Elizabeth Taylor mientras disfrutaba del espectáculo de Floyd Patterson en los 60. Quizás parecía una persona totalmente diferente a lo que era día a día, pero también era radicalmente diferente a los espectadores habituales.
Por suerte, no hubo tiempo suficiente para pensar en mí misma y en la percepción que la gente tenía de mí. El ruido del ring, las voces del público y las luces del pabellón me distraían —o molestaban— lo suficiente en los tiempos muertos en los que no había ningún chaval encima del ring.
—¡Vamos, venga! ¡Sal ya, que ni llegamos a ver al Falito! —La voz era demasiado aguda. Al darme la vuelta, era un niño el que gritaba, así que le sonreí y me volví.
Noté que había muchos niños que acompañaban a sus padres, a sus gimnasios, a sus hermanos, a sus amigos. De repente, golpeé sin querer con el tacón mi botella, sin tapón, en el suelo. El agua se derramó y cayó hacia abajo en cascada, pero nadie lo notó y recogí la botella tan rápido como pude, con las mejillas ardiendo. A la entrada del pabellón me habían obligado a quitarle el tapón por temas de seguridad, pues al parecer hubo peleas en otro evento, algo que deja frío a cualquiera, pero la gente no parecía tan violenta como dijeron. Me quedé sin botella, de todas formas. Y justo anunciaron la entrada de otro boxeador.
John O’Connor. Es imposible ser más irlandés con ese nombre, pero además era pelirrojo. Me sorprendió oír por ahí, entre los cuchicheos de los habituales, que no era sólo un jornalero, porque su récord, inflado bajo la apariencia de un cuerpo tan joven —alrededor de los treinta y pocos, seguro— daba fe de lo contrario. Al pasar entre las cuerdas y subir al ring saludó con el brazo. No había mucha multitud que lo aclamara. Extranjero en tierra española y casi jornalero, claramente lo tenía difícil. Y cuando llega el oponente quedó bastante claro quién iba a ser el ganador.
Antes de que mis ojos pudieran ver entrar al oponente, en posesión del título de peso mediano, ni siquiera pude escuchar su nombre, engullido en los vítores y aplausos de la multitud. Él era el campeón, indudablemente. Ya estaba decidido antes de comenzar la pelea. Incluso si el tal O’Connor se esforzaba mil veces más que en sus otras peleas, él no iba a ganar. Ambos se saludaron con un apretón de manos y caminaron hacia sus rincones con la aparente tranquilidad que un animal en su terreno natural, dispuesto a dar el golpe final. Daba igual, el irlandés no iba a ganar.
¡CLING! Sonó la campana. Mi corazón se aceleró al ritmo del juego de pies de los dos oponentes, que comenzaron a bailar y cabecear el uno alrededor del otro. Noté que el irlandés se adelantó de forma peligrosa, intentando golpear cerca con ganchos, mientras que el otro intentaba evitarlo con jabs hacia su mandíbula, a distancia. El irlandés tenía una mandíbula bien fuerte que encajaba cualquier golpe y su juego de pies era maravilloso. Pero, dios, sube la guardia. Maldita sea su esquina.
Tras varios asaltos, mis manos comenzaban a doler de apretar tanto los puños. Casi no escuchaba los gritos de los que me rodeaban, ni sus aplausos ante las maniobras maravillosas del futuro campeón, sólo podía desear en voz baja un cambio de rumbo inesperado. Un corte en la ceja dejó la visión del irlandés sumida en un profundo rojo, y recordé cómo yo tengo aún una cicatriz en la frente que me dejó como una especie de Carrie por unos minutos cuando era joven. Le limpiaron bien la herida y le colocaron algo de adrenalina y vaselina, aunque no se cerraba, porque las heridas nunca se cierran del todo al seguir en la lucha.
—Pobrecito, no sé qué hace ahí. Estaba clarísimo que iba a perder. Está aguantando por aguantar. —El chico de delante echaba una buena calada de su vaper y el humo me impregnaba el rostro. No sé si me desagradaba más su comentario o que usase algo tan cutre como un vaper.
Vamos, coño, sube la guardia. Cada golpe resonaba bajo la punta de mis pies y me sacudía hasta las raíces de mi cabello, marcaba el latido de mi corazón por todo mi cuerpo. Me visualizaba en el instituto, doblada y con un nudo en el estómago al caminar en pasillos largos y entre miradas que no acababan nunca. Soltó un golpe al hígado, de lo peor. Me llegaron recuerdos todos los romances ridículos que nunca fueron a ninguna parte, por culpa de ellos y la mía. Un cabezazo involuntario causó silbidos entre el público. Mi hermano apareció como un fogonazo, y desapareció. Risas de un público inexperto. Y entonces: la oficina, segunda casa, donde aprieto la mandíbula hasta desencajarla sin darme cuenta, porque nadie de ellos me conoce de verdad y todos hacen bromas sin gracia, todos me toman por imbécil, por una chica que no merece estar ahí, por…. Y un uppercut sonó con fuerza en todo el pabellón, provocando que abriese los ojos de forma casi cómica. Pero, joder, ¿cómo aguantaba tanto el irlandés?
Tras otro asalto, la velocidad de ambos era visiblemente más lenta. Los pechos tomaban el aire con dificultad, sus cabellos estaban pegados a una mezcla de sudor y sangre seca en sus frentes. Me costaba tomar aire también, ya que sin darme cuenta había empezado a respirar al mismo ritmo que ellos. El irlandés parecía por fin acertar golpes en las costillas del oponente, que los encajaba bien, pero parecía doblarse varias veces. Por favor, gana. Y sube la guardia, no la bajes más. Los golpes eran estables pero tenían menos fuerza, ambos parecían a punto de caer en el letargo. Era ese tipo de cansancio de la lucha cuando ya casi está por terminar y una fuerza adrenalínica te sube desde la punta de los pies. Ese momento en el que te echas a correr sin parar a respirar y tu corazón te late en los oídos, la sangre se te sube a las mejillas y sabes que si paras te vas a caer.
Y en medio de ese ímpetu le derribaron con un derechazo. En el momento en el que el irlandés tocó el suelo no era capaz de levantarse, ni siquiera de intentarlo. Uno. Corro hacia la salida. Dos. Bajo las escaleras. No me caigo. Tres. Todo va demasiado rápido. Cuatro. Me arde la garganta y quiero llorar. Cinco. Suenan sirenas. Seis. No puedo oír nada. Siete. Me tiemblan las piernas. Ocho. El aire no entra bien en mi pecho. Nueve. Se llevan a mi hermano en la ambulancia. Diez. Desperté del pequeño ensoñamiento con pitidos y aplausos que casi me rompían el tímpano.
—¡El ganador es… Juan Castillo!
La voz del árbitro me trajo de vuelta al pabellón, con sus vítores, con su música, ruido, humo, personas que saltan de alegría, su olor a comida, a sudor. El irlandés se levantó, fue hacia su esquina y le trataron las heridas. No dejé de mirar el ring aún cuando el ritual estaba por terminar. Una vez el perdedor estuvo mejor, sellaron el final con la camaradería típica, aunque nunca eterna, de los oponentes en el ring: se dieron un abrazo. Ambos fueron luchadores, uno campeón, otro perdedor, y ambos fueron sólo hombres al salir del ring. Me di cuenta de que era imposible dejar de mirar al perdedor, quizás por la ensoñación a la que me había sometido con su danza en el ring. ¿Qué sentido tiene? Aparté la mirada del irlandés y aplaudí y celebré la victoria del campeón.
Juan Castillo, al que no había prestado gran atención durante la pelea, era un gran boxeador, sin duda. No había conseguido la retirada de su oponente de la peor forma —tirada de toalla o algún eco del “No más” de Durán—, pero había conseguido noquearlo. Era una huella de victoria que quedaría en su, al parecer, impoluto ranking para siempre. Para mi sorpresa, vino a saludar a la grada donde yo estaba sentada. Agradecí internamente que el agua que derramé ya estaba seca. Me contaron los chicos sentados a mi lado que es del gimnasio al que ellos van y yo les felicité. Fue imposible no ir a darle la mano al ganador, que lo recibió con simpatía en su rostro magullado. Sin embargo, no era capaz de evitar volver la vista atrás y ver salir al irlandés por la otra puerta, como si ya lo hubiera visto marchar antes.
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