sábado, 4 de abril de 2026

-Relato 2 de Francisco Castro Legaspi

 ESCALERA AL CIELO

El profesor Cortés desayuna en el bar de los martes, aunque hoy sea miércoles. Se sienta en la mesa junto a la ventana y se recrea con las viandantes féminas que pasan por la acera de la estrecha calle. A quien lo atiende le pregunta por la camarera que estuvo ayer.

–Solo viene algunos días porque está estudiando. –Y se da la vuelta sin mantener la conversación.

Ve pasar una pareja de hombres que van de la mano y piensa: «Yo por detrás ni el bigote de una gamba. Panda de maricones». Cortés ronda la cincuentena. Una edad a medio camino entre lo perdido y lo que se añora. Lleva puesto el perfume que usa desde la adolescencia, una chaqueta azul claro que lo caracteriza y un pantalón gris oscuro que resalta la delgadez de sus piernas. Calza zapatos marrones bien lustrados y viste una camisa blanca que marca una prominente barriga que no tiene ninguna intención de perder.

Cuando sus amigos se la mencionan, él responde que le cuesta mucho criarla y mantenerla; incluso hasta algún que otro divorcio. Además, cree que así sus alumnas lo ven como alguien interesante, cercano a una figura paterna; aunque su idea no es precisamente arroparlas ni darles los besos de las buenas noches. Y se ríe de manera burlona.

Hoy, Cortés, pasa por la secretaría de la facultad; tiene cita temprano y firma los papeles que le dan. Lleva esperando este momento desde que empezó a estudiar la carrera de Historia. Hoy cumple con un proceso administrativo largo y tortuoso.

–Firme aquí, por favor. —Suena firme la voz de la secretaria del registro.

–Muchas gracias, Adela. —La secretaria se da la vuelta y el profesor Cortés le mira el culo.

Él piensa que se merece, desde siempre, ese nombramiento de catedrático. Hoy lo consigue, ya es suyo.  Pero no olvida al emérito profesor que lo ha sometido durante años a situaciones en las que se ha sentido desacreditado, denigrado y humillado.

Hoy el profesor Cortés entra en clase, pero no es un día como cualquier otro. Hoy es su primera clase como catedrático.

—Buenos días a todos. Supongo que ya me conocen. Soy Héctor Cortés, vuestro profesor de Historia de España.

Al decir eso Cortés repara en que, sentada en la primera fila, está la camarera por la que ha preguntado esta mañana en el bar. Se siente seguro, como si de un palomo en época de apareamiento se tratase, saca pecho y presenta el proyecto docente de su asignatura pavoneándose delante de su alumna-camarera.

Cuando se dispone a dar la explicación de los objetivos entra un alumno en clase por la puerta de atrás y se sienta al lado de su presa. El joven alumno la mira y ella le sonríe. Una mirada afectuosa y una sonrisa de complicidad. Cortés siente por dentro un arrebato de celos y pregunta al alumno:

—¿Cuál es su nombre y sus apellidos, por favor? —Su voz retumba en toda la sala.

—Fernando Lazcano Correa.

—Señor Lazcano, haga usted el favor de retirarse inmediatamente de mi clase.

—¿Por qué, señor profesor? —Suena su voz con retintín sarcástico

—Encima que llega usted ocho minutos tarde, interrumpe mi discurso y les falta el respeto a todos sus compañeros tiene la desfachatez de preguntar ¿por qué? Con su actitud me queda meridianamente claro que no tiene usted la capacidad suficiente para interpretar lo que vamos a tratar en mis clases. Haga el favor de recoger sus cosas y retirarse inmediatamente.

El alumno mira fijamente a Cortés, mientras el profesor le mantiene la mirada unos segundos. Luego la aparta, se da la vuelta y se acerca a su mesa donde apunta en un papel el nombre y los apellidos del desafiante joven, quien recoge sus pertenencias y sale por la puerta delantera del aula. Cortés lo sigue con la mirada, ve sus anchas espaldas y sus marcados tríceps, y cuando escucha el portazo mueve la cabeza con condescendencia y piensa: «Seguro que es maricón perdío»

El profesor Cortés se siente satisfecho, gana la batalla, sale triunfante del enfrentamiento y aleja a su posible rival. Sigue con su monólogo y explica las competencias, los contenidos que tiene divididos en bloques temáticos, la metodología de enseñanza y aprendizaje y, por último, los sistemas y criterios de evaluación, así como los de calificación. Hasta le da tiempo de empezar con el primer tema.

Esa misma tarde recibe en su correo electrónico un mensaje de su alumna-camarera. El texto hace referencia a lo que Cortés había desarrollado brevemente en clase. Le muestra mucho interés en los conceptos de revisionismo histórico, negacionismo cultural y su particular visión de la II República y del histórico papel jugado por el franquismo en el desarrollo de una España arrasada por las hordas izquierdistas. La alumna escribe que no puede acudir a los horarios de las tutorías por el trabajo, pero que sería muy interesante para ella poder profundizar con él sobre estos temas.

A Cortés se le vuelve a hinchar el pecho como un palomo en celo y le escribe que está a su entera disposición para que puedan verse y trabajar juntos sobre los temas expuestos. Y en cinco párrafos le desglosa casi una hagiografía de Franco, culpabilizando al Partido Socialista Obrero Español de ser el causante de la guerra civil en España.

La alumna le escribe que, si tiene disponibilidad, es un honor para ella que le acepte una invitación para cenar en su casa al día siguiente: «Tengo muy buena mano para la cocina». Esa frase a Cortés le retumba en la cabeza y le sirve para masturbarse pensando en ella. Luego le contesta que él lleva la bebida, los entrantes y le pasa su número de teléfono móvil para que le envíe la dirección.

Sobre las ocho de la tarde, Cortés sale de su casa y se encuentra con sus amigos en el bar del Club Social donde se reúnen todos los miércoles y los viernes a degustar buenos caldos maridados con manjares que muy pocas personas se pueden permitir. Relata el enfrentamiento con el impertinente alumno que llega tarde y lo desafía con la mirada, pero en su discurso el alumno intenta disculparse y él no le acepta esas disculpas. Hace una breve referencia a su alumna y decide no profundizar en más detalles…

Llega a su casa un tanto achispado y se sienta en el sofá mientras reconstruye las escenas y pormenores del día siguiente. Desayunará en el bar de los jueves. Luego se pasará por la tienda especializada en vinos y se hará con una botella de oloroso con el sello Very Old and Rare Sherry, esa certificación de calidad para vinos de Jerez con una edad media que sobrepasa los treinta años de crianza oxidativa en botas de roble, que le costará más de cuarenta euros. Será una apuesta segura para maridarla con un especial queso manchego curado que le pedirá al dueño de la Quesería Los Llanos; así como un cuarto kilo de jamón de bellota cortado a cuchillo.

Esos serán los entrantes. Además, en la misma tienda, cogerá otra botella de Ribera del Duero del 2019 para la cena y una de Albariño cosecha de 2017, por si el manjar se trata de un buen producto procedente del mar. No dejará pasar ni un solo detalle, tiene que ser un encuentro para deslumbrarla y poder cumplir con su cometido final: terminar desnudo y enlazado entre sus piernas debajo o encima de las sábanas. O a lo mejor ni siquiera le dará tiempo de llegar al dormitorio y la penetrará allí mismo, de espaldas, curvada sobre la mesa. Para eso se tomará su pastilla azul, la que le recetó su amigo Epifanio. La que utiliza para las ocasiones especiales, normalmente cuando visita los prostíbulos de la zona norte de la ciudad. Otra apuesta segura.

 Se vestirá con sus mejores galas y se perfumará como de costumbre. Tocará el timbre de la dirección recibida en su teléfono móvil personal y llegará diciendo: «¿Llego a tiempo para saborear tus delicias?», con ese doble sentido que tanto le gusta utilizar cuando habla con sus alumnas, mientras se roza o les toca las piernas, las manos o las caderas en la intimidad de su despacho. Esa parafilia denominada froteurismo que Cortés practica desde su adolescencia.

Ella abre la puerta vestida para la ocasión. Le contesta que ya está todo dispuesto para el disfrute y le hace la apreciación: «Huele usted muy bien, profesor Cortés». Pasa y se dispone a dejar los vinos y el queso encima de la mesa mientras le hace comentarios sobre la decoración de su apartamento, halaga su buen gusto y repasa su anatomía unas cuantas veces… Cada vez que la mira se siente más excitado.

—No me había dado cuenta de tu esbelta y escultural figura. —Miente el profesor.

—Muchas gracias, debo cuidarme porque soy entrenadora de Jiu Jitsu.

—¡Vaya! ¿Debo tener cuidado contigo?

—Aquí está usted a salvo, profesor. No tengo la menor intención de hacerle daño, sino todo lo contrario.

Con esa frase Cortés ve abierta la veda para atacar a su víctima. Beben, conversan, vuelven a beber, siguen conversando. Cortés despliega sus dotes de profesor de clases magistrales al mismo tiempo que prepara el terreno para el ataque. El oloroso VORS y el Ribera del Duero hacen su efecto y Cortés, convertido nuevamente en un palomo en celo, despliega sus galanteos y hace visible su ritual de apareamiento.

Como arquetipo de infalible macho se acerca e intenta besarla, pero ella retrocede; vuelve a la carga y ella le dice: «Un momento, profesor. Lo haremos a mi manera. Tengo cierta tendencia hacia el fetichismo y desde que lo vi quiero que me posea, pero vestido de una forma sugerente». Le pide que pase al cuarto de baño, se desnude por completo y se vista con la ropa que tiene dispuesta para él. Ella lo espera en la cama. Suena de fondo la canción Stairway to heaven, de Led Zeppelin.

Cortés entra, cierra la puerta y sale vestido con una camiseta blanca muy ajustada y una minifalda muy corta, minúscula, con la que se le ve medio culo. Ella está desnuda y apoyada contra el espaldar de la cama con las piernas abiertas. Cortés se pone de rodillas sobre el colchón frente a ella y acerca su cara al depilado sexo de su alumna-camarera.

De repente, ella hace un movimiento veloz y Cortés se encuentra sin poder mover los brazos, con la cabeza apoyada contra el colchón y el culo en pompa. Oye una voz que le es familiar y nota que alguien más entra en la habitación. Al momento, casi de inmediato, siente que lo penetran por detrás. Mientras sube el volumen de la voz de Robert Plant e inunda todo el cuarto. El solo de guitarra de Jimmy Page junto con la batería de John Bonham llevan el espectáculo al clímax total, para finalizar con la melancólica voz del cantante británico que dice: And she’s buying a stairway to Heaven