Luis Leonardo Vera López
Prosa de Ficción 2
Primera Tarea
“Aroma agrio”
Era un caluroso verano, el más abrasador que se había visto en la Ciudad de México hasta la fecha. Recuerdo que cada paso que daba me hacía envidiar al invierno nizardo, pues apenas había regresado a mi país después de un Erasmus de seis meses.
Regresé con plena libertad, hasta que mi padre pronunció las esperadas palabras:
—¿Y tu diploma?
—Ya no debe tardar.
Pero era solo un paliativo; no estaba curando nada. Sabía perfectamente que mis asistencias a clase no habían sido suficientes, pero ello no debería importar. Existiera o no un papel que asegurara mi conocimiento del idioma, yo podía comunicarme, a veces como un neandertal que pone el sujeto antes del predicado, pero siempre comprensible incluso para el oído francés más refinado.
Y así, mi jugada maestra me consiguió dos semanas de tranquilidad, hasta que un martes cualquiera mi padre llegó furioso; le habían informado en el centro educativo que su hijo no recibiría ningún pedazo de árbol muerto que lo hiciera sentir orgulloso.
—O consigues un certificado oficial antes de que acabe el año o no vuelves a ver un centavo de mi parte. —Su voz fue implacable.
Pensé en mis opciones. Yo solo quería tiempo, pero ahora la amenaza se cernía sobre mí. Claro que podría buscar un trabajo, pero ello me quitaría aún más vida. ¿Cómo podían hacerme esto a mí, que venía de seis meses de absoluta libertad, de vivir por vivir nada más, de leer, escribir, tomar, comer, dormir y todos los demás verbos que no piden permiso para existir? Pero ahora, de repente, me exigían, bajo pena de muerte —pues solo el dinero compra la comida—, que sacrificara mi tiempo por un simple pedazo de papel, brillante y con sello oficial, pero vulgar papel al final del día. Que yo, bolsa de polvo destinada al olvido, utilizara mis pocos segundos de existencia en perseguir un diploma.
Al final, la vida no es lo que queremos; es lo que hacemos, y ese verano decidí sacrificar un semestre. Me aceptaron en el Cenlex, escuela de idiomas de una prestigiosa universidad pública.
Todos los sábados, por lo que quedaba del año, tenía que ir al centro de la ciudad, hasta el olvidado por Dios Casco de Santo Tomás, un lugar donde lo mejor que se puede hacer es salir de ahí. Pero así comenzó mi rutina: mientras mis amigos dormían, yo recorría media ciudad para llegar a clase.
Nunca había estudiado en una universidad pública y, francamente, no me sorprendió: cuando llegué, el guardia de seguridad estaba dormitando. Pasé al baño y alguien había escrito con mierda en la pared: «No hay papel». Refinada era la gente estudiada —pensé—.
Pero mi mayor sorpresa se dio al llegar al salón. Apenas entré, no dejó de mirarme. Era una chica muy alta, al menos de un metro con setenta y nueve centímetros de estatura, proporcionales a su anchura. Tenía las mejillas morenas y usaba un uniforme de escuela pública, aunque no nos pedían usarlo. Poco tardó en levantarse para saludarme. Se llamaba Brenda y no dejaba de hacerme preguntas. Intenté contestar poco para ahuyentarla, pero eso solo la animó más, pues pasara lo que pasara, no paraba. Aunque me senté en una banca alejada de donde la vi cuando entré al salón, ella me siguió, y así pasaron las tres horas de clase: una repetición monótona de conjugación de verbos, intercalada con preguntas incesantes de Brenda.
Pasadas dos horas, huí. Cuando la maestra y Brenda se distrajeron, salí al baño y comencé anticipadamente mi descanso. Apenas entré a la cafetería, un olor ácido me inundó y rápidamente noté que no provenía de la comida, sino de detrás de mí. Estaba formado justo tras de mí un muchacho moreno, con el pelo que le llegaba hasta los hombros. Pero lo que más me impresionó fue su tamaño: no debía medir más de un metro con sesenta centímetros y, aun así, su olor inundaba toda la sala. Un olor agrio a sudor, quizá producto de su gorro para esquiar, pues en el verano más caluroso que jamás experimenté aquel joven no se quitaba su grueso gorro de lana por ningún motivo.
Pedí mi desayuno, pero mis ojos, embobados, siguieron mirando al joven del gorro de lana que, de repente, sacó un tablero de ajedrez y se puso a jugar. Era mi momento. Una victoria podría animarme, levantarme las ganas de estar ahí, y yo poseía un talento natural para el ajedrez. Me acerqué. Se llamaba Alejandro y estaba dispuesto a jugar contra mí.
Será rápido —pensé—. Lo iba a destrozar con un sencillo mate del pastor. Pero lo que comenzó con la salida de mi reina rápidamente se transformó en un caos que me hizo sacrificar mis piezas y rendir mi rey.
—Otra. —Mi voz sonó calmada.
Él se limitó a asentir con la cabeza. Otra vez me destrozó. Mi Ruy López había sido burlada y escupida.
—Otra.
Alejandro volvió a asentir.
Una vez más, aunque en esa ocasión la Caro-Kann fue hecha añicos.
—Una más. —Subí mi tono, un poco ofendido.
—Ya no quiero jugar. —Su voz sonaba decidida.
No estaba dispuesto a permitirlo, a dejar que se fuera justo en ese momento. Quería ganarle, quería demostrar que podía. Pero Alejandro comenzó a guardar las piezas cuando, sorpresivamente, Brenda apareció.
—Luis, ¿quieres que te enseñe la escuela? —Tomó la silla y se sentó en ella.
Lo noté: no había podido adelantarme al ingenio de Alejandro ni una vez, pero en ese momento tenía una ventaja. Él no dejaba de mirarla, se sonrojaba y sus manos nerviosas jugaban entre sí. Alejandro trató de saludar levemente; emitió un «hola» tímido a Brenda, pero ella lo ignoró. Le dije que no, que quería seguir jugando ajedrez, pero que ella podía vernos jugar. Y así, queriendo cada quien algo distinto, los tres nos sentamos por lo que quedaba del descanso a que Alejandro me destrozara una y otra vez.
Algo ardía dentro de mí. Brenda me contó que Alejandro no iba a clases; solo se dedicaba a jugar ajedrez y le decían el Chilaquil por su aroma agrio. El Chilaquil me había destrozado en un juego puramente mental, y no una, sino incontables veces.
El siguiente sábado me levanté temprano, fui al centro y soporté las preguntas de Brenda y las incesantes y simples conjugaciones de verbos que la maestra nos pedía. Al llegar a la cafetería, el Chilaquil ya estaba ahí, esperándonos. Había comprado una mantecada para Brenda, aunque ella no la tocó, y me destrozó cuatro malditas veces antes de que Brenda tuviera que ausentarse para ver a un maestro.
Apenas ella se fue, el Chilaquil fue sincero conmigo:
—Si vienes con Brenda, juego contra ti cuantas veces quieras.
—Perfecto. —Tomé las piezas blancas, dispuesto a acomodarlas.
Pero entonces comenzó a guardar las piezas de su tablero y, antes de que pudiera reclamarle, me recordó el trato:
—Brenda no está.
Ofrecí algo más a cambio: comida. Y él aceptó.
Así fue el trato: yo debía pagar el desayuno del Chilaquil o traer a Brenda para que él pudiera intentar coquetearle, y a cambio él alimentaba mi deseo de ganar, aunque fuera una sola vez. Sabía que eventualmente lo vencería, que eventualmente lograría tomar mi premio. Después de destrozarlo, sería libre una vez más.
Y así siguió mi verano, entre verbos sencillos, preguntas que no quería escuchar y olor agrio a chilaquiles. Pero no pude ni una vez ganarle. Siempre estaba un paso delante de mí. Me explicó que él jugaba profesionalmente, que había ido a las olimpiadas. Intenté buscarlo en Google, pero no encontré nada. Estuve a punto de confrontarlo, pero ¿qué sentido tenía? Igual me destruía cada vez que jugábamos.
Una rutina de tres. Comenzamos a hacernos amigos y Brenda ya no me preguntaba solo a mí; también se interesaba por el Chilaquil. Así supe que él venía de un estado del norte, pero que no le gustaba hablar de ello.
El Chilaquil era buena persona. Me dijo que necesitaba estudiar la teoría ajedrecística, que dedicara mis horas a estudiar finales y aperturas y que quizá así podría ganarle. Blasfemia infinita: me pedía sacrificar aún más tiempo.
Cinco meses. Cada sábado me destrozó. Cada sábado compartimos al menos una hora de derrotas incesantes y asquerosas, hasta que un sábado más, al llegar con Brenda a la cafetería, no había olor alguno. Era el olor a la limpieza lo único que habitaba en aquel lugar.
El Chilaquil desapareció sin dejar rastro, sin un mensaje, sin un adiós. Simplemente, un día ya no lo volvimos a ver.
Pasó un mes más y terminé el curso. Mi diploma resplandecía: B1 en idioma francés, avalado por la Secretaría de Gobernación.
Mi padre estaba orgulloso. Lo suficiente para llevarme a comer a un buen restaurante. Y entonces, sentados juntos, tomó una copa de vino.
—Espero que lo hayas tomado como una lección. Ahora que ya cumpliste, puedes relajarte; sé libre estos meses —sentenció de la manera más atenta.
¿Y entonces cómo le explicaba que no podía? Que ya nunca podría serlo. El Chilaquil se fue y con él todas mis oportunidades de ganar, de derrotarlo aunque fuera una sola vez.
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