ESCALERA AL CIELO
El profesor Cortés desayuna en el
bar de los martes, aunque hoy sea miércoles. Se sienta en la mesa junto a la
ventana y se recrea con las viandantes féminas que pasan por la acera de la
estrecha calle. A quien lo atiende le pregunta por la camarera que estuvo ayer.
–Solo viene algunos días porque
está estudiando. –Y se da la vuelta sin mantener la conversación.
Ve pasar una pareja de hombres que van de
la mano y piensa: «Yo por detrás ni el bigote de una gamba. Panda de maricones».
Cortés ronda la cincuentena. Una edad a medio camino entre lo perdido y lo que
se añora. Lleva puesto el perfume que usa desde la adolescencia, una chaqueta
azul claro que lo caracteriza y un pantalón gris oscuro que resalta la delgadez
de sus piernas. Calza zapatos marrones bien lustrados y viste una camisa blanca
que marca una prominente barriga que no tiene ninguna intención de perder.
Cuando sus amigos se la mencionan,
él responde que le cuesta mucho criarla y mantenerla; incluso hasta algún que
otro divorcio. Además, cree que así sus alumnas lo ven como alguien interesante,
cercano a una figura paterna; aunque su idea no es precisamente arroparlas ni darles
los besos de las buenas noches. Y se ríe de manera burlona.
Hoy, Cortés, pasa por la secretaría
de la facultad; tiene cita temprano y firma los papeles que le dan. Lleva
esperando este momento desde que empezó a estudiar la carrera de Historia. Hoy
cumple con un proceso administrativo largo y tortuoso.
–Firme aquí, por favor. —Suena firme la voz de la secretaria del
registro.
–Muchas gracias, Adela. —La secretaria se da la vuelta y el profesor
Cortés le mira el culo.
Él piensa que se merece, desde siempre,
ese nombramiento de catedrático. Hoy lo consigue, ya es suyo. Pero no olvida al emérito profesor que lo ha sometido
durante años a situaciones en las que se ha sentido desacreditado, denigrado y humillado.
Hoy el profesor Cortés entra en
clase, pero no es un día como cualquier otro. Hoy es su primera clase como catedrático.
—Buenos días a todos. Supongo que
ya me conocen. Soy Héctor Cortés, vuestro profesor de Historia de España.
Al decir eso Cortés repara en que,
sentada en la primera fila, está la camarera por la que ha preguntado esta
mañana en el bar. Se siente seguro, como si de un palomo en época de apareamiento se tratase,
saca pecho y presenta el proyecto docente de su asignatura pavoneándose delante
de su alumna-camarera.
Cuando se dispone a dar la
explicación de los objetivos entra un alumno en clase por la puerta de atrás y
se sienta al lado de su presa. El joven alumno la mira y ella le sonríe. Una
mirada afectuosa y una sonrisa de complicidad. Cortés siente por dentro un arrebato
de celos y pregunta al alumno:
—¿Cuál es su nombre y sus
apellidos, por favor? —Su voz retumba en toda la sala.
—Fernando Lazcano Correa.
—Señor Lazcano, haga usted el
favor de retirarse inmediatamente de mi clase.
—¿Por qué, señor profesor? —Suena
su voz con retintín sarcástico
—Encima que llega usted ocho
minutos tarde, interrumpe mi discurso y les falta el respeto a todos sus
compañeros tiene la desfachatez de preguntar ¿por qué? Con su actitud me queda
meridianamente claro que no tiene usted la capacidad suficiente para interpretar
lo que vamos a tratar en mis clases. Haga el favor de recoger sus cosas y
retirarse inmediatamente.
El alumno mira fijamente a
Cortés, mientras el profesor le mantiene la mirada unos segundos. Luego la
aparta, se da la vuelta y se acerca a su mesa donde apunta en un papel el
nombre y los apellidos del desafiante joven, quien recoge sus pertenencias y
sale por la puerta delantera del aula. Cortés lo sigue con la mirada, ve sus
anchas espaldas y sus marcados tríceps, y cuando escucha el portazo mueve la
cabeza con condescendencia y piensa: «Seguro que es maricón perdío»
El profesor Cortés se siente satisfecho,
gana la batalla, sale triunfante del enfrentamiento y aleja a su posible rival.
Sigue con su monólogo y explica las competencias, los contenidos que tiene
divididos en bloques temáticos, la metodología de enseñanza y aprendizaje y,
por último, los sistemas y criterios de evaluación, así como los de
calificación. Hasta le da tiempo de empezar con el primer tema.
Esa misma tarde recibe en su
correo electrónico un mensaje de su alumna-camarera. El texto hace referencia a
lo que Cortés había desarrollado brevemente en clase. Le muestra mucho interés
en los conceptos de revisionismo histórico, negacionismo cultural y su
particular visión de la II República y del histórico papel jugado por el
franquismo en el desarrollo de una España arrasada por las hordas izquierdistas.
La alumna escribe que no puede acudir a los horarios de las tutorías por el
trabajo, pero que sería muy interesante para ella poder profundizar con él
sobre estos temas.
A Cortés se le vuelve a hinchar
el pecho como un palomo en celo y le escribe que está a su entera disposición
para que puedan verse y trabajar juntos sobre los temas expuestos. Y en cinco
párrafos le desglosa casi una hagiografía de Franco, culpabilizando al Partido
Socialista Obrero Español de ser el causante de la guerra civil en España.
La alumna le escribe que, si
tiene disponibilidad, es un honor para ella que le acepte una invitación para
cenar en su casa al día siguiente: «Tengo muy buena mano para la cocina». Esa
frase a Cortés le retumba en la cabeza y le sirve para masturbarse pensando en
ella. Luego le contesta que él lleva la bebida, los entrantes y le pasa su
número de teléfono móvil para que le envíe la dirección.
Sobre las ocho de la tarde, Cortés
sale de su casa y se encuentra con sus amigos en el bar del Club Social donde
se reúnen todos los miércoles y los viernes a degustar buenos caldos maridados
con manjares que muy pocas personas se pueden permitir. Relata el
enfrentamiento con el impertinente alumno que llega tarde y lo desafía con la
mirada, pero en su discurso el alumno intenta disculparse y él no le acepta esas
disculpas. Hace una breve referencia a su alumna y decide no profundizar en más
detalles…
Llega a su casa un tanto
achispado y se sienta en el sofá mientras reconstruye las escenas y pormenores
del día siguiente. Desayunará en el bar de los jueves. Luego se pasará por la tienda
especializada en vinos y se hará con una botella de oloroso con el sello Very
Old and Rare Sherry, esa certificación de calidad para vinos de Jerez con
una edad media que sobrepasa los treinta años de crianza oxidativa en botas de
roble, que le costará más de cuarenta euros. Será una apuesta segura para maridarla
con un especial queso manchego curado que le pedirá al dueño de la Quesería Los
Llanos; así como un cuarto kilo de jamón de bellota cortado a cuchillo.
Esos serán los entrantes. Además,
en la misma tienda, cogerá otra botella de Ribera del Duero del 2019 para la
cena y una de Albariño cosecha de 2017, por si el manjar se trata de un buen producto
procedente del mar. No dejará pasar ni un solo detalle, tiene que ser un
encuentro para deslumbrarla y poder cumplir con su cometido final: terminar desnudo
y enlazado entre sus piernas debajo o encima de las sábanas. O a lo mejor ni
siquiera le dará tiempo de llegar al dormitorio y la penetrará allí mismo, de
espaldas, curvada sobre la mesa. Para eso se tomará su pastilla azul, la que le
recetó su amigo Epifanio. La que utiliza para las ocasiones especiales, normalmente
cuando visita los prostíbulos de la zona norte de la ciudad. Otra apuesta
segura.
Se vestirá con sus mejores galas y se perfumará
como de costumbre. Tocará el timbre de la dirección recibida en su teléfono
móvil personal y llegará diciendo: «¿Llego a tiempo para saborear tus delicias?»,
con ese doble sentido que tanto le gusta utilizar cuando habla con sus alumnas,
mientras se roza o les toca las piernas, las manos o las caderas en la intimidad
de su despacho. Esa parafilia denominada froteurismo que Cortés practica
desde su adolescencia.
Ella abre la puerta vestida para
la ocasión. Le contesta que ya está todo dispuesto para el disfrute y le hace
la apreciación: «Huele usted muy bien, profesor Cortés». Pasa y se dispone a
dejar los vinos y el queso encima de la mesa mientras le hace comentarios sobre
la decoración de su apartamento, halaga su buen gusto y repasa su anatomía unas
cuantas veces… Cada vez que la mira se siente más excitado.
—No me había dado cuenta de tu
esbelta y escultural figura. —Miente el profesor.
—Muchas gracias, debo cuidarme
porque soy entrenadora de Jiu Jitsu.
—¡Vaya! ¿Debo tener cuidado
contigo?
—Aquí está usted a salvo, profesor.
No tengo la menor intención de hacerle daño, sino todo lo contrario.
Con esa frase Cortés ve abierta la
veda para atacar a su víctima. Beben, conversan, vuelven a beber, siguen
conversando. Cortés despliega sus dotes de profesor de clases magistrales al
mismo tiempo que prepara el terreno para el ataque. El oloroso VORS y el
Ribera del Duero hacen su efecto y Cortés, convertido nuevamente en un palomo
en celo, despliega sus galanteos y hace visible su ritual de apareamiento.
Como arquetipo de infalible macho
se acerca e intenta besarla, pero ella retrocede; vuelve a la carga y ella le
dice: «Un momento, profesor. Lo haremos a mi manera. Tengo cierta tendencia
hacia el fetichismo y desde que lo vi quiero que me posea, pero vestido de una
forma sugerente». Le pide que pase al cuarto de baño, se desnude por completo y
se vista con la ropa que tiene dispuesta para él. Ella lo espera en la cama.
Suena de fondo la canción Stairway to heaven, de Led Zeppelin.
Cortés entra, cierra la puerta y
sale vestido con una camiseta blanca muy ajustada y una minifalda muy corta,
minúscula, con la que se le ve medio culo. Ella está desnuda y apoyada contra
el espaldar de la cama con las piernas abiertas. Cortés se pone de rodillas sobre
el colchón frente a ella y acerca su cara al depilado sexo de su
alumna-camarera.
De repente, ella hace un
movimiento veloz y Cortés se encuentra sin poder mover los brazos, con la
cabeza apoyada contra el colchón y el culo en pompa. Oye una voz que le es
familiar y nota que alguien más entra en la habitación. Al momento, casi de
inmediato, siente que lo penetran por detrás. Mientras sube el volumen de la
voz de Robert Plant e inunda todo el cuarto. El solo de guitarra de Jimmy
Page junto con la batería de John Bonham llevan el espectáculo al
clímax total, para finalizar con la melancólica voz del cantante británico que
dice: And she’s buying a stairway to Heaven