sábado, 4 de abril de 2026

-Relato 2 de Francisco Castro Legaspi

 ESCALERA AL CIELO

El profesor Cortés desayuna en el bar de los martes, aunque hoy sea miércoles. Se sienta en la mesa junto a la ventana y se recrea con las viandantes féminas que pasan por la acera de la estrecha calle. A quien lo atiende le pregunta por la camarera que estuvo ayer.

–Solo viene algunos días porque está estudiando. –Y se da la vuelta sin mantener la conversación.

Ve pasar una pareja de hombres que van de la mano y piensa: «Yo por detrás ni el bigote de una gamba. Panda de maricones». Cortés ronda la cincuentena. Una edad a medio camino entre lo perdido y lo que se añora. Lleva puesto el perfume que usa desde la adolescencia, una chaqueta azul claro que lo caracteriza y un pantalón gris oscuro que resalta la delgadez de sus piernas. Calza zapatos marrones bien lustrados y viste una camisa blanca que marca una prominente barriga que no tiene ninguna intención de perder.

Cuando sus amigos se la mencionan, él responde que le cuesta mucho criarla y mantenerla; incluso hasta algún que otro divorcio. Además, cree que así sus alumnas lo ven como alguien interesante, cercano a una figura paterna; aunque su idea no es precisamente arroparlas ni darles los besos de las buenas noches. Y se ríe de manera burlona.

Hoy, Cortés, pasa por la secretaría de la facultad; tiene cita temprano y firma los papeles que le dan. Lleva esperando este momento desde que empezó a estudiar la carrera de Historia. Hoy cumple con un proceso administrativo largo y tortuoso.

–Firme aquí, por favor. —Suena firme la voz de la secretaria del registro.

–Muchas gracias, Adela. —La secretaria se da la vuelta y el profesor Cortés le mira el culo.

Él piensa que se merece, desde siempre, ese nombramiento de catedrático. Hoy lo consigue, ya es suyo.  Pero no olvida al emérito profesor que lo ha sometido durante años a situaciones en las que se ha sentido desacreditado, denigrado y humillado.

Hoy el profesor Cortés entra en clase, pero no es un día como cualquier otro. Hoy es su primera clase como catedrático.

—Buenos días a todos. Supongo que ya me conocen. Soy Héctor Cortés, vuestro profesor de Historia de España.

Al decir eso Cortés repara en que, sentada en la primera fila, está la camarera por la que ha preguntado esta mañana en el bar. Se siente seguro, como si de un palomo en época de apareamiento se tratase, saca pecho y presenta el proyecto docente de su asignatura pavoneándose delante de su alumna-camarera.

Cuando se dispone a dar la explicación de los objetivos entra un alumno en clase por la puerta de atrás y se sienta al lado de su presa. El joven alumno la mira y ella le sonríe. Una mirada afectuosa y una sonrisa de complicidad. Cortés siente por dentro un arrebato de celos y pregunta al alumno:

—¿Cuál es su nombre y sus apellidos, por favor? —Su voz retumba en toda la sala.

—Fernando Lazcano Correa.

—Señor Lazcano, haga usted el favor de retirarse inmediatamente de mi clase.

—¿Por qué, señor profesor? —Suena su voz con retintín sarcástico

—Encima que llega usted ocho minutos tarde, interrumpe mi discurso y les falta el respeto a todos sus compañeros tiene la desfachatez de preguntar ¿por qué? Con su actitud me queda meridianamente claro que no tiene usted la capacidad suficiente para interpretar lo que vamos a tratar en mis clases. Haga el favor de recoger sus cosas y retirarse inmediatamente.

El alumno mira fijamente a Cortés, mientras el profesor le mantiene la mirada unos segundos. Luego la aparta, se da la vuelta y se acerca a su mesa donde apunta en un papel el nombre y los apellidos del desafiante joven, quien recoge sus pertenencias y sale por la puerta delantera del aula. Cortés lo sigue con la mirada, ve sus anchas espaldas y sus marcados tríceps, y cuando escucha el portazo mueve la cabeza con condescendencia y piensa: «Seguro que es maricón perdío»

El profesor Cortés se siente satisfecho, gana la batalla, sale triunfante del enfrentamiento y aleja a su posible rival. Sigue con su monólogo y explica las competencias, los contenidos que tiene divididos en bloques temáticos, la metodología de enseñanza y aprendizaje y, por último, los sistemas y criterios de evaluación, así como los de calificación. Hasta le da tiempo de empezar con el primer tema.

Esa misma tarde recibe en su correo electrónico un mensaje de su alumna-camarera. El texto hace referencia a lo que Cortés había desarrollado brevemente en clase. Le muestra mucho interés en los conceptos de revisionismo histórico, negacionismo cultural y su particular visión de la II República y del histórico papel jugado por el franquismo en el desarrollo de una España arrasada por las hordas izquierdistas. La alumna escribe que no puede acudir a los horarios de las tutorías por el trabajo, pero que sería muy interesante para ella poder profundizar con él sobre estos temas.

A Cortés se le vuelve a hinchar el pecho como un palomo en celo y le escribe que está a su entera disposición para que puedan verse y trabajar juntos sobre los temas expuestos. Y en cinco párrafos le desglosa casi una hagiografía de Franco, culpabilizando al Partido Socialista Obrero Español de ser el causante de la guerra civil en España.

La alumna le escribe que, si tiene disponibilidad, es un honor para ella que le acepte una invitación para cenar en su casa al día siguiente: «Tengo muy buena mano para la cocina». Esa frase a Cortés le retumba en la cabeza y le sirve para masturbarse pensando en ella. Luego le contesta que él lleva la bebida, los entrantes y le pasa su número de teléfono móvil para que le envíe la dirección.

Sobre las ocho de la tarde, Cortés sale de su casa y se encuentra con sus amigos en el bar del Club Social donde se reúnen todos los miércoles y los viernes a degustar buenos caldos maridados con manjares que muy pocas personas se pueden permitir. Relata el enfrentamiento con el impertinente alumno que llega tarde y lo desafía con la mirada, pero en su discurso el alumno intenta disculparse y él no le acepta esas disculpas. Hace una breve referencia a su alumna y decide no profundizar en más detalles…

Llega a su casa un tanto achispado y se sienta en el sofá mientras reconstruye las escenas y pormenores del día siguiente. Desayunará en el bar de los jueves. Luego se pasará por la tienda especializada en vinos y se hará con una botella de oloroso con el sello Very Old and Rare Sherry, esa certificación de calidad para vinos de Jerez con una edad media que sobrepasa los treinta años de crianza oxidativa en botas de roble, que le costará más de cuarenta euros. Será una apuesta segura para maridarla con un especial queso manchego curado que le pedirá al dueño de la Quesería Los Llanos; así como un cuarto kilo de jamón de bellota cortado a cuchillo.

Esos serán los entrantes. Además, en la misma tienda, cogerá otra botella de Ribera del Duero del 2019 para la cena y una de Albariño cosecha de 2017, por si el manjar se trata de un buen producto procedente del mar. No dejará pasar ni un solo detalle, tiene que ser un encuentro para deslumbrarla y poder cumplir con su cometido final: terminar desnudo y enlazado entre sus piernas debajo o encima de las sábanas. O a lo mejor ni siquiera le dará tiempo de llegar al dormitorio y la penetrará allí mismo, de espaldas, curvada sobre la mesa. Para eso se tomará su pastilla azul, la que le recetó su amigo Epifanio. La que utiliza para las ocasiones especiales, normalmente cuando visita los prostíbulos de la zona norte de la ciudad. Otra apuesta segura.

 Se vestirá con sus mejores galas y se perfumará como de costumbre. Tocará el timbre de la dirección recibida en su teléfono móvil personal y llegará diciendo: «¿Llego a tiempo para saborear tus delicias?», con ese doble sentido que tanto le gusta utilizar cuando habla con sus alumnas, mientras se roza o les toca las piernas, las manos o las caderas en la intimidad de su despacho. Esa parafilia denominada froteurismo que Cortés practica desde su adolescencia.

Ella abre la puerta vestida para la ocasión. Le contesta que ya está todo dispuesto para el disfrute y le hace la apreciación: «Huele usted muy bien, profesor Cortés». Pasa y se dispone a dejar los vinos y el queso encima de la mesa mientras le hace comentarios sobre la decoración de su apartamento, halaga su buen gusto y repasa su anatomía unas cuantas veces… Cada vez que la mira se siente más excitado.

—No me había dado cuenta de tu esbelta y escultural figura. —Miente el profesor.

—Muchas gracias, debo cuidarme porque soy entrenadora de Jiu Jitsu.

—¡Vaya! ¿Debo tener cuidado contigo?

—Aquí está usted a salvo, profesor. No tengo la menor intención de hacerle daño, sino todo lo contrario.

Con esa frase Cortés ve abierta la veda para atacar a su víctima. Beben, conversan, vuelven a beber, siguen conversando. Cortés despliega sus dotes de profesor de clases magistrales al mismo tiempo que prepara el terreno para el ataque. El oloroso VORS y el Ribera del Duero hacen su efecto y Cortés, convertido nuevamente en un palomo en celo, despliega sus galanteos y hace visible su ritual de apareamiento.

Como arquetipo de infalible macho se acerca e intenta besarla, pero ella retrocede; vuelve a la carga y ella le dice: «Un momento, profesor. Lo haremos a mi manera. Tengo cierta tendencia hacia el fetichismo y desde que lo vi quiero que me posea, pero vestido de una forma sugerente». Le pide que pase al cuarto de baño, se desnude por completo y se vista con la ropa que tiene dispuesta para él. Ella lo espera en la cama. Suena de fondo la canción Stairway to heaven, de Led Zeppelin.

Cortés entra, cierra la puerta y sale vestido con una camiseta blanca muy ajustada y una minifalda muy corta, minúscula, con la que se le ve medio culo. Ella está desnuda y apoyada contra el espaldar de la cama con las piernas abiertas. Cortés se pone de rodillas sobre el colchón frente a ella y acerca su cara al depilado sexo de su alumna-camarera.

De repente, ella hace un movimiento veloz y Cortés se encuentra sin poder mover los brazos, con la cabeza apoyada contra el colchón y el culo en pompa. Oye una voz que le es familiar y nota que alguien más entra en la habitación. Al momento, casi de inmediato, siente que lo penetran por detrás. Mientras sube el volumen de la voz de Robert Plant e inunda todo el cuarto. El solo de guitarra de Jimmy Page junto con la batería de John Bonham llevan el espectáculo al clímax total, para finalizar con la melancólica voz del cantante británico que dice: And she’s buying a stairway to Heaven

 

jueves, 26 de marzo de 2026

-Relato 1 de Sergio Peral

El albero en la boca

Aquel colegio de suburbio, cerca del barrio obrero donde vivía, me parecía una cárcel. No era como las

escuelas de las películas americanas; era más bien de esos sitios que castran la individualidad sin pedir

permiso y encima te dicen que es por tu bien. Todo funcionaba con orden militar: filas rectas,

inamovibles, cuadriculadas para entrar en clase, mientras el polvo del albero se pegaba a las suelas de

nuestras zapatillas. Antes, si era el día de la Comunidad, había que cantar el himno; obligados, claro.

Nosotros éramos el rebaño y los profesores los pastores, y si alguna oveja se desviaba ya había silbato. En

clase nos sentaban en pareja, de dos en dos; no elegíamos con quién. A mí siempre me colocaban con los

más conflictivos, repetidores que me rodeaban y me usaban de escudo, como si yo fuera la pieza desechable

del tablero. Aquello no iba en mi favor, iba en la comodidad del funcionario de turno que quería tener

controlado al ganado: tú ya sabes cómo funciona eso, siempre hay alguien que tiene que sacrificarse por el

grupo. Aquellos cabrones se metían conmigo: gordo, enano, pringado, friki. Yo era el niño tímido, fácil de

someter tanto por el profesor como por los abusones; así que todos tranquilos, todos cómodos, menos yo,

que acabé jodido y callado. No hacía falta pegarme; bastaba repetirlo cada día hasta que uno mismo

empezaba a creérselo.

Cada mañana me levantaba sabiendo lo que me esperaba. El colegio era mi ejecución diaria; nada

espectacular, solo lenta. Un profesor me llamó chorizo delante de todos. No porque robara nada; enseñó

la foto de un compañero y dijo que parecía un anuncio de dentífrico, todos se rieron y yo también, por

pura inercia. Cuando las risas se apagaron yo todavía soltaba alguna, esa risa idiota que llega tarde y no

sabe parar. Entonces el profesor se giró hacia mí.

—No te rías porque tú pareces un chorizo.

La clase estalló otra vez; risas limpias, cómodas, de las que agradecen no ser el que está en la pantalla.

Después proyectó la mía y el muy cabrón me volvió a comparar con un chorizo: un vulgar ladrón de barrio

marginal; esa fue su gracia, su minuto de gloria pedagógica. Yo miraba mi cara gigante en la pared blanca

mientras el proyector zumbaba detrás. No dije nada; cuando eres el blanco del chiste hablar solo alarga la

función. Ese era el nivel, por si alguien todavía cree en la vocación.

Estábamos en un colegio público y la profesora de Lengua nos obligaba a rezar el padrenuestro todos los

días; rutina sagrada antes de empezar con el reparto de humillaciones. Pese a eso, no me caía mal; al menos

cuando me miraba no parecía que fuera a dispararme con los ojos. No todos disfrutaban humillando,

algunos solo cumplían horario. A mí las letras se me torcían en el cuaderno como si se movieran solas.

Intentaba copiarlas bien y al rato parecían otras. Las faltas salían sin pedir permiso. En matemáticas era

peor: al principio entendía la cuenta, pero en medio de la operación la cabeza se me iba y cuando volvía ya

no sabía qué número era cuál. Los profesores pensaban que era vagancia. Los compañeros pensaban que

era estupidez; yo empezaba a sospechar lo mismo.

El de matemáticas parecía disfrutar cada día; daba la sensación de que el poder le ponía a pesar de ser a

costa de unos niños de primaria; la erótica del poder, supongo. Sin mujer ni hijos, alto, calvo, esbelto, con

un bigote rígido de esos que recuerdan tiempos más autoritarios, chaqueta verde gastada que parecía salida

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Relato urbano en primera persona con tintes autobiográficos Sergio Peral

de una película bélica. Caminaba por la clase como si estuviéramos de instrucción; como si le encantara el

olor a Napalm por la mañana. Señalaba al azar y soltaba una multiplicación: siete por ocho, nueve por

seis; diez preguntas cada día. Fallabas y te ponía un cero que luego hacía media con los exámenes; un par de

tropiezos y estabas muerto. Decían que así nos hacíamos fuertes; yo allí empecé a fabricar el estrés y la

ansiedad crónicos que todavía arrastro, por si te interesa el origen del desastre. Así funciona el mundo,

repetía; claro que sí, campeón.

Un día en educación física nos dejaron jugar al fútbol en el campo de albero. El suelo estaba duro como la

roca, lleno de piedrecitas que se clavaban en las rodillas. El cielo se estaba poniendo gris y empezaban a caer

unas gotas finas. El balón me llegó casi por accidente. Avancé dos pasos torpes con todo el mundo

mirando. Fallé delante del portero; no por poco. Fallé mal. Le pegué con miedo y la pelota salió rodando

hacia un lado como si también quisiera desaparecer. Me quedé de rodillas en el suelo con la cabeza gacha.

El albero me raspaba la piel y noté la sangre mezclándose con el barro. Entonces uno de los buenos, uno de

los líderes de la clase de esos que siempre tenían a las chicas cerca riéndose, vino hacia mí y me soltó un

puntapié fuerte en el culo.

—Levántate, gordo —el tono fue tan despectivo que todavía hoy sigue resonando en mi cabeza.

El golpe me hizo tambalearme al ponerme en pie. Cojeé un par de pasos mientras el partido seguía como si

nada. Nadie dijo nada. El balón volvió a rodar. Unos días después me puse de portero y lo paré todo,

especialmente a aquel gilipollas engreído, no le dejé anotar ni un solo gol. De portero era otra cosa. Bajo los

palos me transformaba y la timidez desaparecía cuando me tiraba sobre el albero a por el balón mientras

sangraba por las rodillas; entonces el polvo del albero se levantaba impregnando mis brazos, mis codos, mi

torso, la sangre que bajaba por mis piernas. Paraba una en salida, otra a bocajarro, otra que se colaba por la

escuadra, un penalti, cada parada era una venganza particular mientras desde la banda alguien gritaba:

—¡Eres un puto gato, cabrón! —incrédulo ante lo que veía.

La cuestión es que yo no era, ni nunca he sido un lameculos, y menos de aquel gilipollas, así que el portero

del equipo unificado que fue a jugar el campeonato local terminó siendo uno de los amigos del engreído

que estudiaba en la escuela de al lado. Así funciona el mundo; pero si estudias y te esfuerzas acabarás

triunfando, me solían decir. Ahora aquello que decían los adultos me parece una ironía cruel. En aquel

colegio no podías jugar a nada que no estuviera autorizado. En el recreo usábamos piedras en la pista

porque llevar un balón estaba prohibido; incentivar la creatividad lo llamarían ahora. Los recreos eran

territorio hostil; si te insultaban callabas, si respondías te caían encima, y los profesores, mientras tanto,

café en mano. Un día estaba apoyado en una esquina mirando cómo dos chavales de mi clase discutían con

un niño de la clase de enfrente. Miraba porque no tenía otra cosa que hacer. Cuando eres uno de los raros

del patio aprendes a mirar mucho y a hablar poco; intentas encajar pasando desapercibido. Uno de ellos se

dio cuenta.

—¿Y ese gilipollas qué mira? —el chico de la otra clase giró la cabeza—. El gordito —sonrió señalando—.

No sé por qué fui hacia ellos; a veces el cuerpo se mueve antes que la cabeza. Quizá estaba harto, quizá

pensé que una vez en la vida iba a salir bien. Le empujé, pero él me empujó más fuerte. Tiré un par de

golpes torpes que ni siquiera sé si acertaron. Durante un segundo pensé que podía ganar. Luego me

encontré en el suelo. El albero otra vez en la boca, en las manos, en la ropa, por todas partes. Las lágrimas

saliendo solas, de rabia, de impotencia, de vergüenza. Me levanté con la chaqueta del chándal quitada y

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Relato urbano en primera persona con tintes autobiográficos Sergio Peral

llena de tierra mientras los demás se alejaban aburridos; la pelea había durado menos de un minuto. Para

ellos fue un recreo más. Para mí fue otro recordatorio de cuál era mi sitio. Esa era la educación para los

callados, los tímidos y para los que no sabíamos defendernos a hostias y tampoco queríamos aprender a

hacerlo. Para mí era un reformatorio encubierto. Mi delito era no ser despierto, no ser pícaro, no tener la

mala leche que parece exigir este mundo; aquí el honrado es el tonto y el que no pisa acaba pisado. Y nadie

te lo explica, lo aprendes a base de hostias.

Y luego estaban las chicas, que claro que me gustaban e incluso ya fantaseaba con alguna de ellas

sintiéndome culpable por ello. Pero allí mandaban los fuertes, los que hacían ruido, los que ocupaban

espacio sin pedir permiso. Los demás aprendíamos a mirar desde la esquina y a fingir que no dolía. Así fue

como empezamos a regocijarnos en nuestro propio victimismo; llorones nos llamaban, posiblemente con

toda la razón. Los adultos parecían confirmarlo cuando decían que eran cosas de niños, que había que

espabilar, que la vida es así. Al final de las clases aquellos profesores volvían a sus casas tranquilos y

satisfechos con el trabajo bien hecho mientras que a mí se me empezaban a abrir las primeras grietas de una

vida, que apenas empezada, ya venía torcida.

-Relato I de Federico Aresté

 LA NOCHE

I

«El agua está fría», grita alguien en el pasillo del hotel. 

Estamos en Ushuaia y es verano. Además es martes y llueve un poco. 

Vinimos a pasar las fiestas en familia, y como somos muchos, el hotel es prácticamente nuestro. Una casona vieja de tres pisos que está a unos pocos metros del puerto. 

Yo al final terminé viajando solo. Decidimos con Lara que era lo mejor. Necesitábamos hacer algo. Tomar un poco de aire. Lo que siempre se dice en estos casos. Hace ocho años que estamos juntos, ya tuvimos dos gatos y ya discutimos por todo lo que una pareja tiene que discutir: celos, facturas impagas, gastos innecesarios en la tarjeta de crédito, etc. También es verdad que hace unos meses la relación dejó de ser lo que era. O lo que nosotros creíamos que era. O para ser todavía más justo, lo que yo creía que era. Estábamos eufóricos por tener un hijo. No encuentro otra palabra para describirlo. Después las cosas se fueron complicando. Aparecieron las frustraciones y los reproches. Y todo se volvió todavía más pesado con los estudios, los exámenes y las visitas médicas. Entramos en una rutina que nos empezó a gastar. Poníamos alarmas. Inventábamos climas artificiales. Nos metimos tanto dentro de eso que nos fuimos alejando sin darnos cuenta. Así llegamos hasta acá.


II

Es la cena. 

Preparamos la comida lejos de nuestras casas. Acomodamos el vino. Organizamos las sillas. Caminamos con cuidado intentando ocupar espacios que están libres. Entramos al baño. Nos lavamos las manos. Damos vueltas. Nos movemos livianos y sonreímos. ¿Tendremos el valor suficiente para reunirnos en la misma mesa padres, hijos y hermanos?

A mi lado sentado está Andrés, uno de mis primos. Cerca también mi viejo y mi tío. Mi hermana Julieta y mi vieja, un poco más alejadas. El resto anda de shopping.

Jorge se acerca y nos pregunta si queremos algún vermú mientras esperamos la cena. 

Pedimos.   

Andrés hace un comentario criticando a los docentes y a los sindicatos. Es así. Le gusta provocar. Mi hermana se enoja con él. Mi viejo lo defiende.

Jorge vuelve con la bandeja llena de tragos. Agarro el mío. 

Lo miro a Francisco inquieto dar vueltas con algo en el patio. 

Salgo a jugar con él. Tiene cinco años y es mi sobrino. Camino hasta un banco de madera. Lo tengo que secar porque está mojado. Me siento. Prendo un cigarrillo y fumo, y entre medio del humo lo veo andar a Francisco. Va y viene. Lo veo agacharse. Agarrar piedritas chiquitas y brillosas del piso. Ponerlas en un tarro blanco que sacó de alguna parte. Los pantalones y las zapatillas con barro. Las manos también. 

Hace poco me contó mi hermana que Francisco empezó a preguntar por el padre. 

Ella no sabe cómo decirle que su padre es un donante de espermas y que nunca va a poder conocerlo. 

«¿Y si quiere buscarlo cuando sea grande? ¿Tiene derecho?».

Legalmente acá es un donante. No es un padre. Eso depende de cada país. Dice que le explicaron todo bien clarito antes de firmar. Que padre es una palabra más grande. Ser padre es mucho más que traer hijos al mundo. Padre es el que ama, educa, cuida, atiende, etc.

Le pregunto si le puedo preguntar algo que siempre me dio curiosidad. Recién ahora empezó a charlar sobre el tema.

«Dale, no seas boludo, pregúntame».

«¿Es verdad que te hacen llenar una ficha con el color de los ojos y con el tipo de pelo?».

«Es verdad. Hasta la altura podés elegir».

Y ahora en el patio trato de imaginar a Francisco de grande. No se me aparece su cara ni su pelo. No puedo imaginar tampoco su voz. Nada. Él mientras tanto sigue juntando piedritas adentro del tarro. Las hace caer al piso. Las vuelve a juntar. Camina hasta el banco donde estoy sentado. Se acerca con el tarro en la mano y me pregunta: «¿Y vos tío, qué le pediste a Papa Noel?».


III

Esta noche es Noche Buena. 

Tomamos cerveza y hacemos chistes malos. Nos reímos. 

Subimos y bajamos de nuestras habitaciones. Nos probamos la ropa. Hacemos caras frente a los espejos. Estamos bien. 

Una vez más salgo al patio. Desde que llegamos me la pasé en este patio. Sentado siempre en el mismo banco de madera. Fumando y mirando el puerto que empieza unas cuadras más atrás. Los cruceros de lujo que llegan. La gente que cada tanto baja y camina en subida por la calle que lleva al centro de la ciudad.

El patio tiene un camino de piedras que va hasta a una fuente que está en el centro. Por la cabeza del león sale un chorro de agua. Me paro a unos metros para que no me salpique. Arriba unas gaviotas cruzan el cielo en dirección al sur. Hacen un ruido fuerte que desaparece a medida que se alejan. Y arriba también está el sol. Hace días que el sol sale a eso de las cinco de la mañana. Casi veinte horas seguidas de luz, hasta que se hace de noche cerca de las once. Dicen que diciembre en el fin del mundo es así. Pura luz natural. La noche casi no existe. 

Me dan ganas de hacer una video llamada con Lara.

Termino el cigarrillo y la llamo.

Lara aparece del otro lado. Los labios rojos. El pelo recién cepillado. 

Me cuenta que en un rato la pasa a buscar el hermano para ir a casa de su madre. 

«Compré un mate para regalarle a mamá. Es tan lindo que me dieron ganas de quedármelo».

Va hasta la mesa y saca el mate de una bolsita papel madera. Me lo muestra.

«¿No es hermoso?».

Digo que sí moviendo la cabeza.

«Igual a tu vieja mucho no le gusta tomar mates».

Se vuelve a enfocar y encoge los hombros. Sonríe tímida. 

Se hace un silencio. Lo rompo:

«Me hubiese gustado que estés acá con nosotros».

«A mí también».

No sé qué más decir. Pienso en algún tema de conversación. Podría preguntarle cómo está el tiempo, si va a salir de fiesta más tarde. Pero no. No digo nada. Veo mi cara en la pantalla y me parece extraña. La cara de alguien que no conozco. Los ojos más grandes, el pelo desprolijo por la humedad. 

Lara sigue del otro lado. Se sienta en el sillón y mira para abajo como buscando algo en el piso.

«Me escribió Nacho. Está a cinco cuadras y todavía tengo que terminar de pintarme».

Digo que bueno, que la pasen lindo y que después hablamos más tranquilos. 

Ella le tira un beso a la pantalla y desaparece.

Prendo otro cigarrillo y me apoyo con un pie sobre la pared. Ahora estoy más cerca de la fuente y el agua salpica mis zapatillas. Recorro las ventanas de los pocos edificios que hay alrededor. Una señora acomoda el balcón, lo barre, cambia las macetas de lugar. Sacude un mantel. Su figura se quiebra contra el viento. Aunque acá donde estoy parado no hay viento. Todo pasa en esa luz entre anaranjada y azul del final de la tarde. Aunque todavía acá tampoco atardece del todo. 

Jorge cruza por el patio y me saluda con la mano. 

Lo sigo con la mirada. Veo como ordena los vasos y llena la cubeta de hielo arriba de la barra. 

Me acerco y le pido otro trago. 

Jorge es el encargado del hotel. Hace prácticamente todo. Arregla los televisores si no funcionan, maneja la temperatura con un control, abre la puerta de la calle. Hace todo. 

Le pregunto cómo se llama el barrio y si sabe de algún mirador por acá cerca para ir caminando. Me recomienda caminar unas cuadras hasta la avenida y doblar para el muelle. Dice que ahí se tiene una linda vista de toda la ciudad.


IV

Las seis de la tarde. 

Llevo a la abuela a la misa de Navidad. 

La ayudo a subir a la trafic que alquilamos. Manejo con cuidado siguiendo el GPS del celular. Es una ciudad que no conozco, con subidas y bajadas peligrosas, y que encima está mojada. 

Ahora la lluvia cae cada vez con menos fuerza. Las gotas apenas mojan el parabrisas. 

La abuela va al lado mirando por la ventanilla. No habla. Nunca habla demasiado. 

Pero ahora habla y dice: «Qué lindo hubiese sido que Larita venga de vacaciones con nosotros».

«Si, la verdad que sí», digo mientras apoyo el celular en el aplique que cuelga del vidrio. 

Llegamos a la iglesia. La abuela baja de la trafic. Las manos huesudas y arrugadas. El perfume de siempre por todas partes. Me recuerda que a las ocho vuelva a buscarla. Dice que espera que el cura no haga la misa muy larga. Yo me la quedo mirando un rato. El limpiaparabrisas sigue prendido y se mueve despacio. Ya no queda agua en el vidrio y hace ese ruido que hace mal a los dientes. La abuela sigue parada en la calle con la puerta todavía abierta. Me mira como esperando algo más, y ya sé lo que espera. Quiere que le diga eso que a ella le da responsabilidad y la compromete. Y entonces le pido que no se olvide de rezar por nosotros. 

Ella sonríe y cierra la puerta, pega media vuelta y desaparece. 


V

Se hacen las doce. Brindamos. Nos abrazamos. 

La música suena fuerte y estamos todos a los gritos. 

Francisco abre paquetes y sonríe. Se acerca corriendo con unas bolsas. Las abre y saca unos juguetes. Spiderman, autitos de colección, un camión con acoplado. Los muestra y dice que está enojado con Papa Noel porque no le trajo la bicicleta. Hace puchero.

«Le hice la carta y todo tío».

Le digo que seguro Papa Noel pasó por su casa y la dejó ahí. Que no se preocupe.

Mi hermana me mira y dice que soy un boludo. Gesticula con la boca sin hacer ningún sonido. 

Francisco pone los autitos arriba de la mesa para hacerlos andar. Mi hermana lo reta. Le pide por favor que tenga cuidado, que no rompa nada, y él sigue con los autitos de acá para allá. Los hace andar hasta una punta. Los sube arriba del acoplado del camión. Va y viene. Imita los ruidos. Le digo que podemos correr los platos y los vasos y armar una pista. Dejamos una bandeja de metal y la hacemos estación de servicios. La pinza para el hielo un semáforo. Mientras él juega, me tiro para atrás en el sillón y tomo vino. Pienso que todavía nos queda una semana más. Que ojalá pare de llover para salir a recorrer el fin del mundo. Recién llevamos tres días de vacaciones todos juntos. Debería relajarme un poco y disfrutar el viaje.  

Al rato el tío vuelve con un repasador en la mano. Me pasa por al lado. Se frena. Los ojos rojos. No puede terminar una frase sin reírse. Todos acá se ríen. Se tambalea un poco para adelante. Se acomoda. «Te quedan bien los chicos, Juancito. ¿Para cuándo uno?». 

Levanto la copa para brindar. Para hacer algo. Un gesto mecánico y simple. Y por fin entiendo. No quiero ser padre. Es el deseo de Lara, no el mío. Y también entiendo que esto puede ser el fin de mi vida con ella.

El tío me da dos golpes en el hombro y se va a bailar revoleando el repasador. Después empiezan todos a hacer un trencito.  Me paro y camino con la copa de vino hasta la puerta del fondo. Del otro lado del vidrio las luces de los edificios, algunos fuegos artificiales todavía rebotando en esta Navidad que recién empieza. Camino por el patio y ya estoy otra vez parado frente al banco de madera. Tomo aire. El cielo estrellado y limpio. ¿En qué momento se hizo de noche?


-Relato 1 de Isabel García Fuentes

 Con prisa

         Los domingos por la mañana aprovechaba para limpiar y poner orden en mi vida. Compartía piso con Ana y Victoria, ahora dos periodistas, y nos turnábamos cada semana para limpiar a fondo una zona común: salón, baño o cocina. Empezaba siempre a las nueve, justo después de despertarme con alarma y desayunar unas tostadas con aceite de oliva virgen extra y jamón de paquete. Un crimen, lo sé. El café lo tomaba siempre en la misma taza de florecitas que mis padres me regalaron cuando me fui a vivir sola por primera vez. «Para que te acuerdes de nosotros», me dijeron. Me gustaba recordar esas palabras cuando me preparaba para empezar el día con calma, aunque eso solía ser complicado. 

La percepción del tiempo y yo no éramos buenas amigas, y, por algún motivo que aún no logro entender del todo, me hacía pensar que siempre iba tarde. Me pasaba todos los días al salir de casa, por ejemplo. Miraba la hora en el móvil e iba bien, incluso sobrada, pero, aún así, bajaba las escaleras más rápido de lo normal, cerraba el portal sin cuidado, adelantaba a señores por la calle, me subía al autobús de un salto y esperaba, con prisa, a llegar a mi trabajo. 

Lo sé, puede sonar ilógico. ¿Qué sentido tiene esperar con prisa? Yo tampoco tengo una respuesta correcta para ello. Era un comportamiento que, en realidad, no me di cuenta que tenía hasta el viernes antes del incidente, mientras volvía a casa de la universidad, ya de noche. Iba sentada en el autobús, mirando a través de la ventana edificios, coches y personas, pero sin ver nada en realidad. Faltaban un par de paradas para llegar a casa cuando una anciana, con una inclinación cercana a los noventa grados y bastón en mano, se subió con dificultad. Por mi cabeza se precipitaron pensamientos de los que no estoy orgullosa —y que no confesaré jamás—, pero me hicieron ser muy consciente, de repente, del movimiento continuo y descontrolado de mi pie. Arriba, abajo, arriba, abajo. El pie se agitaba como una coctelera con vida propia. Intenté detenerlo, inmovilizarlo, tranquilizarme, pero no tuve éxito. La torcida anciana, que había tomado asiento frente a mí, me lanzó una mirada de cansancio. Al principio pensaba que no la había visto nunca, pero de pronto me pareció familiar.

Cuando el autobús llegó a mi parada, me precipité hacia la salida y caminé con paso rápido hasta el bloque de pisos con esa sensación de familiaridad todavía persiguiéndome. Subí las escaleras, y al entrar, vi a mis compañeras hablando en el salón.

—¿Qué tal el día, Lau? —Victoria me miró por un segundo desde el sofá, dejando de relamer la cuchara del yogur.

Ya habíamos tenido la misma conversación varias veces sobre que no debíamos comer ahí para no manchar la tapicería, pero al parecer todavía no había quedado claro. Suspiré, al menos, si nunca sucedía ningún accidente, el casero no tendría por qué enterarse. 

—Bien, como siempre —dije, apartando un poco la bolsa de maquillaje de Ana de la mesa del comedor para dejar mis cosas. Cuando una pasaba todo el día fuera, necesitaba prácticamente llevar la casa a cuestas—. ¿Te vas de marcha hoy? 

—Sí, voy a aprovechar antes de irme al pueblo. —Ana me miraba de reojo a través del espejo de la entrada mientras se aplicaba máscara de pestañas—. ¿Tú te quedas este finde? Vic también se va mañana.

—Sí, tengo muchas cosas que hacer y sé que si me voy, no voy a tener tiempo.

—Chica, necesitas descansar, no puede ser que siempre vayas con prisa —me regañó Ana.

—Eso, relájate, Lau. —Victoria se tumbó y estiró en el sofá cual gato—. El mundo no se va a acabar porque un día no hagas nada.

Esas palabras me persiguieron durante el resto del fin de semana, ya sola. El sábado traté de tomarme el día con más calma, pero claro, la universidad y el trabajo no te dejan descansar tan fácilmente. A pesar de los intentos de mi mente por bajar revoluciones, las listas de tareas seguían acechándome. 

Decidí prepararme una infusión. Fui a la cocina, puse a calentar agua en el hervidor, abrí uno de los armarios superiores y me puse de puntillas para alcanzar mi taza de florecitas, pero no estaba en su lugar. Qué raro. Miré en el fregadero, busqué en los estantes de mis compañeras, revisé en mi habitación y en el salón, pero nada, la taza había desaparecido. Eso me enervó. Las tazas no tienen patas ni pueden desaparecer solas. ¿La tendría alguna de mis compañeras? 

El pitido del hervidor me sobresaltó. Me apresuré a tomar un vaso normal, vertí el agua hirviendo y sumergí la bolsita de tila. No me di cuenta de que las tazas están diseñadas para evitar abrasarte las manos. Por eso, cuando agarré con confianza el cristal, lancé un alarido y derramé sin querer todo el líquido caliente por la encimera. Tomé rápidamente un trapo y lo lancé al desastre para que empapase y no alcanzase al suelo, aunque, con un tic en el ojo, comprobé que era un intento en vano. Esperé, con prisa, que el día acabase pronto.

Los domingos, como ya sabéis, eran mis días de limpieza y orden. Y ese domingo, aunque me sentía agotada y no tenía mi taza para afrontar el día, no fue menos. Primero, puse música con el móvil y abrí las ventanas para airear el espacio. Luego recogí todo; lo mío y lo que no era mío. Ropa olvidada en las sillas, migas de pan desperdigadas tras alguna comida, o incluso el perfume que Ana se empeñaba en dejar en el aparador de la entrada antes de salir de casa. No me molestaba limpiar lo de las demás, me molestaba no saber dónde estaban mis cosas. Por eso, mientras devolvía todo a su sitio, confiaba en que la misteriosa taza apareciera.

Me recorrí los setenta metros cuadrados con la escoba pegada en una mano y el recogedor en la otra, y nada. Ese día me tocó limpiar a fondo la cocina, mi parte favorita. Me coloqué los guantes, cogí un cubo, lo llené de agua y le eché dos chorros de lejía, ni más, ni menos. Había probado a cambiarlo alguna vez, pero no era lo mismo ni olía igual. Tomé un trapo y retiré el polvo, la grasa, y las salpicaduras de la encimera y los azulejos. 

Abrí la nevera. Siempre hacía lo mismo: sacaba todo, limpiaba balda por balda y tiraba lo que estaba caducado o en mal estado. Lo había hecho tantas veces durante esos ocho años que me movía con rapidez, casi de manera automática. Sin embargo, ese día ocurrió algo extraño. Me quedé mirando los envases, los táperes y las botellas. ¿No había comprado yogures aquella semana? Habría jurado que el viernes anterior quedaban al menos cuatro. Los había comprado el jueves, después del turno. Me acordaba perfectamente porque pensé que iba a empezar a comer mejor… Entonces la imagen de Victoria tumbada en el sofá con un yogur apareció en mi mente. Pensé que tal vez mis compañeras se estaban tomando demasiadas libertades, aunque nunca habíamos tenido problemas de ese tipo. No estaba segura de nada. Tal vez era la ansiedad hablando, o tal vez estaba sobrepensando todo.

A lo largo de la mañana, el malestar creció. Me senté a organizar los papeles que había dejado en mi escritorio cuando la música se apagó de golpe. Se había acabado la batería del móvil. Me levanté para alcanzar el cargador, pero no estaba donde siempre lo dejaba, ni en la mesita de noche ni en el cajón. Busqué en el armario, miré debajo de la almohada, rebusqué en los bolsos… nada. Me sentí tensa, como si alguien hubiera entrado en el piso y hubiera decidido desordenarlo todo o hacer una limpieza sin consultarme.

Sin música, comencé a escuchar los ruidos de la casa de una manera diferente. Parecía que alguien estuviera moviéndose en las habitaciones, aunque sabía que eso era imposible porque mis compañeras estaban en sus pueblos. Entré en sus cuartos solo para comprobar que estaba sola. Me dirigí al baño y me fijé en el recipiente que había sobre el lavabo con los cepillos de dientes. Uno y dos. Imposible. Parpadeé y volví a contar. Uno, dos y tres. «¿Qué me está pasando?», pensé con miedo. 

Levanté la cabeza y me miré en el espejo del baño. Por un momento no me reconocí. Tenía los ojos hundidos, opacos, resaltando en un rostro con mejillas más marcadas de lo normal. Huí de mi reflejo y volví a mi habitación. Me senté en la cama, respiré profundamente y cerré los ojos. No sé cuánto tiempo permanecí en esa posición, pero recuerdo abrir los ojos cuando la tensión que me envolvía comenzaba a aflojarse poco a poco. 

Posé mi mirada sobre la mesita de noche. El cargador del móvil estaba justo donde siempre lo dejaba. Salí de la habitación y caminé por el pasillo con pasos lentos hasta la cocina. En la nevera, cuatro yogures, los que había comprado el jueves anterior, estaban allí de una manera tan real que casi me sentí tonta por haberlos dado por perdidos. Y en uno de los armarios superiores de la cocina, entre las demás, se encontraba mi taza de florecitas.

Todo estaba perfectamente en su lugar, bajo control. Y yo me quedé allí, mirando la taza y pensando en que Victoria tenía razón, el mundo no se acababa porque un día no hiciera nada.


-Relato 1 de Miguel Quezadas Barahona


Jauría

En la reunión uno de los vasos estalló y al impactarse con el suelo, fue la señal del destino para retirarme. Había estirado el tiempo ahí, hasta que fue momento de irme. Después de todo hace rato había perdido su valor nostálgico, como un chicle que perdió el sabor después de mucho masticarlo.

La antigua generación de derecho del diecinueve se había reunido, nos unía la enemistad al alcohol barato y conservar aún las buenas costumbres del pasado, en mi caso hasta que caía la noche. Me retiraba antes gracias a los cuarenta minutos de carretera que separaban Cárdenas de Villahermosa. No me agradaba la idea de hacer ese tramo de noche y menos solo, pues Karen no me acompañaba por culpa de una discusión más temprano. Hubiese querido presentárselas esa noche.

Subí al auto y emprendí camino. La ruta que siempre tomaba para salir a la carretera era poco iluminada y con caminos descuidados. Un camino conocido, que solía tener sorpresas. En esta ocasión un montón de perros obstruían mi camino. Tuve que esperar un tiempo para poder avanzar y no atropellarlos. Al dejarme el camino libre, continué con menor preocupación. Después de todo la cuota de sorpresas de esa noche ya se había cumplido. Miré el reloj y marcaba las dos de la mañana. Mi mente llena de cansancio y ron quedó fija en los perros, en la mirada que me hicieron. Perturbé su paz, pero había algo más, algo intangible en su mirada, como si supiesen la clase de persona que era.

Mi viaje nocturno acabó al ver una Villahermosa que dormía. Me recibía la luz roja y vigilante del semáforo encendida solo para mí. Quise avanzar, pero me detuvo de nuevo una jauría que brotó de las sombras. Perro tras perro desfilaba hasta posar a sus anchas sobre el asfalto. Hice sonar el claxon con la autoridad que me brindaba mi humanidad; solo ante ese estruendo se dispersaron asustados, dejándome avanzar. Era tarde, pero de todos modos le envié un mensaje a Karen, para saber si pasaba a verla. El semáforo se colocó en verde y avancé hasta llegar al Monumento Andrés Sánchez Magallanes. Para ese punto supe que estaba dormida y pronto yo también.

Sin cambiarme de ropa me dormí en un sueño nada reparador del que desperté a las seis de la mañana gracias al ladrido de perros en la planta baja, no era común, pero podría jurar ante cualquiera que eran los mismos que estuvieron en el semáforo. Idea que perdió legitimidad bajo la luz del sol.

 

Más tarde ese día, salí con Karen al cine a ver la última función. En el estacionamiento solo quedaba mi auto, al ser una tarde de agosto el clima era bastante cálido, pero ambos sentimos una sensación de frío que calaba los huesos. 

Es porque ya es tarde. Cerré su puerta y me subí por el otro lado. 

Le conté sobre mi día, hubo un momento donde estuve a punto de decirle lo que me había ocurrido con los perros. No lo hice, no quise levantar sospechas sobre mi estabilidad mental, no valía la pena. 

Al acercarnos a su casa había un tope, casi octogenario con fama de dañar la suspensión de cualquier cosa que intentase atravesarlo, y junto a este, estaba la jauría, cuyos ojos se iluminaron por los faros del coche. Al ver que me acercaba se hicieron a un lado con un gesto prolongado, sin jamás apartar la vista, permitiéndome pasar, dándome su permiso.

No suele haber perros a esta hora. 

¿No son de tus vecinos?  

No, de hecho, nunca había visto tantos perros juntos, somos gente civilizada.

Nos miran, ¿verdad?  Solo eran perros, pero en su semblante parecían recordarme, desde lejos nos seguían con la mirada y cuando más cerca estábamos, más evidente era nuestro miedo.

Siento escalofríos. Yo no me había dado cuenta, pero había sentido lo mismo las otras veces. No supe que responderle, tampoco si decirle que no era la primera vez que pasaba.

¿Crees que hagan algo? Tomó mi mano a punto de abrir la puerta del carro.

No le respondí, se bajó y me despedí. 

La noche iluminaba mis manos que sostenían el volante, tomándolo con fuerza, y el corazón acelerado lo sentía atropellar mi pecho. Cuando llegué a casa me encerré en mis cuatro paredes y me forcé a dormir hasta que el despertador sonó.

En la mañana estaba decaído, no había dormido bien. El sonido de los pájaros me molestaba, estaba de mal genio. Miré la pantalla de mi teléfono con un mensaje de Karen pidiendo que nos viéramos. 

Esa noche salí de la oficina a su casa. Pasé cerca de un parque. Un perro se había soltado de su correa y corrió a la avenida donde yo iba, se escabulló, se posó frente a mí y de la impresión se quedó quieto. Alcancé a frenar y solo me cercioré de que el dueño lo agarrara antes que huyese más lejos.

Pensé en la responsabilidad que significaba una mascota, tener a otro ser bajo tu cuidado alimentándolo y educándolo. Yo no deseaba nada de eso, no quería mascotas, ahora menos a los perros.

Estaba a unos minutos de llegar a la casa de Karen cuando recibí su mensaje: me pedía que nos viéramos otro día, yo había tenido suficiente con el estrés de la oficina y ese mal rato en que casi atropello al perro, que acepté aliviado. Di vuelta en el retorno y fui directo a casa, recordando lo que me había pasado la noche anterior y puse atención a esa zona cercana a su casa, a ver si encontraba algún perro suelto de la jauría de la noche anterior. No tuve suerte.

Volví a casa y mientras estacionaba el carro, frente a mí, una fila de perros al frente, iluminados por los faros, expectantes a mi próximo movimiento. De nuevo sostuve con fuerza el volante, pero desistí de pitar pues ya era tarde y no quería perturbar la paz vecinal. La calle estaba completamente desierta como para que hubiera quien atestiguara lo mismo que yo. Esperé unos minutos con el coche aun encendido, para ver su siguiente movimiento, pero no hicieron nada, solo me miraban. No se veía que quisiesen algo.  Eran expectantes, listos para comenzar. Ahí sentí los escalofríos descritos por Karen.

Esperé lo suficiente como para sentir valor y apagué el coche. Me bajé y lentamente caminé de frente hacia ellos, lo tenía que hacer si quería entrar al edificio. 

Ellos cedieron y se apartaron solo lo suficiente para dejarme entrar, no miré atrás por miedo. Pero podría jurar sentir sus ojos leyendo todos mis movimientos, con el escrutinio que solo podrían tener los animales hacia sus presas. Me sentí a salvo solo hasta que cerré la puerta de mi departamento. Le puse todos los seguros y poco a poco el miedo fue bajando hasta que me llené de sueño.

Había quedado de ver a Karen el siguiente día.

Me iré de viaje. Se acomodó el tirante de su vestido. Espero que no te moleste que haya sido tan repentino, creo que van algunos de tus amigos de derecho con los que te reuniste. ¿No te avisaron?

No. ¿Hace cuánto que los conoces? Tomé su mano y la besé

Lo suficiente. —Me miró con desagrado y se despidió de mí—. De eso hablaremos pronto, aun no es momento, nos vemos.

Se iba el fin de semana. No tendría señal por lo visto así que sería cuando volviese. Le deseé un lindo viaje, sin saber que de hecho esa sería nuestra última interacción, pues no he sabido de ella desde entonces, ni de mis amigos abogados, es como si nunca hubiesen existido. 

En casa, miraba una serie. Algo sonó en la cocina, entré y no había nada, luego en el baño, era un sonido como de pasos pequeños, que raspaban el suelo. Quise negar lo evidente, pasos de animal. Pronto escuché un jadeo incesante, que no se detenía, entré en la cama y en mis oídos seguía, tan cerca que mareaba; lavé mi cara, puse música, no se iba, corrí de lado a lado hasta que grité, con todas mis fuerzas, desesperado. Finalmente desapareció, pero volvía entre ratos. 

No he vuelto a ver a la jauría, pero ahora lo preferiría. Así comenzó todo, ahora todas las noches escucho un jadeo en mi oído. A veces es un vaho húmedo y pestilente que resopla de la nada.

Estos últimos días ya no puedo usar espejos, veo sus siluetas detrás que corren y brincan hasta el cansancio. Con el paso de los días tengo más miedo al salir de casa, siento como me traban la puerta, quizás si soy dócil, se descuiden y ahí aprovecharé a correr hasta llegar a la avenida.